Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 23

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Suigetsu le había dicho la verdad a Ino. Ya no le importaba aquel último objeto. En aquel momento no era más que un fastidio, porque significaba que no podrían pasar toda la mañana haciendo el amor loca y apasionadamente.

Yahiko entró en la biblioteca con su cartera de piel e hizo una pequeña reverencia.

—Lady Ino, señor Hozuki, felicidades por su reciente enlace.

Suigetsu sabía que, al casarse con él, Ino perdía el título de duquesa. Sin embargo, seguía sorprendiéndolo oír que alguien la llamara «lady», un honor que ella heredaba de su padre. Pero Ino le había dicho que estaba muy contenta con el nuevo lugar que ocupaba en la vida y él haría cuanto estuviera en su mano para que jamás tuviera que lamentarlo.

—Gracias, señor Yahiko dijo, mientras apretaba la mano de Suigetsu como si de repente necesitara reafirmación.

—Apreciamos mucho que haya encontrado un poco de tiempo para venir a vernos, teniendo en cuenta su apretada agenda dijo Yahiko. Como nosotros también estamos bastante ocupados, será mejor que acabemos con este asunto lo más rápido posible, ¿de acuerdo?

—Por supuesto. ¿Puedo? El abogado señaló el escritorio.

—Claro. Cualquier cosa que acelere su visita...

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Ino le dio un golpecito en el brazo y Suigetsu la miró con el cejo fruncido.

—¿Qué?

—Estás siendo muy poco hospitalario. Señor Yahiko, ¿le gustaría tomar un poco de té?

El hombre esbozó una tenue sonrisa.

—No, gracias. No tardaremos mucho en resolver esto.

Se acercó al escritorio y empezó a colocar las cosas que iba sacando de su cartera sobre la mesa. Suigetsu e Ino se sentaron en los sillones que habían ocupado la noche que Yahiko leyó el testamento. La única diferencia era que ahora estaban cogidos de la mano. Suigetsu acercó la de Ino a sus labios y le besó los dedos. En cuanto el abogado se fuera, pensaba volver a llevársela a la cama. O quizá al escritorio y luego a la cama. Estaba seguro de que ella se iba a escandalizar en cuanto supiera que él les había dicho a los sirvientes que no podían entrar en una habitación sin llamar y recibir permiso para entrar.

Suigetsu no se podía creer lo que había ocurrido en tan poco tiempo. Siempre había querido tener las riendas de su vida, pero no podía negar que, de alguna forma, otras personas estaban influyendo en su curso. Si Hoshigaki no lo hubiera nombrado tutor de Inojin, jamás habría conocido a Ino. Sólo por eso, le debía eterna gratitud al duque.

Yahiko dejó sobre la mesa algunos documentos y un pequeño saquito de terciopelo.

Entrelazó las manos al tiempo que las apoyaba sobre los papeles. Carraspeó.

—Las condiciones del testamento han sido satisfechas con su matrimonio. Por lo tanto, ahora debo leer la parte del testamento que les oculté. Cogió una hoja de papel y volvió a aclararse la garganta.

»A Suigetsu Hozuki, bautizado como Suigetsu Kagesu, querido hijo de Tsukiko Kagesu, le dejo mi más preciada posesión, mi reloj de bolsillo de oro. Yo lo recibí de mi padre que, a su vez, lo recibió del suyo.

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Suigetsu observaba en perplejo silencio mientras el hombre abría el saquito de terciopelo y sacaba un reloj de oro, con una pesada cadena del mismo metal. Los dejó con mucho cuidado al borde del escritorio, justo frente a Suigetsu. Incluso a aquella distancia, éste pudo apreciar la fina artesanía del objeto y el ligero paso de las agujas que dejaban escapar el tiempo.

Estrechó la mano de Ino y alargó la que tenía libre para coger el reloj...

Pero cuando le faltaban apenas unos centímetros para alcanzarlo, se detuvo. Negó con la cabeza y volvió a apoyar la espalda en el sillón mientras clavaba los ojos en Yahiko.

—No tendría que habérmelo dejado a mí. Se lo tendría que haber dejado a su hijo.

—Creo que eso hizo, señor Hozuki.

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Suigetsu notó el sobresalto de Ino y tuvo la sensación de que se quedaba sin aire. Era consciente de que ella le apretaba la mano con tanta fuerza que casi le hacía daño y de que lo estaba mirando, pero él no podía mirarla, aún no.

Soltó la mano de Ino y, a pesar de sus esfuerzos por controlar sus nervios, se dio cuenta de que le temblaba el pulso cuando cogió el reloj. Vaciló un momento y entonces lo abrió. En su interior, en la parte opuesta a la esfera, había un retrato que le resultaba muy familiar. Miró a Yahiko con incredulidad y luego a Ino, que arrugaba la frente preocupada.

—Es mi madre.

Tenía la voz ronca, tan ronca y áspera como cuando le gritó que no lo abandonara.

El abogado se puso en pie para dar a entender que su trabajo había concluido.

—El duque me confió todos sus secretos. —Le dedicó una rápida mirada a Ino y luego se volvió a centrar en Suigetsu—. Espero que entienda que usted habría hecho lo mismo que yo. Si hubiera sabido que se iban a casar, le habría informado un poco antes de este asunto. Pero decida lo que decida, lo que aquí se ha revelado hoy no saldrá de esta habitación a menos que usted así lo decida. —Cogió un sobre y se lo dio a Suigetsu—. No he leído esta carta, pero está dirigida a usted.

Él cogió el sobre que le ofrecía.

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—Señor Yahiko, por curiosidad, me gustaría saber a quién había nombrado el duque tutor de Inojin en el segundo testamento.

El hombre pareció incómodo por primera vez.

—Me temo que no existe un segundo testamento. El duque insistió en que yo les dijera que sí existía. Tal vez conociera mejor a su hijo de lo que cabe pensar.

—Se tomó muchas molestias por algo que podría no haber ocurrido nunca —gruñó Suigetsu, poco sorprendido del enfado que le teñía la voz. La helada sorpresa de lo que acababa de averiguar estaba empezando a derretirse y en su lugar estaba creciendo una furia salvaje.

—Sabía que ocurriría antes de lo que él deseaba —contestó Yahiko solemne—. El duque se estaba muriendo de un cáncer para el que no existe cura. Espero que no les parezca insensible por mi parte, pero la caída le proporcionó una muerte rápida que, sinceramente, creo que prefería.

Por lo menos, consiguió conservar una dignidad que su enfermedad le hubiera robado.

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—Nunca me dijo nada —murmuró Ino.

Suigetsu pudo percibir en su voz que lamentaba que Hoshigaki eligiera pasar solo su dolor.

—No quería preocuparla respondió Yahiko.

—Pero yo era su mujer.

—Creo que quería ahorrarle dolor. Me dijo en muchas ocasiones que le tenía a usted gran cariño.

Pero cariño no era amor. Se hizo el silencio. Ino era incapaz de imaginar lo que Suigetsu estaría sintiendo. La rabia que sentía hacia su primer marido aumentaba con cada movimiento de la aguja de aquel reloj. Hoshigaki no había sabido apreciar lo que tenía.

Suigetsu alargó el brazo y le estrechó la mano, esperando que ella entendiera con aquel simple gesto que en su matrimonio no habría secretos, que compartirían todos y cada uno de los aspectos de su vida.

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—Si no me necesitan para nada más, me despediré de ustedes. Yahiko hizo una pequeña reverencia y se marchó.

El silencio no se fue con él. Al contrario, se hizo más pesado, más denso. Al final, Ino giró la mano y entrelazó sus dedos con los de Suigetsu.

—Me siento como si me hubiera atropellado un carruaje. No me puedo imaginar cómo te debes de sentir tú. ¿No tenías ni idea de que era tu padre? le preguntó en voz baja.

—No. Suigetsu paseó la mirada por la preciosa cara de su esposa, convencido de saber la respuesta a la pregunta que iba a hacerle, antes de que ella contestara. ¿Y tú?

Ino negó con la cabeza muy despacio.

—No tenía ni idea. Estuve casada con él durante seis años y no lo conocía en absoluto. Tengo ganas de enfadarme con él, de golpearle por no haberme dicho nada de esto. Se estaba muriendo y yo no sabía nada. Pero eso era tan típico de nuestra relación... Jamás compartió nada conmigo. Para él no fui más que una especie de vientre para parir.

—No digas eso, muñeca. Era tonto y no se dio cuenta de la increíble mujer que tenía a su lado.

Ella sonrió con suavidad.

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—Aquí estás, consolándome cuando debes estar absolutamente desolado por lo que acabas de saber. Señaló el sobre. ¿Lo vas a leer?

Él tragó con fuerza y asintió.

—Pero aquí no. Necesito estar solo. Luego te lo contaré.

Ino alargó el brazo, le cogió la cara con la mano y deslizó el pulgar por encima de sus labios.

—No tienes que darme explicaciones, Suigetsu Hozuki.

Él se puso en pie, se agachó y le dio un beso en la cabeza.

—Te quiero, Ino susurró.

Salió de la biblioteca y recorrió el pasillo hasta llegar a la puerta que daba a la terraza. Le gustaban mucho los jardines, porque allí siempre se sentía más cerca de su madre. Se dirigió al banco que había entre los rosales y se sentó. Abrió el sobre muy despacio y sacó la carta.

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Querido hijo:

Siempre tuve grandes esperanzas puestas en ti. El hecho de que estés leyendo esta carta, es una prueba de que juzgué correctamente tu carácter. En eso te pareces a tu madre. Ella poseía todas las cualidades de las que yo carezco.

Tu dulce madre servía en esta casa cuando yo me enamoré de ella. Sólo tenía quince años

cuando descubrió que esperaba un hijo, mi hijo. Y yo tan sólo tenía diecisiete años, era joven y estúpido. Y débil, increíblemente débil. No tuve el valor de enfrentarme a los deseos de mis padres y, lo que es mucho más imperdonable, no tuve el valor de permanecer junto a mi preciosa Tsukiko cuando ella se enfrentó a la censura de la sociedad con la cabeza bien alta para poder traerte al mundo. Para proteger mi nombre, ella jamás le dijo a nadie quién era el padre de su hijo. Tal era su admirable fortaleza. La echaron de la casa para que se buscara la vida como mejor pudiera, y yo no hice nada por evitar aquella injusticia.

El día que te conocí en la casa de los Uvhiha, no me podía creer la suerte que había tenido de que el destino me hubiera devuelto a mi hijo. En aquel momento, era mayor y más listo y no podía dejar pasar aquella oportunidad. Observé desde lejos la impaciencia que demostrabas ante las enseñanzas del anciano conde, y me di cuenta de que no te quedarías allí mucho tiempo, de que eras demasiado independiente y que pronto querrías vivir por tu cuenta. Por eso me convertí en tu benefactor anónimo; anónimo porque seguía .sin tener el valor de enfrentarme a ti y a los pecados que cometí en el pasado.

Lo que más deseaba en el mundo era reconocer que eras mi hijo. En alguna ocasión, fui a tu club con ese propósito en mente. Pero al final, temiendo ver reflejada en tus ojos la merecida repugnancia por mi horrendo comportamiento, permanecí fiel a mi carácter y seguí siendo un cobarde.

No me cabe ninguna duda de que bajo tu tutela mi segundo hijo adquirirá la fortaleza que le faltaba a su padre.

No espero que tengas una buena opinión de mí. No espero que pienses en mí en absoluto, pero si por casualidad mi recuerdo pasa por tu mente de vez en cuando, espero que entiendas que viví toda mi vida sin sentir más que arrepentimiento, y tal vez ése haya sido mi merecido castigo. Mi único deseo es que Dios, en su infinita misericordia, me conceda cuando muera lo que mi cobardía me negó en vida: un lugar al lado de tu madre. No me lo merezco, pero por eso lo llaman misericordia. Gracias a ésta, se perdona hasta el peor de los pecados.

Sinceramente tuyo,

Hoshigaki

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A Suigetsu no le pasó desapercibido que ni siquiera entonces había conseguido firmar la carta como su padre. Pero sabía que no era un título que Hoshigaki se hubiera ganado, e intentó consolarse pensando que el duque no le había quitado importancia a ese honor.

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—Ahora puedo ver el parecido dijo Ino muy despacio.

Suigetsu la miró.

—Creo que es fácil darse cuenta, son muy parecidos, creo que era que jamás nos cruzó por la cabeza la posibilidad, cuando entro en una habitación y te veo allí, me parece estar viéndolo a él.

Suigetsu no sabía qué contestar a eso. No estaba del todo preparado para hablar del asunto y no sabía si lo estaría algún día.

—¿Estás bien? preguntó Ino. Llevas ahí sentado casi una hora.

A Suigetsu no le había parecido tanto tiempo. Tenía la sensación de que no hubiese pasado nada de tiempo.

—Supongo que debería haberme traído uno de tus relojes.

—O el reloj de tu padre.

Suigetsu negó con la cabeza.

—Él no era mi padre. Volvió a negar con la cabeza intentando rechazar la verdad. Mi madre sólo tenía quince años cuando me trajo al mundo. He pasado toda la vida pensando que era una prostituta. Él le hizo eso. Fue por culpa de su cobardía, de su falta de agallas.

Hizo un gesto con el brazo señalando la residencia.

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—¿Sabes qué era lo que Yahiko estaba insinuando? No esperó a que ella contestara. La ley no permite que un hombre se case con la viuda de su padre.

Ino palideció.

—No había pensado en ello.

—La parte positiva es que no tengo ninguna intención de reclamar la filiación. Para mí, ese hombre era más bastardo que yo. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en los muslos y la cabeza en las manos y arrugó la carta. Yahiko ha dicho que guardaría el secreto, pero ¿y si alguien lo averigua? Nuestro matrimonio podría ser declarado nulo y nuestros hijos bastardos. ¿Es que nunca acabará el dolor que provocó Hoshigaki con su actitud?

Ino se arrodilló frente a él, le cogió las manos y se las apartó de la cara.

—Mírame le ordenó.

Le costaba tanto mirarla a los ojos... Todo era mucho más fácil cuando pensaba que su padre era un extraño, un hombre que había pagado a cambio de tener el privilegio de pasar la noche con su madre.

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—No me importa dijo Ino con sumo cariño. No me importa que anulen nuestro matrimonio. En cuanto a nuestros hijos, serán educados con mucho amor y les enseñaremos a reírse de las normas sociales cuando no les convengan. Tendrán tus fuertes convicciones, Suigetsu, y la fuerza de voluntad de tu madre. Todos honraremos su memoria. Era una mujer extraordinaria. Me hubiera encantado tener la oportunidad de conocerla. Ella me dio un tesoro.

»Te amo, Suigetsu Hozuki. Te amo con todo mi corazón y con toda mi alma. Si tengo que vivir contigo sin estar casada, así será. Lo haré sin ningún remordimiento y con muchísimo orgullo de saber que me has elegido para que sea la mujer que esté a tu lado. Y cuando vaya al infierno, estaré encantada de bailar contigo.

Suigetsu alargó el brazo, la cogió de la cintura y tiró de ella hasta sentarla en su regazo. Posó los labios sobre su boca y se deleitó en su dulce néctar. ¿Cómo podía aquella extraordinaria mujer amarlo, desearlo? ¿Cómo podía mirar su pasado y, a pesar de saber que era un bastardo, un niño de la calle, un ladrón, apreciarlo por el hombre en que se había convertido?

Se apartó y la miró a los ojos.

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—Tú eres lo único que me importa, muñeca. Tú e Inojin. Echó la cabeza hacia atrás. Cielo santo, ¡es mi hermano! Se rió. Ése es el motivo por el que Hoshigaki me nombró su tutor.

—Creo que nuestro árbol genealógico será un auténtico laberinto. Lo rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en su hombro. Todo parece estar tan mal...

—Lo único que importa es que te amo. Y que amo a Inojin. Desde que lo conocí, reconocí algo en él que me afectó de una forma especial.

Ino levantó la cabeza.

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—Creo que será mejor que no se lo diga hasta que sea mayor. Me parece que es demasiado pequeño para entender todas las ramificaciones.

Suigetsu asintió; estaba de acuerdo con ella. Además, Inojin era tan pequeño que seguramente se olvidaría de su padre.

—Probablemente, lo que voy a decir pueda sonar un poco desagradable, porque has tenido una vida muy difícil, pero esa vida es la que te ha convertido en el hombre al que amo. Y si Hoshigaki te hubiera reconocido oficialmente, jamás me habría podido casar contigo.

Suigetsu sonrió.

—Hubiéramos encontrado la forma de hacerlo, muñeca. Los rebeldes siempre se salen con la suya.

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