Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 06

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Suigetsu estaba de pie junto a la ventana y observaba su cuidado jardín. Su jardín, que podía contemplar a través de la ventana de su biblioteca. Tenía la intención de estudiar a conciencia el registro, pero era incapaz de concentrarse.

No estaba preparado para las sensaciones que había despertado en él el sonido de su nombre en boca de la viuda. Le habían dado ganas de pedirle que lo volviera a decir. Le habían dado ganas de acercarse a ella y susurrarle al oído para que los sirvientes no pudieran oírlos. Quería saber por qué no quería que su hijo tuviera un perro. Quería preguntarle qué sabía sobre corazones rotos.

Se había quedado hipnotizado al ver cómo la luz del sol arrancaba reflejos dorados de su pelo rubio y no había podido evitar acordarse de lo que sintió la noche anterior, cuando notó el peso de su melena en la mano. Se alegraba mucho del desdén que ella le demostraba, porque gracias a eso él conseguía mantener sus deseos a raya.

Apoyó el hombro en el afilado marco de la ventana. Ino se había estremecido al oír cómo pronunciaba la palabra «duquesa», pero el tono que ella empleaba no era muy distinto. A Suigetsu no le pasaba desapercibida la censura que teñía su voz cada vez que lo llamaba «señor Hozuki». La viuda sabía lo que era tan bien como él: el hijo bastardo de una prostituta, que jamás conoció a su padre; y, probablemente, su madre tampoco llegara a conocerlo demasiado.

Oyó cómo se abría la puerta, pero se quedó donde estaba. Los pasos de Ino eran más audibles a medida que se acercaba y en seguida percibió su suave fragancia. No quería ni pensar en lo agradable que resultaría descubrir las secretas partes del cuerpo en las que se aplicaba el perfume. Se detuvo frente a él. La maldita luz del sol se reflejaba en su pelo, provocándole unas increíbles ganas de acariciarlo, de hundir los dedos en su melena y no ser ni de lejos tan cuidadoso como lo había sido la noche anterior cuando le quitó las horquillas.

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—¿De verdad no sabe quién es su padre? le preguntó en voz baja.

Ese tema hacía ya bastante rato que lo habían hablado y Suigetsu no veía la necesidad de volver a él, aunque de repente pensó que quizá Ino había estado pensando tanto en él como él en ella desde que se había ido del comedor. Sin embargo, sospechaba que los pensamientos de la duquesa se habrían centrado más bien en sus faltas, mientras que él, muy a su pesar, estaba empezando a reconocer sus méritos.

—Creo que es mejor que nos ciñamos a los asuntos importantes. ¿Qué sabe de la niñera?

Ino, sorprendida, abrió ligeramente sus ojos azules.

—¿Izumi? Vino muy bien recomendada. El duque y yo siempre hemos estado muy contentos con sus servicios. ¿Por qué lo pregunta?

—El chico parece demasiado callado.

—Los niños deben ser callados y saber comportarse...

Él se rió con suavidad mientras recordaba su infancia.

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—No los niños que yo conocí.

—Usted creció en la calle, señor Hozuki. Mi hijo crece en un hogar.

—Y, sin embargo, él tiene miedo y yo nunca lo tuve.

—Sólo es reservado, igual que lo era su padre.

Suigetsu contuvo la necesidad de preguntarle si el duque también era reservado en la cama. ¿Por qué tendría tanta curiosidad por los detalles íntimos de sus vidas?

Ella miró por la ventana.

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—La otra noche dijo que apenas conocía a mi marido. ¿Cómo sabía siquiera quién era? ¿Acaso iba a su club?

—Alguna vez. ¿Qué sabe de mi club?

—Que es un lugar donde se reúnen toda clase de sinvergüenzas.

Él esbozó una media sonrisa.

—Lo dice como si yo obligara a la gente a pecar. Y no es así.

—Pero les proporciona la oportunidad de hacerlo.

—¿Lo ve? Su tono de voz implica, una vez más, que es algo malo. No se puede detener a las personas a las que les gusta dejarse llevar. Irían en busca de los callejones más oscuros hasta encontrar un local de juego, licor o mujeres. Si el lugar no fuese de fiar, acabarían quitándoles todo el dinero que tuvieran, incluso aunque ganaran; posiblemente perderían hasta la vida. Cuando compraran una botella, no sabrían lo que ésta podría contener. A veces no es más que orina. Alzó la mano para detener las protestas que estaba seguro de que Ino iba a hacer ante su lenguaje. Y las chicas... Con las chicas podrían contraer todo tipo de enfermedades; podrían quedarse ciegos o incluso volverse locos.

»Así que sí, yo proporciono a esos caballeros un refugio seguro donde el juego es honrado, el licor es el mejor que se puede tomar y las chicas están limpias.

—Da la impresión de que piensa que su comportamiento es noble.

—Tal como le he explicado hace un momento, no se puede detener a alguien que quiere dejarse llevar por los placeres. ¿Por qué no puedo aprovecharme de las debilidades de los demás? Me he hecho muy rico, ¿y a quién le he hecho daño? ¡Maldita sea! ¿Por qué estaba allí explicando su vida, sus elecciones, sus acciones? Siempre había sabido que mucha gente desaprobaba su forma de vida, pero a él le parecía muy bien y eso era lo único que le importaba.

Jamás le había preocupado lo que opinaran los demás.

—Supongo que hace usted daño sin darse cuenta dijo ella.

Ése era el problema de hablar con los santurrones, que nunca escuchaban.

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—Sea como sea, no tengo ninguna intención de lastimar a su hijo.

Ino miró el lugar donde, el día anterior, había una mesa llena de relojes; el duque siempre pareció querer hacer acopio de tiempo. Ahora, ese mismo espacio estaba ocupado por una gran variedad de botellas y decantadores que esperaban perfectamente alineados al alcance de la mano.

—Ha traído usted alcohol a esta casa comentó.

A Suigetsu no se le escapó su tono de censura.

—Pero no la obligaré a beber.

—Jamás lo haría.

—No me cabe ninguna duda.

—¿Qué ha hecho con los relojes de mi marido? preguntó ella, con tono cortante.

Por algún motivo, Suigetsu prefería que se mostrara brusca con él. Tal vez fuera el acicate que necesitaba, o quizá de ese modo se sentía aliviado al saber que no le tenía ninguna simpatía. Pensaba que podría ser muy desafortunado que entre los dos se estableciera cierta camaradería.

No le cabía ninguna duda de que Ino sabía que en algún aspecto no eran iguales, pero Suigetsu sabía perfectamente que las diferencias entre ellos eran muchas.

—Ahora son mis relojes. Están en la página siete de mi registro. Les he pedido a los sirvientes que los repartan por la casa como mejor les parezca.

—Una colección no se puede considerar una colección si está esparcida por todas partes.

—Me importan un cuerno los malditos relojes. Lo único que me importa es mi maldito whisky. Además, el infernal ruido que hacían me estaba volviendo loco.

Tal vez le habían provocado el mismo mal al duque, aunque en su caso estaba claro que lo habían conseguido.

Suigetsu inspiró profundamente para recuperar la calma, pero no funcionó, porque lo único que consiguió fue percibir la fragancia de Ino con mayor intensidad. Él no quería que ella lo provocara. Quería que se casara con otro.

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—Centrémonos en los negocios, ¿de acuerdo? Se acercó a su escritorio y se sentó en su sillón.

Ella vaciló antes de ponerse bien derecha y dirigirse al sillón que había frente al de Suigetsu. Si él hubiese sido un hombre débil, se habría sentido intimidado por la mirada de Ino. Era evidente que estaba decidida a mantenerse firme. Suigetsu debía reconocerle el mérito por ello, por eso y por preocuparse tanto por su hijo.

—Permítame ser sincero... empezó a decir él.

—¿Está sugiriendo que no lo ha sido hasta ahora? En mi mundo, señor Hozuki, se da por hecho que las personas hablan siempre con sinceridad, por lo que sus palabras no necesitan ninguna aclaración.

—Duquesa, está poniendo a prueba mi paciencia gruñó él.

—Pues deje que me lleve a mi hijo al campo.

Suigetsu no tenía la más mínima intención de hacer tal cosa.

—No en esta vida.

—Creo que facilitaría mucho las cosas.

—A mí lo fácil me resulta muy aburrido. Por tanto, volvamos al asunto que nos ocupa. En mi club tengo empleadas a más de dos docenas de personas. No tengo que esforzarme mucho por dirigirlos, ni a ellos ni al club. En realidad, mi negocio funciona bastante bien y con mucha eficiencia. Por desgracia, no sé absolutamente nada sobre cómo se dirige una casa.

La miró y observó un sutil cambio en su expresión. Se dio cuenta de que tal vez había hablado demasiado y, al hacerlo, podría haberle cedido un poder al que no estaba dispuesto a renunciar.

—Mientras que yo dijo ella con una tranquilidad que lo puso tenso, lo sé todo sobre ese asunto.

—Supuse que así sería. Por tanto, dejaré que lleve la casa como mejor le plazca.

Ino sonrió y fue lo más fascinante que había visto nunca. Ese gesto la transformó en una mujer joven y despreocupada. Le dieron ganas de deslizar el pulgar por sus labios. Le dieron ganas de levantarse, rodear el escritorio y cogerla entre sus brazos.

—No. En. Esta. Vida.

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La necesidad y el deseo se desplomaron a sus pies. ¿Acaso se las había arreglado para leerle el pensamiento?

—¿Disculpe?

Ino se levantó mostrando la confianza de una mujer que acaba de heredar un imperio.

—No pienso ocuparme de dirigir la casa.

Dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

—Entonces, ya puede ir calentándome la cama.

En cuanto acabó de decir eso, se dio cuenta de que no estaba muy seguro de en qué estaba pensando para ofrecerle esa alternativa, aunque a él le resultaba muy atractiva. Si aquella mujer consiguiese llevar a su cama la mitad del fuego que imprimía a sus palabras, estaba convencido de que pasarían una noche inolvidable.

Ella se dio la vuelta muy despacio.

—No puede usted hablar en serio.

—No tengo un alma caritativa. Hoy tiene un techo, ropa y comida. El techo y la comida son míos, la ropa aún no estoy seguro, porque tengo que localizarla en mi registro. Usted recibe muchas cosas de mí, duquesa, sin darme nada a cambio. Si dejo que esto siga así, esto será un negocio muy poco provechoso. Si quiere seguir viviendo en esta casa, tendrá que ganarse ese privilegio.

—¿Ganármelo? ¿Como si fuera una sirvienta? O, peor aún, ¿como si fuera una prostituta? Sintió que la furia se adueñaba de ella. Es usted un bastardo.

—Según la ley, así es.

—¿Cómo puede ser tan insensible? Acabo de perder a mi marido, mi casa y, por lo que a la legalidad se refiere, también a mi hijo. ¿Acaso es usted incapaz de mostrar un poco de generosidad?

—La generosidad no resulta nada provechosa.

—¿Eso es lo único que le importa? ¿Los beneficios?

Ino maldijo entre dientes. ¿Por qué se lo estaba poniendo tan difícil?

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Ino había inclinado la cabeza de un modo acusador, parecía creer que podía intimidarlo para que cambiara de idea. Su pelo rubio pálido tenía destellos dorados que lo hacía interesante. Suigetsu se preguntó qué aspecto tendría vestida de ese color. El negro la hacía parecer muy pálida. Pero el rojo, o el violeta, un tono oscuro de violeta..., como el de la realeza...

Suigetsu negó con la cabeza. Él jamás imaginaba a las mujeres vestidas. Se las imaginaba sin ropa, no con ropa. ¿Qué le estaba ocurriendo?

Se abrió la puerta y apareció el mayordomo. La biblioteca era muy grande y se componía de varias zonas de estar, por lo que Kazuma tardó un poco en cruzarla con sus silenciosos pasos. Suigetsu desconfiaba de aquella forma tan queda que tenían los sirvientes de desplazarse por la casa. Una persona sólo andaba así cuando pretendía robar algo.

Kazuma se quedó allí de pie hasta que Suigetsu lo miró y entonces hizo una pequeña reverencia.

—Siento molestarlo, señor, pero un inspector de Scotland Yard desea hablar con usted. ¿Está usted en casa?

—Pues claro que estoy en casa, hombre. ¿No me ves aquí sentado?

Antes de que Kazuma pudiera responder, la duquesa se aclaró la garganta para intervenir.

—Decir que no está usted en casa es una manera cortés de comunicarle a alguien que no quiere verle.

—Pensaba que en su mundo tan cortés la gente no mentía.

—En mi mundo la gente no es grosera.

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Suigetsu quería seguir discutiendo, pero no pretendía hacer esperar a Kazuma. Ya resolvería aquel asunto más tarde con ella. Sospechaba que pasarían gran parte de su tiempo discutiendo sobre lo que cada cual consideraba correcto. Volvió a centrar la atención en el mayordomo.

—Claro que lo recibiré.

En cuanto el hombre salió de la biblioteca, la duquesa se dirigió a él.

—¿Qué es lo que ha hecho?

—He preferido no mentir diciéndole que no estaba en casa. Pensaba que aplaudiría mi honradez.

—No, me refiero a por qué ha venido un inspector de Scotland Yard. ¿Le ha robado a alguien? ¿Ha matado a alguien? Dio un paso hacia adelante y se le acercó. ¿Qué ha hecho para que un inspector de Scotland Yard tenga que venir a esta casa? Si le arrestan...

Antes de que pudiera acabar de decirle lo que Suigetsu estaba seguro de que sería la amenaza de ir corriendo a decírselo a Yahiko, se volvió a abrir la puerta. Esta vez fue Jugo no Tenpi quien entró en la habitación. A Suigetsi siempre le había molestado que Jugo tuviera el misterioso don de dar la impresión de pertenecer a cualquier lugar al que iba. Estaba convencido de que también se sentiría completamente cómodo recorriendo los pasillos del palacio de la Hokage.

Vestía una chaqueta de lana beige, un chaleco color crema y una corbata de un tono muy oscuro de verde que resaltaba el naranja de sus ojos, convirtiéndolos en su rasgo más llamativo. Normalmente, vestía con mucha sencillez para no llamar la atención. Aquél no era uno de esos días.

Ino observaba a Jugo como si estuviera intentando decidir si era el menor de los dos diablos que ocupaban su biblioteca. Suigetsu sabía que Jugo haría gala de unos modales impecables, así que se puso en pie, porque de repente no estaba de humor para que le sacaran faltas.

—Duquesa, permítame el honor de presentarle a Jugo no Tenpi, inspector de Scotland Yard.

—Inspector.

—Jugo dijo Suigetsu, permíteme que te presente a la duquesa de Hoshigaki, que ha enviudado recientemente. «Y además es un auténtico grano en mi trasero.»

Jugo hizo una reverencia, sin duda impresionando a la viuda con sus perfectos modales.

Resultaba sorprendente que un hombre tan alto y corpulento no fuera patoso. Le sacaba uno o dos centímetros a Suigetsu, tanto en altura como en corpulencia.

—Su excelencia la saludó con toda formalidad y, al hacerlo, irritó a Suigetsu por motivos que ni él mismo era capaz de comprender. ¿Por qué tenía que importarle que trataran a la duquesa de un modo tan encantador?

Jugo centró su aguda mirada naranja en Suigetsu.

—Tu nota decía que se trataba de un asunto urgente.

—¿Le ha llamado usted? preguntó Ino.

Suigetsu se sintió muy satisfecho al ver aquella sorprendida expresión en su rostro.

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—Lo siento, duquesa. Supongo que se sentirá decepcionada ahora que sabe que no ha venido a arrestarme. Y una vez concluidos los formalismos... Jugo, ¿qué vas a tomar, whisky o ginebra?

—Se acercó a la mesa en la que tenía sus preciosas botellas llenas de licor. Ya no se oía ni un solo tictac.

—Aún no es ni mediodía, Suigetsu dijo Jugo.

—Para un hombre que no permite que los horarios rijan su vida, ningún momento es poco

apropiado para darse un capricho contestó Suigetsu mientras se servía un vaso de whisky.

—Al contrario que tú, yo sí duermo dijo Jugo. Paso.

—Como quieras. Regresó al escritorio. Puede retirarse, duquesa.

Suigetsu estaba a punto de sentarse cuando ella dijo:

—Teniendo en cuenta que soy yo quien dirige su casa, me parece importante quedarme.

Sus palabras lo dejaron inmóvil cuando estaba a punto de sentarse en el sillón. No porque lo hubieran sorprendido, sino por lo satisfecha que parecía consigo misma; daba la sensación de creer que había conseguido alguna victoria sobre él. Por mucho que le fastidiara reconocerlo, le gustaba mucho que demostrase estar satisfecha... Aunque tampoco es que planeara fomentarle ese estado de ánimo. Suigetsu se acabó de dejar caer sobre el sillón y bebió un trago de whisky.

—Entonces, asumo que ha elegido ocuparse de la casa en lugar de...

—Sí, así es respondió a toda prisa, antes de centrar su atención en Jugo. A Suigetsu no le gustó que lo hubiera ignorado con tanta rapidez y pensó que quizá se quería quedar porque Jugo le interesaba. Se preguntó si aceptaría casarse con un plebeyo.

—Tal vez quiera un poco de té, inspector dijo ella.

—Eso sería estupendo, gracias.

Ino se volvió en dirección a la puerta y Suigetsu se dio cuenta de que no le había prestado suficiente atención a su retaguardia. Tenía un trasero pequeño. Se preguntó en qué medida contribuirían las enaguas al ardiente aspecto de sus caderas. ¿Por qué las mujeres no llevarían una ropa que ofreciera una visión más realista de su figura?

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—¿Té? repitió Suigetsu irritado, consciente de que Ino estaba demasiado lejos para oírlo.

¿Desde cuándo bebes té?

—Es una distracción que utilizo cuando tengo que pedirles explicaciones a damas a las que no les gusta que les pidan explicaciones.

—No pensaba que te gustara estar distraído.

—Es para distraerlas a ellas, no a mí. Se sienten muy cómodas sirviendo el té y entonces me cuentan cosas que no me contarían de otro modo.

Su técnica tenía sentido. No era de extrañar que Jugo gozara de una excelente reputación; todo el mundo sabía que siempre conseguía resolver sus casos. Suigetsu estaba seguro de que aquel hombre podría ganar mucho más dinero si aceptara trabajar para él investigando asuntos privados. Pero al contrario que Suigetsu, Jugo parecía tener muy poco interés en el dinero.

—No tardarán mucho en servir el té dijo la duquesa, volviendo a la biblioteca con ellos y tomando asiento en uno de los sillones cercanos. Intentaré no interrumpir.

De repente, parecía una jovencita allí sentada, en el filo del sillón, pensando que tal vez descubriría que Suigetsu se había metido en algún lío. Él no tenía ninguna duda de que le encantaría verlo entre rejas. Pero Suigetsu ya había pasado por esa experiencia y preferiría morir antes que volver a pasar por aquello. Señaló el sillón que tenía delante y Jugo se sentó.

Suigetsu se inclinó hacia él.

—Esta residencia pertenecía al duque de Hoshikagi. En su testamento me la legó a mí. Quiero saber por qué.

Jugo miró a la duquesa y la estudió durante un buen rato; luego volvió a posar los ojos en Suigetsu.

—¿Es que ella no lo sabe?

—Ella se quedó más sorprendida que yo. Creo que el abogado, un tal señor Yahiko, puede saber el motivo, pero no deja de repetirme que no está autorizado a decírmelo. Quiero que vayas a su residencia a medianoche, lo secuestres, lo lleves a algún lugar oscuro y peligroso, lo cuelgues de los pulgares y lo golpees hasta que decida que ya está autorizado a decírmelo.

La duquesa soltó una exclamación y se puso de pie completamente indignada.

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—¡No puede hablar en serio! Eso es una barbaridad. No pienso permitirle que...

—Su excelencia. Para decepción de Suigetsu, Jugo acabó con su magnífico teatro. Claro que no habla en serio.

Ino dio un pequeño grito, pero lo reprimió en seguida, como si acabara de recordar que era una dama de alta cuna.

—Es usted despreciable, señor.

—Venga, Ino, ¿dónde está su sentido del humor?

—Desapareció por completo en cuanto usted irrumpió en mi vida.

Suigetsu no pudo evitar sonreír al ver la mirada que le dedicó la duquesa. ¡Maldición! Estaba empezando a encontrarla muy divertida. Ino se volvió a sentar. ¿Cómo conseguía permanecer tan derecha y tiesa tanto tiempo?

—¿Has visto la opinión que tiene de mí? le preguntó Sugetsu a Jugo. Cuando han anunciado que llegabas, ha creído que venías a arrestarme.

—No puedo decir que la culpe. Tienes una buena reputación por..., bueno, por no respetar la ley todo lo que deberías. Jugo levantó la mano antes de que Suigetsu pudiera protestar. Pero no tengo mucho tiempo, así que volvamos al asunto que nos ocupa. ¿Cuándo conociste a Hoshikagi?

—Vino alguna vez al club. Se pasó el pulgar por el contorno de la mandíbula inferior. Pero apenas hablamos.

—¿Por qué te importan los motivos que él tuviera? le preguntó su amigo. Jamás te ha preocupado de dónde procedía tu dinero. ¿Por qué ahora sí?

Suigetsu miró a la duquesa. A juzgar por la rigidez de su rostro, era evidente que aún no le había perdonado la broma que le había gastado hacía un momento. En realidad, pretendía hacerla enfadar lo suficiente como para que se fuera.

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—¿No debería ocuparse del té?

—Estoy convencida de que lo traerán en cuanto esté listo.

¡Maldición! Suigetsu no esperaba que ella estuviese presente mientras hablaba con Jugo. Se planteó insistir para que se fuera, pero sólo conseguiría aumentar sus sospechas. Además, tal vez necesitara escuchar aquello.

—Muy bien. Dio un golpecito en el escritorio, esperando no sonar muy alarmista. Tengo que ser el tutor de su heredero. Me quiero asegurar de que esta situación no tiene nada que ver con la de Sasuke.

En los ojos de Jugo, Suigetsu vio que su amigo había entendido perfectamente la conexión. El padre de Sasuke había sido asesinado por su hermano en un intento de conseguir hacerse con el condado. Fue el tío de Sasuke quien le pagó seis peniques a Suigetsu para que engañase a su hermano y su cuñada y los llevase al callejón. Había contratado a unos hombres, que les tendieron una emboscada. Las acciones de Suigetsu habían cambiado la vida de todos ellos de forma irrevocable.

—Tienes motivos para sospechar...

—El duque no tenía hermanos. Pero Yahiko me dijo que tiene dos primos. Suigetsu le dio un trozo de papel. El primero es el siguiente en la línea sucesoria y el otro primo va justo detrás.

Quiero que averigües todo lo que puedas sobre ellos.

Jugo asintió y se metió el papel en el bolsillo.

Ino volvió a ponerse en pie. ¿Acaso no podía hablar sentada?

—¿Va usted a investigar a la familia de mi marido?

—Aquí hay algo que no encaja, duquesa contestó Suigetsu con total franqueza. El duque quería que yo protegiese a Inojin. Pero ¿protegerlo de qué? ¿De una madre excesivamente protectora? No creo que sea ése el motivo.

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Ella lo miró como si pensara que debía ingresar en el hospital mental de Konoha.

—¿Y cree usted que los primos de mi marido asesinarían a mi hijo para hacerse con el título? ¿Es eso lo que está sugiriendo? Querido señor, ese tipo de cosas sólo pasan en las novelas, no en la vida real.

—Dígaselo al conde de Konohagure.

—He oído... Parpadeó y se sentó de nuevo, como si le hubieran fallado las rodillas. Creí que sólo eran habladurías. Ya sabe cómo es la gente. ¿No creerá de verdad que Inojin está en peligro?

—No sé qué más pensar, Ino.

Estaba demasiado angustiada para darse cuenta de la confianza con que se había dirigido a ella, o tal vez ya no le pareciese lo suficientemente importante como para ganarse su ira. El condenado de Jugo se dio cuenta y se frotó el lateral de la nariz con el dedo índice, una señal que hacía desde su infancia para indicarle que alguien estaba revelando demasiada información. Jugo fue uno de los niños de Orochimaru, el mejor sonsacándole información a la gente.

—Bien espetó Suigetsu, irritado ante la posibilidad de que Jugo pudiera pensar, por error, que él se preocupaba más por la viuda de lo que lo hacía en realidad. ¿A qué estás esperando? Ya sabes lo que necesito.

Como todos los niños de Orochimaru, Jugo estaba acostumbrado a que Suigetsu le diera órdenes; por eso no se sintió ofendido. Se levantó, se acercó a Ino y se inclinó ante ella.

—Duquesa, ¿estaba usted al corriente de alguna amenaza?

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Aquel hombre era exasperantemente comprensivo y se mostraba tan preocupado que

resultaba irritante. Nunca había tenido ningún problema en mostrar sus emociones si creía que hacerlo le iba a reportar algún beneficio. No cabía duda de que Ino pensaría que Jugo era maravilloso. Estupendo. Tal vez pudiese casarse con él y Suigetsu podría endosarle todo aquel desastre. Si había algún peligro al acecho, no cabía duda de que él sería el mejor para descubrir cuál era y encontrar la manera más adecuada de hacerle frente.

Ino negó lentamente con la cabeza; parecía que no diese crédito a que todo aquello estuviese sucediendo.

—No, yo... No, no que yo sepa.

—¿Cómo murió su marido?

—Resbaló por la escalera y se dio un golpe en la cabeza.

—¿Era un hombre patoso?

—Por supuesto que no.

—¿Hubo algún testigo que presenciara el accidente?

—Yo vi lo que sucedió.

—¿Alguien más vio cómo resbalaba?

Ino vaciló y Suigetsu se dio cuenta de que estaba considerando distintas posibilidades y pensando cuál era la mejor respuesta. Ella había visto cómo se caía; probablemente era la única persona que lo había visto, y si alguien cuestionaba su palabra...

—Jugo. Resbaló dijo Suigetsu. La escalera es de mármol; más traicionera que el hielo. Yo casi perdí el equilibrio ayer por la noche. No creo que sirva de nada seguir por ese camino.

—Muy bien. Jugo se levantó. Veré lo que puedo averiguar.

Alguien llamó suavemente a la puerta. Un lacayo la abrió y una sirvienta entró a la biblioteca con el té en una bandeja.

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—Oh dijo Ino, al tiempo que se ponía en pie con un poco de inseguridad. Si la pasada noche había sido un mal trago para ella, Suigetsu no quería ni imaginarse lo que estaría sintiendo en aquellos momentos. Sin embargo, se siguió comportando con elegancia. Su té, inspector.

—Gracias, pero de verdad que tengo que irme. Tal vez otro día.

—Te acompañaré hasta la puerta dijo Suigetsu, agradecido de que Ino pareciese demasiado conmocionada para acompañarlos. Siguió a Jugo hasta el pasillo y cuando estuvieron lo suficientemente lejos como para que el lacayo no pudiera oírlos, le dijo en voz baja: No estarás pensando que fue ella quien lo empujó.

—No, aunque a ella le preocupaba que yo pudiera pensarlo. No podía ser muy viejo.

—En realidad sí lo era. Diría que tenía unos cincuenta años.

—Dentro de veinte años no te parecerá que un hombre de cincuenta sea tan viejo. ¿Por qué crees que se casó con él? preguntó Jugo.

—No lo sé. ¿Debería averiguarlo?

Su amigo se encogió de hombros.

—Probablemente no tenga mucha importancia, a menos que empecemos a sospechar que fue asesinado.

—No me la imagino asesinando a nadie.

—La conoces bien, ¿verdad?

—Apenas la conozco admitió Suigetsu a regañadientes. Aunque eso no significa que mis impresiones sobre ella tengan menos credibilidad. Siempre he hallado un motivo para decidir qué bolsillos valía la pena arriesgarse a robar.

—Y también hay un motivo para que me hayas pedido que investigue todo este asunto por ti.

—Tienes razón; pero además, hay otro asunto al que me gustaría que te dedicaras.

Recorrieron el pasillo hasta llegar al vestíbulo, donde no había ningún sirviente. Intenta averiguar si el duque tenía predilección por alguna perversión.

—¿Perversión?

—Con niños, para ser más específico.

Jugo se detuvo de golpe y lo miró con sorpresa. Era muy listo, tal vez fuera el más listo de los niños de Orochimaru. Suigetsu sabía que al mezclarlo en todo aquello, acabaría descubriendo la parte de su pasado que siempre quiso mantener en secreto, pero estaba dispuesto a correr el riesgo a cambio de averiguar la verdad. Aunque sospechaba que Hoshigaki no era el hombre que lo compró y abusó de él, necesitaba la confirmación para enterrar las pocas dudas que pudieran quedarle.

Suigetsu se aclaró la garganta.

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—Ya sé que nunca fui tu favorito entre los niños de Orochimaru, pero hazme este favor. Averigua si su hijo está en peligro.

—Haré algunas averiguaciones, pero no lo haré por ti; lo haré porque Karin querría que lo hiciera.

—La amas, ¿verdad?

—Vete al infierno.

Suigetsu se rió.

—Es un poco tarde para eso, amigo. Llevo allí desde que nací.

Siguió sonriendo mientras volvía por el pasillo. Para ser un hombre al que habían cargado con repentinas e indeseadas responsabilidades, estaba de bastante buen humor. Ino se ocuparía de la casa y eso le permitiría a él dedicarse a los asuntos que de verdad le parecían importantes.

Cuando entró en la biblioteca, lo sorprendió ver a Ino sentada al escritorio, leyendo su libro de registro. Jack se lo quitó y lo cerró con elegancia.

—¿Aún está aquí?

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Ella se levantó y lo miró con los ojos entrecerrados; parecía que hubiera descubierto que todas las páginas estaban en blanco.

—No me creo que de verdad sea un inspector de Scotland Yard.

Suigetsu arqueó una ceja.

—¿No? ¿Y entonces quién es?

—Algún conocido suyo. Ha quedado muy claro cuando le ha ofrecido alcohol. Ni por un segundo me he creído que sea usted amigo de un inspector. Creo que todo esto sólo ha sido un elaborado plan para hacerme creer que mi hijo está en peligro y para que usted me parezca más importante de lo que es en realidad.

—¿Con qué finalidad?

Ella pareció vacilar, pero luego lo reconsideró:

—Aún no tengo muy claro lo que pretende conseguir con todo esto. Tal vez espera que lo deje en paz.

—Lo cierto es que merecería la pena habérselo inventado sólo para conseguir eso.

Ella abrió la boca...

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—No, no se puede llevar a su hijo al campo.

—Pues entonces a casa de mi cuñada. Sólo a un par de horas.

—No.

—No puede tenernos aquí encerrados como si fuéramos prisioneros.

—Sí puedo, por lo menos hasta que esté seguro de que están a salvo.

—¿Por qué se preocupa tanto?

—¡Qué me cuelguen si lo sé! gruñó él, mientras se acercaba a la ventana. Llévese dos lacayos. Dígales que tienen que vigilar al niño todo el rato.

La oyó suspirar enfadada.

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—Mi mundo es mucho más civilizado que el suyo. Le puedo asegurar que no estamos en peligrodijo con absoluta seguridad.

—Entonces, ¿por qué me eligió a mí? Suigetsu se dio la vuelta y se dio cuenta de que ella se le había acercado sin hacer ruido. Ino dio un paso atrás mientras él se esforzaba por no hacer lo mismo. Qué sorpresa. ¿Quién iba a decir que aquella mujer tuviese las habilidades de un ladrón? . ¿Por qué me eligió a mí? repitió, sin preocuparse por esconder su furia y esperando que Ino no se diera cuenta de lo nervioso que lo ponía tenerla tan cerca. ¿Por qué tenía que oler tan bien?

Cielo santo, pero si estaba de luto. ¿No debería oler a otra cosa?. Yo estoy íntimamente vinculado con la parte más oscura de Konoha. ¿Por qué pensaría su marido que su hijo necesitaba un tutor como yo? Se me da bien sobrevivir. Empecé a vivir solo en la calle cuando tenía cinco años. Reconozco el peligro en cuanto lo veo y me resulta muy sencillo analizar a las personas. Si no hay ningún peligro, ¿por qué me eligió a mí?

Ella frunció su delicado cejo y él se obligó a mantener las manos a la espalda y a cogérselas con fuerza para evitar acercarlas a su cara e intentar hacer desaparecer aquella preocupación.

—Dijo usted que mi marido había ido a su club. ¿Fue en busca de mujeres? Se le entrecortó la voz al final de la frase; parecía que hubiese tenido que empujar la palabra desde lo más profundo de su ser.

—Ya la tenía a usted, ¿para qué querría buscar consuelo en otra parte? Le resultó muy extraño que aquellas palabras tranquilizadoras procedieran de sus labios, pero no le pareció tan extraño como el nudo que se le hizo en la garganta al imaginársela en la cama de Hoshigaki, en su comedor, en su biblioteca, a su lado.

—Quizá no tuviera suficiente conmigo contestó en voz baja.

¡Maldita fuera! Lo único que Suigetsu sabía era que Hoshigaki no jugaba. En su club se llevaba un meticuloso registro de los hombres que compraban fichas y las cantidades que gastaban.

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—No iba por las mujeres.

Ino esbozó una triste sonrisa.

—Pensaba que sería usted mejor mentiroso.

¿Por qué iba a importarle que ella se sintiera infeliz? Sin embargo, y por algún extraño motivo, le importaba.

—Nunca lo vi con ninguna de mis chicas. Es la verdad. Jamás jugó y nunca lo vi beber.

—Entonces, ¿qué hacía allí?

—Observar. Aquello parecía perverso incluso para Suigetsu.

—¿Observar qué?

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No quería decirlo, no quería admitir que Hoshigaki lo había estado observando a él. Siempre que lo miraba, se daba cuenta de que el duque lo contemplaba como si se tratara de alguna extraña criatura. Tal vez todo aquello fuera alguna clase experimento. Quizá quería poner a un hombre en la cima del mundo y ver si así se convertía en alguien mejor. Sin embargo, la ironía era que, como Hoshigaki estaba muerto, jamás podría ver los resultados.

—Se limitaba a observar lo que hacían los demás. A algunas personas les gusta eso.

—¿Por qué?

—Porque no tienen agallas de hacer nada. Tendrán miedo de los juicios morales. ¿Cómo voy a saberlo? Váyase a casa de su cuñada y déjeme en paz. Pero no vuelva a pensar ni por un momento en irse al campo. Si me obliga a ir a buscar al chico, le amargaré a usted la vida.

—Me parece que puedo decir, señor Hozuki, que no creo que fuera a notar la diferencia, porque ya me la amarga ahora.

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Tan enfadada como él, dio media vuelta y se dirigió a la puerta. Al observar el balanceo de aquel precioso trasero, Suigetsu decidió que tendría que decirle cosas desagradables más a menudo para conseguir que ella se marchara indignada.

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