Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 18
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Suigetsu estaba junto a la ventana de su habitación y observaba la noche. ¿Qué le estaba pasando? ¿Cuándo había empezado a pensar que Ino le pertenecía?
Él jamás se podría casar con ella. Nunca podría darle respetabilidad. Casarse con él la disminuiría a los ojos de la sociedad. Tal vez pudiera tenerla durante dos años, mientras estaba de luto, pero luego tendría que dejarla marchar. A ella y a Inojin.
Suigetsu conseguiría ese último objeto de valor incalculable y, con el tiempo, se olvidaría de ellos. Pero de momento no podía pensar en otra cosa que no fuera en Ino.
Cuando se abrió la puerta que daba al cuarto de aseo se le aceleró el corazón y se volvió muy despacio. Ino estaba allí, con su camisón, el pelo suelto, sus pequeños pies descalzos, rozando la alfombra con los dedos, con las manos entrelazadas frente al cuerpo y una inquietud evidente en el rostro.
—No estoy muy segura de cómo tengo que hacer esto —dijo muy despacio—. No sé qué tengo que hacer para seducirte.
—¿Seducirme? —Suigetsu se rió a carcajadas y cuando vio el dolor en el rostro de ella se le acercó en cuatro largos pasos y cogió su suave rostro entre sus ásperas manos—. Muñeca, me has estado seduciendo desde la primera noche. —Le besó la frente—. Tu resistencia me resulta muy excitante. —Le besó la sien—. Me fascina tu carácter. —Le besó la mejilla—. El amor que demuestras por Inojin me resulta arrollador. —Posó los labios sobre la punta de su nariz—. Tu risa me parece encantadora. —Le dio un beso en la comisura de la boca—. Tus ojos me hipnotizan y tus besos tienen el poder de ponerme de rodillas.
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La observó mientras las dudas que bailaban en sus ojos azules se convertían en convicción.
Ino esbozó una pícara sonrisa.
—Te prohíbo que me hagas el amor.
A Suigetsu se le secó la boca al escuchar esas palabras. Jamás le había hecho el amor a una mujer, aunque se había acostado con muchas. El sexo había resultado satisfactorio. Pero hacer el amor...
Apenas sabía por dónde empezar. Sin embargo, era un regalo que ella merecía. Era justo lo que él deseaba darle. Ino no se parecía a ninguna de las mujeres que conocía. Había ido a buscarlo sin esperar recibir dinero. Lo que ella le estaba ofreciendo era mucho más valioso que cualquier cosa que él le pudiera dar.
—Ya te avisé, cariño, de que nunca me prohibieras nada. Sólo conseguirás que lo haga.
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Y en cuanto lo dijo, posó los labios sobre su boca con toda la ternura de que fue capaz. Pero la ternura era una extraña para él. En cuanto percibió el sabor de Ino, el apetito que había estado manteniendo a raya se hizo con el control con una ferocidad que lo sorprendió. Quería ver con claridad lo que la ropa y las sombras le habían negado.
Sin dejar de besarla, la cogió en brazos, la llevó hasta la cama y la dejó de pie junto a ella. Ella perdió el equilibrio y Suigetsu la acercó a su cuerpo para que pudiera apoyarse en él.
Ino ya había sentido el poder de su pasión en el jardín. Sin embargo, seguía asombrándola que ésta pudiera ser tan potente y que pudiera debilitarla con tanta facilidad. Estaba tan febril que le parecía que se estaba volviendo a poner enferma. Y le temblaban las piernas. Si Suigetsu no la estuviera rodeando con sus brazos se habría acabado desplomando en el suelo.
Deslizó los brazos alrededor de los hombros de él y le enredó los dedos en el espeso pelo, un pelo que de repente no le parecía tan largo. Quería hundir la cara en él y pensó que tal vez lo haría antes de que acabara la noche.
Suigetsu dejó de besarla y le pasó los labios por el contorno de la mandíbula inferior; parecía que no quisiera abandonar sus labios, que no quisiera estar lejos de la boca de Ino. Ella levantó la barbilla para darle mejor acceso a su cuello y se le escapó un pequeño gemido. Las aterciopeladas caricias de Suigetsu la provocaban.
—Ah, muñeca, muñeca... —Su voz sonaba grave y seductora, e Ino estaba dispuesta a seguirla a todos los pecados donde la guiara.
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Sintió cómo Suigetsu deslizaba los labios por encima de sus hombros y entonces recordó que aquel hombre tenía los dedos de un ladrón y unas manos extremadamente ligeras. Le había desabrochado todos los botones desde el cuello hasta el estómago y ella no se había dado ni cuenta. Y ahora el camisón le estaba resbalando por los hombros, deslizándose hasta el suelo.
Por un momento, pensó que debería sentir la necesidad de taparse, pero lo único que podía pensar era en las maravillosas sensaciones que Suigetsu le estaba provocando con la boca en sus pechos: degustando, lamiendo, chupando. Y ni un momento dejaba de susurrarle que era preciosa, increíblemente preciosa.
Sin previo aviso, la cogió en brazos y la acostó en la cama. En cuanto sus manos abandonaron el cuerpo de ella, empezó a quitarse la ropa, deshaciéndose a toda prisa de cada una de las prendas hasta que no fueron más que un arrugado montón en el suelo.
Ino apenas tuvo tiempo de apreciar su magnífico cuerpo, porque Suigetsu en seguida apoyó una rodilla en la cama y se le acercó como un enorme felino depredador, seguro de que su presa no podía escapar.
Ella no quería escapar. Lo recibió con los brazos abiertos y empezó a tocar lo que aquella lejana mañana sólo había podido ver en el cuarto de aseo. Era un hombre joven y su cuerpo reflejaba la fortaleza de la juventud. Músculos firmes, piel tersa. Y flexibilidad.
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Se acostó junto a ella y posó su mano marcada sobre la cadera de Ino: un gesto que parecía cargado de una simbología infinita. Luego se incorporó un poco y le besó el estómago, abriéndose camino hasta sus pechos, besando la parte interior de uno de ellos, luego del otro, prestando la misma atención a cada uno. Ino pensó que debería haber estado más preparada para el placer que empezó a sentir.
¿Acaso lo prohibido aumentaba el gozo? ¿Sería el sabor del pecado lo que la hacía ser tan consciente del despertar de su cuerpo? ¿O era sencillamente que aquel hombre poseía la destreza del diablo y el poder de provocarle tal placer?
Ino le hundió los dedos en los hombros y la espalda. Lo abrazó con fuerza mientras él devoraba sus pechos. La incipiente barba rozaba la sensible piel y aumentaba su deleite. Acercó la cadera al cuerpo de Suigetsu.
Él le bajó la mano por la cadera y siguió por sus muslos hasta posarla entre sus piernas, para deslizar los dedos íntimamente...
El placer aumentó aún más e Ino jadeó.
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Suigetsu levantó la cabeza para observarla. Deslizó un dedo en el interior de su cuerpo, provocándole otro gemido. Ella apretó las piernas para atrapar su mano allí o tal vez para animarlo a que siguiera.
—Te quiero mirar, Muñeca —susurró él con aspereza—. Quiero ver lo que me negó la oscuridad del jardín. Déjate ir, cariño. Déjate ir.
Ella negó con la cabeza con energía, pero Suigetsu no le dio tregua. Volvió a posar la boca sobre sus pechos mientras hacía magia con los dedos. Cuando ella estuvo cerca, muy cerca del clímax, él se detuvo para incorporarse, situarse entre sus muslos y tomar posesión de sus labios como si le pertenecieran. Su lengua investigó y exploró como si no conociera ya cada íntimo rincón, mientras Ino le devolvía el beso con más descaro del que había demostrado nunca. Adoraba su sabor, adoraba la fragancia que desprendía el cuerpo masculino, estimulada por la pasión que ambos desprendían. La piel de Suigetsu estaba caliente bajo sus dedos, parecía puro terciopelo humedecido por una fina capa de sudor.
Él se irguió sobre ella y si no lo hubiera conocido tan bien como lo conocía, se habría asustado de la expresión que vio en su rostro. Era algo casi animal, bárbaro.
Sintió como se acercaba y se puso tensa.
—Chist, chist, despacio —le susurró al oído.
Ino no estaba segura de si esas palabras se las decía a ella o a sí mismo.
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Suigetsu deslizó la mano por el costado de su cuerpo y por encima de su cadera, y, rodeándole los muslos, la animó a abrir más las piernas.
Entonces, Ino sintió cómo él se deslizaba en su interior, delicioso centímetro a centímetro. La plenitud de Suigetsu se abría camino e incrementaba su placer. Cuando pensó que ya no podía albergar más, él le levantó un poco la cadera, cambió ligeramente de postura y se enterró en ella por completo haciéndola arquear la espalda bajo la exquisita sensación del peso de su cuerpo.
—Oh, Dios —susurró Ino.
Suigetsu entrelazó los dedos con los suyos y le puso las manos a ambos lados de la cabeza, al mismo tiempo que arremetía contra ella sin compasión. El cuerpo de Ino se movía al compás que él marcaba, el placer la recorría de pies a cabeza y aumentaba su intensidad a medida que sus poderosas embestidas la movían, no sólo a ella, también la cama.
Los gemidos de Suigetsu resonaron junto al oído de Ino, con aspereza y satisfacción, y ella podía escuchar sus propios gemidos en respuesta. El placer se hizo prácticamente insoportable. Quería cerrar los ojos, pero él era tan guapo, resultaba tan placentero contemplarlo: apretaba los dientes y la miraba con fuego en los ojos. Ino jamás había sentido tal conexión con nadie... Sabía que fueran donde fuesen, estaban yendo juntos.
Suigetsu era un diablo, la tentaba, exigía su rendición con cada una de las fibras de su cuerpo. Y ella se rindió, no sólo con su cuerpo, sino con su corazón y su alma.
Él gritó y empezó a empujar más profundamente, tan profundamente que Ino se preguntó cómo sobreviviría...
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Entonces llegó el éxtasis y su cuerpo se tensó alrededor del de Suigetsu, arqueándose debajo de él, sintiendo cómo alcanzaba un placer tan intenso que nunca imaginó posible. No le quedó más remedio que cerrar los ojos mientras el éxtasis recorría todo su ser. Lo último que pensó antes de perderse en el olvido fue que había subestimado los beneficios de estar con un hombre cuya vida estaba dedicada al placer.
Apoyado en el codo y tumbado junto a Ino, Suigetsu intentaba no pensar en lo que acababa de ocurrir. Jamás había experimentado nada tan intenso ni tan gratificante. El momento que habían compartido en el jardín palidecía comparado con la realidad de haber podido poseer a Ino en su cama. Verla llegar a la cima a la luz de las velas había potenciado su propio placer.
No quería engañarse con respecto a lo ocurrido. Tal vez ella le quisiera para divertirse un poco, pero Ino pertenecía a la nobleza mientras que él no era más que basura. Jamás podrían tener nada más que aquello. Y al pensarlo, empezó a sentir una inesperada y aguda opresión en el pecho.
Nunca antes se había sentido parte de algo o de alguien. Y después de lo mucho que se había esforzado para mantener las distancias, esa cercanía lo aterrorizaba. Ella había conseguido derribar sus muros. Si pensaba mucho en ello o lo consideraba durante demasiado tiempo, acabaría recogiendo su ropa y se iría para no volver jamás.
Si se preocupaba tanto por Ino como sospechaba que lo hacía, eso era exactamente lo que debía hacer. Marcharse ahora que ya la había poseído. Y esforzarse por encontrarle un marido adecuado. Pero en vez de eso, le deslizó el dedo con imprudencia por entre los pechos, secó el sudor acumulado entre ellos y dijo:
—No te vas a dormir, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza de lado a lado, muy lentamente, sobre la almohada.
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—Esto se te da muy bien.
Él se rió despacio, mientras deslizaba los dedos por sus hombros. Suigetsu pensó que jamás dejaría de tener ganas de tocarla.
—Por lo que he visto, basándome en las respuestas de tu cuerpo, está claro que he bien mi dinero.
Ino frunció el cejo.
—¿Pagas por esto?
—Siempre. —Se encogió de hombros—. Excepto esta noche.
—¿Por qué?
—¿Por qué lo hago o por qué no lo he hecho esta noche?
—No, por qué lo haces.
¿Cómo podía explicarlo sin parecer un insensible?
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—Porque nunca he querido líos amorosos. Para mí siempre ha sido un asunto práctico. Unas veces más placentero que otras. —Y algunas recompensas eran intangibles.
—¿Habías estado antes en esta cama? —Suigetsu no sabía por qué había hecho aquella pregunta ni por qué le interesaba la respuesta.
—Sólo una vez. Cuando tú me trajiste.
Ino le cogió la cara con la mano. Él posó la mano sobre la de ella y acercó los labios a su palma para besársela. Ino se pegó a él. Suigetsu alargó entonces el brazo y apartó la sábana que ella tenía sobre la cadera.
Ino acabó de quitársela con el pie hasta que nada separaba sus cuerpos desnudos.
—Ya sé que no debería hablarte de otro hombre, pero quiero, necesito que sepas que jamás disfruté con él lo que he disfrutado contigo.
Suigetsu no sabía qué contestar, así que le volvió a besar la palma de la mano y luego le besó los dedos.
—Siempre era muy impersonal, cosa que me sorprendía mucho, porque, en realidad, es un acto muy personal. Y yo jamás me di cuenta de que yo debía disfrutar. Eres un hombre extraordinario, Suigetsu Hozuki.
Él volvió a quedarse sin palabras. Agachó la cabeza buscando sus labios con intención de volver a poseer su cuerpo con un poco más de paciencia esta vez, con una búsqueda de placer más relajada.
Ino le acarició el pecho con vacilación, como si creyera que se iba a romper. Suigetsu se echó un poco hacia atrás y la observó. La pregunta seguía allí, una pregunta que jamás había podido responder, porque le habían arrancado la respuesta siendo sólo un niño.
—Como esto parece una experiencia bastante nueva para ti, creo que deberías saber que no me voy a romper y que no hay ninguna parte de mí que no tengas permiso para explorar.
La mirada de Ino se paseó por todo su cuerpo y sus mejillas se cubrieron de rubor. Deslizó la mano hacia abajo, la cerró sobre su pene y él no pudo reprimir un gemido de satisfacción.
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Suigetsu la besó mientras se tumbaba boca arriba para dar un completo acceso a sus exploraciones. Con cada movimiento, las manos de Ino adquirían mayor confianza. Lo tocaba, lo acariciaba.
Dejó de besarlo en los labios para cubrirle el pecho de besos. Deslizó la lengua por encima de su duro pezón y el cuerpo de Suigetsu se agitó. Entonces, él enredó las manos en su pelo para acercarla más a su cuerpo y la animó con dulces palabras y quedos gemidos.
Cuando ya no podía soportarlo más, la colocó encima de él de forma que quedó a horcajadas sobre sus caderas, con la melena descolgándose sobre sus hombros como una cascada.
—No me mires así —dijo él.
—No creo que esto sea adecuado.
—Cariño, nada de lo que hemos hecho esta noche es adecuado. —Su intención había sido provocarla, pero se arrepintió de aquellas palabras en cuanto las dijo, porque vio cómo la vergüenza empezaba a asomar a sus ojos—. Muñeca, no.
Ella levantó la cabeza y lo miró.
—No te arrepientas de esto.
Ino negó con la cabeza, pero Suigetsu se dio cuenta de que el daño estaba hecho. Deslizó los dedos por su pelo y la acercó a su pecho para abrazarla.
—Nunca se lo contarás a nadie, ¿verdad? —susurró ella, al cabo de un rato.
—No.
Ino levantó la cabeza y apoyó la barbilla en su pecho.
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—No me arrepiento de lo que ha ocurrido entre nosotros, pero supongo que una pequeña parte de mí sabe que está mal.
Él le peinó el pelo con los dedos.
—¿Cómo puede estar mal si es lo que dos personas desean?
—Pero nunca habrá nada más que esto entre nosotros.
—Sinceramente, yo tampoco lo creo, pero eso no significa que no pueda ser muy, muy bueno mientras dure.
Con la mano hundida en su preciosa melena dorada, le volvió la cabeza y posó los labios sobre su boca.
Le dio un profundo beso y se preguntó cómo diablos iba a conseguir dejarla marchar cuando llegara el momento.
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