NUEVOS HORIZONTES
Capítulo 05: Cambios de aires
Francis suspiró, observando el cielo estrellado que había esa noche. Acababan de terminar de limpiar la sangre y demás porquería, resultado del ataque de El Clavel, y de lanzar los cadáveres al mar. Casi todos eran de la tripulación contraria, menos un muchacho joven de La Perla. ¿Emil, tal vez? Tampoco es que hubiera hablado mucho él.
―¿Todo bien, Fran?―preguntó una conocida voz a sus espaldas.
Negando con la cabeza, Francis se giró.
―No, Feliks. No va todo bien. Han desaparecido Eli, Arthur y Alfred. Y prefiero pensar que no los han secuestrado.
―Nah, ya verás que no―dijo Feliks haciendo una mueca, poniéndole una mano en el hombro―. Ya verás que están todos bien.
―Eso espero―suspiró una vez más el de ojos azules, clavando su mirada en el firmamento.
―¿Y la chica?
―¿Maddie?
Feliks asintió.
―Está bien, en mi cabina, descansando.
―Te salvó la vida, ¿eh?―Feliks sonrió de lado.
―La verdad es que sí. Le debo la vida…
―Quién lo diría. Una debilucha como ella salvando a uno de los más temidos piratas―rio Feliks, cruzándose de brazos.
―No es una debilucha―protestó Francis, frunciendo el ceño.
Feliks sonrió, alzando una ceja.
―¿Ah, no?
―No.
―Pues déjame decirte, querido Francis, que cuando levantó la espada para atacar al que iba a ser tu asesino, estuvo a punto de caerse hacia atrás.
―Bueno―Francis rodó los ojos, sonriendo levemente―. No es una chica de constitución fuerte como la de Eli. Pero hoy ha demostrado que no es una debilucha. Es una de las mujeres más valientes que he conocido. Y mira que he conocido mujeres… Pero ninguna era como Maddie.
―Guau, veo que te has encaprichado realmente con ella―dijo Feliks sonriendo con sorna.
Francis suspiró, negando con la cabeza.
―No. Maddie es muy linda y es muy buena chica. Pero… no quiero enamorarme de nuevo. No quiero sufrir más.
Esta vez fue Feliks quien suspiró, soltando un chasquido con la lengua.
―Francis, como que tienes que dejar de vivir en el pasado. La vida sigue, y Madeleine es la clara señal de ello. En mi opinión ambos estáis destinados y deberías dejar de verla como "tu protegida", como la llamas―dijo haciendo comillas con los dedos.
―Ya, pero―
―Nada de peros, Fran―Feliks le cortó, siguiendo su discurso―. Es increíble que, con tu reputación con las mujeres, aún no haya despertado ninguna flama en tu interior por Maddie.
―Feliks…
―Ya en serio. ¿No tienes ninguna fantasía con ella?―preguntó el polaco con descaro.
―No involucres a Maddie en mis fantasías, por favor―rio levemente, apretando los ojos―. Ella es demasiado inocente como para ello…
―Inocente, inocente no es. Que tiene 19 años, ¿eh? Ya hace tiempo que dejó de ser una cría.
Francis sonrió, derrotado, antes de hacerle un gesto al otro rubio para que se callara.
―Como sea… deja en paz a Maddie. Por cierto, debería volver con ella. No quiero que se asuste ni nada al despertar y ver que está sola.
―Como quieras―Feliks se encogió de hombros, antes de salir en busca de Toris, a quien se puso a llamar gritando.
Francis suspiró, antes de dirigirse a su cabina. Bajó las escaleras a paso lento, pensando en todos los problemas que se le habían venido encima a causa del ataque de El Clavel.
Cuando entró en la pequeña cabina no tuvo la necesidad de encender la luz. Había dejado una pequeña candela en una mesa cerca de la joven, por si esta despertaba y se veía rodeada de oscuridad y se asustaba. Sin embargo, Madeleine aún dormía.
El francés cerró la puerta a sus espaldas antes de andar sigilosamente hacia la cama, sentándose en la orilla. Observó el rostro durmiente de Madeleine, pasándole una mano con suavidad por el pelo, apartándole algunos mechones de la cara. Ya habían pasado varias horas del ataque y estaba empezando a preocuparse por la chica. Después de todo, simplemente se había desmayado. No debería tardar tanto en despertar…
―…cis.
Apenas fue un susurro, pero la voz pastosa de Madeleine le trajo de vuelta a la realidad.
―¡Maddie! ¿Cómo estás, mon amour?―preguntó preocupado, aunque más tranquilo de que no siguiera inconsciente.
Madeleine se llevó una mano a la cabeza, entreabriendo los ojos.
―Estoy… he estado mejor―admitió sonriendo con cansancio.
Francis sonrió en reflejo, sin molestarse en disimular el suspiro de alivio que acababa de soltar.
―Me tenías realmente preocupado…
Si Francis hubiera estado más atento, se habría dado cuenta de que las mejillas de la joven, ya rosadas de por sí, adquirían más color.
―¿Qué pasó?―preguntó Madeleine, apoyándose en sus codos para incorporarse un poco.
Antes de comenzar a hablar Francis ayudó a la chica, acomodándole la almohada.
―¿No lo recuerdas? Nos atacaron.
Madeleine asintió, recordando de golpe todo.
―Sí, lo recuerdo…
―Tú me defendiste y luchaste a mi lado hasta que caíste rendida―continuó explicando Francis, sonriéndole cándidamente al recordar ese acto de valentía por parte de Madeleine.
―A-Ah, eso…―murmuró Madeleine, desviando su vista de la de Francis―. Eso… lo hice porque no podía simplemente ver cómo te mataban.
El amor que Francis sentía hacia Madeleine se acrecentó al escuchar eso, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo amado. Amado de verdad, no como ese "amor" que decían profesarle todas esas mujeres con las que flirteaba.
―Por cierto―siguió la chica―. ¿Cómo… ha terminado?
―La pelea dices, ¿verdad? ―Al ver que asentía, Francis siguió―. Pues realmente ninguno ha ganado. Bueno, eso es relativo―se corrigió a los pocos segundos―. Hemos perdido a nuestro capitán―al ver que Madeleine ahogaba un grito Francis se apresuró a tranquilizarla―. Pero tranquilízate, estamos seguros de que está bien. Creemos que ha llegado a alguna isla y por la mañana, con las primeras luces, iremos a buscarle.
No quiso mencionarle en ese momento que su hermano había corrido la misma suerte que el capitán, porque sabía que se pondría histérica y no le convenía. Pero le hacía sentirse mal el saber que tendría que decírselo en algún momento.
―Espero que tengas razón.
―Ya verás que sí―la confortó con una sonrisa cargada de seguridad―. Esto no es la primera vez que pasa. Ya ha habido otras veces en que hay algunos que caen al agua y a la mañana siguiente son encontrados. En buenas condiciones, claro.
Apenas había salido el sol cuando Arthur despertó. El británico sentía un leve escozor en la frente. Abrió los ojos con dificultad, encontrándose con el cielo aún oscuro, llevándose una mano a la zona que le molestaba y se notó sangre seca. Entonces, cayó en la cuenta de dónde estaba. Se irguió, apoyándose en sus codos, y descubrió que junto a él, tirado en el suelo, estaba Alfred. Ambos estaban en la orilla de una isla no muy grande.
―¡Alfred!
Arthur se acercó al joven, arrodillándose junto a él, y lo zarandeó de los hombros, barajando rápidamente sus opciones. El chico debía de estar inconsciente, como él hasta hacía pocos momentos. Y en cuanto al barco… Francis debía de haberse dado cuenta de que faltaban. Seguro. La cosa era, ¿sabría localizarles? Esperaba que sí. Después de todo, no era la primera vez que un miembro de la tripulación caía al mar durante un ataque y más tarde era encontrado en una isleta.
―Mmm―murmuró Alfred, recuperando la consciencia.
―¿Estás bien?―preguntó Arthur, soltándole.
Alfred asintió, abriendo los ojos. Primero enfocó a Arthur y luego dirigió su vista a un lado, viendo cómo era el lugar en el cual se encontraban, desconocido para él.
―¿Dónde estamos?―preguntó Alfred, sentándose junto a Arthur. Se sentía levemente mareado.
―En una isla del Caribe―respondió el de ojos verdes, mirando al cielo―. Más bien, islote.
―¿Cómo…?
―Antonio y su gente nos atacaron…―dijo Arthur, haciendo memoria―. Lo último que recuerdo es haber sido golpeado por Antonio y sentir un dolor muy agudo en la frente. Luego, todo se vuelve negro.
―Yo…―susurró Alfred, intentando recordar. Había peleado junto a Feliks y Yao durante casi todo el rato… Hasta que vio cómo Arthur caía al agua―. Yo salté a por ti.
Arthur alzó una ceja, sonrojándose un poco, pero no dijo nada.
―Sí, me tiré a por ti al agua―repitió Alfred, al ver la cara del capitán.
―¿Por qué?―preguntó el mayor con curiosidad, sin apartar la mirada de Alfred.
La verdad, no sabía por qué lo había hecho. Había sido algo que le salió de manera impulsvia; sin pensar. Realmente, no tuvo tiempo de pararse a pensar. Arthur estaba cayendo al mar, esa era razón suficiente como para haber saltado. Después de todo, de haber sido él, Alfred, quien hubiese caído, el capitán y cualquier otro miembro de la tripulación habría hecho lo mismo, ¿no?
―No…―empezó Alfred, sin saber cómo decirlo―. No podía simplemente dejar que te ahogaras.
Arthur notó cómo algo dentro de él se sentía cálido, bien, bonito… de una manera que no había sentido desde hacía mucho tiempo.
―Yo… Hice lo cualquier otra persona habría hecho, pero todos estaban demasiado ocupados peleando―continuó explicando el de ojos azules, encogiéndose de hombros.
―No todos habrían hecho eso―murmuró Arthur sombrío, apartando la mirada al mar.
―¿Cómo que no?
El tono de Alfred era de desconcierto. No entendía qué quería decirle Arthur con eso, pero el menor estaba seguro de que el otro estaba equivocado.
―Quizás Francis… Del resto estoy seguro que ninguno habría saltado a por mí―siguió Arthur, suspirando.
―Yo… yo salté.
―Que tú saltaras era algo obvio, Alfred―replicó rodando los ojos, aunque se le escapó una leve sonrisilla que rápidamente se esforzó en borrar, antes de volver a mirar al menor.
―Nah, no te hagas la víctima. Estoy seguro de que Feliks lo habría hecho. Es muy sádico y todo lo que quieras, pero me he fijado que realmente se preocupa por sus amigos. Toris lo mismo. Es muy servicial y siempre está ahí para ti, no tengo ninguna duda de que te habría salvado ―comenzó a enumerar el de ojos azules, pero Arthur le cortó, negando con la cabeza.
―Sé que te llevas bien con ellos, y eso es algo bueno… Sin embargo, no puedo decir lo mismo yo.
―¿Por qué no? Todos somos amigos allí.
―No, no todos somos amigos, Alfred―insistió Arthur, cortante―. Simplemente asume que no me llevo bien con todos como tú.
Alfred se quedó cortado con el tono del mayor, por lo que decidió no darle más importancia al tema. Tras unos instantes en silencio, volvió a la carga.
―Y, bueno…
Arthur miró al menor, expectante.
―¿Qué es lo que pasa?
―¿Qué es lo que pasa de qué? ―preguntó, alzando una ceja, sin tener idea de a qué se refería el de ojos azules.
―Ya sabes…―murmuró nervioso el menor, soltando unas risas nerviosas―. Entre tú y yo.
―¿E-entre tú y yo? ―repitió el capitán, sonrojándose. Sabía a qué se refería el de ojos azules, pero no quería entrar en eso―. Pues nada. Las cosas seguirán como han sido hasta ahora.
―Ya. Solo que desde esa noche―dijo, haciendo énfasis en «esa»― nada ha sido como antes. Ahora me tratas de otra manera completamente diferente. Como si no existiera.
A medida que escuchaba, Arthur se removió, incómodo. Sabía que el menor llevaba razón, pero no podía darle una respuesta a su pregunta. Más bien; no quería.
―¿Sabes, Alfred? Eres un muchacho bastante listo, y sé que sabrás deducir el porqué de mi supuesto cambio de humor―sonrió confiado el capitán.
Ahora fue Alfred quien se revolvió incómodo, notando un cambio de actitud en el mayor.
―Bueno… Creo que―
―Sh, sh.
Arthur le había cortado, cerrando los ojos pero sin borrar la sonrisa brabucona de su rostro.
―No me lo digas. Yo ya lo sé, eres tú quien tiene que averiguarlo.
El menor frunció el ceño, de nuevo molesto con el capitán.
―Como tú digas―sentenció, levantándose y alejándose de Arthur. Estaba harto de sus extraños cambios de humor. Y pensándolo fríamente, no sabía para qué demonios necesitaba concretar su relación con alguien tan imbécil como él.
Arthur apretó los ojos, reprochándose a sí mismo su estúpido comportamiento. Pero sabía que las cosas no funcionarían con Alfred. A pesar de que el chaval le agradaba, o puede que incluso más que eso, estaba convencido de que los dos eran muy distintos y que una relación entre ellos no funcionaría. Además, ¿Qué dirían los del barco en el caso de que se enteraran? Era demasiado peligroso, por lo que lo mejor era cortar por lo sano y ser un imbécil con el chico, evitando así que fuese a más esa cosa.
Las siguientes horas pasaron muy lentas para ambos. Ninguno se dignó a hablar con el otro y La Perla no hacía acto de presencia. Tal vez se habían olvidado de ellos… Alfred sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos de su mente. No podían haber hecho eso. Además, Madeleine estaba allí; ella no podía haberse olvidado de él. A no ser que le hubiera pasado algo…
―¿Estarán bien?
Arthur se giró al menor, encogiéndose de hombros.
―Sé lo mismo que tú. Aunque confío en que Francis haya sabido hacerse cargo de la situación y estén en nuestra busca en estos momentos. Y, en cuanto a tu hermana, que supongo que es la fuente de tu preocupación, supongo que sí. Si se quedó en el camarote, no debe de haber sufrido daño alguno.
Alfred asintió. No lo admitiría, pero se sentía un poco más tranquilo al escuchar eso. Después de todo, por más imbécil que fuera el capitán, sabía mucho más que él en ese aspecto.
―¿Y por qué nos atacaron?
La pregunta se le escapó de los labios. Era una duda que le había rondado por la cabeza durante las últimas horas, pero le había parecido tan absurda que no se había atrevido a formularla. Pero al sentirse confortado con esa respuesta, no pudo evitar exteriorizar sus pensamientos.
―Somos piratas―se encogió de hombros―. ¿Por qué abordamos otros barcos? Nunca hay ninguna razón exacta de lo que hacemos o dejamos de hacer. Simplemente atacamos cuando vemos un barco cerca.
―Pero… ¿conocías a los piratas que nos atacaron? De hecho, ¿eran piratas de verdad?
―¡Claro que eran de verdad! ―Arthur rodó los ojos, como si fuera la pregunta más estúpida que había oído en su vida―. Antonio es un mamón. Me tiene envidia y siempre que tiene oportunidad me ataca.
―¿Antonio?
―El capitán de El Clavel. El barco que nos atacó. Nos conocemos desde que éramos adolescentes, y siempre ha habido una competitividad entre nosotros.
―Pero… ¿no fuimos nosotros los que les atacamos?
―Sí, pero de no haberlo hecho nos habrían atacado ellos a nosotros de todas formas.
El menor asintió, entendiendo.
No volvieron a hablar mucho durante el resto del día, y si lo hacían, Arthur se encargaba de desviar el tema a cosas no incómodas.
Fue cuando empezaba a caer el ocaso que Arthur divisó a lo lejos su barco, el cual tardó casi media hora en llegar a la isla. Nada más subir, Alfred preguntó por su hermana y se fue junto a ella, dejando solos a Arthur y a Francis.
―Ha desaparecido Eli.
―Hay que ir a Londres.
Los dos rubios hablaron a la vez. Sin embargo, las reacciones de ambos fueron distintas. Por su parte, Arthur frunció el ceño. Se cruzó de brazos, recordando las palabras de Antonio durante la pelea. Mientras, Francis le miraba sin entender nada.
―¿Cómo que hay que ir a Londres? ―quiso saber el de ojos azules, mirando al capitán con expectación.
―Es por una cosa que dijo Antonio ―murmuró, desviando la mirada al suelo―. El muy imbécil… me advirtió de algo así mientras luchábamos.
―¿De qué? ¿De la desaparición de Eli?
―Me amenazó con que secuestraría a gente de mi tripulación, pero yo no le di apenas importancia.
―¿¡Cómo que no le diste importancia!?
―Antonio siempre ha sido así: Mucho hablar pero a la hora de la verdad se echa para atrás. Es un cobarde. Por eso siempre que me amenaza no me lo tomo muy en serio.
Francis soltó un bufido, llevándose una mano a la cara.
―¿Y eso de que hay que ir a Londres?
―Me dijo que si quería volver a verlos (bueno, verla en este caso) teníamos que encontrarnos en Londres. Solos. Uno contra uno.
El francés frunció el ceño, sin fiarse ni un pelo de las supuestas palabras de Antonio.
―¿Y vas a ir?
―¿Tú qué crees? ―preguntó, sonriendo de lado.
―Nos vamos a meter todos en problemas con esto, Arthur… Ya sabes que ir a una ciudad como Londres es meterse en la boca del lobo.
Sin embargo, Arthur no atendía a razones. Iría a Londres, recuperaría a Eli y saldría victorioso de todo aquello.
Lo primero que pensó Elizabeta cuando despertó fue en el sueño que acababa de tener. En él, El Clavel les atacaba. Todo había sido demasiado real… Hasta la pelea con Sadik del final.
Un momento…
Elizabeta abrió los ojos, descubriendo que no estaba en una tumbada en una cama, sino en el frío suelo. Incorporándose, la chica observó la habitación en la que se hallaba. Claramente era una celda, en la que a duras penas entraba luz.
―No… nononono―murmuró la joven, levantándose. Se tambaleó un poco, pero consiguió mantenerse de pie.
No había sido un sueño. Había sido derrotada por Sadik y ahora se hallaba prisionera de El Clavel (o al menos eso suponía).
―¿Y cómo salgo yo ahora de aquí?―se preguntó la morena en voz alta, apoyando la espalda contra la pared y dejándose caer al suelo.
Quizás cuando se dieran cuenta en La Perla de que no estaba fuesen a buscarla…
Elizabeta pensó en posibles maneras de escapar, pero se sentía débil. No sabía cuándo fue exactamente la última vez que probó comida, y le estaba afectando.
No fue hasta la tarde-noche (o lo que ella calculaba que sería) que apareció por el hueco de la puerta un plato de comida. Consistía en un trozo de pan que parecía estar duro, a lo que la joven rodó los ojos. ¿En serio iban a darle solamente eso para comer? Sin embargo Elizabeta acabó por comérselo.
Conforme se fue poniendo más oscuro y ya no hubo más luz, Elizabeta se estremeció, siendo consciente del frío que hacía en ese lugar tan húmedo. Para empeorar las cosas, ni siquiera había allí un camastro en el que se pudiera tumbar para dormir.
―¿Liz?
La susodicha pegó un respingo al escuchar su nombre. Provenía de fuera, y como las otras veces, no le costó mucho adivinar quién era el propietario de esa molesta y tan conocida voz.
―¿Has venido a reírte de mí? ―preguntó la chica. En sus palabras iba impreso un tono condescendiente que no se molestó en ocultar.
―No realmente―confesó la voz al otro lado. Elizabeta le conocía tan bien que estaba segura de que estaba sonriendo―. Solamente venía a hacerte unas… preguntas.
―Pues ya puedes estar yéndote por dónde has venido porque no pienso contestar a ninguna de ellas―sentenció la joven con decisión, siendo esta vez ella la que sonreía, triunfal.
―Como quieras―cedió su interlocutor tras exhalar un suspiro―. Pero pensé que te gustaría saber qué ha sido de los de La Perla.
Elizabeta se tensó. Ahora que lo pensaba, no sabía a ciencia cierta qué había pasado con sus amigos. Había dado por supuesto que todos habían salido bien, porque después de todo, nadie atacaba fácilmente a La Perla y salía victorioso. Sin embargo… El Clavel no era cualquier barco que atacaba fácilmente, y Elizabeta se dio cuenta de que probablemente las cosas habían resultado muy distintas a como ella había pensado.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó, con voz neutra. Oyó una risita y apretó los puños―. No me jodas con esto, Sadik. Dime qué ha pasado con La Perla.
―Primero cumple tú tu parte del trato. Es lo justo, ¿no?
Elizabeta soltó un bufido, antes de responder.
―Está bien. ¿Qué quieres saber?
―¿Quién es la jovencita que estaba contigo el otro día?
Por un momento no supo a qué se refería. No recordaba haber estado con ninguna jovencita últimamente, y menos en un lugar en el que Sadik estuviera. A no ser…
―¿Por qué preguntas?
―Responde tú primero a mi pregunta.
―No, hazlo tú.
―Yo he preguntado antes.
―Me da igual. Dímelo o no respondo.
―¿Sabes? Eres tú quien más tiene que perder. Así que, o respondes, o me voy y te quedas aquí hasta mañana por la noche. Obviamente, sin comida hasta que respondas.
Maldito cabrón… Sabía jugar sus cartas.
―Es una prisionera―repuso únicamente la castaña. Si iban a jugar a ese juego, de acuerdo. Ella también sabía jugar.
―¿Ahora sacáis de paseo a los prisioneros? ―preguntó sin disimular una risotada.
―Se unió a la tripulación hace poco.
―Entonces no es una prisionera―dedujo el hombre.
―Lo era hasta hace pocos días―rebatió la chica.
―Bien, bien…―murmuró, sin hacer caso a las réplicas de Elizabeta―. Eso aclara unas cosas…
―¿Qué cosas? ―Elizabeta frunció el ceño―. No la toques, ¿me oyes? Ella no tiene nada que ver conmigo.
―¿Y quién dice que la vaya a tocar? ―preguntó, con tono desinteresado. Pero la joven le conocía y sabía que bajo ese velo de desinterés había malas intenciones.
―Sadik. No soy tonta. Sé que te has interesado en esa chica y que vas a ir a por ella.
Hubo un silencio, en el que ninguno dijo nada. Al ver que no iba a responder nada, la chica prosiguió.
―Ella es… una buena chica. Bastantes problemas tiene ya como para que encima te tenga encima.
Tampoco esta vez logró sacarle nada al hombre. Frustrada, Elizabeta soltó un bufido y sacudió la cabeza, reprochándose a sí misma el ser una idiota por creer que el idiota ese iba a responderle.
―Lo creas o no, solo era curiosidad. Es raro verte socializar con otras chicas.
No le dio tiempo a replicar, ya que oyó pisadas y cómo el hombre se alejaba. Había algo en su tono que le hacía creerlo. Que quizás tenía razón…
Elizabeta sacudió la cabeza. Eso era algo imposible. Sadik y ella eran irreconciliables. Su relación se estancó hacía mucho tiempo, y no había manera en que pudiesen ser tan cercanos como antes.
