NUEVOS HORIZONTES

Capítulo 04: Cambios

El primer pensamiento de Alfred nada más despertar fue que estaba tumbado en una cama muy cómoda. Demasiado cómoda. Tanto… que no podía ser la de su camarote.

Abrió los ojos, y lo primero que vio fue el rostro de un durmiente Arthur. El primer impulso de Alfred fue gritar, pero en el último momento se contuvo, no queriendo despertarle. Eso sí, se alejó del capitán hasta llegar al borde de la cama y se lo quedó mirando. Así, con los ojos cerrados en pleno sueño y las facciones relajadas, se veía completamente distinto a como se solía ver. En lugar de tener esa mueca socarrona en los labios, que siempre hacía que a Alfred le entraran las ganas de borrársela de una hostia, Arthur mantenía los labios laxos. Parecía un niño pequeño, agazapado bajo las finas sábanas, en posición fetal.

Alfred se preguntó cómo demonios había acabado ahí, durmiendo con el capitán… ¡Espera! Rápidamente Alfred lanzó una mirada a sus piernas y soltó un suspiro de alivio al ver que seguía llevando los pantalones. Tras calmarse, el muchacho comenzó a recordar fragmentos de la noche anterior.

Se acordó de que habían estado en una taberna lleno de piratas, donde habían bebido, cantado y peleado… hasta que en un momento él se ofreció de volver con Arthur, bastante borracho, al barco… ¡y durante el camino se besaron!

Alfred se llevó una mano a los labios, recordando el beso de la noche anterior. Para ser sincero, no le había desagradado en lo absoluto… De hecho, no le importaría repetirlo. Al darse cuenta del descontrol de sus pensamientos y emociones, Alfred negó frenético con la cabeza. ¡Eso no podía ser! ¡Estaba hablando de Arthur, el mismo que desde que había subido al barco le había estado tratando como si de su esclavo se tratase, por favor!

Volviendo a la realidad y dándose cuenta de que todo lo que había sucedido la noche anterior era algo que, definitivamente, no había sucedido porque sí, sino que había sido culpa del alcohol, Alfred se levantó con cuidado de la cama. Fue hacia la puerta de salida haciendo el menor ruido posible, temiendo despertar a Arthur. Cuando llegó a su destino sonrió y llevó una mano al pomo de la puerta que gracias a dios no estaba cerrada con ningún pestillo y salió silenciosamente del gran camarote.

Hasta que no llegó a su propio camarote Alfred no se permitió apenas hacer ni un mísero ruido. Por un momento tuvo el pensamiento de que eso no era más que una trampa y se giró a comprobar que Arthur no le seguía por detrás antes de estallar en carcajadas y reírse de él (en el mejor de los casos). Sin embargo nada de eso pasó y llegó hasta el pequeño camarote que compartía con Mathias, quien se estaba vistiendo cuando el otro entró.

—¿Dónde estabas? —preguntó Mathias sonriendo al verle aunque no pudo terminar la frase ya que Alfred le tapó la boca con una mano, pidiéndole silencio con la otra.

—No hables. No hagas ruido—pidió Alfred cerrando la puerta tras de sí, soltando un profundo suspiro.

—¿Qué pasa? ¿Dónde estabas?—volvió a preguntar el otro muchacho, mirándole con preocupación esta vez.

Alfred le miró mientras recuperaba el aire y negó con la cabeza.

—Si te lo contara… No me creerías.

—Ha pasado ya de todo en este barco así que hazme caso, te voy a creer, sea lo que sea—le aseguró Mathias sentándose en la cama de debajo de la litera, invitando a Alfred a sentarse junto a él dando palmaditas en el hueco vacío que había al lado.

El otro lo hizo. Se sentó y se llevó las manos a la cabeza, sin saber por dónde empezar.

—Vale… Sabes que Arthur anoche bebió mucho, ¿verdad?

—Que si lo sé—rio Mathias—. Lo sé yo y toda la isla, prácticamente.

Alfred apretó los ojos, antes de continuar.

—Bueno, pues él…

—¿Él…?

—Es importante recalcar que iba pasado de copas—repitió Alfred angustiado, haciendo a Mathias rodar los ojos,impaciente.

—Que sí, venga, sigue contando.

—Vale, pues sabiendo eso, que es fundamental… Lo que pasó es que él me… besó—la última palabra la dijo en apenas un susurro, que ni él mismo se oyó.

—¿Él te qué?—continuó presionando Mathias, el muy chismoso.

—¡Él me besó, vale! ¿Contento?—estalló Alfred, habiendo olvidado lo que él mismo había dicho de no hacer ruido.

La reacción por parte de Mathias fue sonreír ampliamente, conteniendo unas risitas.

—Vaya, sí que iba pasado de copas…

Alfred frunció el ceño, no esperándose que su amigo reaccionara así.

—A mí no me hace ninguna gracia.

—Pues si a ti no te hace gracia imagínate a Arthur, si es que es capaz de recordar algo de anoche—rio Mathias, ya sin molestarse en esconder sus risas en carraspeos.

Alfred se dio cuenta de que Mathias tenía razón… No había pensado en cómo se tomaría el asunto del beso Arthur estando sobrio y en sus cabales.

—Es verdad…

—Lo mejor que puedes hacer es no contarle eso a nadie—le aconsejó el otro rubio, limpiándose las lágrimas que se le habían derramado de tanto reír.

—¿Y tú?

—¿De verdad crees que soy un chivato?—preguntó Mathias con sorpresa, sintiéndose ofendido—. Venga, hombre, somos amigos después de todo, ¿no?

—Sí, pero… Espero que no se te escape sin querer en ninguna ocasión—respondió Alfred, removiéndose nervioso en su sitio.

—Nah, ya verás que no ―Mathias hizo un gesto con la mano como quitándole importancia y se levantó de la cama.

—Bueno, ¿Vamos a desayunar? Me muero de hambre.

—¿Ya?—preguntó Alfred, sorprendido con el rápido cambio de tema—. ¡Si es súper temprano!

—Aun así, seguro que Kiku está ya despierto. Recuerda que el no vino a la isla.

Alfred asintió y acabó por ponerse también en pie.

—Venga, vamos. Además, seguro que hoy habrá comida buena de ayer—dijo Mathias con una sonrisa, ilusionado.

Mientras tanto, en un camarote cercano al que Alfred y Mathias habían abandonado, una joven comenzaba a abrir los ojos, sin querer despertar todavía. Murmuró algo, aún no del todo despierta, y se giró, dando la espalda a la pared y probando a intentarse dormir de nuevo. Sin embargo, su consciencia fue aclarándose y la joven sin querer recordó momentos de la noche anterior, lo que le hizo despertarse completamente. Abriendo los ojos de golpe, Madeleine fue consciente de todo lo que había presenciado en la taberna. De que todo había sido real y había ocurrido realmente, y no sólo había sido un mal sueño. Francis realmente era un mujeriego…

Silenciando un sollozo contra la almohada, Madeleine se reprendió por haber sido tan confiada. Por haber sido una ingenua al creer que alguien como Francis podría enamorarse de ella. Por creer que había encontrado el amor…

—¿Maddie?

La chica se calló, abriendo los ojos sorprendida, aunque sintiéndose atrapada.

—¿Estás llorando, Maddie?

Elizabeta, quien al parecer también estaba despierta, se había levantado de su cama y se había asomado a la suya, tocándole el hombro. Madeleine levantó la cabeza, que hasta entonces había mantenido enterrada la almohada, y se encontró con los preocupados ojos esmeralda de Elizabeta.

—¿Qué pasa?

—P-Perdona por haberte despertado, Eli—dijo Madeleine, refregándose una mano por los ojos para quitarse las lágrimas—. Estoy bien, de veras.

Elizabeta frunció el ceño, sin creerla en absoluto.

—Claro que te pasa algo. Dime, ¿quién ha sido? ¿Qué ha pasado para que estés llorando de esa manera?

—Y-Yo…

Madeleine balbuceó unas incoherencias que para Elizabeta no tenían ni pie ni cabeza, por lo que la morena decidió pasar a la acción, subiéndose de un salto a la cama de la otra.

—No subas, esto podría hundirse.

—Pues entonces baja tú—propuso Elizabeta, bajándose y tendiendo una mano a Madeleine, quien la tomó dudosa pero terminó por bajar.

Cuando pisó el suelo, Elizabeta la atrajo hacia sí y la envolvió en un abrazo. Este acto tan inesperado fue como un soplo de aire fresco para Madeleine, quien en esos momentos se sentía fatal, aunque no tanto como la noche anterior justo cuando se dio cuenta de que toda la imagen mental de Francis que había ido construyendo a lo largo de las últimas semanas se había derrumbado de golpe.

Madeleine terminó por llorar en brazos de Elizabeta, quien le acariciaba el pelo y no dejaba de abrazarla con fuerza, preguntándose qué podría haber sido lo que había herido tanto a la chica.

Cuando terminó de desahogarse, Madeleine se separó de Elizabeta, limpiándose los ojos con la palma de las manos.

—¿Mejor?

La rubia asintió. Elizabeta soltó un suspiro, y volvió a abrazarla.

—¿Me contarás ahora que es lo que te pasa?

Madeleine asintió, dentro del abrazo, sabiendo que tenía que superar eso. No se había dado cuenta hasta entonces de lo tanto que significaba Francis para ella, pero debía salir de su idilio.

—Anoche—murmuró en voz baja la joven. Tanto, que Elizabeta no le escuchó y le pidió que repitiera—. Digo que fue anoche cuando todo pasó…

Madeleine comenzó a contarle a Elizabeta todo lo que había presenciado la noche anterior y lo que había sucedido cuando Francis la acompañó al barco. La morena escuchó con atención el relato de la menor seria y cuando Madeleine terminó Elizabeta soltó un suspiro.

—Debí habértelo contado antes.

—¿El qué?

—Lo de Francis y su tendencia de ir flirteando con mujeres.

Madeleine agachó la mirada, sintiéndose mal al escuchar eso dicho por Elizabeta, pero ésta siguió hablando.

—No pensé que te gustase Francis de esa manera…

—¿Entonces qué pensabas?

—Pues lo típico, que te caía muy bien por haberte cuidado y tal, pero todo desde la amistad, ¿sabes? Nunca me había planteado que Francis te pudiese gustar… Aunque no me extraña, con lo guapo y amable que es…

—¿A ti… A ti te gusta o ha gustado?—preguntó Madeleine tímidamente.

—¿Francis?—rio Eli—. Nunca. No es mi tipo. A mí me gustan más los tipos como Arthur, que son todo lo contrario a Francis.

—Entonces…—dijo Madeleine, pensativa—. ¿Sadik es tu tipo?

La sonrisa de Elizabeta desapareció con la mera mención de ese hombre y la joven se cruzó de brazos.

—¿Cómo…?

—¿No te acuerdas? Le vimos ayer en la taberna . Le pegaste.

Elizabeta hizo memoria y se sorprendió al darse cuenta de que no se había dado cuenta de que Madeleine había presenciado su pelea con Sadik hasta ese momento.

—Él… no es importante.

—¿Pero es tu tipo?

Elizabeta frunció el ceño.

—Puede que físicamente sí lo sea, pero le conozco y créeme, no me gustaría acabar con un hombre como él por nada del mundo, ¿me oyes?

Madeleine se sorprendió por la agresividad con la que la morena había dicho eso, pero asintió.

—Bueno. Creo que deberíamos ir a desayunar…—murmuró Eli, en un tono más suave.

La otra asintió, pero cuando estaban a punto de salir del camarote, Madeleine la tomó del brazo.

—Eli, espera.

La morena se giró.

—¿Qué?

—Sobre lo que hablamos ayer… preferiría que no le contaras nada a Francis.

—¿Contarle? ¿De qué?

Elizabeta no sabía a qué se refería la más joven exactamente, aún con el tema de Sadik en mente…

—Pues de que estoy comprometida—dijo, como si la respuesta fuese obvia.

—¡Ah! Eso… Entiendo que no quieras hablar ni saber de él durante una temporada, pero lo mejor va a ser decirle desde ya sobre tu condición, para pensar juntos en alguna manera de arreglarlo.

—Pero… ¿por qué hay que hablar con Francis esto y no con Arthur, por ejemplo?

—Porque a quien le importas es a Francis sobre todo, más que a nadie más en este barco…

Madeleine se quedó en blanco, sin saber cómo responder a eso.

—Vamos—dijo Elizabeta sin sonreír, saliendo del camarote.

Madeleine la siguió, tras cerrar la puerta al salir, y se dirigieron en silencio hacia el comedor.

—Con un poco de suerte, quizás Francis aún no se haya despertado—le susurró Elizabeta a la menor, antes de entrar en el comedor.

Y así fue. Apenas estaban allí ellas, Kiku y Yao, quienes hablaba silenciosamente entre ellos.

Esa fue la primera vez en la que tanto Elizabeta como Madeleine se quedaron totalmente calladas mientras comían, cada una evadida en su mente. La primera, recordando cosas que creía (o había querido creer) olvidadas, y la segunda, dándole vueltas a lo último que Elizabeta había dicho antes de que salieran del camarote.

El día se pasó muy lentamente para Madeleine, quien apenas vio a gente de la tripulación hasta bien entrado el medio día, cuando los resacosos por fin despertaban.

—Maddie.

Alfred había aparecido detrás de ella de repente, y parecía preocupado.

—¿Sí? ¿Qué pasa?—preguntó la joven, girándose.

—¿Estás bien?—preguntó a su vez el mayor, tomándola del brazo y llevándola hacia un lugar menos concurrido que la cubierta, donde se habían encontrado.

—Sí, ¿por?

Madeleine se dejó guiar, sin saber qué era lo que pretendía su hermano. Sin embargo él no habló hasta que se encontraron alejados de todo el mundo, en un pasillo vacío.

—Anoche no estaba bien. Bebí y se me olvidó cuidar de ti…—murmuró Alfred, con remordimiento—. Espero que no lo pasases muy mal.

—Estuve con Elizabeta, no lo pasé mal—"Al menos no como tú piensas".

—Es un alivio oír eso—respondió Alfred sonriendo—. De todas formas, ¿fue todo bien?

Madeleine no supo qué responderle, sinceramente. Podría decirle que no y contarle sobre su enamoramiento y lo mal que lo había pasado al ver qué tipo de persona era Francis. O podía simplemente ahorrarse esos detalles y responder que sí con tal de no preocuparle.

—Sí, muy bien. No hubo ningún problema. Aunque al final de la noche me sentí cansada y Francis me acompañó al barco.

—Me alegra que Francis te trate tan bien—dijo Alfred, esbozando de nuevo una sonrisa—. Yo… tuve ciertos problemas con el capitán—aseguró, bajando la voz.

—¿De verdad? ¿Qué pasó?

—Fue…—Alfred se quedó pensativo sin saber cómo seguir—. Fue algo muy raro, ¿vale? Él estaba borracho e hizo cosas de las que seguramente ahora se arrepienta—admitió apartando la mirada de los ojos de su hermana levemente avergonzado. Sin embargo Madeleine, inocente, no se dio cuenta de a qué se refería Alfred.

—Bueno, simplemente no se las recuerdes y ya está, ¿no?

—Sí, eso es lo que pienso hacer. De hecho le llevo evitando desde esta mañana—rio nervioso, llevándose una mano a la nuca.

—Bueno, pues te deseo suerte no encontrándotelo—sonrió Madeleine.

—Sí, espero no verlo hasta dentro de mucho—volvió a reírse Alfred.

Y ahí la conversación murió. Los hermanos volvieron a la cubierta, donde se separaron. Alfred se fue con los chicos, sonriendo de nuevo jovial, sin esa mueca de preocupación que había visto antes Madeleine.

No pasaron apenas cinco segundos cuando alguien le tomó del hombro desde atrás, haciendo que se girara.

—¡Maddie!

Detrás de ella se encontraba Francis, sonriéndole. Contrario a la noche anterior el francés se veía bastante demacrado. Tenía ojeras que le hacían ver enfermo y parecía que en cualquier momento echaría a llorar.

—¿Qué te ha pasado?—preguntó la joven preocupada, olvidándose de la noche anterior.

—¿Tan mal aspecto tengo?—preguntó con una sonrisa derrotada Francis, llevándose una mano a los ojos—. Apenas he dormido esta noche y ayer creo que me pasé bebiendo.

—Se te ve… mal—susurró la chica, bajándole la mano de la cara, y observó su rostro—. ¿No estarás enfermo?

Francis rio, antes de negar con la cabeza.

—No, si lo estuviera me vería mucho peor que ahora.

Madeleine asintió, aunque no terminaba de estar tranquila.

—¿Y qué hay de ti, ma petite? ¿Te encuentras ya mejor?

Madeleine no supo de qué le hablaba el francés durante un momento. Si ella siempre había estado bien, ¿no?

—¿Mejor?

—Sí, después de anoche. Dijiste que estabas cansada y te dolía la cabeza.

—¡Ah!—exclamó la joven cayendo ya en la cuenta—. Sí, sí, ya estoy mucho mejor que anoche.

Eso había sido una vil mentira, pero no le importaba. Todo con tal de que Francis no sospechase nada…

—Creo que no debiste venir por la noche a la taberna—dijo Francis, cruzándose de brazos—. No es el mejor ambiente para alguien como tú.

No supo a qué se refería exactamente con eso de "alguien como tú", pero Madeleine no quiso preguntar.

Un silencio se instaló entonces entre ellos, silencio tenso para Madeleine pero cómodo para Francis, quien por primera vez en horas se sentía realmente relajado. Iba abrir la boca para empezar una conversación, pero fue interrumpido por un grito del capitán, llamándole. Tanto Madeleine como él se giraron hacia Arthur, que se acercaba hacia ellos con el ceño fruncido.

—¿Ha…ha pasado algo?—preguntó en un susurro Madeleine.

Sin embargo, Francis apenas tuvo tiempo de responder, siendo jalado del brazo por Arthur, quien prácticamente la arrastró hasta su camarote.

—¿Se puede saber qué demonios te ocurre para portarte como un energúmeno?—preguntó Francis una vez el otro hubo cerrado la puerta, apoyándose contra ella.

—Calla y escucha—respondió Arthur, respirando desacompasadamente—. ¿Ayer qué pasó?

—¿Ya empiezas a olvidar cosas, mon amour?—preguntó con una sonrisa sardónica Francis, sobándose la parte del brazo en la que Arthur le había hecho daño.

—No me jodas. Sabes que sé perfectamente que anoche fuimos a la isla, por eso pregunto. ¿Qué pasó? ¿Qué hice?

—En general beber… ¿no? No sé decirte, yo estuve con las chicas casi todo el rato—repuso el más alto, encogiéndose de hombros.

Arthur rodó los ojos, aunque no se podía decir que no se esperaba una respuesta como esa.

—Pero luego pregunté a los demás y me contaron que te habías venido para el barco con el muchacho.

—¿Qué muchacho?

—Ya sabes, tu querido "prisionero"—sonrió el francés con malicia.

Arthur frunció el ceño, y el ojo observador de Francis pudo captar un leve sonrojo en las mejillas del capitán.

—Ese niño…

—¿Sabes? Me hace gracia que le trates como si no fuera más que un chiquillo cuando en realidad no es más que un par de años menor que tú.

—Cállate. Tú directamente eres un viejo verde.

—¿Ser un año mayor que tú me convierte en un viejo verde?

—Si eres tú, sí—sonrió Arthur, sabiendo que eso molestaba sobremanera al francés, aunque lo disimulara—. Como sea, ¿sabes qué más pasó?

—¿Anoche? Non, me dijeron eso de pasada, que no estabas y que Alfred te había acompañado hasta aquí.

Si dijera que en esos momentos no se sentía nervioso, Arthur mentiría. Sabía que estando borracho era capaz de hacer casi cualquier cosa… y realmente temía haberle dicho o hecho algo a Alfred de lo que arrepentirse luego.

—Hablaré con él—decidió Arthur.

—No seas muy duro con él, anda. Le vas a traumatizar—rio Francis.

—Hombre, ¿y qué quieres que haga, si a la primera de cambio le escucho planear con su hermana escapar del barco?

Francis hizo un gesto con la mano, quitándole hierro al asunto.

—Es normal que quieran escapar, contigo tratándoles como si fueran escoria… al menos a Alfred. De Madeleine ya me encargo yo de que se sienta cómoda aquí.

—¿De verdad vas a ir a por ella?—Arthur rodó los ojos.

—¿Qué? ¡No! ¿Cómo puedes siquiera pensar en eso?—preguntó el francés escandalizado, apretando los ojos.

—Es lo que parece—respondió con sinceridad el de ojos verdes—. Por como la tratas, parece que quieres seducirla.

—¿Pero qué dices? La trato como si fuera la hermana pequeña que nunca tuve… como si fuera mi protegida.

Arthur hizo una mueca, encogiéndose de hombros.

—No sé, eso no pareces, visto desde fuera. Pero bueno, tú verás lo que haces…

Y dicho eso, Arthur salió del camarote, dejando a un rayado Francis que se quedó pensando en las palabras que le había dicho durante bastante rato.

—¡Yao!

Arthur llamó al primero que vio, que se acercó rápidamente a él.

—¿Qué ocurre, capitán?

—¿Dónde está Alfred?

Yao frunció el ceño, mirando al resto de hombres que había en la cubierta. Sin embargo, Alfred no figuraba entre ellos.

—Lo vi esta mañana, pero desde entonces…

—Está bien. Iré yo mismo a por él.

Yao asintió, viendo como Arthur se alejaba de él y bajaba por las escaleras.

El capitán estuvo unos buenos diez minutos buscando a Alfred, pero no había rastro de él por ninguna parte. Preguntó a todos con los que se encontraba, pero ninguno sabía decirle la exacta locación del muchacho. Finalmente, cuando estaba punto de mandar a más gente a que le buscaran con él, Arthur divisó al joven de ojos azules entrando a las bodegas.

Sonriendo con malicia, Arthur fue hacia allí a pasos lentos. Cuando entró, Alfred estaba de espaldas, agachado junto a un barril. No fue que se percató de la presencia del capitán hasta que este cerró la puerta tras él con un ruido sordo.

—¡A-Arthur!—exclamó el menor asustado, cayéndose de culo hacia atrás y quedándose congelado al ver como el de ojos verdes le miraba con esa sonrisa socarrona que tanto odiaba y se acercaba poco a poco hacia él.

—Te estaba buscando, Alfred…—dijo casual Arthur, acercándose cada vez más, hasta quedar a un palmo de él.

Alfred, aún en el suelo, tragó saliva trabajosamente al sentir la mirada afilada del mayor desde arriba.

—Ah—fue lo único que fue capaz de responder, temiendo cualquier movimiento por parte de Arthur.

Alfred se sonrojó al notar la cercanía que había entre ellos y se quiso apartar, echándose hacia atrás, pero se chocó con el barril que estaba mirando antes.

Arthur sonrió al notar la incomodidad del menor, y quiso alargar su sufrimiento, el muy sádico, pero una vocecita en su interior le dijo que se parara, si no quería meterse en más problemas.

—Eh… —vaciló Arthur, agachando la mirada, perdiendo en gran parte su porte intimidante que tanto molestaba a Alfred, quien se sorprendió al notarlo—. ¿Qué pasó anoche?

Arthur decidió que lo mejor sería ir directo al grano y evitar los rodeos.

—¿Anoche?—preguntó Alfred, sonrojándose al recordar todo lo que había ocurrido en el camino al barco.

El sonrojo no fue pasado por alto para Arthur, quien sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago.

—Sí, idiota. Anoche.

Alfred se vio en una encrucijada. ¿Cómo decirle al capitán que la noche anterior le había…?

—Emmm…—dudó el de ojos azules, mirando a todas partes, sin querer hacer contacto visual con Arthur.

—¡Venga, joder, tan difícil no es!—presionó Arthur, cada vez más nervioso.

Cuando Alfred abrió la boca, dispuesto a soltarlo todo de golpe, se calló, asaltado por un miedo repentino. ¿Y si eso no era más que una trampa?

Al ver que el muchacho no daba signos de hacer lo que le ordenaba, Arthur desenvainó su espada en un acto de nerviosismo y se la puso en el cuello.

—Dilo—siseó, presionándole la espada contra la piel lo suficiente como para que saliese un hilillo de sangre.

Alfred, quien no se esperaba eso para nada, se asustó y comenzó a balbucear.

—De hecho…—dijo Arthur, pensativo—. Mejor no me lo digas—enfundó de nuevo su espada, tras limpiar la sangre de Alfred en la camisa de este.

El chico soltó un suspiro de alivio, aunque no le dio tiempo a tranquilizarse, ya que el capitán siguió.

—Va a ser a tu hermana a quien voy a cortar la garganta si no me lo dices—repuso Arthur, poniéndose en pie y comenzando a caminar hacia la puerta.

Eso fue lo que hizo que Alfred reaccionara por fin como Arthur había esperado. Poniéndose rápidamente en pie, Alfred se abalanzó sobre Arthur y le tomó del brazo.

—¡NO! ¡NO TOQUES A MADDIE!

—Pues ya sabes—respondió Arthur, regalándole esa sonrisa socarrona que el menor tanto odiaba.

—Me besaste, ¿vale? Te liaste conmigo y me dijiste que era un estúpido por no darme cuenta de las cosas.

Arthur se quedó helado. ¿Tan directo había sido diciéndole sobre sus sentimientos a Alfred? Oh, mierda. Estaba perdido. Pensó rápido y decidió que lo mejor sería fingir que no le importaba.

—Vaya, Alfred. Jamás pensé que tuvieras una mente tan sucia como para inventarte eso. Qué degenerado.

Alfred sintió que el alma se le caía a los pies. No solo por la acusación de Arthur, sino porque si éste pensaba que le estaba mintiendo cuando realmente le estaba contando la verdad, mataría a su hermana.

—¡No me lo he inventado! ¡Fue lo que pasó!

Arthur soltó una carcajada seca, sabiéndose atrapado. No sabía cómo salir de esa situación. Sabía perfectamente que el muchacho no le mentía… Y obviamente no iba a ponerle un dedo encima a Madeleine; después de todo era la protegida de Francis.

—Dame las gracias. He decidido ser bueno contigo y voy a hacer como que no he oído nada, ¿sí? Y en el caso de que eso pasase anoche, fuiste tú en todo caso el que me besó.

Alfred iba a replicarle, pero se dio cuenta de que el capitán le estaba dando la oportunidad de rectificar, de que ese desliz fuese ignorado por ambos. Asintió lentamente.

—Pues eso es todo. Ya puedes soltarme—hizo notar dirigiendo la mirada a su brazo, donde Alfred aún le tenía agarrado con fuerza.

El muchacho le soltó y Arthur abrió la puerta de la bodega, con intención de salir. Antes de poner un pie fuera, se giró a Alfred.

—Y por supuesto, ni una palabra de esto a nadie.

Alfred asintió, aunque Arthur no se molestó en ver ni oír la respuesta del de ojos azules, yéndose a grandes zancadas de ahí.

A partir de ese momento se podría decir que todo volvió a la normalidad, a como habían sido las cosas antes de desembarcar en la isla… Sin embargo, pequeños detalles impedían la vuelta a la normalidad.

La relación entre Madeleine y Elizabeta se tornó en cierta medida más fría, distante. Elizabeta se negaba a hablar sobre su vida antes de llegar al barco y Madeleine evitaba preguntarle nada, después de haber visto cómo se había puesto la morena al mencionar a Sadik. A pesar de que solían pasar bastantes horas juntas, el silencio predominaba entre ellas, o en lugar de eso, alguna que otra conversación vacía.

Alfred, quien había ansiado desde que conoció a Arthur que este se olvidara de su existencia y le dejase de molestar usándole de criado, vio cómo su deseo se hacía realidad… Aunque a un alto precio.

El joven jamás esperó que fuese a sentirse atraído por otro hombre. Bien era cierto que nunca ninguna mujer le había llamado la atención… Pero siempre había pensado que, algún día, llegaría una mujer que le gustaría y con la que acabaría. El beso con Arthur aquella noche fue algo totalmente nuevo para él. Nunca se había planteado qué se sentiría al besar a alguien, ni mucho menos si ese alguien era de su mismo sexo. La idea se le hacía extraña… pero el recuerdo de los labios del capitán uniéndose con los suyos le hacían tener ganas de repetir, de no sentirse saciado, de querer más.

Después del incidente en las bodegas, Arthur le dio un trato de indiferencia al chico, evitándole cuando estaban cerca, dándole largas cuando éste comenzaba a hablarle… Parecía que al capitán le había afectado bastante lo que le había contado y, no sabía por qué, Alfred quería volver a hablar con él. Intentar hablar con Arthur como a un igual, no como a un superior. Sin embargo, eso le iba a ser muy complicado.

Por otra parte, estaba la relación de Madeleine con Francis. A pesar de que la joven insistía en que no pasaba nada, el francés se daba cuenta de que había gato encerrado y la chica le estaba ocultando algo. Sin embargo, no quiso insistir. Menos aún después de lo que le dijo Arthur de que parecía que intentaba seducirla…

—¿Sabes? Debí haberte escuchado.

En el silencio de la noche, Alfred no esperó una respuesta por parte de su compañero de camarote, pensando que ya se habría dormido. Sin embargo, no fue así, ya que pocos segundos después apareció Mathias asomando la cabeza desde la cama de arriba.

—¿Qué dices?

—Que debí haberte escuchado.

—¿Pero de qué estás hablando?—preguntó el otro rubio, arrugando la nariz—. Espera… ¿Estás despierto o hablando en sueños?

—Despierto, idiota—repuso Alfred sin poder evitar sonreír. Se incorporó, para que el otro muchacho viese que no estaba dormido—. Te hablo de lo que me dijiste el otro día, cuando fuimos a la isla.

Mathias alzó una ceja, sin acordarse de lo que dijo, y bajó de su cama en un par de movimientos, sentándose en la cama de su amigo.

—No me acuerdo. Te dije tantas cosas…

—Fue antes de desembarcar. Dijiste que me contarías la historia de Arthur…

—¡Ah!—exclamó Mathias, acordándose al fin—. ¿Y qué, quieres oírla?

Alfred asintió, con esperanza. Tenía la idea de que si sabía cuál era la historia de Arthur, quizás le sería más fácil entender al chico de ojos verdes.

—Vale, allá voy—sonrió Mathias, frotándose las manos con anticipación—. En realidad no es muy largo lo que sé, pero bueno.

—No importa.

—Vale, voy: Arthur es el menor de cuatro hermanos. Era un bastardo (todos sus hermanos eran pelirrojos, menos él) y siempre le trataron como si fuera inferior, como si no perteneciese a los Kirkland…

—¿Y sus padres?

—Su madre murió cuando él tenía cuatro años y su padre les abandonó. Sin embargo, el hermano mayor fue quien sacó para adelante al resto de sus hermanos. Arthur siempre se llevó mal con ellos por cómo le trataban y cuando cumplió los catorce años se fugó de casa. Entró en un barco pirata como un simple cocinero pero poco a poco fue ascendiendo y con diecinueve años ya tenía todo un grupo de seguidores que le querían como capitán. Con veinte años consiguió hacerse capitán, aunque hay una parte de la historia que no conozco en la que Francis tiene mucho que ver, pero no me la sé—repuso el chico encogiéndose de hombros.

—Guau. Entonces… Si le trataban como a una mierda, ¿por qué demonios me lo hace a mí, si sabe lo que se siente? O al menos me lo hacía…

—A saber. Arthur es muy imprevisible… Unos dicen que está loco—

—Lo está. Puedo confirmarlo.

—Otros dicen que realmente piensa muy fríamente cada cosa que hace y que su actitud tan altanera es solo una fachada—continuó Mathias—. Como sea. El caso es que desde que Arthur es capitán las cosas siempre han ido bien. Bueno, van bien siempre y cuando no nos encontremos con El Clavel.

—¿El Clavel?

—Es nuestro barco enemigo por excelencia. Capitaneado por Antonio Fernández Carriedo, el mayor rival de Arthur, es un barco a la altura de La Perla. De hecho, el otro día coincidimos con ellos en la taberna.

—¡¿En serio?!

—Claro. ¿No te acuerdas de la pelea de Arthur en la que tuve que intervenir?

Alfred asintió.

—Estaba a punto de pegarse a puñetazo limpio con un muy borracho Antonio. Al menos estaban igualados en alcohol y ninguno tenía ventaja sobre el otro. Sino las cosas podrían haberse puesto muy difíciles…

—Vaya…

—Siempre que hemos tenido enfrentamientos en alta mar las cosas no han ido muy bien que digamos…—Mathias se mordió el labio, recordando ataques anteriores entre El Clavel y La Perla y la devastación que habían sufrido ambas tripulaciones después.

—Espero que no nos los encontremos próximamente—respondió Alfred, bostezando.

Mathias le miró, con tristeza en los ojos, pero no dijo nada. Sabía que Alfred no era capaz de imaginarse lo que podría llegar a pasar si había un nuevo ataque y la verdad era que no quería que se enterara nunca a ser posible.

—Creo que es hora de que vuelva a mi cama e intentemos dormirnos—decidió Mathias, levantándose.

—Vale. Hasta mañana—dijo Alfred, soltando otro bostezo.

—Hasta mañana—murmuró Mathias, subiéndose a su cama y tumbándose. Le costó mucho conciliar el suelo. Los fantasmas del pasado no paraban de rondarle, y en su mente solo había una palabra: Eir.

A pesar de todo, las cosas no fueron como Mathias deseaba. Pocos días después de contarle sobre el pasado de Arthur a Alfred, fue cuando su mayor temor sucedió.

Era una mañana clara, y como cualquier mañana, Arthur se encontraba dando órdenes a su tripulación. Cuando hubo acabado se retiró con intención de dirigirse a su camarote. Sin embargo alguien le tomó del brazo, parándole. El de ojos verdes se giró, encontrándose con un serio Francis, que le pidió hablar en privado.

—¿Qué pasa?—preguntó el capitán cuando entraron en su cabina, sin volverse a Francis, yendo a su escritorio.

—Se trata de Yao—respondió Francis—. Ha divisado un barco.

Arthur frunció el ceño, centrando toda su atención en el francés. Se giró lentamente, pensando.

—¿Y sabe qué tipo de barco es?

—Aún no, dice que se veía muy pequeño.

—Mmm—murmuró Arthur, pensativo—. Da órdenes de que se preparen para el abordaje.

Francis palideció al oír eso.

—¿A-Abordaje?

—Si es un barco pirata es más que obvio que habrá. Si no… seguramente también—respondió Arthur, sonriendo macabro.

Francis tragó saliva con trabajo. Las batallas nunca le habían dado miedo en realidad. De hecho cuando decidió hacerse pirata lo hizo con la idea de que moriría en cualquier momento y no le importaba. Sin embargo, con Madeleine… No quería que ella tuviera que vivir una pelea en primera persona.

—Pero, ¿qué pasa con Maddie y su hermano?

Arthur frunció el ceño, sintiéndose repentinamente nervioso con la mera mención de Alfred.

—E-Ellos… ella que no luche y se quede escondida. Él que vaya a pelear.

Francis le miró no muy seguro, y salió de la cabina. Dio la orden que Arthur le había dado y la gente no tardó en dejar lo que estaba haciendo para cumplir órdenes. Entre el revuelo que se había formado en cosa de segundos Francis se hizo paso hasta el interior del barco, buscando a Madeleine. La encontró con Eli en su camarote, hablando animadamente.

Al ver a Francis con esa expresión de preocupación en la cara, la morena supo que algo iba mal, levantándose de la cama de Madeleine, en la que había estado sentada hasta ese momento.

—¿Qué ha pasado?

—Abordaje—respondió Francis, directo.

Elizabeta abrió los ojos como platos y salió del camarote rauda y veloz, yendo a prepararse.

—¿Q-Qué?—preguntó Madeleine, asustada. Al igual que Elizabeta se había levantado, quedando cara a cara con Francis.

—Tú quédate aquí, ¿de acuerdo?—le pidió él, acercándose más a ella y tomándola de las manos—. Todo va a ir bien, ¿vale? No tengas miedo.

—¿Y Alfred?

—Él va a estar bien—"o eso quiero creer…" pensó el francés, apretando las manos de la joven-. Tú no te muevas de aquí pase lo que pase, ¿vale?

—P-Pero—

—Prométemelo.

Madeleine abrió la boca, pero no emitió sonido alguno.

—Y-Yo no…

Francis, quien comenzaba a impacientarse, escuchó cómo le llamaban desde el pasillo, siendo el ruido proveniente de arriba cada vez mayor. Tuvo que irse pero antes le echó una última mirada a Madeleine quien le miraba petrificada de miedo, sin saber cómo reaccionar.

Finalmente, Alfred, quien había pasado toda la mañana intentando atraer la atención de Arthur (terminando todos esos intentos en fracaso), se puso en guardia al oír a Francis dar órdenes.

—¡Vamos a pelear!—exclamó excitado, mirando al resto de la tripulación. Sin embargo, pocos compartían su entusiasmo.

—No estés tan contento—le dijo Mathias, cuyo rostro denotaba nerviosismo—. No es tan genial como piensas.

—Quieras o no es mi primera batalla—sonrió Alfred, sin entender cómo era que Mathias no estaba igual de ilusionado que él.

—Y quizás la última—murmuró el danés antes de alejarse de él, dirigiéndose hacia un grupo de hombres.

Alfred se quedó helado al escuchar esas palabras de desaliento, pero negó con la cabeza, diciéndose que no iba a ser su última batalla, y siguió a Mathias en lo que fuese que estaba haciendo.

El revuelo que se había formado en el barco en cuestión de minutos era impresionante, y Alfred nunca se había sentido tan abrumado en su vida. Los demás, experimentados en el arte de la guerra, le explicaron rápidamente cómo tenía que actuar en la batalla. A pesar de haber recibido alguna que otra clase de esgrima del mismo capitán, sabía que eso no sería suficiente.

—¡Es El Clavel! ―exclamó Yao al divisar el barco.

Los gritos se intensificaron, y al girarse, Alfred vio cómo Mathias, de pie a su lado, palidecía con la mera mención del barco rival.

—Hey, ¿estás bien?—preguntó Alfred a su amigo poniéndole una mano en el hombro. Éste afirmó, mirando hacia abajo, antes de fruncir el ceño y mirarle a los ojos.

—Lo estaré, dentro de poco.

El menor no supo a qué se refería Mathias con eso, pero no le importó. Simplemente se encogió de hombros, preparado a que llegara el otro barco y comenzase la pelea.

En un momento dado, Alfred alzó la vista, y su mirada se cruzó con la de Arthur, quien salía de su cabina. El intercambio de miradas duró apenas unos segundos pero fue suficiente como para que Alfred se diese cuenta de que el capitán le había mirado de una manera completamente distinta a como le había mirado hasta ese momento. Quiso hacerse paso entre la multitud para alcanzarle y hablar con él, preguntarle que qué ocurría con él. Sin embargo, un cañonazo por parte de La Perla hizo que toda su atención se centrase de nuevo en la pelea y se olvidase de Arthur por el momento.

Todo se había sucedido muy rápido, o al menos eso pensaba Alfred. Le parecía que había pasado muy poco desde que se había divisado el otro barco el cual ahora les estaba atacando. Por supuesto, La Perla contraatacó, lanzando un cañón al otro barco. Cuando estuvo más cerca, Alfred vio que los otros piratas saltaban con cuerdas hasta La Perla, donde peleaban cuerpo a cuerpo con la tripulación de Kirkland. Fue en ese momento que Alfred fue consciente de en qué se había metido. Nunca había luchado realmente contra nadie. No en una pelea real.

Un hombre, cuchillo en mano, se acercó hacia él, dispuesto a atacarle, pero Alfred fue más rápido y, blandiendo la espada que Arthur le había dado pocos días atrás para entrenarse para pelear, enfrentó a su atacante.


Por otra parte, Elizabeta luchaba contra una muchacha que debía ser de su edad o un poco mayor. Era bastante hábil con la espada, pero no tanto como para desarmar a Elizabeta. La castaña se defendía bastante bien, aunque comenzaba a estar cansada, y eso que la pelea no había hecho más que empezar. No sabía por qué, pero su rendimiento estaba por los suelos. Poco a poco, la otra joven fue arrinconandola, hasta llegar a la popa del barco, donde la morena no tenía escapatoria. Quería; no, necesitaba ayuda urgente. Pero claro, ¿quién iba a ayudarla, si había más piratas de El Clavel allí…?

Al parecer, Feliks se dio cuenta de que Elizabeta estaba a punto de ser vencida por la otra chica por lo que decidió ir a ayudar a su amiga. Metiendo un pie entre las piernas de la otra, la tiró al suelo dándole así ventaja a Elizabeta, quien le sonrió agradecida. Sonriéndole de vuelta Feliks se giró, yendo a ayudar a Toris, quien parecía estar también en apuros.

Elizabeta salió de la ratonera en la que la había encerrado la otra, sintiéndose libre al fin, pero no duró mucho.

—Quítate, Eir, esta es mía.

Esa voz tan conocida para Elizabeta hizo que toda su piel se erizara. Temiendo por su vida, la morena se atrevió a encarar a esa persona y se sintió desfallecer al ver la mirada fiera del hombre posada sobre ella.

La otra chica asintió, yéndose de allí y dejando sola a Elizabeta con Sadik.

—¿Cómo estás, Liz?—preguntó levantando su arma Sadik, sonriendo cruelmente.

Elizabeta no pudo contestar, retrocediendo un par de pasos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo miedo. Si había estado a nada de ser vencida por una chica de su misma constitución, no podía hacer nada contra Sadik. Sin embargo, no dejaría que el hombre lo notara. Lucharía hasta el final, aunque se quedase en el intento.

—Ya no eres tan chulita como la otra noche, ¿eh? ―rio Sadik acercándose hacia ella, antes de descargar un fuerte golpe con su espada que fue esquivado por la morena, aunque no fácilmente.

Elizabeta contraatacó, pero sus golpes no eran tan fuertes como los del hombre, quien se defendía de ellos como si se trataran los de un niño.

―¿Esto es todo lo que sabes hacer? ―volvió a reír Sadik, divertido.

Elizabeta sintió cómo sus fuerzas iban disminuyendo mientras que las de Sadik solo parecían aumentar, sin mostrar cansancio en ningún momento.

Finalmente, Sadik logró desarmarla, luciendo esa mordaz sonrisa en su rostro mientras disfrutaba de una vista que hacía años que no veía: Elizabeta asustada.


Mathias había aprovechado el momento en que Sadik había apartado a Eir de Elizabeta para acercarse a la rubia, dentro de sus posibilidades. Abriéndose paso a golpes y empujones, el danés llegó junto a la chica, de espaldas a él.

―¡Eir!

La nombrada se giró de golpe, mirándole con asombro durante una milésima de segundo antes de cambiar su expresión. Mirándole con indiferencia, Eir le atacó, aunque sus golpes fueron esquivados fácilmente por Mathias.

―¡Necesito hablar contigo!

―¿Crees que este es el mejor momento y el mejor lugar? ―blandió la espada contra él, frunciendo el ceño.

―¡Necesito que me escuches!―exclamó, deteniendo la espada de la noruega y acercándose un paso a ella, haciéndola retroceder―. ¡Necesito que vuelvas conmigo!

―¡Jamás!

La chica había gritado con una decisión que desconcertó a Mathias. Sabía que la chica tenía carácter y era muy terca, pero no se esperaba esa respuesta tan contundente a su petición.

―Ya sé que estás enfadada conmigo, pero podemos hablar y solucionar las cosas. Tienes que volver ―insistió.

―¿Volver a dónde?

―¡Conmigo!

―No volvería contigo por nada del mundo.

Eso le sentó a Mathias igual que una patada en el estómago. Se había quedado sin palabras. Vio cómo Eir se giraba y seguía atacando a miembros de la tripulación contraria y el danés hizo lo propio al salir del aturdimiento, dejando a la chica ir. Después de todo, volverían a verse. No sabía dónde, ni cuándo, pero lo harían.


Francis peleaba contra un oponente que le sacaba una cabeza, y parecía tener el doble de fuerza que él, pero el francés resistía, dando golpes a diestro y siniestro con su espada. En un momento dado perdió el equilibrio y cayó al suelo. Esto fue aprovechado por su oponente para contraatacar. Blandiendo su espada, cuando estaba a nada de descargar una estocada contra el cuerpo del francés, alguien por detrás le hirió con una espada en la espalda, haciéndole caer al suelo como si de un fardo se tratase.

Francis alzó la vista conteniendo el aliento por un microsegundo, temiendo que fuese alguien peor que quien le estaba atacando. Pero al ver a Madeleine de pie sujetando una espada que para alguien como ella se le hacía pesada, Francis no pudo más que gritar.

―¿Qué haces aquí? ―exclamó más enfadado de lo que hubiera querido, asustando a la joven quien consiguió hacerse oír por encima de todo ese jaleo.

―¡Salvarte la vida!

Francis no tuvo tiempo de replicarle nada, poniéndose en pie rápidamente. Vio cómo un pirata de El Clavel se lanzaba contra la muchacha y, sin pensárselo dos veces, apartó a Madeleine de un empujón poniéndola a salvo para pelear contra su atacante. Por primera vez en su vida nunca había sentido tanta angustia en una pelea cuerpo a cuerpo. No era por sí mismo por quien estaba preocupado sino por la chica. Tras él, Madeleine, se ponía de pie y recogía su espada (¿de dónde la habría sacado?), antes de ponerse espalda contra espalda con Francis, peleando con los que pretendían atacar al rubio por la espalda, que afortunadamente fueron muy pocos.

El francés no supo cuánto tiempo estuvieron así, peleando, protegiéndose las espaldas. Cada vez había menos piratas del bando contrario en el barco, y algunos ya habían caído. Francis sonrió, sabiendo que tenían la victoria ya ganada, cuando de repente, sintió cómo algo caía encima de él. Girándose, Francis vio cómo Madeleine se desvanecía.


Cuando Alfred se hubo quitado de encima al hombre con el que había estado luchando hasta el momento, buscó al capitán con la mirada.

Arthur luchaba encarnizadamente contra Antonio, el capitán de El Clavel. Todos los que les conocían sabían que la lucha sería sangrienta y ninguno de los dos saldría ileso. La lucha parecía no tener fin, ya que ambos lo hacían sorprendentemente bien. Parecían conocer cada movimiento del otro y sabían cómo esquivalos.

Estando cerca de la borda, Antonio le dijo algo al inglés que pareció desconcertarle. Aprovechando el factor sorpresa, Antonio le metió una patada a Arthur con toda la fuerza que tenía, tirándolo directamente al agua.

Alfred abrió los ojos como platos al ver ese acto tan cobarde por parte del español. Viendo cómo Arthur caía al mar, Alfred siguió su instinto y se tiró tras él. Sabía que era algo demasiado irracional, pero le daba igual.

Sintiendo cómo las frías aguas del Atlántico calaban en su piel, Alfred se impulsó hasta la superficie, buscando al capitán, a quien no veía por ninguna parte.

―¡ARTHUR! ―exclamó con todo el aire de sus pulmones, sin recibir ninguna respuesta―. ¡ARTHUR!

Tampoco recibió ninguna contestación. Asustándose, Alfred se movió, yendo a ver dónde podría estar el capitán, hasta que de repente lo vio, a unos metros detrás de él. Dando unas largas brazadas, el menor lo alcanzó.

Arthur estaba inconsciente, con un pequeño chorro de sangre manando de su frente.

―Mierda―siseó el de ojos azules, tomando a Arthur por debajo de una axila, colocándole la cabeza encima de su hombro, y comenzó a nadar en dirección al barco. Sin embargo, éste se había ido alejando sin que Alfred se hubiese dado cuenta―. Joooodeeeer.

Alfred estaba desesperado, sin saber qué hacer. Y entonces, como si hubiera caído del cielo, vio que a su derecha había una pequeña isla. Tan pequeña que más bien era un islote. Decidido, Alfred comenzó a nadar en esa dirección, sujetando con fuerza a Arthur contra sí. Sólo le faltaba que el de ojos verdes se ahogase por su culpa.

Cuando hizo pie, Alfred cogió a Arthur por debajo de las rodillas y por la espalda hasta que llegó a la orilla, donde se dejó caer al suelo, soltando a Arthur junto a él. Antes de dejarse vencer por el cansancio, tomó la mano de Arthur.