Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 22
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—Yamato.
—Cielo santo, he dicho que no estaba en casa. ¿Es que no sabe lo que significa eso?
Suigetsu se adentró un poco más en el estudio del vizconde después de ignorar los intentos del mayordomo por evitar que entrara en la casa. La habitación apestaba a licor barato y sudor rancio. Yamato, desaseado, estaba tirado de cualquier manera sobre el sofá: tenía la camisa manchada y se había quitado la chaqueta, el chaleco y el pañuelo de cuello.
—Quiero saber si alguna vez ha oído hablar de Tsukiko Kagesu —dijo Jack.
Yamato puso los ojos en blanco.
—No.
Él insistió. Si Zetsu la conocía...
—Trabajó en la residencia de los Hoshigaki hace treinta y seis años.
El hombre clavó los ojos en Suigetsu.
—Yo entonces tenía diez años. ¿Cómo iba a preocuparme por los sirvientes?
—Zetsu la conocía.
—Él tenía doce años más que yo. Tal vez tuviera algún interés por ella. —Gruñó—. Aunque no parece muy probable. Por lo visto, prefería los niños. Scotland Yard ha estado aquí esta mañana. Han encontrado huesos en su jardín. ¡Cielo santo! Huesos pequeños. Huesos de niños. Cientos de huesos. La familia está hundida.
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¿Y qué pasaba con las familias de esos niños?
Suigetsu podía apreciar claramente la desesperación en el rostro de Yamato, un hombre que siempre anteponía sus intereses a todo lo demás.
—Yahiko también ha estado aquí. Por lo visto he heredado una casa que alguien ha intentado incendiar. Zetsu no tenía dinero para poder arreglarla y teniendo en cuenta que yo tampoco tengo, ¿para qué me sirve una casa quemada?
—Yo se la compraré —contestó Suigetsu, sin plantearse siquiera las consecuencias. Podía acabar de destruir la mansión y construir allí el hospital de Uzumaki. Un hospital en memoria de esos niños que no había conseguido salvar.
Yamato se incorporó.
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—¿Por cuánto?
—Cuando esté sobrio, hablaremos de los detalles, y también de cómo puede recuperar el control de su hábito de juego.
—No me gusta, Hozuki.
—Usted tampoco me gusta a mí.
El vizconde asintió.
—Me alegro de que estemos de acuerdo en algo.
—Tampoco estaría mal que cesaran los rumores.
—Considérelos muertos. Aunque tampoco es que tenga muchas más alternativas. Zetsu es el nombre que estará en boca de todo el mundo durante los próximos días. No puedo culpar a mi primo por haberle nombrado tutor de Inojin. Por muy mala reputación que tenga, me estoy empezando a dar cuenta de que es mucho mejor que Zetsu o que yo.
Suigetsu aceptó los elogios con elegancia y se limitó a decir:
—Ya hablaremos. —Luego se marchó. La ceremonia debía ser íntima y privada; sólo habían invitado a unos cuantos elegidos.
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Cuando Suigetsu, Ino —que llevaba un sencillo vestido color marfil— e Inojin llegaron a la iglesia, sus invitados los estaban esperando junto a los escalones de la entrada principal.
—Estamos muy contentos de que hayáis venido —dijo Ino, saludándolos a todos: Sasuke y Hinata, Uzumaki, Jugo y Karin.
—Esto tengo que verlo con mis propios ojos —contestó Sasuke—. El famoso Suigetsu Hozuki casándose. Seguro que será la comidilla de todo Konoha.
—Esperamos poder mantenerlo algún tiempo en secreto —intervino Suigetsu—. A fin de cuentas, Ino está de luto.
—Como si alguna vez te hubieras preocupado por las normas sociales —exclamó Uzumaki.
—Tienes razón. Nunca me han gustado mucho. —Le guiñó un ojo a Inojin, que iba a ser el padrino de Suigetsu y estaría junto a él en el altar. El niño llevaba el anillo en el bolsillo de su chaqueta.
—Estoy muy contenta por ti, Suigetsu —dijo Karin, dándole un beso en la mejilla. Él pudo percibir la verdad de sus palabras en el brillo de sus ojos rojos.
—Deberíamos entrar para celebrar la ceremonia —propuso Ino.
Cuando Suigetsu le ofreció el brazo, le preguntó:
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—¿Nerviosa?
—En absoluto. Estoy demasiado feliz para estar nerviosa.
Cuando empezaron a subir los escalones, algo que se movía junto al edificio llamó la atención de Suigetsu.
—He olvidado una cosa. En seguida te alcanzo. Si no te importa, ocúpate de entrar para ver si está todo en orden.
—¿Va todo bien?
—Sí, es que tengo que solucionar una cosa. —Le dio un rápido beso en los labios—. Vuelvo en seguida.
Cuando la puerta se cerró tras los invitados, él bajó los escalones y dobló la esquina de la iglesia.
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—Hola, mi Hozuki. Tengo un regalo para ti —dijo su viejo mentor, con voz ronca. Orochimaru estaba apoyado en su bastón y en la palma de su deformada mano descansaba el colgante de Suigetsu.
Éste, que de repente sentía una extraña opresión en el pecho, cogió la preciosa ofrenda y observó el retrato de su madre. Parecía muy joven; sospechaba que mucho más de lo que Ino lo era en aquel momento. En realidad, era una niña. Sin embargo, ahora sería como si estuviera con él en la ceremonia.
—Gracias, Orochimaru. Pero en este momento no tengo el dinero que te debo.
El hombre hizo un gesto con la mano.
—Bah. No te preocupes por eso. La próxima vez que vengas por mi casa, tráeme una botella de ginebra.
—¿Cómo has sabido dónde encontrarme?
—Me he ido enterando de cosas por el camino.
—Deberías entrar.
—No. Dios y yo... dejamos de llevarnos bien cuando se llevó al amor de mi vida. No quiero que piense que le he perdonado, porque no lo he hecho.
—Karin me dijo una vez que creía que tú eras su padre.
—¿Y qué le dijiste tú?
—Nada.
—Siempre fuiste bueno guardando secretos.
—Porque aprendí del mejor.
Orochimaru se rió.
—Así es, chico. Así es. Espero que tú y tu esposa seáis muy felices. —Se dio media vuelta para irse.
Suigetsu lo llamo:
—Orochimaru, por lo menos deja que mi carruaje te lleve a casa.
—No. Me gusta andar. —Le guiñó un ojo—. Uno nunca sabe las cosas que puede encontrar por el camino.
Suigetsu observó cómo se marchaba andando tranquilamente; aquel doblado y encorvado hombre que, en muchos sentidos, había sido como un padre para él.
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La boda no fue tan espectacular como el primer enlace de Ino, pero mientras pensaba en la ceremonia cepillándose el pelo ante el tocador, no le encontró ni un solo fallo. Inojin había sido el padrino de Suigetsu. Y después, cuando los vio juntos con las cabezas gachas, conspirando, las lágrimas habían asomado a sus ojos. Suigetsu le prestaba al niño mucha más atención de la que Hoshigaki le había prestado jamás.
Una pequeña parte de ella no podía evitar lamentar todo lo que no tuvo con su primer marido.
No estaba muy segura de por qué lo pensaba, pero creía que él estaría contento por ella y que aprobaría que se hubiera casado con Suigtesu. Teniendo en cuenta que lo había nombrado tutor de su hijo y que le había legado una parte tan grande de su patrimonio, era evidente que le merecía muy buena opinión. Sin embargo, pensó que habría sido mejor si Hoshigaki le hubiese contado la debilidad de su primo.
Se dio cuenta de que a veces era imposible saberlo todo de alguien, pero esperaba que Suigetsu no le ocultara secretos tan importantes y que su matrimonio fuese muy distinto al primero.
Cuando se levantó, no pudo evitar sonreír al pensar en el vaporoso camisón que llevaba. Dejaba muy poco a la imaginación. Cruzó la habitación, abrió la puerta del cuarto de aseo y se sobresaltó al encontrarse allí con Suigetsu.
—Iba a buscarte —dijo él—. Me había cansado de esperar. —Inclinó la cabeza a un lado—.Aunque ahora me doy cuenta de que ha valido la pena.
La cogió en brazos y la levantó del suelo. Ino rió divertida. Se preguntó si aquellas paredes habrían oído alguna vez tantas risas.
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—Soy perfectamente capaz de andar.
—Prefiero llevarte en brazos. Así puedo juzgar tu peso.
—Qué romántico.
—Deberías pesar más. Estarías más sana, y quiero que estés sana durante mucho tiempo.
—Me tendré que comprar vestidos nuevos.
—Tendrás que hacerlo de todos modos. He encontrado tu ropa incluida en mi informe.
Ella se volvió a reír.
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—No es verdad.
—Sí lo es. Te la voy a quitar toda y tendrás que ir desnuda por la casa.
—¿Es que te has olvidado de que tenemos sirvientes y un niño?
—¡Maldita sea!
Ino deslizó la cara por el cuello de Suigetsu.
—Pero te prometo que iré completamente desnuda cuando estemos sólo nosotros dos.
—Supongo que tendré que conformarme con eso.
La dejó sobre la cama, donde ella se puso de rodillas y empezó a desabrocharle los botones de la camisa.
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—¿Y qué hay de ti? —preguntó—. ¿Me vas a hacer trabajar para poder ver lo que tanto me gusta?
Cuando por fin le hubo desabrochado todos los botones, Suigetsuse quitó la camisa.
—No. Te prometo que yo también estaré desnudo.
Él se acabó de quitar la ropa en pocos segundos y luego se dio unos momentos para contemplar el camisón de Ino antes de añadirlo al montón de ropa. Ella no sabía para qué se había molestado tanto en ponerse provocativa, pero le gustaba saber que Sugetsu estaba tan ansioso por desnudarla.
—Prescindamos de los dos dormitorios —dijo él, mientras su boca se deslizaba por sus hombros—. En esta habitación hay sitio de sobra para tu tocador y cualquier otra cosa que quieras. Redecora toda la maldita casa.
—De acuerdo. —En aquel momento le podría haber pedido lo que fuera y ella hubiera aceptado. Ino le acarició los hombros y la espalda. Pensó que jamás se cansaría de aquello, o de estar con él. No podía imaginar vivir sin Suigetsu o que, al quedarse embarazada, tuviera que renunciar a aquellos encuentros.
—No me dejarás nunca, ¿verdad? —le preguntó.
Él levantó la cabeza, la miró e Ino pudo ver la pasión en sus ojos. Ella le provocaba eso, conseguía que la deseara tanto como ella lo deseaba a él.
—¿Por qué me lo preguntas? —inquirió Suigetsu.
—Si me quedo embarazada...
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La cálida boca de él interrumpió lo que quería decir. Acercó sus manos a la cabeza de Ino y la cogió mientras devoraba sus labios, la saboreaba profundamente y la animaba a hacer lo mismo.
Cuando dejó de besarla, ella se habría quedado sin respiración de no ser por el apetito que vio en los ojos de Suigetsu.
—Tanto si estás embarazada como si no, pasarás todas las noches en mi cama, entre mis brazos. Existen maneras, cariño... Hay muchas maneras de hacer las cosas.
Sonrió e Ino vio la perversión y una oscura provocación en su gesto. Luego, Suigetsu se colocó entre sus muslos y deslizó la boca hasta sus pechos para besarlos: primero uno y luego el otro.
Ino esperaba que volviera a subir y que se deslizara en su interior, pero siguió descendiendo. Le posó las manos en las costillas mientras le besaba el estómago, antes de seguir bajando más y más.
—Oh, Dios mío —exclamó Ino sin aliento—. ¿Qué estás...?
—Chist. —Sólo era un sonido, pero prometía el éxtasis.
Le abrió un poco más las piernas y acercó la boca a su nido de rizos. Al sentir su lengua por primera vez, Ino casi se cayó de la cama. Levantó los brazos y se agarró a la almohada, pero Suigetsu continuó con sus pecaminosos placeres y la almohada dejó de ser suficiente.
Ino se estremeció y enterró los dedos en el pelo de él. Sabía que debería apartarlo, pero entonces se dio cuenta de que lo estaba acercando más a su cuerpo. Aquella intimidad sólo podía compartirla con un hombre al que amara. Y ella le amaba.
Estaba completamente segura de que lo que le estaba haciendo era pecado, y si no lo era, debería serlo. Porque era deliciosamente perverso. Suigetsu conocía un montón de maravillosas formas de dejarse llevar, e Ino disponía de toda una vida a su lado para aprenderlas todas y descubrir nuevas formas de darle placer a él.
Se puso la almohada sobre la boca para sofocar sus gemidos. Suigetsu alargó el brazo y se la quitó.
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—Quiero oírte —jadeó.
E Ino estaba segura de que lo hizo. Se retorcía debajo de Suigetsu y oía sus propios gemidos casi sin aliento, sin ser apenas consciente de que escapaban de sus labios. Lo abrazó con fuerza mientras se mecía al filo de un intenso placer. Suigetsu sabía cuándo acariciarla, cuándo debía chuparla, cuándo detenerse, cuándo deslizar la lengua dentro de su cuerpo. La tentó y la provocó.
Aquel hombre tenía una inmensa habilidad con los dedos, pero también con la boca. Le robó la fuerza, la capacidad de resistirse.
Entonces, Ino empezó a gritar su nombre y, antes de que el último de los estremecimientos la hubieran recorrido, Suigetsu se hundió en su interior. La miraba fijamente al tiempo que mecía las caderas contra ella, y sus poderosas embestidas consiguieron que las sensaciones de placer empezaran a crecer de nuevo. Ino deslizó las manos por su espalda y le cogió las nalgas para animarlo a seguir.
Él acercó los labios a su boca y bebió de ella con avidez, y esa vez, cuando Ino gritó, capturó el sonido dejando que el áspero rugido que le arrancó el éxtasis se mezclara con los gritos de ella.
Luego se dejó caer apoyándose en los codos, para evitar que todo su peso descansara sobre su ahora esposa.
Ella deslizó las plantas de los pies por las pantorrillas de Suigetsu y las manos por su espalda.
—Oh, eres un diablo. Y estoy muy contenta de que lo seas —susurró sin energía.
Él se rió satisfecho.
—Tú eres todo cuanto podría desear. Y estoy muy contento de que lo seas.
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Suigetsu se despertó con la increíble sensación de que su esposa lo estaba provocando mordisqueándole la oreja. Su esposa, un término que jamás pensó que asociaría a su persona.
Estaba descubriendo que Ino era una mujer insaciable, y pensó que no podía pedir más.
Rugió y se abalanzó sobre ella, provocando que gritara y se riera al mismo tiempo.
—Pensaba que no te ibas a despertar nunca —dijo Ino.
Él le besó la nariz, la frente y la barbilla.
—Creo que no he dormido tan bien en toda mi vida. Claro que, ayer por la noche, me agostaste.
—Ya no me quedan inhibiciones. Las has hecho desaparecer todas.
—Qué suerte la mía.
Deslizó las manos por su cuerpo, la cogió de la cadera y la empujó hacia sí deleitándose en la sensación de su cuerpo desnudo contra el suyo. Suigetsu pensaba que no había mejor sensación que estar piel contra piel, y la desnudez tenía la ventaja de revelar todo lo que atesora un hombre. Si fuera rey, prohibiría que la gente llevara ropa... Bueno, exceptuando los chalecos de colores chillones.
—Tenemos que levantarnos —murmuró Ino, mientras le besaba una sensible zona detrás de la oreja.
Él se frotó contra su cadera con aire juguetón.
—¿Es que no te has dado cuenta? Yo ya estoy levantado.
La carcajada de ella resonó a su alrededor y se coló en el corazón de Suigetsu. Cada vez que escuchaba aquel sonido quería estar en su interior.
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—Sí que lo he notado, pero...
Se alejó de él y se levantó de la cama sin molestarse en coger una sábana o el cubrecama. Ino se había convertido en toda una exhibicionista. Suigetsu volvió a sentirse un hombre con suerte.
—Vuelve aquí. Todo lo demás puede esperar un poco más —dijo él—. Le expliqué a Ino que esta mañana le servirían el desayuno en la cama, y a nosotros también.
—¿Eso es lo que conspirabais ayer?
—Pensé que tenía que empezar a enseñarle que, cuando un caballero consigue a su dama, tiene que dedicarle la mayor atención en privado que sea posible.
—Muy bonito. Desafortunadamente, ayer le mandé una nota al señor Yahiko informándole de nuestro matrimonio. Me contestó que esta mañana vendría a traerte ese último objeto. No quiero que nos encuentre en la cama.
Suigetsu la cogió de la muñeca y tiró hasta que Ino cayó entre sus brazos y consiguió ponerse encima de ella.
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—No me importa nada ese último objeto. Se lo puede quedar.
—¿No tienes curiosidad?
—¿Qué más da lo que sea? Nada de lo que pueda darme Hoshigaki tiene ahora más valor que tú. Me lo podría quitar todo que, mientras te pueda tener a ti, no me importaría.
Los ojos de Ino se llenaron de lágrimas. Suigetsu esperaba no ver lágrimas de tristeza en sus ojos muy a menudo, pero las lágrimas de felicidad tenían otro brillo y ésas sí esperaba provocarlas muchas veces.
—No eres un hombre que diga cosas bonitas muy a menudo, Suigetsu, pero cuando las dices, me llegas a lo más profundo del alma.
—Yo no creo en el romanticismo, muñeca, pero por ti intentaré hacer un esfuerzo, aunque no sé si poseo esa habilidad.
—Te quiero tanto...
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Suigetsu se preguntó si esas palabras seguirían enterrándose en su corazón siempre con tanta profundidad y le provocarían aquella sensación de absoluta satisfacción. Cogió la mano de Ino y le dio un beso en la palma, en la muñeca, en el codo...
Con un suspiro de rendición, ella murmuró:
—No tengo la fuerza necesaria para resistirme a ti. Te prohíbo que me hagas el amor antes de que llegue Yahiko.
Riéndose ante el desafío, Suigetsu procedió a demostrarle, una vez más, que no era la clase de hombre a quien se le podían dar órdenes.
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