Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 17

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Suigetsu se quedó sentado en un banco: sabía que tendría que haber ido tras ella. Pero Ino se había recuperado inmediatamente, mientras que él apenas podía aguantarse en pie, incapaz de perseguirla. Pensó en ir a buscarla en cuanto hubiera recuperado el control, pero ¿qué le iba a decir? La había oído llorar. ¿Acaso ella esperaba que se disculpara? Suigetsu no se arrepentía de nada.

Aunque, para ser sincero, eso no era del todo cierto. Le preocupaba que estuviera disgustada. En cuanto a él, estaba completamente aterrorizado.

Jamás había reaccionado así con una mujer. Nunca había deseado provocarles más placer del que sentía él. Y ahora se sentía condenadamente vulnerable. Quería meterse en la cama de Ino, acercarse a ella y pedirle que lo abrazara.

¿Cuál era su maldito problema?

El sexo era su negocio. Su meta siempre había sido satisfacer sus necesidades físicas y luego buscar la siguiente fuente de placer.

Pero ella no formaba parte de su negocio y, por mucho que odiase reconocerlo, lo que había sucedido entre ellos no había sido sólo sexo.

Debería irse al club, regresar por la mañana y fingir que aquella noche no había existido.

O podía emborracharse, irse a la cama, levantarse por la mañana con un terrible dolor de cabeza y fingir que aquella noche no había existido.

Pero sí había existido y no creía que fuera a olvidarla jamás.

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Ino se despertó con la cabeza bajo la almohada, escozor en los ojos, la nariz tapada y un poco mareada. Si no supiera la verdadera causa, pensaría que estaba enfermando de nuevo. Pero sabía la verdad. Le había ocurrido lo mismo que cuando, siendo sólo una niña, su perro murió y lloró hasta quedarse dormida. ¿Cómo podía haber dejado que Suigetsu se tomara aquellas libertades con ella? Aunque, en realidad, había algo que la inquietaba mucho más: ¿cómo podía ser que quisiera que él lo hiciera? Y quería. Suigetsu había conseguido robarle la fuerza de voluntad. Ahora tendría que bajar a desayunar y enfrentarse a él. ¿Cómo podría mirarlo a los ojos sin recordar cada una de las deliciosas perversiones que había llevado a cabo en su cuerpo?

Se dio media vuelta y gritó al ver a Suigetsu a los pies de la cama. Se incorporó a toda prisa y apoyó la espalda en el montón de almohadas.

—Prometiste que jamás vendrías a mi cama.

—Y he cumplido mi promesa. Estoy a unos cinco centímetros de ella.

Su voz no tenía su habitual tono jocoso. Iba completamente vestido y, sin embargo, Ino se sentía intranquila. Tal vez fuera por la forma en la que él la miraba, fijamente, como si no hubiera nada de lo que avergonzarse, o porque ella sabía que aquel hombre no sólo conocía su cuerpo, sino también cómo reaccionaba a sus caricias. Bajó la mirada y empezó a estirar de un hilito del cubrecama.

—¿Qué haces aquí?

—Mírame, muñeca.

Le resultaba muy difícil, pero no se dejó intimidar. Lo miró con desafío y se sorprendió al no ver ni rastro de triunfo en los ojos de él. Ella esperaba que se regodeara de su vergonzoso comportamiento. Pero en vez de eso, Suigetsu Hozuki, aquel hombre arrogante, seguro de sí mismo y confiado, parecía estar ¿se atrevía a pensarlo?arrepentido.

—No suelo perder el control cuando estoy con una mujer.

Ella bajó la vista y la posó sobre aquella maravillosa boca que se había paseado por su cuello, acariciando su piel con su cálido aliento, mientras...

—Te deseo, muñeca. Te deseo como jamás he deseado a ninguna mujer, y eso no es algo que me resulte fácil reconocer. Estoy seguro de que tú no estás acostumbrada a esa clase de comportamiento.

Ino pensó que el comentario era un gran eufemismo.

—Pero no me disculparé por ello prosiguió él. Lo que sí puedo hacer es prometerte que jamás volverá a ocurrir.

Después de decirlo, dio media vuelta y abandonó la habitación.

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Ino no estaba muy segura de querer que mantuviera su promesa.

Durante los dos días siguientes, los dos se esforzaron por evitarse el uno al otro o tal vez fuera Ino la que no dejaba de encontrar excusas para estar en otra parte de la casa siempre que creía que Suigetsu estaba por allí. El desayuno no se hacía especialmente difícil, porque Inojin siempre estaba allí para amortiguar el golpe. Ino se sentaba al otro extremo de la mesa y observaba a Suigetsu con disimulo, mientras él respondía a las mil preguntas que el niño le hacía: todas empezaban con «por qué».

La cena resultaba un poco más complicada. La noche anterior habían hablado del tiempo, y

Ino sintió ganas de echarse a llorar. Se habían convertido en un par de educados extraños. Suigetsu ya no le tomaba el pelo ni la provocaba o flirteaba con ella.

E Ino lo echaba tanto de menos...

Desde la ventana de una de las habitaciones del piso de arriba, ella observaba mientras Suigetsu intentaba atrapar a Inojin durante su clásico juego de las tardes. Inojin alardeaba, como de costumbre, y Suigetsu se reía. Era increíble lo bien que se llevaban. Era casi como ver a dos niños jugando...

Pero Suigetsu no era ningún niño. Aunque Ino sospechaba que ahora la vida era para él mucho más despreocupada que cuando vivía en la calle, también creía que tenía muchas más responsabilidades.

Ella sólo lo conocía por su vida allí. Pero tenía otra muy distinta, y quería verla.

Suigetsu había pedido el carruaje un poco más temprano que de costumbre. No quería quedarse más tiempo en la casa. Las cenas con Ino se habían vuelto insoportablemente extrañas.

Ella volvía a observarlo como si estuviera expuesto en alguna parte. Hablaban de lo buena que estaba la cena; y eso cuando hablaban. La mayor parte del tiempo, él evitaba mirarla, porque no quería que se diera cuenta de lo mucho que la deseaba.

Después de la cena, ella se retiraba a su habitación y él se iba a la biblioteca. Estaba sentado ante su escritorio, ahogando su deseo en whisky cuando Kazuma entró.

—Su carruaje está listo, señor.

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Suigetsu asintió y se acabó el vaso. Cuando pasó por delante de la escalera, se planteó subir, entrar en el dormitorio de Ino y romper su promesa de no ir a su cama. Pero cuando daba su palabra, lo hacía de verdad. Era el único gesto honrado al que podía aferrarse.

Un lacayo le abrió la puerta. Suigetsu salió de la casa, decidido a hacer lo que fuera para quitársela de la cabeza. Utilizaría a Chino si era necesario, aunque la idea le provocaba un extraño vacío. Se apresuró escalones abajo ignorando la niebla. El tiempo encajaba muy bien con su estado de ánimo.

Otro lacayo le abrió la puerta del carruaje.

—Señor.

Suigetsu lo saludó asintiendo con la cabeza, subió uno de los peldaños del carruaje, y, cuando se apoyó para darse impulso, percibió una fragancia que le resultaba familiar...

—¿Te vas al club?

Al oír la voz que lo tenía hechizado, se sobresaltó y se golpeó la cabeza con la puerta.

—¡Maldición!

Se dejó caer hacia dentro y se sentó en el banco.

—¿Qué diablos estás haciendo en el coche?

Ino no pretendía pillarlo tan de sorpresa. Aunque se lo tenía bien merecido, por aquella primera noche, cuando él le dio aquel susto de muerte.

—Quiero ir contigo.

—No digas tonterías. Las únicas mujeres que permito entrar en mi club son las que están dispuestas a ofrecer ciertos servicios a los hombres. ¿Acaso es eso en lo que estás pensando? Si es así, te puedo ofrecer incluso un alojamiento.

Ino debería haber sabido que él no se lo iba a poner fácil, pero no pensaba dejarse disuadir.

—Teniendo en cuenta que eres el propietario, estoy segura de que podrás hacer una excepción.

Suigetsu se acomodó en una esquina del carruaje. Ino podía sentir su intensa mirada sobre ella.

—¿Por qué?

—Sé que eres un buen tutor para Inojin y que tienes muy buen ojo para los negocios.

Quiero ver tu negocio.

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Las sombras impidieron que Ino viera cómo él movía la mano y, de repente, notó que la deslizaba por debajo de su velo y le acariciaba la mejilla con el pulgar.

—¿Por qué, muñeca?

—No quiero que haya secretos entre nosotros, Suigetsu.

—¿Y qué pasa si no te gusta lo que ves?

Los sentimientos que tenía por él se podrían disipar como la niebla de la mañana.

—Dijiste que no te sentías avergonzado de tus negocios.

Suigetsu se acercó y de repente, su boca estaba junto a su mejilla.

—¿Y eso qué importancia tiene, muñeca?

Ella tragó con fuerza.

—Me preocupo por ti mucho más de lo que debería. Paso incontables horas pensando en ir a tu cama. Y no puedo. Sencillamente, no puedo. No sin una clara comprensión del hombre que eres. Apoyó la mano en el pecho de él y sintió el rápido latido de su corazón bajo los dedos. Tu negocio supone para ti una gran parte de tu vida. Todo lo que he oído sobre ese lugar son puras habladurías. Quiero saber la verdad.

—Yo ya te he dicho la verdad.

—Quiero verlo. Me imagino que no será un lugar muy iluminado. Voy vestida de negro. Mi sombrero lleva un velo negro. Habría que tener la vista muy fina para reconocerme, y si todos tus clientes beben tanto como bebía mi hermano, me parece que es muy improbable que se acuerden de mí.

Lo oyó suspirar.

—No te puedo dejar entrar por la puerta principal. Provocarías demasiada curiosidad y, si alguien te reconoce, tu reputación quedará completamente destruida.

—Supongo que tendrás una puerta trasera.

Suigetsu la observó durante un momento.

—No podrás explicar nada de lo que veas en el club a las mujeres con las que tomas el té.

Jamás podrás revelar el nombre de las personas que veas allí dentro.

—No se lo diré a nadie.

—Hablo muy en serio, Ino. Mis clientes pagan extremadamente bien para mantener sus indiscreciones en secreto, y esa confianza que depositan en mí es vital para el éxito del negocio.

—Te juro que no le diré nada a nadie.

—Estoy seguro de que me arrepentiré de esto murmuró él, mientras le hacía una señal al cochero para que pusiera el carruaje en marcha.

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Ino apenas se podía creer lo emocionada que estaba. Su comportamiento iba en contra de todo lo que le habían enseñado, estaba a punto de hacer algo que estaba absoluta e irrevocablemente mal, pero no podía evitar aferrarse a la creencia de que tenía que conocer a fondo a un hombre antes de sucumbir a la tentación. Era una razón un poco absurda, pero no podía negar que Suigetsu le provocaba unos sentimientos muy intensos que ella jamás había experimentado.

Fueron hasta el club en absoluto silencio, aunque, incluso en la oscuridad, Ino podía sentir la penetrante mirada de él.

—Ahí está dijo Suigetsu por fin, y ella miró por la ventana para ver su club por primera vez. No tenía tan mal aspecto como había imaginado. Al contrario, se veía muy cuidado. Las columnas blancas y los lacayos uniformados le daban una lujosa apariencia que Ino no esperaba.

—¿Ese que está entrando es Outsutsuki?

—No.

—Pues lo parece... Pero él no me preocupa…

Aquello intrigó a Suigetsu —¿Por qué? Claro en caso de que sea el lord que dices…

—Porque él ya tiene a quien amar. Pobre de la mujer que quiera conquistarlo y su título.*

—Tú no has visto a nadie entrar ahí. Ése es el juego al que vamos a jugar, muñeca. No oirás nada. Y por Dios que no explicarás nada. —Trató de ignorar su comentario.

—Los lores deben de confiar mucho en ti.

—Me confían muchos de sus secretos. Tal vez yo no sea tan respetable como Yahiko, pero sé cómo mantener silencio. Además, me pagan muy bien y yo, a cambio, pago muy bien a mis empleados, para asegurarme de que nadie airea trapos sucios ajenos.

El carruaje rodeó el club y se detuvo frente la puerta de atrás. Suigetsu le tendió la mano a Ino cuando él hubo bajado.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto?

—Absolutamente.

Suigetsu se rió con suavidad.

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—Eres como una niña a la que alguien le ofrece un caramelo.

Cuando ella salió del carruaje, él la acercó hacia sí.

—Quédate cerca de mí hasta que estemos dentro.

Ino oyó cantar a algunos hombres; desafinaban. «Borrachos», pensó. Y luego oyó gente que corría por el callejón. Se le aceleró el corazón. Una luz iluminaba la puerta trasera. Suigetsu metió una llave en la cerradura y entró en seguida.

Lo primero que la sorprendió fue que el pasillo olía a limpio. Había varias puertas cerradas y una abierta.

—Éstos son los despachos. Hizo una señal con la cabeza indicando uno de ellos. Karin trabaja ahí.

—¿Está aquí ahora?

—Probablemente.

—Debería ir a saludarla.

—Esto no es una visita de cortesía.

—Sería grosero por mi parte no hacerlo.

Él puso los ojos en blanco.

—Está bien.

Suigetsu la acompañó hasta la puerta. Ino volvió a sorprenderse: a pesar de que los muebles parecían de buena calidad, no había muchos. Karin estaba anotando algo en uno de los libros contables. Levantó la cabeza y abrió sus ojos rojizos de par en par.

—Vaya, hola. Qué sorpresa.

—Quería ver un club de juego refunfuñó Suigetsu.

—¿Y la has traído? Qué interesante. Karin se levantó de la silla.

Ino alzó una mano con timidez.

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—No quiero molestarte. Sólo quería echar un vistazo. Debo admitir que estoy sorprendida de que todo esté tan limpio y ordenado. Eres muy eficiente.

—Es cosa de Suigetsu. No puede soportar que las cosas no estén limpias. Creo que es porque cuando era niño iba siempre muy sucio.

Ino pensó en lo mucho que se bañaba y en lo mucho que insistía en no ponerse ninguna prenda de ropa que no estuviera limpia y planchada.

—Sólo voy a dejar que eche un vistazo rápido intervino Suigetsu, cogiendo a Ino por el brazo.

Después de despedirse de Karin, ella dejó que la guiara hacia una escalera por la que le explicó que sólo podían subir los empleados.

—¿Tiene algún pretendiente?

—Cielo santo, no. Tiene muy poco interés en los hombres.

—Seguro que desea casarse.

—No lo creo. Y eso es cuanto voy a decir sobre ese asunto. Los motivos de Karin son cosa suya.

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Cuando hubieron subido la escalera, Suigetsu la condujo por un estrecho pasillo. Luego, abrió unas cortinas y salieron a un balconcillo oculto en las sombras. Ino se quedó de piedra al ver lo elegante que parecía todo. Las paredes pintadas de verde oscuro, enmarcadas por listones de madera tallada. Pero lo que la cautivó fue la actividad que bullía en el piso de abajo. Había mesas de juego repartidas por toda la sala. Algunos hombres jugaban a cartas y otros a dados. Un par de clientes tenían chicas sentadas en el regazo, pero incluso ellas iban muy bien vestidas.

El humo de los puros formaba una neblina que cubría toda la escena. Ino vio que todos los vasos estaban llenos con licores de distintos tonos de ámbar, algunos más claros, otros más oscuros; y en otros casos transparente, pero estaba segura de que no era agua. Los niños vestían uniformes de color violeta y les llevaban cosas a los caballeros. El lugar no era tan escandaloso como ella había imaginado. En realidad, en algunos casos, era inquietantemente silencioso.

Ino conocía a la mayoría de los lores. ¿Por qué no estaban en casa con sus esposas?

—Creía que habría más... chicas dijo por fin.

—La mayoría están en otra sala. Puedes verla desde allí.

La guió de nuevo por el pasillo y volvió a abrir unas cortinas que daban a otro balconcillo secreto. Ella vaciló, no estaba segura de que quisiera ver aquel desenfreno, pero le picaba mucho la curiosidad. En cuanto vio la sala se sintió un poco decepcionada. La mayoría de los presentes no hacían más que hablar. Pudo ver algunos besos y alguna provocación, pero no era la orgía que esperaba.

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—Pareces decepcionada le dijo Suigetsu al oído.

—No, yo..., sí. Creía que serían más traviesas.

Él esbozó una sombría sonrisa.

—Y lo son. Pero en esas habitaciones no puedes mirar, a menos que tengas invitación.

—¿Invitación?

Suigetsu se encogió de hombros.

—A algunos hombres les gusta que los miren, así que tenemos una habitación para mirar.

—¿Por qué les gusta que los miren?

—Supongo que creen que tienen algo que enseñar.

—Oh. Ino negó con la cabeza. Me he prometido a mí misma que no juzgaría a nadie, pero no me gusta que utilices a las chicas, que las obligues a...

—Yo no las obligo a hacer nada que no quieran hacer. Yo sólo les pago para que hagan compañía a los caballeros y les den un poco de conversación, para que bailen con ellos, tal vez un beso... Lo que hacen en sus dormitorios es asunto suyo y lo que ganan es para ellas.

—Pero tú apruebas esa clase de actividad.

—Lo van a hacer de todos modos, Ino. En un callejón, en alguna habitación que ni estará limpia ni será segura. Aquí, por lo menos, ni los clientes ni las chicas tienen nada de qué preocuparse.

—Pero ¿por qué tienen que estar aquí?

—Porque los caballeros se acaban sintiendo solos. Y un hombre contento gasta más dinero. ¿Ya has visto suficiente?

Ino se dio cuenta de que en ese momento no iba a ganar aquella discusión, pero tal vez con el tiempo... Asintió.

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—Creo que sí.

Cuando estuvieron en el carruaje, de camino a casa, preguntó:

—¿Cómo te pudiste permitir abrir un negocio?

—Cuando tenía diecinueve años, Yahiko vino a verme. Por lo visto, tenía un benefactor anónimo que me había dado diez mil libras. Las utilicé para comprar el edificio.

—¿Quién era?

—No lo sé. Era anónimo.

—Pero tendrás alguna sospecha. ¿No sería ese tipo? ¿Orochimaru?

—No. Nadie se hace millonario metiendo la mano en los bolsillos ajenos.

—¿Y quién más podía ser?

—Siempre creí que fue el abuelo de Sasuke. No nos llevábamos muy bien y pensé que lo vio como una manera eficaz de librarse de mí. Como una buena inversión.

—Supongo que serías demasiado obstinado para él.

—Yo siempre creo que mi forma de hacer las cosas es la mejor. Suigetsu se rió. Por un momento, la noche en que se leyó el testamento, pensé que se trataba de Hoshigaki. Pero se lo pregunté a Yahiko y me dijo no sé qué tontería de guardar el secreto de mi benefactor.

—¿Por qué querría hacer Hoshigaki algo así?

—¿Por qué me iba a dejar sus propiedades no asociadas al título?

—Si fue él, supongo que encontrarás la información en sus archivos.

—¿Qué archivos?

—Mi marido siempre lo apuntaba todo. Cada vaca que compraba, la comida de los caballos, los sirvientes que contrataba, cada salario que pagaba. Estaba obsesionado con sus archivos. Ahora pienso que tal vez lo hacía para tener claro qué cosas estaban asociadas al título y cuáles no. Si quieres te los puedo enseñar.

—No creo que encuentre nada, pero supongo que no me hará ningún daño echar un vistazo.

El origen de su negocio y archivos. Ino hablaba de esas cosas mientras su fragancia cautivaba a Suigetsu.

—¿Qué piensas del club? le preguntó él.

Se hizo el silencio entre los dos mientras las ruedas del carruaje traqueteaban sobre la calle.

Al final, ella dijo:

—No es tan pecaminoso como yo esperaba.

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Suigetsu alargó el brazo y lo pasó por detrás de Ino, le deslizó el pulgar por debajo del velo y lo paseó por su rostro.

—Pareces decepcionada.

—¿Qué? No. Entonces se rió con timidez. Un poco, supongo. Si quieres saber la verdad esperaba encontrar orgías, actitudes lascivas y barbarie. Pero en cambio todo parecía muy civilizado.

—Los caballeros sólo vienen a pasarlo bien.

—Es una lástima que no haya algún sitio parecido para las mujeres.

—¿Y qué haríais allí? ¿Servir distintas clases de té y hablar de las cualidades de cada uno?

—Jugaríamos a cartas contestó Ino con aspereza y Suigetsu se dio cuenta de que la había ofendido. Podría haber algunos hombres atractivos sirviéndonos y prestándonos la atención que nuestros maridos no nos prestan.

Suigetsu dejó de mover el pulgar.

—Aquí tienes a alguien dispuesto a dispensarte las atenciones que no te dispensaba tu marido y no dejas de alejarte.

Entonces le levantó el velo, acercó los labios a su boca y maldijo su propia debilidad. Le había jurado que no se conformaría con un beso. Pero de repente le parecía una tortura pasar tanto tiempo sin ni siquiera eso. Lo alegró mucho sentir que ella le devolvía el beso con el mismo ardor.

Suigetsu sabía que le deseaba. ¿De dónde sacaba pues las fuerzas para no dejar de decirle que no?

Contrarrestar tantos años de comportamiento adecuado era tarea para un hombre que tuviera mucha más paciencia que él, que quería lo que deseaba en cuanto se daba cuenta de que lo deseaba. Suigetsu suponía que para ella resultaba igual de frustrante no poder corregir todos aquellos años de mal comportamiento por parte de él.

Tal vez Ino estuviera ejerciendo alguna buena influencia a fin de cuentas. Sabía que se

estaban acercando a la casa y que algunos de los sirvientes seguirían aún levantados, así que tuvo cuidado de no deshacerle el peinado ni le desabrochó el corpiño. Esa vez no se tomó libertades que pudieran dejarla sin aliento.

Se limitó a deslizar los labios por su cuello hasta que llegó a la sensible zona de debajo de la oreja y sintió el latido de su pulso bajo su lengua.

—¿Ves? También puedo ser civilizado. Dime que no quieres que lo sea.

—Ya no sé lo que quiero. Cuando me haces estas cosas no puedo pensar.

—Eso lo dice todo, ¿verdad? Tu sitio está... Suigetsu se detuvo con las palabras «junto a mí» en la punta de la lengua, en mi cama.

El deseo desapareció y en su lugar, Suigetsu sintió una imperiosa necesidad de huir.

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*Es importante aclarar que para el siguiente libro Neji que se supone sería el protagonista no se quedará con Karin, ya que Frannie Darling el verdadero personaje en las versiones originales es un asquerosa MARY SUE no pienso dejarla con el duque más importante y ella siendo una mujer que ni al caso.

En el libro original Frannie es la chica perfecta, la única pelirroja con perfectos ojos verdes, buena, amable, cariñosa, violada y por eso todos la aman y la cuidan y es realmente patética.

En el siguiente libro... ella a pesar de ser su historia únicamente será inspiración, no tal una adaptación.

GRACIAS POR LEER

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