NUEVOS HORIZONTES
Capítulo 02: Una nueva vida
Lentamente fue abriendo los ojos, los cuales le escocían bastante. Parpadeó varias veces con dificultad, sin abrirlos completamente hasta que se acostumbró a los rayos de sol que le daban en la cara. Cuando finalmente los abrió del todo, se extrañó al encontrarse en una cama que no era la suya, sino más espaciosa pero menos cómoda. Se cambió de posición y se incorporó con lentitud.
―Hasta que por fin despiertas. Pensé que te morías antes, chaval.
Al oír esa voz desconocida que le dedicaba esa "agradable" frase, Alfred se giró sobre sí mismo para ver de dónde procedía y a quien pertenecía.
Un muchacho de unos veintipocos años, con el pelo rubio bastante despeinado y unos fieros ojos verdes coronados por unas espesas cejas, le observaba de pie junto al lecho. Estaba cruzado de brazos, con una sonrisa arrogante grabada en el rostro, y le miraba con superioridad, con unos atuendos que recordaban a los de un pirata.
―¿Do...dónde estoy?―preguntó completamente desubicado el chico, mirando alrededor suyo, buscando algo que le pudiera indicar cuál era el lugar donde se encontraba.
―Eso no te importa―respondió cortante el otro joven.
―M-Me llamo Alfred...―tartamudeó sonriendo con algo de temor, intimidado por la actitud del otro, que le miró con sorna.
―A partir de ahora eres mi prisionero, Alfred―casi escupió su nombre, mientras le cogía fuertemente de un brazo e intentaba levantarle. En ese momento Alfred se dio cuenta de que tenía las manos atadas por grilletes a la espalda.
―Espera, ¿qué?―preguntó Alfred entrando en pánico, pensando que el otro tipo había perdido totalmente la cabeza y le mataría―. Además, ¿Dónde está Maddie? ¿Dónde está mi hermana?
―¿Te refieres a la chica que estaba entre tus brazos cuando os encontramos? No te preocupes por ella. Está bien.
―He preguntado que dónde está―dijo Alfred alzando la voz, levantándose trabajosamente mientras se intentaba acercar al otro rubio, quien en un rápido movimiento le puso una espada en el cuello, nadie sabe de dónde sacó, y la apretó, aunque no lo suficientemente fuerte como para hacerle daño.
―No me hables así, mocoso―le respondió con su sonrisa que tanto le molestaba a Alfred, obligándole a tumbarse de nuevo en la cama con la espada.
―¿¡Entonces cómo quieres que te llame, maldito psicópata!?
―Vaya, eres muy valiente al insultar al Capitán Arthur Kirkland y vivir para contarlo―se rió Arthur en la cara del menor, sin quitar aún la espada de en medio.
―Pues permíteme decirte, Capitán Kirkland―dijo con voz en falsete imitando al otro― que yo insulto a quien me sale de...
Antes de poder acabar de hablar, Arthur movió la espada y le hizo un corte en la mejilla, haciendo que éste se llenase al momento de sangre. A pesar de haberlo hecho suavemente, la sangre emanaba a borbotones. Alfred se calló de golpes al sentir el líquido en la piel e intentó llevarse una mano a la mejilla para pararse la hemorragia, habiéndose olvidado momentáneamente de los grilletes.
―Esto es un aviso, valiente―sonrió Arthur de nuevo con superioridad.
Mientras tanto, a cierta joven no le estaba yendo tan mal su despertar...
Nada más abrir los ojos, vio un par de profundos orbes verdes que la escrutaban con cierto interés. Madeleine no supo a quién podrían pertenecer, pero le resultaron muy bonitos.
―Menos mal que despertaste, pequeña. Llevas muchas horas dormida―le dio la bienvenida la dueña de esos bellos ojos. Cuando Madeleine centró mejor la vista, se dio cuenta de que era una joven cuya edad sería similar a la suya.
―L-Lo siento...―no supo por qué lo hizo, pero Madeleine se vio en la urgencia de tener que disculparse.
―No tienes por qué disculparte. Lo que importa es que estás sana y salva―respondió la desconocida regalándole una deslumbrante sonrisa a la menor. Madeleine se revolvió en la mullida cama en la que se encontraba. Se intentó levantar poco a poco, pero un fuerte mareo hizo que volviese a tumbarse.
―Ay... mi cabeza... siento como si me fuera a explotar― se quejó Madeleine, llevándose una mano a la cabeza, con expresión de dolor.
―Eso es porque seguro que tragaste mucha agua.
―¿Qué pasó?¿Dónde estoy?¿Y Alfred?¿Qué hago aquí?―preguntó cayendo de golpe en la cuenta de que su hermano no estaba con ella y entonces recordó que, antes de caer presa de la oscuridad, estaba en medio del mar, siendo sujetada por Alfred para no hundirse ni separarse de él.
―Tantas preguntas a la vez no, por favor―rió la joven―. A ver, a la primera de hecho no sé responderte del todo bien. Os encontramos a ti y a un chico, supongo que ese Alfred del que hablas, abrazados encima de un trozo de madera a la deriva. Os recogimos y os trajimos aquí.
―¿Aquí?―preguntó Madeleine, un poco más tranquila al saber ahora el paradero de su hermano, no muy lejano al suyo.
―Exacto―respondió la chica con una amable sonrisa―. A nuestro barco.
―Muchas gracias―sonrió Madeleine agradecida, aunque con voz pastosa.
―Cuando te encuentres mejor te presentaré al resto de la tripulación. Y por cierto, no nos hemos presentado. Me llamo Elizabeta, aunque todos me llaman Eli. O Liz…―eso último lo murmuró, siendo apenas escuchada por Madeleine.
―E-Encantada de conocerla, Elizab… Eli. Yo soy Madeleine―se presentó la menor, levantándose poco a poco, aún agarrada de la mano de Elizabeta.
―No te levantes aún, Madeleine―la paró, indicándole con un movimiento de mano que permaneciera en la cama―.Voy a ir a buscar a ese Alfred.
―¿No me vas a presentar a nuestra petite Madeleine, Eli?―preguntó una voz que para Madeleine era completamente nueva. Entonces se dio cuenta de que estaba en una amplia habitación en la que, al parecer, no solo estaban ella y Elizabeta. Tras la joven de ojos verdes, se alzaba de pie un hombre cuya edad sería aproximada a la de Iván. Sin embargo, su porte era más suave que la del ruso, y sonreía afable. Su cabello, largo y rubio, estaba recogido en una coleta, y sus ojos, color zafiro, la escrutaban.
―Se me olvidaba―rió Elizabeta, girándose al hombre―. Madeleine, este es Francis.
―Un placer―sonrió Francis, sentándose junto a Elizabeta en la orilla de la cama.
Al verlo de más cerca, Madeleine se fijó en que Francis era bastante atractivo. Se sonrojó levemente, sonriéndole de vuelta.
―Igualmente.
―Bueno, me voy a buscar a Alfred―dijo Elizabeta, levantándose de la cama.
―¿A quién?―preguntó Francis.
―Al chico que estaba con ella.
―Es mi hermano―informó la joven.
―Pero…―murmuró Francis, mirando a Elizabeta con una ceja alzada―. No irás al camarote de Arthur a por él, ¿no? Ya conoces a Arthur…
―Claro que le conozco, pero no puede simplemente separar a dos hermanos.
Madeleine frunció el ceño ante eso. ¿Qué había querido decir? ¿Les iban a separar?
―Pero, Eli―
―Nada de pero Eli. Iré a por el hermano de esta chica―y nada más decir la última palabra, salió de la estancia.
Francis suspiró, bajando la mirada a sus manos, que estaban en la cama, cerca de las manos de la otra joven.
―¿Qué ha querido decir Eli con eso?―se atrevió a preguntar Madeleine tímidamente.
―Arthur es el capitán de nuestro barco y, a diferencia de su tripulación, es bastante gruñón y antipático. Pero nunca digas que lo es delante suya si no quieres acabar colgada boca abajo del mástil durante un día entero, ¿sí?
Madeleine asintió, suponiendo que eso era una exageración.
―¿Y… piensa separarme de mi hermano?
Francis se pensó su respuesta antes de contestar, lo que ocasionó que la chica se inquietara más.
―Arthur… es muy especial cuando se trata de sus prisioneros.
―¿P-Prisioneros?―preguntó anonadada Madeleine. ¿Dónde demonios habían ido a parar?
―Sí―respondió Francis, sonriendo de lado. Al ver que Madeleine palidecía completamente y que incluso sus ojos se llenaban de lágrimas, se apresuró a aclarar las cosas―. ¡Pero no os vamos a hacer daño ni nada! No mientras os comportéis civilizadamente.
―No me digas que estamos en un barco pirata… Solo eso me faltaría.
―La verdad es que sí―confesó Francis, con una leve sonrisa.
Madeleine se llevó las manos a la cara, sintiendo como la sangre se le helaba. No podía ser… No podía tener tan mala suerte…
―Pero tranquilízate, Maddie. ¿Puedo llamarte así?―preguntó Francis poniéndole una mano en el brazo, con un tono de voz muy suave―. No te va a pasar nada, ¿vale? Yo me encargaré de ti y de que todo vaya bien, ¿sí? E intentaré que a tu hermano también le vaya bien…
―¿Qué insinúas?
―Insinúo que Arthur puede ser bastante sádico a veces… y no puedo asegurarte que no vaya a serlo con Alfred. Pero tranquila, ¿vale? Hallaremos una solución para esto. Te lo prometo.
Madeleine bajó las manos de la cara para ver cómo Francis le sonreía cálidamente, acariciándole el brazo con el pulgar.
―Confía en mí―susurró el hombre, justo al tiempo en que la puerta del camarote era abierto.
―¡Ya estoy aquí!
La voz de Elizabeta le sacó de sus pensamientos. Éste venía con Alfred, quien nada más ver a su hermana se lanzó hacia ella en un abrazo.
―¡MADDIE!―Gritó excitado su hermano, apretándola muy, muy fuerte en un abrazo―¿Cómo estás?¿Te han hecho daño?¿Te duele algo?
―Tranquilo, Alfred, estoy bien―respondió Madeleine sonrojada, ya que no estaba acostumbrada a recibir tanta atención, y menos por su hermano. Además, Francis y Elizabeta les estaban observando desde la cierta distancia, ambos con una sonrisa de ternura en el rostro.
Mientras Alfred no hacía caso ninguno a las quejas de su hermana pequeña, a quien había creído muerta, una potente voz hizo que el mayor se soltase del abrazo y se pusiera alerta.
―Con que al final te encuentras con tu querida hermana, gordito―rió Arthur desde la puerta, al lado de Francis.
―No martirices al pobre muchacho, Arthur. Acaban de reencontrarse―dijo Francis, pero recibió un empujón por parte del otro.
―Oídme bien, vosotros dos―dijo a los hermanos señalándoles con el dedo índice. Alfred frunció el ceño y escondió a Madeleine en su abrazo, apartándola lo máximo posible del campo de visión de Arthur―. A partir de ahora sois mis prisioneros. Yo, señorita―dijo a Madeleine, haciendo una reverencia―, soy el Capitán Arthur Kirkland, y ahora estáis en mi barco.
―Nuestro―murmuró Francis por detrás, recibiendo una patada por parte del otro rubio, que le dijo que se callase.
―Ahora es vuestra elección. O bien os unís a mi tripulación, o bien, sois nuestros prisioneros y os trataremos como tales―sonrió mordaz Arthur, metiéndole miedo a Madeleine en el cuerpo, quien había empezado a temblar, agarrándose fuerte al brazo de su hermano.
―No seas tan antipático con ellos, mon amour― dijo Francis abrazando(o al menos intentando) al capitán, que se removió entre sus brazos mirando fijamente a los hermanos.
―Yo... creo que decido unirme a la tripulación―musitó con voz pausada Madeleine.
―¿Pero te has vuelto loca?―preguntó escandalizado Alfred―No puedes unirte a esta banda de lunáticos.
―Pero tampoco quiero ser su prisionera. Además, quizás sea este el milagro que estábamos esperando. Quizás así no tenga que volver a ver a Iván―susurró Madeleine lentamente...aunque sin saber qué era peor, casarse con Iván o formar parte de una tripulación de piratas.
―Pero...―dijo Alfred, sabiendo que su hermana llevaba algo de razón.
―Lo siento, Alfred, si mi decisión no es de tu agrado. Pero creo que es lo mejor.
Arthur sonrió, dando la batalla por ganada, sin quitar su fiera mirada de encima de su prisionero, cuya reacción ante las palabras de su hermana había sido quedarse en blanco.
―Te llevaré entonces a tu camarote, mademoiselle―dijo Francis, ofreciendo una mano a Madeleine―. ¿Puedes andar bien? ¿Sigues mareada?
Sin embargo, Elizabeta se adelantó, tomando con suavidad a la chica del brazo, ayudándola a ponerse de pie.
―Estoy algo mejor―respondió Madeleine, apoyándose en la otra joven al sentir un leve mareo.
―Vamos, pronto te sentirás mejor―dijo Elizabeta, aún sin soltarla, mientras Francis tomaba a Madeleine del otro brazo y los tres salían del camarote.
―Si notas que te mareas más solo dímelo y te cargo hasta tu camarote, ¿sí?―dijo Francis, mirándola con cierto deje de preocupación.
Madeleine solo acertó a sonrojarse, pues nunca un sujeto tan atractivo como Francis le había tratado de esa forma.
De vuelta en el camarote de Francis, donde se habían quedado los otros dos, Alfred gritaba internamente a su hermana que volviese. No se atrevía a hacerlo en voz alta por lo que Arthur pudiese decirle. Seguramente se burlaría de él. Le había costado mucho convencer, junto a la joven castaña de ojos verdes que había irrumpido en el camarote del capitán, que le quitase los grilletes y le permitiese ir a ver a su hermana. Y entonces se dio cuenta de que estaba de nuevo a la merced de Arthur, y que éste podía hacerle cualquier cosa…
―Veo que te asusta quedarte a solas conmigo...―soltó de repente Arthur con una sonrisa escalofriante, que le puso a Alfred los vellos de punta, mientras se acercaba lentamente hacia el americano, no sin antes haber cerrado la puerta.
―Emm... esto…―murmuraba Alfred echándose hacia atrás en la cama, donde se había quedado desde que se había lanzado prácticamente encima de su hermana, hasta que chocó con la cabecera de madera. Arthur continuó avanzando hacia él. Cada vez estaba más cerca…
―Y dime, Alfred... ¿vas a elegir quedarte, al igual que tu hermana, o vamos a tener que tirarte por la borda?―preguntó con una sonrisa maquiavélica, casi encima del pobre muchacho ya. Este había cerrado los ojos y estaba murmurando incoherencias.
―Yo...mi hermana...no puedo dejarla aquí, pero...
―Deja de decir tonterías y respóndeme―ordenó autoritario Arthur.
Alfred abrió los ojos y pegó un bote al ver la cercanía que había entre ambos, por poco ocasionando que se besaran.
―Ok, ok. Me quedaré―accedió el menor―. Pero solo para cuidar de Madeleine y de que ese salido con el que se ha ido no le haga cosas pervertidas.
El otro rubio soltó una carcajada y se separó de Alfred, quien estaba temblando ante la bipolaridad de ese tipo. ¿Estaría realmente bien de la cabeza? Se preguntaba el americano.
―Bueno, pues levántate, bola de sebo, que te voy a enseñar donde dormirás.
―¡Oye!―gritó Alfred escandalizado―¡No estoy gordo!
―Sí que lo estás―se rió Arthur, tomando nota mentalmente de que eso molestaba a Alfred―. Pero tranquilo. Estando a mis órdenes me encargaré de que pierdas peso.
Alfred rodó los ojos, decidiendo no seguirle el juego. No picaría de nuevo, lo cual, estaba seguro, molestaría más a Arthur que a él mismo.
―Ven, vamos a buscarte algún trabajito para ponerte en forma―rio Arthur, dirigiéndose hacia la puerta. Alfred se levantó de la cama y le siguió a regañadientes, odiando tener que hacerle caso a ese individuo…
Cuando salieron a la cubierta, Alfred se tuvo que llevar la mano a la frente, un poco por encima de los ojos, para protegerse la vista del sol. Era un día soleado. Cosa bastante curiosa, puesto que la noche anterior había habido una gran tormenta.
―¿Ya no hay nubes negras como anoche?―preguntó Alfred en voz baja, sin esperar respuesta de nadie, pues Arthur iba varios pasos por delante suya.
―Aquí, en alta mar, es todo muy impredecible―le respondió para su sorpresa el capitán, girándose. Por primera vez, éste no le hablaba con ese tono mordaz y sarcástico, sino con uno hasta ahora desconocido, que era tranquilo.
Alfred se sorprendió al oír una respuesta como esa por parte del capitán, pero no dijo nada. Se puso a observar con detenimiento a las personas que estaban, junto a él y Arthur, en la cubierta. Todos eran hombres, excepto por Elizabeta, aunque la joven no se encontraba allí, y miraban de reojo al americano.
―Ven, voy a presentártelos―dijo Arthur haciéndole una seña con la mano al menor―. A partir de ahora trabajarás con ellos aquí en la cubierta. Limpiarás y harás lo que ellos te digan, ¿entendido?
Sin darle tiempo al chico de ojos azules de responder, Arthur se puso a hablar con un grupo de hombres reunidos, antes de presentarles a Alfred.
Mientras tanto, Madeleine había bajado a los camarotes con Francis y Elizabeta, quien le estaba contando muchas cosas sobre cómo les encontraron. Ya podía andar por su propio pie, aunque Francis aún la tenía tomada del brazo, con suavidad.
―...Y parecía que ibáis a morir, así que Feliks propuso que os tiráramos por la borda, que os devolviésemos al mar. Sin embargo, y esto no se lo digas a Arthur que si no me mata, fue ese cejón que tenemos por capitán el que tomó la decisión de no tiraros. Al principio no le pareció bien la idea de que el chico fuese quien compartiese cuarto con él. Pero poco a poco se ha ido encariñando con él, a su manera, claro―explicó como si fuera obvio― y se preocupaba de que no empeorase. Por otra parte, a ti te cuidamos entre Francis y yo.
Madeleine escuchaba toda esta verborrea con una pequeña sonrisa en el rostro. Le parecía interesante que el capitán se hubiera preocupado por Alfred, y le dio que pensar.
―Y bueno, ma petite. Éste es el camarote de las chicas. Sólo sois dos. Tú y Eli ―dijo el francés, mientras llegaban la puerta de dicho camarote―. Bueno, supongo que ya me puedo ir. Madeleine, ma chère, recuerda que si necesitas algo, lo que sea, búscame en mi camarote.
Y tras dedicarle un coqueto guiño de ojos se alejó, desapareciendo por las escaleras que llevaban hacia la cubierta.
―Bien, lo primero es que veas el cuarto, a ver qué te parece―dijo Elizabeta abriendo la puerta, que cerró rápidamente.
―¿Qué pasa?―preguntó Madeleine extrañada.
―Pueees... resulta que esta mañana se me olvidó recoger la ropa... jejeje y ordenar mis cosas en general―se excusó la morena, sintiéndose avergonzada―Dios mío, debes pensar que soy un desastre
―No, no, tranquila, no pasa nada―la tranquilizó rápidamente Madeleine―. Si quieres, tú puedes entrar primero y ordenar tus cosas mientras yo me espero aquí, en el pasillo.
La morena asintió sonriendo y se metió en el camarote.
Mientras Elizabetha ordenaba, Madeleine se esperó fuera, en el pasillo, como antes había hecho. Solo que esta vez, mientras se miraba de nuevo las uñas, un ruido sordo proveniente del fondo del pasillo hizo que se sobresaltara y se girara de golpe, encontrándose cara a cara con un chico, que debía de tener unos... ¿veinte años? Parecía menor que ella. Por sus rasgos, podría afirmar que era asiático, aunque estaba algo lejos como para estar totalmente segura. Tenía una expresión neutra y estaba recogiendo una caja que se le había caído al suyo, que a juzgar por los esfuerzos del chico por recogerla, debía de pesar lo suyo.
―Hola―saludó educadamente Madeleine, aunque con un tono de voz muy bajo.
El chico la miró de arriba abajo y sacudió la cabeza secamente, a modo de saludo. Fue hacia las escaleras y desapareció por ellas, de la misma manera tan silenciosa en que había aparecido. Pocos minutos después, la puerta del camarote se abrió dejando ver a una sonriente Elizabeta.
―Listo, ya puedes pasar.
Madeleine le devolvió la sonrisa y entró.
El camarote no era muy grande. Tenía una litera, con la cama de abajo, que seguro era la de Elizabeta, llena de cosas: camisas, pantalones, unos pocos vestidos, libros, cartas...etc. También había un pequeño armario enfrente. Aparte de eso, no había mucho más en la estancia.
―Yo duermo en la cama de abajo, así que duerme tú en la de arriba―dijo la morena dándose la vuelta y yendo hacia el armario―. Aquí guardo mis cosas, aunque ahora mismo están casi todas, por no decir todas, encima de mi cama―dijo abriendo el armario.
―E-Entiendo―dijo Madeleine con una sonrisa. Durante unos momentos, ninguna habló. Elizabeta se dispuso a guardar sus pertenencias en el armario y Madeleine se limitó a observarla hacer.
―Por cierto―dijo Elizabeta de repente, girándose hacia la rubia, que le miró atentamente―. Esta mañana, antes de que tu hermano y tú hubieseis despertado hablé con Francis, y me ha dicho que en unos días atracaremos en una pequeña isla, o al menos eso es lo que Arthur tiene en mente. Obviamente, es una isla frecuentada sobre todo por piratas, pero allí podrás comprar ropa y más cosas, ya que has perdido todo.
―Ahora que lo pienso tienes razón―dijo Madeleine, mirándose el vestido que llevaba, que por cierto no era suyo. Supuso que debía de ser de Elizabeta, ya que no había más mujeres en el barco―. Lo que llevaba puesto cuando caí del barco era de hecho mi único vestido, que no sé dónde estará ahora...
―Me lo quedé yo―dijo Elizabetha girándose hacia el armario de nuevo, buscando dicha prenda―. Estaba muy mojado y se estaba rompiendo, así que te lo arreglé.
Y así era. Cuando la morena se giró, con el vestido en los brazos, Madeleine pudo comprobar que algunos de los agujeros que la prenda tenía, habían sido cosidos.
―Vaya, muchas gracias, Eli―agradeció Madeleine recogiéndolo―. Y… ¿Te importaría que me dejaras este vestido que llevo puesto ahora mismo? Es que, como bien has dicho antes, toda mi ropa se perdió y no tengo más mudas para cambiarme...―empezó Madeleine, sin embargo, la morena la cortó.
―Sí, sí, tranquila. Quédatelo, tengo más. Y la verdad, tampoco es que me guste mucho usar vestidos.
―Pero... eres una mujer―hizo notar la rubia, acostumbrada a ver a chicas y mujeres siempre con vestidos.
―Lo sé. Esa es una de las razones por las que decidí hacerme pirata. Odio la sociedad y sus estúpidas normas, como la de obligar a las mujeres a llevar vestido. Yo estoy más cómoda con pantalón, y así voy por la vida―dijo riendo Elizabetha, quien llevaba, exactamente, unos pantalones cortos.
Madeleine no añadió nada. Sabía que Elizabeta era libre de hacer lo que quisiera, pero ella prefería seguir llevando vestidos. Mientras las dos chicas conversaban sobre costumbres y normas de la sociedad que irritaban a Elizabeta, Arthur iba terminando de presentar a Alfred a los que serían sus compañeros de camarote, y tripulación.
―Bueno, gordito―dijo Arthur sonriendo maligno―. Me vuelvo a mi camarote. Intenta no meterte en líos y pórtate bien.
―¡Que no estoy gordo!―gritó Alfred haciendo berrinche, como si fuera un niño pequeño―. Y no me trates como si fuese un crío.
Sin embargo, Arthur no respondió nada, ya de camino hacia su camarote.
―Se va a enterar un día de estos...―murmuró el de ojos azules, mirando con odio a Arthur.
―Como que puedes ir borrando esa idea de tu cabecita―le respondió una voz desconocida. Alfred se giró y se encontró con uno de los cuatro con los que compartía camarote. ¿Se llamaba Feliks, o algo parecido? Estaba mirándose las uñas, y no parecía muy interesado en hablar con él.
―¿Y eso por qué?―preguntó Alfred de mala gana.
―Porque es el Capitán Kirkland, cariño. O sea, nadie puede con él―respondió Feliks rodando los ojos, como si fuera algo evidente―. Es conocido por ser el pirata más temido de los siete mares, ¿no lo sabías?
―¿El pirata más temido de los siete mares? JA JA JA JA―rió Alfred, soltando carcajadas tan fuertes que los que estaban cerca de él le miraban de reojo, pero sin decir nada―. ¿En serio me estás diciendo que ese cejón es lo más temido de los siete mares? Habría que ver como son entonces el resto de piratas.
―¡N-No te rías! Como el capitán te oiga…
Un chico de cuyo nombre no se acordaba se acercó a él, con una expresión de preocupación impresa en el rostro.
―Déjale, Toris. Total, cuando le echen al agua será algo digno de ver―sonrió con malicia Feliks, tomando del brazo a su compañero, quien le miró inseguro.
Alfred se encogió de hombros y miró con indiferencia hacia donde Arthur se había ido.
―Vuestro querido capitán va de farol. Ya he aceptado quedarme aquí, así que no puede hacerme nada malo…
―¿De farol?―preguntó Feliks, soltando una risotada―. Díselo a la cara. Luego dile que no puede hacerte nada malo porque te vas a quedar aquí y ya verás cómo reacciona.
―Feliks…―dijo con fastidio Toris, quien le miró con el ceño fruncido―. No le des ideas.
―Tranquilo, no le haré caso―rio Alfred, tranquilizando a Toris, quien soltó un leve suspiro.
―Menos mal. No serías el primero que sigue el consejo de Feliks y acaba medio muerto a los pocos minutos.
―No pienses mal de mí―sonrió Feliks con maldad―. Soy buena gente, pero de vez en cuando no está mal tener algún que otro entretenimiento. Aquí no suelen pasar cosas graciosas, y cuando pasan son todo un espectáculo.
―Eso al menos lo será para ti―murmuró Toris, con cierto resentimiento, cruzándose de brazos.
―Vaya. Veo que Feliks es el diablo y tú eres el ángel―comentó Alfred, tomando nota mental de ambos chicos. Toris le había caído bien. De hecho, le había salvado de una humillación segura (la verdad, iba a hacer caso a Feliks. Siempre se había dejado llevar por los demás, pero normalmente era Madeleine quien acababa salvándole de cometer estupideces de todo tipo). Sin embargo, había decidido que era mejor no cruzar muchas palabras con Feliks. A pesar de su aspecto inocente, en los pocos minutos en los que había hablado con él Alfred había podido darse cuenta de que el rubio era un completo sádico, a quien no le importaba ver cómo gente inocente se metía en problemas por su culpa.
―Sí, la verdad es que Feliks siempre está intentando hacer trucos a la gente y yo siempre voy junto a él, previniendo a la gente de que no le haga caso―dijo Toris, sonriendo derrotado.
Feliks por su parte se limitó a sonreír de nuevo con esa sonrisa malvada tan característica suya.
Alfred no se había esperado que Arthur le fuese a tener hasta la puesta de sol limpiando y haciendo tareas. Por favor, ¡él era Alfred Jones! Pertenecía a una de las familias más importantes de Londres, ¿qué demonios hacía haciendo de esclavo del sádico capitán Kirkland? Por la poca experiencia acumulada en ese día, Alfred llegó a la conclusión de que todos en ese barco eran unos sádicos. Solamente se salvaban Toris y su hermana, a quien no veía desde la mañana. Quería reunirse de nuevo con ella. Preguntarle cómo la había tratado la chica esa con la que se había ido y el otro rubio, cuyo nombre no había memorizado tampoco. No fue hasta casi la noche cuando Alfred pudo ver de nuevo a su hermana. Al contrario que él, que vestía una camisa blanca y pantalones de segunda mano que le había dejado Arthur antes de indicarle qué hacer, Madeleine iba pulcramente vestida y peinada. Parecía que para ella las cosas habían sido muy diferentes.
―¡Alfred!
Cuando escuchó su nombre proveniente de los labios de su hermana, el susodicho se giró y no pudo más que abrazarla con fuerza contra sí cuando la chica se echó prácticamente a sus brazos.
―¿Cómo has estado?―preguntó Madeleine cuando se separó, al cabo de pocos segundos.
―Explotado por Arthur. Me ha hecho limpiar la cubierta varias veces. Según él hasta que no se viese reflejado en el suelo no podía parar. Luego me ha puesto a limpiar el barco por dentro. Y ese es un rápido resumen de mi día―suspiró el chico, con cansancio, deseando que el día llegase pronto a su fin―. ¿Y a ti qué? ¿Cómo te han tratado?
―He estado todo el día con Eli. Ha sido muy buena conmigo, y me ha contado cosas del barco y la tripulación.
―Qué suerte, al menos a ti te hacen caso. Aunque lo prefiero así, la verdad… Pero, ¿cómo vamos a hacer para salir de aquí?―preguntó bajando la voz, en un susurro prácticamente.
―No lo sé, Al. Quizás…―murmuró pensativa Madeleine, llevándose la mano a la barbilla―. Eli me ha dicho que en unos días atracamos en una isla para reponer víveres y comprar en general.
―¿En serio? ¡Perfecto! Está bien. Podemos aprovechar y huir entonces. Aprovecharemos esa oportunidad y saldremos por patas de este antro de mala muerte―dijo con excitación Alfred.
Madeleine sonrió, emocionada.
―Aunque, ¿qué haremos después?
―Eso ya lo veremos cuando hayamos huido de aquí―la tranquilizó Alfred, poniéndole una mano en el hombro―. Tú confía en mí. Ya verás cómo dentro de poco somos libres y estamos de vuelta en casa.
La sonrisa de Madeleine decayó con eso último.
―La verdad… no estoy segura de querer volver a casa.
Entonces, Alfred se dio cuenta de que su hermana se refería a la boda. Claro, ¿cómo podía haberlo olvidado? Sin embargo, con el día tan ajetreado que había llevado, la boda había sido el último de sus problemas.
―Ya lo acabaremos solucionando. Ya verás—dijo el chico abrazando a su hermana, sonriéndole con ternura.
La chica le sonrió de vuelta, queriendo de verdad creerle. Que había una forma de evitar que los planes de su padre para con ella se cumplieran, por más difícil que eso fuera. Sin embargo, aún le quedaba esperanza. Además, para poder casarse siquiera tenía que escapar primero de aquel barco pirata, lo cual no parecía bastante fácil… Pero había algo de ese barco que la atraía, y era que la gente con la que se había topado de momento en él había resultado ser mucho más amable y generosa que muchas de las personas con la que solía tratar normalmente, pertenecientes a la alta sociedad londinense. En especial cierto hombre rubio de ojos azules, quien era el que mejor la había tratado en lo poco que llevaba a bordo. Y para ser sincera, prefería pasar tiempo con una persona como Francis durante un tiempo indefinido, a pasar el resto de su vida con Iván.
