NUEVOS HORIZONTES
Capítulo 08: Nuevos horizontes
Madeleine se congeló al escuchar esa voz tan conocida. Volvió a mirar hacia arriba, deseando que fuese producto de su imaginación y se hubiese imaginado a su padre llamándola. De entre todas las personas con la que se podría haber encontrado, no podía haber tenido la tan mala suerte de hacerlo con su padre. No podía tener tan mala suerte. Pero la realidad era cruel y ante ella Philip Williams estaba de pie, con una expresión de felicidad en el rostro (por lo que suponía el hecho de que su hija estuviera de vuelta y así su matrimonio con Iván), y se lanzó hacia ella, envolviéndola en un abrazo.
―¡Estás viva!―exclamó el hombre.
Madeleine asintió, sin corresponder el abrazo de manera muy efusiva. Miró de reojo al otro hombre, que se había quedado al margen y observaba la escena igual de sorprendido que ella... ¿Qué hacía ahí su padre?
―¿C-Cómo es que estás aquí?
―Tenía un asunto que atender por aquí, es una larga historia ―tras unos instantes en silencio, Philip dijo―: Ahora que has vuelto todo vuelve a ser como antes.
Madeleine tembló, asustada, y se echó hacia atrás casi por inercia, tomando a Francis de la mano.
―¿Quién es este? ―pregunto su padre, mirando por primera vez a Francis, quien no había abierto la boca.
―Es Francis. Es... un amigo ―respondió con dificultad, recordando como el francés la había rechazado en el barco antes de irse. Tan rápido como le había cogido la mano, se la soltó―. Me ha salvado.
―Vaya. Muchas gracias, Francis ―agradeció el más mayor, regalándole una sonrisa al francés; sonrisa que a pesar de todo no fue correspondida.
―Madeleine me ha hablado de usted ―musitó Francis con frialdad.
―¿Cómo os conocisteis?
―Eso ahora no importa. El punto es que su hija ha elegido un camino y usted no puede obligarla a ir por otro ―siguió el de ojos azules, enfrentando a Williams.
―¿Disculpa?
Madeleine apretó los ojos, sabiendo por dónde iba eso.
―Francis, da igual ―dijo la chica, aunque sabiendo internamente que no daba igual. Que no quería casarse con Iván. Que quería seguir con Francis sin que hubiera tensiones entre ambos. Que no quería seguir el camino que su padre había planeado para ella.
―Madeleine no quiere casarse con el hombre ese con quien usted tiene negocios.
―Con Iván ―indicó la chica.
Philip Williams frunció el ceño, dando un paso hacia atrás.
―Perdone, pero usted no es nadie para meterse en mi vida y ni en la de mi hija.
―Discúlpeme, pero sí. He convivido lo suficiente con Maddie; Madeleine ―se corrigió― como para conocerla. Saber lo que quiere; lo que no quiere; qué desea hacer en su vida; cuáles son sus gustos... Y entre ellos no figura el casarse con un ruso con el que apenas si se entiende y el cual no le cae muy bien precisamente.
―Madeleine, nos vamos de aquí ―sentencio Philip, sin querer seguir hablando sobre eso. Tomó a su hija del brazo y la levantó, comenzando a caminar alejándose de Francis.
Madeleine se dejó tirar sumisa, aguantando las lágrimas. Otra vez estaba de vuelta en su antigua y aburrida vida. La vida de la que había logrado escapar hacía varias semanas, pero a la que había tenido que volver, desgraciadamente.
―No me deje hablando solo ―le reprochó Francis al hombre, alcanzándole y tomando a Madeleine de un brazo y tirando hacia él―. No dejaré que Maddie viva una vida que no quiere.
―¿Estás acaso interesado en ella? ―pregunto de repente Philip, mirando a ambos jóvenes con suspicacia.
Maddie nunca antes había deseado tanto que la tragara la tierra. Agachó la mirada a sus pies y deseó ser sorda para no escuchar por segunda vez cómo Francis la rechazaba; como la persona de la que estaba enamorada le hacía saber por segunda vez que sus sentimientos no eran correspondidos.
―Ese no es el caso ―respondió secamente Francis, sin mirar a la joven en ningún momento.
―Claro que lo es. Eso explicaría el por qué no quieres que se case con nadie más.
―Solamente quiero que sea feliz.
―Y será feliz. Aprenderá a serlo con el paso de los años.
Francis se dio cuenta de que no iba a conseguir nada insistiéndole a un hombre que no atendía a razones. Tampoco le parecía razonable la idea de secuestrar a Madeleine delante de su padre y que este alertara a toda la ciudad de ello. Lo mejor sería pasar desapercibidos. Pero para ello, tenía que dejar ir a Madeleine por el momento.
―Está bien ―alcanzo a decir, con el corazón encogido.
Esas palabras le sentaron a Madeleine como un golpe en el estómago. Sin poder aguantar más, las lágrimas empezaron a caer de sus ojos, rodando por sus mejillas. No se molestó en secarlas. Solamente siguió a su padre, quien al escuchar lo último que había dicho el otro hombre había seguido su camino.
Llegaron a la casa y Madeleine fue rápidamente atendida por las sirvientas, que se alegraban de verla sana y salva. Sin embargo, Madeleine no les respondió a las preguntas que le hacían de todo tipo. Solo se dejó hacer y esa misma noche se encontró con que Alfred también había vuelto a casa. Después de que él hubiera relatado (sin contar muchos detalles) sobre su estadía en la torre, Madeleine le preguntó:
―¿Qué haces aquí? ¿Por qué has vuelto?
Había hablado con un tono de voz bastante atípico en ella. Tanto que al mismo Alfred, que no sabía leer el ambiente, no le pasó desapercibido.
―Me encontré con Francis y me dijo que habías vuelto a casa. Decidí que lo mejor sería volver yo también ―añadió dudoso.
Madeleine lo notó, ese tono de duda que ocultaba algo, pero no quiso preguntar. No quería saber nada más de nadie y esa noche se fue temprano a la cama. Al día siguiente se reencontraría con Iván, quien aún no sabía sobre su aparición, y no estaba preparada mentalmente para ello. De hecho, no estaba preparada para lo que venía. Francis la había dejado ir, aunque realmente no sabía por qué le sorprendía tanto. Después de todo era un pirata y le había confesado que no sentía lo mismo por ella. Así que, ¿porque había esperado tan fervientemente que Francis fuese a por ella? No era más que su protegida, y eso solamente mientras había estado en el barco. Si de verdad hubiera sido tal, Francis habría luchado por ella... Suspiró. Por más que le diese vueltas, no podía hacer nada para cambiarlo, por lo que decidió que lo mejor sería dejar de pensar en ello.
Mientras tanto, las cosas iban un poco diferentes en La Perla.
Tras haberse despedido de Alfred, Arthur había vuelto al barco, donde había empezado los preparativos para salir de Londres cuanto antes, sin hacer mucho caso de las insistencias de Francis.
―Tal vez deberías hacerlo.
El consejo de Elizabeta le hizo soltar un gruñido.
―¿Hacerlo? Esperar a que nos atrapen, ¿dices?
―Esperar a que Francis pueda hacer algo por salvar a Maddie.
―¿Salvarla? Esa chica no tiene más opción que casarse. Y no podemos hacer nada para evitarlo si no queremos que nos descubran.
Elizabeta suspiró, pasándose una mano por el pelo.
―Tampoco podemos abandonarla a su suerte. Después de todo, forma parte de la tripulación, ¿sabes?
―Lo sé, pero rescatarla sería un suicidio colectivo.
Elizabeta no dijo nada más.
El resto del día se le pasó muy rápido, pensando en posibles maneras de rescatar a Madeleine aunque ninguna le acababa pareciendo apropiada, hasta que al caer la noche se encontró con Sadik en la posada en la que se habían reunido todos el día anterior tras haber salido sanos y salvos de la Torre.
―Llegas tarde ―bromeó el hombre. Elizabeta se sentó a su lado, sin devolverle la sonrisa y él se tensó al notar que algo andaba mal―. ¿Qué pasa?
―Arthur no está dispuesto a rescatar a Maddie.
Sadik hizo memoria, hasta que por fin recordó quién era exactamente Maddie.
―¿Qué va a pasar entonces?
―Dice que no podemos salvarla sin que nos descubran, por lo que va a tenerse que casar.
Sadik miró pensativo su jarra de cerveza, hasta que propuso con voz suave:
―Siempre podéis "secuestrarla" y llevarla de vuelta al barco.
―No podemos hacer eso así porque sí ―Elizabeta sacudió la cabeza, suspirando―. Aunque no me desagrada la idea. La cosa es pillarla cuando esté sola, cosa rara ya que es noble y siempre hay sirvientes en su casa ―rodó los ojos, recordando cuando ella vivía con su familia y había sirvientes en casa.
―Podría escapar de noche; tal y como hiciste tú una vez.
―Pero yo soy mucho más hábil para escaparme y cosas así. Maddie probablemente se partiría una pierna al escapar trepando por su ventana.
Sadik se pasó una mano por la cara, sin saber qué más decir para ayudar.
―¿Y Francis no dice nada?
―Francis está desesperado. Es quien más quiere rescatar a Maddie, pero no logra convencer a mucha gente para ello.
―Vaya mierda de tripulación, entonces.
Elizabeta frunció el ceño.
―No queremos sufrir más bajas, es por eso que nadie quiere hacer nada para que nos pillen.
―Si fueras tú la que estuviera en problemas yo no dudaría en hacer que te rescatáramos ―confesó con solemnidad.
La chica se sonrojó, sonriendo dulcemente, y asintió.
―Qué pena que Francis no sea tan convincente como lo eres tú.
Sadik sonrió de lado.
―Entonces sé tú la que convenza a todos para sacar a Maddie de allí. Siempre se te han dado bien las palabras. Aprovecha eso y consigue convencerles.
Elizabeta asintió, animada por las palabras del hombre. Desde que había salido de la Torre había pasado bastante tiempo hablando con él. Habían aclarado cosas de su pasado. Ella le había dejado claro qué clase de persona era realmente y no la que la gente iba diciendo por ahí; le mostró quién era realmente, y Sadik dejó de tener dudas respecto a ella.
Cuando salieron de la taberna ya estaba bastante oscuro. Elizabeta se abrazó a sí misma al notar el frío que hacía.
De repente, sintió un peso de más encima.
―Colócatela bien.
Sadik acababa de cederle su abrigo, sin mirarla. Ella le agradeció con un susurro y lo hizo.
―¿Tú no tienes frío?
El hombre sacudió con la cabeza, girándose a mirarla.
―¿Qué vas a hacer ahora?
―Supongo que volver a La Perla y hablar de nuevo con Arthur ―suspiró, pensando en qué iba a decir para intentar convencerle―. A ver si de camino se me ocurre algo que le parezca bien.
Sadik asintió, pero no dijo nada.
―¿Qué vas a hacer tú? ―quiso saber la chica, girándose a él.
―Te iba a decir de quedarte conmigo ―susurró, mirándola intensamente.
Elizabeta sonrió, sintiendo algo bonito al oírle decir eso. Sin pensárselo mucho, ya que de hacerlo quizás se arrepintiera, se puso de puntas y juntó sus labios con los del turco dándole un tímido beso, quien para su sorpresa la rodeó de la cintura en un abrazo y profundizó el beso. Deseó poder alargar ese momento, pero sabía que no podía ser. Con muy pocas ganas se separó, dando un último beso corto al hombre.
―He de volver.
Sadik asintió.
―Mañana nos vemos aquí a primera hora de la mañana entonces.
―Lo intentaré. No puedo prometer nada estando las cosas como están―
―Lo sé ―la cortó Sadik―. Lo digo para que hablemos también sobre nosotros, Elizabeta.
Las mejillas de la chica volvieron a tomar color, aunque la oscuridad de la noche no reveló mucho.
―Está bien. Hasta mañana ―se despidió la castaña antes de girarse e irse.
El hombre asintió, viendo cómo la chica desaparecía por las oscuras calles de la zona.
Al darse cuenta de que ya no pintaba nada allí, Eir se fue sin ser notada. Echó una fugaz mirada a Mathias y salió de la habitación. Posiblemente era la última vez que se vieran, según habían acordado…
―Mira, te ayudaré. Pero con un par de condiciones.―Al ver que el danés se callaba, dispuesto a escucharla, la chica siguió hablando, con voz firme―. La primera, harás todo lo que yo te diga. Yo trazaré un plan que deberás seguir al pie de la letra si quieres que esos dos salgan con vida. Y segunda… No volverás a hablarme nunca más. Será como si nunca nos hubiéramos conocido. Y cuando nos volvamos a cruzar simplemente me ignorarás, como si fuera alguien más.
―P-Pero no eres alguien más.
Mathias no podía dar crédito a lo que escuchaba. No podía simplemente acordar eso. No podía ignorarla ni tratarla como si fuera alguien más. Era algo que simplemente se salía de sus esquemas. No podía cortar de raíz una relación que consideraba tan importante en su vida, a pesar de que las cosas no les hubieran ido bien en los últimos años. Sin embargo, Eir parecía no verlo así. Y aunque Mathias podía llegar a entenderlo, no podía resignarse.
―Esas son mis condiciones ―se cruzó de brazos, abrazándose a sí misma inconscientemente―. O las aceptas o no hay trato.
Mathias la miró devastado durante unos momentos. Quería decirle tantas cosas todavía. Tenía que aclarar tantos malentendidos... Pero la vida de sus amigos estaban en peligro por lo que no le quedó más opción que agachar la cabeza en señal de sumisión y aceptar. Con una bocanada de aire, alzó la mirada y la observó con los ojos cargados de tristeza.
―Está bien.
Eir apretó los labios, intentando que sus sentimientos no la traicionaran en ese momento. No sabía por qué había pedido eso, ya que llevaba cierto tiempo pensando en perdonar a su antiguo amigo… Era rencorosa y no podía hacer nada para evitarlo, pero de alguna manera quería volver a recuperar su amistad con Mathias, cosa que en esos momentos ya era imposible. Ella misma había dejado que el rencor y el odio vencieran y, a pesar de que se arrepentía de su trato tan radical, ya no podía hacer nada para solventarlo. Su orgullo se lo impedía por lo que ignoró esos sentimientos de culpa y se dirigió a su barco. Empezó a correr, queriendo llegar cuanto antes y entretenerse con cualquier otra cosa que no fuera pensar en el danés y en su arrepentimiento por haberle pedido algo tan doloroso. Sin embargo, apenas había corrido cien metros cuando oyó cómo esa voz tan conocida la llamaba. Luchó contra la idea de pararse y continuó corriendo, alejándose, pensando que no era más que producto de su imaginación. Pero cuando una mano la agarró fuertemente por el brazo, haciéndola parar de golpe, supo que era real; que Mathias no había cumplido la segunda condición.
―¿¡Pero qué demonios te pasa!? ―gritó, intentando zafarse de su agarre; en vano, ya que él era mucho más fuerte.
―No puedes irte así como así ―neceó Mathias con un toque de desesperación en la voz.
―Acordamos que después de esto no volveríamos a tratarnos más.
―¡Pero obviamente teníamos que despedirnos!
―¡No! ¡Se sobreentiende que cortamos toda relación y si nos despedimos va a ser imposible hacerlo!
―No puedo simplemente ver cómo te vas completamente de mi vida, Eir ―bufó―. Necesito despedirme de ti.
―Soy yo la que ponía las condiciones, no tú, imbécil.
En vez de responder verbalmente, Mathias tiró de la chica hacia él y la envolvió en un abrazo. Tomada por sorpresa, a Eir le tomó unos segundos reaccionar. En vez de apartar al chico, como habría hecho en cualquier otra ocasión, la noruega se dejó abrazar, pensando que ese sería el último abrazo que recibiría del danés. Tímidamente le correspondió hasta que a los pocos momentos se encontró a sí misma devolviéndole el abrazo. Estuvieron así largo rato, hasta que…
―¡Tú!
La grave voz les hizo dar un respingo, soltándose y girándose. A pocos pasos de ellos se encontraba Govert, con su típica cara de pocos amigos. Solo que esta vez se le notaba realmente cabreado.
―¿Qué haces tú aquí? ―preguntó Eir con molestia. Nunca se había llevado del todo bien con los miembros de la tripulación de El Clavel (para ser sinceros nunca se había llevado del todo bien con la gente; solo disfrutaban de ese privilegio contadas personas) y Govert, con su personalidad tan cerrada, nunca le había inspirado confianza.
―Al parecer no has sido lo suficientemente silenciosa y nos hemos enterado de tu traición ―casi escupió las palabras, taladrando a la chica con la mirada.
―¿Traición? ―Eir alzó una ceja, fingiendo no saber de qué hablaba. La verdad es que hasta fue creíble. La chica era una experta en esconder sus emociones y hasta en momentos críticos como ese era capaz de fingir calma y tranquilidad cuando realmente no era así.
―No te hagas la tonta; él es la prueba ―señaló a Mathias, quien se había quedado atrás en silencio. No sabía si intervenir o quedarse al margen. Decidió dejar a Eir solucionarlo ya que él era capaz de meter la pata y cargarse todo.
―¿La prueba? ¿La prueba de qué? De que tengo vida privada será, cosa que tú desconoces.
Mathias sonrió divertido y le puso una mano en el hombro.
―Tiene razón. Además, estábamos en medio de un asuntillo importante, así que si nos disculpas―
―Me importa una mierda lo que estuvierais haciendo ―le cortó el holandés, fulminándole con la mirada―. Pero aquí he venido con un firme propósito y no me iré hasta que lo cumpla.
―¿Qué propósi…? ―empezó Mathias, pero no tuvo tiempo de acabar la pregunta al ver cómo todo sucedía en cuestión de segundos.
Govert se llevó la mano a una de las dagas que siempre llevaba con él y la lanzó con todas sus fuerzas hacia la chica, acertándole en un brazo.
Mathias pegó un grito al observar la escena, sin poder hacer nada antes de que Eir emitiera un chillido de dolor y cayera de rodillas al suelo llevándose la mano del brazo contrario a la herida y quitándose la daga rápidamente, sin poder aguantar otro grito.
―¡Eir!
Se agachó junto a ella y se apresuró a vendarle la herida para intentar parar la hemorragia con un trozo de su camisa.
Govert miraba la escena asqueado, a un lado. Pensó en atacar de nuevo, pero no tenía ganas de provocar un escándalo y así hacer que les descubrieran a él y a su tripulación y fueran tras ellos. Bastantes problemas habían tenido ya en el pasado como para arriesgarse a otro más. Supuso que eso le serviría a Eir de escarmiento, si es que sobrevivía, y se dio la vuelta antes de decir:
―Eso es lo que le pasa a las traidoras como ella.
Mathias le miró con ira en los ojos y con unas insanas ganas de ir tras él y hacer justicia por lo que acababa de hacerle a la chica. Sin embargo, solo atinó a desearle palabras de muerte que a Govert no podían importarle menos; bastantes había escuchado ya en su vida como para estar inmune a esos ataques verbales que juraban venganza o muerte.
―Mathias…
El chico volvió a centrar rápidamente toda su atención en Eir, quien había acallado sus ganas de gritar pero se estaba volviendo cada vez más y más débil.
―Ven, te llevaré con Toris.
Eir no se sintió ni con fuerzas de preguntar quién era ese tal Toris. Se dejó tomar en brazos e intentó regularizar su respiración. Pensó que había salido de otras situaciones peores, tal y como se podía deducir por algunas cicatrices que adornaban su cuerpo, para darse ánimos en lugar de sumirse en la incertidumbre de qué pasaría si no llegaban a tiempo a ese tal Toris.
Por su parte, Mathias corría lo más rápido que sus piernas le permitían con la chica en brazos, haciendo caso omiso a las miradas que les echaban la gente. Solo pensaba en llegar cuanto antes a La Perla, donde esperaba por todos los medios que Toris, el médico de la tripulación, pudiera hacer algo por ella.
―Maddie. ¿Me acompañas?
La chica asintió desganada a la pregunta de Alfred, poniéndose en pie y pasándose una mano por el pelo. No había nada de interesante en su casa y estar encerrada en ella le hacía recordar que su destino no se podía cambiar. Que iba a casarse obligada con Iván y que no podía hacer nada por evitarlo. Ni siquiera naufragar y entrar en un barco pirata la habían salvado.
Maddie decidió que lo mejor sería airearse e así aparcar sus problemas durante un rato, los cuales no paraban de agobiarla desde el día anterior, cuando se había separado de Francis para volver a la cárcel que suponía su casa donde su padre preparaba de nuevo todo lo relacionado con la boda.
Alfred tomó a su hermana del brazo y tras despedirse de su padre, salieron a la calle.
El mayor empezó a hablar de cosas que realmente eran irrelevantes, y Madeleine no tardó en dejar de prestarle atención. De hecho, después de lo ocurrido con Francis no había prestado mucha atención a nadie. Se sentía traicionada y por el momento no le interesaba saber nada sobre nadie. Necesitaba sanar las heridas de su corazón antes de poder seguir adelante.
De repente Alfred la tomó con fuerza de la mano y empezó a correr hacia el río, sin detenerse a resolver las preguntas que su hermana le hacía.
―¿Pero qué demonios te pasa? ¿Qué pretendes? ―quería saber Maddie entre jadeos. Esa actitud no era normal en su hermano. Cuando algo le llamaba la atención y la arrastraba con él a donde fuera solía decir con ganas lo que ocurría. Sin embargo, Maddie no recibió más que absoluto silencio a sus preguntas.
Al final llegó un momento en el que Alfred se paró, buscando algo o alguien con la mirada. Soltó a su hermana de la mano quien tuvo que sentarse en un banco cercano a recuperarse de la carrera que Alfred le había obligafo a correr.
―¿Se puede saber qué te pasa, Al? Me vas a matar a este paso.
―Salvarnos la vida; concretamente de esta que nos espera si nos quedamos en Londres ―respondió entonces Alfred, girándose a ella. Había decisión en su mirada y Madeleine nunca lo había visto tan convencido de algo en su vida como en ese momento.
―¿Qué…?
Pero Alfred no le dio opción de continuar preguntando ya que se acercó a ella y la tomó del brazo.
―Alfred, espera, por favor. Apenas estoy recuperando la respiración.
―Venga, aguanta un poco más y te prometo que podrás descansar.
Maddie le echó una mirada lastimera pero su puso en pie. Alfred esta vez no fue corriendo y ayudó a su hermana a llegar hasta el embarcadero.
―No hagas preguntas ―se giró a ella, mirándola seriamente―. Y si te preguntan lo que sea, no respondas.
Madeleine asintió la cabeza, obediente, pero queriendo saber a qué se debía todo eso. Debía ser algo realmente importante como para que Alfred se comportar así, y creía saber por donde iban los tiros, pero aún así quería una explicación.
Consiguieron subirse a una pequeña embarcación que los llevó río abajo. Durante todo el trayecto Alfred se mantuvo callado, echando furtivas miradas hacia la orilla, como si temiera que les pudieran estar siguiendo. Tras unos largos minutos de trayecto Alfred relajó el semblante, sonriendo suavemente.
―Ahí está ―murmuró, mirando hacia un pequeño embarcadero en el que había poca gente reunida.
―¿Ahí está quién? ¿O el qué? ―preguntó Madeleine con curiosidad, intentando distinguir a las personas.
―Ya verás ―respondió simplemente el mayor, con seguridad.
Madeleine asintió, resignada. No le quedó más que esperar hasta que, cuando fueron a desembarcar, se llevó una sorpresa al reconocer a la última persona a la que querría ver en ese momento.
―¿Francis?
El nombrado se acercó a la chica y le tendió una mano para ayudarla a salir de la barca. Sin embargo, nunca llegó a ser tomada por la joven, quien lo hizo con la ayuda de su hermano, quien ya se había adelantado él solo.
―¿Maddie? ―preguntó Francis extrañado. Miró a Alfred, quien le indicó con la mano que en seguida le explicaría―. ¿Qué ocurre?
―¿Que qué ocurre?
La voz le salió cortada. Intentando no echarse a llorar, Madeleine le encaró. No podía estar ocurriendo eso. Francis no podía ser tan estúpido como para no darse cuenta de que las cosas estaban muy mal entre ellos, básicamente porque él había demostrado que le daba igual lo que le pasase a ella.
―Ocurre que me dejaste ir. Me prometiste que me ayudarías a impedir mi compromiso con Iván pero a la primera de cambio dejaste que mi padre me llevara ―se le quebró la voz―. Dejaste bien claro que solo te importaba mientras estaba en el barco. O quizás ni eso, solo pretendías fingir que te importaba...
―Maddie, escúchame. Antes que nada―
―No es este el mejor lugar ni el mejor momento para que resolváis esto ―les interrumpió Alfred, tomando a su hermana del brazo y comenzando a andar a paso rápido, siendo seguido por Francis.
―¿A dónde vamos? ―preguntó la chica, limpiándose disimuladamente las lágrimas que se le habían formado y decidiendo ignorar a Francis quien iba tras los hermanos con muchas ideas bullendo en la cabeza, sin saber por dónde empezar a explicarle a Maddie cuán equivocada estaba. Pero Alfred tenía razón, ya tendrían momentos de solucionar las cosas cuando tuvieran la certeza de que estaban a salvo.
―Nos vamos de aquí ―respondió su hermano con simpleza.
Como Madeleine había supuesto, fueron hasta La Perla, donde les recibieron con alegría al ver que habían podido volver al barco. A fin de cuentas Elizabeta había resultado ser convincente y junto a la presión de Francis y Alfred (a quien se sentía incapaz de negarle nada, más aún si hablaban del bienestar de su hermana) había conseguido que Arthur cambiara de planes y se decidiera a esperar a que toda la tripulación estuviera al completo antes de partir cuanto antes de la capital británica.
Arthur dio órdenes de zarpar y hasta que no estuvieron alejados de las costas inglesas el capitán no se sintió relajado. Se acercó a los recién llegados y se alegró al ver a ambos hermanos sanos y salvos.
―¿Dónde está Mathias? ―inquirió al no divisar a su amigo en la cubierta.
―Han herido a su amiga y está con ella.
―¿No era de El Clavel? ―preguntó Madeleine, confusa.
Arthur asintió.
―Pero se estaba muriendo y Mathias la trajo aquí con la esperanza de que Toris pudiera hacer algo por ella.
―¿Y ha podido? ―quiso saber Alfred, esperando por su amigo que sí.
―En efecto, parece que no conocéis a Toris ―sonrió de lado el capitán, sintiéndose orgulloso del médico del barco.
Alfred soltó un suspiro de alivio con eso y se dispuso a contarle a Arthur cómo había sido la escapada, cómo el plan se había realizado de manera exitosa. Todos escucharon con atención hasta el final, contentos de poder haber salido una vez más de Londres sin haber tenido ningún problema grave (más allá del incidente en la Torre de Alfred). Cuando Alfred se calló al terminar el relato preguntó con curiosidad al capitán.
―¿A dónde nos dirigimos ahora?
―Lejos de Londres ―Arthur hizo una mueca de asco―. Eso seguro.
―O sea, es lo que más nos conviene a todos ahora mismo ―añadió Feliks, echándole una mirada de circunstancias a él y a Maddie.
Por su parte, Francis se había acercado a Madeleine y le había puesto una mano en el brazo, intentando disimular su nerviosismo. Maddie sintió un escalofrío pero no se apartó, interrogando al de ojos azules con la mirada.
―Necesito que me escuches, por favor.
Madeleine le miró indecisa. Ante esto Francis insistió:
―Te debo una explicación, lo creas o no.
No le quedó más opción que suspirar y aceptar. Creía que todo el mundo debía tener una oportunidad de explicarse, por más que esa persona le hubiera hecho mucho daño.
―Está bien.
―Vamos a mi camarote y ahí te cuento mejor. Aquí hay oídos en todas partes ―dijo, mirando de reojo a Feliks, quien aparentemente estaba escuchando algo que le decía Elizabeta.
Madeleine asintió, siguiendo al francés hasta su camarote, donde Francis se quedó de pie, mientras que ella tomaba asiento en la silla del escritorio.
―¿Y bien? ―habló ella, al ver que Francis se pasaba las manos por el pelo, sin saber bien por dónde empezar.
―Para comenzar, necesito que sepas que te dejé ir como parte de un plan. ¿Sabes? Si hubiese insistido, tu padre me podría haber denunciado o llevado ante la justicia, ya que habría acabado sabiendo qué era yo realmente, por lo que no nos convenía ni a ti ni a mí. Es por eso que pensé que lo más inteligente sería hacerle creer que te dejaba ir. Nada más separarnos fui corriendo en busca de tu hermano, a quien por cierto me costó mucho tiempo encontrar. Juntos ideamos un plan que rápidamente le contamos a Arthur, y le pareció bien. Éste era, básicamente, lo que acabamos de hacer; "secuestraros" a ti y a tu hermano mientras vuestro padre cree que estáis dando una vuelta por la ciudad. Cuando se dé cuenta de que faltáis será demasiado tarde.
Madeleine fue escuchando atentamente todo el relato del francés, sin poderse creer cómo había podido pensar así de él.
―Yo… ―musitó la joven, sin saber qué decir. Se sentía tan tonta por haber actuado como si fuera el fin del mundo por algo que de hecho solo había estado en su mente…
―No, aún hay más―la cortó el de ojos azules, sonrojándose levemente―. Verás… Cuando te rechacé el otro día no fue porque no correspondiera tus sentimientos exactamente, sino porque soy un imbécil.
―¿Q-Qué? ―preguntó, sonrojándose al recordar la vergüenza que había pasado en aquel momento.
―Me di cuenta con todo el juego de Antonio que correspondía tus sentimientos, a pesar de que no quisiera aceptarlo.
―¿Y por qué no querías aceptarlo?
―Por mi estilo de vida―suspiró―. Doy por hecho que cualquier día me van a atrapar y voy a ir a una muerte segura. Es por eso que no quiero enamorarme de nadie y que ese alguien me corresponda, ya que le haría sufrir. Sin embargo, desde que te conocí me he dado cuenta de que esto merece la pena. Aunque pueda ser durante poco tiempo, merece la pena estar al lado de alguien que te quiere de una manera tan sincera y fiel.
―Oh, Francis…―susurró Madeleine, levantándose y acercándose a él―. Eso es muy duro… ¿Y qué piensas ahora de eso?
―¿Ahora? Creo que he sido un idiota ―soltó una pequeña risa, sacudiendo la cabeza.
―Pero estás a tiempo de dejar de serlo…―dejó caer la muchacha, desviando la mirada al suelo y notado cómo sus mejillas adquirían color.
Francis sonrió tiernamente y avanzó un paso hacia ella, alzando la mano para acariciarle la mejilla, haciendo que ella se sobresaltase y alzara la mirada.
―¿Podrás perdonarme?
―N-No hay nada que perdonar…
Francis sonrió, aliviado, antes de dar ese paso que Madeleine llevaba meses deseando; como en un sueño, la chica sintió cómo Francis pegaba sus labios a los suyos. Era como se lo había imaginado, o incluso mejor.
Cuando se separaron Francis dejó su frente apoyada en la de ella, relamiéndose discretamente los labios, aún sin abrir los ojos. Realmente merecía la pena estar con ella, fuera por unas semanas o por unos meses. Incluso años. Sabía que había hecho la elección correcta al aceptar sus sentimientos.
―¿Al final en qué ha quedado la cosa?
Elizabeta se calló de golpe lo que estaba diciendo (sobre cómo había conseguido convencer a Arthur para esperar a Maddie y hacer que Alfred la trajera) y se cruzó de brazos, molesta de que Feliks no considerara eso importante y fuera al grano.
―¿La cosa? ―fingió no tener ni idea solo para alargar el momento en que tuviera que confesar.
―Pues tu cosa con Sadik ―precisó el polaco, sonriendo con diversión.
Elizabeta soltó un suspiro y contestó con fingida indiferencia.
―Pues ahí está.
―Pero os habéis vuelto a separar ―hizo notar el rubio.
En efecto, Elizabeta y Sadik habían llegado a la conclusión de que, después de todo lo que había ocurrido, lo mejor sería estar separados. No porque ellos así lo quisieran. Al contrario, ahora que al fin habían podido aclarar las cosas no deseaban otra cosa más que estar con el otro y recuperar el tiempo perdido. Sin embargo, era peligroso.
―Ya has visto cómo ha acabado Eir, la amiga de Mathias. ¿Quieres acaso verme así también? ―preguntó con brusquedad.
Feliks hizo una mueca, sacudiendo la cabeza.
―Eir está muy bien para lo que le podía haber pasado.
Y era verdad. Mathias había conseguido llegar a tiempo y tan pronto como puso un pie en La Perla llamó a Toris quien se ocupó enseguida de las heridas de la noruega. En esos momentos descansaba en el camarote de Mathias, quien le hacía compañía y no se había separado de su lado desde que Toris hubo finalizado de coser el corte que la daga había provocado. Habían tenido tiempo de sobra para solucionar todos los malentendidos que tenían y por fin volvían a estar juntos.
―Ya. Pero ahora los de El Clavel están totalmente en su contra.
―¿Y tú nos harías eso a nosotros? ―preguntó Feliks con malicia.
―¡No digas tonterías! Sería Sadik quien dejase a su tripulación, ya lo hemos hablado. Pero es lo que te he dicho, todavía no es el mejor momento. Ya cuando pase un tiempo y nos volvamos a encontrar... ―dejó la frase en el aire sin poder evitar sonreír al pensar en el próximo encuentro que tuvieran.
Feliks también sonrió, esta vez una sincera que no tenía ningún resquicio de maldad, ya que solamente había querido quedarse con la chica, a quien consideraba una buena amiga.
―Entonces solo te queda esperar. Con suerte no será una espera muy larga.
―Si a Antonio le da por seguirnos la pista, lo dudo ―rió, sin preocuparse en esos momentos por lo que podía suponer que Antonio fuera tras ellos. Además, volvería a ver a Sadik en ese caso: no todo era tan malo.
Fue entrada la noche cuando Arthur se dio cuenta de que apenas había tenido tiempo para estar a solas con Alfred desde que habían salido de Londres. Había estado demasiado ocupado intentando no meterse en líos para poder salir de la capital británica sin ningún problema. Afortunadamente, había sido así. Pero no había sido nada fácil. Salió de sus cavilaciones al escuchar cómo alguien llamaba a la puerta de su cabina con un par de golpes.
―Adelante.
Por la puerta entró un sonriente Feliks un pergamino en la mano.
―Esto es para ti ―el polaco le entregó el pergamino con una sonrisita de lado.
―¿Ahora eres el mensajero oficial de La Perla? ―bromeó el capitán sin levantar la vista del papel, abriéndolo y encontrándose con la inconfundible letra ilegible de Alfred, lo que hizo que sus latidos se aceleraran.
―Eso parece. Por cierto, Arthur ―le llamó por su nombre, cosa que no hacía casi nunca, solo cuando se trataba de cosas importantes, y el que Arthur estuviera demasiado atontado leyendo la nota de Alfred era una de ellas.
―¿Sí? ―preguntó, levantando la vista y centrándola en Feliks, intentando reprimir esa pequeña sonrisa que le causaba la nota en la que el más joven le pedía que hablaran de cosas importantes.
―A Alfred se le veía especialmente impaciente cuando me entregó eso ―señaló el pergamino, antes de soltar una carcajada y salir de la cabina.
Arthur se sonrojó inevitablemente, pero en vez de soltar alguna grosería como hubiera hecho en cualquier otro momento, se resignó a negar con la cabeza.
Terminó de colocar todos los pergaminos que había esparcidos por el escritorio y salió de la cabina. Ya no quedaba casi nadie fuera en la cubierta a causa del frío notorio que hacía por las noches. A pesar de esto, consiguió ver a Alfred al final, apoyado en la baranda y observando las estrellas. Se acercó silenciosamente por detrás y cuando estuvo a pocos metros de él le metió un susto, provocando un grito seguido de unas cuantas maldiciones por parte del menor.
―¿Te crees muy gracioso? ―preguntó ofendido el de ojos azules al ver cómo Arthur se partía de la risa.
―Creo que es divertido verte en esas.
Alfred rodó los ojos, dándole la espalda y volviendo a su posición inicial. Cuando Arthur hubo terminado de reír se acercó de nuevo al menor, apoyándose en la baranda cerca de él.
―¿Crees que esta vez ya nos saldrán bien las cosas? ―preguntó Alfred dejando las risas a un lado, suspirando.
―¿A qué te refieres?
―A Maddie y a mí… Y a nuestro padre.
―¿Es tu padre realmente? ―Arthur enarcó una ceja.
―Bueno, padrastro. Tú me entiendes. Solo que... ahora que sabe que estamos vivos y que además conoce a Francis quizás vaya detrás de nosotros.
―Sin ofender, pero ese hombre, por lo que me has contado, no tiene ni idea del mar ni de nuestra forma de vida. Si intentara venir tras nosotros acabaría muerto a los pocos días.
―¿Pero y si enviara a alguien? ―preguntó con una preocupación más que evidente en la voz.
―No lo sé, Alfred―suspiró el de ojos verdes―. Pero el caso es que no dejaría que os llevaran de vuelta a Londres fácilmente ―aseguró, mirándole con decisión.
Alfred sonrió ligeramente antes de asentir, relajándose inconscientemente.
―Tienes razón ―afirmó antes de que el silencio se instaurara entre ellos. No uno tenso ni incómodo en el que ambos buscaban palabras que decir para acabar con él, sino uno agradable con el que sólo dos personas con la suficiente confianza eran capaces de sentirse a gusto.
―Por el momento lo que vamos a hacer ahora es tomarnos las cosas con calma, demasiado jaleo hemos tenido últimamente ―musitó Arthur sonriendo con una de esas sonrisas sinceras que raramente esbozaba.
Alfred le devolvió la sonrisa, asintiendo con seguridad. Después de todo confiaba en Arthur, mucho más de lo que una vez pensó que llegaría a hacerlo. Sin embargo, a lo largo de esas últimas semanas el capitán le había dado razones de sobra para hacerlo.
―Vamos a explorar nuevos horizontes ―añadió Arthur, con un brillo de decisión en los ojos.
La aventura no había hecho más que empezar.
FIN
N/A: Antes de nada, ¡Gracias por leer hasta aquí! La verdad es que me sorprende si todavía alguien se acuerda de esta historia XD En cuanto a por qué he tardado tanto en actualizar... no tengo excusa, se me fue la inspiración por completo y cuando volvió simplemente me dio pereza continuar. Apuntaba ideas para esta historia y me decía que algún día la continuaría. Finalmente he podido dejar de lado la pereza para poder seguir escribiendo y ponerle punto y final a esta historia. Quería meter bastante drama pero al final me he rajado xD Quería darles en happy ending en la medida de lo posible... En fin, muchas gracias a todos los que habéis seguido la historia, la habéis marcado como favorita y/o comentado, en serio, ¡muchísimas gracias! Sobre todo a quienes siguen aquí desde el principio, muchas gracias por la paciencia y espero que la espera os haya valido la pena jajaja
