Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 16
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Suigetsu le estaba enseñando a Inojin a ser escurridizo, ágil, rápido... En definitiva, a aprender a esquivar a sus perseguidores.
Ino, sentada en la terraza, observaba cómo su hijo se revolcaba por la hierba; no sabía cómo tomarse aquello. Suponía que no pasaba nada, siempre que Suigetsu no le estuviera enseñando la mejor forma de meter la mano en los bolsillos ajenos sin que nadie se diera cuenta.
En aquel juego en particular utilizaban una pelota, pero Ino no tenía muy claro qué representaba la pelota o cómo se jugaba. No creía que lo supieran ni los propios jugadores. Sólo se divertían cogiéndola, corriendo con ella entre las manos y evitando que el otro los atrapara. Era un juego muy poco digno para que participaran en él hombres adultos, especialmente cuando uno de ellos era noble. El conde Diablo, para ser exactos.
Antes de aquella tarde, Ino no había tenido la oportunidad de conocer a Sasuke Uchiha en persona. Tenía el pelo oscuro al igual que sus ojos, y era tan diabólicamente atractivo como Suigetsu.
—Debe de ser algo a lo que jugaban cuando vivían en la calle —comentó Hinata, la condesa de Konohagure.
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Estaba sentada a la mesa junto a Ino, vestida también completamente de negro debido a la reciente muerte de su padre. Su marido y ella habían llegado poco después de que Suigetsu saliera con Inojin al jardín, para disfrutar de lo que se estaba convirtiendo en el ritual de todas las tardes. En cuestión de pocos minutos, Uchiha había seguido el ejemplo de Suigetsu y se había quitado la chaqueta, el pañuelo y el chaleco; luego, se había remangado la camisa para poder correr con toda libertad por la hierba e intentar atrapar a Inojin, que iba de un extremo a otro con la pelota entre las manos, intentando que no lo atraparan.
Cuando veía que no lo conseguían, se paraba y empezaba a saltar, agarraba la pelota y presumía:
—¡He ganado! ¡He ganado!
Luego volvían a empezar. El perrito también jugaba: perseguía a Inojin por todas partes y a veces hacía tropezar a los hombres, que se reían. Ino era incapaz de recordar cuándo había presenciado tanta felicidad en su jardín antes de entonces.
—¿Crees que era así como aprendían a evitar que los cogieran cuando robaban algo? — preguntó Ino, imaginando que la pelota podía simbolizar una hogaza de pan o un melón.
—Posiblemente. —La condesa se rió un poco y luego paró en seco—. Es probable.
No parecía que la idea la preocupara en absoluto. En su voz se adivinaba un poco de melancolía; daba la sensación de que al pensar en la infancia de su marido, deseara que hubiera sido distinta. Durante un tiempo, muchos de los miembros de la aristocracia no creían que Sasuke fuera el legítimo heredero al título, pero entonces ocurrió algo que les hizo cambiar de idea.
Aunque Ino no estaba muy al corriente de los detalles.
—Yo no lo dudé ni un momento —le había dicho Hoshigaki un día que por casualidad hablaron del tema—. Se parece demasiado a su padre para no ser su hijo.
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—Vinimos de visita hace algunos días, pero nos dijeron que estabas enferma —dijo Hinata con un tono de voz mucho más relajado—. Me alegro de que ya estés recuperada.
—Gracias. Me encuentro mucho mejor. —Ino conocía a la condesa, pero nunca habían sido grandes amigas y, evidentemente, no pensaba decirle que estaba tan bien que incluso había ido a visitar la Gran Exposición.
—Supongo que buena parte de tu enfermedad se puede atribuir a la sorpresa de saber que el señor Hozuki se iba a convertir en el tutor de tu hijo.
Ino volvió la cabeza para mirar a Hinata. No vio censura en su mirada, sólo complicidad.
Sin embargo, no tenía ninguna necesidad de ella. Suigetsu estaba demostrando lo idóneo que era para ese puesto de una forma bastante admirable.
—Por si te sirve de consuelo —continuó Hinata—, nosotros también elegiremos a Suigetsu como tutor para nuestros hijos.
Ino se quedó boquiabierta.
—¿No nombraréis tutor a tu hermano? —«¿No nombraréis tutor al duque de Otsutsuki?».
Hinata negó con la cabeza.
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—Neji ha estado mucho tiempo fuera. Y ahora que por fin ha vuelto, tengo la sensación de que ha cambiado mucho. Aunque no puedo explicar por qué. Además, Sasuke no lo conoce de nada y no se sentiría cómodo pensando que Neji pudiera convertirse en el tutor de sus hijos. Él confía en Suigetsu Hozuki. Por lo visto, el señor Hozuki le salvó la vida en más de una ocasión.
Ino bebió un poco de té mientras se preguntaba qué habría pasado. ¿Habría sido en la cárcel? ¿Por qué Suigetsu no le había contado nada de eso? No pensaba pedirle a Hinata que se lo explicara. Por extraño que pareciera, Ino se sentía incómoda al recordar las especulaciones que había escuchado de boca de otras damas mientras tomaban el té de la tarde, ávidas de compartir los últimos cuchicheos que habían llegado a sus oídos. Habían hablado de Suigetsu como de una curiosidad, no como de un hombre. Ahora que podía verlo con la perspectiva adecuada, se daba perfecta cuenta de que aquella actitud había sido muy grosera.
Ino ya no quería chismorreos, quería saber la verdadera historia de su vida y quería escucharla de sus propios labios. Últimamente, parecían haber llegado a una buena camaradería.
Todas las mañanas desayunaban con Inojin y por las noches cenaban los dos a solas. Él le preguntaba cosas sobre ella: qué le gustaba leer, qué obras prefería ver en el teatro, cómo le había ido el día. Sin embargo, explicaba muy poco de sí mismo. Una de esas noches, Ino llegó a la conclusión de que tal vez quisiera formarse una idea de ella lo más ajustada posible para que le resultara más fácil encontrarle un buen pretendiente.
—¿Qué opinión te merece a ti el señor Hozuki? —preguntó.
Hinata dejó de mirar a los hombres y al niño que correteaban por la hierba y posó los ojos sobre Ino.
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—Si te soy sincera, debo admitir que cuando lo conocí no me gustó. Se comportó de una forma muy insolente y tiene una opinión excesivamente negativa de la nobleza. Pero confío en Sasuke y en su buen juicio. En realidad, también cabe la posibilidad de que no me preocupe, porque estoy convencida de que será Sasuke quien eduque a nuestros hijos. No sé por qué, pero estoy segura de que cuando una persona pasa una infancia tan dura, su vida adulta sólo puede estar llena de felicidad.
Hinata hablaba como una mujer locamente enamorada de su marido.
Ino sintió una punzada de envidia. No se podía imaginar nada más maravilloso en la vida que estar casada con el hombre del que se está enamorada; bueno..., y que tu marido correspondiera a ese amor.
Observó a Suigetsu correr por la hierba. Era tan atlético como a ella le gustaba. Observarlo resultaba fascinante y esperaba que su acompañante no se diera cuenta de lo mucho que él llamaba su atención.
Suigetsu cogió a Inojin y lo levantó por encima de su cabeza mientras se reía, contento. Inojin, encantado, se reía asimismo a carcajadas e Ino sonrió. Ella había crecido en un ambiente muy formal y se había casado con un hombre que también lo era. Jamás había puesto en entredicho que el comportamiento debiera ser calmado, reservado y adecuado. Ahora era cuando realmente se estaba empezando a dar cuenta de que la risa era tan embriagadora como el brandy.
También se dio cuenta de que aquel momento le brindaba una gran oportunidad para saber más cosas sobre Suigetsu sin tener que bombardearlo a preguntas que él evitaría responder, haciendo gala de su astucia habitual.
—Ya sé que esto es muy inapropiado porque estoy de luto y no debería invitar a nadie —dijo Ino, mirando a Hinata, avergonzada—, pero ¿os gustaría a ti y al conde cenar esta noche con nosotros?
—Teniendo en cuenta que yo también estoy de luto, sería muy inapropiado que aceptara.
—Por supuesto. Yo sólo...
Hinata, con sus ojos perla brillantes, alargó el brazo y estrechó la mano de Ino.
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—Pero estaría encantada. Para ser sincera, creo que todas nuestras normas sobre el período de luto son absurdas.
A Ino se le escapó una carcajada. Al parecer, Uchiha había sido tan mala influencia para Hinata como Suigetsu lo estaba siendo para ella.
—Además, te voy a hacer una proposición todavía más inapropiada. Dado que somos todos amigos y nuestra cena será íntima y privada, olvidémonos de la ropa de luto, ¿de acuerdo? — propuso Hinata.
—¿Estás segura?
—Sólo estaremos nosotros, ¿quién lo va a saber? Para serte sincera, estoy harta del negro.
Ino sonrió.
—Estupendo.
A Suigetsu le costaba mucho creer que Ino hubiera invitado a Sasuke y a Hinata a cenar con ellos.
—Bueno, no les he enviado una invitación formal —replicó con petulancia cuando él la miró interrogativo.
Por lo visto, la pequeña duquesa no era tan reticente a saltarse las normas de etiqueta, siempre y cuando la idea fuera suya. Ahora que estaba recuperada del todo, él debería esforzarse por convencerla de que su obligación era acudir a su cama. Estaba impaciente por desafiarla, pero había tenido que ser paciente mientras esperaba que recuperase las fuerzas. En realidad, creía que debían santificarlo a cuenta de la benevolencia que había demostrado.
—¿Qué quieres beber? —le preguntó a Sasuke.
Hinata y él acababan de llegar. Habían ido a su casa para vestirse para la cena. Suigetsu se sentía desnudo junto a Sasuke, que se había puesto sus mejores galas. Él nunca había invertido en ese tipo de ropa, pues sabía que nunca acudiría ni a bailes ni a cenas, lo que le parecía estupendo. Suigetsu despertaba la curiosidad de la aristocracia, pero ésta prefería mantener las distancias.
Hinata llevaba un vestido de color verde esmeralda. A Ino le iba a dar un infarto cuando entrara allí y viera que la condesa no iba de luto. Sonrió al pensar que por fin no sería el único que recibiría las reprimendas de Ino.
—Sírveme lo que tengas —dijo Sasuke—. Ya sé que sólo tienes lo mejor.
Suigetsu miró a Hinata.
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—¿Condesa?
—Nada, gracias.
Sasuke cogió la mano de su esposa, se la acercó a los labios y le besó los dedos. Estaba perdidamente enamorado. Suigetsu nunca permitiría que una mujer tuviera tanto poder sobre él.
—Últimamente hay cosas que no le sientan muy bien —comentó Sasuke.
Suigetsu sirvió un poco de vino de Oporto en dos copas.
—Deberías pedirle a Uzumaki que le echara un vistazo y asegurarte de que no está incubando lo mismo que tuvo Ino. Fue muy desagradable.
—¿No se lo has dicho? —le preguntó Hinata.
—Me dijiste que no querías que lo supiera nadie. Por lo menos todavía no.
—¿Qué? ¿Qué me estoy perdiendo? —preguntó Suigetsu.
—Está embarazada —dijo Sasuke.
A Suigetsu le sorprendió que los botones del chaleco de su amigo no salieran disparados por la habitación.
—¿Cómo puedes saberlo tan pronto? Sólo lleváis casados... ¡Ah! —Aquello explicaba la íntima y apresurada ceremonia que celebraron a pesar de que Hinata estaba de luto. Suigetsu levantó el vaso—. Enhorabuena a los dos.
—¿Qué celebramos?
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Suigetsu se volvió en dirección a la voz de Ino y se quedó helado.
La vio entrar en la habitación con una tímida sonrisa en los labios y luciendo un vestido violeta; tal como él había imaginado, estaba arrebatadora. La prenda le dejaba al descubierto el cuello, los hombros y un perfecto escote. Llevaba el pelo recogido en un elaborado peinado que sólo dejaba unos tirabuzones colgando por uno de los lados.
De repente, pareció sentirse incómoda y dejó de mirar a Suigetsu.
—No me mires con esa cara de sorpresa. Hinata y yo hemos pensado que no pasaba nada por olvidarnos del luto durante una noche entre amigos.
—No. —Suigetsu carraspeó para que no pareciera que alguien le estaba estrangulando—. No pasa absolutamente nada. Estás preciosa. palabras fueron completamente inadecuadas. Él no poseía el encanto de Sasuke para las reuniones sociales. Las mujeres con las que Suigetsu se relacionaba no necesitaban escuchar cumplidos pero, cielo santo, Ino se los merecía. Hasta el último que su débil cerebro fuera capaz de inventar.
Ella se ruborizó.
—Gracias. Recuerdo que me preguntaste si tenía algún vestido violeta. Bueno..., parece que estamos celebrando algo.
—Sí. —Suigetsu le dio su copa y sirvió otra para él. Luego le hizo un gesto a Sasuke con la cabeza—. Haz tú los honores.
Su amigo sonrió con satisfacción.
—Hinata dará a luz a mi hijo.
—A tu heredero —lo corrigió Hinata.
—Me da igual. Estoy muy contento.
—Oh, es maravilloso —exclamó Ino.
Suigetsu vio que sus ojos se llenaban de una sincera alegría. ¿Se habría sentido igual de feliz cuando descubrió que era ella quien estaba embarazada? Si conseguía que se casara de nuevo, ¿se pondría contenta al saber que esperaba un hijo de su nuevo marido? ¿Y por qué de repente tenía ganas de romper algo?
—Me parece increíble que ya lo sepas —continuó diciendo Ino.
—El doctor Uzumaki me lo confirmó —dijo Hinata, y ahora fue ella quien se sonrojó.
—¿También es tu médico? —le preguntó Ino—. Es un hombre fantástico. Fue quien se ocupó de mí cuando estuve enferma.
—Me sorprende que tuviera tiempo, ahora que trabaja también para la hokage —comentó Sasuke.
Ino abrió los ojos de par en par.
—¿Es el médico de la hokage?
—Uno de ellos. —Suigetsu se sirvió más Oporto—. Uzumaki dice que es una hipocondríaca.
—No deberías hablar de la hokage de ese modo —lo regañó Ino.
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Aquella mujer jamás dejaría de corregir sus modales. Por algún motivo, esa noche eso lo molestaba más de lo habitual. ¿Es que era incapaz de aceptarlo con sus imperfecciones?
—No te preocupes. La próxima vez que acuda a una audiencia con ella no lo mencionaré. —El comentario de Suigetsu sonó descortés incluso a sus propios oídos, pero era plenamente consciente de que mientras ellos tres serían bienvenidos en el palacio de la Hokage, a él lo echarían a patadas.
Se hizo un silencio incómodo. No quería estropearle la cena a Ino, pero al mismo tiempo tenía muchas ganas de que Sasuke y Hinata se fueran para poder tenerla para él solo.
—Dime, Sasuke, ¿qué te parece Ino? Se le da muy bien lo de escabullirse, ¿verdad? —preguntó Suigetsu, intentando volver a la normalidad.
—Ciertamente. Me ha impresionado mucho. Nunca pensé que vería a alguien con tanta habilidad como tú.
—Luego le enseñaré a desarrollar agilidad con los dedos.
—No se va a convertir en ningún ladrón —dijo Ino con severidad.
—No me atrevería ni a soñarlo. Pero unos dedos ágiles pueden servir para muchas cosas.
Antes de que nadie pudiera añadir nada, Kazuma entró y anunció:
—La cena está servida.
Suigetsu le ofreció el brazo a Ino, se acercó a ella y susurró:
—Con un poco de suerte, te podré demostrar las utilidades a las que me refiero antes de que haya acabado la noche.
Ella sofocó un pequeño grito y él se rió.
—No te sorprendas tanto, Muñeca. Tarde o temprano hay que rendirle cuentas al diablo, y yo prefiero que ocurra más temprano que tarde.
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Al parecer, el período de aplazamiento había llegado a su fin. Ino se sorprendió al darse cuenta de que no estaba tan decepcionada como debería.
El brillo de los ojos de Suigetsu cuando ella entró en la biblioteca la había halagado hasta límites insospechados. Le dio la sensación de que a él le dieron ganas de cruzar la estancia con desesperación, cogerla entre sus brazos, y darle un beso que la convenciera de que no quería hacer otra cosa que ir a su habitación.
Incluso en ese momento, Suigetsu apenas le quitaba los ojos de encima. Estaba resultando un pésimo anfitrión: ignoraba a sus invitados y no se esforzaba por darles conversación. Ella estaba muy emocionada por que le estuviera prestando tanta atención, pero la preocupaba no poder mantenerlo a raya cuando los Uchiha se fueran. Sin embargo, lo que más miedo le daba era que no estaba segura de querer mantenerlo a raya.
A pesar de que nadie parecía incómodo debido a la falta de conversación —a decir verdad, a Uchiha y a Hinata parecía divertirlos bastante la situación—, Ino era muy consciente de que una buena anfitriona no debía permitir que el silencio reinara en su mesa.
—Hace unos días conocí a Karin. Me pareció una mujer encantadora. —Suigetsu le dedicó una sombría sonrisa y ella deseó no haberse adentrado por aquel sendero.
—A mí también me gusta mucho —dijo Hinata, que de repente parecía consciente de la tensión que se respiraba—. Ha construido un orfanato y espera poder inaugurarlo muy pronto.
—Está esperando que lleguen los muebles —añadió Uchiha—. Creo que cuando eso ocurra, perderás a todos tus niños, Suigetsu.
Ino se quedó de piedra. ¿Habría sido Karin amante de Suigetsu? ¿Suigetsu tenía hijos? Tragó saliva para intentar deshacer el nudo que se le había hecho en la garganta.
—¿Qué niños?
Suigetsu miró a Sasuke con el cejo fruncido, como si hubiera revelado algún oscuro secreto.
—Sólo son unos niños.
—¿Tus hijos? —¿Se había atrevido a preguntar eso? Aquélla no parecía su voz.
Suigetsu esbozó una irónica sonrisa.
—No. Yo me esfuerzo mucho por no aumentar la población de Konoha. Son niños de la calle, huérfanos.
—¿Tienes huérfanos en tu club? —Ino no sabía si aplaudirlo por su generosidad o mostrarse escandalizada al saber que permitía que los niños estuvieran en aquel ambiente.
—No los tengo allí como si fueran posesiones. Se ganan su puesto en el club. Estoy seguro de que recordarás que yo creo que las personas se tienen que ganar el techo que tienen sobre la cabeza y la comida con la que se llenan el estómago. Así que los acojo y les doy un trabajo. De ese modo evito que los reclute alguien con malas intenciones o que acaben en la cárcel. En realidad no es nada. Yo necesito que alguien haga ciertas tareas y ellos son muy capaces de hacerlas.
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Suigetsu hablaba como si se sintiera obligado a explicarse, pero Ino le estaba muy agradecida por todas aquellas explicaciones porque, gracias a ellas, lo podía ver bajo una nueva luz. Aquel hombre era un auténtico caleidoscopio. Y no era cierto que sus acciones no significaran nada. Se preocupaba mucho más que ella por los huérfanos. Sentía que le estaba dando toda una lección de humildad. También pensó que su preocupación por otros niños ayudaba a explicar la buena relación que tenía con Inojiny que, tal vez, eso lo hubiera preparado muy bien para ser su tutor.
—¿Fueron ellos quienes te ayudaron a conseguir la ropa? —preguntó ella.
Él alzó el vaso en su dirección.
—Así es.
Ino se dio cuenta de que estaba dejando fuera de la conversación a sus invitados. Se había convertido en una terrible anfitriona.
—Suigetsu trajo un poco de ropa para que Ino jugara con ella.
—Además... —dijo él, al parecer muy orgulloso de sí mismo—, fuimos a la Gran Exposición e Ino e Inojin se disfrazaron de chicos de la calle.
—¿Ah, sí? —Hinata no parecía nada escandalizada—. ¿Y qué se siente llevando pantalones en público?
—En realidad es bastante... liberador.
—La verdad es que yo creo que llevamos demasiadas capas de ropa.
—Yo también —dijeron los dos hombres a la vez.
Ino y Hinata se rieron como niñas.
—¿Sabes? —dijo Uchiha levantando el vaso y observando su rojo contenido—, es posible que Hoshigaki te eligiera como tutor de Inojin debido a la protección que ofreces a los niños que trabajan para ti.
Ino se sorprendió al oírlo decir eso, porque por su mente había cruzado el mismo pensamiento.
—Ya lo he pensado, pero me parece un motivo poco sólido. Aunque ya no estoy seguro de que importe mucho.
Pero Ino no pudo evitar preguntarse si seguía teniendo importancia. Pensaría en ello más tarde. Por el momento era muy consciente de que gozaba de la atención de Suigetsu. Él volvió a levantar la copa en su dirección, insinuando un brindis silencioso y una promesa que aceleró el corazón de Ino.
Antes de la cena, pensó que le gustaría tener compañía, que le apetecía mucho una distracción y olvidarse del luto durante un rato, pero de repente estaba ansiosa por ver partir a sus invitados.
Quería pasar un rato a solas con Suigetsu antes de que se fuera al club... Porque estaba segura de que se iría. Él siempre se iba al club.
Se sentía incapaz de entretener a nadie. Al estar de luto, había pasado mucho tiempo sola y ni siquiera tenía alguna anécdota que contar. Sin embargo, estaba disfrutando de la compañía y le resultaba agradable tener visita, para variar.
Cuando Sasuke y Hinata se fueron, estaba más cansada de lo que esperaba. Suigetsu se quedó junto a ella en la escalera principal, observando cómo partía el carruaje de sus invitados.
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—No me puedo creer que el conde Diablo haya estado cenando en mi casa —dijo Ino, mientras Suigetsu cerraba la puerta. Uchiha no había sido bienvenido en casa de sus padres y tampoco en casa de su hermano.
—Cualquier día habrás invitado a toda la pandilla de Orochimaru a cenar sin darte cuenta.
Ino lo dudaba mucho, pero no quería ser grosera. A fin de cuentas, eran los amigos de Suigetsu.
—Ninguno de vosotros da la impresión de haber crecido en la calle.
—El abuelo de Sasuke contrató profesores para nosotros. Estaba decidido a que nadie se diera cuenta de nuestros orígenes. No quería que avergonzáramos a su nieto.
—Has tenido una infancia muy peculiar. —Llegaron a la escalera e Ino miró hacia arriba, reacia a retirarse.
—Ven a tomar un poco de brandy —le propuso Suigetsu en voz baja—. Te ayudará a dormir.
—La última vez que bebí brandy me levanté enferma.
—Entonces te serviré un poco de whisky.
Ino notó que se excitaba al pensar que podría volver a besarla. Lo deseaba desesperadamente. No pudo evitar asentir. Se dirigieron a la biblioteca sin tocarse. En cuanto el lacayo cerró la puerta, Suigetsu la cogió entre sus brazos, la pegó a su cuerpo y acercó la boca a sus labios. A Ino le dieron ganas de reír de lo contenta que se puso al ver su impaciencia. Jamás se había sentido deseada, pero Suigetsu parecía estar hambriento, hambriento de ella.
Sus labios dibujaron un ardiente camino por el cuello de Ino.
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—Me estaba volviendo loco sentado a esa mesa, intentando mantener una agradable, y bastante aburrida conversación, cuando en lo único que podía pensar era en lo mucho que quería degustarte a ti en lugar del pollo.
Quizá no fuera el más poético de los cumplidos, pero ella gimió y le facilitó el acceso a su cuello.
—Ven a mi cama, Muñeca.
—No.
—Te besaré de pies a cabeza. Te besaré en lugares a los que dudo que Hoshigaki llegara nunca.
El calor abrasaba todo el cuerpo de Ino fundiéndole los huesos; se sorprendió de que no se le doblaran las rodillas. «Sí. Sí. Sí.»
—No.
Consiguió empujar la palabra desde lo más profundo de su alma, un alma que se negaba a
transigir. Se apartó de él y negó también con la cabeza, dando por hecho que necesitaría algo más que palabras para convencerlos a ambos.
—No. No puedo, Suigetsu. No puedo.
Él paseó la mirada por su cuerpo muy despacio.
—Y yo no puedo besarte sin querer más.
—Lo siento.
Suigetsu alargó el brazo y le tocó la mejilla.
—No te disculpes, Muñeca. Si yo fuera un caballero como es debido... —en sus ojos se reflejó el arrepentimiento—, pero no lo soy. ¿Aceptarías por lo menos dar un paseo conmigo por el jardín?
—Me encantaría. —A ver si así conseguía armarse de valor para volver a prohibirle que la besara.
Ino esperó en la terraza mientras Suigetsu iba a pedirle a un lacayo que encendiera las antorchas para iluminar el camino. Una parte de ella se arrepentía ya de haberlo rechazado en la biblioteca. Se sentía muy tentada de abandonarse a sus deseos, pero no era fácil olvidar toda una vida de educación moral. Quería ser un buen ejemplo para Inojin y, tal vez, de alguna manera, un buen ejemplo también para Suigetsu. Éste parecía creer que una persona podía hacer cuanto quisiera. Pero Ino sabía que si cedía, perdería su respeto. Sospechaba que él sólo estaba jugando con ella, que lo único que pretendía era incluirla en su larga lista de conquistas.
En cuanto el lacayo volvió a entrar en la casa, Suigetsu le ofreció el brazo. La noche era preciosa. La niebla aún no había hecho acto de presencia. A Ino no le preocupaba el gélido viento, porque siempre que Suigetsu estaba cerca de ella se sentía increíblemente cálida, como si la pasión que sentía por él le hirviera bajo la piel.
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—Últimamente me has estado haciendo muchas preguntas sobre la clase de hombre que me gustaría tener por marido —se atrevió ella a decir.
—¿Ya has decidido lo que quieres? O, mejor aún, ¿con qué lord prefieres casarte?
Ino se esforzó por no pensar en la decepción que sentía al saber que él seguía pensando en deshacerse de ella. Aunque no dejaba de repetirle que la quería en su cama, sus palabras le confirmaban que lo único que quería era tener una aventura.
—En realidad, no, pero sentía curiosidad por saber lo que quieres tú para ti mismo.
—Yo no pienso casarme nunca.
—¿Nunca?
—¿Por qué te sorprendes tanto? Estoy seguro de que eres la persona que mejor entiende las graves dificultades que tendría para encontrar una mujer que me quisiera como marido.
—Si te plantearas cambiar...
La grave y sombría carcajada de Suigetsu interrumpió sus palabras, se deslizó por su cuerpo y pareció fundirse con las sombras que merodeaban por las esquinas del camino.
—No tengo ningún interés en cambiar.
—Soy incapaz de comprender por qué alguien elegiría por voluntad propia una vida solitaria, regida por los placeres, en lugar de la vida que puede ofrecer un matrimonio y una familia.
—Pues déjame que te lo demuestre.
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Suigetsu le deslizó el brazo por la cintura para acercarla al tiempo que la alejaba del camino. Sus labios se posaron sobre los suyos con un apetito que la sorprendió. Por imposible que pareciera, aquel beso era más íntimo, más exigente, más persuasivo que el anterior. La consumió y abarcó todos los aspectos de su ser, hasta que el mundo dejó de existir para ella. Una de las largas manos de Suigetsu se posó en su nuca y empezó a dibujar un seductor sendero por su espalda.
A Ino le flojearon las rodillas, se agarró con fuerza a los hombros de Suigetsu y se apretó contra su cuerpo para no perder el equilibrio. Él rugió sin separar la boca de sus labios y la deslizó un poco más hacia las sombras, hasta que ella sintió la fría pared de ladrillo contra su espalda. Sin embargo, no le sirvió para aliviar la ardiente fiebre que recorría su cuerpo.
Estaba loca de deseo y no pudo evitar coger el rostro de Suigetsu con la mano. No era suficiente. Quería sentir su piel bajo las yemas de los dedos, pero no podía permitirse pedirle más, ni dejarse llevar por lo que tanto deseaba. Estaba segura de que él podía sentir cómo el deseo hervía bajo su piel, del mismo modo que ella sentía cómo ese mismo deseo tensaba los músculos de Suigetsu cuando él le deslizó la rodilla entre los muslos.
Aquella presión era una auténtica delicia y avivaba las llamas de su pasión. Ino jamás había experimentado un anhelo de tal intensidad. Nunca había sentido el hormigueo de sus terminaciones nerviosas bajo la piel, suplicándole más, suplicando algo tan difícil de alcanzar, algo que ella apenas podía comprender. Pero ella sabía que lo estaba deseando, sabía que tenía los medios y el conocimiento necesarios para llevarlo hasta su máxima expresión.
Gimió cuando la boca de Suigetsu se alejó de sus labios para dibujar un ardiente sendero por su cuello. Ella echó la cabeza hacia atrás, presa del éxtasis, dándole permiso para que pudiera saborearla.
—Ven a mi cama —dijo él con la voz entrecortada.
—No puedo. —Sus palabras estaban teñidas de una profunda decepción.
Ino esperaba que él se detuviera, que la liberara de aquel tormento, pero lo que hizo Suigetsu fue deslizar la boca un poco más hacia abajo y pasear sus labios y su lengua por su clavícula, entreteniéndose en el valle que se formaba en la base de su cuello. ¿Cómo podía un gesto tan pequeño generar tanta debilidad en su cuerpo, al mismo tiempo que le provocaba tantísimo placer?
Entonces, Suigetsu le tiró hacia abajo del corpiño del vestido y el triunfante rugido le provocó una satisfacción tan desenfrenada que fue incapaz de regañarlo por las libertades que se estaba tomando. Luego posó los labios en uno de los sugerentes pechos de Ino y de repente la presión que le estaba imprimiendo con el muslo entre sus piernas no le bastó. Ino oyó su propio gemido afligido, y se dio cuenta de que le deslizaba los dedos por debajo de la chaqueta para hundirlos en sus hombros y que empezaba a frotar la cadera contra el cuerpo de Suigetsu.
—Chist, chist, tranquila, cariño. Todo a su debido tiempo —murmuró él.
«¿Debido?» Aquello era completamente indebido. Era pecaminoso y perverso, pero Ino jamás se había sentido tan mujer. Había perdido cualquier resto de control. El buen juicio era un concepto que le quedaba muy lejos.
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Ino se dio cuenta del movimiento bajo su falda poco antes de sentir los dedos de Suigetsu deslizándose por sus muslos. Gimió, lo cogió por la barbilla y lo guió otra vez hacia sus propios labios, para silenciar con su boca la oscura risa de Suigetsu. ¿Se estaba tomando aquello como una victoria sobre ella? ¿O sólo estaba encantado de verla tomar la iniciativa y de haber conseguido provocarle unas sensaciones que por fin Ino era incapaz de controlar?
Los hábiles dedos de él se abrieron camino a través de su ropa hasta perderse entre los lugares más íntimos, y entonces la instó con habilidad a responder a sus requerimientos. Era un ladrón, y le estaba robando el poco poder que le quedaba para resistirse. El cuerpo de Ino se tensó y palpitó. Entonces, empezó a sentir un placer que jamás había experimentado antes y que la tentaba, susurrándole la promesa de lo que estaba por llegar.
—Ven a mi cama —rugió él.
—No.
Ino tuvo que esforzarse para no echarse a llorar. Sabía lo mucho que deseaba lo que él podía ofrecerle y maldijo su implacable fuerza de voluntad.
Notó el movimiento, aunque sabía que los dedos de Suigetsu no habían abandonado ni un momento su baile sobre aquella sensible zona de su cuerpo. Con la mano que tenía libre, Suigetsu cogió la mano de Ino y se la guió hacia abajo, hasta colocarla sobre su abultado y cálido pene. La guió para que lo tocara de una forma íntima, para que lo acariciara mientras él la acariciaba a ella, mientras el placer de Ino viajaba hacia el descontrol.
Suigetsu deslizó un dedo dentro del cuerpo de ella, luego dos... al tiempo que presionaba el pulgar sobre su piel hinchada y la acariciaba con intimidad, provocándole sensaciones increíblemente dulces...
Cuando ella alcanzó el clímax, él presionó los labios sobre su cuello, su cuerpo tembló y el rugido que emitió resonó a su alrededor mientras su cálida semilla se vertía sobre la mano de Ino. Suigetsu se dejó caer sobre ella, con la respiración agitada.
Cuando Ino empezó a recuperar la conciencia del lugar donde se hallaban, los temblores seguían recorriéndola. Al darse cuenta de lo que acababa de suceder en el jardín, la inundó la vergüenza. Vergüenza por su falta de control y enfado con él por haberle hecho aquello. Además de furia consigo misma por habérselo permitido, por haberlo animado, por haber apretado el cuerpo contra el suyo en lugar de haberse ido.
—Oh, Dios. —Por fin, Ino encontró la fuerza para apartarlo.
Él se tambaleó.
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—Muñeca...
—No, no. —Entonces echó a correr en dirección a la casa, subiéndose el corsé, ignorando los restos de la dulce liberación de Suigetsu y reprimiendo las lágrimas que amenazaban con nublarle los ojos.
El dolor la atormentaba. Mientras estuvo casada, jamás experimentó nada que se pareciera a aquellas cumbres de pasión que acababa de alcanzar. Suigetsu Hozuki se había ganado su reputación a pulso. Los rumores eran ciertos: era el diablo. Pero aquella noche la había llevado al cielo.
Ahora, Ino ardería en el infierno.
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