Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 08
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Suigetsu había deseado apoderarse de la boca de Ino con una ferocidad que lo dejó asombrado. Al inclinarse sobre ella en el salón, había olvidado momentáneamente el motivo por el que se había levantado para acercársele. Yamato había desaparecido de su cabeza por completo y lo único de lo que parecía capaz era de absorber la fragancia de Ino, de perderse en sus ojos azules, de preguntarse qué sentiría si pudiera conseguir acelerarle la respiración, y de imaginarse el sabor de sus labios cuando los devorase. Pero si se hubiera dejado llevar por sus deseos, le habría creado expectativas que no estaba preparado para cumplir. Sospechaba que la duquesa, tan correcta y formal, no era la clase de mujer que perdería el tiempo con un hombre con el que odiaría tener que casarse.
Así que había concluido su alegato y se había marchado del salón.
Pero aunque se había pasado toda la tarde reunido con los hombres que se encargaban de supervisar sus propiedades, tanto las vinculadas al título como las que no lo estaban, no había sido capaz de dejar de pensar en Ino. Aquellos hombres le dejaban examinar los libros de contabilidad con expresión sombría. Suigetsu les aseguraba a todos que conservarían su trabajo, siempre que no encontrara irregularidades en los registros.
Para cuando las sombras empezaron a adueñarse de la habitación, le dolía la cabeza, tenía el cuello y los hombros tensos y le rugía el estómago. Se moría de ganas de abrir su mejor botella de burdeos y sentarse ante una buena cena. A juzgar por lo bien que había desayunado, resultaba evidente que el duque tenía una cocinera excelente.
La puerta se abrió y Kazuma entró con sus irritantes pasos silenciosos.
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—La cena está servida, señor.
—Excelente.
Siguió al mayordomo hasta lo que asumió que era el comedor familiar. Cuando llegó, vio a dos lacayos esperando para servir la cena, con la mesa puesta para una sola persona. No quería admitir la decepción que sintió al darse cuenta de que iba a cenar solo.
—¿La duquesa no cena?
—Lo está haciendo con el joven duque en su habitación, señor.
—Ya veo. —Tomó asiento y observó mientras le servían un poco de vino y le preparaban un plato de comida. Bebió un poco de vino—. ¿El joven duque siempre cena a esta hora?
—No, señor —contestó Kazuma, de pie junto a él—. Acostumbra a hacerlo un poco antes.
Resultaba evidente que la duquesa había querido asegurarse de estar ocupada mientras Suigetsu cenaba, y él se estaba empezando a cansar de esos jueguecitos. Se puso de pie, cogió su copa de vino y la botella y se encaminó hacia la puerta.
—¿No le gusta la cena, señor?
—La cena está bien —respondió. La compañía, sin embargo, no.
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Se detuvo de golpe. ¿Compañía? ¿Desde cuándo necesitaba él compañía mientras comía?
Además, ¿cuándo fue la última vez que comió sentado a una mesa? Acostumbraba a hacerlo en su escritorio. Un filete de carne y una patata eran cuanto necesitaba para saciar su apetito, mientras ideaba nuevas formas de aumentar sus ingresos.
Pero ahora no podía volver a la mesa sin que pareciera que había perdido el juicio. Además, la duquesa y él tenían algunos asuntos que discutir. Lo podían hacer perfectamente en la habitación del niño.
Subió la escalera de dos en dos. Un poco de vino se derramó por encima de la copa. Se detuvo un momento para secarlo y luego siguió adelante. Recorrió el pasillo y abrió la puerta de la habitación de Inojin.
Todo el mundo se quedó boquiabierto; era como si Satán hubiera aparecido de repente. Suigetsu siempre había disfrutado de su mala reputación, pero estaba empezando a resultarle un poco molesta.
—No sabía que íbamos a cenar aquí —dijo con sequedad—. De haberlo sabido, hubiera venido antes.
El joven duque estaba sentado a la cabecera de la mesa, con su madre junto a él. La niñera, que le dedicó a Suigetsu una coqueta sonrisa, se hallaba en el otro extremo.
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—Nosotros cenaremos aquí —contestó la duquesa—. Usted no. A usted le servirán la cena en el comedor.
—Me parecía un poco grosero negarle mi compañía —dijo él mientras tomaba asiento a aquella mesa, más indicada para niños que para adultos. Se golpeó las rodillas con la madera, se sirvió más vino en la copa y luego se dirigió a la niñera—. Sé una buena chica y tráeme un plato.
Ella se levantó e hizo una reverencia.
—Por supuesto, señor, con mucho gusto.
A Suigetsu le dio la impresión de que aquella mujer estaría dispuesta a proporcionarle mucho más que un plato de comida si se lo pedía. Pero él no tenía ningún interés en ella, ni en ninguna mujer cuyas expectativas fueran más allá del dinero.
Cuando tuvo delante el pollo y las verduras, empezó a comer con entusiasmo.
—Tenemos algunos asuntos que discutir.
—¿Tenemos que hablarlos aquí y ahora? —preguntó la duquesa.
Suigetsu se metió un trozo de pollo en la boca y lo masticó a conciencia.
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—Si lo hacemos ahora, aprovecharé más el tiempo. Yo acostumbro a resolver mis asuntos mientras como.
—Me temo que cualquier discusión con usted pueda afectar gravemente a mi digestión.
—¿Y cree que me importa su digestión?
—La verdad es que creo que usted sólo se preocupa por sí mismo.
—Le daré diez minutos para que coma sin tener que hablar conmigo. A partir de entonces, su digestión ya dejará de importarme.
—Es usted un auténtico bárbaro.
—Nueve minutos.
Ino suspiró con delicadeza y lo miró con inquina. Suigetsu pensó que en el futuro tendría que asegurarse de que no le envenenaba la comida. La estaba presionando mucho y lo cierto era que no acababa de entender por qué.
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—¿Te-te dolió?
Suigetsu centró su atención en el chico, que le estaba mirando fijamente la mano. Era evidente que la descolorida piel del interior del pulgar le había llamado la atención. La marca era bastante fea, pero a él siempre le había parecido un honor que lo señalaran como ladrón. Su pasado lo había convertido en el hombre que era. No sentía ninguna vergüenza.
—Como si me metieran en las calderas del infierno.
El niño abrió los ojos de par en par. Eran del mismo tono azul que los de su madre. Y, por lo que Suigetsu recordaba de Hoshigaki, era evidente que el niño era una copia de su madre. Conoció ya grande al difunto duque, por lo que su cabello era blanco como el de él mismo.
De repente, se avergonzó de su pasado por motivos que desconocía.
—Pero eso fue hace mucho tiempo —añadió.
El niño bajó la mirada y clavó los ojos en su plato; luego, volvió a mirar a Suigetsu con inseguridad.
—¿Qué pasa, chico?
—¿Ha-has estado en el Pa-palacio de Cri-cristal?
—No. ¿Y tú?
Él negó con la cabeza con la mirada de un perrito apaleado. Luego miró a su madre.
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—Inojin, lo siento mucho, cariño, pero ya te he explicado que no podemos ir.
—¿Por qué no pueden? —preguntó Suigetsu.
—Soy viuda y estoy de luto. No puedo ir de paseo.
—Pues cuando le conviene sí lo hace. Esta tarde ha salido.
—Ha sido una salida muy discreta, para visitar a mi cuñada que también está de luto. No me he estado paseando por ahí.
—Deje que lo lleve su niñera.
Ino arqueó una ceja.
—No tiene mucho sentido que diga usted eso, cuando cree que hay peligros al acecho. Además, Inojin también está de luto. No sería apropiado.
—Le encanta seguir las reglas.
—Que me guste o no hacerlo carece de toda importancia. Tengo ciertas expectativas con respecto al buen comportamiento y las cumplo.
—Entonces, ¿si mis expectativas fueran que se portara mal, haría todo cuanto estuviera en su mano por cumplirlas?
—No diga usted insensateces. Nadie se esfuerza por portarse mal. —Suspiró—. No entiendo qué necesidad hay de prolongar su presencia en nuestra cena. ¿Sobre qué quería hablar?
—Sobre mi dormitorio.
Si Ino hubiera estado comiendo, estaba convencida de que se habría atragantado. Se puso de pie tan de prisa que a Suigetsu le sorprendió que no se cayera de la mesa o, por lo menos, de la silla.
—¿Puedo hablar con usted en el pasillo?
—Si insiste.
—Insisto.
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Con lo que Suigetsu estaba empezando a reconocer como sus indignadas zancadas, Ino rodeó la mesa y se dirigió a la puerta. Él se volvió y la observó. Se preguntó qué llevaría debajo de la falda.
Las mujeres con las que él había intimado llevaban muy poca ropa: cuando un hombre pagaba por un servicio, no quería tener que esforzarse mucho para conseguir lo que había comprado. Tenía la sensación de que acostarse con la duquesa requeriría en cambio mucho esfuerzo, aunque no pudo evitar pensar que seguramente merecería la pena.
Ella se detuvo junto a la puerta y miró por encima del hombro.
—Señor Hoziki.
—Ah, sí. —Suigetsu se levantó, caminó hasta la puerta y la abrió para que Ino pudiera salir.
Ella lo hizo, se dio media vuelta y lo miró a los ojos antes de que él cerrara del todo.
—Su dormitorio es un tema muy inapropiado sobre el que hablar delante de un impresionable niño de cinco años —dijo.
—¿Acaso no sabe que duermo en un dormitorio?
Suigetsu pudo oír cómo ella rechinaba los dientes. Era muy fácil hacerla enfadar. Los niños de Orochimaru le habrían gastado muchísimas bromas.
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—He dado por hecho que no querría usted hablar sobre los detalles de su sueño, sino sobre los míos, la pasada noche —respondió ella.
Suigetsu se apoyó en la pared, cruzó los brazos y se preguntó qué le parecería tan ofensivo de los dormitorios; qué libertinajes habrían ocurrido en el suyo.
—En realidad, quería hablar sobre el armario de su marido. Necesito que alguien se lleve su ropa. Désela a los sirvientes. Creo que es lo que se acostumbra a hacer, ¿no? Oh, y para que lo sepa, tengo una memoria excepcional y recuerdo hasta los detalles más insignificantes. Asegúrese de que sólo se llevan la ropa.
—Hay algunas cosas..., algunas cosas que un padre querría que tuviese su hijo.
—Si figuran en el registro de Inojin puede quedárselas.
—¿No creerá usted que Hoshigaki apuntó en esos informes hasta la última de las cosas que poseía? ¿O que de verdad esperaba que se quedara usted con todo lo que hay en esta casa? Están las cartas que le escribí, recuerdos que le di. Eso no significa nada para usted.
—Muy cierto, pero para usted sí que significan algo. Por tanto, tienen valor. —Se dio cuenta de que ella se ponía furiosa y, antes de que pudiera responder, dijo—: Piense en el valor que todo eso tiene para usted. Lo podemos negociar. De momento, me voy al club, pero quiero que sepa que mañana tengo intención de trasladarme aquí de forma oficial.
Ino abrió ligeramente los ojos.
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—No estará usted pensando en ocupar el dormitorio que hay junto al mío.
—Es el dormitorio del dueño de la casa, ¿no? Y yo soy el dueño.
—Entonces, me trasladaré a otra habitación.
—¿Para qué se va a molestar? Ya le he dicho que no pienso ir a su cama. Aunque debo decir que no tengo objeción alguna en permitir que usted venga a la mía. ¿Acaso es eso lo que teme? ¿No ser capaz de resistirse a mis encantos teniéndome tan cerca?
—Yo no le tengo miedo y no creo que posea usted ningún encanto. Además, jamás me acostaría con un hombre con el que no estuviera casada y, desde luego, nunca me casaré con usted.
Suigetsu se separó de la pared. Ino se sorprendió a sí misma al darse cuenta de que conseguía no retroceder.
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—Cree que me va a mantener a raya con esa lengua viperina que tiene, y lo único que consigue es que no deje de pensar que me encantaría sentir cómo la desliza por mi piel.
Ella se sonrojó y abrió ligeramente los labios. Lo paradójico era que, aunque Suigetsu había dicho esas palabras con intención de desarmarla, al pronunciarlas había flaqueado. Se imaginó aquella lengua deslizándose por encima de su pecho...
Antes de perder el control de la situación y de sí mismo, se volvió para irse; luego se detuvo y miró hacia atrás y, esforzándose por reprimir el repentino temblor de su voz, dijo:
—Por cierto, no me gusta cenar solo, así que sea amable y coma conmigo. Si quiere, puede traerse a su hijo.
Ella se sobresaltó y apartó la vista.
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—Lo correcto es que los niños coman en su habitación.
—¿Aún no se ha dado cuenta de que lo correcto me importa un cuerno?
—¿Aún no se ha dado usted cuenta de que a mí sí me importa?
Suigetsu supuso que ella merecía una pequeña victoria.
—Como quiera. Podemos llegar a un acuerdo. Comeré una vez al día con mi protegido: desayuno o cena, usted elige.
—¿Es que no me está escuchando? Él no debería comer nunca con usted.
—Entonces, ¿cómo se supone que voy a educarlo?
—Contrataremos profesores.
—Los profesores no podrán enseñarle las cosas que yo sé.
—No creo que él necesite saber lo que usted sabe.
—Una comida, duquesa. Es mi última palabra. —Suigetsu dio media vuelta antes de que ella pudiera volver a protestar. Ino lo hizo de todos modos, expresando su rabia en forma de grito sofocado y, probablemente, también dio un pisotón en el suelo, incluso tal vez dos.
Suigetsu no sabía por qué insistía en que comieran con él. Tal vez porque cuando había entrado en la habitación de Inojin estaban sonriendo y las sonrisas habían desaparecido en cuanto lo vieron.
El niño lo había mirado con recelo y a él no le gustaba provocar esa desconfianza en un niño.
Había una causa para ello y no creía que fuera por algo que él hubiera hecho. Tal vez fuera porque le había prometido un perro y aún no se lo había dado. La verdad era que no tenía ni idea de dónde encontrar un chucho. Suponía que en la calle. Tenía que pensar un poco más en ello. Pero no aquella noche. Aquella noche tenía asuntos más importantes que tratar.
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Ino no podía dormir. Era incapaz de dejar de imaginarse su lengua deslizándose por la piel de Suigetsu Hozuki. ¿Qué sentiría exactamente? ¿A qué sabría?
Aunque estaba sola en la cama de su dormitorio, se sintió un poco extraña cuando levantó la mano y se lamió el reverso. No creía que él fuera tan sedoso, ni que tuviera un sabor tan puro.
Si lo lamiera, ¿lo haría él también? Estaba segura de que sí. Que empezaría por la punta de sus pies e iría subiendo lentamente por su piel, tal vez deteniéndose un poco en la parte posterior de las rodillas antes de continuar su camino hacia la cara interior de sus muslos...
Apartó las sábanas, desesperada por aliviar el calor que sentía de repente.
Pero no consiguió enfriar sus pensamientos. Se lo imaginó sobre sus caderas, acercándose lentamente hacia sus pechos. Se los cogió con las manos, como si con ese único gesto pudiese detener aquella loca fantasía, pero en su mente él esbozaba su despreocupada sonrisa y la obligaba a apartar las manos. Su lengua dibujaría círculos sobre su piel y la atormentaría hasta acabar mordiéndole el hombro. Y no se detendría allí. Se deleitaría con el sabor de su cuello y, después de haberse saciado, retomaría el viaje hacia abajo para experimentar con otras zonas.
Se sentó en la cama. Jadeaba. Oh, Dios. Apretó las piernas intentando detener las deliciosas palpitaciones que sentía entre los muslos. Quería bajar la mano y... Cielo santo. No sabía lo que quería. Estaba temblando, presa de un deseo que jamás había conocido.
Era culpa de Suigetsu Hozuki. No dejaba de hablarle de cosas íntimas. Incitándola a ansiar caricias ilícitas. Sólo una... Sólo una bastaría para conseguir una dulce liberación.
Se levantó de la cama, tropezó y casi se cayó al suelo; sentía una gran debilidad en las rodillas. Se incorporó, inspiró con fuerza y observó la puerta que comunicaba su dormitorio con el aseo. Cruzando éste se llegaba al dormitorio del dueño de la casa, la habitación donde estaba la cama en la que ahora dormiría Sugetsu Hozuki sin ropa... Estaría tan cerca...
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Debería trasladarse a otro dormitorio, pero si lo hacía estaría admitiendo su cobardía y dejando entrever que él la había vencido. Si albergaba alguna esperanza de poder neutralizar la influencia que pudiera tener aquel hombre sobre su hijo, sabía que no podía rendirse. Tenía que aguantar y plantarle cara.
Y, ante todo, dormir un poco para estar descansada y bien preparada para lo que pudiera ocurrir al día siguiente. Tal vez un poco de leche caliente la ayudase a conciliar el sueño. Pensó en llamar a la doncella, pero le apetecía darse un paseo por la casa ahora que Hozuki no estaba.
Podía fingir que la casa era suya, que Hoshigaki se había preocupado lo suficiente por ella como para darse cuenta de lo mucho que adoraba aquel lugar. Pero su marido no le había prestado mucha atención. La había dejado con la profunda tristeza de saber que apenas se habían dado nada el uno al otro. Reprimió las lágrimas. ¿Cómo podía echar de menos a alguien que, desde que se quedó embarazada, no había sido más que un extraño para ella?
Pero por lo menos pensar en él la ayudaba a alejar sus pensamientos de Suigetsu Hozuki. Se puso un chal sobre los hombros y salió de la habitación.
Había bajado la mitad de la escalinata cuando oyó una risa femenina que procedía del vestíbulo, seguida de un ronco murmullo que en seguida relacionó con Suigetsu Hozuki. Después de una hora dando vueltas en la cama, sintiéndose tan insatisfecha por culpa de sus insinuaciones, no estaba de humor para tolerar que coqueteara con las doncellas, o de dejar que se aprovechara de ellas gracias a su nueva posición. Si ella se iba a ir a la cama insatisfecha aquella noche, él también lo haría.
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Aceleró el paso y llegó al vestíbulo justo cuando Suigetsu le decía a Kazuma que se retirara y el mayordomo se iba. Junto a Hozuki había una mujer cuya vibrante melena pelirroja le llamó la atención sin embargo se notaba la procedencia poco fina de la mujer. Ino no la conocía, pero no tenía ninguna duda de la clase de mujer que él llevaría a la casa a esas horas. Y no pensaba tolerar ese comportamiento.
Sencillamente, no pensaba tolerarlo. Y menos aún en el dormitorio que estaba junto al suyo.
Hozuki y la mujerzuela se volvieron hacia ella.
—Ah, Ino, es un poco tarde para estar despierta, ¿no? —dijo él, arrastrando las palabras.
Ella se le acercó.
—No pienso dejar que traiga usted mujeres extrañas a esta casa. Tendrá que llevársela a otro sitio para saciar su lujuria.
Él entrecerró los ojos e Ino lo observó mientras apretaba los dientes.
—Ésta es mi casa y ella está aquí porque yo quiero que lo esté. Nos vamos a ocupar de nuestros asuntos en la biblioteca. —Se acercó a Ino—. Si quiere quedarse a mirar, es bienvenida. Estoy seguro de que verá cosas muy imaginativas y entretenidas.
Antes de que ella pudiera responder, la mujer golpeó el brazo de él.
—No seas malo, Suigetsu.
—No te metas en esto, Karin —gruñó él sin dejar de mirar a Ino ni un momento.
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Ésta se esforzó por no apartar la vista. Era evidente que existía cierta familiaridad entre los dos, y no quería pensar que tal vez la joven no fuera sólo una prostituta que él había recogido en la calle para entretenerse una noche; no quería pensar que pudiera ser su amante, alguien que acostumbrara a calentarle la cama. Suigetsu poseía una virilidad magnética que su marido no poseía, e Ino sospechaba que necesitaba acostarse con mujeres a menudo para mantener su lujuria a raya. Esos pensamientos le provocaron un calor que trepó hasta sus mejillas y supo que se estaba sonrojando, porque podía ver la satisfacción en los ojos de Suigetsu.
¿En qué estaba pensando cuando decidió enfrentarse a él? Estaba jugando con el diablo. Y era algo muy peligroso, porque ni siquiera conocía las reglas del juego.
—Pídale disculpas a mi invitada.
—Suigetsu...
—Ahora no, Karin.
—Suigetsu.
La mujer repitió su nombre como si fuera una orden y, para sorpresa de Ino, él obedeció. Se retiró y, aunque siguió apretando los dientes, la furia que ardía en sus ojos disminuyó.
—Te debe una disculpa.
—No es cierto. ¿Qué va a pensar si traes a su casa a una mujer a estas horas de la noche?
—No tiene por qué pensar que eres una prostituta.
—Bueno, tu forma de comportarte cuando hemos llegado no ha ayudado mucho. —Dio un paso adelante e hizo una pequeña reverencia—. Su excelencia, soy Karin Darling. La contable de Suigetsu. Me ha pedido que eche un vistazo a estos libros.
—Karin, no tienes por qué darle ninguna explicación.
—Tal vez no, pero le estás dando la impresión de que estoy aquí por motivos deshonestos. No me lo merezco, Suigetsu.
Él maldijo entre dientes.
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—Tienes razón. Lo siento.
Estaba sinceramente arrepentido e Ino se preguntó si aquella joven significaría más para él de lo que estaría dispuesto a admitir.
—Yo no he sido el primero en insinuar que eres lo que no eres.
—No, pero no has hecho nada para corregir el malentendido —contestó Karin, que parecía bastante molesta.
—Yo también debo disculparme —empezó a decir Ino—. He supuesto lo peor.
La joven pelirroja sonrió.
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—No me extraña que con Suigetsu ocurran estas cosas. Ha trabajado muy duro para ganarse la reputación que tiene.
—Karin—gruñó él.—¿Podemos concentrarnos en el trabajo de una vez?
—Por supuesto —contestó la joven—. Ha sido un placer conocerla, su excelencia. Y Suigetsu tiene razón: estaremos encantados de que se quede con nosotros.
Ino pareció caer entonces en la cuenta de que iba en camisón y que no era un atuendo muy adecuado para recibir visitas.
—Les prepararé algo de beber.
—Eso sería estupendo, gracias —dijo Karin.
Ino los observó mientras se iban en dirección al pasillo. Hozuki parecía muy concentrado en dejar una discreta distancia entre él y la joven. Ino se dio cuenta de que Karin era alguien especial para él y se preguntó qué se sentiría al recibir las atenciones de un hombre tan joven, viril y extrañamente generoso como Suigetsu Hozuki.
Karin estaba sentada al gran escritorio de caoba de la enorme biblioteca y estudiaba los libros e informes que Suigetsu le había dado, casi con la misma concentración con que lo estudiaba a él. Repantigado en un sofá que había junto a la ventana, hojeaba un libro de tapas negras como si estuviera buscando la respuesta a un enigma que lo tenía desconcertado.
Hacía muchos años que conocía a Suigetsu. Había sido como un hermano mayor para ella: siempre la protegía y se aseguraba de que nadie la lastimara ni hiriese sus sentimientos. Por eso la había sorprendido tanto aquella noche ver que él dejaba, a propósito, que la duquesa creyera que entre ellos ocurría algo inapropiado. Le hizo preguntarse por qué le importaría lo que la duquesa pensara de él y por qué tenía tanto interés en que esa opinión fuera negativa. Karin sabía que Suigetsu no tenía miedo de nada, pero también sabía muy bien que siempre había evitado cualquier situación en la que sus sentimientos se vieran implicados.
Suigetsu jamás hablaba de su pasado, de sus orígenes o de su madre, pero Otochimaru le había explicado a Karin que ésta lo había vendido.
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—Imagínate cómo te sentirías si alguien a quien quieres te pusiera precio —comentó Orochimaru.
Karin era incapaz de imaginárselo.
También creía que algo terrible tuvo que pasarle a Suigetsu cuando estuvo en prisión con Sasuke. Antes de ir a la cárcel, solía reírse muy a menudo y, cuando lo hacía, los niños de Orochimaru se reían con él. Pero cuando regresó a la casa tras aquel período de encarcelamiento, el sonido de su risa había cambiado. Ya no contenía la más mínima chispa de alegría.
Karin le había preguntado sobre ello en una ocasión, pero él se negó a hablar sobre lo que llamó «los tiempos oscuros». Sasuke también guardaba silencio sobre el tema, pero cuando veía cómo se miraban el uno al otro, tenía la certeza de que lo que había ocurrido allí les había afectado a los dos, los había unido para siempre y los había separado del resto. Suigetsu había levantado muros a su alrededor y, en cierto modo, Karin tenía la sensación de que seguía en la cárcel; una prisión que se había construido él mismo, pero una prisión al fin y al cabo.
También se preguntó cuáles serían sus verdaderos sentimientos por la duquesa. Estaba sentado en aquel sofá, con la mayor tranquilidad y como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo, pero cuando oyó que alguien llamaba a la puerta, levantó la mirada y Karin pudo ver un rastro de ilusión en su cara durante un segundo, que consiguió ocultar en seguida. Tuvo menos éxito escondiendo su decepción al darse cuenta de que quien les llevaba el té y las galletas era la doncella. Karin tuvo la sensación de que había esperado que la duquesa decidiera quedarse con ellos. Aunque jamás lo admitiría. Suigetsu nunca revelaba nada que pudiera hacerle parecer vulnerable.
Karin bostezó y estiró los brazos para eliminar la tensión. Ya llevaba más de dos horas estudiando aquellos informes.
Suigetsu, que pareció darse cuenta de que ella quería dejarlo por aquella noche, se acercó y se sentó en una esquina del escritorio.
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—¿Qué te parece?
—No está mal. Pero tienes razón; el dinero no se está invirtiendo de la mejor forma.
—Supongo que podría invertirlo en el club.
—No creo que tu viuda lo apruebe.
—No es mi viuda.
Karin no estaba convencida de esa afirmación.
—No eres muy simpático con ella.
—Soy todo lo simpático que se merece.
—Pero ¿no sería mucho mejor que fueras más simpático de lo que ella se merece? Así tal vez podrías llegar a gustarle.
—A mí nunca me ha importado lo que la gente piense de mí. Ya lo sabes.
Ah, aquel hombre era de lo más obstinado.
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—Su vida acaba de dar un giro drástico. No puedo ni imaginar la fortaleza que hay que tener para superar la muerte de un marido.
Él tamborileó con los dedos sobre el escritorio, como si estuviera perdiendo la paciencia.
—He intentado mostrarme cordial.
Karin lo miró con incredulidad.
—Supongo que ese encuentro en el vestíbulo no era uno de tus intentos por mostrarte cordial.
—Esa mujer no deja de criticarme y ofenderme.
—Suigetsu...
—Karin. —Levantó la mano—. Trataré a la viuda como mejor me parezca.
—Muy bien. Puedes seguir siendo tan obstinado como quieras. —Cerró el libro con fuerza—.
Estoy cansada. Me llevaré esto. Quiero examinarlo con más detalle.
Él se alejó del escritorio y se dejó caer en un sillón frente al de Karin.
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—Tendremos que comprarle una casa.
—¿Qué pasa con ésta?
—Es mía.
—Tú no la necesitas. Me has dicho muchas veces que no tienes ningún interés en casarte ni en tener hijos.
—Eso no tiene nada que ver.
—¿Por qué querías que ella pensara que íbamos a hacer travesuras aquí dentro?
—Siempre piensa lo peor de mí. No quiero decepcionarla.
—Entonces, sí te importa lo que piense.
—No digas tonterías, Karin. No te pega.
—Eres absolutamente desagradable.
Él se frotó la frente.
—Lo siento. Estoy cansado. He dormido muy poco desde la pasada noche, aunque es un precio muy pequeño. ¿Qué te parece la casa?
—Es preciosa. —Se inclinó hacia adelante, apoyó la barbilla en las palmas de las manos y los codos sobre el escritorio—. Orochimaru siempre dijo que tú llegarías más lejos que ninguno de nosotros.
Suigetsu miró a su alrededor.
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—En realidad no lo he conseguido por mis propios méritos, así que no cuenta.
—La mayoría de la gente aceptaría su buena suerte y se sentiría feliz.
—Yo no confío en la buena suerte gratuita. Siempre hay un precio que pagar, Karin. Siempre.
—Le dedicó una traviesa sonrisa—. Sólo quiero saber cuál es el precio antes de tener que pagarlo.
—Has tenido una vida muy dura, Suigetsu. Tal vez te haya llegado el turno de tener buena suerte.
—Si la vida fuera así de justa... —Se puso en pie de golpe—. Venga, vámonos al club. Para nosotros la noche aún es joven.
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