Scorpius Malfoy no puede creerse la suerte que tiene, Albus Potter le ha dicho que sí. Siente que puede saltar de la emoción y que el corazón se le saldrá del pecho en cualquier momento de lo rápido que palpita en su interior.

―¿Estás hablando en serio, Al? ―tiene que preguntar de nuevo si lo que sus oídos escucharon no fue algún producto de su cruel imaginación.

―Completamente en serio, Scorpius ―la sonrisa que le devuelve ese chico de ojos esmeralda puede derretirlo como el fuego al hielo.

Impropio de un Malfoy, nada digno de un Slytherin, muy adecuado para sus dieciséis años, Scorpius abraza a Albus fuerte, aprisionándolo contra su cuerpo como lo haría un oso, mientras se embriaga del olor característico que tiene, como a bosque, como a hogar, si es que es eso posible.

Después de un largo periodo en el que Albus siente que morirá de hipoxia, el primogénito Malfoy lo suelta para tomar su rostro entre sus manos, esmeralda y mercurio haciendo contacto, transmitiendo emociones que solo ellos podían notar y leer. Albus suspira hondo, sin cerrar los ojos y con una sonrisa bailando en sus labios, acerca su rostro al de Scorpius, lento, saboreando el momento, sus narices se tocan y siente que puede morir ahí mismo porque ya se encuentra en el paraíso; pero, cuando sus labios hacen contacto, sabe que ese es el mismísimo edén y que en verdad ya está muerto.

Se besan por lo que parecen horas, fundiéndose el uno con el otro, explorando sus bocas con la curiosidad de quién lleva esperando mucho por ello.

―Oye, Albus ―comenta Scorpius después de un rato, sentados los dos en los jardines del colegio.

―¿Qué pasa?

―Tenemos que decirle a nuestros padres.

―Oh, rayos ―exclamó temeroso de la reacción del tío Ron.