Hola chicos, no hay comentarios esta vez excepto un agradecimiento por sus reviews. Me alegra mantener el suspenso entre ustedes, jaja, es algo hermoso. Hasta la próxima semana (:
LA PANTERA
Capítulo 12: Mercado de pulgas.
Zommari observó a Orihime conducir de vuelta a su casa y la siguió a una distancia prudente. Había recibido una llamada de Ulquiorra diciéndole que la mantuviera vigilada y le dijera qué hacía, a dónde iba y si se reunía con alguien.
Afortunadamente el barrio en el que vivía Orihime era residencial, por lo que el auto no desentonó con el de los vecinos. Sólo era uno más en la cuadra.
Varias veces más trató de interferir su teléfono, pero la detective no hizo ninguna llamada en toda la mañana. La paciencia era uno de los puntos fuertes de Zommari, así que siempre le asignaban los casos en los que tenía que seguir a alguien o reunir información. Eso también lo hacía alguien peligroso.
Se preguntó por qué la detective tenía un teléfono que no podía ser rastreado ni interferido y con quién había establecido comunicación afuera de la estación de policía. Tal vez esa llamada había sido el detonante para que ella cambiara su agenda del día y se ajustara a un nuevo plan.
Alrededor del mediodía bajó del auto y caminó como si nada enfrente de la casa para ver si podía ver algo por la ventana. No dio resultado así que volvió a su posición para no levantar sospechas. Pensó que la detective tendría una vida más activa o que se reuniría con alguien interesante, pero no fue así.
Se reportó alrededor de las dos de la tarde con Ulquiorra y le dijo que por el momento no había conseguido nada. Las órdenes fueron que se mantuviera donde mismo hasta nuevo aviso.
Eran las dos con ocho minutos. Orihime observaba el reloj a cada momento esperando que diera la hora de partir rumbo al mercado de pulgas. No le gustaba llegar tarde a las reuniones, pero tampoco quería llegar demasiado temprano, como si estuviera ansiosa por su encuentro con el asesino. Aunque la verdad era que lo estaba.
Se paseó por la sala, se paró y se sentó más veces de las que pudo contar y el segundero parecía avanzar demasiado lento. Las dos con quince. Se le ocurrió que si lo pensaba con suficiente fuerza, de alguna forma lograría hacer que el tiempo pasara más rápido.
Dada la situación, ¿qué debería llevar puesto? Se iban a ver a plena luz del día en uno de los lugares más públicos de la ciudad. Si se iba de incógnito levantaría sospechas de inmediato. La mejor opción era vestirse casual y actuar natural aunque por dentro estuviera viviendo el Apocalipsis.
El reloj apenas había dado las dos y media cuando Orihime ya estaba dentro del auto. Zommari se encogió en su asiento y esperó unos segundos antes de seguirla.
Grimmjow regresó a casa tan pronto como su turno en la paquetería terminó para tener tiempo de llegar a su encuentro con Orihime. Tenía listas las grabaciones en un CD para entregárselos, tan pronto como los escuchara podrían reunirse para atrapar a Bazz.
Podía simplemente contarle lo que había oído, con suerte le creería, pero le había prometido pruebas y estaba dispuesto a dárselas.
El encuentro con Askin Nakk Le Vaar sería en la noche, había tiempo de sobra para idear un plan. Era probable que ella quisiera dejárselo a la policía, y en tal caso no podía hacer nada para evitarlo.
Bueno, quemaremos ese puente cuando lleguemos ahí, pensó.
Guardó el disco en su chaqueta y caminó hasta el mercado de pulgas.
Como lo predijo, el lugar estaba bastante concurrido. Grimmjow sabía bien que los lugares llenos de gente también eran los más privados, la gente estaba tan ensimismada que rara vez reparaban en alguien más aparte de ellos. Sería difícil recordar un rostro cuando había tantos que se desdibujaban y se mezclaban con tantas formas diferentes, por eso lo había escogido. No sería difícil localizar a la detective entre todo el gentío, su cabellera era como un espectacular apuntándole directamente y revelando su identidad. No es que su cabello azul tampoco fuera llamativo, de hecho era una enorme desventaja cuando trataba de pasar desapercibido, pero por lo mismo le gustaba tomar precauciones y usar gorros, gorras, anteojos y lentes oscuros en algunas ocasiones.
No sabía por dónde llegaría, así que caminó un rato por el lugar para hacer tiempo. Miró su reloj, faltaban quince minutos para las tres. ¿Acaso se sentía ansioso por verla de nuevo? Sacudió la cabeza y ocultó su sonrisa, sintiéndose de repente como un adolescente actuando a escondidas de sus padres.
A pesar de ser casi las tres de la tarde el cielo estaba nublado y grisáceo, con amenaza de lluvia. Grimmjow ajustó el cuello de su chaqueta y se recargó en una pared cerca de unos puestos de comida. Tenía visibilidad por ambos lados y nadie parecía ponerle atención.
Del otro lado de la calle reconoció el auto de la detective, pasando de largo para buscar estacionamiento. Estaba tan ensimismada que ni siquiera volteó a ver a su alrededor. Giró unas manzanas más adelante hacia la derecha. Un auto similar al de la detective, más por el año y el costo que por otra cosa, pasó justo detrás y Grimmjow alcanzó a ver a un hombre con gafas de sol, pese a que no había sol. No le habría tomado importancia si no fuera porque contrastaba enormemente por la zona y porque giró en el mismo lugar que Orihime.
Caminó deprisa por la calle paralela para ver si alcanzaba a verla, se sentía como un tonto, tal vez se estaba volviendo loco. El auto volvió a girar hacia la izquierda y el hombre repitió sus movimientos. Grimmjow lo confirmó, la estaban siguiendo. Eso era malo, desastroso, ponía en peligro toda la operación. Le habría informado a la detective pero entonces reparó en que había olvidado el teléfono en casa.
Piensa rápido, se dijo.
Supuso que el hombre no se atrevería a caminar lado a lado de ella, en todo caso, si era un profesional, sabría mantener su distancia. Si podía hacer que la perdiera de vista aunque fuera por unos segundos entonces podría llevarla lejos de ahí. El problema era cómo.
Vamos, Grimmjow, seguro conoces este lugar mejor que ese sujeto. Puedes hacerlo.
Se dirigió hacia donde la detective se había estacionado. Había menos gente que en la calle principal del mercado, pero de igual forma no estaba completamente desierta. A lo lejos vio que el hombre se había estacionado una cuadra más atrás. Las luces traseras se apagaron al tiempo que Orihime salía del auto. Revisó el teléfono que él le había dado, sin duda esperando alguna llamada o mensaje.
Idiota, justamente hoy tuve que olvidarlo.
Orihime se guardó el teléfono en la chaqueta y caminó con la vista al frente. Grimmjow esperaba que hicieran contacto visual, no podía gritarle o acercarse a ella sin que lo vieran. Se ocultó en la esquina de una tienda y esperó a que Orihime pasara justo al lado para jalarla del brazo. La pelirroja se desconcertó pero no tuvo tiempo de replicar porque Grimmjow la tomó de la mano y corrieron en dirección a un callejón atrayendo las miradas de los transeúntes. Sin más explicaciones Grimmjow bajó la escalera de emergencia del edificio contiguo y se sorprendió un poco cuando Orihime lo siguió sin rechistar. ¿Acaso no tenía preguntas? Bien podría estarla llevando a su muerte.
Zommari corrió hasta la esquina cuando vio que la detective había desaparecido súbitamente. ¿Se había dado cuenta de que la seguía? No, fui muy cuidadoso. Lo que significaba que había alguien con ella que sí se había dado cuenta.
Estaba acaparando muchas miradas debido al traje negro, los lentes y su estatura. Si empezaba una persecución llamaría demasiado la atención. Además no tenía idea por dónde se habían ido. Volteó en todas las direcciones pero no vio ni un asomo de ella, mucho menos de su acompañante, ya que no sabía cómo lucía. Ya habían pasado treinta segundos, podrían haberse ido a cualquier parte. Zommari maldijo en voz baja y se internó por las calles de la zona. Con suerte la encontraría en algún lugar cerca, no podía haber desaparecido. Tenía confianza en sus habilidades, sin embargo comenzó a sudar de nerviosismo al imaginar la reacción de Ulquiorra cuando se enterara de que la había perdido de vista.
Grimmjow subió dos pisos con Orihime pisándole los talones. ¿Se estaba salvado el pellejo o estaba salvando el de la detective? A estas alturas no importa, corremos el mismo riesgo. Giró en la esquina y descendieron por la parte frontal del edificio. Entraron a una tienda de antigüedades completamente vacía de clientes. Orihime se recargó en sus piernas tratando de acompasar sus latidos y recuperar el aliento.
-Ah, clientes nuevos –exclamó con entusiasmo un hombre detrás del mostrador.
Orihime se volvió hacia la voz y reconoció al hombre que había salido en el periódico al día siguiente del asesinato de Rukia Kuchiki. Era Urahara Kisuke, el dueño de la bodega de mercancía donde habían encontrado el cuerpo de la chica.
Urahara se veía más demacrado de lo que recordaba. Tenía barba de varios días y el cabello sucio. Usaba una bata verde que le llegaba un poco abajo de las rodillas y sandalias tradicionales. El piso estaba empolvado y también los estantes.
-Eres el hombre del periódico –exclamó Orihime.
La expresión de Urahara cambió de inmediato.
-Hubiera preferido que no me reconocieras –sonaba deprimido.
-¿Qué pasó aquí? –obviamente se refería tanto a la tienda como a su aspecto.
-La gente ya no viene aquí desde que la policía encontró a esa chica en mi almacén. No tuve nada que ver con el asesinato, pero perdí mi clientela de un día para otro. Este asunto no se enfriará en un buen tiempo.
Urahara se puso de pie y se acercó a Orihime. Le dio una fumada a la pipa que llevaba en la mano y soltó el aire hacia arriba, tomándose un segundo para contemplar las volutas de humo que se formaron. Grimmjow permanecía en silencio, casi oculto en la penumbra que obsequiaba el lugar.
-¿A quién debería culpar? ¿A La Pantera o a los medios de comunicación? –pareció meditar en serio la respuesta.
-Lo siento mucho –fue todo lo que pudo decir la detective, asegurándose de evitar su mirada.
-¿Vienen a comprar algo? –preguntó Urahara. Su tono de voz había cambiado nuevamente, era más apremiante.
-Eh, no, nosotros...
-Tendré que pedirles que se retiren –la interrumpió señalando la puerta.
Grimmjow lo observó unos segundos antes de salir detrás de Orihime. Había sido un momento bastante incómodo para los tres. Orihime estaba recargada en el muro, pensativa. Grimmjow se paró enfrente de ella con las manos en los bolsillos, esperando que dijera algo, porque su sexto sentido, o mejor dicho su sentido común, le decía que se estaba guardando algo.
-Es...increíble –dijo al fin.
-¿Qué?
-Tantos asesinatos y jamás se ha detenido a pensar en cómo afectan a los demás sus acciones. Desde perder un cliente o una empleada hasta una alumna o una hija.
Su voz estaba calmada, era suave, lo que hacía peor cada cosa que decía. Grimmjow hubiera preferido que le gritara o lo golpeara. Orihime sacudió la cabeza y desvió la mirada.
-¿Qué fue eso de hace un momento? ¿Por qué corrimos?
Había cambiado de tema súbitamente, como si no quisiera ahondar en su interior para obtener una respuesta o una vaga explicación sobre el porqué de su comportamiento, sobre su motivación para asesinar chicas.
Grimmjow caminó hacia una cafetería y Orihime lo siguió en silencio hasta una mesa alejada de la entrada.
-La están siguiendo.
-¿Qué?
-Un hombre de traje está tras usted, no sé desde cuándo.
-Eso es ridículo, nadie me está siguiendo.
Grimmjow soltó una risita.
-Tiene más enemigos de los que cree, y por el momento yo no soy uno de ellos.
Orihime no quería alargar demasiado la reunión después de lo de Urahara. Parecía que por fin había caído en la cuenta de que había estado trabajando codo a codo con un asesino. De pronto sintió nervios, mareos, asco, miedo. ¿En qué estaba pensando?
-Dijo que tenía algo para mí.
Grimmjow sacó el disco de la chaqueta al tiempo que una mesera se les acercaba para tomar su orden.
-No queremos nada, gracias –dijo Grimmjow antes de que la chica tuviera tiempo para hablar.
-Si no van a ordenar nada tendré que pedirles que…
-Bien, dos cafés negros, gracias –la interrumpió para que se fuera.
La chica suspiró y se dio la media vuelta. Cuántos clientes similares llegaban así al día.
-Eso fue grosero –apuntó Orihime.
-No me interesa, no vine por el buen pastel que hacen aquí.
Dejó el CD encima de la mesa y esperó a que lo tomara antes de continuar.
-Tengo la conversación que va a condenar a Haschwalth. Creo que no hace falta aclarar que no diré el nombre de la persona que la consiguió –Orihime asintió-. Una vez que sepa lo que dice puede hacer dos cosas: ir a la policía y dejar que ellos se encarguen, con lo cual tendría que dar muchas explicaciones acerca de cómo consiguió esta información; o podemos atraparlo nosotros y usted se lleva todo el crédito y salva el día. No se preocupe por mí, no espero ningún agradecimiento o diploma de buen ciudadano, esto es algo más personal.
-¿Cómo puedo estar segura de que no es una trampa para inculpar a Haschwalth? La conversación podría estar alterada.
-Bueno, puede llevar la evidencia a que la analicen, no es mi problema. Pero si quiere hacer las cosas rápido entonces tendrá que confiar en mí.
-Es difícil.
-Pero no imposible, dejemos de lado nuestras diferencias.
-Supongamos que accedo a los términos y atrapamos a Bazz-B, ¿entonces qué?
-Ya habíamos hablado de eso, nuestro pequeño juego se reanuda.
Orihime sabía la respuesta de antemano, pero esperaba que la Pantera hubiera cambiado de opinión en ese lapso de tiempo. Todavía no sabía si sería bueno decirle que el FBI la había sacado del caso. Pensó que esa información podía esperar un poco más.
Se puso de pie y guardó el CD en su bolso.
-Bien, entonces estamos en contacto –respondió antes de salir del local.
Grimmjow permaneció sentado unos minutos contemplando las tazas de café intactas. Esperaba que la detective hiciera lo correcto. Dejó el dinero en la mesa y se fue.
Orihime volvió a su auto absorta en sus pensamientos; el CD en su bolso parecía pesar una tonelada, así como la realidad que la había golpeado de repente. Pensando en lo que le había dicho Grimmjow, se giró de vez en cuando para asegurarse de que nadie la seguía.
Tal vez ya está paranoico al igual que yo.
El cielo amenazaba con una tormenta. La gente había comenzado a desplazarse a otros lados y la calle estaba casi desierta.
Zommari había regresado al auto cuando no encontró a Orihime por ningún lado. Tarde o temprano tendría que subir a su auto para volver a casa o a dondequiera que tuviera que ir. La vio acercarse pasado un rato, lucía exactamente igual, salvo que caminaba más aprisa. Subió al auto y la siguió por la avenida.
Tal vez era su imaginación, pero parecía que la detective tomaba las calles secundarias a propósito y giraba de vez en cuando sin motivo aparente. Se dirigía a su casa, eso era obvio, pero tomar tantas precauciones…algo no estaba bien. Ya se había dado cuenta.
Orihime aparcó afuera de su casa consciente del auto que la había estado siguiendo desde el mercado de pulgas. Trató de actuar normal luego de darse cuenta de que no había forma de perderlo en la calle. Se aseguró de cerrar todas las cortinas para no tener inconvenientes, pero con esa gente no se sabía. Sospechaba que era del FBI, nadie más tenía motivos para seguirla o hacerle daño. Pero entonces recordó las palabras de la Pantera: Tiene más enemigos de los que cree, y por el momento yo no soy uno de ellos.
Si no era la Pantera y no era el FBI, ¿quién quedaba? ¿Bazz? ¿Algún viejo conocido que la tenía en su lista negra? Había muchos criminales tras las rejas que aún tenían formas de cobrárselas todas, de eso no había duda.
Tratando de olvidarse un poco de todo aquello, sacó el CD de su bolso y lo introdujo en el lector de la computadora. Se abrió inmediatamente una carpeta con las iniciales J.H. Dio doble clic y apareció un archivo de audio. Por si las dudas, se puso los audífonos antes de reproducirlo.
La conversación era fluida, no había interferencias de ningún tipo. No conocía la voz de Haschwalth, pero el nombre de Bazz fue mencionado, el del alcalde y el de otro tipo llamado Askin, también conocido como el contacto que lo ayudaría a salir de Karakura esa noche. Tenía claro lo que haría a continuación. En vez de informar al capitán Kurosaki o a los agentes federales sobre lo que ocurriría esa noche en el barrio chino, Orihime se levantó de la mesa y preparó de comer. Combatir el crimen siempre la dejaba hambrienta.
Guardarse información tan importante era un delito, pero si no se enteraban entonces no había problema. Les mostraría a aquellos dos agentes federales que era capaz de atrapar a Bazz ella sola. Ya lidiaría con la Pantera más delante, por el momento tenía sus objetivos fijos en el bastardo imitador.
Szayelaporro se sorprendió cuando vio a Loly llegar a su remolque. La esperaba hasta más tarde, pero de igual forma la hizo pasar y le ofreció una bebida. Ese día usaba un pantalón de vestir color azul a juego con el saco y una camisa blanca debajo. Su cabello iba recogido en un moño estilizado.
-¿Qué hay con ese look? –le preguntó al tiempo que se sentaba para verla con más detenimiento. No era usual que una prostituta vistiera de ese modo, ni siquiera las de lujo.
Loly forzó una sonrisa y dejó la cerveza intacta encima de la mesa.
-¿Estás bien? –Szayelaporro se puso de pie y se acercó a ella.
No entendía lo que pasaba. Siempre que llegaba pasaban directamente a la habitación, sin preámbulos, pero aquella vez su seriedad era admirable.
-Ah, ya veo –prosiguió Szayelaporro sonriendo-, es un nuevo juego, ¿no? Vienes vestida como oficinista. Me gusta –le dio un mordisco en la oreja y Loly se quitó-. ¿Quieres tomar la iniciativa? Por mí no hay problema.
Loly lo empujó unos centímetros para ponerse de pie. Caminó un poco, observando todo lo que había a su alrededor. Vio una mochila negra encima de la cama y se acercó sin prisa. Szayelaporro la miró confundido.
-Seguramente estás lleno de preguntas, Szayelaporro Granz –lo había llamado por su nombre completo, pese a que únicamente le había dicho su nombre de pila.
-¿De qué hablas? –se puso de pie y se acercó a ella por detrás, sin duda tratando de entender de qué iba todo aquello.
Loly tomó la mochila y vació el contenido encima de la cama. La laptop, su cartera, un juego de micrófonos, la cámara y el dispositivo para robar la señal de los autos yacía frente a ella. Tomó el dispositivo y lo observó detenidamente.
-¿Qué es esto?
Szayelaporro se lo arrebató y lo dejó encima de la mesa.
-Nada.
Loly sonrió triunfante.
-Está bien, no tienes que decírmelo. De hecho –sacó una placa de su bolsillo trasero y se la mostró-. Tienes derecho a permanecer en silencio.
Szayelaporro soltó una amarga carcajada y retrocedió en automático.
-Es una puta broma, ¿verdad?
Loly lo tomó por una mano y le hizo una llave para colocarle las esposas en las muñecas por la parte de atrás.
-Szayelaporro Granz, estás bajo arresto por posesión de dispositivos ilegales utilizados en el robo de autos y por acceder a la información confidencial de una página web federal. Tienes derecho a permanecer en silencio, todo lo que digas puede y será usado en tu contra. Tienes derecho a un abogado, si no puedes pagarlo, el Estado te asignará uno.
Szayel se reía a carcajadas apenas sosteniéndose en pie.
-¿Entendiste tus derechos? Puedo repetírtelos si es necesario –exclamó Loly haciendo caso omiso al alboroto que estaba haciendo. No se resistió, pero sabía que era cuestión de tiempo.
-Ese…ese bastardo –las lágrimas de risa amenazaban con salir-, ese bastardo tenía razón… ¡una prostituta que no cobra! –otra carcajada.
Loly lo sacó a empujones del remolque y llamó a Menoly para que enviaran refuerzos y un equipo que recogiera la evidencia. Szayel todavía se reía a carcajadas cuando lo metieron a la parte trasera de la patrulla y lo llevaron a la estación de policía.
Continuará…
Jajajaja esto parece un episodio de La ley y el orden. Espero que les haya gustado, se les van a caer los calzones en el próximo capítulo JAJA. Dejen su review, ¡bye-bye, mis amores!
