Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 12

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Ino se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos para no ver la luz que se colaba por una pequeña apertura entre las cortinas. Recordó lo mal que se encontraba su hermano cuando por fin se levantaba, después de haber pasado la noche en el club Hozuki. ¿Acaso aquello era la maldición del brandy? ¿Aquel terrible dolor de cabeza, la garganta seca y un remolino de pensamientos que se deslizaban por su mente como la niebla?

Se esforzó por girar la cabeza a un lado y mirar el reloj que hacía tictac sobre su mesita de noche. Los pequeños querubines que lo decoraban la recibieron tal como hacían cada mañana, haciéndola sonreír. Eran casi las nueve. Se había quedado dormida. Suigetsu no había llamado a su puerta en busca de compañía para el desayuno. Tal vez aún no hubiera vuelto de sus merodeos nocturnos.

Suigetsu. La asaltó el recuerdo de sus labios abriéndose camino sobre los suyos. ¿Cómo se enfrentaría a él? No lo sabía, pero se enfrentaría. Lo de la pasada noche había sido una aberración y el brandy había destruido su moral. Ino evitaría el alcohol en el futuro y le dejaría perfectamente claro que también evitaría su cama. Ella no le debía nada. Él había aceptado besarla y tendría que aprender a vivir sólo con eso. Estaba segura de que no tendría ningún problema en buscar consuelo en cualquier otra parte. ¿Por qué al pensar eso sentía un dolor cerca del corazón?

¿Buscaría consuelo en Karin? ¿Lo recibiría ésta con los brazos abiertos y le ofrecería lo que ella tanto temía ofrecerle? ¿Habría experimentado la joven pelirroja el placer de ver llegar la mañana acurrucada entre sus brazos?

Suspiró con apatía, pensando en lo estúpida que era por atormentarse así, y se levantó de la cama. Sentía el suelo frío bajo los pies. Tal vez ese día no se molestara en ponerse zapatos. Se rió pensando en el aspecto que tendría una duquesa sin zapatos. O ella creyó que reía, porque no había oído ningún sonido. ¿Qué le ocurría?

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Se tambaleó hasta la puerta que conducía al cuarto de aseo. Alguien había cambiado de sitio aquella maldita puerta, que de repente parecía estar demasiado lejos. Cuando estaba a medio camino, se dio cuenta de que se había olvidado de llamar a su doncella. ¿Cómo se iba a vestir sin ayuda de Karui? Tal vez pudiese volver a la cama, dormir un poco más y empezar de nuevo un poco más tarde.

Pero en lugar de hacerlo, abrió la puerta del aseo. La recibió una nube de vapor y, a pesar de tener mucho calor, se sintió reconfortada. Cuando se dio cuenta de lo que ocurría, empezó a sentir más y más calor por culpa de la vergüenza y el bochorno.

De pie frente al espejo, con media cara llena de espuma y una navaja de afeitar en la mano, había un hombre. Las imágenes entraron y salieron de la mente de Ino a toda prisa: una espalda esbelta y unos hombros anchos, nalgas pálidas, redondeadas y firmes, piernas largas, muslos tensos. Estaba fascinada observando cómo se contraían sus músculos al moverse, cuando él se quedó inmóvil. Ino jamás había visto nada tan exquisito.

Estaba desnudo, completamente desnudo. En la zona inferior de su espalda se veían de agua; parecía como si se hubiera secado, pero hubiera sido incapaz de alcanzarlas. Ella sintió una insensata necesidad de coger una toalla y deslizarla sobre aquella piel para absorber los vestigios de su baño.

—Te bañaste ayer dijo con la voz entrecortada. Le dio la sensación de que sus palabras procedían de muy lejos.

Mirándola fijamente a través del espejo, Suigetsu respondió:

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—Me baño todas las mañanas.

Por lo visto, aquel hombre no tenía ninguna vergüenza. ¿Por qué no estaba sorprendida? Él se volvió con el desafío en la mirada y una invitadora sonrisa en los labios. Ino no estaba familiarizada con la anatomía masculina, pues su marido se había acostado con ella de la forma más respetuosa y siempre con camisa de dormir. Ella había sentido, pero nunca había visto... Y, aunque lo hubiera hecho, no creía que Hoshigaki fuera tan... provocativo. Era la única palabra que se le ocurría para describir lo que SSuigetsu Hozuki lucía con tanto orgullo. Hasta el último aspecto de su ser era más que una invitación a dejarse llevar por el placer.

—¡Cielo santo! Las palabras escaparon de sus temblorosos labios.

De repente, la habitación empezó a girar y la oscuridad se adueñó de su visión hasta que ya no vio nada en absoluto.

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¡Maldita sea!

La navaja resonó contra el lavamanos cuando Suigetsu la dejó caer y se apresuró a coger a Ino, consiguiendo, de forma milagrosa, agarrarla antes de que se golpeara contra el suelo. ¿Cómo podía ser que una mujer que ya había estado casada pudiera impresionarse tanto al ver a un hombre desnudo?

Pero cuando la cogió entre sus brazos y la cabeza de ella cayó sobre su hombro desnudo, se dio cuenta de que su desmayo tenía algún otro motivo.

—Dios mío, estás ardiendo.

Aunque Ino llevaba sólo un camisón de algodón, pesaba menos que la última vez que la había cogido completamente vestida. La acostó sobre la cama y alargó el brazo para llamar a la doncella, pero entonces vaciló. Si la joven acudía en seguida a su llamada, ¿cómo le iba a explicar que estuviera desnudo?

Cogió una toalla mientras cruzaba el cuarto de aseo y se limpió la espuma de la cara mientras entraba en su habitación. Se puso los pantalones y la camisa y se preguntó cuánto tiempo llevaría Ino incubando la enfermedad. No le gustaba pensar que le había estado amargando la vida a una mujer enferma, o que tal vez él fuera el responsable de su enfermedad. La noche anterior, ella parecía febril de pasión; estaba seguro de que se habría dado cuenta si hubiese estado enferma.

Cuando acabó de abrocharse y tuvo la camisa bien remetida, decidió que el resto de la ropa podía esperar. Le sería mucho más fácil explicar que estaba medio vestido en lugar que tener que admitir que estaba desnudo.

A grandes zancadas, regresó a la habitación de Ino para llamar a la doncella. Ella seguía inconsciente, pero no estaba muerta. Le dio unos golpecitos en la mejilla.

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—¿Muñeca? Venga, cariño.

—Lo siento murmuró Ino. Lo siento mucho.

—Ya lo puedes sentir. No deberías haber entrado sin llamar a la puerta. Por un glorioso segundo, Suigetsu creyó que ella había decidido ir a su cama. Y, su cuerpo, por más que le fastidiara admitir su debilidad, había reaccionado inmediatamente ante la expectativa.

Sus suaves golpecitos no conseguían que Ino recuperara la conciencia. ¿Ese ruido que oía procedía de su pecho? Acercó la oreja y oyó un sonido áspero, pero no le pareció grave. Lo más alarmante era que podía sentir la suave piel de sus pechos contra su mejilla gracias a la fina tela del camisón. La intimidad le secó la boca. Sus senos eran más grandes que los de Chino, y lo incitaban a la rebelión y apenas era capaz de controlarse.

La puerta se abrió y Suigetsu se sobresaltó. Intentó ocultar a toda prisa una mirada de culpabilidad, retomando su actitud despreocupada.

La doncella soltó una exclamación.

—¿Qué está haciendo, señor Hozuki?

—Se ha desmayado. He intentado reanimarla. Tenemos que avisar a mi médico.

—Ya tiene uno. La sirvienta se acercó a ella y empezó a darle unos golpecitos en la mejilla con los dedos.

—Eso ya lo he intentado yo le dijo Suigetsu.

—Está ardiendo. La doncella lo miró y él se dio cuenta de que, hasta ese momento, creía que él era el culpable de que su señora se hubiera desmayado. O tal vez lo estuviera haciendo responsable de su fiebre. Últimamente lo culpaban de tantas cosas que no creía que una más tuviera importancia.

—Quédate con ella. Suigetsu se dirigió a la puerta de la habitación. Traeré a un médico.

Aunque ella tuviera su propio médico, Suigetsu no pensaba llamarlo. Quería que la visitara alguien en quien él confiase. No quería pensar en el repentino ataque de terror que había experimentado al ocurrírsele que Ino pudiese morir.

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Ino se despertó y vio a un ángel flotando sobre su cama. Su rubio pelo rizado formaba un halo alrededor de su cabeza. En algún remoto lugar de su mente, se formó un pensamiento: debería asustarla que hubiera un extraño en su dormitorio. Pero su sonrisa era tan amable y tan tranquilizadora que sólo fue capaz de sonreír.

—Hola dijo él con dulzura.

—¿Quién...?

—Soy el doctor Uzumaki. El señor Hozuki me ha pedido que viniera. ¿Cómo se encuentra?

Ahora se acordaba. Recordaba lo que había visto.

—Él estaba desnudo.

—¿Ah, sí?

Ino oyó un sonido áspero, alguien carraspeaba.

—Probablemente estaba usted soñando dijo el médico.

Ella se esforzó por negar con la cabeza.

—No, nunca soñaría con él, jamás lo imaginaría tan magnífico.

A Ino le pareció que el médico intentaba no reírse.

—Sí, bueno, tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos. ¿Le duele alguna parte del cuerpo?

—Por todas partes. Estoy muy cansada.

—Me lo imagino. ¿Cuánto tiempo lleva sintiéndose mal?

—Desde siempre. Pero nunca he tenido tanto calor.

—Entonces, la fiebre ha aparecido de forma repentina.

Ella asintió, o le pareció que asentía.

—¿Por qué no vuelve a dormirse? dijo el doctor Uzumaki.

Ino suspiró y cerró los ojos.

—Inojin...

—Él está bien.

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Aquel hombre era maravilloso. Sabía las respuestas a sus preguntas antes de que ella las formulara. Y sus manos la examinaban con delicadeza por todas partes. Era tan cuidadoso...

Hoshikagi jamás había sido tierno. Cuando se acostaba con ella, lo hacía por puro deber. Nunca le había dicho nada bonito antes de hacerlo ni le había susurrado nada después. A veces, Ino tenía la sensación de que se disculpaba por imponerle su cuerpo. Siempre iba a su habitación, se deslizaba entre las sábanas, luego dentro de su cuerpo y después se marchaba dejándola en manos de una dolorosa soledad. Siempre tan sola...

—¿Y bien? preguntó Suigetsu cuando Uzumaki finalizó su examen.

—Creo que es algo parecido a la gripe.

A Suigetsu se le hizo un nudo en la garganta al mismo tiempo que la doncella reprimía una pequeña exclamación. Estaba sentada en una silla de la habitación, en calidad de testigo, para asegurarse de que no ocurría nada inapropiado. Al principio, se había opuesto a que Suigetsu estuviera presente, pero sólo tuvo que recordarle que ahora era él quien le pagaba el sueldo para conseguir que se callara. Oh, sí, el dinero compraba poder y una asombrosa tendencia en la gente a mirar hacia otro lado.

—¿Morirá? preguntó Suigetsu.

Uzumaki lo miró.

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—Es joven. No puedo dar fe de su fortaleza porque está muy delgada. Las mujeres aristocráticas suelen comer muy poco. Tienen los medios suficientes para comprar comida, pero no los aprovechan. Creen que tener apetito es vulgar.

—Entonces, ¿tenemos que darle de comer?

—No creo que quiera comer, pero sí, necesitará alimentarse cuando se despierte. Le he dado un poco de láudano para que duerma bien un buen rato. Os dejaré una cataplasma que os ayudará a bajarle la fiebre. Los baños de agua fría también ayudan, pero hay que tener mucho cuidado de que no se enfríe.

—¿Cómo no se va a enfriar en un baño de agua fría?

—Ahí está el dilema. Lo mejor es dejar que la enfermedad siga su curso.

Suigetsu se empezó a enfadar; se sentía impotente.

—Te he llamado a ti porque se supone que eres el mejor curando enfermedades, ¿y lo único que me puedes decir es «dejemos que siga su curso»?

—Me encantaría que fuera de otra manera, pero no existe cura para la dolencia a la que nos enfrentamos. Lo siento.

—Es verano, por el amor de Dios; yo creía que la gente sólo se ponía enferma en invierno.

—Es cierto que el invierno afecta a un mayor número de personas, pero las enfermedades no se van de vacaciones. Esta mujer está de luto. Es probable que no coma y que no duerma bien. El dolor acaba cobrándose su precio.

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Sólo cuando el amor también entra en la ecuación, pensó Suigetsu. ¿Significaba eso que Ino amaba a su marido? ¿A un marido que le había dejado sólo dos mil libras al año? ¿A un marido que jamás le había dado un beso en condiciones? ¿Qué cosas conseguían que las personas sintieran amor? ¿Cómo aparecía esa emoción? Suigetsu había querido a su madre, pero desde entonces nunca había querido a nadie más. Sentía una tierna consideración por Karin, pero eso no era amor.

—Yo me ocuparé de ella —dijo su doncella.

—No podrás hacerlo las veinticuatro horas del día —le espetó Suigetsu—. Contrataremos a una enfermera.

—La buena noticia es que debería pasar con bastante rapidez. La fiebre tendría que desaparecer en dos o tres días —intervino Uzumaki.

«Si es que desaparece», evitó decir a continuación.

—Volveré mañana para ver cómo está. —Cogió su inquietante maletín negro y se dispuso a irse.

—Vuelve esta noche —le ordenó Suigetsu.

—Tengo muchos pacientes...

—Yo te voy a construir un maldito hospital.

—Porque perdiste una apuesta. Eso no significa que te deba nada.

Lo que más le molestaba a Suigetsu era que si Sasuke se lo pidiera, Uzumaki no sólo volvería, sino que no se iría. Todos los niños de Orochimaru le eran más leales a Sasuke que a él. Todos habían tenido celos de su relación con Orochimaru. Suigetsu era como el hijo que el hombre no tuvo, el único en quien confiaba si es que había algo que confiar. Todos temían que Suigetsu conociera sus más profundos y oscuros secretos.

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Desafortunadamente para ellos, los conocía. Pero nunca se aprovechó de ello, jamás los amenazó con revelar lo que ellos deseaban mantener en secreto. Y, por muy tentado que se sintiera, tampoco pensaba utilizar lo que sabía en aquella ocasión. Se tragó el orgullo y dijo:

—Por favor.

—Lo intentaré. Es cuanto te puedo prometer. Pero de verdad que hay muy poco que pueda hacer por ella; sin embargo, puedo hacer mucho por otras personas.

Suigetsu asintió mientras observaba la estática silueta de Ino y pensaba que la prefería caminando con energía por la casa y regañándolo por una cosa o por otra.

—¿Nunca te sientes como si fueras Dios, sabiendo que puedes elegir a quién decides prestar más atención?

—No pienso darle importancia a esa pregunta molestándome en responder.

—Lo siento. Ya sé que te lo estoy poniendo difícil.

—Mucha gente reacciona así cuando alguien por quien se preocupan cae enfermo.

Suigetsu miró fijamente a Naruto. Estaba a punto de negar esa afirmación, pero aquel hombre tenía un don. Parecía que tuviera la extraña habilidad de ver el interior de una persona sin instrumental médico de ninguna clase.

—Apenas la conozco gruñó Suigetsu.

—Eso no significa que no te preocupes por ella. Uzumaki levantó la mano. Lo sé. Lo sé. Tú sólo te preocupas por Suigetsu Hozuki. Encontraré la forma de venir esta noche. Cuando echó a andar en dirección a la puerta, se detuvo junto a Suigetsu y, en voz baja, le susurró:

»Deberías abrocharte los pantalones.

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Él se fue a su habitación refunfuñando. Tenía que acabar de vestirse de todos modos. No

estaba seguro de que la doncella se hubiese creído que se estaba vistiendo cuando oyó un fuerte golpe en el dormitorio de la duquesa. Pero no importaba lo que creyera nadie. Lo único que importaba era que Ino se pusiera bien.

Suigetsu estaba sentado al escritorio de la biblioteca y se sentía satisfecho de los progresos de ese día. Había hecho muchas cosas para alejar de su mente el estado de salud de Ino. Había contratado a una enfermera, una chica llamada Mito, para que se ocupara de ella por las noches. La doncella de la duquesa había insistido en cuidarla durante el día. Mientras entrevistaba enfermeras, Suigetsu también se había dedicado a entrevistar niñeras. La joven a la que había contratado para que se encargara de Inojin se llamaba Moegi. Era muy bajita, su cabeza no le llegaba a él ni a la mitad del pecho, y eso con zapatos. Llevaba el pelo, castaño claro, recogido en un moño, y sus ojos azul oscuro brillaban de alegría incluso mientras contestaba a las duras preguntas con las que Suigetsu intentaba averiguar qué pensaba de los castigos.

No le gustaba pegar a los niños, dijo.

—¿Cómo conseguirás que se porte bien?

—Con cariño.

No era un enfoque muy convencional, pero a él nunca le había interesado lo convencional. La chica tenía veinte años y su única experiencia era que había cuidado de sus hermanos pequeños.

Pero a Suigetsu no le pasó desapercibida la bondad que reflejaban sus ojos, y le gustó mucho cómo trataba a Inojin y la forma en que el niño se relacionó con ella. Daba la sensación de que estaba cómodo en su compañía y parecía entender que si había algo que no le gustaba tenía que interrumpir a Suigetsu en cualquier momento y decírselo.

Así que en cuanto hubo solucionado el tema de la niñera, pudo concentrarse en los asuntos financieros. Sin embargo, de repente los números no cuadraban. No creía que tuviera mucho que ver con las cifras anotadas en los libros, sino con el hecho de que estaba preocupado por Ino.

Hacia medianoche, cuando debía ir a ocuparse de los asuntos del club, subió a la habitación de la enferma. Como tenía muy presente lo mucho que ella se preocupaba por la corrección, dejó la puerta abierta. El dormitorio estaba a oscuras, excepto por la luz que procedía de un quinqué que había sobre la mesita de noche. La enfermera se puso en pie.

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—¿Cómo está? preguntó él.

—Aún tiene fiebre. Murmura muchas cosas. Pero creo que está a gusto. Me iré a aquella esquina por si quiere disponer de un momento en privado con ella.

Suigetsu casi le preguntó por qué creía que él querría pasar un momento a solas con Ino. Ya tenía la información que necesitaba, ya se podía ir. Pero asintió antes siquiera de poder pensar en ello.

—Sí, gracias.

Cogió el aterciopelado banco de delante del tocador de Ino, lo puso junto a la cama y se sentó. Estaba tan preocupado que apenas se había fijado en la habitación: el dormitorio al que ella le había pedido que no entrara. Echó una rápida ojeada y no vio nada fuera de lo común, nada que pudiera avergonzarla o que pudiera querer guardar en secreto. Tal vez sólo fuera que su habitación era su santuario y no quería que un tipo como Suigtsu Hozuki lo invadiera. Pero si ése era el caso, no tendría que haberse puesto enferma.

Pensó en cogerle la mano, pero por algún motivo, ese gesto le pareció más íntimo que un beso. Ni siquiera sabía por qué estaba allí. No podía hacer mucho por Ino, pero sentía la necesidad de hacer algo. Odiaba sentir que no podía controlar la situación. El sonido de todos aquellos malditos relojes no ayudaba...

Miró la mesita de noche. Un reloj adornado por querubines alados marcaba el paso del tiempo. Pero aquel reloj no bastaba para producir tanto escándalo. Se dio la vuelta para mirar una de las esquinas del dormitorio y, sobre una mesa, descubrió todos los relojes que él había hecho sacar de la biblioteca. ¿Por qué tenían tanto valor para ella?

Se volvió de nuevo y la observó. Parecía tranquila. Miró a la enfermera. Estaba sentada junto a la chimenea; observó su perfil y cómo se concentraba en la labor que estaba tejiendo. Sospechaba que si él hacía cualquier cosa poco caballerosa, la mujer se daría cuenta, pero estaba lo bastante lejos como para no poder oír los susurros. Aunque tampoco era que él quisiera susurrarle nada a Ino.

Sin embargo, sí había un montón de cosas que quería gritarle. Le estaba causando muchos inconvenientes. Era una mujer muy irritante. Tenía que ponerse bien, y rápido. No podía perder más tiempo preocupándose por ella, y como su hijo a su vez estaba preocupado, Suigetsu tenía que dejar de trabajar momentos que no podía permitirse el lujo de tirarpara tranquilizar a Inojin.

Suigetsu tenía muchos asuntos que atender, tanto allí como en su negocio. No tenía paciencia para aquellas tonterías.

Sin embargo, apoyó los codos en las rodillas y se inclinó un poco hacia adelante.

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—No tienes que preocuparte por Inojin le dijo en voz baja. Ahora tiene una buena niñera. La condesa de Konohagure me ha ayudado a encontrarla.

Eso también le había resultado muy molesto: tener que pedirle ayuda a Hinata. Suigetsu estaba acostumbrado a ocuparse de sus propios asuntos, pero no estaba tan familiarizado con ese mundo como lo estaba con el suyo. Y no quería decepcionar a Ino tomando una mala decisión. Otra cosa que era muy molesta: que se preocupara por satisfacerla.

—Te gustará la nueva niñera. Se llama Moebi. A Inojin le gusta mucho.

Ino parpadeó y abrió los ojos. Si alguien lo acusaba, aseguraría que no pretendía despertarla. A fin de cuentas, se le daba muy bien mentir. Pero en realidad sí quería que se despertara, quería comprobar por sí mismo que seguía quedando vida en aquellos ojos azules. Quería volver a perderse en ellos.

—¿Cómo te encuentras? le preguntó.

Ella cerró los ojos un momento, parecía necesitar todas sus fuerzas para responder.

—Cansada.

Suigetsu se planteó tocarle la frente para comprobar la intensidad de la fiebre, pero podía ver el rubor de sus mejillas, la fina capa de sudor que le cubría la piel. No tenía ninguna duda de que seguía con la temperatura alta.

—¿Inojin? preguntó con voz ronca.

—Está bien. Está durmiendo.

—¿Hora?

—Es un poco más de medianoche. Si quieres, te puedo decir la hora exacta. Tienes aquí todos los malditos relojes.

En los labios de Ino se dibujó una débil sonrisa.

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—Dáselos... a él.

—¿Tú le regalaste todos esos relojes a Hoshigaki?

Ella asintió ligeramente. Ahora entendía por qué le había molestado tanto que él diera tan poca importancia a su preciosa colección.

—Siempre decía que el tiempo era su enemigo. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Yo

intentaba hacerle ver que no era así. Pero él siempre decía que había ciertos asuntos que debía atender. Asuntos que debía poner en orden.

—¿Qué asuntos?

Ino negó muy despacio con la cabeza, cerró los ojos y luego los volvió a abrir.

—Nunca me lo dijo. Él y sus secretos.

Suigetsu no pudo evitar preguntarse si alguno de esos secretos le concernía. Volvió a mirar por la habitación. No había nada que le resultara familiar, pero podría haber cambiado tanto como había cambiado Konoha. El hombre que lo acogió le dio una habitación junto a la suya, pero Suigetsu no creía que fuera aquélla.

—Lo siento dijo ella con la voz entrecortada.

Él la miró de nuevo. Por un momento, temió que tuviera la capacidad de leerle la mente y saber por qué oscura carretera se habían deslizado sus pensamientos. Por eso su voz sonó un poco más áspera de lo que pretendía cuando por fin habló:

—¿Por qué no dejas de disculparte?

—Koshigaki. Yo lo maté.

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