Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 15

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Él era un hombre paciente por naturaleza. También solía ser un hombre precavido, pero últimamente se estaba empezando a aburrir.

Estar en el club de juego sabiendo que no sería bienvenido si se descubriera su propósito, resultaba bastante... emocionante.

Los juegos de dados no le interesaban. Tampoco tenía ningún interés en jugar a las cartas. La habitación en la que estaban las mujeres le parecía aburrida. Y tampoco había obtenido nunca ningún placer del alcohol.

Pero los niños... Los niños eran otra cosa.

Si desaparecía un niño de la calle nadie se daba cuenta. Pero allí alguien podría notarlo. Especialmente si aquel maldito inspector no Tenpi andaba husmeando por el local.

La clave estaba en tomarse el tiempo necesario hasta determinar cuál era el niño adecuado y, entonces, pasar a la acción.

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Ino sabía que debía levantarse y empezar el día. Pero en vez de eso, se permitió el lujo de quedarse donde estaba, escuchando cómo se bañaba Sugetsu. Durante los cuatro días transcurridos desde que superó su enfermedad, se había dado cuenta de que él la observaba con atención parecía estar valorando si estaba preparada para afrontar algo, y eso la incomodaba un poco. Tal vez le hubiera contado su confesión a no Tenpi y acabara en Scotland Yard. Cada mañana, Suigetsu le preguntaba cómo se encontraba, quería saber lo fuerte que se sentía y la sometía a una inquisición que ella imaginaba muy similar a la que habría sufrido Uzumaki.

De repente, sintió compasión por el médico. Estaba tan ansiosa por saber por qué Suigetsu estaba tan preocupado por su salud, que el día anterior por la mañana le había dicho:

—Me encuentro tan bien como antes de ponerme enferma.

Él se limitó a responder:

—Me alegro de oírlo.

Ino se preguntó si a partir de entonces volvería a intentar que fuera a su cama. Suigetsu había demostrado un comportamiento particularmente ejemplar desde su paseo por el jardín. Cenaban juntos todas las noches, su relación había tomado un definitivo giro hacia la cortesía, y a ella cada vez le costaba más recordar por qué se había opuesto en un principio a que fuera el tutor de su hijo.

Cuando se hacía el silencio en el cuarto de aseo, Ino se quedaba un rato más donde estaba, intentando no imaginárselo vistiendo su atractivo cuerpo. Por supuesto, cuanto más intentaba no imaginarlo, más se lo imaginaba.

Se asustó al oír una repentina llamada en la puerta. Apenas había tenido tiempo de sentarse en la cama cuando se abrió la puerta del aseo ySuigetsu entró en su habitación. Ino sofocó un grito y se acercó las sábanas al pecho.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—He estado aplazando esto hasta que estuvieras recuperada y pudieras venir con nosotros

cuando llegara el día apropiado. Inojin quiere ir a la Gran Exposición.

—Ya sé que quiere ir, pero...

—Vamos a ir hoy. Nos gustaría que vinieras con nosotros. Hoy las entradas valen sólo un chelín; es un día dedicado a las clases bajas. De este modo, los miembros de las clases altas, que son unos esnobs, y en este caso los excuso porque en realidad nos viene muy bien, no tienen que respirar el mismo aire que los pobres. Los que visitarán hoy la exposición no son el tipo de gente con el que te sueles relacionar, por lo tanto, es muy improbable que te reconozcan. Lanzó un hatillo sobre la cama. Para que estés más tranquila, te he traído esta ropa. Con ella no llamarás la atención. Nos vamos en media hora.

Suigetsu cerró la puerta antes de que pudiera objetar nada. Ino cogió el hatillo, deshizo el nudo y sacó un montón de ropa usada: una chaqueta, una camisa, pantalones, zapatos y una gorra.

¿Estaba insinuando que se vistiera como un chico?

Cogió los pantalones, se bajó de la cama y se dirigió hacia la puerta para hablar con Suigetsu. Aquello era completamente inapropiado...

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«Pero no tan inapropiado como besarle.»

¿Pero acaso un poco de mal comportamiento excusaba un poco más? Se detuvo y observó la ropa con más detenimiento. A pesar de estar un poco usada, seguía oliendo a limpio. Suigetsu, que se bañaba dos veces al día y, según le había contado su lavandera, quería que le lavaran la ropa mucho más a menudo que cualquier hombre, le había proporcionado ropa limpia. Se acercó los pantalones a la cintura y dejó colgar las perneras por delante de su cuerpo. Eran lo suficientemente largos y también parecían ser lo bastante anchos.

No quería pensar en lo mucho que debía de haberla observado para haber podido elegir con tanta precisión la talla que le quedaría bien. No sabía si inquietarse o sentirse halagada, si agradecérselo o regañarlo. No le cabía ninguna duda de que él esperaba más bien lo último.

Seguro que estaba aguardando al otro lado de la puerta con un montón de argumentos preparados para contestarle.

Dio un indeciso paso atrás mientras sopesaba sus opciones. A decir verdad, tenía tantas ganas de ver la Gran Exposición como Ino. Pero eso de vestirse como un chico...

Se le escapó la risa y se tapó la boca con la mano. La mera idea la hacía sentirse despreocupada, joven e intrépida. ¿Qué podía haber de malo? ¿Quién se iba a enterar?

Consideró las posibilidades. El problema sería el pelo. Conseguiría ocultarlo si se lo trenzaba bien, se lo sujetaba con firmeza a la cabeza y se lo metía bajo la gorra.

—No, no puedo susurró. No puedo.

—¿Por qué no? le preguntó una tenue voz parecida a la suya. Procedía de un rincón remoto de su mente. Tal vez estuviera perdiendo la cabeza. Hablar sola era preocupante, pero contestar a sus propias preguntas era una auténtica locura.

Oyó un golpe en la puerta del cuarto de aseo.

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—¿Estás lista? preguntó una voz grave.

—No.

—¿Estás presentable?

—No.

—Pues solvéntalo, porque, voy a entrar.

—No.

El muy sinvergüenza abrió la puerta, miró a su alrededor y la observó detenidamente.

—Venga, muñeca, sabes que quieres hacerlo.

Ella, que se sentía extrañamente vulnerable cuando él estaba en su habitación, apoyó uno de sus pies descalzos sobre el otro.

—¿A quién perjudicarás si lo haces? le preguntó Suigetsu. Cruzó el umbral de la puerta, se apoyó en la pared y entrecruzó los brazos en señal de desafío.

No vestía su habitual traje hecho a medida y el largo abrigo de paño que llevaba no era de su talla. Le venía un poco grande y lo hacía parecer un hombre corriente. Ella aún no se había dado cuenta de lo poco corriente que parecía Suigetsu. Pensó que si no hubiera sabido nada de él y lo hubiera conocido vistiendo sus habituales trajes, lo podría haber confundido tranquilamente con un aristócrata. Desprendía cierto aire de hombre con título e incluso aquella ropa monótona y apagada no acababa de borrarlo. Resultaba un poco extraño no ver en él el clásico toque de color.

—¿A quién perjudicarás si no lo haces? preguntó a continuación, como si no esperara que ella respondiera a su primera pregunta.

Ino miró la ropa extendida sobre su cama.

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—Inojin seguirá recordando durante muchos años la Gran Exposición. ¿No quieres que recuerde que tú estabas allí con él? preguntó Suigetsu.

—Eso no es justo. Además, ¿qué pasa si alguien me reconoce?

—Nadie mira las caras de la gente pobre. Con esa ropa parecerás un indigente.

—Y entonces, ¿de dónde se supone que habré sacado dinero para comprar la entrada?

Él suspiró.

—Nadie te lo va a preguntar. Venga, muñeca, elige hacer lo indebido por una vez en tu vida.

Casi le recordó que le había besado, y eso era muy indebido, pero teniendo en cuenta que él no había hecho ni una sola referencia a su encuentro desde el paseo por el jardín, sospechaba que, o bien quería olvidarlo, o había decidido que no significaba nada en absoluto. Después de llegar a esa conclusión, intentó no sentirse decepcionada.

Sugetsu la estaba tentando; conseguía que pareciera muy fácil abandonar su pedestal de moral intachable. Pero en realidad lo que le estaba pidiendo que hiciera no era tan terrible. Sería agradable poder salir de casa y hacer algo con Inojin...

—Supongo que podría hacer cosas peores.

—Teniendo en cuenta que hay un hombre en tu habitación y que estás en camisón le guiñó el ojo, lo que te estoy sugiriendo tampoco es tan atrevido.

Si le hubiera dicho eso antes de besarla, Ino habría pensado que estaba intentando ofenderla, pero ahora creía que lo único que pretendía era tomarle el pelo y hacerla reír para que se diera cuenta de lo absurdo que era su dilema.

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—Si voy al infierno por culpa de esto...

—Yo también estaré allí. Te prometo que bailaré contigo le aseguró.

Ella percibió algo en su tono de voz y en su mirada que la hizo pensar que esa vez no le estaba tomando el pelo y la asaltaron unas ganas absurdas de echarse a llorar. Quizá aún no hubiera superado del todo la enfermedad, o tal vez se debiera, sencillamente, a que reconocía que tenía mucho miedo de estar sola.

Si pensaba demasiado en lo que Suigetsu le estaba pidiendo, podría acabar acobardándose. Levantó la barbilla y le hizo un gesto con la mano.

—Vete. Me tengo que vestir.

Él le dedicó una rápida sonrisa antes de desaparecer detrás de la puerta y cerrarla. Oh, Ino deseaba que no hubiera hecho aquello, que no le hubiera ofrecido aquel destello de placer. Su imagen le había provocado una imprevista ráfaga de emoción que se adueñó de su corazón. Era maravilloso sentir que se podía hacer feliz a un hombre; saber que él quería estar con ella.

Felicidad. Estaba experimentando una felicidad muy superior a la que había sentido en cualquier otro instante de su vida.

Cuando cogió el pomo de la puerta para salir de la habitación, era incapaz de recordar ningún otro momento en que se hubiera sentido tan emocionada.

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Aquella ropa había sido un error, un terrible error. Suigetsu era incapaz de dejar de mirar la preciosa silueta del trasero de Ino mientras hacían cola para entrar al Palacio de Cristal. Le debía de haber pedido a su doncella que le vendara el pecho, porque se la veía tan plana como una tabla. O tal vez sólo fuera por la anchura de la chaqueta. Aquella corta chaqueta que le permitía ver perfectamente cómo el pantalón le marcaba el trasero.

Parecían tres amigos en busca de aventuras. Bueno, ella e Inojin tenían aspecto de ser un par de chicos, Suigetsu parecía más bien su padre. También se sentía como su padre: viejo y cínico. Antes, nunca le había importado la visión pesimista que tenía de la vida, pero cuando se dio cuenta de la curiosidad que embargaba a Ino e Inojin incluso antes de entrar en el edificio, se sintió muy mayor.

Suigetsu jamás había visto tanta alegría en los ojos de Ino. No paraba de agacharse a hablar con Inojin y de señalar cosas a un lado y a otro. Aunque sabía que no debía, Suigetsu deseaba que ella compartiera todo aquello con él, que le tocara el brazo, que se pusiera de puntillas y le susurrara al oído todo eso que parecía emocionarla tanto.

Seguía estando deliciosa incluso con aquella ropa. Seguía pareciendo una persona de clase alta. Se podría ensuciar las mejillas y ponerse barro en la punta de su preciosa naricita y seguiría sin parecer que perteneciera a la pocilga de la que había salido Suigetsu. Si alguien le diera un empujón, como le acababa de ocurrir a él, ella se disculparía o arrugaría la nariz de la manera en que lo hacía cuando algo la molestaba.

Ino no...

¡Maldición!

Se metió la mano en el bolsillo del abrigo y miró rápidamente a su alrededor. No vio a ningún ladrón.

—¡Maldita sea!

—Oye amigo, cuida tu lenguaje, que aquí hay una dama.

Suigetsu se dio media vuelta y miró al hombre que había hablado. Era bastante mayor y su mujer resultaba muy poco atractiva, pero parecía que él se preocupara por ella, que fueran una pareja de verdad.

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—¿Qué ocurre? dijo alguien con voz ronca.

Él volvió la cabeza muy despacio en dirección a Ino.

—¿Qué ocurre? repitió ella, con una voz que creía que se parecía a la de un chico, cuando en realidad no se parecía en nada.

Si no fuera porque estaban intentando que nadie se diera cuenta del engaño, Suigetsu no habría dejado pasar aquella oportunidad para tomarle el pelo.

—Me han robado. Era terrible que fuera precisamente él quien tuviera que reconocer algo así.

—¿Qué llevabas? preguntó, sin darse cuenta de que la preocupación había devuelto la normalidad a su voz. En consecuencia, el hombre y la mujer que esperaban tras ellos arquearon las cejas.

—Un colgante que contenía un retrato de mi madre.

—¿Por qué llevabas encima algo de tanto valor...?

—Siempre lo llevo encima contestó él con sequedad, dejando muy claro que no quería que nadie le recordara lo tonto que había sido. Habrán intentado robármelo una media docena de veces, pero siempre he sido lo bastante rápido como para pillar al granuja. Le dieron ganas de volver a maldecir, pero no quería acabar peleándose con el hombre que tenía detrás. Tal vez fuera más viejo, pero también era mucho más corpulento y tenía unos enormes puños que sabía que podían hacerle bastante daño. Si estuviera solo, se podría escabullir fácilmente, pero le preocupaba que Ino o el chico se llevaran un golpe que debiera recibir él.

—Entonces te lo ha robado alguien tan hábil como tú afirmó ella en lugar de preguntar.

Suigetsu estuvo a punto de decirle la verdad, de contarle que la habilidad del chico poco tenía que ver con aquello, porque lo cierto era que él se había distraído mirándola. Quien fuera que estuviera al acecho, se habría dado cuenta de que no estaba prestando atención y lo habría identificado como un blanco fácil. Pero decidió que aquella confesión los incomodaría a ambos.

—Para él no tiene ningún valor. Tendrá que empeñarlo. Ya lo encontraré.

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Ino se acercó a Inojin, que estaba entre ellos dos como inocente barrera, y tocó el brazo de Suigetsu. A pesar del abrigo y la camisa, sintió el calor de la palma de su mano como si nada separara su cuerpo de la piel de Ino. Si no supiera cuál era el motivo de aquella temperatura, Suigetsu podría pensar que ella aún tenía fiebre. O tal vez fuera él quien la tuviera. Quería salir corriendo; quería acercarse más a Ino.

—Lo siento dijo ella con tranquilizador susurro que penetró el compacto muro de Suigetsu.

—No es culpa tuya; he sido un tonto. Tenía la boca seca y la voz entrecortada. ¿Qué diablos le habría hecho pensar que era una buena idea que salieran juntos? ¿Acaso había perdido completamente la cabeza? En aquel momento, la deseaba más de lo que la había deseado la noche en que la besó. Su inocente falta de conciencia sobre el deseo que le provocaba lo atormentaba.

—¿Tienes otro retrato de tu madre? preguntó ella.

—No. No pasa nada. No es importante. Aunque en realidad Ino no estaba moviendo la mano, él sintió como si lo estuviera haciendo, como si le estuviera acariciando los hombros y el pecho. Se lo podía imaginar vívidamente; lo deseaba con una ferocidad que podía llevarlo a la perdición.

—¿Por qué no abren las puertas? preguntó enfadado.

Ino retiró la mano al mirar en dirección al edificio de cristal. Suigetsu quería cogérsela, sujetarla con fuerza y no soltarla nunca. Había perdido la cabeza. Ya no le quedaba ninguna duda.

—Parece que ya lo han hecho. Veo un poco de movimiento por allí delante.

Ino lo miró y le sostuvo la mirada; por un terrorífico momento, pensó que ella se estaba dando cuenta de la confusión que le provocaba. De repente, Suigetsu deseaba mucho más de lo que podía tener. Quería llevarla allí el día en que acudía la élite de la sociedad. Quería ponerse su ropa hecha a medida y poder verla a ella vistiendo un color que no fuera el negro. Quería que le apoyara la mano en el brazo y saber que sería la envidia de todos, porque ella iba junto a él.

—¡Venga! ¡Venga! gritó Inojin.

Suigetsu se dio cuenta de que la cola se había empezado a mover y que él no se había dado ni cuenta.

—Será mejor que empecemos a prestar atención.

Ino le sonrió con dulzura, como si comprendiera su tormento. Luego alargó el brazo y cogió a Inojin de la mano.

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—No te separes de mí.

Suigetsu no sabía si le estaba hablando a su hijo o se lo estaba diciendo a él, si se habría dado cuenta de que de repente quería salir corriendo. Sin embargo, no se separó de ella. Se quedó allí absolutamente convencido de que no encontraría nada en aquel edificio hecho de cristal y metal que lo fascinara tanto como la mujer disfrazada de chico que caminaba a su lado.

De repente, advirtió las miradas y la curiosidad que estaban despertando, debido a la actitud de Ino, que hablaba y se comportaba como una madre, no como un chico. Entonces, ella, que también pareció darse cuenta del interés que había suscitado, miró a su alrededor.

Luego miró a Suigetsu y él vio el pánico en su rostro al darse cuenta de que la gente estaba empezando a fijarse en ella y a advertir que no era ningún chico. Antes de que pudiera tranquilizarla asegurándole que no tenía ninguna importancia, Ino dijo:

—¡Maldita sea! con el tono de voz grave que a ella le parecía que adoptaría un joven.

—¡Maldita sea! repitió Inojin.

Ino no se habría horrorizado tanto si Suigetsu la hubiera cogido entre sus brazos y la hubiera besado allí mismo. Entonces se empezó a reír y tuvo que taparse la boca.

—¡A ver esa lengua! dijo el hombre que tenían detrás.

La mujer que lo acompañaba abrió los ojos de par en par.

—Yo no creo que sea un chico, Senta. ¿Qué está pasando aquí?

Suigetsu cogió a Ino de la mano.

—Vamos.

Ella cogió la mano de Inojin y se alejaron de la cola.

—Vamos a perder nuestro turno dijo Ino; aunque no parecía estar enfadada.

Suigetsu seguía notando los restos de la risa en su voz.

—Conseguiremos uno mejor dijo él, llevándolos hacia adelante.

—¿No estarás pensando en robarle el sitio a alguien?

—Ya te he dicho que hace mucho tiempo que no hago eso. La miró y sonrió. Lo de robar.

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Suigetsu no quería ir hasta el principio de la cola porque resultaría demasiado evidente. Pero quería que estuvieran más cerca de lo que estaban. Entonces vio un hombre, una mujer y una niña. Suigetsu se acercó a ellos tirando de Ino e Inojin.

—¿Cuántos sois? le preguntó Suigetsu al hombre.

—¿Y a ti qué te importa?

—Te pagaré una buena cantidad si te llevas a tu familia al final de la cola le dijo.

—Estás loco. Llevamos aquí desde las cinco de la maña...

El hombre se quedó mirando el dinero que Suigetsu le había deslizado en la mano sin que apenas se diera cuenta. Luego, alzó la vista y clavó los ojos en él.

—Gracias, jefe. Se dirigió a la mujer y a la niña. Vámonos.

—Yo no...

—Sal de la cola ahora mismo dijo, empujando a la mujer, antes de enseñarle lo que le había dado Suigetsu.

Ella abrió los ojos como platos, apoyó la mano en el brazo de su marido y se fueron muy contentos.

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—Pensaba que íbamos a intentar pasar desapercibidos dijo Ino, mientras Suigetsu los ayudaba a ponerse en la cola.

—Hemos perdido esa oportunidad cuando tú has intentado no llamar la atención.

—¿Qué querías que hiciera?

—Exactamente lo que has hecho. Tendría que haber hecho esto mucho antes.

—Ya casi estamos gritó Inojin, nervioso, mientras tiraba de la mano de Suigetsu y saltaba.

Sí, ya casi estaban. Y Suigetsu ya estaba deseando que aquel día no acabara nunca.

Ino nunca había prestado mucha atención a las masas. No formaban parte de su mundo. Y ahora que se estaba mezclando con toda aquella gente, se daba cuenta de que no parecían tan distintos a ella. Suigetsu pasaba completamente desapercibido, pero sabía que era porque se estaba esforzando por hacerlo. Sin conocerlo, había pensado que procedía de la escoria de la sociedad, pero estaba claro que aquél no era su lugar. Ino creía que su lugar era exactamente el que ocupaba.

No resultaba apropiado que, siendo un chico, se fijara en otro hombre, pero en aquel momento le parecía lo más natural. Sabía cuándo Suigetsu iba a sonreír antes de que lo hiciera, porque primero veía aparecer la picardía en sus ojos; luego, esa picardía se convertía en una sonrisa. No se reía muy a menudo, pero cuando lo hacía la dejaba sin aliento. Cuando no estaba muy seguro de sí mismo o estaba pensando algo que lo preocupaba, se frotaba el contorno de la mandíbula inferior.

Cuando hablaba, siempre parecía muy seguro de sí mismo, pero Ino estaba empezando a sospechar que había momentos en los que no lo estaba y que ese gesto lo ayudaba a recuperar la confianza. No sabía cómo había conseguido detectar ese lado tan vulnerable de su personalidad, pero lo había hecho.

Estaba encantada observando cómo le explicaba cosas a Inojin: lo levantaba para que pudiera ver los objetos expuestos desde mejor ángulo y lo sentaba sobre sus hombros cuando el niño se cansaba de caminar. Sospechaba que nada de eso habría sucedido si hubiesen decidido ir cualquier otro día. Entonces, Inojin tendría que haberse comportado de acuerdo con su posición y su título. O tal vez no hubiera habido diferencia. Quizá Suigetsu le hubiera enseñado que no debía importarle lo que pensara la gente.

Sí, eso era mucho más probable. Si no se casaba, si no encontraba un marido que usurpara la posición de Suigetsu como tutor de Inojin, no le cabía ninguna duda de que éste crecería sin temer las opiniones de los demás. Ino no estaba segura de que eso fuera tan malo.

De todo el arte, los inventos y demás maravillas que se podían admirar en la Gran Exposición, lo que más fascinó a Inojin fue la enorme locomotora.

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—¿Nunca has ido en tren, chico? le preguntó Suigetsu.

Inojin, con los ojos abiertos de par en par, negó con la cabeza.

—Pues así es como han llegado aquí la mayoría de estas personas. En tren. Antes de que existiera, habrían tardado días y días en llegar a Konoha. Imagínate lo que se habrían perdido.

—¿Tú has ido alguna vez en tren? preguntó Ino. Tenía intención de seguir hablando como un chico, pero estaba tan embelesada con todo lo que estaba viendo, que se le había olvidado. Lo cierto era que nadie les prestaba atención. Había demasiadas maravillas que llamaban la atención de cuantos los rodeaban y nadie se fijaba en aquel trío vestido de aquella forma tan extraña.

Suigetsu negó con la cabeza.

—Yo nunca he salido de Konoha.

—¿Nunca?

Él encogió los hombros, despreocupado.

—¿Por qué iba a querer salir de Konoha?

—El campo es muy distinto. Estoy segura de que te llevarás una gran sorpresa cuando viajemos allí.

Él se frotó la barbilla.

—Cuando vayamos, claro.

—No tendrás miedo...

—Claro que no replicó, interrumpiéndola. Es sólo que me gusta mucho Konoha. Nunca he tenido necesidad de ir a ningún otro sitio.

—¿Cómo puedes saberlo si nunca lo has hecho?

—Sencillamente, lo sé.

—Pues no lo entiendo.

—¿Cómo sabes tú que no disfrutarías si te dejaras llevar por el deseo? le preguntó él con ardiente descaro.

Ino se quedó en silencio; Suigetsu arqueó una ceja y su lenta sonrisa que empezaba en sus ojos, descendió hasta reflejarse también en sus labios.

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Ella sabía perfectamente lo que le estaba diciendo con aquella mirada. ¿Cómo podía increparle por juzgar lo que no había experimentado si ella era culpable de lo mismo? Ino nunca había pecado y, por mucho que la avergonzara reconocerlo, se estaba empezando a dar cuenta de que jamás había deseado de verdad a su marido. Al principio, pensaba en él antes de quedarse dormida, le echaba de menos y se sentía sola cuando él abandonaba su cama. No ansiaba verlo por las mañanas durante el desayuno. Nunca había pensado que las tardes sin él se le hicieran muy largas, y las noches en su compañía, demasiado cortas.

No pensaba en él con deseo. Sospechaba que si no se andaba con mucho, mucho cuidado, podría acabar deseando mucho más que un beso de los labios de Suigetsu.

Ino cogió a Inojin de la mano.

—Creo que ya nos hemos entretenido aquí lo suficiente.

Inojin miró hacia atrás.

—¿Podremos ir en tre-tren?

—Algún día, chico.

Ella advirtió la promesa en la voz de Suigetsu.

El sol ya se había escondido cuando el carruaje se detuvo frente a la residencia. Habían comido en la zona de cafetería de la exposición, donde se servía una gran variedad de refrigerios. Ino no creía que a ninguno de ellos le apeteciera cenar, lo cual estaba muy bien, ya que Inojin se había quedado dormido.

Suigetsu bajó del carruaje con elegancia, a pesar de que Inojin colgaba de su cuerpo como un mono, rodeándole el cuello con las manos y la cintura con las piernas. Mientras se acercaban a la mansión, Ino se dio cuenta de que se le llenaban los ojos de lágrimas al contemplar a aquel alto y robusto hombre llevando a un niño que confiaba ciegamente en él. No podía negar que lo que estaba empezando a sentir por Suigetsu era asombroso en su vastedad y aterrador en su intensidad.

Quería estar con él de formas que sabía que no debería. Formas escandalosas, formas pecaminosas. Debía apelar a toda su determinación para resistirse a algo que sabía que acabaría en desastre. No podía abandonar toda su educación para pasar una noche de pasión en la cama de un hombre con el que no estaba casada, un hombre que lo que quería era casarla con otro... Sólo una insensata se plantearía adentrarse por ese camino.

Inojin no movió ni un dedo cuando entraron en la casa y empezaron a subir la escalera. Estaba completamente agotado. Ino conocía muy bien esa sensación. Ella también apreciaría un baño caliente y poder irse a la cama bien temprano.

Moebi los recibió en la habitación del niño.

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—¿Cómo está el joven duque?

—Reventado contestó Suigetsu mientras dejaba a Inojin en la cama con una ternura que sorprendió a Ino. Después de todo aquel tiempo, seguía sorprendiéndola que Suigetsu demostrara tanta consideración con Inojin .

—Ya me encargaré yo de cambiarlo susurró Moebi. Váyanse tranquilos.

Ino se inclinó y besó la frente de su hijo.

—Buenas noches, cariño.

Siguió a Suigetsu hasta el pasillo.

—No tengo fuerzas para cenar.

Él la miró con preocupación en los ojos.

—¿Ha sido un día demasiado duro?

—Ha sido perfecto. Sólo estoy cansada. Si no te importa, entraré yo primera al cuarto de aseo.

—Yo me tengo que ir. Y la verdad es que voy vestido a la perfección para el sitio al que voy.

—¿Adónde vas?

—Quiero buscar mi colgante.

—¿Crees que tendrás suerte?

—Creo que sé dónde lo empeñarán. Lo encontraré.

Tenía tanta seguridad... Seguridad en todo.

Ino le puso una mano en el brazo.

—Muchas gracias por el día de hoy.

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Él le cogió la barbilla y cerró la otra mano sobre su nuca. Ella se quedó sin aliento al pensar que tal vez fuera a darle un ardiente beso antes de irse a solucionar sus asuntos.

La mirada de Suietsu se deslizó por su cuerpo: empezó en los pies para acabar posándose en sus ojos.

—Debo confesar que no esperaba que estuvieras tan deliciosa con pantalones.

Ino se empezó a marear.

—No puedo creer que consigas hacerme desear ser la clase de hombre que se conforma con un beso.

—Supongo que te lo podría prohibir.

Él esbozó una media sonrisa; parecía divertirlo el vergonzoso deseo de Ino.

—¿Qué daño podría hacer? le preguntó entonces con aquella oscura voz que le provocaba un extraño cosquilleo por dentro. Sólo aumentaría tu deuda.

Ella no se molestó en corregirlo para explicarle que no pensaba pagarle lo que él creía que le debía. Nunca iría a su cama. Por mucho que la idea estuviera empezando a gustarle, se aferraría a su exquisita moralidad. Por más que él estuviera acercando sus labios a los suyos, y, aunque ella se estuviera poniendo de puntillas para recibirlos.

A fin de cuentas..., sólo era un beso.

Pero lo que sintió parecía ser más que un beso. Desde el preciso momento en que su boca tocó la de Ino, ella se perdió en las sensaciones que le provocaba. Se dio cuenta de que él intentaba mantener su apetito bajo control, de que se estaba dominando; parecía tener miedo de no poder refrenarse en aquella ocasión y no poder conformarse con nada que no fuera tenerla bajo su cuerpo.

Pero el beso fue tan maravilloso como el primero. Una parte de Ino que parecía estar muy lejos de allí fue consciente de que se le había caído la gorra. Mientras ella deslizaba los brazos por la espalda de Suigetsu hasta llegar a sus hombros, y él la estrechaba entre sus brazos, el pelo de Ino se descolgó a su alrededor. Aquel hombre tenía tanta destreza en los dedos como en los labios.

Conseguía distraerla con tanta facilidad que al final lo único que le importaba era él.

La habitación de Suigetsu estaba tan cerca... Si la cogiera en brazos, Ino no sabía si tendría la fortaleza de resistirse. Quizá acabara abriendo aquella puerta ella misma.

No, no, tenía que ser fuerte. Tenía que conformarse con aquel beso que estimulaba su deseo.

Los dos debían conformarse con eso.

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Entonces, Suigetsu varió el ángulo de su boca y profundizó en el beso: empezó a explorarla con la lengua y a incitarla para que hiciera lo mismo. La estrechaba contra su cuerpo y esa vez no había entre ellos ningún obstáculo en forma de capas de tela o enaguas. En realidad, apenas los separaba una poca tela muy fina. El cuerpo de Suigetsu respondió con una ferocidad que Ino no necesitaba imaginar. Sabía exactamente cómo era porque las imágenes de Suigetsu desnudo en el aseo la bombardeaban y avivaban el fuego que sentía crecer en su interior.

Oyó una áspera súplica y temió que hubiera escapado de sus labios.

Él se retiró con la respiración entrecortada. Entonces se dio cuenta de que estaba

prácticamente enredada en su cuerpo. Bajó los brazos de inmediato y dio un paso atrás.

—Me tienes completamente hechizado jadeó él. Te lo advierto, duquesa, me temo que

ésta es la última vez que puedo conformarme sólo con un beso.

Después de decir eso, se dio media vuelta y se fue en dirección a la escalera. Ella cerró los ojos y se recostó contra la pared.

Aquella advertencia era injusta. Ahora Ino esperaría con impaciencia su próximo encuentro.

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Suigetsu se bajó de su berlina e inhaló el fétido olor que lo había acompañado durante buena parte de su infancia. No volvía muy a menudo por aquellas calles, pero cuando lo hacía siempre tenía la sensación de volver a casa.

¿Qué clase de triste vida llevaba para que fuera entre toda aquella porquería donde se sentía más cómodo? Cogió el saco de arpillera del carruaje y se lo echó al hombro. Sabía que si la berlina se quedaba allí, cuando regresara no quedarían ni las ruedas.

—Vete y vuelve dentro de una hora le ordenó al cochero.

—Sí, señor.

Suigetsu pudo ver el alivio en el rostro del hombre antes de que los caballos se empezaran a mover.

Nadie quería estar allí, ni siquiera los que vivían en aquellos ruinosos edificios. Ya era muy tarde y, sin embargo, aún quedaban algunos niños en la calle. Cuando se daba cuenta de que se mostraban demasiado interesados en su persona y se le acercaban demasiado, se metía la mano en el bolsillo y tiraba unas cuantas monedas entre la suciedad para que se alejaran de él.

Al final, llegó a la casa que buscaba. Resultaba difícil abrir la puerta porque no estaba sujeta con todas las bisagras. El interior era oscuro y sombrío, y allí dentro el hedor de la decadencia era, si cabía, más denso. Empezó a subir los escalones: sabía muy bien cuáles estaban rotos, cuáles crujían y cuáles debía evitar. En aquella zona de Konoha las cosas no mejoraban. Suigetsu descubrió que en uno de los escalones había un agujero nuevo cuando se le hundió el pie. Consiguió sacar la bota mientras maldecía y siguió subiendo con un poco más de cuidado. Cuando llegó al final de la escalera, se dirigió a un oscuro pasadizo, esquivando con atención todo lo que, a pesar de no poder ver, sabía que era basura.

En cuanto saliera de aquel lugar, quemaría la ropa que llevaba. Era la única forma de asegurarse de que no se llevaba de allí ninguna enfermedad o algún insecto: piojos, pulgas, bichos que se arrastraban... Siempre había odiado la sensación de tener pequeños gusanitos por el cuerpo.

Cuando llegó a la puerta del final del pasillo, llamó tres veces, esperó un segundo, llamó dos veces, esperó y volvió a llamar tres veces más. Oyó cómo alguien arrastraba los pies al otro lado de la puerta, que crujió y se abrió muy despacio. Apareció un rostro sucio y arrugado. Lo que había sido una mata de pelo de un negro como la noche, ahora estaba pálida y casi blanca. La larga y escasa barba también era blanca. Una sonrisa apareció en los marchitos labios, dejando al descubierto un montón de dientes podridos.

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—Vaya, pero si es mi Hozuki. Le hizo un gesto con los dedos torcidos, invitándolo a pasar. Entra, chico. Veamos qué le traes al viejo Orochimaru.

Suigetsu entró en la mugrienta estancia y recordó un tiempo en que dormía en el suelo de la misma, como un perro, acurrucándose contra quien fuera que durmiese junto a él para ofrecer y recibir calor. Casi nunca se acostaba con hambre. Orochimar siempre se había ocupado de dar de comer a sus chicos. De nada le servía un niño desnutrido.

—¿Qué traes? ¿Qué traes? le preguntó el hombre mientras se acercaba a la destartalada silla arrimada a una vieja mesa. Encima de la mesa ardía una vela que, desde el cuello de una botella, iluminaba un poco la habitación.

Suigetsu podía ver perfectamente la pálida telilla blanca que empañaba los ojos de Orochimaru. Se bajó el saco del hombro, lo dejó sobre la mesa y sacó cuatro botellas: dos de whisky y dos de ron.

Orochimaru se volvió a reír.

—Oh, mi Hozuki. Siempre fuiste muy bueno con Orochimaru.

El mentor de Suigetsu tenía la costumbre de referirse a sí mismo en tercera persona. Ése era uno de los motivos por los que él nunca creyó que Orochimaru fuera su verdadero nombre: parecía como si nunca dejara de recordarse a sí mismo y a los demás quién era. No era extraño que los habitantes de aquellos lugares se trasladaran a otras zonas de Konoha y se cambiaran el nombre si alguna vez los arrestaban. Orochimaru sólo le había hablado una vez de su pasado, y era una historia que Suigetsu sabía que se llevaría a la tumba.

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Abrió una botella y sirvió un poco de whisky en la astillada taza que el anciano le acercaba con mano temblorosa; la mano que a tantos había enseñado a deslizarse en lugares estrechos sin que nadie los viera.

—Tendrías que venirte conmigo y vivir en uno de los apartamentos de mi club.

El hombre dio un trago y se pasó la lengua por sus labios para no desperdiciar ni una gota.

—¿Y qué bien podría hacerle eso a Orochimaru?

Suigetsu se sentó en una silla que había frente a la de Orochimaru.

—Tendrías comida, estarías caliente y disfrutarías de buena compañía. Incluso te daría crédito para que pudieras jugar.

—Siempre fuiste más generoso de lo que la gente creía.

—La generosidad no tiene nada que ver con esto. No me gusta tener que andar entre la basura cada vez que quiero hablar contigo.

—Tú eres el único que viene a verme. Se inclinó hacia adelante. ¿Cómo está mi querida Karin?

—Está bien.

—¿Se ha casado?

—No.

Negó con la cabeza con pesar.

—Debí haber cuidado mejor de ella.

—Todos tendríamos que haberlo hecho. A Karin la obligaron a entrar en el negocio de la prostitución cuando tenía doce años. Sasuke se tomó como algo personal matar al responsable.

Ino lo consideraría un asesino; Suigetsu no. Algunos perros merecían ser sacrificados.

—Pero ella no es el motivo por el que estás aquí.

—No. Suigetsu suspiró con fuerza. Me han robado mi colgante.

Orochimaru se rió a carcajadas y tosió; parecía que la diversión fuese a asfixiarlo.

—¿A ti? ¡Tú siempre fuiste el mejor!

—Estaba distraído.

El anciano le dedicó una astuta mirada.

—Eso no es muy propio de ti. Ella debe de ser realmente preciosa...

Suigetsu no tenía ninguna intención de hablarle de Ino. Era una dama demasiado refinada para que Orochimaru se la imaginara en aquella fosa séptica.

—Ya sé que ya no trabajas con niños, pero tú sabes quién me lo ha robado, y sospecho que sigues teniendo mano en el mercado negro. Te pagaré cien libras si lo encuentras.

Era una cantidad enorme, pero aquel colgante era la posesión más preciada de Suigetsu; tal vez fuera lo único que le importaba más que el dinero. Orochimaru se frotó la boca con la mano.

—Eso es mucha ginebra. Haré unas cuantas preguntas. Entrecerró los ojos. Si no fueras tú, te pediría la mitad por adelantado.

Él apoyó la mano en una de las botellas.

—Te he traído algo que valoras más que el dinero.

—Eso es verdad.

Orochimaru echó la silla hacia atrás y se puso en pie.

—Nos vemos pronto.

—Seguro que sí, mi Hozuki. Seguro que sí.

Observó aquella pocilga una vez más y recordó que hubo un tiempo en que su meta en la vida fue tener una pandilla de niños ladrones más conocida que la de Orochimaru. Le fastidiaba mucho no saber quién era su benefactor. De no ser por él, incluso a pesar de las enseñanzas del abuelo de Sasuke, Suigetsu sabía que habría vuelto a aquella asquerosa vida para llevar una existencia marginal ligeramente mejor que la de Orochimaru.

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