Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 14
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La mañana siguiente, Ino se despertó al oír unos sonidos que procedían del cuarto de aseo. Era evidente que estaban preparándole a Suigetsu el baño. Una imagen se dibujó en su mente, una imagen que había estado intentando no recordar. Suigetsu Hozuki completamente desnudo. No podía haber elegido un momento más oportuno para desmayarse. Era extraño, pero gracias a ello pudo conservar un poco de dignidad. Si se hubiera dado media vuelta y se hubiese ido de la habitación, él se habría reído de ella. Y si se hubiera quedado mirándolo fijamente para conseguir que fuera Suigetsu quien se marchara avergonzado, probablemente aún seguirían allí. O, peor aún, quizá Ino hubiera ido a la cama de él.
El aseo se quedó en silencio e Ino se imaginó a Suigetsu metido en la bañera, con el agua caliente meciéndose contra su cuerpo. Tuvo el extraño deseo de entrar en aquella estancia, llenarse las manos de jabón y deslizarlas lentamente por su pecho y sus hombros. Por su espalda y sus brazos.
Aquel hombre la atraía de formas que no debería, la hacía desear comportarse de forma incivilizada. Ella siempre había sido buena y, de repente, se estaba empezando a preguntar qué daño podría hacer que empezara a ser mala.
—Está despierta.
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Ino, perdida en sus licenciosos pensamientos, se sobresaltó al oír la voz. Se había olvidado de la enfermera.
Mito sonrió con calidez y le posó la mano en la frente.
—La fiebre no ha vuelto. En cuanto el señor Hozuki acabe de bañarse, pediré que preparen un baño para usted. Ino asintió, encantada al pensar que se metería en la bañera justo después de que Suigetsu la utilizara.
—No creo que necesiten más mis servicios —añadió Mito, al tiempo que tocaba la campanilla para llamar a la doncella.
—Muchas gracias por cuidar de mí. Hay que tener mucho valor para arriesgar la propia salud cuidando la de otras personas.
—Me gusta ayudar. Y he tenido la oportunidad de conocer al doctor Uzumaki. Según los rumores, el señor Hozuki le está construyendo un hospital. Me encantaría poder trabajar allí.
¿Suigetsu estaba construyendo un hospital? Aquel hombre era una fuente inagotable de sorpresas.
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—No sé si podré influir en algo, pero daré buenas referencias de usted.
Mito hizo una reverencia.
—Gracias, su excelencia, es usted muy amable.
Ino no se sentía amable. Estaba deseando que Suigetsu acabara de bañarse. Aunque pensó que él tenía mucha piel por lavar y le pareció comprensible que tardara tanto. Era tan alto como Hoshigaki, pero considerablemente más corpulento; sin embargo, no tenía ni un gramo de grasa.
Tenía un cuerpo estilizado y firme. Ino sólo había visto la figura masculina desnuda en una estatua e incluso entonces el pudor había evitado que se recreara mucho en ella. Le había costado muchísimo apartar los ojos del cuerpo de Suigetsu.
Su doncella llegó en seguida y Mito se fue. Ino no sabía cómo se enteraría Karui de cuándo el aseo quedaría libre. Pero al final retiraron el agua de Suigetsu y prepararon la bañera para Ino. Era un auténtico placer poder sentarse en el agua caliente y dejar que se llevara el dolor de sus músculos. Se sentía muy débil, pero no creía que fuese a recuperar las fuerzas pensando tanto en ello.
En cuanto estuvo vestida, empezó a sentirse un poco más ella misma. Observó su vestido negro en el espejo y, por primera vez desde que enviudó, deseó poder ponerse algo con un poco más de color. El negro no resaltaba sus facciones. Suigetsu tenía razón, pero le dolía que se lo hubiera dicho.
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—¿Le traigo una bandeja? —preguntó Karui.
Ino negó con la cabeza.
—No, prefiero bajar a desayunar al comedor. Tengo bastante hambre. Me temo que me estarías trayendo bandejas toda la mañana.
Además, había llegado el momento de enfrentarse de nuevo al diablo y esperaba poder hacerlo sin imaginárselo desnudo.
A pesar de que su ritual siempre incluía una visita a la habitación de Inojin antes de nada, decidió que primero necesitaba comer. El entusiasmo de su hijo podría tirarla al suelo si no recuperaba primero las fuerzas. Bajó la escalera asiéndose con fuerza al pasamanos; parecía quedarse sin aliento a cada paso. Cuando llegó al vestíbulo, lo único que quería era volver a la cama. Se tomó un momento para armarse de valor; luego se puso bien derecha y entró en el comedor.
La imagen que la recibió le robó las pocas fuerzas que le quedaban. Suigetsu estaba sentado a la cabeza de la mesa, con un chaleco de color azul marino. Por supuesto, estaba repasando su libro, que parecía haberse convertido en su material de lectura preferido. Pero no fue eso lo que la dejó helada.
Fue la imagen de su hijo sentado junto a él. Inojin también tenía un informe con tapas negras junto a su plato, lo cual era un poco extraño, porque aún no sabía leer. Cuando Suigetsu pasaba una hoja de su libro, él pasaba también una del suyo. Era conmovedor y desconcertante a un tiempo.
¿Si su hijo estaba tan dispuesto y encantado de imitar un acto tan inocente, estaría igual de abierto a imitar otros actos no tan inocuos? Ni siquiera estaba segura de que ella misma sirviera como ejemplo de buen comportamiento.
De vez en cuando, se oía un golpe. Las piernas de Inojin eran demasiado cortas para alcanzar el suelo, y él las movía y daba patadas a la silla. Ino estaba asombrada de que a Suigetsu no pareciesen importarle esos constantes golpecitos, especialmente cuando a ella le había dicho que el sonido de sus relojes era insoportable. Jamás habría pensado que fuera un hombre con demasiada paciencia con los niños y, sin embargo, parecía tener mucha; por lo menos con Inojin.
Ino no tenía conciencia de haber hecho ningún ruido, pero de repente, Suigetsu levantó la vista y esbozó aquella traviesa sonrisa que ella había llegado a reconocer como el gesto previo a algún comentario susceptible de encender su furia.
Se puso de pie.
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—Vaya, Ino, qué sorpresa tan agradable.
Después de haber compartido la intimidad de un beso, por no mencionar que lo había visto como vino al mundo, Ino se sorprendió de aquel recibimiento tan caballeroso. ¿Acaso iba a fingir que entre ellos no había ocurrido nada inapropiado?
Antes de que pudiera decidir cómo tomarse aquel giro inesperado, Inojin se levantó de la silla.
—¡Mami!
El niño corrió por el comedor y se lanzó contra sus piernas. Si no la hubiera rodeado con sus bracitos, Ino se podría haber caído al suelo. Pero al hacerlo, la ayudó a mantener el equilibrio.
Se puso de rodillas y lo abrazó. Olía a recién bañado y le dio la sensación de que estaba muy fuerte, o quizá es que ella estaba muy débil. Se apartó un poco de él y lo observó.
—Cielo santo, ¡creo que has crecido!
No tanto en centímetros como en confianza.
Inojin levantó el pulgar.
—Ya no me lo chu-chupo más.
—Entonces, ya eres un chico mayor, ¿verdad?
Él asintió.
—Venga, vamos. Tu mamá necesita comer mucho, mucho.
Ino no se había dado cuenta de que Sugetsu se había acercado, pero de repente tenía su mano bajo el codo y la estaba ayudando a ponerse otra vez de pie.
La estudiaba con aquellos ojos violeta oscuros y ella no estaba segura de que le gustara lo que estaba viendo.
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—¿Por qué no te sientas? Yo te prepararé un plato de comida.
—Siéntate a mi lado —dijo Inojin con entusiasmo.
Antes de que Ino pudiera contestar que lo apropiado era que ella se sentara al otro extremo de la mesa, Suigetsu dijo:
—Ninguna de las personas que hay en esta habitación le da a eso la más mínima importancia.
Oh, pero Ino sí lo hacía. A ella le importaba lo que él pensara. ¿Seguiría sintiendo que le debía algo? ¿O a causa de su enfermedad habría decidido perdonarle la deuda?
Su hijo la cogió de la mano y la acompañó hasta la silla, como si el comentario de Suigetsu hubiera zanjado la cuestión. En cuanto estuvieron sentados, Inojin dijo:
—Estábamos pre-preocupados por ti.
Tal vez Inojin lo estuviera, pero dudaba mucho que Suigetsu se hubiera preocupado en absoluto.
Sin embargo, le apeteció ponerlo en evidencia.
—¿Ah, sí?
El niño asintió.
—Estuvimos sentados junto a tu habitación durante horas y horas. Incluso por las noches.
—¿Estuvimos? ¿Te refieres a ti y al señor Hozuki?
Inojin volvió a asentir, sonrió y susurró:
—Es nuestro secreto.
Cuando el plato apareció frente a Ino, ella se sobresaltó un poco.
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—Es evidente que volví a olvidarme de explicarle qué es un secreto —le dijo Suigetsu en voz baja al oído, provocándole un escalofrío. Se alejó de ella y volvió a su sitio a la cabeza de la mesa—. Me tendrías que haber dicho que no te encontrabas bien antes de desmayarte.
Por lo visto, él pensaba comportarse como si el brandy, el beso y su pequeño encuentro en el cuarto de aseo no hubieran sucedido nunca. Ino haría lo mismo, porque de repente se sentía presa de una mezcla de emociones. ¿Quería o no quería que fuera considerado con ella?
Sinceramente, no lo sabía.
—Pensaba que era por el luto. Aprecio mucho todas las molestias que te has tomado para garantizar mi supervivencia.
—Han sido completamente egoístas, te lo aseguro.
—¿Porque me necesitas para que me encargue de la casa?
—Porque necesito que te cases. Los hombres no suelen mostrarse muy abiertos a la idea de casarse con una mujer que no respira.
Sonaba muy exagerado, pero por lo menos, teniendo en cuenta que seguía pensando en casarla, Ino se convenció de que habría perdido interés en convencerla de que fuese a su cama.
Se debatía entre el alivio y la decepción.
—Tal como ya hemos hablado en anteriores ocasiones, señor Hozuki, lo que usted necesita no es necesariamente lo mismo que yo deseo.
—¿Te he dicho alguna vez que me encantan los desafíos?
Ella lo miró. Los ojos violeta de Suigetsu escondían un alertador brillo mientras decía:
—Tal vez debería esforzarme en conseguir convencerte de que lo que yo necesito es lo que tú deseas.
Ino sintió una punzada de esperanza. Quizá no hubiera perdido el interés, después de todo.
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Ino estaba tumbada en un chaise longue cerca del jardín, mientras observaba cómo Inojin intentaba enseñarle a su perro a coger un palo. Aunque en realidad era la niñera quien lo cogía mientras el perro ignoraba continuamente las órdenes del niño y se limitaba a corretear por la hierba. Era una tarde anormalmente cálida e Ino se sentía estupendamente bien bajo el sol.
Suigetsu se había ido hacía un rato y, aunque normalmente ella empleaba ese tiempo en fingir que la casa era suya, ya no le resultaba tan agradable imaginarlo a él fuera de sus vidas. ¿Seguiría queriendo casarla? ¿O en realidad se esforzaba tanto por parecer despreocupado para protegerse a sí mismo, porque en realidad se preocupaba demasiado?
Aquel hombre era todo un enigma e Ino estaba empezando a pensar que resolver el rompecabezas de Suigetsu Hozuki podría resultar un desafío muy placentero.
Inojin se le acercó corriendo y se dejó caer a su lado, con el cejo fruncido y la mirada seria.
—No quiere hacerlo.
Ella le apartó algunos cabellos rubios de la frente.
—Tal vez sea demasiado joven, Inojin. En realidad, es sólo un cachorrito. Quizá cuando crezca un poco esté más dispuesto a aprender.
—El señor Hozuki podría enseñarle. Él es capaz de hacer cualquier cosa.
—Es un hombre muy ocupado. No creo que tenga tiempo para tu Inuji.
Él asintió lentamente; parecía estar esforzándose por aceptar la verdad de aquellas palabras.
Entonces abrió los ojos de par en par, se puso muy contento y empezó a saltar.
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—¡Has vuelto!
Ino miró por encima de su hombro y vio que Suigetsu se acercaba a ellos. Llevaba tres cajas de madera.
—¿Qué traes? —preguntó Inojin.
—Inojin, es de mala educación preguntar eso —lo regañó Ino.
El niño se tomó unos segundos para parecer arrepentido antes de que una sonrisa volviera a iluminarle el rostro.
—He pensado que como tu madre ya se ha recuperado, deberíamos celebrarlo —dijo Suigetsu, agachándose junto a ella.
Ino se esforzó por mitigar la alegría que sintió al escuchar esas palabras y lo mucho que le gustaba tenerlo cerca. Era muy consciente de su familiar y provocativa fragancia y tuvo que cogerse una mano con la otra y apoyarlas sobre su regazo para evitar alargar el brazo y deslizar los dedos por sus blancos mechones; a pesar de estar tan despeinado como Inojin, estaba muy lejos de parecer infantil. No, no había nada que resultara ni remotamente infantil en Suigetsu Hozuki.
Dejó las cajas sobre su regazo y le dedicó una sonrisa.
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—¿Te importa?
—No, claro que no. —A ella le parecía lamentable disfrutar tanto de cualquier atención que le dedicaba.
Suigetsu llamó a la niñera y, cuando se acercó, dijo:
—Seguro que quieres ver esto.
Moebi se sentó en el suelo, sin importarle en absoluto mancharse la ropa.
Ino no quería ni pensar que tal vez Suigetsu hubiera empezado a interesarse por Moebi mientras ella estaba enferma. Seguro que acostumbraba a cortejar a varias mujeres a la vez. ¿Por qué quería significar más para él de lo que significaba? ¿Sería porque él estaba empezando a significar para ella mucho más que ser el tutor de su hijo?
—¿Sabéis lo que es un caleidoscopio? —preguntó Suigetsu mientras cogía la primera caja de madera.
—No, señor —dijo Inojin, al mismo tiempo que Moebi negaba con la cabeza.
Suigetsu miró a Ino y arqueó una ceja. Ella asintió.
—Aunque en realidad nunca he visto ninguno.
—Entonces, te vas a llevar una sorpresa. —Animó a Inojin a que se pusiera delante de él, dándole la espalda. Pero el pequeño era demasiado curioso y, en cuanto estuvo en su sitio, se dio la vuelta para ver qué ocurría. Suigetsu sonrió divertido, abrió la caja y sacó un cilindro—. Hasta aquí está claro. Ahora tienes que mirar por este lado —dijo, señalando el agujerito—, e ir girando el otro extremo para que lo que estás viendo vaya cambiando.
Guió la mano de Inojin para enseñarle a cogerlo y girarlo. El niño se rió encantado. Dio un brinco.
—Quiero ir a mirar a Inuji.
Suigetsu, riendo de evidente satisfacción al ver la reacción de Inojin, le dio una caja a Moebi.
—Para ti.
La joven sonrió con alegría.
—Vaya, gracias señor. Será mejor que vaya a ver qué hace el joven duque. —Se levantó y corrió tras Inojin, quien, incapaz de conseguir que Inuji se estuviera quieto, había decidido ir a mirar las flores.
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—Me gusta la niñera —dijo Ino en voz baja.
Suigetsu la miró con los ojos brillantes.
—¡Vaya! Eso significa que el infierno estará congelado cuando llegue allí. Y no me gusta mucho el frío...
—Supongo que estás sugiriendo que pensaste que ese abominable lugar se congelaría antes de que yo estuviera de acuerdo contigo en algo.
—Exacto.
—¿Te preocupa acabar allí?
—Preocuparse por cosas que uno no puede cambiar es una pérdida de tiempo.
—Aún no es tarde, ¿sabes? Si a partir de ahora te esforzaras por ser muy, muy bueno...
Él se rió y ella se dio cuenta de que le estaba empezando a gustar la aspereza de aquel sonido, que removía algo en su interior.
—Ser muy, muy bueno me aburriría mortalmente. —Le guiñó un ojo y dio un golpecito en la caja—. Abre la tuya.
Le temblaron un poco las manos de tan nerviosa como se puso al pensar que iba a recibir un regalo. Ahora entendía cómo se había sentido Inojin, y por qué había sido incapaz de estarse quieto. La alegre risa de su hijo resonaba por todo el jardín e Inose preguntó qué maravillas habría encontrado.
—El tuyo es un poco distinto —dijo Suigetsu, deslizando los dedos por el largo y oscuro cilindro de madera. Guió el extremo más largo hacia ella—. Está hecho con trocitos de cristales de colores, pero la mayoría son rojos y violeta. Cuando lo hagas girar, conseguirás formar distintas imágenes.
Cuando Ino lo levantó para mirar a través del agujerito, él le pasó un brazo por encima del hombro y posó una mano sobre la que ella tenía en la parte giratoria, como si necesitara ayuda para hacer algo tan sencillo. Una semana atrás, tal vez lo hubiera apartado. Ahora acogía su cercanía como si fuera una manta en una fría noche de invierno.
La mejilla de Suigetsu casi rozaba la suya; parecía creer que si se acercaba lo suficiente podría llegar a ver lo que estaba viendo.
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—¿Te gusta? —le preguntó en voz baja.
Ino no estaba segura de si se estaba refiriendo al caleidoscopio o a la forma en que prácticamente la estaba abrazando. En ambos casos, la respuesta era la misma.
—Mucho.
Cuando volvió la cabeza, se dio cuenta de que sus labios estaban a escasos centímetros de los de Suigetsu. Teniendo en cuenta la locura que los había poseído la última vez que se besaron, ella pensó que era más prudente no acortar esa distancia.
—¿Quieres echar un vistazo?
La mirada de Suigetsu se posó en sus labios antes de inclinarse un poco hacia adelante en dirección al caleidoscopio. Seguía teniendo la mano sobre la suya y se lo acercó al ojo.
—Estos colores me recuerdan a ti —murmuró él—. Fogosos, apasionados... Cada giro revela una nueva faceta.
—No creo que yo sea tan interesante.
Él se echó hacia atrás.
—Entonces no te das cuenta de tus virtudes. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás lo suficientemente bien como para dar un paseo por el jardín?
—¿Contigo?
Suigetsu la observó. No estaba seguro de que ella acogiese su compañía con agrado, pero necesitaba respuesta a algunas preguntas y el jardín parecía el mejor lugar para ello. Esperaba que sus regalos la hubieran hecho bajar la guardia.
—Sí, te prometo que haré gala del mejor de los comportamientos.
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Y así sería. Él se sintió muy mal cuando Ino se puso enferma. Al principio se preguntó si lo que había hecho él la noche anterior a que se desmayara, tentarla con brandy y luego darle un beso, el recuerdo del cual aún tenía el poder de hacer reaccionar a su cuerpo, habrían tenido alguna incidencia sobre su salud. No se lo podía preguntar al doctor Uzumaki sin explicarle lo que había hecho. No estaba avergonzado, pero no era un hombre que acostumbrara a contarle a nadie sus intimidades.
—Como deferencia a tu reciente enfermedad, prometo que el mejor de mis comportamientos será bueno. Estaba pensando que no te vendría mal tenerme cerca por si te vuelves a desmayar.
—No creo que vaya a hacerlo. Sin embargo, estaré encantada de pasear en tu compañía.
Palabras que Suigetsu jamás pensó que le oiría. No estaba seguro de lo que pensaba sobre su nueva camaradería. Sólo sabía que las cosas habían cambiado entre los dos. Aunque no sabía si se debía al beso, a la enfermedad o, sencillamente, a la aceptación de que ahora el uno formaba parte de la vida del otro. Seguía queriendo que Ino se casara, pero también seguía deseando casi de forma incontrolable tenerla en su cama.
Mientras ella guardaba el caleidoscopio, él se puso en pie. Cuando estuvo preparada, Suigetsu la ayudó a levantarse y, en cuanto estuvo de pie, le soltó la mano. Abrazarla no lo ayudaría a conseguir lo que necesitaba en ese momento.
—¿Ya has visto todo tu jardín? —preguntó Ino.
Era la primera vez que se refería a alguna parte de la casa como si realmente perteneciese a Suigetsu. Por fin parecía haber comprendido que todo era de él y se preguntó si ella habría aceptado las condiciones del testamento.
—En realidad, sí —contestó—. Me gustan mucho los jardines.
—Yo habría afirmado que los considerarías frívolos.
La acompañó hacia el estrecho y serpenteante camino empedrado que los alejaría del lugar donde Moeby e Inojin seguían explorando sus nuevos juguetes. Allí había abundantes setos y flores que proporcionaban cierta sensación de privacidad.
—Yo crecí en las calles, que están sucias y llenas de gente, allí no hay nada que se parezca en absoluto a prados verdes, ni se ven los colores vibrantes ni se huelen las agradables fragancias de un jardín. Así que sí, me gustan mucho los jardines. Además, mi madre vendía flores, así que estar cerca de ellas me la suele recordar.
—Qué extraño, jamás he pensado que tuvieras madre.
—Por muy sorprendente que resulte, hasta el hijo de Satanás debe de tener una madre.
Ella volvió la cabeza para mirarlo.
—A veces tienes tan mala opinión de ti mismo que me sorprende.
Él le sonrió.
—¿Por qué crees que yo pueda considerar una desventaja estar emparentado con el diablo?
Ino puso los ojos en blanco.
—Ya me imagino que no. Que Dios bendiga a tu madre por soportarte.
—En realidad no lo hizo. No durante mucho tiempo, al menos. Me vendió cuando yo tenía cinco años.
La compasión y el horror asomaron a los ojos de Ino y él se maldijo que haberle revelado esa información tan personal. No sabía en qué estaba pensando para haber confesado aquello. Sólo se lo había explicado a Sasuke. Y, por supuesto, Orochimaru también lo sabía. Orochimaru lo sabía todo.
—No me mires así, Ino. Eso fue hace mucho tiempo.
—¿Por qué haría una cosa así?
—No lo sé. Estoy seguro de que hice algo que la disgustó.
—No me imagino que pudieras hacer algo que provocara que ella reaccionara de esa forma tan cruel.
—Bueno, sí, supongo que hay muchas cosas que tú no puedes imaginar. El mundo del que yo provengo es muy distinto de éste.
—¿A quién te vendió?
—Eso ya no importa.
—Estoy segura de que no entendiste bien sus intenciones.
—Es muy difícil no entender algo cuando un saquito con las monedas cambia de manos frente a tus ojos. —Suigetsu estaba empezando a ponerse a la defensiva—. Cambiemos de tema, ¿quieres?
—Sí, claro, no pretendía remover tu doloroso pasado.
Suigetsu se maldijo de nuevo interiormente por haberle contado tanto. ¿En qué estaba pensando para hacer algo tan estúpido?
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—Me han dicho que le estás construyendo un hospital al doctor Uzumaki. Eres mucho más caritativo de lo que imaginaba —dijo ella.
—No lo soy. Perdí una apuesta.
Ino abrió los ojos como platos.
—¿Apostaste que le construirías un hospital?
Él se encogió de hombros.
—¿Y qué te iba a construir él a ti?
—Una taberna.
Ella se rió.
—Por supuesto. ¿Cuál era la apuesta?
—Sasuke, lord Uchiha, siempre había querido a Karin. Yo sabía que quería casarse con ella. Una noche, el doctor Uzumaki mencionó que apostaba a que Sasuke se casaría con lady Hinata Hyuga. Y yo, que siempre estoy dispuesto a ganar un poco de dinero fácil, le dije que aceptaba la apuesta. Sasuke se casó con Hinata tres semanas después. Ahora estoy obligado a construirle ese hospital.
—¿Cómo lo sabía?
Suigetsu se volvió a encoger de hombros.
—Todos los niños que nos criamos bajo la tutela de Orochimaru tenemos mucha habilidad para la deducción. En este caso, Uzumaki fue más hábil que yo.
—Disculpa, ¿quién es Orochimaru?
—Era el mentor que dirigía nuestra pandilla de niños ladrones.
—¿Uchiha era uno de esos niños? —preguntó Ino.
Él asintió.
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—Y también Uzumaki, no Tenpi y Karin.
—La noche que nos conocimos, dijiste que tú respetabas a pocas personas...
—Ellos son esos pocos. A pesar de sus inicios, han conseguido abrirse camino.
—Igual que tú.
—No me ha ido mal.
Estaban paseando por una zona del jardín donde los floridos rosales cubrían la cerca. La gran abundancia de rosas desprendía una fragancia tan abrumadora que Sugetsu ya no podía disfrutar del perfume de Ino. También estaban fuera del alcance de los oídos de cualquier persona, estuviera ésta dentro o fuera de la casa.
Mientras caminaban, él miraba a Ino con el rabillo del ojo y esperó pacientemente a que ella dejara de pensar en él. La vio dejar de fruncir el cejo. Sus ojos adquirieron un suave brillo y en sus labios se dibujó una débil sonrisa mientras contemplaba las maravillas del jardín.
—Y dime... ¿Por qué mataste a tu marido?
Ino se detuvo y lo miró fijamente. Estaba convencida de que no lo había oído bien.
Él esbozó una indulgente sonrisa.
—Lo dijiste cuando estabas con fiebre.
De repente empezó a sentir náuseas.
—¿Quién lo oyó?
—Sólo yo.
El jardín empezó a girar a su alrededor. No estaba caminando, pero Ino dio un traspié. Suigetsu la cogió del codo.
—Ven. Siéntate aquí —le dijo, acompañándola hacia el banco de hierro forjado que ella misma había mandado poner allí. Normalmente, le proporcionaba una gran paz y alegría sentarse en él.
Ino se dejó caer sobre el banco. Era pequeño y, por extraño que pareciera, quería que Suigetsu se sentara a su lado y la abrazara. En vez de eso se agachó frente a ella de la misma forma en que lo había hecho el inspector no Tenpi; parecía que aquella postura tuviera el poder de provocar confesiones.
—¿Estabas delirando cuando lo dijiste? —preguntó él.
Suigetsu le estaba ofreciendo una sencilla forma de escapar de aquel aprieto y, si el peso de todo el asunto no la siguiera atenazando, quizá la habría aprovechado. Pero no se lo había dicho a nadie y era muy difícil, tan difícil, vivir con ello... Parpadeó para contener las lágrimas que le quemaban los ojos y negó con la cabeza.
—Cuéntamelo —la instó él con delicadeza.
—Creerás que soy espantosa.
Suigetsu se metió la mano en el bolsillo, sacó un pañuelo y se lo tendió.
—Soy muchas cosas, muñeca, pero no soy ningún hipócrita. He hecho cosas mucho peores de las que habrás hecho tú.
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Ella cogió el pañuelo, se secó las lágrimas y sorbió por la nariz.
—Me llamaste así cuando estaba enferma.
—Me pareció un buen momento para hacerlo.
Ella tragó con fuerza y volvió a sorber por la nariz.
—Nadie me ha llamado de otra forma que no sea Olivia, por lo menos cuando me han llamado por mi nombre. Me han llamado «su excelencia», claro, y «duquesa», pero nunca «Muñeca». Me gusta mucho... Estoy divagando.
La mirada de Suigetsu era muy penetrante y ella tuvo la sensación de que él podía ver el interior de su corazón.
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—Por si te resulta más sencillo, déjame decirte que no he creído ni por un momento que lo asesinaras, en cualquier caso, no con premeditación.
—Pero está muerto por mi culpa.
—¿Cómo puede ser eso?
Ino apretó el pañuelo y luego lo alisó.
—Íbamos a ir a una cena. Inojin parecía estar especialmente inquieto, así que yo me había tomado un poco más de tiempo para arreglarme, para ver si en ese rato se tranquilizaba, por lo que nos estábamos retrasando. Hoshigaki dijo que resultaba difícil de creer que yo perdiera tantísimo tiempo, con lo obsesionada que estaba con los relojes.
Él no acostumbraba a decir cosas desagradables y sus palabras no me sentaron bien.
Le dolía incluso recordarlas. Los relojes siempre habían sido para él. Sonreía cuando ella le regalaba alguno y le decía:
—Ahora tengo más tiempo.
Pero no lo tenía. No había tenido el suficiente.
—Ahora entiendo perfectamente que lo asesinaras —dijo Jack.
Ella frunció el cejo.
—No te rías de mi dolor.
Suigetsu cambió de postura.
—Es que me molesta. No me gusta verte sufrir.
—¿Quién iba a pensar que eso te importaría? Creo que hay una faceta muy desconocida de ti que sólo compartes con unos cuantos.
—No la comparto con nadie.
Suigetsu entrelazó las manos con fuerza. Ino vio la tirantez de la piel de sus nudillos y se preguntó si se estaría esforzando por no tocarla. Por lo visto, cuando la situación lo requería, los dos podían ser extremadamente fuertes.
En aquel momento no había nada que ella deseara más que dejarse abrazar por Suigetsu, pero éste se mantuvo distante.
—Así que llegabais tarde... —le instó él.
Ino asintió.
—Bajábamos la escalera a toda prisa y en ese momento me pareció oír llorar a Henry. Me di media vuelta para ir a ver qué le pasaba y Hoshigaki me agarró del brazo. Me dijo que no lo hiciera. Que el niño estaba bien. Pero yo seguía enfadada por el estúpido comentario que había hecho sobre los relojes, así que estiré del brazo para que me soltara, y cuando lo hice...
Oh, Dios, podía verlo con tanta claridad... Cada segundo pareció durar eternamente. La sorpresa en el rostro de su marido. Sus brazos agitándose. Su pie tanteando el escalón que esperaba encontrar allí, buscando el equilibrio... sin encontrarlo.
—Se cayó de espaldas. Yo intenté cogerlo, pero ya estaba cayendo y oí aquel terrible sonido, como si se rompiera un huevo gigante... Y entonces se quedó allí, inmóvil.
De repente, Suigetsu parecía borroso e Ino se dio cuenta de que lo estaba mirando a través de un velo de lágrimas.
—Así que, como ves, fue culpa mía.
Él consiguió arrancarle el pañuelo de las manos y, con mucha ternura, con mucha más ternura de la que ella jamás creyó que pudiera poseer, le secó las lágrimas.
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—No fue culpa tuya —dijo Suigetsu muy despacio—. Fue un accidente.
—Fue tan absurdo. Él ni siquiera quería ir a esa cena, pero era con la Hokage. Celebraba el éxito de la Gran Exposición. Tú probablemente no lo sepas, pero nadie rechaza una invitación de la hokage.
A través del torrente de lágrimas Ino vio que él esbozaba media sonrisa.
—Mucho me temo que nunca necesitaré saber nada acerca de las normas de etiqueta relativas a la realeza.
Ella soltó una pequeña carcajada y le dio hipo.
—Probablemente no. —El hipo otra vez—. ¿Quieres escuchar algo absurdo?
—No me importaría reírme un poco.
Como Suigetsu había dejado de secarle las lágrimas, ella cogió el pañuelo y se secó las que quedaban.
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—Ahora parece una tontería, pero cuando se leyó el testamento, pensé que tú eras mi castigo.
Pensé que tal vez Hoshigaki sabía que yo acabaría siendo la causa de su muerte y por eso había redactado aquel ridículo testamento para castigarme.
—Entiendo que te sintieras así.
—Es que fue algo tan inesperado... No quiero que parezca que no le agradezco lo que me legó, pero yo siempre había tenido la esperanza de que me dejaría la casa. Ya sé que es muy grande para una viuda, pero cuando vine a vivir aquí era tan sombría... Él nunca dejaba que entrara la luz. Sólo tenía una cuarta parte de los sirvientes que necesitaba. Todo el resto de la casa estaba desatendido. Yo lo cambié todo. Para ser sincera, me tomé como una traición que te la dejara a ti y, además, te nombrara a ti, un conocido libertino, tutor de nuestro precioso hijo. Sencillamente, fue demasiado. Me temo que pagué contigo mi decepción y mis frustraciones. Lo siento mucho.
—Te disculpas demasiado, Muñeca. Tenías todo el derecho del mundo a estar enfadada. Mi reacción tampoco fue precisamente buena.
—Es que no sé en qué estaba pensando Hoshigaki. Supongo que nunca lo sabremos. — Suspiró—. Le echo de menos, pero no tanto como probablemente debería. Yo estaba muy sola. Aveces desearía no haber sido tan buena hija. Desearía haberme rebelado y haberme fugado con elhombre que yo hubiera elegido. Con el jardinero tal vez.
—¿Estabas enamorada del jardinero?
Ella se rió porque, de repente, él parecía estar escandalizado. Jamás se habría imaginado a Suigetsu escandalizándose ante nada.
—Sólo estaba poniendo un ejemplo ridículo. En realidad, nunca hubo nadie especial. — Entrelazó las manos y se las miró—. Por cierto, tenías razón: Hoshigaki era muy minucioso entodo lo que hacía. Pero no me arrepiento de haberme casado con él. Cuando miro a Inojin, mesiento agradecida. Sólo desearía no haberlo matado.
—No lo hiciste. Lo que le mató fue su propia torpeza.
Ella negó con la cabeza.
—Siempre me sentiré culpable. Si le hubiera querido más o no hubiese mimado tanto a Inojin... Ya sé que lo mimo. Pero es que tengo que volcar mi amor en algún sitio.
—Si te hace sentir un poco mejor —dijo él en voz baja—, sospecho que, basándonos en lo que ahora sabemos sobre Izumi, seguro que sí oíste llorar a Inojin.
Si pensaba que eso iba a hacerla sentir mejor...
—Estás intentando absolverme de mi culpa, y te lo agradezco sinceramente, pero por desgracia, eso sólo sirve para demostrar que además de una terrible esposa, también soy una madre espantosa.
—No puedes culparte por no saber lo de Izumi. Las personas a las que les gusta lastimar a los niños tienen mucha habilidad para esconderlo.
—¿La persona que te lastimó a ti lo escondía?
—Sí, creo que sí.
Ino no intentó presionarlo para que le contara más detalles, aunque se moría de ganas de saberlo absolutamente todo sobre él. Se secó las lágrimas por última vez antes de devolverle el pañuelo.
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—¿Se lo vas a contar a tu amigo de Scotland Yard?
—Tú no le mataste, Muñeca. Si quieres, podemos pedirle a Jugo que nos dé su opinión, pero te dirá exactamente lo mismo que yo.
Ino se levantó muy despacio.
—Dicen que confesar es bueno para el alma. La verdad es que me siento un poco mejor. Gracias..., Suigetsu.
—Ha sido un placer, Muñeca.
Él no hizo ningún ademán de volver a la casa. Su mirada se deslizó hasta los labios de ella, que se preguntó si estaría pensando en otros placeres.
—Cuando entraste en el cuarto de aseo... —empezó a decir él.
—No sabía que estabas dentro —lo interrumpió ella, ansiosa por detenerlo antes de que hablara demasiado.
—Pensé que tal vez venías a pagarme lo que me debes.
—No creo que te deba nada. —Ino se había quedado sin aliento y empezaba a tener calor de nuevo—. Tú aceptaste mi desafío con todas las limitaciones.
—Entonces, ¿volvemos a estar en paz?
—Parece ser que así es.
Él le dedicó una seductora sonrisa.
—Es raro que no lo parezca.
Antes de que ella pudiera rebatir su afirmación, Suigetsu le tendió el brazo. Ino se dio cuenta de que le estaba ofreciendo una tregua.
Mientras volvían a la casa, cayó en la cuenta de que cuanto más tiempo pasaba en su compañía, más peligroso era para su corazón.
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