NUEVOS HORIZONTES
Capítulo 03: Vorágine
El plan de huida de los hermanos tuvo que esperar durante una semana. Una semana durante la cual, para la una fue de una manera y para el otro, de otra manera. Por su parte, Alfred continuó siendo usado como esclavo (así lo llamaba él) por Arthur, quien le mandó numerosas tareas entre las cuales se encontraba limpiar, otra vez, toda la cubierta. Sin embargo, el chico no tardó en hacer buenas migas con sus compañeros, y en una semana ya se conocía a casi toda la tripulación, con la que se lleva bastante bien, lo cual le sorprendía. Pensaba que todos los piratas serían unos desgraciados que le tratarían cruelmente.
Entre sus nuevos amigos se encontraba Toris, quien le salvaba de las bromas pesabas de Feliks y le daba conversación cuando estaba aburrido.
No fue ese el caso de Feliks. No logrando acostumbrarse a su humor negro, Alfred decidió no entablar mucha relación con el rubio. Hablaban lo justo y necesario, siendo Toris el único puente entre ambos.
A pesar de ser bastante callado, Kiku fue otro de los miembros de la tripulación con quienes Alfred se hizo cercano en un abrir y cerrar de ojos. Tenía un par de hermanos, Yao y Xiang, que también estaban en el barco, pero Alfred apenas hablaba con ellos.
Mathias, su compañero de camarote, se convirtió rápidamente en su mejor amigo ya que eran bastante similares. Básicamente le ayudaba a sobrevivir en el barco y le aconsejaba sobre todo en general.
Sin embargo, Alfred nunca le contó a nadie sobre sus planes de huida.
Por otra parte, estaba Madeleine. La joven se había pasado la semana pegada a Elizabeta, quien le había contado todo sobre el barco y las personas que estaban en él. También conoció a más gente que Eli le presentó y con quien trató a menudo, como era el caso de Xiang, el chico de las cocinas. Se encargaba de cocinar y estar al tanto de las reservas de víveres. Era el hermano del joven al que Madeleine saludó el primer día y de quien no obtuvo ninguna respuesta. Por supuesto, también estaba Francis. Desde el primer día se había interesado por Madeleine. Por cómo se encontraba, si se sentía mal, si necesitaba más ropa o lo que fuese. La trataba como si la conociese de toda la vida y fuesen amigos, compartiendo bromas y tonterías varias.
Aquella mañana, los rayos de sol que se colaban por el ojo de buey fueron los encargados de sacar a la joven de los brazos de Morfeo. Con un bostezo, Madeleine abrió con cansancio los ojos, preparada para afrontar un nuevo día en el barco. Lo primero que vio fue a Elizabeta, dando la espalda a la pared, rebuscar silenciosamente en el pequeño armario. Al escuchar que la otra empezaba a moverse en la cama, Elizabeta se giró.
—¿Ya estás despierta?
Madeleine asintió, restregándose una mano por los ojos.
—Estoy muy cansada—murmuró Madeleine, cerrando los ojos, intentando volverse a dormir.
—No remolonees—dijo Elizabeta, acercándose a la otra chica y comenzando a zarandearla del hombro—. No olvides que hoy es el día que desembarcamos.
Al escuchar eso, Madeleine, abrió los ojos y se incorporó, como impulsada por un resorte. Sin embargo, no contó con que el techo estaría tan bajo, lo que acabó ocasionando que se llevase un golpe en la cabeza, no muy flojo.
—¿Estás bien?—preguntó Elizabeta, disimulando una pequeña risa en una tosecilla, acercándose a la chica.
—Sí, sí—respondió Madeleine, sobándose el lugar en el que se había llevado el golpe.
—Veo que estás realmente emocionada por poner pies en tierra—sonrió la castaña.
—Sí. La verdad es que después de una semana entera aquí en alta mar, echo de menos pisar tierra firme.
Madeleine le devolvió la sonrisa, aunque su motivo era diferente. Atracar significaba, para ella y su hermano, huir y dejar atrás ese barco. No era que no le cayesen bien algunos de los miembros de la tripulación. De hecho, ella se llevaba bien con casi todos, al igual que su hermano. Pero estaba el Capitán, y era un hecho que quería hacerle la vida imposible a Alfred.
Después de haberse aseado y cambiado de vestido, Madeleine subió hacia el comedor junto con Elizabeta, donde ya había algunos desayunando, entre los que se encontraban su propio hermano y Mathias, con quien Alfred había hecho muy buenas migas. También estaba Yao, hablando con sus dos hermanos en voz baja.
—Buenos días, Maddie.
La chica miró a su hermano, quien le sonreía desde el otro extremo de la mesa, con una mano levantada. Le devolvió el saludo y se sentó junto a Elizabeta, quien le puso delante un bol con gachas para desayunar. Ya era el quinto día por lo menos que desayunaban lo mismo. No podía quejarse, por lo que tomó el bol y la cuchara de palo que la chica le dio, y comenzó a comer.
Pronto comenzó a verse incluida en una conversación entre Elizabeta y Yao, que discutían los planes del día. Estaban a pocas millas de la Isla de Tortuga, donde desembarcarían en pocas horas.
—Alguien tiene que ayudarme a traer toda la comida al barco—decía el asiático.
—Puedes pedirle ayuda a tu hermano, aunque ya sabes que puedes contar conmigo y Madeleine.
La chica levantó las cejas al escuchar su nombre y se giró a Elizabeta, sin no tener mucha idea de que hablaban.
—¿A que sí, Maddie?—le sonrió la de ojos verdes.
—Eh… ¿sí?
—¿Ves?—dijo, girándose a Yao, Elizabeta—. Ya somos dos las que te ayudamos.
¿Ayudarle? ¿En qué? No sabía en qué marrón se había metido, pero Madeleine decidió que era demasiado temprano como para pelear por algo de lo que realmente no tenía ni idea. Ya se enteraría más tarde.
Por su parte, Alfred, quien ya había terminado de desayunar, se levantaba de la mesa junto con Mathias. Ambos muchachos dejaron los boles encima de la mesa y se dirigieron hacia la cubierta, donde apenas había movimiento a esas horas, y se sentaron en un extremo, cerca de la proa.
—Qué buen día hace—comentó Mathias, estirándose.
—Dejará de serlo cuando Arthur haga acto de presencia—rió Alfred, sarcástico.
—Si tienes suerte, quizás hoy no repare mucho en ti. Vamos a estar todo el día en la isla. Seguramente te deje hoy libre y puedas hacer lo que quieras.
—Eso espero—murmuró el chico, pensando para sus adentros que le daba igual lo que Arthur le dijera. Ese día pensaba escaparse, y nada ni nadie podría interponerse en su camino.
—De todas formas, siempre puedes escaquearte—sonrió Mathias con picardía—. Ven conmigo. Te enseñaré los mejores tabernas de la isla y te contaré la historia de Arthur. De por qué se comporta así y es como es…
—La verdad, Mathias, me encantaría, pero ¿sabes? Había pensado en pasar el día con mi hermana. Después de todo, somos forasteros por aquí y no me agrada la idea de que estemos separados en una isla pirata.
—Bueno, en eso tienes razón. Pero si va con Eli, no tienes nada que temer. Te aseguro que con ella, Madeleine está segura.
Mathias lo dijo con tono solemne, lo cual era raro en él. Eso le sacó una pequeña sonrisa a Alfred. La verdad era que nunca había pensado que un pirata podría caerle tan bien. Aunque también era cierto que solía caerle bien la gente, por lo que no había mucho por lo que extrañarse…
En ese momento, apareció por las escaleras el Capitán seguido de un par de hombres. Al ver a Mathias y a Alfred sentados, Arthur se quedó mirando durante unos momentos al segundo, antes de girar la cara y seguir su camino hacia el extremo contrario de la cubierta. Alfred se quedó petrificado cuando el de ojos verdes clavó su fiera mirada en él, temiéndose que le pusiera alguna tarea solo por joderle la mañana.
—Vaya. Parece que hoy tiene mala cara—murmuró Mathias, quien había estado observando también al capitán.
—Pero si siempre tiene esa cara.
—No… créeme, cuando llevas tiempo aquí empiezas a darte cuenta de que Arthur tiene diferentes caras―al escucharse decir eso, Mathias estalló en carcajadas que no tardaron en ser contagiadas a Alfred ―. Vale, en mi cabeza eso sonaba menos raro. Como sea, conozco a Arthur y hoy parece haberse levantado con el pie izquierdo.
—Bueno. Al menos por ahora no me ha amargado lo que llevamos de día—repuso Alfred encogiéndose de hombros.
Durante las dos horas siguientes, Alfred estuvo junto a Mathias, ambos hablando sobre la isla que iba a ser su próximo destino. Por lo que Mathias decía, Alfred dedujo que escapar junto a su hermana de una isla atestada de piratas iba a ser complicado. Además, ¿a dónde iban a ir? ¿Y si les secuestraban otros piratas, no tan amistosos como los de La Perla? Sólo eso les faltaba. Decidió que lo mejor sería buscar a su hermana cuanto antes y modificar el plan.
—Hey, Maddie.
La encontró junto a Elizabeta, de quien se había hecho inseparable, a punto de entrar en el camarote que ambas compartían.
—¿Qué pasa, Al?—preguntó la chica, mirándole con suspicacia.
—¿Podemos hablar? En privado—se apresuró a añadir al ver que Elizabeta se había quedado detrás de Madeleine, sin moverse, escuchando la conversación.
—Claro.
Nada más oír la respuesta de su hermana, Alfred la tomó del brazo y se la llevó hacia su propio camarote que compartía con Mathias, el cual estaba vacío en esos momentos.
—¿Qué pasa?—preguntó Madeleine apurada, al ver cómo se comportaba su hermano. ¿Les habrían descubierto o algo por el estilo?
Alfred cerró la puerta y se apoyó contra ella.
—Mira—empezó Alfred, hablando en susurros—. He estado hablando con Mathias sobre la isla esta a la que vamos y resulta que está llena de piratas.
Madeleine rodó los ojos, siendo eso lo último que Alfred se esperaba.
—¿Sabes que si no lo fuera no iríamos allí, verdad?
Alfred frunció el ceño, manteniéndose unos segundos en silencio.
—A ver, creo que no me he explicado bien.
—Nunca lo haces.
—Sh. Me refiero a que sí, contaba con que habría piratas. Pero no tantos como creía.
Madeleine se mordió el labio, nerviosa.
—¿Y… qué vamos a hacer entonces?
—No lo sé. Por eso quería hablar contigo—dijo Alfred, apretando los ojos—. No sabemos cuándo volveremos a pisar tierra de nuevo, así que habría que aprovechar esta oportunidad. Pero por otra parte, ¿y si nos capturan otros piratas?
—Tienes razón…—suspiró Madeleine, derrotada—. Mira, creo que lo mejor será abortar el plan. Además, ¿a dónde vamos a ir? ¿Conoces la isla y sus alrededores? ¿Sabrías qué hacer para volver a Londres? Porque desde luego, yo no.
Alfred se cruzó de brazos.
—Pues yo tampoco. Entonces… ¿Nos olvidamos de huir, y ya?
Madeleine asintió lentamente, como si no estuviera segura de su decisión.
—Está bien.
Alfred asintió también, conforme con la decisión final.
—¿Y qué hacemos entonces?—Preguntó de nuevo el muchacho, quien definitivamente quería salir de ese barco cuanto antes.
—Pues… supongo que esperar. No sé, yo estoy bien aquí, realmente.
—Sí, a ti te tratan como a una princesa y es más que obvio que no te quieres ir. Pero a mí me llevan tratando como a un esclavo desde que llegamos y no pienso seguir soportando esto durante mucho más—sentenció el joven frunciendo el ceño, cabreado.
—¿Y qué piensas hacer para cambiarlo?
Tanto Alfred como Madeleine se quedaron congelados. La chica vio que, tras su hermano, se encontraba el Capitán, apoyado en el marco de la puerta. Estaba cruzado de brazos y sonreía altivamente, mirando a Alfred. Este tragó saliva forzosamente y, aunque jamás lo admitiría, sintió miedo. Lentamente se giró hasta quedar cara a cara con Arthur, pálido. Quiso abrir la boca para decir algo pero tantas preguntas se agolpaban en su mente que no supo cuál hacer primero.
—T-Tú…—fue lo único a lo que atinó a decir.
—Yo, sí—respondió Arthur, quien parecía divertirse con la situación—. Dime, Alfred, ¿qué vas a hacer para dejar de soportar esto?
Alfred se quedó sin palabras, realmente asustado. Le habían contado durante los días que llevaba en el barco mucho sobre Arthur y su extraña personalidad, y sabía que era un sádico que estaba disfrutando con eso. Lo que temía era lo que pudiera hacerle después de haber escuchado la conversación con su hermana. Y lo que era peor… ¿desde cuándo llevaba escuchando?
—¿Desde cuándo…?—
—¿Llevo aquí? Más o menos desde que dejaste mal cerrada la puerta—repuso Arthur encogiéndose de hombros—. Os vi entrar y me dio curiosidad―Alfred apretó los puños, sintiendo rabia―. Después de todo es mi barco, ¿no?
—Veo que no te enseñaron lo que es la privacidad—escupió Alfred, en un arranque de valentía.
Arthur alzó una ceja, sorprendido con el cambio de humor del chico.
—Y a ti a lo que es la discreción.
Madeleine, quien se encontraba justo detrás de Alfred, había empezado a temblar. También ella conocía al Capitán, por lo que Elizabeta y Francis le habían contado, y sabía que estaban en una encrucijada en esos momentos. ¿Y si los tiraban por la borda, acusados de traición? O peor aún, ¿y si los mataba Arthur allí mismo?
La sonrisa de Arthur se acentuó más. Alfred se tensó, preparado para cualquier movimiento por parte del Capitán, poniendo un brazo hacia atrás, en un intento de proteger a su hermana en el caso de que Arthur se lanzase contra ellos. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio que el hombre delante de ellos estallaba en carcajadas. Madeleine y Alfred se echaron una rápida mirada, tomados por sorpresa. ¿Cómo se suponía que debían reaccionar ante… eso?
—Emmm—murmuró Alfred, sin despegar la mirada del capitán, cuyas risas estaban cesando ya—. ¿Qué pasa? ¿Se supone que debemos reírnos también?
Arthur no respondió, secándose una lágrima que se le había escapado de la risa.
—Anda, chico, de la que te has librado hoy—dijo entonces el de ojos verdes, mirando a Alfred, quien volvió a tensarse automáticamente al ver cómo Arthur volvía a sonreír de esa manera tan suya—. Por que hoy vamos a la isla a emborracharnos y a celebrar nuestro último motín, que si no sí que te arrepentirías de lo que has dicho.
Alfred no supo qué responder a eso, por lo que se mantuvo callado.
—Ven conmigo arriba. Hay algunas cosas en las que tienes que ayudar.
Arthur salió al pasillo, y Alfred miró a su hermana rodando los ojos.
—¿Ves? Siempre me tienen de esclavo. Aunque a ver cómo acabo hoy con este Arthur tan raro—susurró antes de salir, siguiendo al capitán, dejando atrás a una anonadada Madeleine.
A la chica le costó unos momentos asimilar lo que había pasado. Por poco los mataron por descubrir su plan de huida pero en el último momento todo había cambiado radicalmente…
Sin saber a qué atenerse, Madeleine fue en busca de Elizabeta, aunque no la encontró por ningún lado. Al final acabó subiendo resignada a la cubierta, donde no había muchas personas en esos momentos. Se puso a mirar a su alrededor y divisó tierra, aunque muy lejana a ellos. Se quedó un rato ahí, observando al horizonte sin tener nada mejor que hacer, hasta que una voz se le unió.
—¿Lo pasas bien, ma petite?
Francis se encontraba junto a ella, sonriéndole con ternura, como siempre.
—S-Sí. Bueno, en realidad he venido aquí porque no encontraba a Eli.
—Mm… debe de estar ayudando a Arthur abajo—murmuró Francis, mesándose la barbilla.
—¿Desde cuándo estás aquí?—preguntó la chica avergonzada, cambiando de tema.
—No mucho, en realidad—rio Francis—. Te he visto aquí sola y me he acercado sin hacer ruido. ¿Cómo estás? ¿Tienes ganas de volver a pisar un suelo firme?
—En parte sí, pero…
—¿Pero..?
—No sé si sea buena idea bajarme del barco.
Francis alzó una ceja.
—¿Y eso?
Madeleine agachó la mirada, sintiéndose de repente incómoda.
—No sé si sea bueno que esté en una isla llena de piratas. No creo que todos sean tan simpáticos como tú—dijo con dificultades, sonrojándose.
Francis no pudo más que reírse, halagado.
—Me alegro de que te parezca tan simpático… Aunque en lo que dices no te falta verdad. La mayor parte de los piratas, en general, son como Arthur… Fríos y sangrientos. Aunque algunos suelen tratar a las mujeres bien. En la isla hay mujeres, ¿sabes? Mujeres que están ahí voluntariamente.
Madeleine alzó la mirada encontrándose con la azulada de Francis. Se dio cuenta de que las mujeres a las que se refería Francis eran, con seguridad, meretrices. El tipo de mujeres que su padre tanto repudiaba…
—¿Sabes? Haz lo que quieras. Si no quieres, no bajes del barco. Siempre hay alguien que se queda. Normalmente es Kiku. ¿Quieres quedarte con él?—preguntó Francis amablemente, girando sobre su eje, buscando al japonés entre las pocas personas que había en la cubierta. Al no encontrarle se giró de nuevo hacia Madeleine.
—Bueno, en parte me gustaría bajar. De hecho, Eli quiere llevarme a comprar nueva ropa, ya que la mía se perdió con el naufragio.
—¡Es verdad! Bueno, pues entonces no creo que te pase nada si vas con Eli. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que esa mujer es un hueso difícil de roer.
Madeleine asintió, sonriendo.
Sí, bien era cierto que Eli había demostrado ser bastante fuerte y respetable. No sabía su historia, ni por lo que había tenido que pasar para llegar a tener el estatus que tenía, pero Madeleine la admiraba. Eli le había contado otras cosas, relacionadas con el porqué de hacerse pirata, que le habían hecho replantearse algunas cosas…
—¿Francis?—preguntó la joven, al cabo de estar ambos en silencio.
—¿Sí?
—¿Es cierto que la isla está llena de piratas?
—No. Toda no. Pero la parte a la que vamos sí. Aunque tú irás con Eli a la parte en la que apenas hay piratas. Es donde está la gente civilizada y donde podrás comprarte ropa como la que solías usar.
Madeleine asintió, entendiendo. Entonces, suponía que más o menos sabía cómo iba la cosa. Había escuchado hablar en más de una ocasión de esas islas, y no eran cosas buenas precisamente lo que había oído.
—Pero… los piratas deben tener cuidado.
Francis sonrió, desviando su mirada de la isla cada vez más cercana a ellos, a la chica.
—¿Crees que no la tenemos?
Madeleine no supo qué decirle, pero Francis no le dio tiempo a responder nada; siguió hablando.
—Con Arthur como capitán estamos más que seguros. Por algo se ha ganado el título de pirata más temido de los siete mares, además de ser uno de los más buscados.
—Pues para ser tan famoso nunca había oído hablar de él.
Francis volvió a reír, musicalmente, de una manera que a Madeleine sinceramente le encantaba. Era como una risa muy pura para un pirata, y eso hacía que el hombre le gustase más.
—No se lo vayas a decir entonces a Arthur, vaya a ser que se enfade—dijo Francis divertido, guiñándole un ojo.
Madeleine se sonrojó, aunque se le escapó una risita. Estuvieron juntos hasta que finalmente llegaron a la isla. Fue cuando se prepararon para desembarcar que se separaron. Francis se fue con Arthur y otros hombres, y Madeleine esperó a que Elizabeta apareciese, sin moverse de su sitio.
—¡Madeleine! ¿Dónde estabas?
Por fin, la alocada morena de ojos verdes hizo acto de presencia, acercándose corriendo hacia ella. Al ver cómo iba vestida, Madeleine alzó las cejas. En lugar de llevar esos harapientos pantalones caqui y una camisa ancha, Elizabeta llevaba un vestido bastante bonito que realzaba su figura femenina y la hacía parecer más frágil y delicada. Era color aguamarina, algo sencillo, pero perfecto para ella.
—Vaya—dijo Madeleine, sin saber qué decir primero—. Te ves…
—Horrible, ya lo sé—Elizabeta rodó los ojos.
—¿Qué? ¡Pero si te va perfecto!
La otra joven se rio, tomando a su compañera de la mano.
—No digas tonterías, Maddie. Anda, vamos a que te consigamos vestidos.
—P-Pero—
—Me he puesto esto ya que vamos a ir a la zona no pirata de la isla, así que quizás esta sea una de las pocas veces que me veas con vestido—explicó Elizabeta, bajando a tierra junto a Madeleine.
—Pues te queda bastante bien.
Elizabeta sonrió, rodando los ojos.
—Como sea, date prisa. Tenemos que andar un gran trecho aún—apremió la morena, aligerando el paso. Madeleine la siguió con ciertas dificultades, ya que no podía andar tan rápido como Elizabeta sin que el vestido le molestara, pero al final consiguió quedar a la altura de la otra.
—Dime, Maddie—Elizabeta miró a la otra chica, quien al escuchar su nombre centró toda su atención en la de ojos verdes—. ¿Qué tal lo estás pasando? ¿Qué conclusiones has sacado después de estas dos semanas dentro del barco? ¿Te hemos caído bien?
—Cuántas preguntas—sonrió Madeleine, sin saber a cuál contestar primero—. La verdad… no está siendo todo tan horrible como había creído. Cuando Francis me contó que estábamos en un barco pirata te juro que se me fue el alma a los pies. Es decir, durante toda mi vida he crecido sabiendo, o creyendo hacerlo, que los piratas son las personas más despreciables del mundo. Una vez vi un ahorcamiento en público de un pirata. Fue horrible… Alfred estaba emocionado viéndolo, pero yo casi acabé desmayándome. Sin embargo, a lo largo de este tiempo aquí en el barco me he dado cuenta de que no sabía nada sobre piratas. Bien es cierto que os comportáis de manera… algo extravagante—Elizabeta rio con eso, aunque no dijo nada, dejando a la chica seguir hablando—, pero en el fondo sois buenas personas. Al menos lo habéis sido conmigo. Sin embargo, Alfred me ha contado que lo tratan mal… como si fuera un criado.
—Eso es porque Arthur se ha…—Elizabeta buscó una palabra adecuada, pero al no encontrarla, usó la que más se parecía a lo que quería decir—"encariñado"—dijo, haciendo comillas con los dedos—con Alfred.
—Pues para haberse "encariñado" con él no le trata especialmente bien que digamos.
—Arthur es un poco especial, no se lo tengas en cuenta—Elizabeta hizo un movimiento con la mano, como quitándole importancia―. Ya veréis que cuando pase un poco más de tiempo Arthur empezará a tratar a Alfred de otra manera.
—Espero que sea para mejor.
—Oh, ya creo que será para mejor—sonrió Elizabeta, pícara, como si supiera algo que Madeleine no—. Pero bueno, sigue contándome tus impresiones.
—¿Mis impresiones? Ah, sí—recordó la menor—. Pues en resumen, me gusta estar en el barco, con vosotros. Nunca había conocido a gente tan simpática como vosotros. Y la verdad, haber acabado aquí creo que ha sido lo mejor que me hubiera podido pasar…
—¿Cómo? ¿Por qué dices eso?—preguntó Elizabeta, realmente sorprendida. Tenía a Madeleine por la típica joven noble que disfrutaba de la vida que tenía, la cual no quería cambiar por nada del mundo, y oír esa declaración hacía que su imagen mental de la rubia se tambalease peligrosamente.
—La verdad… Iba con mi hermano rumbo a América para casarme con un hombre que no me gusta.
La morena abrió los ojos como platos, realmente sorprendida, hasta el punto de pararse.
—¡¿Q-Qué!?
—Así es. Por eso es que estoy tan bien en el barco… porque así evito la boda.
—P-Pero t-tú…
—Sí, estoy comprometida—suspiró Madeleine, agachando la mirada. No entendía muy bien del todo la reacción de Elizabeta. Se suponía que ella, que vivía en sociedad, estaba en edad de casarse, lo cual no era tan raro, ¿no?
—¡Pero no puedes casarte con un hombre al que no quieres!—exclamó Elizabeta, una vez hubo asumido esa noticia, que había sido como una bomba para ella—. ¡No eres más que una cría!
—Bueno, en realidad no soy una cría. Tengo 19 años y cumpliré los veinte en…—
—¡Una cría!
—¿Cuántos tienes tú?
—23, pero eso no importa ahora.
—Bueno, cuatro años de diferencia es poco…
—Como sea, no puedo permitir que te cases con alguien a quien no amas. No señor.
—Ojalá mi padre te escuchase y, mejor aún, compartiese tu opinión. Pero créeme, si Alfred, que es pesado como él solo, no consiguió convencerle para que anulase el matrimonio, dudo mucho que alguien más pueda lograrlo.
Elizabeta había apretado los puños y hasta el momento Madeleine nunca la había visto tan enfadada.
—O-Oye, ¿no deberíamos seguir andando?—propuso Madeleine, dándose cuenta de que se habían parado en seco en mitad de una calle estrecha y estaban dificultando el paso.
—Sí, sí—accedió Eli, tomando a la menor del brazo, retomando la marcha—. Me has dejado helada, Maddie. Pero tranquila, hablaré con Francis y encontraremos una solución para esto.
Al escuchar el nombre del hombre Madeleine se sonrojó, agradeciendo que Elizabeta estuviese mirando al frente y no se diese cuenta.
—¿F-Francis? ¿Para qué?
—Bueno, después de todo eres algo así como su protegida y le importas un montón—repuso con simpleza Elizabeta, sonriendo levemente.
—¿Qué?
—No sé, Francis suele encariñarse con las chiquillas como tú muy rápidamente… aunque nunca le había visto preocuparse por ninguna tanto como lo hace por ti.
Vale, si antes ya estaba sonrojada, ahora con esa declaración de la morena, la cara de Madeleine estaba completamente colorada.
—Vaya… supongo que le he caído bien.
—No sólo le has caído bien, sino que también te quiere… Es raro, hacía años que Francis quería a alguien nuevo así tan rápido… Aunque no es raro. Te haces querer.
—G-Gracias—fue lo primero que se le vino a la cabeza. ¿Qué más podía responder a ese "te haces querer"?
Elizabeta le sonrió, pasando un brazo por encima de los hombros de la menor y apretándola hacia sí, en un abrazo.
Por otra parte, cerca del muelle, llevando cargamento al barco, se encontraba Alfred. Contrario a lo que le habían contado, el capitán le había puesto con más personas a trabajar, mientras él se iba a un bar a beber.
—No es justo—se quejó el joven, frunciendo el ceño.
—No lo es, pero no puedes hacer nada para cambiarlo—repuso Mathias, encogiéndose de hombros.
Estaban llevando entre los dos un pesado barril hacia el barco, lo cual no estaba siendo muy difícil.
—¿Y por qué demonios tenemos que hacer esto mientras él está bebiendo hasta las trancas?
Mathias no respondió al momento.
—Bueno… lo creas o no, Arthur es buena gente, a pesar de todas sus extravagancias.
Alfred soltó un bufido, sin poderse creer lo que oía.
—Déjate de tonterías, anda.
—Pero si es verdad. Aunque no lo parezca, Arthur se preocupa por cada uno de los tripulantes de su barco y lo demuestra de maneras un tanto especiales.
Alfred rodó los ojos, mientras terminaban de dejar en la reserva el barril.
—Créeme, Alfie—dijo Mathias, apoyándose en el barril—. Quizás esta noche, cuando vayamos todos juntos a beber, veas que Arthur es bastante diferente a como crees.
Alfred frunció el ceño, pero no dijo nada.
El día fue pasando, lentamente para Alfred, y demasiado rápido para Madeleine, hasta que finalmente llegó la noche.
Madeleine se había pasado toda la jornada con Elizabeta, vagando por la isla hasta que finalmente, con el crepúsculo, se habían ido al barco, dejando en sus camarotes todas las compras del día, que no eran pocas, para ir a cenar algo en el comedor.
—¿Dónde están todos?—preguntó Madeleine con sorpresa, al ver que solo estaban ellas dos y Kiku allí.
—En los bares, por supuesto—respondió Kiku con una leve sonrisa. El muchacho estaba terminando lo que parecía ser su cena, a base de sopa, pero al ver que llegaban dos nuevas comensales se levantó y les preparó la mesa—. Se nota que llevas poco tiempo aquí.
Madeleine se sonrojó, disculpándose, mientras tomaba asiento.
—No hay nada por lo que pedir perdón, Maddie—le sonrió Eli, sentándose junto a ella—. Normalmente esto siempre suele ser así. Cuando desembarcamos son pocos los que decidimos estar en el barco, aunque sea solo para cenar.
—Siempre nos quedamos Eli y yo, por lo general—añadió Kiku, sirviéndoles en el plato la sopa, que a diferencia de las que habían tomado hasta ese momento, se veía realmente apetecible—. A veces se queda Arthur… aunque solo en contadas ocasiones, cuando no se encuentra bien.
—Es decir, casi nunca—rio Elizabeta, tomando su cuchara y comenzando a comer.
Madeleine asintió a lo que le decían, cayendo en la cuenta de que su hermano tampoco estaba allí… Bueno, estaría con Mathias y los otros muchachos de los que se había hecho amigo, ¿no? Dudaba que Arthur le tuviera de esclavo a esas horas…
—Por cierto, Eli—susurró Madeleine, una vez que el chico hubo recogido sus cosas y se hubo dirigido hacia la cocina. La morena la miró, llevándose una cucharada a la boca—. ¿Cuándo vas a hablar con Francis?
Elizabeta sonrió, antes de tragar y hablar.
—Vaya, veo que te has quedado pensando en eso.
—N-No, no es eso, es solo que…—
—Ya seguramente mañana—la cortó Elizabeta, encogiéndose de hombros—. Porque ahora estará pasándolo bien por ahí…
—¿Pasándolo bien?—preguntó Madeleine, sin saber a qué se refería exactamente. Pasarlo bien podía abarcar una gran cantidad de cosas…
—Sí, ya sabes, pasándolo bien—contestó Eli, sin querer entrar en detalles. Madeleine se dio cuenta, por lo que dejó de insistir.
Cuando las dos chicas terminaron de cenar, llevaron sus cosas a la cocina, donde Kiku estaba preparando lo que parecía ser la comida del día siguiente. Estuvieron hablando un rato, hasta que finalmente las dos se fueron a su camarote. Tras ordenarlo un poco, Elizabeta se sentó en su cama, suspirando, y miró con suspicacia a Madeleine.
—¿Vas a ir a la isla?
Madeleine, quien estaba de espaldas a la otra, buscando algo en el armario, se giró.
—¿Qué?
—Ya sabes, ir con los chicos a algún bar y eso…
—Pues no lo había pensado… ¿Tú vas?
Elizabeta asintió.
—Siempre voy, aunque nunca bebo tanto como ellos. De hecho, a veces ni bebo. No sé, depende del día.
—¿Y hoy… vas a beber?—preguntó Madeleine, acercándose a la otra muchacha, sentándose a su lado.
—Probablemente sí. Hoy me apetece.
Madeleine se quedó callada un rato, sin saber qué hacer. ¿Ir a la isla o quedarse en el barco con Kiku?
—¿Quieres ir o no?
—P-Pues… no lo sé, pero, ¿por qué no?
—Bien, entonces ven y cámbiate de ropa—dijo Elizabeta, levantándose para dirigirse al armario.
—¿Por qué?—preguntó la de ojos violetas, poniéndose también en pie.
—Porque no puedes ir así vestida a un bar lleno de piratas—Elizabeta rodó los ojos, como si fuera obvio—. Las mujeres que entran allí son… no son como tú, de la nobleza, ¿sabes? Y no queremos averiguar qué pasa si entra alguna vestida como tú.
Madeleine asintió, entendiendo el problema.
—Toma, ponte este.
Elizabeta le estaba tendiendo uno suyo. Como los otros, era bastante simple en comparación con los de Madeleine, pero era perfecto para entrar al taberna. Madeleine lo tomó, viéndolo de cerca. Era color crema, o al menos lo había sido en sus inicios. En ese momento estaba ensuciado, y parecía ser de color caqui.
—¿Y tú qué te vas a poner?—preguntó Madeleine, de espaldas a Elizabeta, cambiándose.
—¿Yo? Voy a ir igual—rio la morena.
Cuando Madeleine terminó de vestirse, Elizabeta la tomó del brazo y comenzó un monólogo sobre lo emocionada que estaba esa noche. Por lo que contó, Madeleine se dio cuenta de que Elizabeta era más varonil de lo que parecía. Le encantaba todo lo que sucedía en los tabernas piratas de noche, aunque a veces había peleas fuertes y moría alguien.
—¿M-Muere gente?—preguntó Madeleine asustada, más que por ella por su hermano, a quien llevaba todo el día sin ver.
—Sí, pero eso sucede muy raras veces—respondió Elizabeta quitándole importancia con la mano.
En ese momento salieron al embarcadero y Madeleine se sorprendió al ver lo oscuro que estaba el cielo, aunque al menos la isla estaba iluminada.
—¿A dónde vamos?—preguntó la chica, aun siendo agarrada por la morena.
—A una taberna que hay no muy lejos de aquí que le encanta a Arthur. Supongo que estarán todos allí.
Madeleine asintió, mientras comenzaban a penetrarse en lo que parecía un pueblo. Hasta ese momento no se había dado cuenta, demasiado ocupada en pensar en sus vestidos, y luego en el tema de Francis… y a partir de ahí no se había fijado en mucho más. Pero en ese momento, con la cabeza más despejada, Madeleine pudo ver que todo estaba lleno de piratas. Algunos parecían realmente fieros, y vio más de una pelea callejera. Cuando eso pasaba, Eli la agarraba más fuerte y apretaba el paso, hasta que en pocos minutos llegaron ante las puertas de una taberna.
—Bien, aquí es—sonrió Eli, con emoción en la voz.
Se escuchaba mucho ruido salir de aquel lugar, y Madeleine lo miró con desconfianza.
—¿Estás segura de que quieres entrar?—preguntó Elizabeta, al ver la expresión de la menor.
—S-Sí, solo es…—Madeleine se calló, sin saber cómo expresar su desconfianza—. Da igual. Sí quiero.
Eli sonrió y la tomó de la mano.
—Vamos—dijo, entrando en la taberna con Madeleine.
Al abrir la puerta y entrar, el ruido se hizo más fuerte. Madeleine frunció el ceño, mirando alrededor y dándose cuenta de que el sitio no era como ella se lo había imaginado. Estaba lleno de gente. Algunos charlando (bueno, todo lo que un pirata puede charlar sin elevar la voz) en mesas, mientras bebían y otros cantaban, borrachos como una cuba, sobre alguna mesa.
—¡Mira, allí están!
Madeleine miró hacia donde Eli había señalado, y en efecto, allí se encontraba la tripulación.
Lo sorprendente fue ver que, subido a una mesa, se encontraba Arthur, con una botella en la mano, mientras cantaba a todo pulmón (aunque su voz se veía eclipsada por las otras muchas voces de la taberna). Madeleine soltó una risita y se dejó tirar por Elizabeta hacia allí. Sin embargo, Elizabeta se paró en seco al escuchar una voz que le era muy conocida.
—¿Tú por aquí, Liz?
Un hombre, cuya edad rondaría los veintimuchos, moreno de piel y con una sonrisa igual de arrogante, o más que la de Arthur, estaba cruzado de brazos a un lado de ellas, apoyado en una mesa. La sonrisa de la chica se le borró del rostro, y hasta Madeleine podría jurar que palidecía. Pero Elizabeta le plantó cara.
—¿Qué quieres, Sadik? ―preguntó sin titubear, mirando de arriba abajo al tal Sadik.
—Veo que no has perdido ese toque de niña repelente—rio el hombre, sin moverse ni un ápice—. ¡Anda!—exclamó, centrando su atención en Madeleine—, si traes compañía. ¿Una amiguita, tal vez?
Madeleine palideció, sin saber cómo reaccionar o qué decir. Sin embargo, se vio salvada por Eli, quien fue la que respondió.
—A ella déjala en paz, ¿me oyes? Ni se te ocurra ponerle un dedo encima.
—Veo que estás aprendiendo a cuidar de tus amigos… quién lo diría—dijo Sadik con sorna.
Madeleine no supo a qué se refería, pero dedujo que era algo que era realmente molesto para Elizabeta, ya que su siguiente movimiento fue darle un fuerte golpe en la entrepierna a Sadik, quien se dobló sobre sí mismo, apretando los ojos.
—Que te jodan, cabrón—le escupió, forzando el agarre a Madeleine y yéndose rápidamente hacia donde estaba la tripulación.
Madeleine se giró, pero nada más hacerlo Elizabeta le susurró al oído que no lo hiciera, a menos que quisiera que la reconociese y fuese tras ellas.
—¿Quién era ese?—preguntó Madeleine, sintiendo como el corazón le latía rápidamente, mientras llegaban junto a su propio hermano, quien estaba contentillo y apenas se dio cuenta de su llegada.
Elizabeta no respondió, sino que la hizo sentarse con los demás y ella hizo lo mismo, a su lado.
—Es… alguien a quien conocí hace muchos años… nadie importante en realidad—respondió sin mirarle a la cara, tomando una botella que Yao había dejado a su lado, intacta, y comenzando a beber.
—Pues para no ser importante parece que te han afectado mucho sus palabras.
Elizabeta tampoco respondió en esa ocasión, mientras seguía bebiendo.
—Vaya, Maddie, ¿qué haces aquí?
La voz de Alfred le hizo girarse. Junto a ella, su hermano le sonreía mientras terminaba de beberse el contenido de una botella.
—He venido con Eli—respondió la chica, sin quitar la vista de la botella—. ¿Qué es eso?
—Ron. ¿Quieres?—preguntó el chico ofreciéndole lo poco que quedaba.
—No, gracias—Madeleine negó con las manos, mirando con cierta repulsión la botella.
Alfred se encogió de hombros y le metió un largo trago, acabándose lo que quedaba.
—¿Dónde está Francis?—preguntó la joven, sonriendo. Había visto a casi todos los miembros de la tripulación allí pero no había rastro del rubio.
—Ni idea. Antes estaba aquí, con nosotros, pero vino una y se fue con ella.
—¿Una?—preguntó la chica, frunciendo el ceño.
—Sí, una de esas mujeres con las que coqueteó esta mañana.
Madeleine sintió cómo algo dentro de ella se rompía. ¿Francis… era ese tipo de hombre? No… no podía ser. Si era un trozo de pan, siempre tan atento y amable con ella… No podía ser un mujeriego cuyo único propósito para con las mujeres era flirtear.
—Mira, ¡ahí está!
Madeleine se giró hacia donde su hermano le había dicho, y abrió los ojos como platos.
Bajando por una escalera que llevaba a un primer piso, iba Francis, con una mujer del brazo. La mujer no era especialmente bonita, pero tenía unos pechos voluminosos a los que Francis miraba frecuentemente, mientras hablaban. Ella se reía de lo que él decía mientras él aprovechaba para acariciarla.
—¡Francis!
Alfred no pudo terminar de decir el nombre del otro, ya que Madeleine le puso la mano en la boca a tiempo.
—¡No le llames, inútil!—le exclamó en un susurro Madeleine, mientras intentaba no romperse a llorar allí mismo.
—¿No querías verle?—preguntó su hermano, apartando la mano de Madeleine de su boca.
—Y-Ya no—murmuró Madeleine, sintiendo de repente que había perdido totalmente las ganas de estar ahí.
En ese momento, Francis se giró hacia la mesa en la que estaban casi todos y se dirigió hacia allí, con la mujer esa. Madeleine apartó rápidamente la mirada, sin querer hacer contacto visual con él. Se giró a Elizabeta, intentando fingir que no se había dado cuenta de la presencia de Francis, pero esta ya estaba enfrascada en una conversación con Mathias.
—C-Creo que me voy a ir al barco, Al—dijo Madeleine, cada vez más nerviosa—. Estoy cansada.
—Vale—asintió su hermano, sonriéndole—. Buenas noches.
—Buenas noches—respondió la chica, poniéndose en pie.
Se giró, dispuesta a salir del lugar, pero nada más hacerlo se chocó con Francis, quien estaba justo detrás de ella. Trastabilló un poco, pero no llegó a caer ya que él la sujetó por la cintura.
—¡Maddie!—exclamó el francés, acercando a la chica hacia sí—. ¡Al final has venido!
La mujer del brazo de Francis hizo una mueca al ver que dejaba de ser el centro de atención, echando miradas asesinas a Madeleine.
—S-Sí, vine con Eli. Quería ver como es el ambiente y eso. Pero estoy cansada, me voy ya.
—¿Tú sola?
Madeleine asintió, queriendo irse cuanto antes.
—Déjame que te acompañe entonces—se ofreció Francis, sonriéndole cándidamente.
Antes de que Madeleine pudiese decir nada, la otra mujer estalló.
—¿Me vas a dejar sola?
—Es para acompañarla al barco, chère. No puede ir sola.
La mujer echó otra mirada letal a la joven.
—Volveré, ¿vale? Es solo acompañarla.
—Está bien—accedió finalmente la mujer, cruzándose de brazos—. Pero no tardes.
—Francis, de verdad, no hace falta que vengas. Estamos cerca y…—dijo Madeleine, quien lo último que quería en esos momentos era estar con Francis, el causante de su desánimo.
—Sí, claro que hace falta que vaya. Es un camino corto, pero plagado de peligros para una jovencita como tú—respondió frunciendo el ceño.
Madeleine quiso seguir oponiéndose, pero se sintió intimidada con ese tono de Francis, a quien nunca había escuchado hablar tan serio.
—E-Está bien.
—Vamos.
Francis la tomó con suavidad del brazo y la dirigió hacia la puerta. Esquivando a algún que otro borracho que se les ponía por delante, Madeleine y Francis lograron salir de la taberna.
—¿Cómo es que quieres volverte ya?
Francis inició una nueva conversación, sin soltar a Madeleine del brazo.
—Ya te dije que estoy cansada.
—Bueno, eso es normal después de todo un día en esta peculiar isla. ¿Te ha gustado?—preguntó Francis, recuperando su tono habitual, hablándole con dulzura.
—No ha estado mal—repuso ella encogiéndose de hombros.
Francis se la quedó mirando, sin decir nada. La verdad es que la veía algo apagada… quizás eso se debía al cansancio que alegaba tener, por lo que decidió no darle más vueltas.
El camino hasta el barco fue silencioso. Madeleine no quería hablar. Bastante destrozada se sentía ya de por sí por haberse topado de lleno con la realidad concerniente a Francis, como para que encima tuviese que entablar una conversación con él. Por su parte, Francis no quería hacer a Madeleine hablar. Por lo que sabía hasta el momento, estaba cansada, y no quería distraerla más con alguna charla banal, por lo que decidió mantenerse en silencio. Ya mañana probaría suerte, una vez la chica hubiese descansado.
Cuando llegaron al embarcadero Madeleine se paró en seco.
—Gracias por acompañarme—dijo Madeleine, con una leve sonrisa—. Pero ya puedo ir yo sola hasta el barco.
—No digas tonterías, Maddie—dijo el rubio, siguiendo caminando—. Ya que te he acompañado hasta aquí, hago la gracia completa y lo hago hasta el barco, ¿no?
Madeleine asintió, derrotada, y siguió a Francis.
—Te veo algo…rara, chère, esta noche—opinó Francis cuando la chica le alcanzó.
—Estoy… muy cansada. De verdad, es solo eso. Ya verás cómo mañana soy la misma de siempre—respondió Madeleine, frustrada porque el francés se diese cuenta de sus sentimientos. Agh, siempre había sido demasiado transparente…
Sin que se diese cuenta, los ojos de la chica se humedecieron. Sin embargo, Francis sí que lo notó, tomándole la cara con las manos.
—¿Ocurre algo, Maddie?—preguntó con preocupación en la voz Francis.
Madeleine se tensó, sin saber cómo reaccionar. Nunca había tenido tanto contacto físico con el francés, lo que le intimidaba en cierta manera, sobre todo después de saber qué tipo de hombre era.
—S-Sí… digo no, no pasa nada. En serio.
Madeleine intentó sonar lo más convincente posible, intentando que no le temblase la voz al hablar, y consiguiéndolo.
Francis continuó escrutándola un par de segundos más, hasta que suspiró y la soltó.
—Perdona por preocuparme tanto y hacer tantas preguntas… Pero realmente me importas y no quiero que te pase nada.
Bien, eso había pillado a Madeleine con la guardia baja. Sus mejillas enrojecieron, y aunque quiso creer que el francés decía eso de verdad, de corazón, una vocecita en su mente le incitaba a hacer lo contrario. A desconfiar de él… Seguro que le decía eso a todas…
—Gracias, Francis—acabó por responder la chica, esta vez ya con ganas reales de echarse allí a llorar—. Me voy a dormir. Adiós.
—Buenas noches, Maddie.
Francis se despidió con la mano, aunque Madeleine se giró antes y se adentró en el barco. Cuando hubo perdido a la chica de vista, el rubio volvió a suspirar, y se quedó un rato ahí, sin moverse del sitio, pensando en el revoltijo que tenía en la cabeza en esos momentos. No quería volver a la taberna. Solamente quería quedarse con Maddie, y no saber de nadie más durante un tiempo. Finalmente decidió que tenía que volver, a pesar de tener cero ganas, pero había prometido a Julia (o como creía que se llamaba) regresar.
Por otra parte, dentro de la taberna y terminando su segunda botella de ron, se encontraba Alfred. El muchacho poco se había enterado de que su hermana había estado allí, y también recordaba poco de lo que había sucedido desde el momento en el que comenzó a beber de la botella de ron que Arthur le ofreció. En otras circunstancias habría sospechado que no era más que una treta por parte del capitán. Pero al ver que el inglés estaba borracho (bueno, cuando se la ofreció aún estaba contentillo) la tomó sin dudar.
—Vaya, parece que va a haber pelea—dijo Mathias, haciéndose oír por encima del griterío cercano.
Alfred miró en la dirección a la que el otro hombre estaba clavando su mirada, y alzó las cejas al ver que Arthur empezaba a pegarse a puñetazo limpio contra otro hombre que le superaba en estatura. Sin embargo, eso no era impedimento para Kirkland, quien daba fuertes golpes en donde pillaba.
—Iré a separarlos. ¿Vienes?
Alfred asintió, soltando la botella sin cuidado sobre la mesa, que por suerte no llegó a romperse, y siguió a Mathias hacia el corro que cada vez se hacía mayor, alrededor de los dos hombres peleándose.
—Suficiente, Arthur—gritó Mathias tomando a Arthur por los brazos desde atrás, llevándoselos a la espalda.
El de ojos esmeralda comenzó a dar patadas contra su opresor, pero al girarse y ver una cara que le era conocida cesó en su intento.
—¿Qué haces?
—Sacarte de un lío—respondió Mathias antes de hacer un último esfuerzo y sacar a Arthur del corro, yéndose hacia la mesa en la que estaban todos.
Alfred se quedó mirando durante todo el rato, sin hacer nada, viendo como el otro hombre, el cual se había quedado sin contrincante contra el que pelear, insultaba a Arthur e incluso se le iba detrás, pero un hombre, sensato como Mathias, le cortó el paso.
—Estás demasiado borracho ya—gruñó Mathias, haciendo al capitán sentarse en una silla—. Vamos de vuelta al barco.
—¡No!
—¿Cómo que no? ¿Acaso no te das cuenta de que estás más que borracho? No querrás volver a meternos en problemas a los demás por tu culpa, ¿no?—intentó razonar Mathias, pero fue en vano. Kirkland siguió quejándose, hasta que el de ojos azules se cansó y se dio por vencido, sentándose junto a él.
—Si quieres puedo acompañarle al barco.
Alfred, quien hasta ese momento apenas había intervenido, se unió a los dos hombres, que le miraron cada uno con diferente expresión. Arthur se rio prácticamente en su cara, mientras que Mathias alzó una ceja, extrañado.
—¿De verdad estás dispuesto a ir hasta el barco con éste? Es súper pesado cuando bebe, te lo advierto.
Alfred echó una mirada a Arthur, pero éste apenas lo notó, riéndose aún.
—No hay problema. Además, empiezo a sentirme mareado…
—Como quieras—repuso Mathias encogiéndose de hombros—. Ten cuidado con lo que te puedas cruzar de camino al barco.
Alfred sonrió, asintiendo, antes de tomar a Arthur del brazo y tirar con fuerza de él, haciendo que se pusiera en pie.
—¡Vamos, nos vamos al barco!
Arthur, curiosamente, se dejó tirar, dejando poco a poco de reír, hasta que se secó las lagrimillas que le habían salido en los ojos con una mano.
—¿Qué demonios te parece tan divertido?—preguntó Alfred, frunciendo el ceño, mientras salían de la taberna.
La diferencia de ruido era notable. Podía volver a hablar en un tono mesurado, sin necesidad de gritar (aunque en parte eso era relativo, ya que mucha gente le había señalado que cuando hablaba elevaba mucho la voz).
Arthur no respondió nada, aunque a mitad de camino comenzó a dejarse caer encima de Alfred, quien aún le tenía cogido del brazo, temiendo que escapase.
—¿Tan borracho vas que ya ni siquiera puedes mantenerte en pie?—murmuró Alfred, bufando.
Esperaba que, dentro de su borrachera, el capitán apenas le hubiese oído o que directamente le hubiese ignorado. Pero cuando Arthur se giró hacia él, Alfred se quedó congelado, sin saber qué hacer ni qué decir. El inglés le miraba con los ojos vidriosos, y le constaba enfocarle. Cuando se dio cuenta de quién era, Arthur frunció el ceño, pero no apartó la mirada.
—Argh. Eres tan molesto a veces, Alfred—consiguió articular Arthur, arrastrando las palabras con la voz pastosa.
—¿Y ahora qué he hecho para molestarte, eh? ¿No trabajar en la taberna, acaso, o qué?
—Eres un imbécil que no se entera de nada—gruñó Arthur, intentando soltarse del agarre de Alfred, pero en vano, ya que el muchacho tenía más fuerza que él en esos momentos, ya que estaba más lúcido y menos cansado.
—¿Y de qué se supone que no me he enterado? ¿De que estás borracho?
Arthur se paró, echando una mirada mortífera a Alfred. El chico también se paró a su lado, viendo que estaban prácticamente solos, a unos pasos del embarcadero.
—No me tomes por tonto, Alfred—siseó Arthur, señalándole con el dedo índice mientras entraba en cólera—. Tanto tú como yo sabemos perfectamente a qué me refiero.
—¡Pues entonces va a resultar que sí que soy un imbécil, ya que no sé de qué demonios me hablas!—exclamó Alfred, harto ya de esa actitud por parte de Arthur.
La respuesta de Arthur no fue verbal, sino que el británico decidió pasar a la acción. De un salto, el capitán se tiró prácticamente a los brazos de Alfred y juntó de manera violenta sus labios con los del menor, pillándolo por sorpresa. Alfred quiso gritar en un principio, pero al darse cuenta de lo que realmente pasaba se quedó quieto, sin saber qué hacer. Arthur rodeó el cuello de Alfred con sus brazos, acercándolos hacia sí, y éste no pudo más que dejarse llevar a los pocos segundos, abrazando al de ojos verdes por la cintura. La verdad, nunca había besado a alguien y no sabía que debía hacer exactamente, pero decidió dejarse llevar una vez más, siguiendo a Arthur en el beso, imitando sus movimientos de lengua, hasta que llegó un punto en el que solo existían ellos dos en el mundo. Era como si el tiempo se hubiese detenido mientras ellos se besaban, allí, junto al barco, y fue en ese momento en el que Alfred se dio cuenta de que no odiaba tanto a Arthur como creía decir.
