Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 19

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—Probablemente, esto sea inútil dijo Ino.

Estaban en el estudio, una pequeña habitación en la que Hoshigaki había almacenado toda clase de libros de contabilidad, archivos y diarios. Ino le había explicado a Suigetsu que el duque solía encerrarse allí durante horas.

—Se remontan a hace muchos años.

Suigetsu levantó la mirada de un libro de contabilidad que contenía los movimientos del año en que Yahiko fue a verlo. Ino estaba sentada en un sofá, cerca de la ventana, y el sol proyectaba un halo a su alrededor. Él nunca había creído en los ángeles, pero no podía negar que allí sentada, tenía una apariencia bastante angelical. No parecía una mujer a la que hubieran poseído con ardiente pasión aquella misma mañana, antes de llamar a su doncella.

—Aunque no encontremos nada, tengo que admitir que estoy fascinado por toda esta información. Me encanta ver la fluctuación del número de sirvientes que contrató, los sueldos que pagaba, los beneficios que recibía de sus distintas propiedades... Incluso las inversiones que hacía.

Ya sé que tengo la información actual, pero siempre es aconsejable estudiar las prácticas pasadas.

Ino esbozó una mueca y se estremeció.

—No irás a leerlo todo, ¿verdad?

—Quizá sí.

Ella miró a su alrededor y observó todos los libros que había en las estanterías y apilados en el suelo.

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—Aquí hay mucho desorden. Me pregunto qué haría aquí.

—Tal vez fueran sus predecesores los que dejaron todo este desorden y él estuviera intentando arreglarlo.

—Tal vez. Supongo que ahora todo esto le pertenece a Inojin.

Suigetsu inclinó la silla hacia atrás.

—¿Y cómo has llegado a esa conclusión, duquesa?

Ella le dedicó una áspera mirada.

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—Porque muchos de estos libros se refieren a propiedades ducales.

—Pero están en mi residencia. Piensa en el valor que crees que tienen. Lo negociaremos.

—No puedes hablar en serio.

Suigetsu se levantó, se acercó a ella y apoyó las manos sobre el respaldo del sofá, dejándola completamente atrapada.

—Muy en serio. Y creo que ese libro que tienes en las manos vale un beso.

Él apagó su risa posando los labios en su boca; en realidad, le estaba dando al libro mucho más valor del que en realidad tenía. Ino le devolvió el beso con la misma pasión y el pesado libro resbaló de su regazo y cayó justo sobre el pie de Suigetsu.

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—¡Maldita sea! murmuró, apartándose moviendo su accidentado dedo y pensando que era una suerte no habérselo roto.

Se agachó para coger el libro que se había caído y se quedó de piedra; su mirada quedó presa de unas palabras escritas con precisión con una elegante caligrafía.

Cogió el libro muy despacio y se sentó junto a Ino.

—¿Suigetsu? ¿Qué ocurre? Parece que hayas visto un fantasma.

Él posó el dedo bajo las palabras e Ino se acercó para poder leerlas mejor.

—¿Tsukiko Kagesu? 15 de junio de 1815. Contratada como fregona a los doce años. Cinco guineas. ¿Qué pasa?

—Es el nombre de mi madre.

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Ino lo ayudó a buscar en los libros. Parecía completamente obsesionado. No podía culparlo, pero la preocupaba verlo tan ensimismado.

—Suigetsu, tal vez no se tratara de ella. Ni Tsukiko ni Kagesu son nombres poco habituales.

Él cerró el libro.

—No encuentro ninguna nota de la que pueda deducir cuándo se fue. Alguien tiene que saber algo.

—Eso fue hace treinta y seis años. La mayoría de sirvientes ya no están aquí, y los que siguen... No creo que se acuerden de una fregona. Posó la mano sobre la de Suigetsu. ¿Por qué te cambiaste el nombre?

—Porque no quería que me encontrara el hombre al que me vendió. Esbozó una amarga sonrisa. Me cambié de nombre varias veces hasta que me decidí por Hozuki.

—Sigo sin poder entender que te vendiera. En el jardín me dijiste que hiciste algo para perder su amor. ¿Qué hiciste?

—No lo sé. Cuando me dio el colgante me dijo: «Nunca olvi-Nunca olvides lo mucho que te quería, Suigetsu». Quería.Negó con la cabeza. Me había querido, pero ya no me quería.

—Yo no estoy muy convencida de eso.

—Sé muy bien lo que oí, muñeca.

—Eras un niño, Suigetsu. Él abrió la boca y ella posó los dedos en sus labios. Fue un error, porque empezó a besárselos. Escúchame.

Él asintió sin dejar de besuquearle los dedos.

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—Si tú me hubieras echado de casa, yo le habría dicho a Inojin: «Nunca olvides que te quiero». Porque yo seguiría mandándole mi amor desde cualquier sitio al que tú me hubieras mandado. Y porque esperaría volver a verlo. Pero si pensara que jamás lo volvería a ver, tal vez hubiera dicho «quería». ¿Crees que podía estar enferma? Quizá incluso... ¿muriéndose?

Suigetsu se quedó inmóvil, con los dedos de Ino aún sobre los labios.

—Recuerdo que tenía tos. Siguió sujetándole la mano, pero dejó caer la suya sobre su regazo. Cielo santo,Ino. Todos estos años he pensado que se quería deshacer de mí, que la había decepcionado por algún motivo. La soltó, se levantó y se acercó al escritorio. Ella parecía conocer a aquel hombre...

—¿Podía ser que él también fuera sirviente en casa de los Hoshigaki?

—No, no era ningún sirviente. Y tenía una casa muy grande.

—Tal vez no lo averigües nunca, Suigetsu.

—Jugo siempre ha disfrutado con los retos. Creo que esta noche le llevaré algunos de estos libros.

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Ino ayudaba a Inojin con un rompecabezas de madera mientras Moebi estaba en la cocina, tomando una taza de té. Cuando se abrió la puerta de la habitación, Suigetsu no entró, sino que se quedó en la puerta, apoyado en el marco y con los brazos cruzados sobre aquel pecho que ella había cubierto de besos la noche anterior. Ino se preguntó si su corazón latiría tan rápido como el suyo.

Ino se había ido al club por la mañana temprano y no había vuelto a tiempo de desayunar.

—¿Ha habido suerte con los libros?

Él negó con la cabeza.

—Karin y Jugo los están examinando.

—¿Quieres que te ayude a buscar un poco más?

—Tal vez más tarde.

—Entonces, ¿a qué has venido? ¿A interesarte por los progresos de tu protegido? le preguntó Ino.

—No exactamente contestó Suigetsu perezosamente.

—¿Querías verme?

La sonrisa de él era una blanca media luna que prometía todo tipo de placeres prohibidos.

—No exactamente repitió.

—¿Tengo que adivinar a qué has venido?

Suigetsu descruzó los brazos, entró en la habitación, se agachó y colocó en su sitio la última pieza del rompecabezas.

—Se acabó. ¿Os gustaría salir?

Ino lo miró y, antes de que ella pudiera hablar, él le puso un dedo debajo de la barbilla, como si fuera a hacerle cosquillas.

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—Ya sé que estás de luto dijo, pero es muy improbable que te vea nadie en el sitio al que quiero que vayamos.

—¿Y qué sitio es ése?

—El ferrocarril.

Inojin abrió los ojos de par en par.

—¿Con una locomotora?

—Naturalmente.

Ino miró a Suigetsu y frunció el cejo. ¿Cómo podía convencer a aquel hombre de que no dijera nada delante de Inojin hasta que lo hubiera consensuado con ella? Ahora Inojin se desilusionaría si no iban. O ella se vería obligada una vez más a ponerse aquella ropa de chico.

—Cientos de personas viajan en ferrocarril todos los días señaló.

—Así es, pero ahora tengo un vagón privado, y las únicas personas que viajaremos en él seremos tú, Inojin, Moebi y yo. Así que estarás separada de las masas.

—¿Has comprado un vagón de ferrocarril?

—Es una manera de verlo.

Ino lo miró entrecerrando los ojos.

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Suigetsu suspiró como si se le estuviera acabando la paciencia.

—Uno de mis clientes me debía una enorme cantidad de dinero. Me quedé con el vagón a cambio de liquidar la deuda, lo cual ha supuesto un estupendo acuerdo para él, porque el vagón vale menos de lo que me debía.

—Pensaba que eras mucho mejor negociador.

—He pensado que la diversión que nos podía proporcionar bien valía la pena.

—Pero tenemos que llegar hasta ese vagón de ferrocarril señaló Ino.

—Iremos de prisa. Además, la gente que te conoce no suele coger el ferrocarril.

—¿Adónde vamos?

—A Kirigakure. Bajaremos allí, nos remojaremos los pies en el mar y volveremos a casa.

—¿Vas a salir de Konoha? le preguntó ella.

Él se encogió de hombros.

—No creo que me vaya a gustar nada de lo que vea, pero tengo un poco de curiosidad.

—Por favor, mami dijo Inojin. Parecía tener tantas ganas...

Ino nunca había ido en tren y estaba tan emocionada ante la perspectiva como su hijo, pero lo que más la atraía era que estaría con Suigetsu la primera vez que éste salía de Konoha. Cuando por primera vez viera el mundo que se extendía más allá de aquella ciudad. Inspiró con fuerza.

—Está bien.

Cuando vio la satisfacción en los ojos de Suigetsu, Ino tuvo la sensación de que estaba accediendo a mucho más de lo que él le había pedido.

Suigetsu fue fiel a su palabra y los llevó hasta el vagón de ferrocarril a toda prisa. Su lacayo les dio una cesta llena de comida que podrían comer por el camino o bien en un picnic junto al mar. Ino se quitó el sombrero con velo y miró a su alrededor para admirar bien aquel vagón de tren que parecía más elegante que la casa de muchas personas.

—¿A quién pertenecía antes este vagón? preguntó ella.

—No me acuerdo.

Ella le dedicó una dura mirada y él le recordó con los ojos que debía guardar sus secretos. Ino fue amable y decidió olvidar el asunto.

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El vagón estaba muy bien equipado y tenía un sofá rojo justo en el centro, pero no se parecía a ningún sofá que ella hubiera visto antes. Tenía un respaldo curvilíneo y una zona para sentarse a ambos lados del mismo. Pensó que tenía mucho sentido, porque así no tenían que girar todo el sofá cuando las vistas eran mejores en el otro sentido.

Había dos sillones acolchados a cada lado de las ventanas en ambos laterales del vagón.

Tuvieron las cortinas cerradas mientras esperaban en la estación. Ino se sentó en uno de los sillones, mientras Suigetsu, que llevaba un chaleco rojo que hacía juego con la decoración del vagón, se sentaba en el otro con Inojin en su regazo. Moebi tomó asiento en uno de los sillones de la otra ventana.

Suigetsu estaba muy atractivo, aunque en realidad siempre lo estaba. A Ino le sorprendió lo natural que parecía para Inojin estar sentado con él. Su hijo no tenía ninguna reserva respecto a su tutor. Suigetsu se había ganado su confianza, pero lo cierto era que también se había ganado la de ella. En aquel momento, estando allí con Suigetsu, tuvo una sensación de familia que jamás había tenido con Hoshikagi.

Suigetsu levantó una esquina de la cortina y echó un vistazo fuera.

—Hay un montón de bolsillos esperando a que alguien los vacíe. Todo el mundo tiene prisa y está distraído; sólo piensan en el ferrocarril y en conseguir un asiento. Vaya, si el ferrocarril hubiera existido cuando yo era niño, podría haberme apropiado de un montón de carteras.

—Pero ahora ya no robas, porque te diste cuenta de que está mal apuntó Ino.

—No, yo no...

Ella carraspeó. Suigetsu frunció el cejo, la miró y luego miró a Inojin, que lo estaba observando completamente embelesado.

—Tienes mucha razón. Me di cuenta de que estaba mal.

—¿Me enseñarás? preguntó el niño.

Ino estaba sorprendida de lo rápido que había desaparecido el tartamudeo de Inojin. No sabía si atribuirle el mérito al perro o a Suigetsu. Tal vez los dos tuvieran algo que ver.

—No, chico. Tal como muy bien ha dicho tu madre, eso está mal. Sin embargo, sí que te puedo enseñar a tener unos dedos hábiles. Nunca se sabe cuándo podrían serte útiles.

Antes de que Ino pudiera decir nada, sonó el silbato y el vagón empezó a deslizarse sobre las vías. Suigetsu volvió a centrar su atención en el mundo que se extendía tras las ventanas. En seguida corrió las cortinas y ella se dio cuenta de que ya no se veía el andén. El tren avanzaba.

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Inojin trepó por encima de Suigetsu y se puso de rodillas sobre su regazo para pegar la nariz a la ventana. Había ido varias veces a la casa de campo en carruaje, pero nunca había prestado mucha atención al paisaje. En cambio, había algo en el tren que lo fascinaba.

—Es una vista muy distinta de Konoha dijo Suigetsu.

—No me puedo creer que no hayas salido nunca de la ciudad comentó Ino.

—Conozco Konoha y estoy muy cómodo allí. Nunca he tenido ningún motivo para salir.

—¿Por qué ahora?

—Porque he pensado que tal vez a Inojin le apetezca conducir un tren.

El niño soltó una exclamación y se dio la vuelta para mirar a Suigetsu.

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—¿Puedo conducirlo?

—Durante una de las paradas te llevaré hasta la locomotora. El maquinista te está esperando.

—¿No es un poco pequeño para eso? preguntó Ino.

—Estará bien. Moebi estará con él, y el maquinista lo ayudará a mantener la dirección correcta.

—No me puedo creer que deje que un niño...

Suigetsu le guiñó un ojo.

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—Ino, no hay nada que no puedan comprar algunas monedas.

—¿Y tú dónde estarás?

—Yo volveré y contemplaré el paisaje contigo.

Suigetsu no pudo evitar pensar que era muy extraño mirar por la ventana y no ver nada que no fueran campos verdes. No había casas, edificios, oscuridad ni suciedad. No esperaba que le gustara tanto. Tenía que reconocer que incluso se había puesto un poco nervioso al pensar que dejaría atrás lo que conocía. Aunque no pensaba admitirlo ante nadie que no fuera él mismo. Suigetsu no sabía lo que les deparaba aquel viaje. Sólo sabía que quería hacerlo.

El silbato sonó y el tren empezó a aminorar la marcha.

—Ya veo la siguiente estación exclamó Ino.

—Muy bien dijo Suigetsu. Se levantó con Inojin pegado a su cuerpo, como una especie de enredadera. En seguida vuelvo. Vamos Moebi.

—¿Estás seguro de que no pasará nada? preguntó Ino.

—Completamente.

Ella se puso de pie y besó a Inojin en la mejilla, envolviendo a Suigetsu en su dulce fragancia.

—Pórtate bien, Inojin.

—Sí, mamá.

Suigetsu salió a la plataforma y sostuvo la puerta para que Moebi pasara. Cruzaron el vagó , donde los pobres, expuestos a los elementos, viajaban por un penique el kilómetro y medio. Un poco más adelante, los sirvientes corrían por los vagones de segunda clase para atender las necesidades de sus señores, que viajaban en los vagones de primera.

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—Es muy generoso por su parte dejarme viajar en su vagón, señor dijo Moebi.

—Tonterías. Yo no creo que las personas que trabajan para mí sean inferiores en nada.

—Tengo que decirle que los sirvientes comentan que jamás han trabajado para alguien tan refinado, señor.

—Bueno, ya veremos lo que dices después de haber subido a una locomotora.

—En realidad, tengo muchas ganas. Me muero de ganas de explicárselo a mis hermanos.

Suigetsu vio al maquinista, que los esperaba junto a la locomotora. El hombre se pasó los dedos por el oscuro bigote; parecía querer asegurarse de que lo tenía limpio.

—Señor Wagarashi, éste es el duque de Hoshigaki.

El hombre hizo una leve reverencia.

—Su excelencia, ¿está usted preparado para conducir mi tren?

—Sí, señor.

—Su niñera, Moebi, se quedará con él.

El señor Wagarashi se tocó el sombrero.

—Señora.

—Señor.

Suigetsu pensó que nunca antes había visto a Moebi ruborizarse.

—Volveré a buscar al chico cuando lleguemos a la próxima estación.

—Muy bien, señor dijo el maquinista.

Suigetsu los dejó en la locomotora y observó cómo Inojin abría los ojos como platos. El precio del vagón y haber pagado por aquel privilegio extra le habían parecido un poco caros cuando lo decidió, pero en ese momento pensó que habían valido la pena.

Mientras volvía a su vagón privado, fue deslizando coronas en los bolsillos que se iba encontrando. Sí, unos dedos hábiles tenían muchas utilidades. Lo único que lamentaba era no estar allí para ver la cara que ponían al descubrir la inesperada moneda.

Abrió la puerta de su vagón, entró y sonrió cuando vio a Ino sentada en el sofá.

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—Ahí es exactamente donde te imaginé cuando adquirí el vagón.

Dejó la chaqueta en uno de los sillones y empezó a desabrocharse el chaleco.

—¿Qué estás haciendo? preguntó Ino.

—Aprovechando el tiempo que tenemos para estar solos antes de que lleguemos a la

próxima parada.

—No lo dirás en serio.

—Jamás en mi vida he hablado más en serio. Lanzó el pañuelo de cuello sobre el sillón sin darse cuenta de que resbalaba por la chaqueta y caía al suelo.

El silbato sonó y el tren empezó a tambalearse sobre los raíles.

—Supongo que un beso o dos... empezó a decir ella.

—Ya te he explicado mil veces que yo no soy la clase de hombre que se conforma con un beso.

—Pero... ¿aquí?

—Nadie puede vernos. Nadie nos oirá. Es nuestra pequeña habitación privada. La única

diferencia es que va sobre raíles.

—Pero se mueve mucho.

—Así será más divertido. Se acercó a ella riendo y empezó a mordisquearle la oreja. No sé por qué discutes conmigo. Sabes que quieres hacerlo.

—Sí quiero suspiró ella. Sí quiero. Pero mi ropa...

Sus dos palabras favoritas.

—Nadie lo sabrá.

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Suigetsu no se podía creer que, la primera vez que la vio, pensara que llevaba demasiados botones como para molestarse en desabrocharlos. Teniendo en cuenta el delicioso cuerpo que se escondía debajo, el esfuerzo valía la pena, y gracias a la habilidad de sus dedos conseguía desabrocharlos muy de prisa. No pensaba quitarle toda la ropa, porque no creía que tuvieran tiempo. Pero sí podía aflojar algunos lazos para poder cogerle un pecho y deslizar el pulgar por aquel precioso pezón rosa. Posó la boca sobre los labios de Ino: estaba encantado de cómo ella abría la boca y dejaba que su lengua jugara con la suya.

Mientras la recostaba un poco en el sofá, se dio cuenta de que los dedos de ella habían adquirido tanta habilidad como los suyos, porque no se había dado ni cuenta de que le habí los botones hasta que empezó a quitarle la camisa.

—No tenemos tiempo para quitárnoslo todo, cariño murmuró, antes de volver a besarla.

Entonces, Suigetsu bajó la mano y le subió la falda hasta que le quedó alrededor de su cadera. Deslizó los dedos por su muslo deleitándose en aquella aterciopelada sensación. Luego, subió un poco hasta el preciso lugar donde aguardaba su calidez femenina.

Ella gimió y se arqueó debajo de su cuerpo. Suigetsu se desabrochó los pantalones, liberando su erección con un rugido. La ropa no era ningún obstáculo para Ino, y Suigetsu en seguida notó cómo deslizaba las manos por su piel. Ninguna mujer lo había tocado nunca como lo hacía ella, como si apreciara como nadie cada centímetro de su cuerpo. Una noche, lo había besado desde sus grandes y horribles pies hasta la fea cicatriz que tenía en la cara: un recuerdo de la mañana en que Ino lo atacó con un atizador. No importaba por dónde empezara a besarlo, siempre se detenía allí, y Suigetsu se preguntó si aquél siempre sería su destino final, si aquella cicatriz sería un recordatorio de un tiempo durante el que la confianza entre los dos no había sido fácil, un tiempo en que él intentaba que no llegaran a alcanzarla.

Ahora, era incapaz de recordar los motivos por los que había sido tan reticente a que hubiera algo entre ellos. En algunos sentidos, parecía como si todo eso hubiera ocurrido años atrás; en otros, parecía que hiciera sólo unas horas. Teniendo en cuenta la gran cantidad de molestos relojes que tenía Ino, el tiempo debería ser la única cosa que permaneciera estable entre los dos, pero todo parecía querer cambiar.

La opinión que tenía de ella, el deseo que sentía por ella.

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Normalmente, no era un hombre impaciente. En la calle había aprendido que las mayores recompensas se cosechaban con paciencia, pero le había costado muchísimo esperar a que llegara el momento de llevar a Inojin y Moebi a la locomotora. Ahora estaba con Ino, los dos solos, y el tiempo volvía a escaparse.

Ella le estaba suplicando que la poseyera. Su modesta Ino, su formal Ino, lo estaba animando a que llegara hasta el final. En aquel sofá apenas había espacio y Suigetsu tuvo que poner las piernas de ella alrededor de su cintura y apoyar un pie en el suelo para poder darse impulso y conseguir el ángulo necesario, pero por fin se pudo deslizar en su interior y sentir aquella cálida y sedosa humedad.

La embistió con fuerza; el movimiento del tren susurraba en los confines de su mente y le proporcionaba un ritmo que él aceptó en seguida. Por algún motivo, pensó en la gente que viajaba en el vagón descubierto. Posó los labios sobre la boca de Ino para absorber su grito mientras su cuerpo se tensaba, latía y palpitaba alrededor de su miembro. Fue cuanto necesitaba. Suigetsu se echó hacia atrás y un intenso placer casi doloroso lo recorrió de pies a cabeza. Con Ino siempre conseguía más de lo que había tenido, más de lo que había conocido.

Con ella todo era diferente. Todo era mejor.

Cuando apoyó la cara en su hombro oyó el silbato del tren, que indicaba que pronto llegarían a la siguiente estación.

—Maldita sea.

La mano de Ino descansaba junto a su mejilla, laxa, como si no le quedara ni una gota de energía.

—No sé si esto ha sido una muy buena idea o una muy mala dijo ella.

Suigetsu se incorporó y luego se agachó para robarle un rápido beso.

—Una buena idea.

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Ino estaba sentada sobre una manta y observaba cómo Inojin, descalzo, se acercaba al mar para mojarse los pies y luego salía corriendo de nuevo, mientras Moebi lo vigilaba.

—Tendríamos que haber traído a Inuji dijo Ino.

—Lo haremos la próxima vezcontestó Suigetsu.

Estaba acostado junto a ella, apoyado sobre un codo y disfrutando de una copa de vino. Hacía poco que se habían acabado la comida y Suigetsu estaba decidido a no tener que cargar con el vino de camino a casa.

—¿Por qué no querías que tuviera perro? preguntó.

Ino observó la manta.

—Cuando era niña tenía un perrito. Lo quería muchísimo. Una mañana, me levanté y estaba muerto. Yo no tenía consuelo. Siempre sospeché que mi hermano lo envenenó.

—¿Yugakure?

—Sí. Claro que por aquel entonces no era Yugakure. Aunque siempre fue un abusón. No puedo decir que me entristeciera especialmente que muriera. Sin embargo, lloré. No lo paso bien cuando alguien muere. Miró a Suigetsu. Y ya que estamos haciéndonos preguntas personales, ¿por qué te preocupas tanto por el dinero?

—Preguntarte por un perro no me parecía tan personal.

—El dinero lo es todo para ti insistió ella.

—En realidad, no lo es, porque si fuera así, no tendríamos el vagón privado para poder escaparnos de vez en cuando.

—Pero sí que te parece muy importante.

—Por supuesto. Para los que crecimos sin él, el dinero es muy importante. Te permite protegerte de las personas que quieren hacerte daño.

—¿Quién querría hacerte daño a ti?

Él le dio vueltas al vino en su copa.

—Ahora ya nadie podrá hacerme daño nunca. Miró hacia el mar, donde Inojin salpicar a Moebi, que se reía. ¿Le prestaba su padre mucha atención?

—En realidad, no. El día que nació, me dio las gracias por haberle dado un heredero, pero ahora me doy cuenta de que probablemente me estaba dando las gracias porque ya no tenía que volver a mi cama.

Suigetsu volvió la cabeza para mirarla.

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—No lo dices en serio.

—Creo que sí. Al mirarlo con la perspectiva adecuada, me cuesta poco darme cuenta de que era un hombre muy triste.

—Yo pensé lo mismo cuando lo conocí.

Ino lo miró sorprendida.

—¿Lo conociste en tu club?

Suigetsu alargó el brazo, le cogió la mano y le besó los dedos.

—No, hace muchos años, en el jardín de los Uchiha. Creo que eran amigos y había ido a visitar a Sasuke.

—Me parece que conocía a todos los lores.

—Eso no es extraño, ¿verdad?

—No, en realidad no. ¿De qué hablasteis?

—Yo estaba pensando en dejar a Uchiha y vivir por mi cuenta. Él me convenció de que no lo hiciera.

—¿Por qué te querías marchar?

—Aquel anciano, el abuelo de Sasuke, exigía perfección. Era muy exigente, mucho más de lo que Orochimaru lo fue jamás. En aquel momento, yo no apreciaba nada de lo que intentaba enseñarme y sospecho que Inojin tampoco apreciará nada de lo que le enseñe yo.

Ino miró a su hijo.

—¿A tirarse por la hierba y jugar?

—A tomar de la vida lo que puedas mientras puedas.

Ella volvió a mirar a Suigetsu y le apartó el pelo de la frente.

—Creo que ésa es una filosofía admirable.

—Vaya, ¿hay algo en mí que te parece admirable? Entonces, el infierno no será más que puro hielo cuando llegue allí.

Ino se inclinó hacia él y dijo:

—Cuando volvamos, ¿también conducirá Inojin?

Suigetsu esbozó una lenta y sensual sonrisa.

—Supongo que algo podré hacer.

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