¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA!


Tercera Parte

Miedo

La sala de espera era un martirio peor que salir a caminar bajo el sol, sintiendo y oyendo el siseo de su cuerpo cuando empezaba a incinerarse. Sí, le constaba, esto era mucho peor, porque con lo primero bastaba sólo con encontrar una sombra, o cubrirse con bastante protector solar que tuviera un factor muy alto, sin embargo, en ese preciso momento, nada podía hacer. Nada que Jonathan no quisiera.

No era muy difícil, realmente, sólo tenía que ir a su habitación, hacerle un pequeño corte en la muñeca o en el cuello, como si fuera a morderlo. Después ella haría lo mismo y le compartiría un poco de su sangre y listo. Asunto resuelto. Sin embargo, Johnny, pese a su actitud relajada y sin importarle mucho su persona, se negaba a ello.

Odiaba con toda su inmortal vida los hospitales. Eran horribles. El olor a lejía con el de la muerte, esperando paciente a que los enfermos y ancianos en las habitaciones sucumbieran en sus manos, rondaba cada lugar. El aroma a desinfección y el aroma dulzón de los cuerpos muertos que, aunque se intentaran camuflar en la morgue para que nadie los notara, para Mavis era demasiado perceptible. Asquerosamente perceptible.

No importaba si era un hospital de monstruos o uno de humanos, el ambiente era exactamente el mismo. Los enfermeros y enfermeras, los doctores, todos eran iguales: con una máscara de cinismo mediante la cual evitaban congeniar o familiarizarse con sus pacientes. Mavis, no obstante, prefería más el de monstruos. Se sentía un poco más como en casa.

Tanto Drácula como Dennis no tardarían en llegar, lo presentía. Se había asegurado de ello. La sala de espera donde estaba había sido acomodada de tal manera que Mavis no tuviera peligro en que el sol de la tarde se colase por la única ventana y le hiciera daño. «Fueron considerados estos humanos, como menos.» Si bien en Transilvania se aceptaba a los monstruos pública y socialmente, en la práctica dicha aceptación era al azar.

Se inclinó hacia adelante en el mueble orejón sobre el que se hallaba sentada y apoyó los codos en sus piernas, uniendo sus manos, entrelazando sus dedos y apoyando su boca en éstos. Suspiró, sin que su cuerpo lo necesitara, ya que no respiraba, e intentó cerrar los ojos y no pensar. No hacía falta decir que le era imposible. El mismo escenario se lo había replanteado en el momento en que Dennis hubo cumplido los cinco años una y otra vez, y ahora, ocho años más tarde, le seguía dando vueltas eso en la cabeza, y la forma en la que irremediablemente todo acabaría.

Durante la fiesta de cumpleaños de su hijo no le dio muchas vueltas al asunto, después de todo era un momento de alegría y disfrute, mas cuando ambos se fueron a la cama fue cuando las dudas le atenazaron. Había logrado, de alguna forma ilógica, acostumbrar su cuerpo a intervalos de sueño cambiantes. Así como podía adaptarse a dormir de día en un sitio, lo podía hacer de noche.

Aun así, esa noche no pudo dormir por ello. El mismo pensamiento con el mismo resultado se repetía una y otra vez. ¿Qué hubiera pasado si el abuelo Vlad no hubiera impedido que Bela atacara a Johnny? No había que ser una genio para saber que moriría, que Bela le hubiera atravesado el pecho y su latir constante y seguro se hubiera ido reduciendo hasta que se detendría.

Sabía que si hubiera podido sudar lo habría hecho. Si su corazón seguiría latiendo, se hubiera acelerado. En aquella noche hacía ocho años, con sólo la luz mortecina de la luna colándose por la ventana de la habitación del hotel, entendió la diferencia, la abismal diferencia que los separaba a ambos.

Le había rozado el cabello con las manos, cuidando que sus garras no le lastimaran. La vida estaba en todo su esplendor en Jonathan, desprendía esa embriaguez que la atraía como un imán. No fue sino hasta cuando le recorrió el cuello con un dedo delicadamente que constató el contraste de ambos. Su piel, su propia piel era de un blanco pálido, mientras la de él era de ese tono rosa durazno. Mavis estaba muerta y Johnny estaba vivo. Era algo que por más amor que hubiera entre ambos, por más Zing que los mantuviera loco por el otro, no podían cambiar.

Algún día, así no lo quisiera Mavis, Jonathan moriría. Su corazón dejaría de latir, su sangre de circular, su piel se volvería como la de ella, pero no volvería a ver sus ojos. Jamás apreciaría de nuevo esa chispa de alegría infantil, de locura por ella, o de ese amor idiota que sabía sentía por ella con sólo mirarlo unos segundos. Su cuerpo se pudriría en la tierra, o se haría cenizas en un crematorio y al cabo de cien o doscientos años, la memoria de Jonathan Loughran terminaría por perderse de la faz de un mundo sin piedad por nada ni nadie.

Tal vez fuera en ese tiempo, o tal vez en menos, pero tarde o temprano lo olvidaría. De la misma manera en que el abuelo Vlad hubo olvidado a la abuela, de la que ni ella ni su padre sabían nada. En el transcurso de los ocho años aquella duda se intercalaba con la de la inminente muerte de Johnny. ¿Qué habría sido de ella? Drácula no pudo sólo nacer del aire. ¿La habrían asesinado como a Martha, su madre? ¿Se habría ido y dejado solo a Vlad con Drácula? ¿Vlad no hablaría de ella porque no quería, porque le dolía o porque, tan simple como ver un ave volar, el recuerdo de ella se esfumó de su memoria?

Mavis sabía que los vampiros tenían una memoria impecable, y pese a eso también sabía que no existía ser en el mundo, monstruo o mortal, que recordara todo. Siempre se olvidaba. Tarde o temprano. Por eso los humanos escribían libros o diarios. Por eso los monstruos también contaban con sus propios medios para perpetuar alguna memoria o hecho importante.

Los vampiros nacieron de Lilith, decían unos. Los vampiros eran humanos que vendieron su alma a un demonio para obtener inmortalidad, decían otros. Los vampiros eran el resultado de una maldición, seguían. Los vampiros nacieron de dos demonios en eterna lucha. Los vampiros… Ni siquiera tenía conocimiento de qué era o cómo nacía un vampiro. ¿Quién fue el primero y por qué?

Tal vez, llegó a pensar una vez, sí tenían alguna maldición encima, porque sin duda, a la larga, en mil o dos mil años, terminaban secos por dentro. Muertos en su vida inmortal. El abuelo Vlad era un claro ejemplo, sólo vio a los humanos como semejantes cuando éstos, la familia de Johnny, enfrentaron a Bela y sus esbirros sin distinguir un monstruo de otro. Sólo como un grupo consolidado. ¿Cuántos años habría pasado viéndolos como hormigas, como fuente de alimento o como basura?

Sin embargo, ¿cómo fue posible que ella hiciera Zing con uno? Era ilógico, era algo que no podía durar como muchos Zing que conocía. No duraría como los tíos Wanda y Wayne, que sólo ellos saben cuánto tienen juntos. O como el tío Fran y Eunice. A lo muchos ochenta años en los que ella seguiría exactamente igual y Jonathan se marchitaría.

—¿Por qué no acepta el que lo convierta en vampiro… o al menos que lo haga inmortal? —murmuró contra sus dedos.

Muchas veces se lo insinuó como broma, y sólo una se lo propuso de verdad. Ante las primeras Jonathan reía y hacía bromas sobre que no tendría idea de cómo volar siendo vampiro, por lo que le sentaría mal ser el único vampiro que no supiera volar; la segunda, sin embargo, le respondió con una simple sonrisa.

—Me deja sin palabras que me lo propongas, Mavis —le había dicho—, pero no podría soportarlo. Porque…

La puerta de la sala de espera se abrió con un estrépito y Drácula entró con su porte digno, aunque se encorvó un poco al ver su expresión. Mavis levantó la vista y, sin darse cuenta, estaba abrazando con fuerza al vampiro.

—Ya lo sé —le murmuró Drácula, dándole pequeñas palmaditas en la espalda.

—¡Déjenme pasar! —gritó Dennis desde el pasillo—. ¡Déjenme pasar, maldita sea!

Varios enfermeros y enfermeras le indicaban al joven vampiro que no era un momento idóneo para gritar y que sólo los familiares mayores podían esperar que su padre saliera del quirófano. Poco después escuchó el rugido de él y las quejas de los enfermeros humanos se detuvieron y lo dejaron pasar.

Su mano apareció en el umbral de la puerta antes que él. Se sostuvo del marco y su mirada era ansiosa. Sus rizos de fresa se ondularon al detenerse y sus ojos azules pasaban con frenesí y ansiedad de Mavis a Drácula. Trece años, pensó Mavis, trece años ya. Tenía ya la altura de Jonathan, y era una copia de su padre, sólo que tenía los ojos de Mavis.

—¿Qué sucedió? —Respiraba con fuerza—. ¿Qué le pasó a papá que está en un quirófano?

Mavis se separó de Drácula y con delicadeza le relató a Dennis lo mismo que le dijeron a ella. Jonathan estaba viniendo del trabajo en su auto y tuvo un accidente. Los detalles no revelaban mucho, sólo que algún conductor, tal vez ebrio o tal vez sin sentido, perdió el control a contravía y terminó por impactarlo. Éste murió en seco al salir despedido del parabrisas y chocar contra el suelo. Johnny, por otra parte, tenía su cinturón y aunque no salió despedido, sufrió importantes heridas internas.

—Por eso lo están interviniendo —murmuró, casi sin fuerzas—. Alcancé a oír algo de fracturas y ruptura de bazo, mientras lo llevaban corriendo al quirófano.

Pareció que hubieran noqueado a Dennis y dejado listo para el golpe final. Eso la hizo sentir mal, él era demasiado chico para tener que pensar sobre, tal vez, la posible muerte de su padre.

El tiempo pasó increíblemente despacio, la aguja del reloj analógico de la pared se movía una vez hacia la derecha y dos hacia la izquierda. En el transcurso de lo que quedaba de día y la noche, varios de sus conocidos vinieron a visitarlos, mientras Drácula insistió en ser él quien le avisara a sus consuegros en California. Vino Frank y Eunice; vino Murray; vino Griffin; vinieron también Wayne y Wanda, y Winnie, ésta última estuvo junto a Dennis todo el tiempo, hablando con él en murmullos, girando un pequeño anillo con una piedrita que parecía luz de luna.

Fue a las dos de la madrugada cuando su esposo salió del quirófano y a las cuatro, cuando le permitieron verlo por unos minutos. Sintió que le arrancaban el corazón y lo arrojaban a las llamas. Jonathan estaba pálido, casi de su misma tonalidad. Una fina bata le cubría, y unos tubos salían de sus brazos y boca; varias máquinas, además, emitían pitidos, líneas y datos.

Se acercó con su silencio característico y lo miró con cuidado. Por un breve instante albergó la esperanza de que ese humano herido y con suturas y vendas no fuera Jonathan; que él aparecería con su risa a través de una de las cortinas donde estaba oculto. Pero no.

Un poco de magia vampírica, del azul que sólo ella desprendía, se acumuló en sus dedos para intentar acariciarle el rostro a Jonathan y así mejorarlo rápidamente. Se detuvo justo antes de hacerlo.

«Porque…»

Que recordara la frase inconclusa que Johnny le dejó cuando le propuso hacerlo inmortal, era ilógico en ese momento. Sin embargo, ¿porque qué? Quería saber la respuesta.

«Tal vez fuera porque no quería. O porque no soportaría ver morir a sus padres, familiares y amigos mientras él seguía igual. O porque todo lo que vive debe morir. O porque…» No. Johnny no podía darle alguna respuesta muy elaborada como esas. No era por ser cruel, pero él no era muy listo que se diga. Debía ser algo más.

Los poderes de vampiros tenían una pequeña desventaja en el momento en que se realizaba lo que ella intentaba. Reanimar, curar, sanar, o como quisiera llamarle. Que si eran Zing, según hubo leído en un libro muy viejo, puesto que sus almas eran gemelas, podía ver o sentir algo de la otra. En ese momento, Mavis supo que era la respuesta a su pregunta.

Fueron imágenes fugaces, como una diapositiva, en la que estaban juntos, o con Dennis, o con los demás. Pero en todas siempre se veía la misma sonrisa bobalicona que él le daba.

—Tal vez —dijo para sí, apartando la mano y dándose cuenta que el latido y las lecturas de los aparatos mejoraban considerablemente—, sólo quiera pasar su vida conmigo. Disfrutarla por completo.

Con una sonrisa y la sensación de lágrimas agolpándosele en los ojos, salió de la habitación, fue hasta la sala de espera y le indicó a Dennis que podían irse; que Johnny estaba bien y de que estaba segura mañana se recuperaría.

Mientras surcaban el cielo nocturno y el viento le acariciaba las membranosas alas, aquel miedo ante la inminente muerte de Jonathan, que llegaría por más que la aplazara, empezó a remitir.

Estaba segura que si se enfocaba en vivir cada uno de los segundos que le quedaban, a su lado, de alguna forma lo haría inmortal…

Inmortal de la forma más romántica de la palabra.

¿Por qué quien podría olvidar quién es, fue y será tu Zing?