Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 11

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Ino estaba sentada en su cama, con la espalda apoyada en un montón de almohadas, las piernas dobladas y rodeadas con los brazos. Tenía los ojos clavados en la ornamentada puerta que daba acceso al cuarto de aseo y se esforzaba por oír algún ruido que le indicara que Suigetsu se estaba preparando para irse a dormir. Se mareaba de vez en cuando y entonces se daba cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

Él le había hecho llegar una nota a última hora de la tarde, para informarla de que no podía cenar con ella y que era libre de cenar con Inojin. A Ino no le gustaba que pensara que podía decirle lo que debía o no debía hacer. También le había resultado muy interesante que hubiera elegido no decírselo en persona. ¿La estaba evitando? ¿Acaso no estaba cómodo con el nuevo rumbo que había tomado su relación hacia un trato más agradable?

No sabía qué pensar de aquel hombre, pero sí estaba segura de una cosa: él jamás entraría en su dormitorio. A pesar de todo lo que decían las mujeres, ella se estaba dando cuenta de que se regía por una especie de código moral. Tal vez fuera un código un poco distinto del habitual, pero lo cierto era que, a veces, parecía apuntar en la dirección adecuada. Por lo menos, en lo que se refería a Inojin.

Estaba segura de que se mantendría fiel a su palabra y no buscaría su cama. Intentó ignorar el cosquilleo de la decepción. Tampoco es que ella quisiera que abriera aquella puerta y se deslizara en su dormitorio lentamente...

No, así lo habría hecho Hoshigaki. Suigetsu Hozuki entraría de sopetón, se acercaría a ella con ardor y emanando virilidad por todos sus poros. Él sería exigente, sus manos la explorarían con ansia, su lengua le provocaría placer...

Gimió quedamente y apoyó la frente en las rodillas. Él nunca cruzaría aquella puerta. Era absurdo que dejara que aquellos carnales pensamientos corrieran libremente por su mente. ¿Qué importancia tenía que Suigetsu estuviera durmiendo en la otra habitación? Estaban separados por dos puertas. Ino no podría oírlo respirar o dar vueltas en la cama. No podría ver sus pies descalzos, cuando se paseara con su camisa de dormir.

Levantó un poco la cabeza y apoyó la barbilla en las rodillas. ¿Utilizaría camisa de dormir? Claro que sí. Todos los caballeros la utilizaban. Pero Suigetsu Hozuki no era un caballero.

No se lo imaginaba poniéndose una camisa de dormir. Oh, tenía que dejar de pensar en él. Miró el reloj y se sorprendió al ver la hora que era: pasaba de la medianoche. Como no parecía que Suigetsu hubiese llegado, supuso que estaría en el club. Había sido una tonta por esperar otra cosa y haber perdido un tiempo precioso aguardándolo.

Necesitaba una distracción. Decidió ir a la biblioteca y coger un libro. Algo que alejara a aquel hombre de su mente.

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Se bajó de la cama, se envolvió en su chal y cogió el quinqué que tenía sobre la mesita de noche. A continuación, se deslizó por el pasillo, bajó la escalera y se dirigió a la biblioteca. A aquellas horas de la noche ya no quedaba ningún lacayo. Cuando abrió la puerta, la sorprendió ver a Suigetsu sentado ante su escritorio, leyendo algo. ¿Por qué no estaba en el club? ¿Y cómo podía ella irse sin que él se diera cuenta? Con una creciente sensación de pánico, comprendió que no podía hacerlo porque ya había llamado su atención.

—Pensaba que estaría en el club.

Él negó con la cabeza, apoyó la espalda en el respaldo del sillón y estiró los brazos por encima de la cabeza.

—Tenía asuntos que atender aquí.

Se levantó; tal vez había decidido demostrar modales después de pensarlo mejor.

—¿Por qué no está durmiendo?

«Porque no puedo dejar de pensar en ti», no parecía una confesión muy prudente.

—Me cuesta conciliar el sueño. He pensado que tal vez un libro me ayudaría.

—Por lo que he podido experimentar, creo que eso sólo funciona cuando el libro es muy aburrido.

Ino era incapaz de imaginárselo leyendo un libro por placer. Daba por hecho que él buscaba el placer en lugares más carnales. Al pensar eso, advirtió que el rubor trepaba por sus mejillas y se acercó un poco más al escritorio.

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—¿Usted cuándo duerme?

—Duermo algunas horas de vez en cuando. Nunca he necesitado descansar mucho.

Ella observó los numerosos libros de cuentas que había sobre el escritorio.

—La verdad es que dedica muchas horas a sus asuntos financieros.

—En realidad, son sus asuntos financieros los que estoy estudiando.

Sorprendida por esas palabras, ella levantó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué se interesa por mis asuntos financieros?

—Supongo que tendrá que ver con mis modestos comienzos.

Ino se rió.

—No puedo imaginar que haya nada modesto en usted.

Él no pareció ofenderse. En lugar de enfadarse, hizo una señal en dirección al sofá que había junto a la ventana.

—Siéntese y le explicaré lo que he pensado.

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Era muy tarde, ella estaba en camisón y estaban solos en la biblioteca. Ino no podía

imaginarse una situación más inapropiada... Bueno, podrían estar solos en su habitación. Sin embargo, no estaba muy segura de querer marcharse. Siempre le gustaba que Hoshikagi pasara un rato en su compañía, pero eso era porque sus visitas la alejaban de la soledad. Suigetsu no le estaba ofreciendo nada, y en cambio era incapaz de negar la curiosidad que sentía por él. No tenía nada que ver con el hombre que había supuesto que sería y tenía muchas ganas de explorar la nueva faceta de su carácter que había descubierto.

Se acercó al sofá con toda la indiferencia que pudo, aunque experimentaba un leve temblor;

esperaba que él no se diera cuenta de que estaba nerviosa. Se sentó y observó cómo Suigetsu se acercaba con agilidad a la mesa de la esquina y llenaba dos copas con una de las botellas. Las sujetó con una sola mano y utilizó la otra para coger el decantador. Después de dejarlo sobre la mesa que había junto al sofá, le acercó una de las copas a Ino. Ella vaciló...

—Es mi mejor brandy. Venga, ¿qué daño puede hacerle? No irá al infierno por darse un pequeño capricho.

—¿Acaso Dios le susurra esas verdades al oído?

Él le dedicó su más tentadora sonrisa.

—No, es el diablo quien lo hace.

—No sé por qué no me sorprende. Supongo que son viejos amigos.

—Muy buenos amigos. Venga, beba. La hará entrar en calor.

—No tengo frío.

—Está temblando.

—¿Siempre es tan observador? —Ino le cogió la copa de la mano y bebió. El líquido le quemó la garganta y los pulmones y se le llenaron los ojos de lágrimas.

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Él alargó el brazo y le dio unos golpecitos en la espalda; el calor que irradiaba su palma le atravesó la tela del camisón. ¿Qué sentiría si estuvieran piel contra piel? Ino se esforzó por no considerar las posibilidades.

—Cuidado. El brandy hay que saborearlo, no tragarlo de golpe.

Ella inspiró con fuerza mientras notaba el calor en el fondo del estómago. Pensó que se debía al licor, pero quizá se debiera a la cercanía de él. Su presencia resultaba casi abrumadora, como si fuera más grande que la vida misma. Desde la primera noche, Ino se había dado cuenta de que Suigetsu Hozuki dominaba cada habitación, o cada carruaje que ocupaba. Ése era uno de los motivos por los que la inquietaba. No era un hombre al que se pudiera ignorar.

—No esperaba que apreciara la calidad —dijo, con un resuello, lo que lo hizo sonreír.

—Hace mucho tiempo que aprecio la calidad. ¿Por qué se cree que he trabajado tanto para conseguir rodearme de ella?

Suigetsu se sentó en el otro extremo del sofá y estiró las piernas hacia adelante. Luego, dejó caer un brazo sobre el respaldo del sofá con aire despreocupado: sus dedos estaban provocadoramente cerca de los hombros de Ino. De repente, el sofá parecía muy pequeño y daba la sensación de que no pudiera albergar ni a una sola persona.

—Cuando las damas hablan de usted, jamás mencionan su inclinación por el trabajo duro.

—¿Las damas?

Ino bebió otro sorbo de brandy. Los efluvios le cosquillearon la nariz, pero la sensación no le resultó desagradable. Se preguntó qué otros placeres esconderían las demás botellas.

—Acostumbran a hablar de usted durante el té de la tarde.

Él se rió como lo haría ante una diversión inesperada.

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—¿Y qué dicen de mí esas damas?

—Que conoce bien al diablo.

—Y así es. —Alzó su copa y se bebió el contenido.

Ella intentó no quedarse embobada mirándole el cuello mientras tragaba. Suigetsu no llevaba pañuelo de cuello, ni chaleco ni chaqueta, y se había abierto algunos botones de la camisa. No deseando destruir la camaradería a la que habían conseguido llegar, Ino decidió no quejarse de su descuidado atuendo, especialmente porque apenas parecía descuidado. Incluso despeinado, seguía desprendiendo un travieso atractivo.

—Íbamos a hablar de mis asuntos financieros —le recordó ella.

—Ah, sí, su economía. Recordará que su difunto esposo le legó un fondo de inversión que le proporcionará dos mil libras por año.

—Claro que me acuerdo.

—Creo que, si lo invierto bien, puedo conseguir que le rente cinco mil.

—¿Al año? —Ino pronunció las palabras con un susurro de incredulidad.

—Al año.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Porque así le sería mucho más fácil casarse. —Cogió el decantador de la mesa, alargó el brazo y rellenó la copa de ella.

Ino bebió un sorbo y lo observó por encima de la copa. El sabor del brandy era cada vez más intenso.

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—Parece bastante obsesionado con la idea de que me case.

—Eso me ahorraría muchos problemas.

—Si no quería ser tutor de Inojin, ¿por qué aceptó?

—Estoy seguro de que, aunque hace poco que me conoce, ya se habrá dado cuenta de que no hay nada que considere desagradable si contribuye a aumentar mis ingresos.

—Después de observarle hoy cuando estaba con Inojin, me ha dado la impresión de que le gusta.

—Claro que sí. Es un niño encantador. Eso no significa que no prefiera mi libertad.

Ino bebió un poco más de brandy; luego un poco más... Empezó a sentirse un poco mareada y subió los pies al sofá. Ése era su placer personal: sentarse de aquella forma tan poco femenina cuando leía delante de la chimenea de su dormitorio. El brandy la hacía sentir que era el momento perfecto para abandonarse al placer.

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—Puede recuperar muy fácilmente su libertad desapareciendo de nuestras vidas —le recordó ella.

—No me puedo creer que precisamente usted, que es tan proclive a la obediencia, me esté sugiriendo que rehúya mis obligaciones. —Le sirvió más brandy.

—¿Está intentando emborracharme?

Él se rió: un sonido áspero y profundo que a Ino le provocó un hormigueo.

—¿Qué sabe de los placeres del alcohol?

—Sé que, en más de una ocasión, mi hermano volvía de su club sin apenas poder andar. Creo que le encantaría conseguir que me cayera de rodillas, para poder difundir rumores sobre mi escandaloso comportamiento.

Los ojos de Suigetsu se oscurecieron y la observó sin parpadear. A Ino le dio la sensación de haber dicho algo que a él le resultaba intrigante. Apenas movió el brazo, pero estaba lo suficientemente cerca como para poder cogerle la trenza y cuando su mano le rozó el hombro, la recorrió un placentero escalofrío.

Suigetsu jugueteó con la punta de su trenza y se la deslizó sobre el pulgar.

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—En mi negocio, he aprendido a ser muy discreto, duquesa. Le aseguro que nadie susurrará sobre lo que pueda suceder dentro de esta casa. Al contrario que sus damas, a mí no me gusta chismorrear. Así que ya puede emborracharse y caerse de rodillas tantas veces como quiera.

Ella no tenía ninguna intención de hacer nada de eso, pero no se quejó cuando le sirvió más brandy. Se sentía mucho más relajada de lo que lo había estado en mucho tiempo; hizo girar el líquido en el interior de la copa y lo observó.

—¿Y cómo lo haría?

La pregunta pareció sorprender a Suigetsu.

—¿Hacer qué?

Ino se preguntó en que estaría pensando él.

—Aumentar mis rentas anuales.

—Ah, sí. Había olvidado de qué estábamos hablando. Aumentaría sus rentas invirtiendo el dinero.

—En algo inapropiado, supongo.

Se dio cuenta de que el respeto iluminaba la mirada de Suigetsu y no pudo evitar sentirse un poco emocionada por haber adivinado lo que él había planeado hacer con su capital.

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—Digamos simplemente que estaría invirtiendo en entretenimiento. No creo que necesite o quiera conocer los detalles.

Ella negó con la cabeza.

—Eso me convertiría en una hipócrita.

—En una hipócrita muy rica.

Ino sonrió y bebió otro sorbo de brandy. Estaba decidiendo que el alcohol no era tan terrible como pensaba en un principio. En realidad, era bastante agradable. Y la hacía sentirse muy feliz.

Más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo.

—En la vida hay cosas más importantes que el dinero dijo.

—Normalmente las personas que dicen eso son ricas.

—Usted es rico.

—Porque reconozco que es lo único que me importa y me esfuerzo por aumentar y mantener mi riqueza.

—Eso es triste. Terriblemente triste. ¿No hay nadie especial en su vida?

Por un momento, y a juzgar por cómo la estaba mirando, Ino pensó que le iba a decir que estaba enamorado de alguien.

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—¿Quiere que invierta su dinero o no? preguntó con sequedad.

Le parecía incorrecto que invirtiera su capital en cosas que ella no aprobaba, pero cinco mil libras al año... Esa suma le daría mucha independencia y era una tentación demasiado grande para resistirse. Se acabó la copa; por algún extraño motivo, era capaz de tolerarlo en cantidades mayores. Asintió.

—Espléndido dijo él. Y le volvió a servir brandy. Ahora pasemos al siguiente tema.

—¿Y cuál es ese tema?

—Su marido.

—¿Hoshikagi?

—No, su futuro marido. Suigetsu alargó la mano, le cogió los pies mientras estiraba las piernas hacia adelante y se los colocó sobre el regazo.

—¿Qué está haciendo? preguntó Ino, alarmada por la intimidad, pero demasiado mareada como para retirarlos.

—Ofreciéndole un poco más de comodidad.

—Creo que está intentando corromperme.

—¿Con un poco de brandy y un masaje en los pies? Oh, sí, soy el mismísimo diablo.

Ella le sonrió por encima del borde de la copa y dijo:

—Eso es lo que pensé la primera noche que vino a esta casa: que el diablo había venido de visita.

—¿Y ahora?

—No estoy muy segura de lo que debería pensar.

De repente, se sentía muy cómoda con él, como si todas sus inhibiciones hubieran desaparecido. Pensó que incluso sería capaz de confiarle sus más profundos y oscuros secretos. Las grandes y ásperas manos de Suigetsu empezaron a masajear la planta de los pies. Era absolutamente delicioso. Al mirarlo a través de la niebla del licor, decidió que era bastante atractivo.

—Como no quiere decirme quién le gusta, dígame por lo menos qué cualidades prefiere en un hombre y yo investigaré por la zona y veré qué puedo conseguir dijo él.

Ino no pudo evitarlo: se rió.

—Hace que parezca muy sencillo.

—¿Y no lo es? Suigetsu le deslizó la yema del pulgar por el centro de la planta y ella curvó los dedos hacia dentro. ¿Qué cualidades quiere que tenga su próximo marido?

Ella negó con la cabeza. No quería hablar de esas cosas. No quería que él supiera...

—Venga, Inole dijo con un tono de voz suave y áspero, provocándole unas sensaciones de lo más extrañas. ¿Cómo le gustaría que fuera su próximo marido?

Ella cerró los ojos y dejó que el brandy se deslizara por su garganta. El calor de la bebida pareció trepar hasta su cabeza para obligarla a confesar. La hacía sentirse atrevida y valiente, y no tener miedo de lo que deseaba. Se pasó la lengua por los labios y absorbió hasta la última gota de brandy. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que Suigetsu se había acercado a ella; de hecho, estaba tan cerca que pudo ponerle unos mechones de pelo que habían escapado de su trenza detrás de la oreja.

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—Dímelo, Ino.

—No quiero un hombre que se olvide de mí cuando haya conseguido tener un heredero.

Cogió la copa con ambas manos y la observó como si en ella se estuvieran proyectando imágenes de su pasado. Hoshikagi lo hizo. Cuando me quedé embarazada, jamás volvió a tocarme.

Tuvo que hacer acopio de todo su valor para levantar los ojos y mirar a Suigetsu. No esperaba compasión de un hombre como él, y no la decepcionó en ese sentido. No estaba muy segura de qué estaría pensando, pero a juzgar por cómo apretaba los dientes, sospechaba que Hoshikagi tenía mucha suerte de estar muerto.

—Al principio, pensé que era porque estaba embarazada y tal vez él creía que si intimábamos yo podría perder el bebé intentó explicar. Pensé que cuando Inojin hubiera nacido todo volvería a ser como antes, pero no fue así.

Suigetsu le deslizó un dedo por la mejilla.

—Ese hombre era tonto.

—La tonta fui yo. Una vez, entré en su habitación pensando que podría seducirlo. Aquella noche se sintió tan estúpida que jamás se lo había confesado a nadie, pero allí, en penumbra, mientras dejaba que el brandy le recorriera las venas, la vergüenza parecía un recuerdo muy lejano. Me rechazó. Intentó ser amable. Me dijo que conoció a una mujer cuando era joven y que cuando ella lo dejó se llevó también su corazón. Me explicó que la había traicionado y que no podía seguir traicionándola. La verdad es que no sabía de qué me estaba hablando. Me sentía tan humillada que apenas le escuché.

Él le siguió paseando el dedo por la sensible piel del cuello.

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—¿Quién era esa mujer?

—No lo sé. Estas cosas suelen pasar entre aristócratas. Las alianzas políticas y las ganancias económicas tienen mucha más importancia que los asuntos del corazón. Negó con la cabeza. Yo estuve casada con Hoshigaki durante seis años y apenas lo conocía. Me da la sensación de que tendría que extrañarlo más, que debería sentir algún dolor. Es verdad que tengo una sensación de vacío, de que falta algo en mi vida, pero creo que eso ya lo sentía antes de que él muriera.

El brandy había potenciado su osadía. Se acercó un poco a él y susurró:

—Ni siquiera estoy segura de que alguna vez me hayan besado de verdad.

Resultó un poco extraño ver lo inmóvil que Suigetsu se quedaba; inmóvil y tenso. La miró e Ino pudo observar cómo aumentaba la intensidad que vislumbraba en sus ojos.

—Ya te he dicho que no soy la clase de hombre que se conforma con un beso.

También le había advertido que no lo desafiara, porque sólo conseguiría que aumentaran sus ganas de hacer cualquier cosa que ella le prohibiera. Ino tenía veinticinco años y sólo la habían besado en el altar. Hoshikagi no había sido un hombre cruel, pero tampoco era apasionado. La había tratado con amabilidad, pero jamás había agitado sus emociones como lo hacía Suigetsu Hozuki.

Éste la ponía furiosa, la fascinaba, la aterrorizaba. Conseguía despertar su curiosidad.

Se humedeció los labios para notar el sabor del brandy y vio cómo a Suigetsu se le oscurecían los ojos. Esa reacción estimuló su atrevimiento.

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—Te prohíbo que me beses.

—Ya te dije que jamás me prohibieras nada rugió él.

Antes de que pudiera darse cuenta, Suigetsu había deslizado la mano por detrás de su cuello y la sujetaba con firmeza mientras posaba los labios sobre los suyos. No fue delicado ni cortés, más bien un tanto salvaje, cegado por el deseo de proporcionarle lo que ella le había pedido. Ino se rindió a él y no se resistió cuando su lengua consiguió que abriera los labios para deslizarse en el interior de su boca. Una espiral de calor le recorrió el cuerpo y le derritió los huesos como si fueran de cera. Suigetsu sólo la tocaba con una mano y la boca y, sin embargo, tenía la sensación de que la estuviese tocando por todas partes; por dentro y por fuera, profunda y superficialmente. ¿Cómo podía ser tan poderoso un solo beso y provocarle tal deseo?

Él cerró un poco más la mano que tenía en la nuca de Ino; parecía que quisiera agarrarla de ese modo para siempre, mientras le saqueaba la boca con los labios. Ella se preguntó si estaría percibiendo el sabor del brandy en su lengua de la misma forma que ella. De repente, sintió ese sabor mucho más poderoso, más intenso, más placentero. Quería absorberlo todo, emborracharse de él.

Ino siempre había sido una experta en observar el mejor de los comportamientos y, de repente, se estaba dejando llevar por lo prohibido y comprendiendo su atractivo. La áspera lengua de Suigetsu le abrasaba la piel, pero eso lo hacía aún más placentero. La envolvió un remolino de intenso placer. Oh, ella jamás había experimentado nada parecido. Quería acurrucarse a su lado y abrazarlo. Le deslizó los dedos por el pelo y se dejó llevar por su suavidad.

Entonces, oyó un suave gemido y apenas fue consciente de que procedía de sus propios labios. Tenía la sensación de que todo su cuerpo estuviera despertando, como si todos aquellos años no hubiera sido consciente de que estaba dormido. Por imposible que pareciera, Suigetsu profundizó el beso: parecía no poder saciarse de ella. Parecía que la deseara.

¿El famoso Suigetsu Hozuki la deseaba? Era una idea demasiado embriagadora para contemplarla.

Su marido la había besado en el altar porque el deber así lo requería. Pero ahora, por más que hubiera sido ella la que había desafiado a Suigetsu, no le parecía que el deber tuviera nada que ver con su reacción. Lo único que sentía Ino era un poder arrollador, casi incontrolable. Se sorprendió de su propia reacción ante las ávidas exigencias de Suigetsu. No quería que parara. No quería que nunca...

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De repente, él se apartó de ella, se puso de pie y la privó de su presencia. Ino trató de alcanzarlo con la mano antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Suigetsu le dio la espalda y, respirando con dificultad, dijo:

—Te prepararé una propuesta detallando todo lo que me propongo hacer con tu dinero.

Puedes consultarlo con Yahiko para asegurarte de que se respetan tus intereses.

Asombrada, Ino lo miraba con incredulidad. El beso que a ella la había dejado temblando de pies a cabeza no significaba nada para él. Suigetsu podía juguetear salvajemente con sus labios y luego levantarse y empezar a hablar de asuntos financieros. Había sido una tonta por dejarse llevar por la tentación. Las lágrimas amenazaron con asomar a sus ojos e intentó desesperadamente mantener la compostura y encontrar la mejor manera de irse de la biblioteca.

De repente, él se dio la vuelta y se inclinó sobre ella, apoyándose en el brazo del sofá. La acorraló de nuevo mientras la miraba con unos ojos en los que brillaba una pasión que apenas era capaz de controlar.

—Ya te he dicho que no soy la clase de hombre que se conforma con un beso. Estás avisada: me cobraré lo que me debes. Mantendré mi promesa y no iré a tu cama, pero ten por seguro que tú sí vendrás a la mía. Te dejo que elijas el momento que más te plazca, pero hazlo.

Con una fuerza que hizo tambalear el sofá, se echó hacia atrás y se encaminó hacia la puerta.

—Me marcho al club espetó, como si ella le hubiera preguntado adónde iba.

Pero Ino no conseguía encontrar fuerzas para hablar. Apenas era capaz de sentarse derecha.

Sentía la debilidad en todo su cuerpo y los temblores la recorrían de pies a cabeza mientras

intentaba respirar. Sólo quería un beso, pero él le había ofrecido mucho más. Cerró los ojos y la aterciopelada amenaza de Suigetsu resonó en su cabeza.

Oh, ¡qué hombre tan arrogante! Ella jamás iría a su cama. Jamás.

Pero incluso mientras lo pensaba, temía que no fuera cierto.

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Suigetsu entró en el club a toda prisa: era un hombre con un firme propósito en mente. Pensaba que alejarse de la duquesa bastaría para aplacar su deseo, pero se había equivocado. Seguía sintiéndolo rugir en su interior con despiadada fuerza y no conseguía ignorarlo.

Por primera vez en su vida quería más de lo que tenía. Quería oír los gemidos de una mujer mientras se abandonaba al placer. Quería ser él quien provocara eso. Quería tocarla de formas que la deleitaran. Quería saborearla: empezar por sus labios y deslizarse hasta los dedos de sus pies.

Se abrió camino hasta la sala donde trabajaban las chicas. Se quedó en la puerta y escudriñó entre la gente hasta que localizó a Chino, que estaba sentada en el regazo de un hombre.

Suigetsu sabía lo intensa que podía llegar a ser su mirada; sabía que podía conseguir que alguien la sintiera y captar su atención. Finalmente, ella lo miró. Él le hizo un gesto con la cabeza en dirección a su despacho. Chino asintió y luego se dio la vuelta para decirle algo a su cliente: no quería que se ofendiera al ver que se iba de repente.

Suigetsu se apresuró por el establecimiento ignorando a todos cuantos lo rodeaban. En su rostro se debía de ver que él también quería que ellos lo ignoraran, porque nadie se le acercó ni miró en su dirección.

Abrió la puerta que conducía a los despachos, pasó por delante del de Karin sin mirar dentro y se metió en el suyo cerrando la puerta con llave tras de sí. Luego se acercó a la pared y descolgó el cuadro de una mujer sentada bajo un árbol. Sacó una llave del bolsillo del chaleco, la metió en la cerradura y abrió su caja fuerte. Cogió las monedas que necesitaba y las metió en un saquito de terciopelo. Después de cerrar la caja fuerte y volver a colgar el cuadro en su sitio, abrió la puerta del despacho.

Dejó el saquito con las monedas en una mesita que había en la esquina de la habitación para tenerlo más a mano y se sentó: abrió un cajón, cogió un preservativo y se lo metió en el bolsillo. Esa noche sólo necesitaba un revolcón rápido. Su escritorio bastaría. Chino podría volver con su cliente antes de que éste la echara de menos. Alargó el brazo hacia atrás y cogió una botella de whisky, se sirvió un poco en un vaso y se lo bebió de un solo trago.

Jamás había sentido una necesidad tan poderosa. Era casi salvaje. Era incapaz de quitarse a Ino de la cabeza. La inocencia de su petición: «te prohíbo que me beses». Aunque no había habido inocencia alguna en su respuesta.

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¿En qué estaba pensando cuando decidió aceptar el desafío? Habría sido mucho mejor rechazarla, haberse alejado de ella, no probarla, no haber oído sus dulces suspiros y gemidos mientras el placer la embargaba. Suigetsu había necesitado hasta la última gota de su fuerza de voluntad para no ir más allá del beso. Había sentido la desesperada necesidad de desabrocharle los botones de aquel horrible camisón. Quería sentir su piel desnuda con sus manos y con sus labios. Quería tumbarla bajo su cuerpo y ponerse encima de ella...

«Es lujuria. Sólo lujuria. Nada más.» Pero al pensarlo, temía que no fuera cierto.

Se puso de pie, cogió el saquito y salió al pasillo. Irían a su habitación, a su cama, para poder disfrutar de un encuentro más largo y satisfactorio. Penetraría tan profundamente en ella...

Las pisadas que oyó no eran las que le aceleraban el corazón últimamente. Observó cómo Chino se acercaba a él con su habitual ropa sensual. Pero ella no lo provocaba tanto como Ino con aquellos horrorosos vestidos negros.

La joven le cogió el brazo y presionó sus pechos mucho menos generosos que los de Inocontra su cuerpo de un modo muy sugerente.

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—Hola, amor, hace mucho tiempo que no venías a buscarme. ¿Vamos a tu habitación?

Suigetsu jamás había sentido nada por ella. No sentía nada que fuera más allá del plano físico con ninguna de las mujeres a las que pagaba. Siempre había pensado que era incapaz de sentir nada más, que había algo en su interior que no le permitía experimentar ninguna emoción. Pero de repente, lo que podía ofrecerle aquella mujer no era suficiente.

—¿Suigetsu?

Él le tocó la mejilla con lástima.

—Lo siento, Chino. Me parece que en realidad no estoy de humor. Le dio el saquito con las monedas. Esto por las molestias.

—Chino, no me puedo quedar con tu dinero por no hacer nada.

—Has venido. Eso es suficiente.

—¿Va todo bien? Pareces distinto.

—No me podría ir mejor. Ve a ocuparte de tus clientes.

Ella se encogió de hombros.

—Como quieras.

Chino no se sentía mal porque él la hubiera rechazado. Ella formaba parte de su negocio, como Suigetsu también formaba parte del negocio de Chinu. Nada más.

Nunca había habido nada más en toda su vida.

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