Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 05
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Inojin Mangetsu no Sarai, séptimo duque de Hoshigaki, sabía que se le estaban enfriando las gachas. Él odiaba las gachas frías, porque adquirían una textura viscosa y no le gustaba sentir cómo se deslizaban por su garganta. Tenía miedo de atragantarse con la comida y morirse.
Últimamente el tema de la muerte lo tenía muy preocupado.
En realidad, no acababa de entenderlo. Sólo sabía que su padre había muerto y que lo habían metido en una caja muy bonita; igual que hacía su niñera con los juguetes con los que él ya no jugaba. Desde entonces, no había vuelto a ver a su padre. Pero su niñera le había advertido que si comía demasiado rápido podía atragantarse y morir.
No tenía ninguna intención de comer de prisa, pero estaba muy nervioso y se sentía como si se hubiera tragado la pelota con la que jugaba con su padre de vez en cuando. Era por culpa de aquel hombre. El que estaba en el carruaje. El que había ido a buscar a su madre la noche anterior.
Ahora estaba en su habitación, andando arriba y abajo y observándolo todo. De vez en cuando, posaba los ojos sobre Inojin y entonces la pelota que éste tenía alojada en la garganta se hacía aún más grande.
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—¿Cuánto tiempo hace que eres su niñera? —preguntó el hombre.
—Empecé poco después de que naciera, milord, quiero decir..., señor —contestó la niñera de Inojin, al tiempo que hacía una pequeña reverencia.
La madre de Inojin la llamaba Izumi, pero se suponía que el niño debía llamarla señora Tuppin.
Sin embargo, Inojin siempre tartamudeaba al decir su nombre y ella le golpeaba los nudillos con un pequeño palo que llevaba escondido en el bolsillo de la falda. Por eso evitaba decir el nombre de la niñera a menos que fuera absolutamente necesario. Sólo le pegaba cuando no había nadie. Inojin sabía que era porque ella se preocupaba por él y el hecho de que no fuese un buen chico era su secreto. La niñera no quería pegarle, pero él no le daba otra opción. Inojin tampoco entendía eso. Lo único que sabía era que no quería que su madre supiese que hacía cosas por las que la niñera le tenía que pegar. Su madre creía que era un buen chico y, aunque no fuese verdad, quería que continuara pensándolo para que siguiera queriéndolo.
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—Entonces, ¿ésta es la habitación de Inojin durante el día? —preguntó el hombre.
—Sí, señor.
—¿Y dónde estaba durmiendo ayer por la noche?
—En la habitación que utiliza por las noches, señor.
—¿Y cuándo se trasladará a lord Inojin a una habitación normal?
—No es lord Inojin, señor. En realidad, nunca lo ha sido hasta ahora. Antes era lord Kirikagure.
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Por supuesto, ahora es duque. Su excelencia.
—Claro. ¿Y cuándo se trasladará su ilustrísima a una habitación normal?
—Cuando tenga ocho años.
—Ya veo que hay normas incluso para los niños.
—Sí, señor. —La señora Tuppin observó a Inojin—. No siempre nos gustan, pero debemos seguirlas.
—¿Te gustan las normas, Inojin? —preguntó el hombre.
Él posó los ojos en el bolsillo de la falda de su niñera donde ella guardaba el palo del que no podía hablarle a nadie y negó con la cabeza.
El hombre se rió.
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—Buen chico. Creo que nos vamos a llevar muy bien.
El hombre era alto, igual que su padre. Se suponía que, como su padre había muerto, todos debían vestir de negro, pero aquel hombre llevaba un chaleco de un tono violeta muy oscuro, como sus ojos.
Inojin se preguntó si debía explicarle aquella norma.
Lo vio coger una silla, darle la vuelta y sentarse a horcajadas en el asiento, apoyando las manos sobre el respaldo. Inojin jamás había visto a nadie sentarse así. Estaba seguro de que era incorrecto sentarse de aquella forma, pero la señora Tuppin no le atizó con el palo. Puede que le tuviese miedo.
—¿Sabes quién soy, Inojin?
Él asintió y luego negó con la cabeza. Tenía una ligera idea. Aquel hombre hacía enfadar a su madre, pero él había visto el modo en que la cogía en brazos, con mucho cuidado. Y la había mirado como si le gustara tanto como le gustaba a él.
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—Me llamo Suigetsu Hozuki, pero puedes llamarme Suigetsu.
—Señor, no pretendo inmiscuirme, pero eso no sería adecuado y el niño podría adoptar un mal hábito —dijo la señora Tuppin—. Debería llamarle señor Hozuki y, si me permite el atrevimiento, creo que usted debería dirigirse a él como su excelencia.
—Mira, encanto, yo no soy alguien que se atenga a muchas normas y lo cierto es que ya he adquirido algún que otro mal hábito. —No dejaba de mirar a Inojin mientras hablaba—. Ya tenemos algo en común, chico. A mí tampoco me gustan las normas. Tu padre me pidió que fuera tu tutor. ¿Sabes lo que es un tutor?
Él negó con la cabeza.
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—Es una persona que se encarga de protegerte. Si alguna vez alguien te hace daño, lo único que tienes que hacer es venir a contármelo y yo me ocuparé de que esa persona nunca te vuelva a lastimar.
Inojin miró a la señora Tuppin. Estaba apretando los labios de la misma forma que lo hacía cuando le pegaba. Luego volvió a mirar al hombre.
—Siento mucho que muriera tu padre —dijo Suigetsu.
—¿Tu pa-padre también está muerto?
—Probablemente. La verdad es, Inojin, que yo nunca conocí a mi padre. Así que mira, ya tenemos otra cosa en común. Ninguno de los dos tiene padre.
—¿Vol-volverá algún día?
Suigetsu arqueó una ceja.
—¿Quién? ¿Tu padre?
El niño asintió.
Suigetsu pareció entristecer de repente.
—No chico, no volverá. Pero me pidió que cuidara de ti, así que si necesitas cualquier cosa... —
Se empezó a levantar.
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—¡Un perrito! —espetó Inojin.
Suigetsu se detuvo.
—¿Necesitas un perrito?
Inojin asintió a toda prisa.
Suigetsu le guiñó un ojo.
—Intentaré encargarme de ello.
Cuando salió de la habitación, Inojin miró a la señora Tuppin. Tenía los ojos clavados en la puerta y se mordía el labio inferior con tanta fuerza que parecía que se estuviese concentrando mucho en algo.
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—Cómete las gachas, Inojin.
A pesar de que las gachas estaban viscosas, hizo lo que le había ordenado la niñera, porque ya se había metido la mano en el bolsillo.
Ino se estiró bajo las sábanas. Le seguía doliendo la cabeza, tenía la garganta seca y le picaban los ojos. El láudano la había ayudado a dormir, pero no le había servido para aliviar las consecuencias del luto. Se preguntó cuánto tiempo seguiría sintiéndose de aquella forma.
Entonces la sensación de letargo desapareció y recordó lo horrorizada que se había sentido al descubrir los detalles del testamento de su marido. Se sentó rápidamente en la cama y se cogió la dolorida cabeza con las manos. La melena le cayó sobre los hombros. ¿Cuándo se había soltado el pelo? ¿Se había metido en la cama sin hacerse una trenza? Entonces, sus ojos se posaron en las horquillas perfectamente alineadas sobre la mesita de noche.
Pero no era su mesita de noche. Dios..., no estaba en su cama.
Observó la habitación con creciente terror. Era la habitación de su marido.
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Antes de aquella noche, sólo había entrado una vez en aquel dormitorio. Fue en un absurdo intento de seducir a su marido, quien, incluso un año después del nacimiento de Inojin, no había vuelto a buscar su cama. Ino pensó que tal vez no se había dado cuenta de que estaba completamente recuperada del parto y que podía volver a hacer frente a su deber como esposa.
Pero descubrió que él ya no la deseaba. Ya tenía el heredero que tanto quería. La había mirado con lástima y ella temía haberlo mirado con desesperación. No estaba muy segura de cómo había conseguido armarse del valor para ir a buscarlo. Él jamás había sido un hombre cariñoso en la cama. Tal vez Ino lo hizo porque una breve caricia era mejor que ninguna. Hoshigaki nunca había sido un hombre muy apasionado.
No tenía nada que ver con Suigetsu Hozuki.
Al pensarlo se le aceleró el corazón. La había mirado de una forma... Parecía conocer todos y cada uno de sus deseos secretos y ser perfectamente capaz de satisfacerlos. El fuego que había en sus ojos la había hecho estremecer, no de frío, sino por lo mucho que anhelaba que un hombre la mirara con deseo. Ella siempre había sido la buena hija, la buena esposa, la buena madre, la buena mujer. El deber ante todo. Pero de repente sentía que se le estaba pidiendo demasiado. ¿Qué pretendía Hoshigaki al meter a Suigetsu Hozuki en su vida?
¿Y cómo había llegado ella hasta su cama?
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Cielo santo, tal vez no fuese su marido quien se había vuelto loco sino ella. No se acordaba de cómo había llegado allí. Seguía estando completamente vestida, aunque sin zapatos. Recordaba haber tomado una pequeña cantidad de láudano para aliviar su dolor de cabeza y luego haber ido a leerle a Inojin. Después, se suponía que debía reunirse con el señor Hozuki para convencerlo de que lo mejor para todos era que los dejase partir al campo. Sólo había querido un breve respiro antes de enfrentarse a él. Había cerrado los ojos...
Y ahora estaba allí.
¿La habría llevado Suigetsu Hozuki hasta allí? ¿La habría metido él en su cama? ¿Se habría aprovechado de ella? No tenía la sensación de que nadie la hubiera tocado. No sentía nada anormal entre las piernas. Seguro que, después de casi seis años de no haber tenido contacto con ningún hombre, se daría cuenta de si se había acostado con uno. Habría alguna pista. Como no había ninguna, sólo podía deducir que si el señor Hozuki la había llevado a su cama, no había ocurrido nada inapropiado entre ellos. Había mantenido su palabra. Quién lo iba a decir. Ino no sabía si sentirse aliviada o decepcionada. ¿Qué clase de necesidad se estaba apoderando de ella?
Flexionó las piernas y apoyó la frente en las rodillas. No quería afrontar el día que tenía . Quería huir. Al campo. A un campo de hierba verde y flores amarillas. Quería quitarse los zapatos y bailar descalza. Quería reírse. Era incapaz de recordar la última vez que se había reído.
Sólo tenía veinticinco años, pero últimamente se sentía como si tuviera cien. Quería volver a perderse bajo las sábanas y dormirse de nuevo para, al despertar, descubrir que la lectura del testamento de su marido no había sido más que un sueño. Pero el deber la llamaba.
E Inojin. Cielo santo, ¿y si el señor Hozuki había decidido tomarse sus responsabilidades en serio y había ido a buscar a Inojin? Tenía que ir a ver cómo estaba su hijo. Se bajó de la cama y se dirigió a la puerta. La abrió y asomó la cabeza para echar un vistazo. No había ni rastro del espantoso señor Hozuki.
Se deslizó por el pasillo en dirección a la habitación de su hijo. Para su inmenso alivio, Inojin estaba sentado a la pequeña mesa, comiéndose las gachas del desayuno.
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—¿Va todo bien, cariño? —le preguntó.
Él asintió.
—El ho-hombre ha dicho que po-podré tener un pe-perrito.
—¿El hombre? ¿Qué hombre? ¿Un perrito?
—El señor Hozuki, su excelencia —explicó Izumi—. Esta mañana ha estado un rato con el joven duque.
A Ino casi se le para el corazón.
—¿Los has dejado solos?
—No, su excelencia. En realidad, el señor Hozuki ha insistido en que me quedara para que pudiera informarla a usted de cualquier cosa que quisiera saber sobre su visita.
—Oh, muy bien. —Su corazón volvió a latir con normalidad—. Eso es muy considerado e inesperado por su parte.
—No tiene nada que ver con lo que yo esperaba.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, no creo que haya ni una sola persona que no haya oído hablar de Suigetsu Hozuki. Es un hombre muy famoso en algunas partes de Konoha. Pero esta mañana me ha parecido bastante simpático.
—¿Ha dicho palabrotas?
—No, sólo le ha preguntado al joven duque si necesitaba algo. —Sonrió—. Y por supuesto él le ha contestado que necesitaba un perrito, porque ya lleva pidiéndolo varios meses. El señor Hozuki le ha dicho que intentaría encargarse de ello.
Ino maldijo la ambigüedad de aquel hombre mientras entraba en la habitación y se arrodillaba junto a su hijo.
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—Cariño, eso no significa que te vaya a conseguir un perrito.
—Pe-pero me lo ha dicho.
—Sus palabras significan que tal vez lo haga, pero probablemente no sea así, porque los perritos dan mucho trabajo.
—Yo cu-cuidaré muy bi-bien de él.
—Ya sé que lo harías. —Suspiró—. Hablaré con él sobre este asunto.
Ino esbozó una dulce sonrisa y ella lo abrazó con fuerza. Era tan guapo... Estaba segura de que cambiaría mucho bajo la tutela de Suigetsu Hozuki.
—Ahora tengo que ir a vestirme.
Se fue a su habitación y tiró del cordel para llamar a Karui. Su doncella ya había vuelto a poner en su sitio las cosas que había preparado para la precipitada huida de la noche anterior.
Ino vio su libro encuadernado en piel sobre el secreter de su habitación. Lo había puesto con las cosas que quería llevarse al campo porque deseaba leerlo detenidamente cuando llegaran allí. Se acercó al escritorio y abrió la tapa de piel. Todo estaba meticulosamente anotado y acompañado de precisas descripciones...
Se quedó sin aliento al leer las palabras escritas en la primera página. Soltó un furioso grito ahogado justo cuando Karui entraba en la habitación.
—Su excelencia...
—¿Dónde está el señor Hozuki? —preguntó sin vacilar.
—En el comedor de día.
—Ayúdame a arreglarme, rápido. Tengo unas cuantas cosas que decirle.
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—¡El carruaje es de mi hijo!
Suigetsu levantó la vista de la página del registro que estaba leyendo mientras disfrutaba de un estupendo desayuno. La duquesa había irrumpido en el comedor, furiosa. Y enfadada estaba arrebatadora. ¿Por qué no se había dado cuenta de eso la noche anterior? ¿O sería que un buen descanso nocturno le había teñido las mejillas de un ligero rubor y se había llevado cualquier rastro de fatiga? Se deshizo mentalmente de su embrujo y se puso en pie.
—Buenos días, Ino. ¿Ha dormido bien?
—No me hable en ese tono.
—¿Cómo? ¿Con cordialidad? Pensé que le gustaría.
—Con inocencia. No finja ser inocente. —Se dirigió hacia él golpeando su propio libro con lo dedos mientras caminaba—. Ayer me acusó usted de intentar robarle, cuando sabía perfectamente que el carruaje es de mi hijo.
—Me temo que no lo sabía. También está en mi informe.
—Enséñemelo.
Él la miró entrecerrando los ojos.
—No pienso hacerlo.
—Está en la primera página de este libro. Si no me enseña el suyo, asumiré que mintió a conciencia e informaré de ello al señor Yahiko que, sin duda, reconsiderará si puede dar valor o no a ese primer testamento.
Suigetsu la llevaría a los tribunales antes de que pudiera hacer tal cosa.
—Enséñeme el suyo... y yo le enseñaré el mío —la desafió en voz baja.
Ino lo observó durante unos segundos; parecía ver algo más en sus palabras y no estaba seguro de si sería muy bueno que advirtiera segundas intenciones en él. Suigetsu no estaba acostumbrado a seducir a mujeres para llevárselas a la cama. Pagaba por las mujeres que quería y ellas sólo esperaban que fuese el precio acordado. Pero con la duquesa tenía la incómoda sensación de que había algo más entre ellos y que eso lo podía llevar por un camino que no deseaba seguir.
Ella pareció decidirse: dejó caer su libro sobre la mesa, abrió la cubierta y señaló la primera página.
—Aquí.
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Suigetsu dejó de mirar la expresión de triunfo de la duquesa y posó los ojos en aquellas palabras escritas con tanta pulcritud.
—Carruaje negro con el escudo de armas del ducado. Ah, ya veo.
—¿Y qué es lo que ve exactamente?
—Es evidente que ha habido un error. El duque listó el vehículo en ambos informes.
—Conociendo a mi marido como lo conocía, creo que eso es imposible. Hoshigaki era meticuloso y preciso en todos los aspectos de su vida.
—¿También cuando se acostaba con su mujer?
Aunque se lo quedó mirando con furia, el rubor tiñó sus mejillas. ¿Estaba avergonzada por la pregunta que le había hecho o por la precisión de su deducción?
—Me provoca usted a propósito para distraerme. Ningún hombre decente le haría una
pregunta así a una mujer.
—Tal como ya hemos dejado bien claro, a mí lo decente me aburre mucho.
Suigetsu la oyó dar golpecitos con el pie en el suelo y tuvo la sensación de que quería volver a pegarle. A decir verdad, deseaba que lo hiciera. Se lo merecía. ¿En qué diablos estaba pensando para hacerle una pregunta tan íntima? ¿Qué importancia tenía cómo tratara Hoshigaki a su mujer en la cama? Si Suigetsu no se conociese, pensaría que estaba sintiendo un poco de envidia.
Ino dejó de golpear el suelo con el pie.
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—Ya le he enseñado el mío; ahora, enséñeme el suyo.
—¿Mi informe? —preguntó él.
—Por supuesto, estúpido. ¿Acaso estamos hablando de otra cosa?
—No lo sé, Ino. Pero se me ocurren cosas mucho más interesantes que enseñarnos el uno al otro que nuestros informes.
—La otra noche me engañó usted, señor. Me encantaría saber el motivo.
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Él suspiró, pasó algunas páginas de su registro y señaló.
—Aquí lo tiene. Fue una equivocación honrada.
Ella bajó la mirada.
—¿Berlina negra? ¿Cómo puede confundir una berlina con un carruaje? La berlina es más pequeña, sólo caben dos personas...
—No me di cuenta, pensaba que eran lo mismo.
—No me creo que esté tan mal informado, pero en cualquier caso, ahora que sé que el carruaje es de Inojin, lo puedo utilizar cuando me plazca sin temor a ser arrestada por robo.
—En realidad no puede. Como tutor de Inojin, también soy responsable de todas sus propiedades.
—Pero el señor Yahiko me dio el libro de registro a mí —apuntó ella.
—Para que sepa lo que heredará su hijo cuando cumpla los veintiún años, pero no porque haya recaído en usted el cuidado de ninguna de esas cosas.
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Esa pequeña derrota la hizo flaquear, pero Suigetsu no se regodeó en ello. En realidad, sabía que la duquesa sería mucho mejor tutora para su hijo que él. Ella pelearía hasta la muerte por protegerlo, mientras que Suigetsu sólo pelearía hasta sangrar. Sin embargo, sus finanzas eran un asunto completamente distinto. Dudaba mucho que ella estuviese preparada para manejar esos temas.
—No puede ganar; yo tengo todo el poder.
Esas palabras parecieron reavivar las ganas de Ino de vencerlo. Se puso recta y levantó la cabeza.
—Es usted el hombre más molesto que he tenido la desgracia de conocer.
—Entonces, es evidente que no ha conocido a muchos, Ino.
—No recuerdo haberle dado permiso para que se dirija a mí de ese modo tan familiar.
—¿Ah, no? Fue usted quien me pidió que no la llamase por su título, por lo tanto, sólo puedo hacerlo llamándola por su nombre.
—Señor Hozuki...
—Si tuviese padre, él sería el señor Hozuki, pero como nunca lo he tenido, no existe ningún señor Hozuki. Puede llamarme Suigetsu.
Ino era incapaz, absolutamente incapaz de dirigirse a aquel hombre con tanta confianza.
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Además, no se había creído ni por un segundo que él pensara de verdad que un carruaje que llevaba el escudo de armas del ducado fuera de su propiedad. Conseguía sacarla de sus casillas con mucha facilidad. Cogió su registro, giró sobre sus talones y se dirigió hacia el otro extremo de la mesa, tomó asiento y dejó el libro que estaba segura de que la volvería loca antes de que Inojin hubiera alcanzado la mayoría de edad. De repente, la idea de darle la espalda a la etiqueta y casarse antes de lo permitido, le empezó a parecer mucho más atractiva.
Necesitaba recuperar fuerzas antes del siguiente asalto, así que se acercó a la mesa auxiliar y se sirvió unos huevos escalfados, tostadas y jamón; aunque tuvo que hacerlo con la absoluta conciencia de que la mirada de Hozuki no se perdía ni uno solo de sus movimientos. Se le encogió el estómago al pensar que tendría que pasar todo el período de luto en presencia de aquel hombre. El dolor de cabeza se volvió a cebar en ella con fuerza y tuvo que esforzarse por permanecer de pie. Asintió al lacayo que esperaba junto a la mesa auxiliar antes de regresar a la mesa donde, un segundo lacayo, le retiró la silla ante la atenta mirada del mayordomo.
Normalmente, la presencia de los sirvientes no la molestaba, porque su marido y ella no acostumbraban a hablar de nada que no concerniese al tiempo.
Mucho se temía que no podría decir lo mismo de los temas de conversación que pudiera elegir el señor Hozuki. Tal vez ella pudiera insistir en que se limitaran a hablar de Inojin.
El señor Hozuki tomó asiento con los elegantes movimientos de un depredador que se posiciona a la espera de la oportunidad de saltar sobre su presa. A ella le dio la sensación de que, aunque él volvía a centrar su atención en su informe, nada en aquel hombre era tan relajado como parecía. Estaba completamente pendiente de cuanto ocurría a su alrededor. Todo el mundo sabía que había sobrevivido a la vida en la calle, e Ino imaginaba que su supervivencia se debía a la perspicacia de sus sentidos. Hoshikagi siempre había dado la impresión de estar distraído mientras leía el periódico. Ella estaba convencida de que las distracciones eran tan ajenas a Suigetsu Hozuki como seguir las normas sociales.
Bebió un sorbo de su té caliente y se armó de valor para el siguiente enfrentamiento. No es que tuviera ningún interés especial, pero por el bien de su hijo quería asegurarse de que su tutor entendía que no se podía jugar con los niños como jugaba con los adultos.
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—Señor Hozuki.
—Por favor, duquesa: Suigetsu.
Su tono burlón no dejaba la más mínima duda de que no tenía ningún respeto por su título.
—Si insiste usted en que lo llame por su nombre, entonces me veré obligada a dejar de utilizar cualquier apelativo para dirigirme a usted. Tal vez pueda hacerme a mí el mismo favor —sugirió ella, adoptando un tono inocuo.
—Pero a mí me gusta llamarla de alguna forma. Aunque tengo que confesar que no me parece que tenga cara de Ino. ¿No tiene algún diminutivo? —preguntó él.
—No. Cambiando de tema... Le ha prometido usted un perro a mi hijo.
Él inclinó la cabeza hacia un lado. No se molestaba en esconder lo mucho que se estaba divirtiendo.
—¿Me está regañando?
—No me lo ha consultado.
—Soy su tutor. No tengo por qué discutir nada referente a su hijo con nadie.
Oh, su petulancia le ponía los pelos de punta.
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—¿Tiene usted idea del trabajo que da un perro?
—Bueno, los he visto perseguir a las ratas.
Ino pensó que si se hubiese comido algo de lo que tenía en el plato, habría corrido el riesgo de vomitarlo.
—Aparte de que el tema es completamente inapropiado para el desayuno, ¿qué tiene que ver eso con los perros?
—Que los perros persiguen a las ratas. Y he visto el cuidado y las atenciones que los dueños les dedican a sus canes. Los tratan como si pertenecieran a la realeza. Así que sé perfectamente lo que supone cuidar de esas criaturas.
—Y, cuando muera, ¿cómo lo superará Inojin?
—Le compraré otro.
Ella suspiró profundamente.
—Cuando amas a alguien y lo pierdes, no se lo puede reemplazar tan fácilmente.
Sintió el peso de la mirada de Suigetsu mientras daba unos golpecitos a una página del maldito registro.
—¿Es así como se siente usted respecto a su marido?
—No pienso hablar sobre mis sentimientos con un hombre que no dudaría en utilizarlos en mi contra. —Levantó las manos para dar el tema por zanjado. Jamás le hablaría de lo que sentía—. Le ha prometido un perro a mi hijo, pero no le conoce. Es un niño muy sensible. Debo insistir en que, en adelante, me consulte todas las decisiones que pretenda tomar en relación con Inojin antes de comunicárselas a él.
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Él la estudió y a ella le dio la sensación de que podía adivinar sus sentimientos sin que ella los expresara; parecía tan hábil diseccionando las emociones de la gente como vaciando sus bolsillos.
—No pensé que se enfadaría tanto. No se preocupe, no le conseguiré ningún perro.
Volvió a centrar su atención en el libro, como si el asunto hubiese quedado zanjado sencillamente porque él así lo había decidido.
Ino no sabía si sentirse aliviada porque ya no habría ningún perro o enfadarse al ver lo rápido que aquel hombre olvidaba las promesas que le hacía a su hijo. Cuando sacó el tema, no estaba muy segura de cómo quería que se resolviera; suponía que lo único que pretendía era que él se diera cuenta de que no tenía ni idea de cómo cuidar de su hijo. Al contrario de muchas madres, ella no quería ser un simple testigo de la vida de su hijo. En realidad, en su día ya había discutido con Hoshigaki sobre la necesidad de contratar a una niñera. Ino sabía que todos los niños de la aristocracia eran criados por niñeras, pero no estaba muy de acuerdo con esa norma. Ella quería tener un papel más activo, y ahora aquel hombre estaba amenazando con apartarla por completo de la vida de Ino.
—Ayer por la noche dijo usted que era una persona de palabra.
Suigetsu levantó la cabeza y la miró desafiante.
—Lo soy cuando me parece.
Ino quería ponerse a gritar. Estaba acostumbrada a relacionarse con caballeros, no con sinvergüenzas que cambiaban de opinión según les convenía.
—No puede romper la promesa que le hizo.
—Decídase. ¿Quiere que tenga el perro o no?
—Yo no quiero que tenga perro, pero sería mucho peor que rompiera usted su promesa. La confianza es algo muy frágil y si lo hace le estará enseñando que las promesas no tienen ningún valor.
—Normalmente no lo tienen.
—Tal vez en su mundo, señor Hozuki. Pero en el nuestro no es así.
—Suigetsu.
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No le estaba prestando atención. ¿Por qué se estaba molestando en discutir con él? Al final, igual que todos los hombres, haría lo que le diera la gana.
—¿Podemos cambiar de tema?
—Por supuesto. ¿Qué asunto tiene en mente?
—Anoche tenía que reunirme con usted en la biblioteca...
—Así es. Lo prometió.
—No se lo prometí —le espetó ella.
—Dijo que lo haría. En mi mundo, cuando alguien dice que va a hacer algo, la promesa está implícita.
Oh, le palpitaba tanto la cabeza que estaba empezando a sentir la necesidad de volver a la cama y esconderse bajo las sábanas.
—Tiene usted razón. Me quedé dormida. Lo siento.
—¿Siempre toma láudano antes de irse a dormir?
—¿Cómo sabe que lo tomé?
—Pude olerlo en su aliento.
Un frío pavor le recorrió las venas cuando pensó en todo lo que implicaba esa afirmación.
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—Esta mañana me he despertado en, bueno, no me he despertado en mi cama y no recuerdo cómo he llegado hasta allí. ¿Acaso usted...? —Se avergonzó y miró a los sirvientes. No parecía que estuviesen prestando atención, pero sabía muy bien que no eran sordos. Se inclinó hacia delante con la esperanza de que Hozuki pudiera oírla aunque hablara en voz baja, pero la mesa era demasiado larga. ¿Por qué necesitaban tener una mesa tan larga en aquel comedor? No solían recibir invitados allí.
—¿Acaso yo...? —la instó él.
Ella volvió a mirar a su alrededor.
—¿Les pedimos a los sirvientes que se vayan?
—No creo que haya ninguna necesidad. Si no lo he entendido mal y según una especie de código de los sirvientes, tienen prohibido hablar sobre nuestras cosas, incluso entre sí.
—Sí, bueno... —Ino volvió a mirar a su alrededor.
—Cuando vi que no venía, tal como había prometido, fui a buscarla.
—Ya veo. Supongo que me encontró.
Suigetsu esbozó una lenta sonrisa.
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—Así es. Como me pidió que no entrara en su habitación, no me quedó más remedio que llevarla a la mía.
Lo dijo como si hubiese hecho algo digno de admiración. A Ino no le cabía ninguna duda de que él acostumbraba a llevar a mujeres a su dormitorio cada día; bueno, cada noche.
—¿Se aprovechó usted de mí? —le espetó.
—Créame, duquesa, si lo hubiera hecho, se acordaría.
La repentina intensidad de su mirada la desconcertó y tuvo la sensación de que estaba imaginando que la tenía en su cama y que le hacía cosas que serían mucho más memorables que nada de lo que había experimentado con Hoshigaki. Le resultaba inquietante pensar que Suigetsu Hozuki la había cogido en brazos, que la había apretado contra su pecho, la había acostado en la cama y le había soltado el pelo... Porque ahora ya no tenía ninguna duda de que él era el culpable de haberle quitado las horquillas. Pero cuando se lo imaginaba deslizándose entre las sábanas con ella...
Ino bajó la mirada y la fijó en su plato; quería esconder la vergüenza que sentía por desear saber lo que serían capaces de hacer aquellos hábiles dedos.
—Después de dejarla en la cama me fui al club. Pregúntele a Kazuma. Fue quien preparó mi carruaje, o el que yo pensaba que era mi carruaje.
Ino miró al mayordomo. Aunque se suponía que no debía estar escuchando la conversación, asintió con brevedad. Ella se obligó a mirar a Hozuki a los ojos.
—No hacía falta que me llevara a la cama.
—La cama en la que se había quedado dormida era muy pequeña. Conozco a muchas mujeres que se sentirían muy agradecidas por lo que hice.
—No me cabe ninguna duda —replicó—. Pero yo no soy una de ellas. —Se frotó la frente—. Le pido que me disculpe. No suelo ser tan difícil. —No es que se considerara una mujer difícil en absoluto, pero dudaba mucho que él fuera a creérselo—. Los últimos días han resultado agotadores, señor...
—Suigetsu.
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Ella tragó saliva. No quería aceptar la confianza que él le estaba ofreciendo, pero estaba demasiado cansada para discutir con él.
—Suigetsu.
—Muy bien. No ha sido tan difícil, ¿verdad? —Se levantó—. Como los últimos días han
resultado tan agotadores le sugiero que disfrute de un desayuno tranquilo y, cuando haya
acabado, venga a la biblioteca para que podamos hablar de la insólita situación en la que nos ha dejado su difunto esposo.
Ino lo miró con sorpresa mientras él cogía su libro negro y salía del comedor. Era incapaz de comprender que a una parte de ella no le gustara que se marchase, pero pensó que sólo sería porque se tenía que quedar a solas con sus pensamientos.
Y eran unos pensamientos muy extraños. Por un momento, cuando entró en el comedor, tuvo la sensación de que quien la recibía era su difunto esposo. Había sido una visión motivada por la luz de la mañana que se colaba por las ventanas. Ella no estaba acostumbrada a ver aquel comedor tan iluminado. Hoshikagi siempre había preferido mantenerse aislado del mundo. Por lo que Ino sabía, antes de casarse con ella, jamás había permitido que se descorriera ni una de las cortinas ni se abriera ni una de las persianas. Aquélla había sido una casa muy sombría, que se hacía eco del melancólico carácter de su dueño. Había llegado incluso a pedirle a Ino que limitara su deseo de iluminar las estancias a las que no iba con asiduidad.
Ella había pensado que Suigetsu —no, no podía pensar en él como Suigetsu— también preferiría estar rodeado de sombras.
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