¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA!
Segunda Parte
Esperanza
Su muerto corazón, estático como una piedra, casi lo sintió saltar y empezar a latir con la sangre más espesa y más oscura que la de un humano normal, de un tono casi negro. Los llantos de Mavis, quien percibía todo lo que sucedía, se unía a la cacofonía de voces de la horda de humanos que exigían los asesinaran. Con un delicado arrullo, intentó calmarla, mas sólo conseguía hacerla llorar más.
Drácula no sabía qué hacer, estaba contra la espada y la pared. Martha parecía encontrarse en la misma situación. Afuera, la luz amarillenta y naranja de las antorchas se colaba por el tosco y mal tallado vidrio de la ventana, tiñendo la estancia como si estuviera siendo consumida por la llamas. Drácula tenía la suma certeza de que en poco tiempo no sería la luz, sino fuego real.
Fuego. ¿Cómo demonios habían descubierto los humanos que los vampiros eran especialmente susceptibles contra el fuego?
Asomó su rostro por el vitral renacentista del castillo donde residían, el Castillo Lubov, y vio que la horda de humanos que sostenían antorchas, cruces y tridentes, se acercaba incesantemente hacia el portón principal.
Sintió la mano de Martha, con su tacto delicado y casi vaporoso, sobre su hombro.
—Debemos irnos, Drácula.
—Ya lo sé —indicó éste, girándose con Mavis en brazos. Los ojos azules de Martha lo miraban con una impasible calma, sin embargo, bailaba en ellos un destello de incertidumbre—, sólo que no podemos salirr como quisierra. Estamos rrodeados, Marrtha. La única manerra es irrnos volando, perro Mavis es muy pequeña. Demasiado.
—El castillo tiene muchas salidas ocultas.
—Que no sabemos si están taponadas o si nos esperran al otro lado.
Martha sonrió, y aquella sonrisa que parecía tener la misma vida en sus labios, la vida real y no la imitación inmortal que poseían, lo calmó un poco. Para nada porque una nueva cacofonía de gritos y la inminente llegada de los aldeanos lo volvió al presente.
Caminó en círculos por el extenso pasillo, tan veloz que las llamas de los candelabros anexados a ambos lados de las paredes parecían líneas amarillentas y naranjas. Debía haber alguna manera posible para poder salir. Volar estaba descartado, era muy probable, casi seguro, de que Mavis no lo soportaría; los vampiros no volaban a tan corta edad. No. Definitivamente volar no era la solución. ¿Salir usando su velocidad de vampiro para atravesar la multitud? Era factible, pero volvía a entrar el dilema de Mavis. Moverse así ejercía una presión fuerte en el cuerpo, más aún en el pecho, y dudaba que ella, siendo una beba, lo soportara bien.
Su transmutación o metamorfosis podía ayudarlo, sin duda, aunque…
Se detuvo en seco, ladeó un poco los ojos y observó la horda de humanos. No podía usar hipnosis en tantos, ni control de voluntad; sí, la única manera era esa: metamorfosearse en algún animal enorme y mortífero, tal vez un oso o un tigre, o en algún ser fantástico que los humanos se imaginaban para poder hacerle tiempo a Martha y así ella escapara con Mavis por otro lado.
En palabras simples, una distracción.
Sus ojos contornearon a Martha, quien parecía leerle el pensamiento. Su sonrisa y aspecto alegre y tranquilo de siempre, jovial, estaba a resguardo, enterrado muchas capas bajo ella. El ondulado cabello hasta los hombros se movió un poco ante el delicado arrullo del viento que se coló por el pasillo, sus ojos asemejaron el mismo brillo del collar que llevaba al cuello, lo había decidido.
Drácula tragó grueso.
—Marrtha, no.
Martha LuBode Drácula se llevó ceremonialmente las manos hacia el cuello, ocultándolas tras la cabellera, para luego quitarse el collar. Dio un paso hacia él y con delicadeza lo colocó sobre el cuerpo de Mavis, que de alguna manera se había quedado en silencio, con los ojos como dos esferitas de cristal, observando con un mutismo de atención a su madre.
—Sabes que es la única manera, Drac, no eres tonto. Y sabes que es así. —Le delineó la mejilla a Mavis y luego le rascó juguetonamente el cuello. La pequeña soltó una risa contagiosa—. Además —añadió con una puya alegre, de las que siempre hacía—, no se te da tan bien como a mí la transformación.
Drácula se quedó absorto en el collar que descansaba sobre el vientre de Mavis, mientras Martha se daba media vuelta y luego de indicarle que la esperara, se movía como un rayo hacia una de las escaleras laterales del castillo. El collar era una simple correa de cuero, en cuyo centro había una piedra roja como la sangre, que a Drácula siempre le pareció un misterio.
Recordó que sólo dos veces lo había visto brillar, la primera con relativa fuerza cuando ambos, aquella noche hacía tanto tiempo en que volaban y chocaron en el cielo, y que ahora que lo pensaba indudablemente habían hecho Zing esa misma noche, se vieron. Y la segunda fue cuando dio a luz a Mavis. Ese día la piedra pareció romperse de lo fuerte que se iluminó. Mas cuando él intentó saber, y sonsacarle con preguntas al azar en momentos ilógicos, sobre por qué lo hacía, ella sólo se limitaba a reír y hacer un ademán de poca importancia.
«Bueno, algo de importante debe de tener.»
Como un suspiro envuelto en un vestido negro ceñido a su figura, Martha volvió, con una especie de libro envuelto en… ¿eso era papel de regalo? Drácula sacudió la cabeza, no comprendía el porqué de ello.
—Dáselo a Mavis cuando cumpla sus ciento dieciocho, Drácula.
—Marr…
—No vayas a replicar —le advirtió—. Sabes que es la única manera. Mavis no soportaría un vuelo, mucho menos una escapada a toda velocidad. Se lastimaría; o peor. La única vía para que se salve es si uno de nosotros hace de cortina de humo para que el otro salga con ella.
—¿Y porr qué tú? —chilló; los ojos se le empezaban a volver rojizos—. ¿Porr qué no yo? ¡Erres su madrre, te necesita más a ti!
Martha asintió con una sonrisa completa, los finos labios con labial negro le abarcaron el rostro.
—Porque soy su madre. ¿Qué madre es capaz de dejar a su hijo? Con ese pensamiento humano que ellos tienen tan arraigado, no les será muy difícil centrar su atención en mí. ¿Y qué suena mejor? ¿Matar un vampiro, o matar a uno y su hija?
En silencio por la aplastante razón que Martha poseía, Drácula tomó el libro con la mano libre y se lo guardó dentro de la túnica; el collar, por otra parte, se lo colocó como si fuera una pulsera cuando le pidió a Martha que le sostuviera a Mavis un momento.
Con un único gesto de afecto, Martha le acarició la mejilla a Drácula, consolándolo un poco, para luego dirigirse a una de las escaleras del final del pasillo. Afuera, en el bosque, las antorchas ya eran claramente visibles y sus fuegos, crepitantes en la punta de éstas, se veían tan amenazadores como siempre lo habían sido. Frunció el ceño, oteando de tanto en tanto el bosque y la horda por las ventanas salpicadas en la escalera de caracol que se dirigía al vestíbulo del castillo, los humanos tenían una particular y morbosa fascinación y preferencia por el fuego. Lo usaban para vivir, pero también para ejecutar a lo que ellos llamaban herejes. Muchas veces Drácula había visto, desde la protección de la noche, cómo quemaban a sus semejantes por motivos ridículos.
Cuando llegaron al recibidor, Drácula comprendió que aquella empresa no era al azar, estaba muy bien planeada, porque el lugar estaba siendo lamido por llamas que, de alguna forma, se colaban por entre las aberturas de las piedras de las paredes y se comían las vigas de madera. Abrazó con suma protección a Mavis, que había vuelto a romper en llanto.
—Sal por atrrás —le dijo Martha—. Porr el pasadizo detrrás de la arrmadurra. —Unos golpes fuertes, como si emplearan un árbol entero para atravesar la doble puerta reforzada de madera, ahogaron la euforia del gentío—. ¡Ahorra!
El techo sobre ellos crujió y otra viga cayó como una maza en el suelo, quebrándose y esparciendo brasitas que ambos esquivaron por instinto. No quería imaginar qué les pasaría al momento de ser siquiera rozados por algo con fuego. Los vampiros se incineraban tan rápido como un papel de arroz empapado en aceite. Otro ¡POM! ¡POM! en la puerta lo hizo reaccionar.
Una última mirada, una que le desgarraba por dentro su estático y muerto corazón. No recordaba nada de si él fue siempre un vampiro, o se volvió uno, como varios humanos convertidos, pero si tal vez lo hubiera sido, nunca debió sentir un dolor como del que era presa en ese momento. Dolía, era como si le clavaran una estaca sumergida en agua bendita. Pero no era violento, sino un dolor aceptado. Con la misma lentitud de una caricia amorosa, el mismo parecía introducirle la mano en el pecho y sacarle el corazón para después arrojarlo al fuego y hacerlo ver cómo se consumía.
Aquellos ojos azules de la vampiresa, que Mavis había heredado, brillaron con animosidad un instante antes de darle la espalda y dirigirse con andares orgullosos y nobles hacia la puerta. Algo dentro de Drácula se agitó, haciéndolo volverse y llegar con Martha.
—Ocúltate —le dijo—, yo arrreglarré esto.
Le entregó a Mavis y, sin esperar que ella respondiera, le dio unos empujones por lo hombros para que se dirigiera hacia la armadura.
Abrió las puertas dobles y alzó las manos en señal de rendición, intentando pedir que se calmaran. No pudo ocultar la sorpresa al ver el rostro de los humanos. Tenían un brillo animal en los ojos, inhumano, insano, como un depredador que sólo quiere ver muerta su presa. Muy tarde comprendió que no tenía sentido aquello, que por más que intentara razonar con ellos, no conseguiría nada más que morir, porque un grito de Martha perforó el espacio.
Instantáneamente se volvió y vio con una furia latente cómo su amada era atravesada con una estaca de madera, sólo que ésta le fue clavada, por un humano que entró por el pasadizo que se suponía era su vía de escape, en la espalda, al ella girarse para proteger a Mavis. Una nueva mirada le confirmó lo inevitable. Sus ojos azules se cristalizaron como los vitrales que adornaban las ventanas y Drácula se precipitó hacia ella y tomó a Mavis en brazos.
Antes de iniciar a correr con su velocidad, arriesgándose a que Mavis sufriera una herida por la presión, pudo ver de soslayo cómo el cuerpo de Martha caía al suelo de espaldas y la estaca salía por el pecho, sobre el corazón. Su mano quedó inerte, más pálida aún de lo que era normal en los vampiros, y su delicado cuerpo y vestido negro empezaron a humedecerse por la sangre oscura y espesa que salía de la herida.
Salió a toda prisa, derrumbando humanos a su paso mientras se internaba hacia el bosque, viendo por el rabillo de los ojos, cómo los árboles pasaban tal cual una exhalación. Se detuvo cuando se sintió a salvo, no habría durado más de cuatro o seis segundos en eso, pero tenía miedo de si en ese período de tiempo, Mavis hubiera salido herida. La miró con detenimiento y suspiró, estaba ilesa.
Se irguió junto a unos árboles y observó, con infinita tristeza, el castillo siendo devorado por las llamas, que consumían todo con una fiereza enorme. Drácula fue asaltado por un dolor monstruoso, tan intenso que sintió como si por sus venas circulara lava hirviente. Cayó de rodillas, sin que éstas soportaran tal carga de tortura y estuvo, por un instante, a punto de soltar a Mavis. Aunque no tenía necesidad de respirar, emitió grandes jadeos, en busca de aire que, de forma psicológica, mitigara ese dolor.
Entonces al bajar la vista un poco para chequear a Mavis, lo notó: en su pecho, justo sobre su corazón, su túnica se había oscurecido. Se llevó una blanquecina mano allí y palpó. Sangre. Asustado por creer lo habían herido, se rasgó un poco la tela, y se sorprendió de ver que no tenía herida alguna; la sangre negra brotaba de un punto, no más grande que el puñito de Mavis, por su piel.
«…Pues el Zing sólo ocurre una vez en la vida…»
Al comprenderlo, dos lágrimas, parte agua y parte sangre, rodaron por sus mejillas. Era hermoso y terrorífico a la vez. El Zing, según lo que Drácula sabía era el sentimiento de saber y conocer a tu alma gemela, pero… ¿lo que sentía ahora era lo contrario a eso? ¿Así se sentía perderla?
Aún sin saber la respuesta y sabiéndola a la vez, se puso de pie. Mavis en sus brazos, aunque despierta, no lloraba, sólo lo miraba con atención. Drácula sonrió y le dio un toquecito en la nariz.
Se encaminó sin rumbo a algún lugar para despejar la mente. La realidad se cernía sobre él como una soga, como unas manos que fueran a clavarle una estaca en cualquier momento o a reducirlo a simples cenizas. Sólo pensaba en una cosa: proteger a Mavis.
Crearía una fortaleza inexpugnable, impenetrable, donde ella pudiera crecer y vivir sin el peligro que la existencia humana representaba para los monstruos. Y también, ¿por qué no?, sería una para cualquier monstruo que quisiera estar protegido de los humanos.
Un lugar donde los monstruos tuvieran la esperanza de vivir, y más que todo de despertar, sin pensar si sería su último día de vida.
