Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
.
ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
.
.
CAPÍTULO 10
.
.
Ino se paró un momento ante la puerta de la biblioteca mientras se armaba de valor para entrar.
Inojin adoraba a su nuevo perrito, al que había decidido llamar Inuji. Ella no sabía de dónde había sacado su hijo ese nombre, pero quería tanto a aquel animal que parecía que estuvieran hechos el uno para el otro.
Ino le había pedido a una de sus doncellas que vigilara a Inojin mientras ella iba a tenderle al señor Hozuki una rama de olivo en forma de comida.
Hozukise había metido en la biblioteca en cuanto volvieron a casa; sin duda para estudiar los libros de contabilidad más a fondo. No había pedido nada para comer o beber ni había llamado a ninguno de los sirvientes.
Ya era primera hora de la tarde e Ino recordó la gran variedad de botellas que tenía allí dentro, intentando no preguntarse si habría bebido y nadie lo había oído porque estaba tirado en el suelo, inconsciente. Parecía incapaz de pensar en él sin imaginar lo peor y, por mucha vergüenza que le diera admitirlo, se había dado cuenta de que su pobre opinión carecía de fundamento.
A pesar de su inquietud, sabía que había llegado el momento de enfrentarse a él y de poner las cosas en orden. Le hizo al lacayo un gesto con la cabeza, inspiró hondo y entró en la biblioteca con una bandeja. Cuando oyó el ruido de la puerta cerrándose tras de sí, el corazón le dio un vuelco.
Esperaba que Hozuki le dedicara algún comentario mordaz y se sorprendió al ver que no estaba sentado ante el escritorio, sino en un sillón, junto a la ventana.
.
Aunque no estaba precisamente sentado. Más bien tirado sobre él, con una pierna estirada, el informe contable sobre el regazo, la cabeza vuelta de un modo un tanto extraño y los ojos cerrados. Aquel hombre ni siquiera dormido parecía inocente.
Ino avanzó por la alfombra con el máximo cuidado de que fue capaz y dejó la bandeja sobre la mesa. Le picó la curiosidad y se acercó con cautela al hombre en cuyas manos Hoshigaki había decidido dejar la educación de su hijo. No estaba preparada para admitir que había sido la mejor elección, pero, aunque seguía siendo reacia, estaba empezando a reconocer que tampoco había sido la peor.
Hozuki necesitaba un corte de pelo. Se preguntó qué se sentiría al deslizar los dedos por aquel pelo tan rebelde. Los mechones despeinados deberían darle cierto aspecto de niño, pero no había nada en él que sugiriese la inocencia de la juventud. Ino sospechaba que no había sido inocente ni de niño.
A pesar de estar dormido, en su rostro se dibujaban unas arrugas que daban a entender que la dureza de la vida que le había tocado vivir no lo abandonaba nunca. Ino reprimió el impulso de alargar el brazo y acariciarle la frente. Un deseo un tanto extraño.
Se sintió un poco traviesa allí mirándolo sin que él lo supiera. Hozuki movió la mano y ella casi dio un grito. La tenía sobre una de las páginas abiertas del informe, ligeramente cerrada y se le veía muy bien aquella horrible marca. Nunca había pensado en lo mucho que tenía que haberle dolido; sólo se había preocupado de lo que representaba.
Se imaginaba que no habría ofrecido la mano por propia voluntad. Seguro que se habría defendido. Aunque hubiera robado, ¿merecía que le hicieran aquello? ¿Se lo merecía alguien?
Luego miró la herida que ella le había hecho en la mejilla. Estaba roja e inflamada. Tampoco se había merecido aquello. No se había merecido su furia ni su desconfianza.
Decidió que lo que sí merecía era descansar tranquilo. Recordó que él se preocupó al pensar que ella se levantaría dolorida si se hubiese quedado toda la noche en la cama de Inojin. A Hozuki le iba a ocurrir lo mismo, pero Ino no podía llevarlo a la cama. Sin embargo, pensó que sí podía hacer que estuviera un poco más cómodo. Si pudiera quitarle el informe...
Él la cogió de la muñeca y tiró de ella hacia adelante...
.
Ino dio un pequeño grito y detuvo su avance apoyando la mano sobre algo muy duro: el pecho de Suigetsu Hozuki. Tenía la cara muy cerca de la suya y se sentía muy incómoda; por un momento, sintió pánico, porque en sus ojos vio una ferocidad que sospechaba que sólo existía en los campos de batalla. La respiración de él era agitada y su pecho se movía arriba y abajo bajo sus dedos. Ella se había golpeado las rodillas contra el sillón y, para su vergüenza, se dio cuenta de que se las había aterrizado entre sus muslos.
Tenía miedo de moverse y miedo de quedarse quieta. Hozuki la estaba mirando como si no la hubiera visto nunca, como si estuviera intentando descifrar cómo se había formado hasta el último rasgo de sus facciones.
—¿Qué está haciendo? —preguntó con aspereza.
Ella se tragó el nudo que se le había formado en la garganta.
—Es-estaba durmiendo. Quería que estuviera un poco más cómodo.
Él deslizó la mirada hacia sus labios e Ino se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no estaba tan cerca de un hombre, de que hacía mucho tiempo que sus labios no estaban tan cerca de recibir un beso. Percibió la pasión que ardía en los ojos de Suigetsu. Se le aceleró el corazón, le empezaron a temblar las rodillas y pensó que estaba a punto de acabar sentada en su regazo.
Deseó que la acercara más a él para que aquella boca tan perfecta, aquellos generosos labios se posaran sobre los suyos...
Entonces, Hozuki levantó la mano que tenía libre y le cubrió la mejilla con ella. Su palma era mucho más áspera que la de Hoshigaki. Más áspera y grande. Deslizó el pulgar por los labios de Ino y luego la miró a los ojos.
—Cuidado, duquesa —dijo con voz ronca—. Yo no soy de la clase de hombre que se conforma con un beso.
La humillación se apoderó de ella y temió que él pudiera ver en sus ojos lo mismo que, por su parte, podía ver en los suyos: deseo. Un deseo que debía quedar insatisfecho, que debía consumirse solo; de lo contrario, sería ella quien podría acabar ardiendo para el resto de la eternidad. Era demasiado orgullosa para admitir que Hozuki había adivinado exactamente lo que quería y que era demasiado cobarde para intentar conseguirlo. Para protegerse, decidió adoptar una actitud altanera.
.
—Suélteme, señor.
Él la soltó de golpe. Ino perdió el punto de apoyo y empezó a caerse pero Suigetsu la cogió de la muñeca con ambas manos. Con dificultades para mantener la dignidad, consiguió incorporarse y retroceder mientras se alisaba la falda con las manos.
Hozuki inclinó la cabeza a un lado.
—¿Qué está haciendo aquí, Ino? ¿Intenta robarme el informe?
—Es cierto que hay un ladrón en esta sala, pero no soy yo.
—No, no lo es. Entonces, ¿qué quiere?
Ella se sintió como una tonta.
—Kazumi me ha dicho que aún no había comido, así que le he traído algo.
La miró de una forma que le hizo pensar que estaba pensando en comérsela a ella. Ino se dio media vuelta, se dirigió al escritorio y acercó la bandeja al sillón.
.
—Es cordero con patatas. Debería comer.
—¿Debería?
Ella se aclaró la garganta.
—He preparado la bandeja yo misma.
—¿Es que no tengo sirvientes que se encarguen de eso?
—Me lo está poniendo muy difícil.
Suigetsu la observó e intentó no pensar en cómo la había cogido de la cintura. No quería recordar que se había despertado y se la había encontrado encima. Lo cerca que habían estado aquellos labios de los suyos y que, con un pequeño movimiento, podría haber descubierto su sabor. No acostumbraba a negarse placeres, pero aquella mujer suponía más peligros para él de los que estaba dispuesto a aceptar.
—¿Está intentando hacer las paces? —le preguntó.
Ino lo miró por encima del hombro.
.
—Estoy intentando ser un poco más amable.
—¿Amable? —Se levantó del sillón, se acercó a la mesa que había en la esquina y levantó el tapón de uno de los decantadores—. ¿Me acompaña?
—No, gracias. Le gusta beber, ¿verdad?
—Bebo desde que tenía ocho años. No veo ningún motivo por el que deba dejar de hacerlo ahora. —Se acercó al escritorio y levantó la tapa que cubría el plato. Cuando percibió el delicioso aroma se dio cuenta de que estaba muerto de hambre. Se sentó en su sillón.
—Kazumi dice que ayer no cenó. ¿Acostumbra a trabajar sin tomarse el tiempo necesario para comer? —preguntó ella.
Para inmensa sorpresa y placer de Suigetsu, Ino se sentó.
—No ha contestado a mi pregunta.
Él cortó un trozo de cordero, se lo metió en la boca y lo saboreó.
—Trabajo durante la mayor parte de las comidas. El tiempo que uno no pasa trabajando es un tiempo durante el cual no gana dinero.
—Le preocupa mucho el dinero.
—Sólo me preocupo por el dinero.
—¿Ése es el motivo de que aceptase los términos del testamento?
Él masticó y tragó:
—Sí. —Dio un golpecito en el plato con el cuchillo—. ¿Qué hace aquí? —Señaló el plato—. ¿Por qué todo esto?
Ino se miró las manos, entrelazadas sobre el regazo; luego cambió de postura en el asiento antes de volver a mirarlo.
.
—Creo que he sido injusta al juzgarle. He esperado lo peor de usted en cada situación. Creí que el inspector había venido a arrestarlo. Pensé que su contable era una prostituta, y que había hecho algo para lastimar a Inojin. Estoy intentando disculparme y no se me da muy bien.
—¿No se disculpa muy a menudo?
—No acostumbro a equivocarme.
Había pasado del arrepentimiento a la arrogancia en sólo un segundo. Él la prefería así: disfrutaba más viéndola mostrar su faceta luchadora. Pero incluso escondida tras su dureza,.poseía una belleza extraordinaria. Sin embargo, la primera vez que se vieron, eso a Suigetsu no le resultó del todo evidente. Parecía que a cada momento que pasaba, advirtiera más detalles sobre ella, y esos detalles hicieran aumentar su belleza. Un delicado camino de pecas le cruzaba las mejillas, y él se la imaginó bajo el sol, sin sombrero ni sombrilla. Pensó en su primera temporada en sociedad y en todos los caballeros que debieron de merodear a su alrededor.
—¿Por qué se casó con él? —preguntó.
Ella se volvió a mirar las manos, como si tuviera la respuesta escrita entre los dedos.
—Era lo que deseaba mi padre.
—Hoshigaki era bastante mayor que usted.
Ella asintió y lo miró a los ojos.
—Pero era amigo de mi padre. El duque necesitaba un heredero para su respetable título. Y yo era una hija muy obediente. Hice lo que mi padre quería. En mi mundo, señor Hozuki, las hijas suelen obedecer a sus padres.
—¿Era también una esposa obediente? —Antes de que pudiera responder, él mismo contestó—: Le pido disculpas. Esa pregunta ha estado completamente fuera de lugar. Es evidente que carezco de los modales necesarios para conversar con las damas de la aristocracia.
—Teniendo en cuenta su reputación con las mujeres, pensaba que sería un gran conversador.
—Cuando estoy con una mujer, mi boca suele estar ocupada haciendo cosas que no tienen nada que ver con hablar.
Ella se ruborizó. Suigetsu no sabía por qué le gustaba tanto conseguir que sus mejillas enrojecieran.
Deseaba poder provocarle ese rubor utilizando algo más que palabras. Pero ella era una dama noble y él sabía que sólo por tocar a una, un hombre corría el peligro de acabar ante el altar, y no tenía ninguna intención de acabar allí. Además, no quería nada de ella. Lo único que quería era que se casara con otro para poder quitarse de encima la responsabilidad de tener que educar a su hijo.
.
—Parecía tener muy claro que no quería casarse con el vizconde.
Ino se volvió a mirar las manos.
—Si alguna vez me vuelvo a casar, me gustaría mucho que la decisión y la elección fueran absolutamente mías.
Desafortunadamente, esa actitud iba a suponer un problema para Suigetsu, un retraso en todo el proceso, y él quería que se casara cuanto antes.
—Y si pudiera elegir, ¿con quién se casaría?
Sorprendida, levantó la mirada.
—Ni siquiera me lo he planteado.
—¡Oh, venga! Estoy seguro de que durante todos estos años alguien le ha tenido que gustar un poco. En alguna cena o en un baile. Tal vez bailó con él y pensó que le gustaría que hubiese algo más.
—Estaba casada.
—No estoy sugiriendo que tuviera una aventura, porque Dios sabe que usted jamás haría algo tan inapropiado, pero pensar en ello no es ningún crimen. Estoy seguro de que alguna vez se lo planteó.
—No, señor. Jamás.
Para enorme sorpresa de Suigetsu, se dio cuenta de que Ino estaba diciendo la verdad. ¿No fantasear nunca con lo prohibido? No podía ni imaginárselo.
—Está bien, aceptaré que es probable que nunca haya pensado en estar con otro hombre, pero estoy seguro de que alguien le ha tenido que gustar o que alguien le ha parecido lo suficientemente agradable como para que haya deseado pasar más tiempo con él. Yo podría encargarme de que viniera a visitarla aquí para que pudiera conocerlo mejor...
—Estoy de luto.
—Y no deja de recordármelo cuando no es necesario. Sinceramente, es bastante evidente por la ropa que lleva. Por cierto, está horrorosa vestida de negro. ¿No tiene nada de color violeta?
Ella murmuró algo ininteligible. Él levantó la mano.
—No importa. Nos ocuparemos de su ropa en otro momento. Usted no quiere que yo sea tutor de su hijo. Yo tampoco quiero serlo. La solución más sencilla a nuestro problema es que usted se case. Y yo estaré encantado de ayudarla en todo lo que pueda. Me ocuparé de traerle los posibles pretendientes aquí. Dígame, ¿quién le gusta?
—Sería completamente inapropiado que recibiera visitas de hombres.
—Pues claro que es inapropiado. Por eso lo haremos de una forma muy discreta.
—Cuando una mujer está de luto, no debe invitar a nadie a su casa.
—No lo hará usted, lo haré yo.
Ino se levantó.
.
—No sé por qué he intentado que nos llevásemos mejor.
Y él no sabía por qué no dejaba de intentar que no ocurriera.
—Siéntese.
Ella vaciló.
—Por favor.
Ino asintió y se sentó.
.
—A Inojin le gusta mucho su perro.
El cambio de tema lo sorprendió, pero le gustó.
—Me alegro. Me costó una fortuna.
—Eso me dijo. —Sonrió y Suigetsu se volvió a sorprender de lo cercana que aquel gesto la hacía parecer. Si fuera suya, sabía que siempre intentaría hacerla sonreír—. Inojin no estaba muy seguro de lo que tenía que hacer para guardar un secreto, porque en realidad no le dio usted nada que pudiera guardar.
—Ha debido de ser una conversación muy interesante.
—Me atrevería a decir que, en realidad, ha resultado muy enriquecedora.
Tendría que tener más cuidado cuando le explicara según qué cosas al chico, aunque tampoco estaba particularmente preocupado de que su madre supiera lo que había dicho. Sin embargo, no quería que sus palabras llegaran a oídos de Aburame.
—¿Cómo lo sabía? —preguntó ella.
Suigetsu acabó de masticar el bocado de excelente cordero y tragó.
.
—¿Disculpe?
—Izumi. La niñera de Inojin. Sospechó de ella desde el principio. Mi hijo me ha dicho que llevaba un palo en el bolsillo y que le golpeaba la mano cada vez que la hacía enfadar. No lo ha dicho con estas palabras, claro, pero resumen bien lo que me ha contado. ¿Cómo sabía que lo estaba asustando?
Algo estaba cambiando entre ellos, algo con lo que él no se sentía del todo cómodo. Pero también se estaba cansando de estar todo el día discutiendo. Si tenían que vivir juntos bajo el mismo techo hasta que pudiera convencerla de que se casara con alguien, lo mejor sería que se llevaran lo mejor posible.
—De niño viví algunos días con una persona que me hacía daño. Cuando estaba asustado, tartamudeaba. Estoy seguro de que la gente tartamudea por motivos muy dispares, así que quizá una cosa no tenga nada que ver con la otra. Pero Inojin es un niño y, por naturaleza, los niños no acostumbran a portarse tan bien.
—Antes ha dicho que pensaba tomarse muy en serio su responsabilidad como tutor. Las cosas entre nosotros podrían no haber resultado tan complicadas si me lo hubiera dicho antes.
—Sinceramente, duquesa, antes de decir esas palabras en voz alta, no creo que lo supiera ni yo mismo. Estoy tan sorprendido como usted de que su marido me eligiera a mí como tutor de Inojin, pero me gusta esta casa y todo lo que hay en ella. Y tengo intención de conservarla.
—Intentaré portarme mejor con usted; siempre que usted sea bueno con Inojin.
Suigetsu no tenía muy claro que quisiera que Ino fuera buena. La prefería con un poco de fuego.
.
—Es hermana del difunto duque de Yugakure.
Ella parecía sorprendida de que él estuviera al tanto de esa información.
—Sí. Mi padre murió un mes después de que yo me casara y mi hermano heredó el título. Hace poco que murió y su hijo heredó el ducado. No tengo ningún otro familiar cercano. ¿Y usted?
No era habitual que ella contase tantas cosas de sí misma y Suigetsu tardó un poco en darse cuenta de lo que le estaba preguntando. Cuando lo hizo, se rió y levantó el vaso.
—No. Por lo menos no en el sentido tradicional de la palabra.
Apuró la ginebra, dejó el tenedor y el cuchillo sobre el plato y lo cubrió con la tapa.
—Gracias por traerme la comida.
—Me alegro de que le haya gustado. —Ini se levantó—. Espero que deje que un médico le vea la mejilla. No me gustaría que se le infectara.
—Supongo que tiene razón. Una cicatriz arruinaría mi atractiva imagen.
—¿Está dando por hecho que es atractivo?
—¿Acaso está sugiriendo que no lo soy?
—Estoy sugiriendo que es muy vanidoso por su parte afirmar eso. —Ino bajó la mirada y luego lo volvió a mirar—. Siento haberle hecho daño. Pensé...
—Que el niño estaba en peligro. Si alguien tiene que cometer un error, duquesa, prefiero que ocurra tal como ha sucedido esta mañana.
—Usted se preocupa por Inojin.
—En absoluto. Pero es mi protegido. Si le ocurriera algo, me supondría problemas.
.
Ella se inclinó sobre el escritorio. El olor a flores que desprendía lo tentaba y sus labios
estaban tan cerca...
—No estoy segura de que me crea eso, señor Hozuki.
Cogió la bandeja y, al hacerlo, casi golpeó a Suigetsu en la nariz. Era culpa de él, por no haberse dado cuenta de que se había acercado a ella mientras hablaba.
—Pues ya puede creerlo, duquesa —dijo, intentando recuperar el control que había perdido.
—No creo que deba.
Dicho eso, se dio media vuelta y se fue de la biblioteca balanceando las caderas.
Estaba ocurriendo algo muy peligroso. Suigetsu estaba empezando a bajar la guardia y eso no se lo podía permitir. Podía ocurrir un auténtico desastre. Se había pasado la vida levantando muros alrededor de su corazón. No pensaba permitir que una preciosa viuda los derribara.
.
.
.
