NUEVOS HORIZONTES
Capítulo 06: Tomando decisiones
A la mañana siguiente La Perla emprendió su camino rumbo a Londres, tal y como Arthur había ordenado. Francis obedeció a regañadientes, sabiendo lo cabezón que el capitán era, y dio órdenes a todos e informó sobre la siguiente misión a llevar a cabo.
―¿Estará bien?
Francis se giró a Madeleine, quien se encontraba a su lado. Le miraba con preocupación, como la aquella vez cuando había despertado por primera vez en La Perla. Su sonrisa que tanto le gustaba a Francis ya no estaba, y había sido sustituida por una mueca de desconfianza.
―¿Eli?
Madeleine asintió.
―Por supuesto. Es una mujer fuerte, y sé que a Antonio no le interesa matarla ni hacerle nada así. Después de todo Eli es una gran guerrera.
―Pero… ¿y si ella no colabora? Ya sabes cómo es ella. Es muy cabezona.
Francis ahogó un suspiro, pasándose una mano por la cabeza.
―La personalidad de Eli es dura, y sé que no va a comportarse muy bien estando prisionera del enemigo. Pero la dejarán viva. Estoy seguro. Si no, Antonio no le habría dicho eso a Arthur.
Eso había sido motivo de disputa entre los miembros de la tripulación durante los últimos días. Había quienes estaban a favor de Arthur y opinaban que había que ir a Londres. Darle su merecido a Arthur y conseguir a Eli de vuelta. Pero también había quienes rechazaban totalmente la idea de ir a la capital del Imperio Británico. ¿Había una encerrona peor? Allí sería mucho más fácil darles caza, y con un poco de suerte no acabarían en la horca. También confiaban en Eli y en sus dotes guerreras para poder escapar, de alguna manera, de El Clavel. Francis pertenecía a este último grupo. Conocía a Eli. Sabía que podía ser una rival digna de Antonio, al igual que lo era Arthur.
Madeleine no insistió más. No quiso seguir exteriorizando sus miedos o, peor aún, contagiárselos a Francis.
De repente, entre el apacible silencio que los había envuelto, una voz rompió el momento.
―¿Qué hacéis, tan callados?
Feliks había aparecido de improvisto, tomando a Francis y a Madeleine por los hombros y acercándolos hacia sí con una sonrisa peligrosa. Una sonrisa que Francis conocía demasiado bien…
―Estamos hablando sobre cómo le estará yendo a El―
Sin embargo, Feliks no dejó que la joven terminara de hablar, haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia al asunto.
―Venga, no os amarguéis más con ello. Estará bien, seguro.
Madeleine sonrió con nerviosismo, empezando a sentirse incómoda con la cercanía del chico de ojos verdes. Intentó separarse pero Feliks se lo impidió, acercándola incluso más.
―Bueno, Fran―siguió hablando, girándose hacia el francés quien no estaba de humor como para mantener una conversación con Feliks―. Habrás considerado eso que estuvimos hablando el otro día, ¿no?
Levantó las cejas de manera insinuante mirando al francés, que se tensó al momento.
―No sé de qué me estás hablando―repuso cortante, desviando la mirada.
―Venga ya, Fran, sabes tan bien como yo a lo que me refiero ―sonrió con suficiencia Feliks, mirando de reojo a la chica.
―¿Qué pasa aquí? ―preguntó Madeleine, sin comprender nada.
Francis sonrió con falsedad, soltándose del agarre del polaco.
―Estupideces de Feliks, ya sabes. No le hagas mucho caso.
―Venga ya, Fran―insistió Feliks, volviendo a agarrar a Francis―. Como que no puedes ser tan tonto como para seguir viviendo en tu burbuja en la que todo es perfecto.
―¿Vivir en una burbuja? ―preguntó la joven.
―No le escuches, son bobadas―insistió el francés, cada vez más nervioso.
Feliks rodó los ojos antes de acercarse a Francis y tomarlo del brazo, alejándolos varios metros de la chica.
―Vamos, Francis Te mola Maddie, y lo sabes tan bien como yo. Deja atrás tus miedos y―
―No me mola nadie―frunció el ceño―. Y quiero que te dejes ya de rollos con Maddie. No me gusta. Solamente es mi protegida, y nada más.
―¿Tu protegida? ―Feliks soltó una risa, soltando al más alto y cruzando los brazos.
―Es… demasiado inocente como para que acabe con alguien como yo.
―¿Demasiado inocente? No me vengas de nuevo con esa imbecilidad. Es una chica de casi veinte años, y de inocente no tiene nada. Además, tampoco es como que tú fueras un monstruo.
―Ya, pero…―
―En serio, Francis. Date prisa o te la quitarán ―cambió el tono a uno más serio que hizo que Francis frunciera el ceño, sin entender a qué se refería.
―¿Quién me la va a quitar?
―Su futuro marido, es obvio―rodó los ojos.
―¿Su futuro marido?
―¿No te lo ha dicho aún? Está prometida.
Francis dirigió su mirada hacia Madeleine, quien se había quedado atrás y estaba hablando en ese instante con Yao, y alzó una ceja. ¿Cómo que estaba prometida? No podía ser. No era más que una chiquilla.
―No puede estarlo ―sacudió la cabeza, sin poder (más bien, querer) creer lo que decía Feliks.
―Eli me dijo que ella te lo pensaba contar un día de estos, pero se me ha escapado―admitió con una sonrisa culpable.
Francis se acercó a ella, dejando atrás al polaco, y carraspeó, llamando la atención de los otros dos. Yao se fue al notar que sobraba y Madeleine le miró.
―Maddie, ¿qué es eso de que estás prometida? ―preguntó soltando un bufido, claramente molesto por no haberse enterado antes.
Francis pudio ver cómo las mejillas rosada de la joven perdían casi automáticamente el color.
―¿P-Perdona?
La chica había tartamudeado más de la cuenta, lo cual confirmó las sospechas del hombre.
―Me lo acaba de decir Feliks. ¿Cómo no me lo habías dicho antes? ―siguió presionando, pasándose una mano por el pelo con frustración.
―Y-Yo…
Madeleine tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas sin poder evitarlo. Apretó los ojos, intentando que no se le derramaran.
―Espera. No pasa nada, tranquila ―Francis habló con tono conciliador, dándose cuenta que no era buena opción seguir hablándole a la joven con ese tono tan duro.
Tomó del brazo a la joven y la guio hacia su propio camarote. La sentó en la cama y se le partió el corazón al escuchar los sollozos de la menor, quien había empezado a llorar como una magdalena.
―Lo siento, no debí forzarte a hablar de ello si no querías―se disculpó el hombre, realmente arrepentido.
Rodeó a la chica con los brazos y esta enterró la cara en el cuello de Francis, abrazándole y desahogando su pena en él. Estuvieron un largo rato así, abrazados en la cama del francés, quien mecía a la chica y le susurraba palabras de tranquilidad. Cuando ella se sintió más relajada y dejó de llorar se pasó una mano por la cara, intentando arreglar el desastre de mocos y lágrimas que tenía.
―Toma ―Francis le había tendido un pañuelo que la chica no dudó en tomar para limpiarse―. Puedes quedártelo―añadió.
La chica asintió y una vez hubo terminado se lo metió en un bolsillo.
―¿Estás… más tranquila? ―preguntó al cabo de unos segundos, pasándole una mano por la espalda.
Asintió, apoyándose en el mayor y soltó un suspiro.
―No es un tema del que me agrade hablar, como has podido comprobar―bromeó, sonriendo levemente.
―No sabía que te afectara tanto. Te pido que me perdones.
―No hay nada que perdonar―sacudió la cabeza.
―Pero…
―No lo sabías. Está bien―Madeleine compuso una sonrisa relajada que hizo que al mayor se le derritiera el corazón―. Pero… supongo que puedo explicarte.
Madeleine le relató cómo había conocido a su prometido. Cómo su padre la había forzado a ir a ese baile y cómo había acabado naufragando aquella noche, en la que la encontraron junto a su hermano a la deriva.
Francis iba asintiendo a la que decía, frunciendo el ceño cuando hablaba sobre Iván y la manera en que éste se dirigía a ella, tan distante y frío, terminando por soltar un gruñido.
―Ese capullo… no te merece.
Madeleine soltó un suspiro.
―No sé si me merece o no. El caso es que voy a tener que casarme con él si vuelvo a casa alguna vez.
Francis sacudió la cabeza. No podía permitir que Madeleine acabara casada con alguien que no la quería. Ella era demasiado especial como para tener que sufrir un matrimonio indeseado. Era demasiado joven como para que le cortaran las alas de esa manera.
―No, ni hablar. No permitiré que te arrebaten la libertad para vivir con alguien así.
La chica sonrió derrotada.
―Eso explícaselo a mi padre. Pero créeme, no lograrás nada. Si Alfred, que es cabezón a más no poder, lo ha intentado por activa y por pasiva y no ha conseguido hacer cambiar a mi padre de parecer, dudo que tú, alguien a quien mi padre no conoce y que seguramente no le agrade, por eso de ser pirata y vivir al margen de la ley, lo logres.
Francis se pasó una mano por el pelo agobiado. Madeleine tenía razón. Él no era la persona más indicada como para hablar con su padre y anular ese matrimonio. Sin embargo, tenía que haber algo que pudiera hacer para sacar a la chica de ese embrollo.
―No. Te prometo que no te casarás con Iván ―volvió a insistir, queriendo convencerse más a sí mismo de sus palabras que a la joven―. Encontraremos una salida a eso.
Madeleine suspiró, sintiéndose un poco mejor al escuchar eso por parte del francés. Le gustaba que se preocupara por ella. De alguna manera sentía que le importaba bastante al mayor.
Pero, a pesar de todo, no era suficiente…
Elizabetha soltó un largo suspiro. Con ese, ya eran cinco días los que llevaba prisionera en El Clavel. Y parecía que eso iba a ser para largo…
La última vez que Sadik había bajado a las celdas había sido hacía un par de días. Le había vuelto a interrogar y al no conseguir nada de la chica, se fue. Para ser sinceros, habían discutido. Bastante. Y todo por cosas del pasado.
―Eres una asesina, lo cual te hace muy parecida a mí.
Elizabetha soltó un gruñido, realmente cabreada, y le propinó una patada a la puerta.
―¡Yo no maté a nadie, maldito imbécil!
―No directamente, pero por tu culpa murió tu mejor amigo.
Eso había sido un golpe bajo.
―No. Dime que no has dicho eso―Elizabeta soltó una risita nerviosa, sin poderse creer que el turco hubiera tenido lo que había que tener para soltarle algo así tan directamente.
―Lo digo y lo repetiré todas las veces que hagan falta: Tú mataste a Gilbert.
Elizabeta volvió a soltar un gruñido, dando otra patada y echando toda sarta de maldiciones por la boca. Sin embargo fue en vano ya que Sadik ya se había ido de allí.
No. Necesitaba hablar con Sadik y contarle que ella no había sido la causante de la muerte de su mejor amigo. Que había otra persona detrás de ello. Lo malo era que el hombre se había enfadado y no parecía querer volver a bajar a interrogarla.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la portezuela se abrió y metieron un plato con un mendrugo de pan. Fue rápida y se tiró prácticamente sobre la mano de quien le había traído eso, apretándola con fuerza.
―¿Dónde está Sadik?
La otra persona al otro lado forcejeó y con algunos esfuerzos consiguió zafarse del agarre de la castaña.
―No quiere verte―respondió una voz monocorde, perteneciente a una chica; la misma que le llevaba la comida desde que Sadik había decidido no verla más.
―Necesito verle. Aunque no sea verme, hablar. Tengo que aclararle una cosa―rogó Elizabeta, desesperada.
―No quiere saber nada de ti. Y como insistas te ataremos al mástil. Boca abajo, obviamente.
La húngara soltó un bufido y se cruzó de brazos, sin insistir más. No lo admitiría nunca, pero esa amenaza había surtido efecto.
De nuevo, Elizabeta estuvo todo el resto del día sola, sin ninguna compañía. Cuando hacía ya varias horas que había oscurecido, Elizabeta oyó pasos que se acercaban a la celda.
―Eir me ha comentado que casi le arrancas la mano al traerte la comida.
Era Sadik. La húngara no dijo nada, esperando a ver si seguía hablando. Pero al ver que eso no sucedía, habló.
―Eso es exagerar. Solamente la he sujetado para que no se fuera.
―¿Por qué no querías que se fuera?
―Necesitaba pedirle que vinieras.
Tras un breve silencio, el turco continuó la conversación.
―Pues aquí me tienes.
Elizabeta tragó saliva con fuerza. ¿Cómo elegir las palabras correctas para que el hombre no se sintiera ofendido (cosa que pasaba en muchas ocasiones por las más nimias razones, lo cual era bastante infantil por su parte) y se quedase a escucharla? ¿Para que le diese una oportunidad y dejase de ser Eli la asesina a sus ojos? ¿Para incluso volver a tener la misma confianza que tenían de niños?
―Vale. Allá voy―la joven tomó una bocanada de aire. No podía dar un paso en falso, ya que si no su única oportunidad se iría al traste―. El otro día nos pasamos. Ambos. Terminamos hablando de "el tema", cosa que ninguno de los dos quería que pasara; y lo sabes.
Sadik, al otro lado de la puerta, asintió, sonriendo con amargura.
―Te escucho―dijo, al ver que la chica paraba.
―Yo… Sé que no me vas a creer si te lo cuento, pero quiero que lo sepas.
―¿Que lo sepa?
―Mi versión de la historia. Todos habéis oído la "oficial", la que Vladimir le contó a todo el mundo. Pero nadie ha oído nunca la mía.
―Está bien; cuéntala ―accedió a regañadientes.
―Yo… ya sabes que todos éramos en aquella época muy amigos. Contrario a lo que la gente decía, a mí no me gustaba Gilbert. De hecho nunca me gustó. Nunca traspasó esa frontera entre la amistad y el amor…―a diferencia de otros, pensó, pero se lo calló―. Yo no era más que una adolescente cuyos padres solamente querían casarla con algún aristócrata de la ciudad. Cómo no, el elegido para tal propósito fue el señorito Roderich―Elizabeta arrugó al nariz al recordar al hombre tan ominoso que le había truncado la vida―. Gilbert y yo le conocíamos de hacía mucho y nunca nos había llegado a caer bien. Cuando Roderich supo cuál había sido mi reacción al enterarme de que debíamos casarnos, enfureció.
―¿Cómo reaccionaste? ―preguntó Sadik curioso, sin conocer ese detalle.
―Me volví loca, literalmente―admitió con pesar―. Grité y chillé, diciendo que jamás me casaría con alguien como él. Mi padre no tardó en cruzarme la cara de una hostia para callarme, diciendo que no tenía opción. O me casaba con Roderich o… me casaba con él. No había salida a eso. Se lo conté a Gilbert y él decidió que esa misma noche nos iríamos de la ciudad. Que tenía amigos en Londres y que podíamos ir hasta allí. Yo accedí, confiando ciegamente en él. Esa misma noche me escapé, saltando por la ventana de mi cuarto. Gilbert estaba abajo para recibirme. Llevábamos unas pequeñas bolsas con lo suficiente como para sobrevivir a unos cuantos días fuera. Sin embargo, apenas llegamos al embarcadero fuimos víctimas de una emboscada. Unos encapuchados nos atacaron. Concretamente, atacaron a Gilbert. Él se puso delante de mí, dispuesto a defenderme hasta la muerte, y estos imbéciles…―llegado a este punto a la húngara se le quebró la voz, luchando por que las lágrimas no escaparan de sus ojos―. Ya sabes, lo mataron. Eso llevaba la firma de Roderich claramente.
De repente la puerta de la celda se abrió sin previo aviso y Sadik entró a ella, cerrando la puerta tras él.
Elizabeta, quien había estado con la mirada clavada en sus pies desde que había comenzado su relato alzó la vista y sus ojos se encontraron con la mirada de Sadik.
―¿Y qué pasó para que Vladimir contase una historia totalmente diferente a esa?
―Ya sabes cómo era él―rodó los ojos―. El muy idiota siempre había estado enamorado de mí. Le rechacé cuando teníamos unos doce años y al parecer no lo superó. El muy rencoroso quiso hacerme daño desde entonces. Y lo logró… Es por ello que tuve que dejar la ciudad y convertirme en lo que soy ahora. No soy tan fuerte como parezco, Sadik, y los comentarios de la gente me hicieron daño, calando hondamente en mí. Mis amigos me dieron la espalda―una lágrima resbaló por sus mejillas, sin molestarse en quitársela― y mi familia me echó la bronca duramente. El compromiso con Roderich se mantuvo, a pesar de todo. Cómo no, con lo que le había costado a Roderich quitar a Gilbert de en medio lo menos que podía dejar que pasara era que el matrimonio siguiera en pie…
―¿Sabes por qué mató a Gilbert?
―Era muy celoso y siempre pensó que estábamos enamorados. Una vez pilló a Gilbert jugando a hacerme cosquillas en el suelo; él encima de mí, contra el suelo. Obviamente lo malentendió y le echó la cruz.
―¿Tú de verdad no estabas enamorada de Gilbert?
Negó con la cabeza.
―Era solamente mi amigo. Mi mejor amigo. Además, a mí ya me gustaba alguien más―confesó, desviando de nuevo la mirada al suelo.
Sadik dio un par de pasos vacilantes hasta llegar a la altura de Elizabeta, quien no levantó la mirada. El hombre la tomó del mentón y le levantó con suavidad la cabeza hacia él, para que le mirase a los ojos. La chica así lo hizo, con los ojos aún húmedos de las lágrimas.
―¿Y por qué no hiciste nada para convencernos a los demás de que Vladimir mentía?
―Lo hice. Dije que no era verdad, pero no tenía muchas fuerzas después de lo de Gilbert. Estaba en ese momento de que me daba todo igual, y Vladimir siempre ha sido muy convincente. Era una batalla perdida que no quise luchar.
Sadik la soltó, frunciendo el ceño.
―Ese imbécil… Después de todo se encontró con la horma de su zapato―Elizabeta parpadeó, sin saber a qué se refería. Al ver la expresión de la joven, Sadik chasqueó la lengua―. Al muy estúpido le metieron en la cárcel hace menos de un año por sus mentiras.
―¿Qué pasó?
―Acusó de adulterio a una noble que le rechazó. No era verdad y cuando se descubrió el pastel Vladimir fue enchironado. Y me da que va a pasar una buena temporada allí
Elizabeta se mordió el labio. Iba a abrir la boca para decir algo pero en el último momento se retractó. Sadik notó eso, alzando las cejas.
―¿Qué?
―Diría que me alegro… Que eso me consuela, pero no sería verdad―suspiró―. Aunque, después de todo, él no tiene la culpa de lo de Gilbert.
El hombre se encogió de hombros.
―A mí me consolaría. Ya sabes, quien no se consuela es por que no quiere.
―Ya, pero aun así…
Tras unos instantes en silencio, Sadik soltó un suspiro.
―¿Pasa algo?
―Esto cambia muchas cosas. No sabes cuantas―admitió, mirándola de una manera extraña. Como si supiera algo que la húngara no.
―¿A qué… te refieres?
―No vamos a poder seguir con el plan inicial―gruñó dando un paso hacia atrás.
―¿Plan?
―Ya sabes, para que Arthur te rescatara.
―Ah―la chica sintió un regusto amargo al escuchar esas palabras. Después de todo, Sadik solo la quería como rehén para que Arthur pagara por su rescate―. ¿Y entonces qué?
―Entonces qué… No lo sé―suspiró con cansancio―. Por ahora tengo que hablar con Antonio―declaró, dirigiéndose a la puerta.
―Espera, ¿me vas a dejar aquí? ¿S-Sadik?
―Volveré pronto, lo prometo.
Y con eso el turco salió rápidamente de la celda, dando un portazo tras él, dejando a Elizabeta sumida en una agoniosa incertidumbre.
Desde el día en que habían sido rescatados, ni Arthur ni Alfred habían vuelto a hablar. Al menos le hubiera gustado hablar del tema con Mathias. Sin embargo el danés estaba raro desde que Alfred había vuelto al barco. No le quería contar qué había sucedido, pero estaba irritable y apenas se podía hablar con él así que Alfred decidió que no sería bueno hablar con él sobre Arthur. Al menos por el momento por lo que decidió contarle a su hermana, su sempiterna confidente. La joven lo había aceptado, pero le dijo que no era muy conveniente que se enamorara de un hombre como el capitán. Siguiendo el consejo de su hermana, Alfred ignoró a Arthur en la medida de la posible, hasta que se dio cuenta de que se estaba haciendo daño a sí mismo. No podía engañarse: Le gustaba Arthur, y era algo contra lo que no podía luchar. Así que una mañana en la que se despertó bastante temprano Alfred salió a cubierta, harto de dar vueltas por su cuarto esperando a que se despertaran los demás, y decidió que se lo iba a confesar a Arthur. Estuvo dándole muchas vueltas a cómo soltárselo pero acababa desestimando las ideas, pensando que eran absurdas. Que se reiría en su cara.
―¿Qué haces aquí?
Alfred pegó un brinco al escuchar la voz de Arthur detrás suya.
―N-nada.
Se reprochó inmediatamente el haber vacilado al contestar, ganándose una mirada desinteresada por parte de Arthur.
―Ya ―dijo este únicamente.
Un tenso silenció se formó. Alfred quiso romperlo pero no sabía cómo, lo cual era raro, ya que él era de los que abrían la boca y no había quien les callase.
―Oye… ―empezó, atrayendo la atención de Arthur, quien le miró inquisitivo―. Yo…―no sabía cómo seguir, por lo que bufó, abatido, y preguntó directamente―: ¿Qué somos?
Esto descolocó por completo al capitán quien frunció el ceño y se sonrojó levemente.
―¿Piratas?
Alfred soltó una risotada de puros nervios, sin saber cómo tomarse eso.
―Me refiero a tú y yo, como pare… personas.
Al notar que casi decía esa otra palabra, el mayor se sonrojó más.
―¿Te crees que por habernos liado en una noche de borrachera ya somos pareja? ―Preguntó cruelmente.
Alfred sintió eso como una patada en el estómago. Se sentía herido, pero no dejaría que el otro lo notase.
―Ya veo…―murmuró, apartando la mirada al suelo.
La cosa se había tornado difícil. Alfred sabía que iba a serlo desde un principio, pero no pensaba que lo fuese a ser tanto.
―Y aunque fuera de otra forma―siguió Arthur, sorprendiendo al menor quien pensaba que la charla se había terminado ahí―, no podría ser.
Alfred le miró extrañado. ¿Cómo? ¿No podría ser qué?
―Me refiero a que ambos somos hombre―especificó entre dientes al notar la mirada del de ojos azules.
―Pero eso da igual―hizo un gesto con la mano, quitándole importancia―. Mientras haya amor, el resto no importa, ¿no crees?
Arthur le escrutó con la mirada, terminando por agitar la cabeza. Alfred era demasiado inmaduro, demasiado inocente, quizás, y no se daba cuenta de la gravedad de la situación. Acabaría muy mal si seguía yendo tan optimista por la vida.
―No, Alfred. Las cosas no son así de fáciles. No todo funciona por el simple hecho de que haya amor.
El menor hizo un mohín.
―Pero…
―Déjate de peros, Alfred, y acéptalo: Una relación entre tú y yo es imposible―sentenció, cruzándose de brazos.
Alfred frunció el ceño. Dio un par de pasos hacia el capitán y le encaró, de malas maneras.
―Puede ser en secreto, si es lo que quieres. Los demás no tienen por qué enterarse.
Arthur dio un paso hacia atrás, incómodo con la insistencia del de ojos azules.
―¿Lo soportarías? ¿Soportarías el estar indiferente hacia mí cuando por dentro te mueres de besarme? ¿El no poder comportante con naturalidad hasta que estuviéramos solos? ¿El estar dispuesto a seguir en esto a pesar de los peligros que conlleva este tipo de relación? ¿El ver cómo nos pillan a uno de nosotros y nos torturan si es que no nos matan antes? Dime. ¿Lo soportarías?
Alfred se quedó callado, sin saber qué responder.
―Y-yo… ―tartamudeó, intentando elegir las palabras para responder.
Sin embargo no pudo seguir hablando ya que Francis apareció por las escaleras, perdiendo así su oportunidad de aclarar las cosas. El francés se acercó al capitán y se puso a hablarle sobre la ruta que debían emprender y Arthur le prestó toda su atención, dejando a Alfred de lado.
―¿Has diseñado ya algún plan? ―preguntó Francis, dirigiéndose hacia la cabina de Arthur.
―Más o menos ―asintió, entrando y cerrando la puerta―. Es… algo fuera de lo común.
Francis alzó una ceja.
―Miedo me das.
Arthur sonrió, sin ofenderse, y vaciló levemente antes de contarle su plan tan anormal.
―Verás… quiero pedirle a Antonio una tregua.
―¿Qué? ―Francis estaba descolocado. Hasta donde él sabía, el de ojos verdes y Antonio siempre habían sido enemigos y nunca habían recurrido a los diálogos para resolver sus diferencias. Y le resultaba extraño que fuese Arthur, el más cabezón de los dos, el que quisiera intentar hablar con el hispano para rescatar a Elizabeta.
―Me has oído bien, Francis.
―¿Pero tú te estás escuchando? ―preguntó el francés anonadado―. ¿Tú, el orgulloso Arthur Kirkland, vas a pedirle a tu archienemigo una tregua?
El de ojos verdes asintió, seguro.
―No tenemos otra opción. Se trata de Eli. Ella no entra en el juego. La cosa es solo entre Antonio y yo.
―¿Y todos los que han muerto en las batallas anteriores? ¿Ellos sí entraban?
Arthur frunció el ceño.
―Eso es diferente. Hablamos de Eli, ¿sí?
―¿Y qué la hace tan diferente a los demás? Después de todo solo somos piratas.
―Pero ella es diferente. Ella sabe pelear, no como los inútiles que se unen últimamente.
Francis sacudió la cabeza, poco conforme con el capitán.
―No, Arthur. Antonio no va a ceder y vas a causar un accidente de proporciones épicas.
El capitán se cruzó de brazos al ver que su idea estaba siendo desestimada de esa manera tan tajante.
―¿Tienes algo mejor?
Francis se encogió de hombros.
―Ahora no, porque nos han atacado hace nada. Pero dentro de unas semanas podemos probar a ver si hay suerte y rescatarla. Pero eso de ir cordialmente no es del estilo de Antonio y vamos a salir perjudicados.
Arthur bufó, aunque asintió derrotado.
El resto del día pasó igual que los otros. Arthur se lo pasó en su cabina, intentando pensar en otro plan para traer de vuelta a Eli, pero nada le parecía lo suficientemente bueno como para aplicarlo. Cuando se dio cuenta ya era de noche y salió a la cocina, donde descubrió que todos habían cenado ya. Tomó lo primero que encontró y se volvió al camarote, donde se comió las frutas que había tomado.
Dio muchas vueltas en la cama esa noche. No lograba conciliar el sueño. Una vez más, Antonio estaba un paso por delante de él y no lo podía soportar. Le carcomía la conciencia y no podía dormir. Harto de la situación, Arthur salió del camarote y fue a la cubierta, tumbándose en la zona del timón y apoyando la cabeza en sus brazos se limitó a observar el cielo estrellado.
Tan ensimismado estaba que cuando oyó a alguien soltar un carraspeo a pocos pasos de él pegó un bote y soltó una palabrota.
―¿Qué haces aquí, estúpido?
Alfred se encogió de hombros, sin parecer afectado por el taco, sentándose junto al capitán.
―No podía dormir y decidí subir a ver las estrellas. ¿Y tú?
―¿Estás cuestionando al capitán? ―enarcó una ceja, serio, aunque internamente estaba divertido. Le encantaba tomarle el pelo al de ojos azules. Sin embargo, este no reaccionó como esperaba, sino que simplemente hizo una mueca.
―Solo preguntaba. Ya sabes, por educación―sonrió levemente, tumbándose finalmente.
Al notarle tan cerca Arthur se puso nervioso. Sin embargo, no dijo nada.
Estuvieron callados durante un rato, hasta que Alfred rompió el silencio.
―Estuve pensando en lo que dijiste en la mañana.
―¿Y?
―He llegado a la conclusión de que sí. Vale la pena todo. Después de todo, el amor es lo más importante que hay.
Arthur se giró a mirarle con el entrecejo fruncido.
―¿De dónde has sacado esa mariconada?
Alfred se sonrojó, soltando una risita.
―Me lo ha contado Maddie.
―Mujeres―rodó los ojos―. Ellas son muy devotas del romance. Pero créeme, en la vida real el amor es algo secundario. ¿Acaso has visto que alguno de nosotros tengamos pareja?
―¿Los piratas dices?
Arthur asintió.
―Cuando fuimos a la isla algunos estuvisteis…
―Hombre, somos humanos. Tenemos necesidades. Pero eso no es amor.
Alfred suspiró, derrotado…
―¿Entonces no creéis ninguno en el amor?
―Todos no sé, pero yo al menos no.
―Pues no sabes lo que te pierdes.
―¿Vienes a mostrármelo acaso? ―preguntó retórico, soltando una risotada.
Había sido una broma. Pero Alfred no se la tomó como tal. En un rápido movimiento el más joven se posicionó encima de Arthur, tomándole con fuerza de los brazos y colocándoselos por encima de la cabeza, inmovilizándole. Tenía el factor sorpresa de su lado, por lo que realmente no le costó apenas nada.
―Pues sí―rugió Alfred, frunciendo el ceño. Era una expresión que no iba con él, el siempre sonriente Alfred. Tal era la sorpresa del capitán, que no le interrumpió―. Estoy harto de tu actitud Arthur. De que me trates como a un chaval idiota―frunció más el ceño―. Quiero que dejes atrás tus miedos y me des una oportunidad. No por mí, sino por ti. Yo no tengo miedo de admitir que siento algo por ti. Desde el momento en que me besaste y me abriste los ojos. No tengo miedo de quererte aunque seas hombre. Insisto en que esta relación, a pesar de no ser fácil, puede salir adelante. Tan solo depende de ti.
Arthur se había quedado sin palabras. Nunca le habían hablado así de directo. Y no le faltaba razón a Alfred. Sin embargo…
―¿Te crees que es fácil dejar atrás los miedos? ―rebatió, enfadándose―. ¿Dejar atrás años de humillaciones y burlas?
―¿Qué? ―preguntó descolocado.
―Déjalo―rodó los ojos, sin querer seguir hablando del tema―. El caso es que…
Se quedó sin palabras, perdiéndose en los ojos del americano.
―¿Qué? ―repitió el menor, embobándose también en la mirada del capitán.
Sin decir una palabra más, sus rostros se fueron acercando hasta que inevitablemente sus labios se unieron. Y fue entonces cuando Arthur se dio cuenta de que sí. Alfred tenía razón: Merecía la pena. Todo merecía la pena en ese momento.
A la mañana siguiente todo el mundo estaba sorprendido por el repentino cambio de humor de Arthur. Estaba sonriente, y apenas se enfadaba con nadie. Unos decían que era porque había encontrado una solución a lo de Eli y otros que se había vuelto loco.
―¿Se puede saber qué te pasa? ―preguntó Francis con curiosidad, entrando a la cabina de Arthur. Este estaba sentado a su escritorio, mirando unos mapas.
―Ah, Francis. Qué bien que apareces, estaba pensando en ti―dijo sin girarse apenas, sin despegar la mirada de los mapas.
―¿Pensando en mí, mon amour? ―preguntó levantando las cejas de forma sugerente.
Arthur soltó un bufido, dándole un golpe en el brazo.
―No de ese tipo, imbécil. Como sea, mira esto―le mostró los mapas.
Francis se sentó en la silla adyacente y observó con detenimiento los pergaminos.
―¿Eso… es Londres?
Arthur asintió, sonriendo maligno.
―¿Y sabes ya dónde vas a encontrarte con Antonio?
―¿Crees que he podido hablar con él o algo estando en el barco? ―rodó los ojos.
―¿Entonces a que viene el mostrarme el mapa tan emocionado?
―Porque he encontrado un sitio en el que puedo batirme a un duelo con él en donde no nos pillarán nunca.
Esta vez fue el francés quien rodó los ojos, echándose hacia atrás.
―Sois bastante escandalosos. No dudes que os acabarán pillando.
La sonrisa del menor decreció.
―¿A qué viene esa negatividad, eh?
―No soy negativo, solo recalco lo evidente ―repuso Francis, encogiéndose de hombros.
No tardaron muchos días en llegar a Londres. Cuando lo hicieron, las reacciones fueron diversas. Unos, como era el caso del capitán, estaban ansiosos. Les gustaba saborear el peligro y estar en Londres era como lo más peligroso que les podría haber pasado.
Madeleine estaba asustada. Sabía lo que implicaba volver a su ciudad. Quizás la habían dado por muerta, al igual que a Alfred. Pero quizás no y la estaban buscando.
―Tú quédate en el barco, ¿sí? ―le aconsejó Francis, asegurándole que todo iba a estar bien.
Asintió, aunque sintiéndose aun así preocupada.
―Después de todo, sé cómo te sientes―le aseguró el mayor.
―¿De verdad?
―Digamos que hay gente a la que no le gusto en Londres―admitió derrotado.
―Vaya… No será nada grave, ¿no?
―Bueno―lo sopesó unos instantes―. Depende de cómo se mire―respondió enigmático.
Madeleine no insistió, aunque le daba mucha curiosidad.
―Francis―le llamó, antes de que saliera del camarote.
El francés se giró, con la mano en el pomo de la puerta.
―¿Qué ocurre?
―V-Verás… antes de que te vayas del barco q-quiero decirte que… tengas cuidado―se reprochó mentalmente el haber dudado en el último momento y haber cambiado lo que tenía planeado decir.
―Lo tendré―le aseguró el de ojos azules con una sonrisa dulce―. No es la primera vez que estoy en una ciudad tan poblada, y créeme, sé manejarme bien.
Madeleine asintió, tomando aire, volviendo a la carga.
―Además―siguió, aprovechando que el francés aún seguía ahí. Se acercó con pasos dubitativos a él―, eres muy especial para mí y no me gustaría perderte a ti también―confesó, sintiendo cómo se sonrojaba al decir eso.
―Tú también eres muy especial para mí―sonrió el mayor, sin despegar la vista de encima de ella, quien se permitió sonreír con esperanza, antes de plantarse delante de él y, tomando un pequeño impulso, se puso de puntillas y besó torpemente los labios de Francis. Duró apenas unos segundos, los suficientes como para que Madeleine se arrepintiera y se echara hacia atrás, llevándose las manos a la boca.
―T-te quiero―confesó, pasando realmente vergüenza.
En su fuero interno, Madeleine esperaba que Francis le dijera que sentía lo mismo. Que le confesara sus sentimientos. O que incluso se fuera hacia ella y la besara. Sin embargo, nada de eso pasó. Más bien, fue casi todo lo contrario. Francis había palidecido y se había llevado los dedos a los labios, donde la chica le había besado.
―Maddie… yo… tengo que irme―bufó, antes de darse la vuelta y salir dando un portazo que dejó a la chica realmente descompuesta. ¿Qué había hecho? Por su culpa su relación con Francis se acababa de ir a la mierda. Se llevó las manos a la cara, avergonzada por su actitud tan infantil y quiso que se la tragara la tierra, o en su defecto, las aguas. Oh Dios, había cometido la estupidez de besar a Francis y este no sólo no la había correspondido, sino que le había faltado tiempo para irse del camarote.
Por su parte, Alfred se dirigió al camarote del capitán, con quien debía hablar antes de bajar a tierra.
―¿Cuál es el plan al final? ―preguntó, entrando sin llamar, pillando al inglés desprevenido.
―¡No entres así! ―le regañó el mayor, aunque fue en vano ya que conociendo a Alfred podía asegurar que no le haría caso―. Y cierra la puerta―le advirtió, con una mirada significativa.
A la advertencia sí que obedeció, echando el pestillo a la puerta antes de girarse al capitán.
―No me has respondido a mi pregunta.
―No sé para qué quieres saberlo.
―Porque vamos a Londres. La ciudad donde antes vivíamos mi hermana y yo. Y sería un peligro que supiesen que seguimos… ya sabes, que no estamos muertos como todos creen.
El inglés asintió, sabiendo lo que insinuaba el menor.
―Vale. Quédate en el barco entonces.
Alfred tragó saliva, antes de asentir con poca convicción.
―¿Y Maddie?
―Se sobreentiende que te quedas con ella―rodó los ojos.
Alfred soltó el aire en un suspiro de alivio.
―Vale…
Dio unos cuantos pasos dudosos llegando hasta a Arthur, quedando a pocos centímetros de su cara. Se sostuvieron las miradas hasta que juntaron sus frentes, sin romper en ningún momento el contacto visual.
―Ten cuidado.
―Como si no lo tuviera ―contestó dibujando esa sonrisa socarrona tan característica en sus labios.
―Eres un pirata, Arthur. Deberías tener más cuidado de lo normal si vas a entrar en una ciudad como Londres.
El nombrado suspiró.
―Lo sé… Pero no puedo no presentarme al duelo.
―¿Por qué no?
―Por mi―
―¿Honor?
El de ojos verdes asintió.
―Venga ya, no me seas tan tiquismiquis―se quejó Alfred, soltando un quejido―. ¿Qué más da lo que ese estúpido piense de ti?
―No es solo lo que ese estúpido piensa, sino lo que el resto de piratas piensa. Recuérdalo: Ahora soy el pirata más temido de―
―Los siete mares, lo sé―le cortó el menor, bufando―. Y vas a poner tu vida en peligro por una cosa como esta… ¿Y si huyes o algo?
―Seré un pirata, pero no un cobarde―frunció el ceño―. Además, esto lo hago por Eli principalmente.
Alfred suspiró aunque asintió, entendiendo que no podía hacer a Arthur cambiar de opinión.
―Está bien… Prométeme que saldrás bien de esta―le pidió.
―Te lo prometo―sonrió el mayor, antes de unir sus labios con los de Alfred en un corto pero dulce beso―. No me pasará nada.
Madeleine y Alfred fueron los únicos que se quedaron en el barco, aparte de Toris, quien cuidaba de que no pasara nada.
Los dos hermanos se quedaron juntos, hablando sobre los riesgos que corrían al estar en Londres principalmente hasta que Alfred quiso dejar de lado toda la negatividad y le contó con emoción a su hermana lo que había sucedido la noche anterior. Ella se alegró de que le hubiese ido tan bien, sin embargo se la veía triste. Alfred supuso que era por que estaban en Londres, por lo que no le dio mucha importancia y siguió hablando sobre su éxito con Arthur.
Pero no pudieron celebrar durante mucho tiempo, ya que oyeron un carraspeo en la puerta y se giraron a ver. Ambos palidecieron al ver ante ellos a Antonio, el archienemigo de Arthur, con una sonrisa macabra.
―¿Qué haces tú aquí? Vete―le ordenó Alfred, levantándose y poniéndose de pie delante de su hermana para protegerla de lo que fuese que el pirata quisiera hacer.
Sin embargo Antonio simplemente avanzó y cerró la puerta tras ellos, sin perder esa sonrisa de psicópata que producía escalofríos.
El juego solo acababa de empezar.
