Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 07
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Ino reconoció que había sido un error ir a visitar a la duquesa de Yugakure, porque ahora Inojin tenía una curiosidad feroz por visitar la Gran Exposición, después de que su primo le hablara de todas las curiosidades que había visto allí. Para empeorar la situación, cuando llegó a casa descubrió que una visita la esperaba en el salón.
Mientras Izumi se llevaba a un cansadísimo Inojin a su habitación para que durmiese la siesta, Ino se quitó el sombrero con velo negro y lo dejó sobre la mesa del vestíbulo, para cambiárselo por la cofia de viuda que se había quitado antes de salir. Se sentía como si la hubieran pillado haciendo algo que se suponía que no debía hacer y estuviera a punto de recibir una reprimenda.
Yamato no Sairai, vizconde de Kirikagure, había elegido un momento muy inoportuno para visitarla. El primo de su marido había sido muy amable al encargarse de organizar el funeral y los detalles del último viaje de Hoshigaki hasta la cripta familiar de su casa solariega, y había sido para Ino un sólido hombro en el que apoyarse. La idea de que aquel hombre pudiera asesinar a Inojin para usurparle el título era ridícula.
Tras colocarse en su sitio algunos mechones, entró en el salón.
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—Lord Kirikagure, muchas gracias por visitarnos. Espero que no haya tenido que esperar mucho.
El vizconde hizo una leve reverencia. Ino vio el parecido familiar en el corte de su barbilla cuadrada. Era algunos años más joven que Hoshigaki, pero su pelo trigueño ya estaba empezando a dejar paso al blanco. No había heredado la altura de la mayoría de los miembros de la familia, pero lo que le faltaba en ese sentido, lo compensaba en amplitud; tenía una constitución que le otorgaba un aspecto intimidante.
—Sólo un minuto o dos, duquesa. Para ser sincero, me ha sorprendido que estuviese usted de paseo.
Ino sintió que se le enrojecían las mejillas ante aquella sutil regañina.
—He ido a visitar a mi cuñada. Ella también acaba de enviudar de mi hermano y he pensado que me podría dar algún consejo para aprender a vivir con este espantoso vacío.
—Claro, disculpe mi osadía. No puedo ni imaginar lo difícil que todo esto estará resultando para usted.
«Sospecho que no tiene usted ni la más remota idea.»
—Y permítame que le reitere mis condolencias por su pérdida. Su marido ya descansa en paz en la cripta familiar.
—Le agradezco mucho todo lo que ha hecho. No sé cómo podré compensar su amabilidad.
—No tiene importancia. Le prometí a Hoshigaki que cuidaría de usted, ¿no lo sabía?
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Ella no pudo evitar experimentar una extraña sensación de incomodidad. Había sido una mujer que nunca le había replicado a su marido y, de repente, tenía demasiados hombres a su alrededor, pidiéndole cosas y verbalizando expectativas.
Una doncella entró en el salón con el servicio de té. Cuando se marchó, Ino y Yamato se sentaron ante una pequeña mesita. El vizconde no era tan ligero como Hoshigaki y, cuando se sentó, el sillón crujió bajo su peso.
—¿Cuándo le pidió el duque que cuidara de mí? —le preguntó ella pausadamente, mientras servía el té.
—No recuerdo el momento preciso. Ya sabe usted cómo funcionan estas cosas. Los hombres se piden favores unos a otros continuamente, sin esperar que lleguen a materializarse en realidad.
He venido en cuanto he regresado a Konoha. Quería asegurarme de que todo estaba en orden. Se ha celebrado ya la lectura del testamento, ¿verdad?
A Ino le tembló la mano y la taza que sostenía se tambaleó sobre el platito. Miró a Yamato y pudo ver la expresión de su marido en aquellos expresivos ojos negros. La mirada de Hoshigaki aunque no eran de distinto color, transmitía el mismo aire compungido. Cuando sonreía, sus ojos nunca reflejaban alegría. Era como si se hubiera pasado toda la vida de luto. A ella le habría gustado mucho que le hubiese abierto su corazón, pero como la mayoría de los matrimonios aristócratas, su enlace no estaba basado en el amor.
Ino esperó a que lord Kirikagure le cogiera su taza de las manos para empezar a hablar.
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—Sí, sí, así es.
—¿A quién nombró tutor del niño?
Ella se acercó su taza a los labios y dio un pequeño sorbo de té.
—¿Por quién cree usted que se ha inclinado?
El hombre sonrió como si hubieran estado compartiendo un secreto que por fin podían revelar al mundo.
—Yo siempre pensé que me elegiría a mí. Jamás hablamos de los detalles, pero parece la
elección más lógica, teniendo en cuenta que soy de la familia y... el siguiente en la línea sucesoria.
Quiero que sepa que, para mí, es un honor cuidar de ustedes, tanto de usted como del joven duque.
Su presunción hizo que Ino sintiera una repugnancia difícil de explicar. Estaba segura de que el vizconde no tenía malas intenciones respecto a Inojin y, sin embargo, le preocupó que lo diera todo por hecho. Se estaba dejando influir por Hozuki. Ella jamás habría albergado sospechas si éste no le hubiera sembrado la semilla de su duda en la cabeza.
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—Milord, aprecio de corazón sus sentimientos, mucho más de lo que pueda parecer. Desafortunadamente, mi marido eligió a Suigetsu Hozuki como tutor de Inojin.
Yamato se quedó tan sorprendido que parecía que Ino lo hubiera golpeado con el atizador de la chimenea.
—¿El del club Hozuki?
—Sí, me temo que sí.
Claramente desconcertado por aquel giro inesperado, se la quedó mirando fijamente, como si ella fuera la responsable de todo aquello.
—¿Por qué iba Hozuki a aceptar ser el tutor del hijo de un lord?
—Me temo que no tengo ni la más remota idea, pero Hoshigaki se aseguró de despertar su interés legándole todas las propiedades no asociadas al título.
Pensó que Kirikagure tenía derecho a saberlo todo, dado que, en efecto, era el siguiente en la línea de sucesión. Si no se hubiera estado ocupando de los restos mortales de su marido, seguro que habría asistido a la lectura del testamento.
El hombre negó con la cabeza y se quedó mirando fijamente la taza de té, como si quisiera memorizar la cenefa de flores grabada en la fina porcelana. Entonces, levantó la vista y la miró.
—Hozuki debió de hacerle chantaje.
—¿Hacerle chantaje? ¿A qué se refiere?
—Debió de amenazar a Hoshigaki con delatarlo por alguna conducta inapropiada.
Ino consideró las posibilidades. Era incapaz de imaginarse a su marido comportándose de forma inapropiada. Y, teniendo en cuenta la reacción de Hozuki, era evidente que éste se había quedado tan sorprendido como los demás al descubrir las condiciones del legado.
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—Impugnaremos el testamento —anunció de repente Yamato, adoptando un tono enfático que daba a entender que no se podía llegar a ninguna otra conclusión y dando por hecho que ella estaría de acuerdo con él—. Podría ser un escándalo, pero no veo que exista otra opción. Si permitimos que Hozuki sea el tutor de Inojin, todo esto podría acabar en un auténtico desastre.
Me atrevería incluso a afirmar que sería una mala influencia para su hijo y arruinaría ón.
—El señor Yahiko dijo que el testamento era irrevocable.
—Claro que lo dijo. Así tiene menos trabajo.
—Y menos gastos para usted —rugió una voz profunda.
Ino se sobresaltó tanto que se tiró el té caliente sobre la falda. Afortunadamente, llevaba tantas capas de tela que era imposible que llegara a quemarse. Dejó la taza y el plato sobre la mesa, cogió una servilleta y empezó a secarse la falda y las manos. Aquel hombre tenía la molesta costumbre de aparecer cuando nadie lo esperaba.
—No recuerdo haberle invitado a entrar en el salón, señor Hozuki.
Él levantó las manos de aquella forma tan irritante que, según la experiencia de Ino, siempre precedía a unas palabras irritantes.
—No necesito ninguna invitación, ya que éste es mi salón. Buenas tardes, milord.
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Kirikagure se había puesto en pie y lo miraba con los ojos entrecerrados; parecía fiarse tan poco de él como Ino.
—Hozuki —contestó finalmente.
—¿Se conocen? —preguntó ella.
Suigetsu sonrió con aire malicioso.
—Ya le dije, duquesa, que estoy muy familiarizado con la aristocracia. —Se sentó en un sillón echándose ligeramente hacia atrás y apoyando el tobillo sobre la rodilla de la pierna contraria.
Ino nunca había visto a ningún hombre sentado de aquella forma tan inapropiada—. Tome asiento, Yamato. Así podremos hablar tranquilamente de todos los motivos por los que no haremos lo que acaba de sugerir.
Para sorpresa de Ino, el primo de su marido se sentó sin rechistar, con la espalda recta y una postura excelente. No quería ni imaginar las dificultades que tendría Inojin si Hozuki llegaba a ser finalmente la persona que le enseñara cómo debía comportarse. Los demás niños se reirían de él, lo insultarían y no le tendrían ningún respeto.
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—Tal como yo lo veo —empezó Hozuki—, tenemos tres motivos para no llevar este asunto a los tribunales: el coste, puesto que tendremos que contratar a un abogado; el terrible escándalo que provocaríamos, puesto que un asunto de esta naturaleza es evidente que generaría habladurías; y que todo este asunto se puede arreglar muy fácilmente si acepta casarse con la duquesa.
—¿Ca-casarme con ella? —Kirikagure tartamudeó, claramente sorprendido por el comentario.
—Sí, ¿acaso la duquesa no se lo ha mencionado? Yo perderé el derecho a ser tutor de Inojin en el preciso momento en que ella se case con un hombre dispuesto a asumir ese papel. ¿Lo ve? Lo único que tiene que hacer es casarse con...
—Estoy de luto, señor Hozuki —lo interrumpió Ino, apretando los dientes por enésima vez.
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¿Por qué le costaría tanto a aquel hombre entender un concepto tan sencillo?
—Si conseguimos una licencia especial, la ceremonia podría celebrarse discretamente. Lord
Uchiha lo hizo así cuando se casó con su mujer, que estaba de luto por la muerte de su padre.
Y entonces podrían irse todos al campo. Dentro de dos años, vuelven a Konoha hablando de su irremediable amor y todo el mundo olvidará el asunto. Las mujeres excusan cualquier indiscreción cuando se cometen en nombre del amor.
—No pienso irme al campo.
—Creía que eso era lo que usted quería.
—Porque me quería deshacer de usted.
—Si se casa lo conseguirá.
—No deseo casarme con lord Kirikagure. —Ino miró al primo de su marido—. Discúlpeme, milord. Estoy segura de que no estaba usted pensando en contraer matrimonio, y yo acabo de enviudar. —Y esperaba que si algún día volvía a casarse, el deber no tuviera nada que ver con su decisión. Por otra parte, debía admitir que Hozuki estaba en lo cierto. Si se casaba conseguiría deshacerse de él. Carraspeó—. Espero no haberle ofendido si había consider...
—No, yo no había pensado siquiera en ello. No quiero decir que no lo haría, pero hasta ahora no había pensado en ese tema. —Se dirigió a Hozuki—: Creo que lo que usted pretende es distraernos con toda esta tontería del matrimonio. ¿Cómo consiguió convencer a mi primo para que lo nombrase tutor de Inojin?
—No puedo atribuirme el mérito de haber convencido a nadie. Y no tengo ni idea del motivo por el que me nombró tutor. Sin embargo, le he pedido a un inspector de Scotland Yard que investigue sobre el tema. ¿Está al corriente de alguna amenaza?
Yamato pareció más sorprendido de ese comentario que de la idea de casarse con Ino.
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—¿Amenazas? ¿Qué clase de amenazas?
—Alguien que haya amenazado con matar al chico.
—¿Por qué motivo querrían matarlo?
—Para quedarse con sus títulos.
—Y como yo soy el primero en la línea sucesoria, supongo que soy su principal sospechoso.
¿Acaso no se ha dado cuenta de que yo ya tengo un título?
—Vizconde. Ése no es un título muy elevado. Y, además, usted sólo tiene uno, mientras que el joven Inojin tiene tres.
—Mi rango está muy por encima del suyo, señor. Y, para mí, con uno es suficiente.
—Creía que era un hombre más ambicioso.
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Yamato se puso en pie con poca agilidad.
—Señor, me ofende que esté usted sugiriendo que en un avaricioso intento por conseguir más de lo que poseo pudiese emplear métodos ilícitos para quedarme con algo que no me pertenece. Debería irme. —Hizo una pequeña reverencia en dirección a Ino—. Buenos días, su excelencia. Si me necesita, no dude usted en ponerse en contacto conmigo.
Ella se puso también en pie.
—Milord, le ruego que disculpe al señor Hozuki por...
—No sea tonta, Ino —la interrumpió éste con grosería—. No se puede disculpar por algo que no es culpa suya. Además, mi comportamiento no necesita ninguna disculpa.
—Debo decir que estamos en completo desacuerdo, y que me disculparé si así lo deseo. —Pero lord Kirikagure ya estaba de camino de la puerta.
Suigetsu Hozuki volvió la cabeza y, sin levantarse del sillón, gritó:
—Por cierto, Kirikagure...
El vizconde se detuvo y miró hacia atrás, echando chispas por los ojos.
—...Tiene razón —prosiguió Hozuki—. Si le ocurre algo al joven Inojin, usted será el primero a quien interrogue Scotland Yard.
—Entonces no tengo por qué preocuparme. El chico no tiene nada que temer de mí. Sin embargo, no estoy seguro de que usted vaya a estar igual de a salvo. Nunca me ha gustado.
Suigetsu se atrevió a sonreír.
—Entonces, asegúrese de llevar dinero esta noche, porque pronto descubrirá que en el club Hozuki ya no tiene crédito.
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Yamato se puso completamente rojo y casi se le salen los ojos de las órbitas.
—¡Váyase al infierno!
Hozuki esbozó una sonrisa que parecía indicar que se estaba divirtiendo tanto consigo mismo como con el vizconde.
—Eso ya lo hice hace mucho tiempo y no supone ninguna amenaza para mí. Y mucho me temo que usted tampoco.
Yamato maldijo con aspereza y desapareció a toda prisa.
Ino estaba indignada.
—¡Le ha provocado usted a propósito!
Arrellanado en el sillón, Suigetsu se deslizó el pulgar por el contorno de la mandíbula inferior.
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—¿Por qué tendrá tanto interés en ser tutor de Inojin? Por eso ha venido a verla, ¿verdad? Para averiguar sobre quién había recaído el gran honor de supervisar el viaje de su hijo hacia la madurez.
Ella contuvo el impulso de abofetearlo.
—Pensaba que tal vez mi marido lo había elegido a él.
—¿Pensaba o esperaba?
—¿Hay alguna diferencia?
—¿Qué habría ganado?
—No todo el mundo es como usted, señor Hozuki. Algunas personas hacen lo que deben hacer porque es lo correcto, y no a cambio de algún beneficio.
Él se levantó muy despacio e Ino pudo advertir el poder que transmitían sus movimientos. Se le acercó muy despacio con una expresión indescifrable en el rostro.
Estaba desesperada por averiguar sus pensamientos y sus intenciones. No quería recular, pero de repente sus débiles piernas decidieron en su lugar. Se hundió en el sillón y apretó la espalda contra el respaldo de la misma forma que lo había hecho hacía poco en el carruaje. Él apoyó las manos en los reposabrazos dejándola completamente atrapada.
No era un buen momento para darse cuenta de que tenía las pestañas más largas que había visto en ningún hombre. Espesas, puntiagudas y sin un ápice de delicadeza y, sin embargo, seguían resultando igual de atractivas. Ino se preguntó si harían cosquillas en la piel de una mujer cuando la besaba.
—¿Está al corriente de que ese hombre está considerablemente endeudado? Y no sólo conmigo. Si él fuera el tutor, no sólo sería el responsable del bienestar de su hijo, también estaría a cargo de sus propiedades. Alguien desesperado podría no tener escrúpulos en utilizar esas propiedades en su beneficio.
—¿Alguien como usted? —le espetó, con la respiración entrecortada.
—Yo no estoy desesperado, duquesa. Sí, soy avaro. Sí, quiero que me entierren cubierto de monedas de oro. Sí... —Levantó la mano para que ella pudiera ver bien aquella horrible marca—, he robado en el pasado. Pero he descubierto que un hombre puede ganar más dinero por medios legítimos y además evitar tener que mirar a su espalda al hacerlo. Y tal vez la explicación del motivo por el que su marido me eligió como tutor sea así de sencilla. Si necesitas que alguien te guarde el cofre del tesoro, asegúrate de que sea alguien que no necesite lo que haya dentro de ese cofre.
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Se incorporó y echó a andar en dirección a la puerta.
—¿De verdad cree usted que ése es el motivo por el que le eligió? —preguntó ella mientras él se marchaba.
Suigetsu se detuvo y la miró a los ojos.
—No, sólo sé que ése es el motivo por el que no eligió a Yamato.
—Su suposición sólo tiene sentido si asumimos que Hoshigaki le daba tanta importancia al dinero como usted.
—Al final, duquesa, lo único que le importa a todo el mundo es el dinero.
Ino observó cómo abandonaba el salón y se concentró en controlar los temblores que su proximidad le había provocado. Durante un fascinante segundo, pensó que iba a posar aquellos fascinantes labios sobre los suyos.
Durante un vergonzoso segundo, deseó que lo hiciera.
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—¿En qué diablos estaría pensando Hoshigaki?
Zetsu no Sarai observaba mientras su primo paseaba nervioso de un lado a otro de su biblioteca. Tal como solía hacer, Yamato se presentó en su casa sin invitación. Además, tenía el desagradable hábito de escupir al hablar. Zetsu esperaba que no tardara en sentarse, para que su doncella pudiera limpiar el suelo cuando se fuera. Zetsu sentía auténtica aversión por la suciedad.
—¿Suigetsu Hozuki, dices?
Yamato se detuvo de golpe.
—Sí, Suigetsu Hozuki. El del club Hozuki.
—No lo conozco.
—¿Cómo puedes no conocerlo? Es dueño de un club de juego, el club Hozuki. Él se refiere al lugar como un club exclusivo para caballeros, pero todo el mundo está al corriente de lo que ocurre allí dentro.
Zetsu bebió un poco de brandy y contuvo la necesidad de ir a lavarse las manos. La presencia de su primo siempre le provocaba unas terribles ganas de lavarse a conciencia.
—Yo no juego. Jamás he estado allí.
—Ahora es posible que yo no pueda volver nunca más. ¡Me ha cancelado el crédito! Y todo porque he dejado que la furia se apoderase de mí. ¿Cómo se suponía que debía reaccionar, dime?
No podía dejar que me insultara. Ha insinuado que quería matar al chico para quedarme con los títulos.
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—No son los títulos lo que tú quieres.
—No, maldita sea. —Edmund se dejó caer finalmente sobre un sillón—. Yo esperaba que Hoshigaki me nombrara tutor, para supervisar... —Su voz se fue apagando, como si fuera reacio a admitir lo que tanto codiciaba.
—Sus finanzas —acabó de decir Zetsu—. Para que una parte de su riqueza llegase milagrosamente, quizá de manera accidental, a tus manos.
Yamato lo miró. Tal vez no tuvieran nada en común, tal vez tuvieran aficiones distintas, pero se conocían muy bien el uno al otro. O, por lo menos, Zetsu conocía muy bien a Yamato, y se había preocupado mucho de que éste no lo supiese todo sobre él. A su primo le encantaba vivir por encima de sus posibilidades. Zetsu en cambio prefería hacerlo por debajo.
—Yo no le hubiese robado nada, sólo habría tomado prestado —contestó Yamato con tristeza.
—Llevas tanto tiempo jugando a ese juego, que creo que se te ha olvidado que pedir prestado significa que, en algún momento, tienes que devolverlo.
Su primo se tomó todo el brandy de un solo trago. Un desperdicio de aquel licor tan bueno en varios sentidos.
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—¿Cuántos años tiene Inojin ahora? —preguntó Zetsu sin perder su aire de aburrimiento—. No puedo decir que me haya preocupado por mantener el contacto con la familia.
—Cinco. Tampoco te molestaste en asistir al funeral, cosa que me pareció un poco rara, incluso para ti.
—Creo que no era el primo favorito de Hoshigaki. Ese honor recaía sobre ti.
—Motivo por el cual pensaba que me nombraría tutor de su hijo. ¿En qué estaría pensando Hoshigaki? —repitió—. Suigetsu Hozuki podría acabar empleando al chico en su establecimiento.
—¿Cuándo crezca? No creo que eso ocurra nunca.
—Porque estás ciego. Vives encerrado en tu mundo y no ves más allá. Ese hombre contrata a niños para su local. Son chicos quienes se ocupan de reunir nuestras fichas o de traernos la bebida.
También tiene a varios niños encargados de limpiarle las botas. He oído decir que tiene un par de ellas para cada día de la semana y que tiene contratado un niño para cada par.
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—Eso es un poco raro. Rodearse de tantos niños... No parece natural.
—No hay nada natural en Suigetsu Hozuki, te lo aseguro. Pero ahora que lo pienso, es verdad que parece tener un interés especial por los niños. Aunque ésa no es la clase de asunto del que se habla ante una dama. Supongo que tendré que ir a ver al abogado.
—¿Tienes alguna prueba de que Hozuki haya abusado de alguno de esos chicos?
Yamayo no abrió la boca, pero Zetsu era consciente de las ideas que estaban cruzando por su mente. Su primo solía intimidar a la gente, mientras que el punto fuerte de Zetesu era la persuasión. Poseía la lengua del mismísimo diablo.
—Yo tendría mucho cuidado con iniciar un rumor que no se pueda demostrar —le avisó con suavidad.
Yamato se inclinó hacia adelante.
—Ah, pero si justo ahí está la gracia. Tal vez yo no pueda demostrar que es cierto, pero él no podrá demostrar que no lo es. Y en la corte de los rumores, ¿a quién creerá la gente? ¿A un caballero con título o al proveedor del pecado?
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