NUEVOS HORIZONTES
Capítulo 07: A contrarreloj
La mañana había pasado demasiado rápido, o eso pensaba Francis. Había decidido acompañar a Arthur al lugar en el que debía batirse en duelo con Antonio, un barrio marginal en el que no había que preocuparse por las autoridades.
―¿Podrías esconderte al menos? ―preguntó el capitán con molestia.
―Lo haré cuando le vea.
―Idiota, cuando le veas será demasiado tarde―bufó Arthur.
Sin embargo Francis no hizo nada. Se quedó junto a él, los dos apartados en las sombras de la calle, esperando a que Antonio apareciera.
―¿Sabes? Tengo un mal presentimiento ―empezó Francis, cruzándose de brazos.
―Vaya novedad―el de ojos verdes rodó los ojos―. Dices lo mismo cada vez que me bato en duelo.
―Pero esta vez es más… real. No sé explicarlo, pero temo que Antonio nos haga una jugarreta.
―Por su honor no le vale hacerlo.
―No todos tenemos el mismo sentido del honor que tú, Arthur.
El británico sabía a qué se refería Francis. Había habido muchas ocasiones en las que no se habían dignado a aparecer sus contrincantes (a quienes posteriormente había encontrado y matado). Sin embargo, jamás había tenido la ocasión de batirse en duelo con Antonio como en ese momento y esperaba que el español no le dejase plantado. No era algo que fuese con él.
Cuando llegó la hora indicada Arthur sonrió con ganas. Por fin había llegado el momento que tanto había ansiado durante mucho tiempo. Casi media vida. Por fin podría demostrarle al idiota de Antonio que nadie se metía con nadie de su tripulación, y menos con él.
Sin embargo, el tiempo empezó a pasar y nadie se presentaba por allí.
―Arthur, lleva quince minutos de retraso―anunció Francis lo que ambos estaban pensando.
―Tiene que venir. No puede ser tan cobarde.
El francés suspiró, pero se quedó callado.
Otros quince minutos pasaron y Arthur cada vez estaba más convencido de que el otro tenía razón. Pero justo cuando iba a abrir la boca para indicar que se fueran, Antonio apareció por una esquina de la callejuela.
―Escóndete―le susurró Arthur al francés, quien asintió y se escabulló entre las sombras.
Así dio la bienvenida al otro pirata, acercándose con pasos cautelosos. Tenía una mueca similar a una sonrisa en la cara. Antonio le respondió a la sonrisa con una más amplia. Era una cruel que había visto muchas veces antes. Sin embargo, esta vez estaba más marcada. Como si estuviese más seguro de sí mismo.
―Estaba ocupado con unos asuntos―respondió haciendo énfasis en la última palabra, echándole una mirada significativa al inglés. Pero este no llegó a entenderla, lo cual le dio coraje pero no dijo nada.
―Tú siendo procrastinador, qué sorpresa―bufó.
Contrario a sus expectativas, la sonrisa de Antonio se ensanchó, dejando desconcertado a Arthur.
―Créeme cuando te digo que lo que estaba haciendo será, si no salgo victorioso, mi premio de consolación.
Arthur frunció el ceño, sin saber qué querría decir con eso, ya que el español le había regalado una sonrisa envenenada con esa frase.
Sin mediar palabra, el inglés empezó el duelo, atacando de improvisto al español, quien se defendió sin problemas, y se enzarzaron en una batalla que Francis observaba en las sombras, absteniéndose de intervenir en los momentos en que parecía que Arthur iba en desventaja.
El duelo terminó cuando Arthur hirió gravemente al español en el brazo y empezó a sangrar a borbotones. Iba a dar el golpe de gracia cuando Antonio alzó su espada y evitó la estocada, hablando con dificultades.
―No hagas algo de lo que te vayas a arrepentir, Arthur.
―Matarte no es algo de lo que me vaya a sentir mal luego.
―Si me matas no sabrás qué ha pasado con Alfred. O su hermana―explicó, volviendo a sonreír de esa manera tan cruel.
A Arthur casi se le cayó la espada al escuchar eso. Hasta Francis salió de su escondite, dispuesto a enfrentarse al español.
―¿Qué has hecho con ellos, maldito hijo de perra? ―preguntó Arthur, dando una patada al español y derribándolo.
Sin embargo, antes de poder hacer más, un miembro de la tripulación de Antonio apareció, posicionándose entre su capitán y Arthur, blandiendo una pistola.
―Vuelve a tocarle y te vuelo los sesos―amenazó con una voz gutural. Estaba completamente tenso.
Arthur dio un paso atrás al ver que colocaba un dedo en el gatillo, en serio.
―No dispares―pidió, un poco patéticamente.
El hombre se quedó quieto, antes de volverse levemente hacia Antonio y tenderle una mano para ayudarle a levantarse. El español lo hizo y se apoyó en él, débil.
―No les mates aún, Govert…―pidió, sonriendo con diversión.
Arthur y Francis se quedaron ahí, mirando con frustración al español. No podían hacer nada contra un arma de fuego. Después de todo, los duelos se luchaban con espadas. Y Francis había sido un insensato al salir del barco sin su pistola…
―¿Dónde están? ―preguntó Arthur con impaciencia.
―¿Cuál de ellos?
―¿Los has separado? ―preguntó Francis atónito.
―Algo así―respondió, antes de soltar una risa―. Es… un juego. Si los encontráis antes de que oscurezca, dejo que vuelvan vivos con vosotros.
Francis sintió un escalofrío al escuchar ese "vivos". ¿Cómo se podía tener tanta sangre fría? Eran piratas, sí, pero… Había unos mínimos, ¿no?
―¿Y si no?
―Si no, ya te puedes imaginar lo que haré con él… y luego con ella.
―Como le pongas un solo dedo encima a la chica te cortaré las pelotas―le amenazó Francis echándole una mirada envenenada.
Antonio sonrió, agradecido por lo que oía.
―No te andes con tantos aires, Francis. No sé en qué estará pensando tu mente sucia, pero no pensaba tocarla. Al menos no de esa manera.
Francis apretó los puños con impotencia.
―¿Y cómo hacemos para encontrarlos?
―Pues buscándolos, ¿no? ―propuso el español, como si fuera obvio―. Están en Londres, es lo único seguro.
―¿Los has escondido en partes de Londres?
El de ojos verdes asintió.
―¡Pero así es imposible!
―No es fácil, pero sí posible―dijo como consuelo.
Arthur miró a Francis de reojo, palideciendo. Sabía que el español hablaba muy en serio, y que les costaría la vida encontrar a los hermanos.
―Bueno, dejo de robaros tiempo. Hasta esta noche―dijo a modo de despedida, antes de indicarle con un gesto a Govert que se fueran.
―¿Qué hacemos ahora? ―preguntó Arthur, entrando en pánico.
―Vamos a ordenarles a todos ir en la búsqueda de ambos. Vamos, volvamos a La Perla―dijo Francis, manteniendo la calma por él y por Arthur.
El capitán asintió, dejándose llevar hasta su barco, donde se encontraron a Toris semiinconsciente.
―¿Qué ha pasado?
A pesar de ya saber la respuesta, Francis tenía que preguntarlo. Necesitaba saber la versión del joven.
―Fue Antonio―repuso avergonzado el moreno―. Vino con un par de hombres y me dieron una paliza.
―Y vaya que te la han dado―dijo Arthur, mirando los moratones que tenía el más joven en la cara, que se cubría avergonzado con una mano.
―Solo sé que me defendí lo mejor que pude, pero ellos eran más fuertes.
―Tampoco fue culpa tuya―le consoló el francés, suspirando.
―Toris, tienes que ir a buscar a todos y reunirlos aquí―le ordenó Arthur, pasándose las manos por el pelo con impaciencia―. Se han llevado a los hermanos y hay que encontrarlos.
El chico asintió, yendo a lo que el capitán le había pedido.
―Tranquilízate un poco Arthur―le aconsejó Francis―. Por más nervioso que te pongas no vamos a hallarlos antes.
―Cállate―bufó el de ojos verdes, antes de encerrarse en su camarote. Estuvo ahí, repasando mentalmente todos los lugares de Londres en los que Antonio era capaz de entrar (por eso de ser pirata). Cuando Toris llamó a la puerta, avisándole de que ya estaban en el barco todos los miembros de la tripulación, el capitán no perdió ni un minuto en salir y comunicarles a todos lo que había sucedido, y lo que había que hacer a partir de ese momento.
Cuando les comunicaron su cometido, cada miembro salió del barco, dividiéndose para buscar de manera más rápida.
Mathias iba a mirar en la zona de Westminster, la que más conocía. Se disponía a ir hacia allí cuando recordó que conocía a una persona que podía servirle de ayuda. Armándose de valor, el danés fue en busca del barco de Antonio, aunque estando en una ciudad como Londres le era muy difícil de reconocer. Se pasó las manos por la cabeza con frustración. Tampoco conocía muy bien Londres como para moverse sin perderse por allí. Alzó la mirada y se fijó en la gente. Eran todos locales, que no tenían ninguna relación con Antonio o la piratería. Soltó un bufido, ¿qué iba a hacer? De repente, le pareció ver a un hombre de los de Antonio y lo siguió con cuidado. Durante un trecho no pasó nada, hasta que entró en un bar y el rubio entró poco después. Pasó la mirada por el lugar y frunció el ceño al no encontrar a la persona que andaba buscando.
―Mira por dónde vas―dijo de repente una voz femenina. Se trataba de una de las camareras, que se había chocado con él y había derramado parte de la cerveza que llevaba en las manos.
―Perdona. Una pregunta―la alcanzó, ya que se había alejado unos pasos de él―, ¿sabe si hay más mujeres aquí?
―¿Para qué quieres saberlo? ―preguntó de mala gana la mujer.
―Estoy buscando a una en concreto. Rubia, ojos azules y piel clara. ¿Has visto a alguien como ella?
La mujer asintió, mirando hacia los lados hasta que hizo un gesto con la cabeza hacia un lado.
―Allí hay una como la que describes.
Mathias se giró y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios al reconocer a la persona a la que andaba buscando. Relajadamente se acercó a la mesa, intentando mostrarse más seguro de lo que estaba al ver que había dos hombres más con ella.
―Hola―saludó sin perder la sonrisa, apoyándose en la mesa.
La chica, que estaba hablando con los otros dos, miró con recelo a la persona que les había interrumpido. Al reconocerle frunció el ceño, molesta.
―¿Qué quieres?
―Hablar contigo. En privado―añadió, mirando a los otros hombres de reojo.
―¿Estás celoso acaso? ―preguntó, a sabiendas de que probablemente lo estaba.
―Es algo importante―no quiso responder directamente, incomodándose con la pregunta.
―¿De verdad? No pareces muy preocupado.
―Créeme, lo estoy. Y tú eres la única que puede ayudarme.
―¿Y por qué tendría que ayudarte? ―preguntó con un tono molesto.
―Sé que estás resentida conmigo por lo que pasó hace años, pero ya te he pedido perdón muchas veces y lo seguiré haciendo hasta que me perdones.
La chica soltó una risotada vacía, poniéndose en pie.
―¿Y crees que podré olvidar alguna vez eso?
―Quizás olvidar no, pero sí perdonar. Perdonar significa que, aunque recuerdes, dejas ir el dolor.
―¿De dónde has sacado esa mariconada?
Los dos hombres se miraron empezando a sentirse incómodos, notando que sobraban en esa conversación. Sin embargo, les parecía gracioso ver a ese hombre ser humillado tan gratuitamente por Eir.
―De ningún lugar. Es… algo que sé.
La noruega rodó los ojos.
―Debes de tener mucho valor, o ser totalmente gilipollas, para venir aquí después de eso y pedirme ayuda.
Mathias tragó saliva de manera forzada, sabiendo que a la joven no le faltaba razón. Pero tampoco lo había hecho a posta. ¿Por qué le martirizaba de esa manera? ¿Por qué no podía perdonarle?
―Y-yo…―tartamudeó el danés, sin saber qué responder―. Tengo que hablar contigo de esto en privado. Por favor.
Tras pensárselo unos largos segundos, Eir acabó por bufar.
―Al final la gilipollas aquí soy yo por darte otra oportunidad―murmuró entre dientes, levantándose y acercándose al danés, quien suspiró aliviado, conduciéndola a la salida de la taberna―. Bien. Aquí me tienes. ¿Con qué te ayudo? ¿Debes dinero a alguien? ¿Has traicionado a tu capitán? ¿Van en tu busca?
―N-no―negó efusivamente, sin poder evitar soltar una risita con lo último―. En eso sí que llevas razón, pero también van en tu busca, por eso de ser, ya sabes, pirata ―agregó en voz baja.
Eir rodó los ojos, cruzándose de brazos.
―Está bien, dejo las bromas―carraspeó Mathias, poniéndose serio y llevándose una mano al pelo―. Verás, se trata sobre tu… capitán.
―¿Qué con él? ―preguntó a la defensiva.
―Al parecer está jugando a un juego con el mío.
Eir alzó una ceja.
―¿Un juego?
―¿No sabes nada? ―preguntó con suspicacia―. Debes de saberlo. Todos los de tu barco lo saben.
―Ah, ¿te refieres a… el secuestro? ―al ver cómo el otro asentía, continuó―. No pensé que fuera a llevar a cabo ese plan al final.
―¿Por qué no?
―Porque Antonio por lo general no es tan cruel.
―¿Tan?
―¿No sabes cómo acaba el juego si él gana?
Asintió, mordiéndose el labio.
―Por eso quiero que me ayudes.
―¿Y por qué tendría que hacerlo? ―preguntó sonriendo de lado, cruzándose de brazos.
―Porque va a matar a un par de chicos inocentes que no tienen nada que ver con nuestro mundo.
―Somos piratas; hemos matado a más personas que también eran inocentes y no tenían nada que ver con nosotros. ¿Qué les hace a estos ser tan especiales?
―Pues… ahora son parte de la tripulación.
―¿De verdad? ―soltó un sonido raro, parecido a una risa―. Me encantaría verlos en acción. Sobre todo a la chica. Demostraría que realmente no está hecha para llevar una vida de pirata. Se la cargarían al momento.
―No seas tan mala―le reprochó, tal y como lo había hecho tantas veces antes―. Ella no es más que una señorita que por casualidades del destino acabó en nuestro barco.
La noruega rodó los ojos.
―Como sea, me hace gracia la idea de ver a esa mosquita muerta en un duelo cuerpo a cuerpo.
Mathias no insistió, sabiendo que así no llegarían a nada.
―Pero dejándonos de rodeos, ¿me ayudarás o no?
―Te repito lo mismo, ¿por qué habría de hacerlo?
―Por… no lo hagas por ellos si no quieres, sino por mí.
Eir le escrutó unos segundos completamente seria antes de soltar una carcajada, dejando al danés en blanco. ¿A qué venía eso?
―¿Eso es un sí?
―¿Qué te hace pensar eso?
―Pues… no te has negado rotundamente.
―Tampoco he dicho que sí.
Él se movió incómodo, sin saber cómo salir de esa.
―Pues…
―Mira. Te ayudaré―previendo que Mathias se le echara encima en un abrazo asfixiante, Eir extendió los brazos para impedir cualquier movimiento por parte del danés que le agobiase―. Pero con un par de condiciones.
Mathias asintió, dispuesto a cumplir las condiciones, fuesen las que fuesen.
―Venga, sal de aquí.
Elizabeta asintió, saliendo de la celda de la manera más silenciosa posible. Se había recogido la larga melena en un moño que había escondido bajo un gorro y se había puesto unas ropas de Sadik, haciéndole ver como a un hombre. De esa manera saldría del barco de la manera más disimulada posible.
―¿Se han ido todos ya?
―Creo que sí.
―¿Cómo que crees? ―Elizabeta frunció el ceño―. Se supone que no debe de haber nadie y así poder huir sin causar problemas.
―Antonio está demasiado ocupado ahora en esto de los hermanos y en batirse a duelo con Arthur.
―¿Y el resto?
―Encargándose de que no encuentran a los hermanos.
La chica tuvo un escalofrío al oír eso.
―Pero… ¿los rescataremos, no?
―Lo que importa ahora es rescatarte a ti―repuso Sadik con un deje de sarcasmo. Sin embargo, las mejillas de Elizabeta se tiñeron de rosa.
El par de piratas consiguieron salir del barco sin levantar sospechas por parte de los pocos miembros de la tripulación que aún quedaban en él.
―¿Y ahora qué?
―Tú deberías no mostrarte mucho. Como te reconozca alguien vas a meterte en problemas―le aconsejó el hombre, tomándola de la mano y mezclándose entre el gentío.
―Pero si apenas se saben mi cara―hizo notar la húngara―. Solo tú y Antonio me habéis visto ahora que lo pienso.
―Es mejor no tentar mucho a la suerte, Liz.
Sadik continuó agarrándola hasta que llegaron a un barrio en el que no había mucho movimiento.
―¿Sabes dónde estamos? ―preguntó Elizabeta, mirando alrededor con recelo.
―No te asustes―rió el hombre, soltando una risita.
―No estoy asustada―rodó los ojos.
―Pues suenas como si lo estuvieras.
Siguieron andando, hasta que Sadik se paró de repente de manera abrupta.
―¿Qué pasa? ―quiso saber la joven. Sin embargo, apenas había terminado de hablar cuando el turco le puso una mano en la boca, silenciándola, y la empujó hacia las sombras de la calle.
―Ahí hay gente del barco―indicó en un susurro, sin quitarle la mano de la boca―. ¿Les oyes?
Eli asintió, aguzando el oído. Hablaban sobre el plan y el escondite. A medida que iba escuchando lo que Antonio planeaba hacer con Madeleine y Alfred, Elizabeta se fue poniendo más y más nerviosa. ¿Cómo se podía ser tan despiadado?
―Hay que hacer algo ―susurró la húngara, quitando con suavidad la mano de Sadik de su boca.
―¿El qué?
―Lo que sea, pero hay que salvarles.
El turco bufó, pasándose una mano por el pelo.
―No será especialmente difícil salvarla a ella… El problema es salvarlo a él sin que nos manden a todos a la horca.
Lo primero de lo que Alfred fue consciente al despertar fue de que hacía frío, y mucho. Abrió los ojos, sintiendo que los párpados le escocían y se los refregó, antes de incorporarse. Frunció el ceño al notar que la superficie en la que había estado recostado era dura y lisa, muy distinta a un colchón. Y entonces se fijó en el lugar en el que se encontraba. Era nada más y nada menos que una celda, fría y húmeda. Nunca había estado metido dentro de una, y la sensación era escalofriante. ¿Cómo había acabado ahí? ¿Qué había pasado?
De repente, le vino a la cabeza la imagen de Antonio cerrando la puerta del camarote con esa sonrisa soberbia en sus labios. Recordó cómo le había dejado KO en cuestión de segundos, dejando así a Madeleine indefensa y desprotegida.
¡Madeleine!
¿Qué habría sido de ella? ¿Y si el psicópata de Antonio le había hecho algo?
―¡ANTONIO!-rugió Alfred, acercándose a los barrotes de la celda y agarrándose a ellos, golpeándolos, como si así fuese a salir de allí―. ¡VEN AQUÍ ESTÚPIDO! ¡CUANDO SALGA DE AQUÍ TE MATARÉ CON MIS PROPIAS MANOS!
Unos presos cercanos a él le mandaron callar, pero él era incansable, y continuó gritando hasta que se quedó casi afónico. Contrario a lo que él esperaba, no se acercó ningún guardia para callarle o explicarle el porqué de su estancia allí. Simplemente… no pasó nada.
Bufando, el chico se sentó en el suelo de mala gana y apoyó los codos en las rodillas, llevándose las manos a la cabeza. No paraba de preguntarse qué hacía allí, o qué había pasado con su hermana. No sabía tampoco exactamente dónde estaba (era una cárcel, eso era obvio), pero no podía ser la Torre…. Simplemente no podía concebir esa idea. Solo con la incertidumbre, Alfred pasó horas y horas allí, sin hacer nada. Sin poder salir de ese pequeño habitáculo por el que dio vueltas como león encerrado, hasta que cuando simplemente no pudo más, se dejó caer en una esquina, esperando que sucediese algún milagro y que lo sacaran de allí.
"Espero al menos que Arthur esté bien… Que él no haya acabado como yo; entre barras. Que al menos él pueda escapar."
Sin embargo, sintió el deseo egoísta de que el pirata fuese a rescatarle. Pero luego pensó que era imposible que Arthur supiese dónde estaba. Más aún si eso era obra de Antonio.
Cuando Madeleine despertó sintió cómo todo le daba vueltas. Le habían dado un buen golpe en la cabeza y todavía sentía las consecuencias. Se intentó incorporar pero se dio cuenta de que no podía moverse; estaba atada de pies y manos, y una tenía puesta una mordaza, impidiéndole hablar. Forcejeó para intentar quitarse las cuerdas, pero no pudo. Estaban realmente bien atadas.
―No te las quitarás por mucho que te muevas―dijo una voz a sus espaldas.
La joven pegó un bote y se giró con dificultades, descubriendo a Antonio sentado a un escritorio con actitud indiferente, sin apenas mirarla. Estaban dentro de una húmeda habitación donde había pocos muebles más.
La chica intentó hablar, pero le era imposible. Volvió a moverse para intentar liberarse de los agarres pero tampoco dio resultado.
―Veo que, al igual que tu hermano, eres necia e incansable―comentó Antonio, solando una risa mordaz.
Entonces cayó en la cuenta de que Alfred no estaba por ninguna parte. Comenzó a entrar en pánico, dándose cuenta de que estaba, por primera vez en su vida, sola ante el peligro. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba su hermano? ¿Y Arthur y Francis?
―Pero no te preocupes por él. Está en un lugar… mejor.
Al ver que Madeleine abría los ojos como platos, entendiendo esa frase como lo que parecía querer decir, Antonio no pudo evitar soltar una carcajada, sádico.
―No está muerto, si es lo que piensas. Pero a este paso lo estará dentro de unas horas.
La chica apretó los ojos, sintiendo cómo el pánico la envolvía y luchaba contra las lágrimas.
Arthur salió rápidamente del barco, tras haber dado órdenes a su tripulación, y se encaminó hacia la zona de Whitechapel.
―¿Por qué vas a ese barrio? No tiene muy buena fama.
―Vete por otro lado, Francis, si es que quieres que los encontremos vivos.
―No. Somos un buen equipo, y siempre que trabajamos juntos nos salen bien todo. Y esto no tiene por qué ser la excepción.
―No, Francis―sacudió la cabeza―. No conoces a Antonio tan bien como yo.
Arthur se había parado, encarándole.
―Antonio es… el peor enemigo que te puedes echar. Es sádico y cruel cuando no estás de su lado, y no te conviene tocarle lo que no le tienes que tocar. Cuando lo haces pasan cosas como estas. Y sus venganzas son de lo peor. Hasta ahora he salido victorioso. Pero hasta ahora nunca había involucrado a más gente. Al menos no importante.
―Si no te digo que no, pero―
―He dicho que no, Francis.
En lugar de ganar tiempo, el par de piratas se enfrascaron en otra de sus peleas, hasta que de repente una voz conocida los interrumpió de malas maneras.
―¿Pero qué hacéis peleando en un momento como este?
Eli había aparecido de la nada, con los brazos en jarras y el ceño fruncido.
―¡Eli! ―exclamaron los dos rubios, contentos de verla sana y salva. Francis se le iba a echar encima en un abrazo pero al ver que la chica parecía enfadada decirdió mejor no hacerlo.
―¿Es que no pensáis salvar a Alfred y Maddie? ―preguntó. Más bien fue un reproche.
―Yo iba en la búsqueda de ellos cuando el idiota éste ha decidido seguirme―se justificó Arthur, mirando a Francis con recelo.
Antes de que el francés pudiese abrir la boca para excusarse, la joven les cortó.
―Escuchad, sé dónde están ambos. Solo… va a ser difícil rescatarlos. Concretamente a Alfred.
Arthur no pudo más que palidecer al escuchar esas palabras. ¿Cómo iba a ser difícil? Eran piratas, y por más que las cosas fuesen difíciles siempre salían airosos de ellas.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Francis cauteloso.
―Pues lo que Antonio quería; su juego―respondió una voz proveniente de las sombras. Dando un paso al frente y mostrándose a la luz apareció Sadik, mirando con desinterés a los otros piratas―. Ha secuestrado, literalmente, a la chica y la ha llevado a una casa que tiene una "amiga" suya por el sur de la ciudad. No será difícil salvarla, pero sí encontrarla. Al parecer la casa está muy escondida. Y en cuanto al chaval, lo han encerrado en la Torre.
―¿¡Q-qué!? ―chilló Arthur, al borde de un ataque de nervios―. ¿Pero cómo han hecho eso?
―No estoy segura―dijo Eli―, pero puede que Antonio le haya acusado de piratería.
―Antonio ha debido de hacer chantaje para que lo metan allí―dijo Sadik, sacudiendo la cabeza.
―Mierda―murmuró el de ojos verdes, llevándose las manos a la cabeza, sintiendo de repente un vacío en el estómago―. P-pero…
―Hay que pensar rápido―volvió a hablar Sadik―, de lo contrario será ahorcado al amanecer.
―N-No pueden ahorcarle―murmuraba Arthur, negando con la cabeza.
―Como sea, vamos para La Torre a ver si se nos ocurre algo ―Eli tomó a Arthur del brazo y tiró de él, empezando a andar a la ya mencionada torre.
―¿Y cómo es que te han dejado libre? ―quiso saber Francis, mirando a Sadik, que les seguía por detrás, de reojo.
―Es... una larga historia ―se justificó la chica, sonrojándose―. Pero ya os contaré más tarde, ahora lo importante es salvarles.
Francis asintió, decidiendo no hacer más preguntas y centrarse en lo que era realmente importante. En esas estaban, lamentándose unos y apremiando otros, camino a La Torre, cuando de repente se chocaron con un par de personas que, al igual que ellos, estaban corriendo.
―¡Mira por dónde vas! ―rugió Arthur, sin apenas molestarse en mirar con quién se había chocado.
―Perdona ―se disculpó una voz conocida para el inglés, que alzó las cejas al ver que se trataba de Mathias con quien se había chocado―, pero es que vamos faltos de tiempo y tenemos que salvar a Alfred.
―¿Sabes acaso dónde está?
―Yo lo sé, y le estoy ayudando―intervino una voz que le resultó desconocida al británico.
―¿Eir? ¿Qué haces aquí, ayudando a este? ―preguntó Sadik incrédulo.
―Le dijo la olla al cazo―le fulminó con la mirada, mirando a Elizabeta descaradamente, consiguiendo que la muchacha se revolviera incómoda.
―Me está ayudando porque―
―Cuestiones personales―Eir cortó al danés, volviendo a mirar a Sadik―. Y ahora démonos prisa si queremos sacar de La Torre al chico.
―Bueno ―suspiró el francés―. En lo que vais vosotros a por Alfred voy a ir yo a por Maddie.
―Está bien ―accedió Arthur, sin poner ninguna pega como Francis se había esperado―. Ya sabes, nos encontraremos en el barco a media noche, pase lo que pase.
El francés asintió, antes de darle un golpe en la espalda deseándole suerte y salir en busca de la joven.
El grupo siguió su camino hasta la famosa Torre, donde estaba encerrado Alfred Jones.
―¿Y cómo lo hacemos? ―preguntó Mathias una vez llegaron, mirando con inseguridad la cárcel.
―Por supuesto, no podemos entrar todos―dijo Eli.
―Iré yo―sentenció Arthur, bastante seguro de sí mismo.
―Vaya, veo que lo que cuentan de ti es cierto a fin de cuentas ―comentó Sadik, sonriendo de lado.
Arthur no se molestó en preguntarle qué era lo que decían de él. Lo único que le importaba en aquel momento era sacar a Alfred de la cárcel y así evitar su ahorcamiento.
―La cosa es saber cómo ha sido encarcelado…―murmuró Eli, sin despegar la mirada de La torre.
―Antonio lo ha llevado, así de simple―le respondió Eir, quien sabía más de lo que aparentaba―. Él tiene sus métodos para lograr este tipo de cosas. Lo ha traído, ha dicho que era un pirata o alguna que otra cosa al respecto, lo han creído y han encerrado al chaval.
―Wow, Eir. ¿Cómo sabes eso? ―preguntó Mathias, mirándola fascinado.
Un leve sonrojo se pudo apreciar en las mejillas de la joven, que se encogió de hombros.
―Estoy en su barco, ¿cómo quieres que no sepa este tipo de cosas?
―Pues este no lo sabía―dijo, señalando a Sadik sin ningún recato.
―¿Qué insinúas? ―preguntó el aludido, dando un paso hacia él, frunciendo el ceño.
Sin embargo, Eli lo tomó del brazo y le echó una mirada significativa.
―Nada, solo señalaba el hecho de que Eir es bastante inteligente. Nada nuevo―hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.
―Dejad vuestras estupideces aparcadas y pensemos en algo para sacar a Alfred u os juro que me meto ahora mismo ahí sin ningún plan―amenazó Arthur, estando ya harto de todo.
―A ver―dijo Eli―, debería de entrar solo uno, o una, y desde dentro intentar hacer entrar a los demás para buscar entre varios a Alfred.
―No creo que sea muy difícil de encontrar―opinó Sadik―, no creo que sea necesario ir más de uno.
―Yo lo decía por si había complicaciones.
―Pues si hay complicaciones se mata a los guardias y se acabó.
―Claro, para que vengan más―frunció el ceño―. No. Hay que pensar en una buena estrategia.
―¿Habéis estado alguna vez ahí encarcelados, alguno? ―interrumpió Eir, mirando a todos los presentes.
―Cómo olvidarlo―sonrió culpable Arthur―. Me he pasado un par de días ahí. Pero logré huir.
―¿Cómo?
―Un poco de ayuda externa. Francis, generalmente.
Eir asintió, sin decir nada.
―¿Qué piensas? ―le preguntó Mathias, que conocía bastante bien sus silencios.
―Estoy… planeando cómo entrar.
―¿Tú? ―preguntó Sadik, antes de dejar escapar una risotada―. Por favor, eres la más débil de todos. Te atraparían la primera.
Mathias lo fulminó con la mirada, encarándole.
―No deberías subestimarla. No sabes de lo que es capaz.
―Somos compañeros, y la conozco bastante bien. Más que tú incluso.
―No sabes lo que estás diciendo―gruñó Mathias, apretando los puños.
Eir rodó los ojos, mirando a Eli y Arthur. Ambos miraban la torre de manera pensativa.
―Creo que he tenido una idea―soltó entonces la noruega, sonriendo levemente.
Alfred estaba en un estado de duermevela. No sabía cuánto tiempo llevaba en esa celda, pero se le estaba haciendo eterno. De repente, uno sonido cercano le sacó de su vigilia y parpadeó, enfocando la mirada en los barrotes.
―¿Qué…? ―preguntó, descolocado. Vio que se trataba de Eli, acompañada por un guarda―. ¿Elizabe―
Sin embargo no pudo terminar de hablar ya que la chica se arrodilló y le calló con un beso rápido.
―Te he echado tanto de menos ―sollozó, abrazando al chico. Aprovechó y le susurró rápidamente al oído―. Soy tu esposa y he venido a visitarte, ¿entiendes?
Alfred asintió muy levemente, correspondiendo el abrazo y fingiendo ser lo que Elizabetha decía.
―Eli…―murmuró lo suficientemente como para que el guarda pudiera oírlo, y se separó de ella, volviendo a besarla.
La verdad, habría preferido besar los labios de Arthur. Los besos con Eli se habían sentido extraños, faltos de amor. Sin embargo, si quería salir de esa, tenía que seguir con la farsa.
―¿Puede dejarnos un poco de intimidad? ―preguntó Eli, girándose al guardia.
Este asintió, cerrando la puerta de madera tras ellos y dejándolos solos. Una vez Eli se hubo asegurado de que no les oían se levantó y se quitó el vestido.
―¿Pero qué haces?
Alfred se sonrojó, sin entender qué pretendía la húngara. Pero cuál fue su sorpresa al ver que debajo de su vestido había otro.
―Toma ―le tendió el que se acababa de quitar, colocándose bien el de abajo.
―No me voy a vestir de mujer ―se negó en rotundo.
―Lo harás, si no quieres quedarte aquí y ser colgado mañana por la mañana.
Consiguió convencer al chico, que con desconfianza tomó el vestido y se lo puso como pudo por encima de la ropa que ya llevaba.
―Esto está muy apretado.
―Es la ropa más ancha que hemos podido conseguir.
―¿Hemos?
―Es complejo de explicar, pero sí, hemos.
Alfred asintió. Quería hacerle muchas más preguntas, pero sabía que no era ni el lugar ni el momento adecuado.
―Ponte también esto ―Eli le pasó un pañuelo, para el pelo. Alfred se lo colocó, de manera que le cubriese todo el cuero cabelludo e incluso parte de la cara―¿Estás?
Alfred asintió.
―Bien. Entonces sal de aquí en silencio y sígueme, rápido.
Hizo como le decía. Cerraron la puerta al salir y se dirigieron a paso rápido hacia las escaleras. Al llegar abajo vieron a un par de guardas. Elizabetha se giró a Alfred y le susurró rápidamente al oído:
―Sigue recto y encontrarás a una chica delgada, rubia de ojos azules. Eir. Síguela y no mires atrás. Yo me encargo de los guardias.
Alfred asintió, haciendo como Eli le decía. A pesar de que hubiera querido replicar algo no pudo, ya que cada momento era importante y no podía desaprovecharlo.
Fue hacia delante, intentando no echarse a correr de los nervios, buscando a la tal Eir. Pero no veía a nadie…
De repente, oyó cómo alguien chistaba y se giró. Vio a una chica que correspondía con la descripicón de Elizabetha y se acercó-
―Sígueme―le susurró ella con una monocorde voz femenina―, no hay demasiado tiempo.
―¿Eres Eir?
La joven le tapó la boca rápidamente, frunciendo el ceño. Su cara le era familiar de alguna manera. Como si la hubiera visto antes, pero sin saber dónde…
―Hablas demasiado fuerte. Habla en susurros, como yo; No, mejor no abras la boca hasta que salgamos. Ah, y toma ―le dio un pañuelo―. Finge que lloras o algo para que no te vean la cara de tío que tienes.
Alfred asintió, tomando el pañuelo y simulando que se limpiaba las lágrimas. No le gustaba el tono condescendiente en el que le había hablado Eir, pero igual que con Elizabetha, no podía replicar nada, solo hacer lo que le decían.
―No te quedes atrás―dijo la chica, girándose a él y tomándole del brazo.
Alfred se dio cuenta de que se había perdido en sus pensamientos, ralentizando así la marcha. Se dejó guiar por la chica, andando a pasos rápidos. Fue un camino demasiado tenso, estando alerta a cualquier guardia que pudiera aparecer, pero siempre con el pañuelo ocultándole gran parte de la cara.
Cuando llegaron por fin a la puerta de salida Alfred apenas se atrevió a levantar la cabeza. Oyó cómo Eir indicaba a los guardias quiénes eran (Alfred la esposa de sí mismo y la noruega su criada) y les dejaron salir sin objetar nada más.
―Sigue así hasta que los hayamos perdido de vista ―siseó Eir mientras dejaban atrás la Torre. Alfred estaba que no cabía en sí de felicidad, sin poderse creer que hubiera podido salir vivo de allí, pero se contuvo de gritar o incluso abrazar a la joven.
Se dejó guiar por ella hasta una posada bastante alejada (o esa sensación producía) de la Torre, donde Eir dio un nombre y subieron a una habitación en el primer piso.
―Ya puedes dejar de fingir ―le susurró, dejando que entrara primero.
Alfred abrió la puerta y entró, bajando el pañuelo por fin y quitándose el trapo de la cabeza. Lo primero que vio nada más entrar fue a un nervioso Arthur que daba vueltas por la habitación, pero al ver que entraba alguien, y que ese alguien era Alfred, el capitán ahogó un grito de felicidad y se le echó encima en un abrazo asfixiante que Alfred respondió sin dudarlo. Se quedaron así un rato, hasta que se separaron, el menor con lágrimas en los ojos.
―¿Qué ha... qué ha pasado? ―preguntó Alfred, limpiándose las lágrimas.
―Es largo y complejo de explicar, pero Antonio te metó en la Torre.
―Si será cabrón―murmuró, pero el mayor siguió hablando.
―Y hemos hecho lo imposible para sacarte de allí. Hasta nos han ayudado dos miembros de la tripulación de Antonio ―señaló a Eir.
―¡Eres de El Clavel! ―exclamó Alfred, mirando a la joven con una sonrisa leve en los labios―. Por eso me sonabas. Pero, espera... ¿Qué ha pasado con Eli?
―Está de camino ―explicó la chica―. Es parte del plan.
―Fingieron ser tu esposa y criada para ir a verte y sacarte de allí ―dijo Arthur, explicándole el plan al de ojos azules―. Si todo ha ido bien, Eli estará aquí en cuestión de minutos.
―De todas formas Sadik se ha quedado en la entrada de la Torre, por si tarda o tiene problemas o lo que sea.
―¿Y cómo ha conseguido escapar de Antonio?
―No nos ha dicho ―respondió Arthur―, pero creo que tiene algo que ver con ese Sadik.
Alfred asintió, tranquilo. Daba por sentado que Eli saldría sin ningún problema de la torre, más aún contando con la posible ayuda de Sadik. Pero entonces recordó algo que hasta ese momento había estado fuera de sus pensamientos. Girándose a Arthur, le preguntó con el corazón en un puño.
―¿Y mi hermana?
―Pues parece que se han olvidado de ti―dijo Antonio de manera causal, sonriendo de lado.
Ya había caído la tarde, y las luces del día se iban extinguiendo para dar paso a la oscuridad de la noche. Madeleine no se había movido en todo el día de ahí. Antonio había entrado y salido en varias ocasiones al despacho en el que la tenía encerrada, pero en general se había pasado casi todo el día fuera.
―¿Sabes? Realmente no tengo nada contra ti… No eres más que una muchacha a la que Arthur capturó y que se quedó en su barco, porque no había otra. Sin embargo, el imbécil de Arthur me debe muchas, y esta es mi manera de devolvérselas. No es nada personal―le aseguró, antes de agacharse junto a ella y tomarla de los brazos para ponerla de pie. La chica se dejó, asustada, sin intentar siquiera oponerse.
―¿Antonio? ―preguntó una voz grave desde fuera―. ¿Vas a salir ya o qué? Como nos pillen estamos jodidos.
―Ya voy―dijo el moreno, tomando a Madeleine y echándosela al hombro como si fuera un fardo, ya que no podía caminar a causa de la ataduras―. Tenía que traer a la chica―se explicó, saliendo de la habitación para reunirse con el otro hombre.
―¿Y qué vas a hacer ahora, ya que nadie se ha presentado a por ella? ¿Vas a seguir con el plan? ―preguntó con curiosidad, mirando a Madeleine.
―Supongo―suspiró el capitán―. Me da penilla, pero después de todo no es la primera vez que hacemos una cosa como esta.
―Bueno, en realidad nunca hemos hecho que nadie se ahogue…
Al escuchar eso Madeleine entró de nuevo en pánico, volviendo a forcejear (débilmente, hay que decir), pero fue en vano. Antonio apretó el agarre, impidiéndole el escape.
―Ya, podría ser…interesante de ver, ¿no crees?
Govert se encogió de hombros, sin responder. Durante unos minutos, Antonio estuvo junto a Govert caminando. Madeleine no sabía en qué dirección. Sinceramente, no tenía ni idea de dónde estaban y al estar en esa posición tan incómoda tampoco podía deducir mucho. Supo que habían salido a la calle por una puerta trasera del edificio por lo que los otros dos iban diciendo.
A mitad de camino Govert y Antonio se separaron. El rubio volvió sobre sus pasos mientras que Antonio continuó hacia delante. Estuvo así un largo rato, dando vueltas y rodeos, lo cual le dio que pensar a Madeleine.
De repente, Antonio hizo un movimiento brusco y la bajó al suelo, sujetándola por los brazos.
―Bueno, preciosa. Aquí es donde acaba todo―dijo Antonio. Sin embargo, fue mala idea el dejarla en el suelo, ya que la chica empezó a moverse como babosa en sal al ver que estaban prácticamente en la azotea de un edificio, dando al río―. Eh, eh. Tranquilízate o será peor.
Más que un consejo había sonado como una amenaza. Sin embargo, no fue suficiente para calmarla, ya que eso la puso más nerviosa.
―He dicho que te tranquilices, niña, o me aseguraré de que tardes en palmarla.
Madeleine empezó a sollozar, sintiendo realmente miedo. Estaba asustada como pocas veces, y en esta ocasión no había nada ni nadie para salvarla.
―¡Suéltala!
El grito de Francis había alertado a Antonio, quien se quedó quieto y miró en la dirección en que procedía la voz.
―Llegas tarde ―dijo el español, no tan violento como otras veces. Se notaba que el francés no le caía tan mal como Arthur, pero aún así seguían siendo enemigos.
Francis se acercó ellos, espada en mano, y apuntó al moreno.
―He dicho que la sueltes.
Madeleine le miraba esperanzada. ¡Al final había ido a rescatarla! Sin embargo, estaban en una situación algo delicada…
―¿Por qué tendría que hacerlo? Además, era Arthur quien tenía que venir…
―Nunca especificaste eso.
―Pero se sobreentendía―Antonio rodó los ojos.
―Como sea… devuélveme a Madeleine. La he encontrado.
―No sé si te has dado cuenta, pero hace ya un par de horas que el sol se puso.
Francis asintió, tenso como un hilo.
―Pero la he encontrado―insistió, reacio a ver cómo Madeleine era arrojada al Támesis.
―¿La quieres? ―preguntó Antonio, sonriendo socarrón.
Madeleine no pudo evitar sonrojarse, avergonzada hasta la médula, sin querer escuchar la respuesta. No quería ser rechazada una segunda vez.
―Sí―fue la respuesta sincera de Francis, quien asintió.
Madeleine le miró a los ojos, incrédula, esperando encontrarse con su mirada. Pero Francis no apartaba la vista de Antonio, conociéndole. Esperándose cualquier cosa.
―Entonces tómala―rio Antonio empujándola de mala manera, de forma que la chica cayó inevitablemente al río.
Francis se tiró prácticamente detrás de ella, entrando en contacto de manera brusca con las aguas del Támesis. Se hundió pero braceó para llegar a la superficie, llamando a Madeleine a gritos, pero no había respuesta. Lo peor era que tampoco la veía. Empezó a inquietarse más. Después de todo la chica estaba maniatada y no podía mantenerse a flote. La encontró a varios metros de él y nadó hasta ella, comprobando que estaba inconsciente. Intentando no dejarse llevar por el pánico, Francis sujetó a la chica y nadó hasta alcanzar una orilla del río, donde no tardó en reanimar a la chica, antes de desatarla siquiera. Lo bueno fue que no tardó en volver en sí, echando fuera todo el agua que había tragado.
―¿Estás bien?
La chica asintió débilmente, mientras Francis la desataba de pies y manos.
―Por unos momentos había pensado que te había vuelto a perder―confesó el francés, terminando de quitarle las cuerdas de encima y envolviéndola en un abrazo protector.
Madeleine se dejó abrazar, apoyando la cabeza en el hombro de Francis, suspirando con cansancio.
―Y yo he vuelto a sentir otra vez cómo me hundía…―admitió en voz baja, aunque el francés la alcanzó a escuchar.
―Lo siento.
―No ha sido culpa tuya, Francis.
―Pero no he llegado muy a tiempo que digamos... Podría haber llegado unos segundos más tarde y haberte perdido para siempre.
Madeleine no dijo nada más. Sintió cómo Francis apretaba el abrazo mientras le repetía una vez más que lo sentía.
Durante unos momentos estuvieron ambos en silencio, recuperándose de la traumática experiencia. Hasta que de repente oyeron una voz.
―¿Madeleine?
La nombrada sintió cómo se paraba el tiempo. Temerosa alzó la mirada y se encontró con una persona muy conocida para ella.
―¿P-Padre?
