Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 21

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¡Maldición! ¿Qué pretendía que hiciera él? ¿Declararle amor eterno? ¿Pedir su mano en matrimonio? Cielo santo, pero si ella era duquesa. Ino actuaba como si se hubiera olvidado de quién era ella y de quién era él. Suigetsu no lo había olvidado. No podría limpiar sus orígenes ni con todo el oro del mundo; jamás conseguiría que casarse con Ino fuera aceptable.

Tampoco es que él se hubiera planteado nunca contraer matrimonio.

Sin embargo, era incapaz de imaginarse la casa sin Ino. No podía aceptar no oír el eco de sus pasos acercándose por el pasillo para comentar con él una cosa u otra. Ni que su perfume, procedente de su habitación, dejara de asaltarlo a través del cuarto de aseo; no podía imaginar que dejara de estar recostada en la otra almohada de su cama. No quería pensar en las cenas en silencio, la ausencia de risas, la falta de sonrisas.

Él, que siempre había anhelado sólo la siguiente moneda, ahora deseaba algo más. Una mujer.

Pensó que daría todo su dinero a cambio de una sola de sus sonrisas.

Alguien llamó a la puerta de su despacho y Suigetsu frunció el cejo. No quería compañía, pero antes de que pudiera decirle a quienquiera que fuese que no estaba en casa —menuda excusa tonta—,la puerta se abrió y Jugo entró en el despacho.

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—Karin me ha dicho que te encontraría aquí.

Sin duda, después de pasar un buen rato hablando con ella. Suigetsu no sabía por qué aquel hombre no se decidía de una vez a declararle su amor, pedirle que se casara con él y acabar con todo aquello de una vez.

Por otra parte, tal vez él tuviera que preguntarse lo mismo con respecto a Ino. ¿Qué sería lo peor que podía pasar? Que ella le dijera que no y él la mandara al campo.

—¿Estás bien? —le preguntó Jugo.

—Claro. —Suigetsu alargó el brazo y cogió un vaso. Lo llenó de whisky, lo dejó frente a Jugo mientras él tomaba asiento, y luego volvió a llenarse el suyo—. Llegas un poco tarde para informarme de que Yamato está haciendo correr rumores sobre mí.

—Lo siento, pero hay muchas cosas que he tenido que investigar últimamente y tú no eres el único que me paga un sueldo.

—Deja tu trabajo y trabaja sólo para mí en exclusiva. Yo te pagaré más que Scotland Yard.

—Muchas gracias, pero me gusta mi trabajo.

Suigetsu se encogió de hombros.

—Dime, ¿qué es lo que tienes? ¿Has averiguado algo de mi madre?

—No creo que vaya a averiguar nada sobre ese asunto. Pero en cuanto a lo otro que me pediste, sobre si Hoshigaki tenía alguna afición perversa...

Hubo algo en la voz de Jugo que hizo que Suigetsu se sentara más derecho en su sillón.

—¿Sí?

—No he encontrado nada sobre él, pero su primo no me da buena espina.

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—¿Kirikagure?

—Zetsu no Sairai. Parece un recluso. Según su doncella, a la única sirvienta que tenía hasta que la despidió, hace dos días, la tenía prácticamente esclavizada; por lo visto, está obsesionado con la limpieza. Estuvo con él durante casi veinte años. Dice que durante ese tiempo acogió a unos doce niños. Siempre de uno en uno. Aparentemente, con la intención de encontrarles una casa adecuada. De repente, algún día, cuando la mujer llegaba a trabajar, se daba cuenta de que el niño ya no estaba. Ella siempre dio por hecho que Zetsu había cumplido su promesa y que le había encontrado algún lugar donde vivir.

—Y podría ser así contestó Suigetsu, a pesar de no sentirse muy cómodo con todo aquello.

—Podría haberlo hecho, sí. No tengo ninguna prueba de lo contrario, pero me parece

preocupante.

—Tal vez debamos hacerle una visita.

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La casa no era particularmente grande, pero le resultaba vagamente familiar. ¿Sería el lugar que había estado buscando cuando estuvo recorriendo las calles sin rumbo? Suigetsu recordaba la casa mucho más grande, pero a un niño de la calle, el niño que él fue un día, una residencia como aquélla le habría parecido un auténtico palacio. Jugo llamó a la puerta.

—No parece que haya nadie comentó.

—Quiero verla por dentro.

La luz de uno de los quinqués que ardían en la entrada proyectó un tenue brillo en el rostro de Jugo, que miró a Jack arqueando la ceja. Él se lo quedó mirando fijamente hasta que su amigo suspiró.

—¿Quieres hacer tú los honores o los hago yo?

A Suigetsu le temblaban las manos.

—Hazlo tú.

—Tu conductor y tu lacayo...

—Son discretos.

—Eso espero.

Jugo rebuscó en su bolsillo hasta que encontró sus herramientas. Suigetsu se agachó un poco para encubrir con su cuerpo aquella acción ilegal. Entonces, oyó el clic y la puerta se abrió con un siniestro crujido.

Entraron en la casa y los recibió un intenso olor a jabón y a cera para muebles. Encendieron una cerilla. Jugo encontró un quinqué y se acercó a encenderlo.

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—¿Qué es lo que estamos buscando exactamente? preguntó.

—Un dormitorio.

—Pues supongo que estará en el piso de arriba.

Suigetsu asintió y se dirigió a la escalera. Jugo lo siguió. El quinqué que éste llevaba proyectaba un brillo espeluznante: parecía perseguir las negras sombras de la casa e ir revelando las cosas una a una. A Suigetsu nada le resultaba particularmente familiar.

Entonces llegaron al rellano del piso de arriba. Sólo había cuatro puertas. Suigetsu abrió la segunda de la derecha.

Y de repente volvió a tener cinco años: echaba de menos a su madre, pero estaba ilusionado ante la perspectiva de tener una cama donde dormir. Era invierno. Un fuego ardía en la chimenea y la habitación estaba caliente y acogedora. Su madre había empezado a hablar mucho sobre ir a un sitio llamado cielo. Suigetsu decidió que aquella habitación debía de ser ese sitio.

Vamos a darnos un baño, ¿de acuerdo?

Suigetsu cerró los ojos ante los recuerdos. ¿Habría conocido Zetsu a su madre cuando servía en casa de los Hoshigakure? Se esforzó por recordar...

¿Señorita Dawkins?

Ella cogía a Jack de la mano. Era de noche y estaban en la calle. Se volvió e hizo una reverencia.

Señor Zetsu.

¿Qué tenemos aquí?

Es mi hijo. Suigetsu.

—¿Suigetsu? ¿Suigetsu? ¿Estás bien?

Abrió los ojos al oír a Jugo y entró en la habitación.

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—Hablaron. Yo no podía oír lo que decían. Nos llevó a una taberna, donde comimos un maravilloso pastel de carne. Siguieron hablando. Él la cogía de la mano todo el tiempo.

—¿De qué estás hablando? le preguntó Jugo.

Él negó con la cabeza. No podía explicar lo inexplicable, pero recordaba que, cuando se fueron, Zetsu le dio a su madre el saquito de monedas y ella le dio a Suigetsu el colgante. Y entonces Zetsu lo había llevado allí.

Se acercó a la chimenea, se agachó y observó el tiro que había utilizado para escapar. De algún modo, consiguió apartar los trozos de carbón y se quemó los pies y las manos al trepar. Ésa fue la primera lección que aprendió sobre lo que una persona podía llegar a hacer si quería algo con las suficientes ganas. Él habría pasado por cualquier sufrimiento para huir de allí.

Se dio media vuelta y observó la cama con cuatro columnas, decoradas con elaboradas parras talladas en la madera. Cuando recordó lo que había pasado allí, se le encogió el estómago.

Volvió a donde estaba Jugo, le quitó el quinqué y lo echó sobre la cama. Las llamas devoraron la colcha en seguida.

—¡Cielo santo! ¿Es que te has vuelto loco? preguntó Jugo.

Suigetsu ya estaba de camino a la puerta.

—Tenemos que encontrar a Zetsu.

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Volvieron al club, aunque no tan rápido como él hubiera querido, porque Jugo insistió en alertar a la brigada anti incendios para que pudieran sofocar el fuego antes de que se extendiera más allá de la residencia de Zetsu. Suigetsu se consoló pensando que, por lo menos, había conseguido destruir aquella cama.

—Supongo que eres consciente de que no lo puedo arrestar dijo Jugo cuando llegaron al despacho de Jack.

—La sodomía va contra la ley.

—Pero no tengo a nadie que testifique.

—Yo testificaré.

Jugo apartó la mirada, como si de repente se sintiera muy incómodo. Suigetsu supuso que una cosa era sospechar algo y otra muy distinta tener la confirmación.

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—Creo que lo mejor será que lo solucionemos nosotros mismos dijo el inspector muy despacio. Ya lo hemos hecho otras veces. Estoy seguro de que habrá algún ahorcamiento inmerecido programado.

—¿Harías un intercambio de prisioneros? ¿Y no crees que alguien se daría cuenta?

—Podrías pegarle hasta que quedara irreconocible. Estoy seguro de que te produciría bastante satisfacción.

Suigetsu asintió.

—La verdad es que sí.

La puerta se abrió de repente y Genzho Ryudoin, uno de los chicos de más edad que ayudaban en la sala de juego, entró a toda prisa.

—Gensho, deberías llamar a la puerta dijo Suigetsu.

—Sí, señor, ya lo sé, pero un caballero acaba de traer esto y ha dicho que era de la mayor importancia.

Suigetsu cogió el sobre que le daba el chico. Dentro encontró un mensaje que le aceleró el corazón.

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Señor Hozuki,

por favor, vuelva a la residencia de inmediato.

Ha ocurrido una desgracia y le necesitamos urgentemente.

Su leal sirviente,

Kazuma

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—Gracias a Dios que ya ha llegado, señor dijo el mayordomo a toda prisa en cuanto Suigetsu entró en la residencia, junto a Jugo.

—¿Qué pasa?

—Es la duquesa, señor. Ha desaparecido.

—¿Eso es todo? Se iba a llevar a Inojin al campo. Supongo que no ha podido esperar hasta mañana por la mañana para deshacerse de mí...

—No, señor, Inojin está aquí.

Suigetsu se quedó de piedra.

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—Ella no se iría sin el niño.

—Exacto, señor. Ella y su hijo estaban paseando por el jardín cuando, según el joven duque, apareció alguien de entre las sombras. Él consiguió escapar, pero cuando conseguimos entender lo que intentaba decirnos, pues tartamudeaba como nunca, la duquesa había desaparecido.

—¿Dónde está Inojin ahora?

—En su habitación, señor.

Suigetsu corrió escaleras arriba, consciente de que Jugo y Kazuma lo seguían de cerca. Por primera vez, los pasos de su amigo policía no eran silenciosos. A Suigetsu no le gustó pensarlo.

Entró a toda prisa en la habitación de Inojin. Moebi estaba sentada en una mecedora con el niño sobre su regazo, que abrazaba a su perro. Inojin saltó al suelo e Inuji lo hizo tras él. Antes de que Suigetsu pudiera reaccionar, el niño recorrió la corta distancia que los separaba y se abrazó a sus piernas con fuerza.

—He he-hecho lo que me-me en-enseñaste. Lo he es-esquivado murmuró, con la cara apretada contra los muslos de Suigetsu.

Él se agachó y abrazó al pequeño.

—Lo has hecho muy bien, Inojin.

—Cre-creo que se-se ha lle-llevado a mamá. Se echó hacia atrás con las mejillas llenas de lágrimas. Te-tendrías que haberle en-enseñado a mamá a es-esquivar.

—Sí tendría que haberlo hecho. ¿Sabes quién se la ha llevado?

Inojin asintió rápidamente con la cabeza.

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—El primo Zetsu. Papá me dijo que nu-nunca me fuera a nin-ningún sitio con el primo Zetsu.

¿Sabía el duque lo que Suigetsu acababa de descubrir? ¿Era Zetsu la persona de la que debía proteger a Inojin? Si Hoshigaki había visto cómo protegía a los niños de su club, todo encajaba. Pero ¿no podría haberle dejado algún maldito mensaje?

—¿Te ha hecho daño? le preguntó Suigetsu.

Inojin negó con la cabeza.

—Pero cuando he salido corriendo he oído gritar a mamá. Creo que él le ha pegado. No tendría que haberme es-escapado.

—No, no, tú has hecho lo correcto, porque así ahora sólo me tengo que preocupar por tu madre y no por ti.

—¿La salvarás?

—Por supuesto. Aunque no tenía ni idea de por dónde debía empezar. Gracias a Dios, Jugo estaba allí con él.

—Señor, no quiero interrumpir dijo Kazuma, sosteniendo un sobre en el que figuraba el nombre de Jack. Pero acaban de traer esto.

Le arrancó el sobre de las manos y lo abrió. El mensaje era claro y conciso.

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Tengo a la duquesa. Ven solo y tráeme cien mil libras antes del alba o morirá. Estaremos

en el piso de arriba, última esquina.

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Suigetsu conocía muy bien la dirección que leyó al pie de la nota. Conocía aquellas calles de memoria.

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—¿Dónde estamos? preguntó Ino.

Estaba sentada en el suelo, en una sombría esquina, con las manos atadas a la espalda. Se estaba esforzando mucho por no dejarse superar por el miedo. Alguien le había dado un golpe en la cabeza y se había despertado allí. La boca le sabía a láudano y tenía la mente borrosa. Quería dormir, pero sabía que había un motivo por el que no debía hacerlo.

—En la peor zona de Konoha. El áspero susurro procedía de otra de las oscuras esquinas. Allí, junto a la ventana, Ino podía distinguir la silueta de un hombre en penumbra. En la habitación ardía un solo quinqué que no la ayudaba a ver nada. La iluminaba mucho más a ella que a él. Aquí es mucho más fácil resolver cualquier asunto poco apropiado. Le he dicho al señor Hozuki que me traiga cien mil libras o morirás.

Ino percibió en su voz que hablaba completamente en serio. El pánico amenazó con apoderarse de ella.

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—Si no hace lo que le he pedido, te mataré y luego iré a por tu hijo.

—No, Inojin no. Recordó que Inojin estaba con ella. ¿Dónde está?

—Ese maldito niño ha conseguido escaparse.

Ino se sintió aliviada. Recordaba vagamente haber visto correr a Inojin. Suigetsu no se separaría de sus preciosas monedas por ella, pero no tenía ninguna duda de que protegería a Inojin.

—Hozuki no vendrá dijo.

—Sí lo hará.

Ino empezó a reírse, pero intentó controlarse para no parecer una histérica.

—Le has pedido dinero. Es la única cosa de la que jamás se desprenderá.

—Entonces, tú pagarás las desafortunadas consecuencias.

De repente, se movió rápidamente y se agachó a su lado. Ino sintió algo inquietantemente frío bajo la barbilla.

—¿Es una pistola? susurró.

—Así es, y tengo muy buena puntería. Tu tiempo concluirá al alba.

Entonces, para su asombro, lo reconoció.

—¿no Sairai? ¿Zetsu no Sairai?

—Me sorprende que te acuerdes de mí. Tu marido no era muy amigo de recibirme en su casa.

—¿Por qué estás haciendo esto?

—Porque el tutor de tu hijo ha estado investigándome, y están saliendo a la luz ciertos asuntos que yo no deseaba hacer públicos. Necesito escapar y no tengo el dinero necesario para hacerlo.

—¿Por eso me has secuestrado?

—Vi cómo te miraba cuando te llevó al club. Sí, yo también estaba escondido. Tiene algunos niños muy guapos trabajando para él, pero tanto Hozuki como sus empleados los vigilan como si fueran las malditas joyas de la corona. Y los niños tienen tanta confianza en sí mismos que resulta difícil influirles. Pero estoy seguro de que podré encontrar lo que necesito en el lugar a donde voy.

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—Cielo santo, ¡eres un monstruo!

—Sí, lo soy.

Se alejó de ella. Ino intentó hacerlo tropezar con sus piernas, pero él la esquivó con facilidad.

—Ten cuidado, duquesa. No acostumbro a lastimar a las mujeres, pero podría hacer una excepción.

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Suigetsu conocía aquellas calles como la palma de su mano. Allí vivían muchos hombres malvados, pero también muchos hombres buenos. Llevaba cien mil libras en un saco que sujetaba con firmeza con una mano y un farol en la otra mientras caminaba entre los detritus de la sociedad sin nada que temer, pues llevaba un cuchillo en la bota, una pistola en el bolsillo y, en la mano del saco, un bastón que ocultaba una espada.

El secuestrador le había dicho que fuera solo. No había dicho nada de que fuera desarmado, lo cual hizo pensar que Zetsu no estaba demasiado familiarizado con aquellas zonas de Konoha. Las conocía lo bastante bien como para elegir un lugar donde reunirse con alguien, pero no tanto como para saber que allí la mayoría de la gente iba armada. O tal vez sabía muy poco sobre Suigetsu y no tenía idea de dónde se estaba metiendo.

Suigetsu no era ningún tonto. No creía muy probable que Zetsu fuera a dejarlos marchar con vida una vez tuviera su dinero.

En las calles había luz suficiente como para que pudiera ver a quienes lo seguían con sólo volver un poco la cabeza. Las sombras siempre habían sido muy buenas amigas y aquella noche no era una excepción.

Servían para esconder perfectamente a Sasuke y a Jugo, que iban a una discreta distancia.

Uzumaki y Karin paseaban sin esconderse, fingiendo que eran una pareja en busca de un lugar para entregarse a una aventura ilícita. Cuando Suigetsu los había necesitado, la pandilla de Orochimaru había acudido a su llamada.

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Por fin llegó al edificio abandonado; parecía que pudiera caerse en cuanto soplara un poco de viento. Cuando hacía mal tiempo, la gente se refugiaba entre sus paredes, pero las noches claras no valía la pena arriesgarse. Sería muy difícil llegar al tercer piso sin ser visto. Suigetsu supuso que ésa era la idea.

Se coló en el interior con mucho cuidado; las ratas huían ante él. Suigetsu sabía que volverían. Siempre volvían. Alzó el farol y miró a su alrededor. Nunca había estado en aquel lugar, pero de todos modos le resultaba familiar. Allí había muy poca diferencia entre un edificio y otro.

Empezó a subir la escalera. Los escalones crujían bajo sus pies. No tenía ningún sentido intentar no hacer ruido. Subió a toda prisa con el corazón acelerado.

—¡Ino!

No oyó nada. Podía estar amordazada, o muerta; podía...

—¡Suigetsu!

Se tambaleó. Se sintió tan aliviado que casi le fallaron las piernas, al mismo tiempo que recibía una inyección de energía. Se apresuró escaleras arriba; apenas se detuvo cuando alcanzó el rellano y se abalanzó en dirección al pasillo. Vio que de una de las habitaciones salía una luz tenue. Podía ser un truco, así que ralentizó la marcha y empezó a levantar el farol para poder ver mejor.

—¡Ino!

—¡Estamos aquí!

Ella y Zetsu. Apenas podía soportar pensar que aquel bastardo la había tocado, pero se esforzó por controlar la furia, pues debía mantener la cabeza fría.

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Avanzaba despacio, con cautela.

Ino estaba de pie, en una esquina. Aguardaba junto a la ventana, al lado de Zetsu, y Suigetsu se preguntó si éste habría estado observando para ver cómo llegaba. No importaba. No habría visto nada.

En cuanto entró en la habitación, un hedor asaltó a Suigetsu. Cualquier otra persona lo habría considerado una fragancia. Era un olor muy perfumado, indudablemente masculino, pero a Suigetsu se le revolvió el estómago cuando lo sorprendieron los recuerdos: ese olor deslizándose junto a él en la cama cuando era un niño, para ofrecerle consuelo antes de lastimarlo.

Levantó el farol y vio el brillo en los ojos que lo miraban, parecían los ojos de una rata saliendo de una alcantarilla. Suigetsu se quedó paralizado. Pensaba que se había preparado para el encuentro, pero de repente volvía a tener cinco años, estaba muy asustado y se sentía avergonzado.

Se esforzó por concentrarse en el presente.

—Zetsu no Sairai.

—Lo dices como si te conociera.

—Y nos conocemos. Mi madre era Tsukiko Kagesu.

—¿Eres Suigetsu Kagesu? Zetsu se rió. Qué pequeño es el mundo. Te cambiaste el

nombre..., qué listo. Yo haré lo mismo ahora que mi entrometido primo y tu desconfiado inspector han descubierto mi negocio.

—¿Negocio? ¿Llamas negocio a abusar de niños?

Oyó cómo Ino se sobresaltaba al escuchar esa revelación.

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—Mi primo me lo ha contado todo sobre ti y los niños que tienes. Creo que nos parecemos mucho...

—Yo no tengo nada que ver contigo rugió Suigetsu. Yo los protejo.

—Tal como hice yo contigo. Tu madre se estaba muriendo, la pobre. Yo le di unas cuantas monedas para facilitarle las cosas y te acogí para que no tuviera que preocuparse por ti. Pero conseguiste escapar. Fuiste el único que consiguió hacerlo.

Había algo en la voz de aquel hombre... Suigetsu sabía que cuanto más tiempo consiguiera que hablara, mayor sería su ventaja. Tenía que dar tiempo a los demás para que ocuparan sus posiciones.

—¿El único? ¿Es que esos niños siguen viviendo contigo? Suigetsu no había visto ninguna prueba de ello.

—En mi jardín contestó Zetsu con nostalgia.

—¿Los mataste?

—Me encantaría quedarme a hablar, pero nos tenemos que ir.

—No te vas a llevar a Ino.

—Ella es mi seguro. Deja el saco ahí y échate a un lado.

Suigetsu dio dos pasos y emitió un estridente silbido. Se oyó un estrépito y se rompió el cristal de la ventana.

Zetsu giró la cabeza y Suigetsu tuvo la ocasión que buscaba para abalanzarse sobre él, alejar a Ino y tirarlo al suelo. Luchó para quitarle la pistola, pero aquel hombre, a pesar de ser mayor, era sorprendentemente fuerte y ágil. Pelearon y rodaron por el suelo. Suigetsu intentó coger el arma...

Una explosión estalló en la noche cuando se disparó la pistola y Suigetsu sintió el fuego ardiendo en su pecho, mientras la cálida sangre se deslizaba por su chaleco favorito.

Ino acababa de caer al suelo cuando se disparó la pistola y los dos hombres se quedaron inmóviles.

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—Oh, Dios, oh, Dios. Suigetsu.

De repente, alguien entró por la ventana. Antes de que ella pudiera gritar, oyó:

—Tranquila, soy Jugo.

Tras el ruido sordo de unos pesados pasos en el pasillo, entraron dos largas sombras seguidas de una tercera más pequeña. Karin cruzó la habitación y abrazó a Ino.

—¿Estás bien?

Ella asintió y susurró.

—¿Suigetsu?

Karin le empezó a soltar los nudos de la cuerda que le ataba las manos.

—Suigetsu dijo Jugo con dureza.

Ino miró mientras un hombre se incorporaba. Reconocía muy bien aquella silueta, la reconocería en cualquier parte.

—¿Suigetsu?

—Estoy bien contestó muy serio, mientras se agachaba junto al primo de Hoshigaki.

Se oyó una respiración pesada, un borboteo.

—Suigetsu, tengo que ver cómo está dijo el doctor Uzumaki, e Ino se dio cuenta de que era uno de los hombres que había entrado con Karin. El otro era Uchiha.

—No se opuso Suigetsu.

Zetsu tosía y tenía arcadas.

—Los niños. ¿Cuántos había? inquirió Suigetsu.

—Tú..., el primero.

—¿Y después de mí? ¿Cuántos? ¡Maldito seas!

—No... sé.

—¿Los mataste? ¿Los enterraste en tu jardín? ¿Es eso lo que estabas sugiriendo antes?

Pero de Zetsu no salió ningún otro sonido.

—Contéstame, bastardo.

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—Está muerto dijo el doctor Uzumaki con aire sombrío.

Suigetsu se puso en pie muy despacio. De repente, tenía los brazos alrededor de Ino y la abrazaba con tanta fuerza que ella apenas podía respirar.

—Pensaba que no vendrías.

—Pues claro que he venido contestó él.

—Me ha dicho que te había pedido cien mil libras.

—Le hubiera dado cualquier cosa, Ini. Se lo hubiera dado todo para poder recuperarte.

Suigetsu e Ino volvieron en seguida a casa, mientras Jugo y los demás se quedaban para solucionar el asunto de Zetsu e informaban de lo sucedido a Scotland Yard. Lo primero que hizo Ino fue subir la escalera a toda prisa, ir a la habitación de Inojin y abrazarlo.

—Sabía que él te salvaría dijo el niño.

La avergonzó ver la inquebrantable fe que tenía en Suigetsu, cuando ella había demostrado tenerle tan poca. Jamás volvería a cometer ese error. Aquella noche había cometido muchos y tenía intención de corregirlos todos.

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Empezó a pensar en cómo solucionar todo aquello, mientras se daba un maravilloso baño para quitarse la suciedad que había traído consigo de aquellas calles. Después de la experiencia de la noche, pensó que en el futuro tomaría un buen baño cada día. Deseaba que Suigetsu estuviera con ella aquella noche, que fuera a ver cómo se encontraba, pero cuando vio que no lo hacía, se puso el camisón y fue a buscarlo.

Lo encontró sentado en un sillón de la biblioteca, con los codos apoyados en los muslos y un vaso en las manos. Junto a él, había una botella esperando para cumplir con su cometido y borrar el recuerdo de aquella traumática experiencia.

Ino caminó descalza sobre la alfombra, se arrodilló delante de él y le cogió las muñecas.

—Soy incapaz de imaginar cómo te sientes.

—No, creo que no puedes. Antes de esta noche, no sabía el nombre del hombre que me acogió, pero ahora sé que era Zetsu. No sé si alguna vez supe quién era o es que sencillamente lo olvidé. Hace ya casi treinta años. Supongo que debía de conocer a mi madre. Ella sabía quién era, confiaba en él. Se debieron de conocer cuando ella trabajaba aquí. Me dejó a su cuidado pensando que con él estaría a salvo. La primera noche... Ino lo oyó tragar saliva, me bañó, me metió en la cama y luego se deslizó bajo las sábanas junto a mí. Me tocó de formas en las que un hombre jamás debería tocar a un niño... Me hizo cosas que no sólo hicieron estragos en mi cuerpo, sino también en mi alma.

—Cielo santo, Suigetsu. Ino le acarició la mejilla e intentó consolarlo, pero él no la miraba.

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Estaba perdido en su pasado.

—Después lloró y me prometió que jamás lo volvería a hacer. La siguiente noche, me di cuenta de que era un mentiroso. La tercera noche me escapé.

Las lágrimas abrasaron los ojos de Ino.

—No puedes culparte de nada de lo que ocurrió. Sólo eras un niño inocente. Me alegro de que esté muerto.

Él negó con la cabeza.

—Hay más, Ino. Ya te expliqué que Sasuke y yo fuimos arrestados. Cuando te condenan, pasas tus días recluido en una cárcel para niños. Pero antes de eso, antes de que se celebre el juicio, te encierran en un calabozo con hombres adultos. Había tres de ellos... Unos tipos asquerosos. Le echaron el ojo a Sasuke, pero él se defendió. Dios, sólo tenía ocho años, pero no dejó de pelear ni un segundo. Le dejaron la cara hecha un mapa. Pensé que iban a matarlo. Yo en cambio ya sabía lo que querían y ya había sobrevivido a ello antes.

«Cielo santo, no pensó Ino. Por favor, no.»

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—Me ofrecí en su lugar. Habló con la voz estrangulada.

—Oh, Suigetsu. Le apretó las manos y posó los labios sobre ellas mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas hasta la comisura de sus labios.

—Fue peor de lo que recordaba. O quizá sólo fuera que aquellos hombres eran más malvados. Aquella noche, algo se rompió en mi interior Ino. Todo dejó de importarme; sólo quería sobrevivir, y acabé convenciéndome de que si conseguía el dinero suficiente, siempre estaría a salvo. Pero por dentro seguía roto. Hasta que te conocí a ti.

»Tú has conseguido que vuelva a sentir de nuevo. Tú e Inojin. Me has llenado la vida de alegría. De carcajadas y sonrisas. Pero también hay dolor en eso. Lo que sentía cada vez que estaba contigo, me aterrorizaba, Cariño. No quería aceptarlo. Luché contra ello con todas mis fuerzas, pero esta noche me he dado cuenta de que si te pasara algo, si murieras, volvería a romperme y esta vez me quedaría roto para siempre. Es una manera más segura de vivir, pero es una vida que no merece la pena ser vivida.

»Te quiero, Ino. Sé que no soy digno de tu afecto...

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—¿Que no eres digno? No conozco un hombre más digno que tú.

—Yo procedo de las calles.

—Ahora vives en Konoha. Tal vez empezaras viviendo en las calles, pero no conozco a nadie que haya conseguido lo que tú has logrado. Eres un hombre de recursos que no le debe nada a nadie. Tienes un corazón generoso. Ya sé que no te gusta escucharlo, pero es cierto. Inojin te adora. Y, maldita sea, yo también.

»Te quiero, Suigetsu, con todo mi corazón y con toda mi alma. Me equivoqué al escuchar a Yamato. Me he dado cuenta de ello cuando estaba en aquel espantoso lugar. He recordado todos los momentos pasados contigo y con Inojin.

—Te equivocas, Ino. Yamato tenía razón.

—No...

Suigetsu le puso un dedo en los labios.

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—Chist. Él tenía razón. Te he corrompido. ¿Acaso no te has dado cuenta de lo que acabas de decir? Ahora incluso maldices.

Ino se rió.

—Y la tierra no se ha hundido bajo mis pies.

Suigetsu le cogió la mejilla.

—La primera noche te dije que no hay nada que una persona no esté dispuesta a hacer cuando lo desea con todas sus fuerzas. —Soltó un profundo y doloroso gemido—. Quiero que tú e Inojin seáis míos para toda la eternidad. Cásate conmigo, Ino.

—Oh. —Ino no se esperaba aquello. Estaba preparada para pasar el resto de sus días como su amante, pero ¿convertirse en su mujer?—. Oh.

—¿Eso es un sí o un no?

Ella se rió divertida.

—Creo que lo correcto sería que tú estuvieras con una rodilla en tierra y yo sentada.

—Tú y tu maldita etiqueta —contestó él, negando con la cabeza al tiempo que esbozaba una socarrona sonrisa.

Ino posó las manos a ambos lados de su cara.

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—Sí. Me casaré contigo encantada.

—Haremos una marca en el calendario. Un día después de que acabe tu período de luto...

—No seas tonto. Me casaré contigo mañana.

—¿Crees que las damas de Konoha te perdonarán incumplir de ese modo las normas sociales?

—Por supuesto. Tendré una valiosa información de primera mano que compartir a la hora del té. Seguro que me perdonan en seguida para saber todo lo que yo sé sobre el delicioso granuja Suigetsu Hozuki.

—¿Delicioso granuja?

—Así es como se refieren a ti.

—No sé si estoy de humor para ser un delicioso granuja esta noche, pero me gustaría mucho dormir abrazado a ti.

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Mientras aquella noche estaba con él en la cama, Ino pensó que no sabía si aquélla había sido la intención de Hoshigaki, pero, una vez muerto, había conseguido darle lo que había sido incapaz de ofrecerle en vida: felicidad, pasión y amor.

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