―¿Alguna vez has sentido arrepentimiento por lo nuestro?

Sentados en un mullido sofá, Albus y Scorpius veían televisión, una película de asesinos.

―La verdad, Albus… ―el corazón de éste se detuvo ante el titubeo―. No, nunca me he arrepentido. Bueno, quizás de haberle dicho a Ron. Vi mi vida pasar frente a mis ojos.

Albus soltó una carcajada.

Cuando él y Scorpius se hicieron amigos, pudo haberse desatado la próxima guerra mágica, sus padres que hasta ese entonces habían parecido tener un acuerdo silencioso de mutuo respeto, se fue al trasto cuando supieron que sus hijos eran novios. La familia de su madre fue la más escandalosa, por decir lo menos, las caras que pusieron pudieron haber igualado su rojiza cabellera. Aún así, el primero en parecer un adulto razonable fue el señor Malfoy, alegando que las rencillas de los padres no eran las rencillas de los hijos "déjalos ser, Potter" le había dicho a su padre. Y éste lo aceptó.

Cuando Albus y Scorpius se hicieron novios, medio colegio ya lo veía venir, sus padres, aunque reacios, terminaron aceptando que su amor era sincero y hacían un mal mayor alejándolos que dejándolos juntos. El señor Malfoy rápidamente se dispuso a dar vida a otro heredero, parecía saber desde el principio de la relación que Scorpius no le daría nietos.

La comunidad mágica también terminó aceptándolo, aunque en realidad tampoco les importaba.

Ahora, ambos con veinte años, estudiando uno en la academia de aurores y otro en la de leyes, habían decidido dar un gran paso: vivir juntos.

El amor que se profesaban era grande, lo sabían, sentían como si hubieran sido destinados para estar juntos.

―¿Qué hubiera pasado si en vez de Slytherin, estuvieras en Gryffindor? ―Preguntó Scorpius de la nada.

―Scorpius, soy demasiado astuto para no ser Slytherin.