¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA!


Cuarta Parte

Zing

La noche era particularmente agitada, no en cuanto al clima del ambiente de la zona circundante al Hotel Transylvania, sino porque, como hoy era veintiuno de octubre, su abuelo estaba cumpliendo… Ahora que lo pensaba bien, Dennis no tenía idea de cuántos siglos tenía Drácula. Tal vez cinco, tal vez diez.

Caminando por los intrincados y laberinticos pasillos del hotel, se topó con que su tío Wayne y tío Frank, junto a tío Murray y tío Griffin, estaban afinando para dedicarle una canción al ya adulto vampiro. Dennis arqueó una ceja y esbozó una pequeña sonrisa de lado, que Frank interpretó como entusiasmo por oírlos.

—Ya verás, Dennis —sonrió Frank—, seremos como antes. Incluso a tu madre le cantamos también en sus ciento dieciocho.

Dennis levantó las palmas en señal de rendición y les dijo que esperaba oírlos con ansias, aunque fuera mentira. Le preguntó a Wayne sobre si Winnie estaba en el hotel, a lo que él le respondió con un simple «¿lo dudas?» Más animado por saber que Winnie estaba en el hotel, dio media vuelta y salió, tratando de no perderse en los pasillos. Por más que hubiera vivido toda su vida allí, con alguna que otra ida a California en alguna fiesta importante, siempre había un pasadizo que lo dejaba en algún lugar desconocido. La última vez casi se hacía puré al dar con una escalera que terminaba en un precipicio, o con un pasadizo que daba hacia varios metros sobre el lago muerto que rodeaba el hotel.

Se metió las manos en los bolsillos de la bermuda marrón con la que siempre iba, mientras caminaba a paso lento, aireado, por el lugar. Luego de girar tres veces a la derecha en varios recodos, llegó al vestíbulo, que estaba patas para arriba. Brujas iban y venía en sus escobas, agitando las verdes y arrugadas manos, con sus dedos como batutas de director de orquesta, realizando su magia para que todo estuviera limpio y presentable. El polvo que había en la estancia, casi mágico porque en sus diecisiete años de vida no lo había visto aumentar o disminuir, no estaba. Los muebles estaban más brillantes y mullidos, como una invitación a utilizarlos.

No tenía idea de qué esperar para la fiesta de su abuelo, si tenía que ser sincero. Nunca había habido una para él, siempre era para Mavis o para el mismo Dennis. Su padre no era de que le hicieran fiestas tan grandes. Sin embargo, la de su abuelo era un enigma.

Se encaminó hacia la escalera doble al norte del vestíbulo que daba a un pasillo que a su vez se dividía en dos, uno hacia otro que se dirigía hacia las habitaciones, y otro hacia el despacho de su abuelo. Se fue hacia la izquierda, al despacho. Frente a la puerta de madera pulida había, al contrario de las habitaciones que tenían una cabeza reducida, dos armaduras, y antes de que dijese algo, una de ellas habló.

—Señorito Dennis. —El mencionado frunció el ceño, no le gustaba cómo sonaba eso. Aquellos modales tan de principio de mil cuatrocientos eran raros—. ¿Desea hablar con el señor Drácula?

—Sí, por favor. ¿Está el abuelo dentro?

—Por supuesto. —Movió el brazo, que chirrió, y movió el pomo—. Adelante, cuando guste.

Dicho esto, la armadura se quedó inmóvil, viendo la nada. Dennis atravesó el umbral y entró al despacho. Éste era un salón hexagonal, donde en cinco de sus seis paredes había una estantería que llegaba al techo con libros y artículos varios. Una es especial, tras el escritorio en el centro de la estancia donde estaba Drácula firmando una enorme pila de documentos, llamaba la atención; los libros en ella eran antiguos, muy, muy viejos, con un aura de misterio, y habían artículos tanto curiosos como repulsivos, como una mano cercenada, seca, con la piel marrón y momificada.

Frente al escritorio de madera, habían dos muebles orejones de un color purpura.

—Hola, Dennisovich —saludó Drácula, sin levantar la vista de sus papeles.

—Hola, papadrac —le respondió él, tomando asiento en uno de los muebles—, feliz cumpleaños.

El vampiro alzó la mirada y sonrió, enseñando un poco los colmillos.

Grracias. —Parpadeó al mismo tiempo que lo decía, y luego lo miró con curiosidad. Dennis detectó en su abuelo aquel destello rojizo que usaba con algunos humanos que estaban reacios a decirle qué querían del hotel, sonsacándole la información.

Dennis sonrió.

—La manipulación no funciona con los vampiros, abuelo.

Drácula fingió demencia.

—No sé de qué hablas.

Hubo un momento de silencio. No sabía cómo abordar el tema que quería, y ahí fue que supo no tenía un tema claro para visitarlo, tenía conocimiento de que Drácula trabajaba como esclavo en las primeras horas de la noche antes de que le tocara salir al recibidor, por lo que interrumpirlo ahora era un poco abusivo. Se llevó una mano hacia la muñeca, en un instintivo gesto para moverse el collar que usaba como pulsera, que su madre le hubo dado cuando su padre tuvo aquel accidente. Al principio le pareció muy extraño tener un collar de mujer, mas lo aceptó en el momento de que supo perteneció a su abuela.

Y he ahí el tema para hablar.

—¿Recuerdas a la abuela? —preguntó de improvisto.

Crreo que esa prregunta ya me la habías hecho. —Drácula apartó unos documentos y los dejó a recaudo en una esquina del escritorio—. ¿A qué se debe que lo hagas de nuevo?

—Sólo quería saber… —Se recostó contra el espaldar del mueble y movió las manos como restándole importancia al asunto, pero se le notó un delicado nerviosismo. Supo que su madre tuvo su Zing apenas cumplió sus ciento dieciocho, la edad de la adultez vampírica, y que su padre lo hizo a los veintiuno, la edad de completa adultez de los humanos, por lógica, o tal vez por locura, dedujo que debía tener el propio entre los dieciocho y veintiuno… y ya le faltaba sólo un año para los dieciocho—, ya sabes, ¿cómo hiciste Zing?

—Es una prregunta peculiar. —Sonrió con aquel destello alegre—. ¿Tienes a alguien en mente?

A Dennis lo agarró un ataque de tos por la sorpresa.

—No, papadrac, ¡qué va! —La verdad era que había tenido ciertos intereses que a la larga terminaron en eso, intereses, nada importante. Se recuperó y carraspeó para centrarse y no pensar en cierta monstruo—. Es que me daba curiosidad cómo pasó. Mamá no me contó nada del suyo, dice que se vive distinto con cada quien.

—Mavis tiene rrazón. —Se tocó el mentón con dos dedos, primero con el índice y luego con el de corazón, alternando varias veces—. Varría de cada quien. Hay unos en que es instantáneo, como Wayne y Wanda, y hay otrros que el amorr se da luego del Zing, como con Mavis, y otrros, muy rrarros, que prrimero surrge el amorr, paulatinamente, y luego viene el Zing. Éstos últimos son más extrraños, en toda mi vida, y eso que es larrga, sólo sé de dos: el de mi padrre y uno de unos amigos vampirros, que fuerron cazados por ahí en el año mil cuatrrocientos, mil quinientos.

—Ah… ¿Y cómo se siente?

—Pues no sientes nada, rrealmente. Sólo que quierres pasarr más tiempo con quien hiciste Zing, y todo lo consecuente en el amorr. Casi siemprre es lo mismo. Digamos que es algo lindo.

—¿Y cómo sabes que has hecho Zing?

—Sólo lo sabes, en el momento adecuado.

—Pero…

Drácula esbozó otra sonrisa insinuante.

—¿Porr qué tanto interés por el Zing, Denisovich? —Alzó varias veces las cejas—. ¿Tienes a alguien en mente? ¿Tal vez a…?

—No, abuelo, no tengo a nadie en mente —le apresuró a cortar—. Es sólo curiosidad. —Sonrió para tratar de convencerlo. Poco después Drácula se encogió de hombros—. Por cierto, papadrac, ¿es verdad que esto perteneció a la abuela? —Alzó la mano, dejando ver que a modo de pulsera tenía el collar de su madre.

El vampiro mayor no pudo contener una expresión de sorpresa, anhelo, retrospección y una sonrisa que brotó por sí misma, sin él quererlo.

—Claro —asintió—. Erra el collarr favorrito de Marrtha. Bueno, erra su único collarr, de hecho. La corrrea tiene un encantamiento de magia vampírrica para ajustarse a quien lo use y la piedrra, según investigué, está hecha de sangrre de vampirro. Es algo muy rrarro, porrque se supone que nuestrra sangrre es casi negrra.

—La mía no es negra —terció él.

Porrque erres semivampirro.

—¿Y qué hace, o sólo es de adorno?

—Pues se ilumina cuando quien lo usa, ve algo que ama o amarrá. —Drácula sonrió y Dennis captó el destello de un recuerdo bailar en sus ojos—. Mucho después comprrendí el porrqué la piedrra brilló cuando Marrtha y yo nos conocimos.

Dennis se levantó de su asiento, no sin dejar de mirar la forma en que su abuelo sonreía, dándole un poco de envidia. ¿Algún día sonreiría así? Bueno, eso esperaba, aunque quitando la parte de perder el amor de su vida. Inspiró profundo y le indicó, luego de desearle feliz cumpleaños nuevamente, que iría a dar una vuelta por ahí. Drácula, sin embargo, cuando Dennis llegó al umbral de la puerta, le dijo:

—Vi hace rrato a Wayne, porr lo que Winnie debe de estarr cerrca.

—¿Por qué lo dices, abuelo?

El dueño del Hotel Transylvania se tocó la punta nariz con un dedo, varias veces.

—Tengo casi seiscientos años, Denisovich, sé cómo verr.

Frunciendo un poco el ceño por la incomprensión, Dennis salió del despacho y empezó a moverse por el hotel, sin rumbo fijo. En definitiva, no tenía nada qué hacer. No sabía cómo ayudar a sus padres en los preparativos de la fiesta de su abuelo, y tampoco es que ambos lo dejaran, sus instrucciones fueron claras el día de ayer: no ayudar o intervenir.

Sin más en mente, decidió ir a su habitación y sentarse en el borde del balcón que daba hacia el lago muerto, con las piernas oscilando fuera del borde, sintiendo el frío aire de la noche acariciarle la piel. A lo lejos, los árboles del bosque sin vida movían las ramas que estaban a punto de caerse, o las que eran tan delgadas que no podían oponer resistencia al viento.

Ese pasatiempo era uno adquirido. No era algo que hubiera querido hacer, mas durante las noches en que su padre hubo vuelto del hospital hacía cuatro años y su madre lo mantenía bajo sus cuidados, Dennis tomaba asiento en su balcón privado, ya sea en el suelo, como ahora, pasando las piernas por entre los espacio de los barrotes de la balaustrada, o sentado en el borde de ésta, y veía la noche pasar. Llevó su tiempo que su padre se mejorara por completo, hasta el punto de llegar a bromear con ello, no obstante, durante el tiempo de su recuperación, sólo la luna le respondía las preguntas internas que se había hecho.

Y que aún seguían.

¿Por qué su madre no lo hacía inmortal? Sabía que moriría. Es ley de vida de los hijos ver morir a sus padres, pero… ¿aplicaba eso a los monstruos? Ellos eran beneficiados con una vida increíblemente longeva, y los vampiros aún más con su inmortalidad, que se le hacía injusto los humanos no gozaran ese privilegio.

Y varias veces, y claro, de vez en cuando como ahora, pensaba en que a la larga, sólo serían su abuelo, su bisabuelo, su madre y él por siempre. No sabía a ciencia cierta el tiempo de vida de los demás monstruos, pero todos morían, menos los vampiros que ya estaban muertos. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latir de su corazón.

—Pero yo estoy vivo —se dijo con un murmullo, por millonésima vez—. ¿La inmortalidad aplicaría para mí de la misma forma que a mi mamá o a mi abuelo, o sólo me hará extremadamente longevo, para luego morir al final?

Aquel panorama siempre le dejaba en dos disyuntivas: la muerte y la vida eterna. ¿Qué era mejor? No podía elegir. Era muy complicado, y presentía no tenía la madurez suficiente.

El delicado olor salvaje y a bosque que ya conocía de memoria le llegó a su muy atento olfato de vampiro. Al volver la mirada, vio que Winnie cerraba con cuidado la puerta de su habitación. Le sonrió cuando sus ojos se encontraron. Un vistazo fugaz de la antigua Winnie, la que jugaba con él de pequeño, le llegó a la mente. Había cambiado bastante.

Ahora era una loba de diecinueve años, con un cuerpo esbelto y atlético como todo licántropo; un pelaje marrón chocolate más suave y a la vez rebelde, con tres perforaciones en cada oreja y una larga y ondulada cabellera hasta la cintura. Guapa. No hermosa a lo top model, con aquella belleza artificial, sino guapa. Casi no quedaba rastros de la Winnie infantil, sólo aquel brillo vivaracho y alegre en esos ojos azul cielo.

Caminó hasta él, se sentó a su lado, colgando a su vez las piernas por la balaustrada y, para sorpresa de Dennis, éstas capturaron su mirada.

Winnie. ¡Por la Noche!, no había manera de no querer que su amiga nunca se separara de él. Perdía la cuenta de las veces que había estado con él cuando la necesitaba. Tanto en cosas sin importancias, como en las más delicadas, ya sea el ataque de Bela, o su apoyo en el accidente de su padre. Ella se había dedicado, en el último escenario, a sostenerle la mano con tal fuerza que le había marcado las garras y sacado sangre, aunque el dolor le había impedido a Dennis entrar en los cuadros de negación que había visto a otros humanos padecer por la impresión.

Era un simple: «Estoy aquí. Estás aquí. Eres fuerte y puedes con esto. Y si no puedes, lo haremos juntos».

Le echó el brazo al hombro, de forma juguetona, y preguntó.

—¿Qué haces, Zing-Zing?

Ladeó la vista y buscó sus ojos. Ella sonreía un poco, haciéndole con el dedo de la mano sobre su hombro, pequeños nudos en el cabello. Se había resignado hacía mucho a reñirla por eso, ya no le decía Rizos de Fresa, como antes, sino que jugueteaba con su cabello de esa forma. Sus ojos se encontraron y engancharon. Estaban demasiado cerca, casi mejilla contra mejilla.

—Pensando —respondió Dennis.

—¿En qué?

—Cosas.

—¿No estarías pensando en tío Johnny de nuevo, o sí? —inquirió, cambiando el tono de siempre a uno un poco más serio—. Está bien, sano, fuerte. Está imparable ayudando con los preparativos.

—No, claro que… —Winnie se separó y le tomó por la barbilla, apretándole las mejillas y fijándole la mirada de frente a frente. Dennis tragó grueso, sabía no podía mentirle—. Bueno —reconoció, con los labios asemejando la boquilla de un pez por la forma en que la loba le sostenía—, un poco sí.

—No le des más vueltas a eso, Zing-Zing. —Frunció el ceño, asintiendo para aseverar sus palabras.

—Es que… —rebatió—, no sólo es eso. No sólo es papá. ¿No te has puesto a pensar en que a la larga, los vampiros siempre se quedan solos? Sin amigos, sin seres queridos, sólo con otros vampiros que serán tan secos como ellos sólo saben.

Esta vez, Winnie no dijo nada, sino que le aflojó el agarre en las mejillas y se metió las patas en los bolsillos de la chaqueta con las mangas rasgadas que tenía, con un dibujo de una calavera dividida a la mitad por la cremallera.

—Un poco, sí —respondió para su sorpresa.

—Terminaré caminando solo.

—Tal vez. —Volvió a pasarle el brazo por el cuello y con un brusco movimiento lo hizo quedar tan pegado a ella que era casi un abrazo; su cabeza y rostro quedaron sepultados entre la clavícula y pecho de Winnie—. Pero, por ahora, y tal vez por muchos siglos más, no lo harás solo. Mira a papá, por ejemplo, tiene casi la misma edad de tío Drac.

—¿Y esa es? —se interesó Dennis, preguntándolo contra la camiseta bajo la chaqueta de Winnie.

—No lo sé, no le he preguntado.

—¿Te has dado cuenta de que a los monstruos poco le importa su edad? —sonrió.

—Un poco, sí —respondió risueña ella—. Tal vez nos pase a nosotros.

—Tal vez.

Dennis se quedó así por un largo rato, tal vez fueron minutos, tal vez horas, pero ella, Winnie en general, le traía una calma fantasmal. Una que le maravillaba y horrorizaba. Le maravillaba porque no había otro ser existente que le diera tanta tranquilidad con sólo su estadía, pero le aterraba enormemente porque sabía, en el momento en que ella muriese, si no moría con ella, moriría el noventa por ciento de su ser, dejándolo como un cascarón vacío.

Y no quería eso. No podría soportar eso.

Entonces se sorprendió diciendo:

—No quiero perderte.

—No lo harás —escuchó ella respondía, con tranquilidad e infinito cariño, dándole una mínima caricia en el cabello. Le había contado que ése era su punto débil, su cabello. Si le seguía haciendo eso se relajaría tanto que caería dormido.

Se apenó demasiado por ello, sintió las mejillas arder.

—¿Por qué piensas eso, Zing-Zing?

Antes de darse cuenta, ya tenía la cabeza reposando en los muslos de Winnie, ladeó un poco la mirada, tratando de abrirse paso del paisaje que era su cuerpo, para hallar los ojos.

—Porque sabes pasará.

—Eso no lo sabes.

—Soy un vampiro, soy inmortal.

—Eres un mestizo —le corrigió; le acarició con más fuerza. Oh, dioses, caería dormido, lo tenía seguro. Cerró los ojos y sólo se dejó—. Puede que no seas inmortal.

—¿Has pensado en eso también?

—Obvio.

La sintió moverse y por instinto Dennis abrió los ojos. Su rostro con las facciones delineadas por la luz de luna era hermoso. ¡Era imposible que no lo hubiera notado hasta ahora! Era hermosa. Una cara ligeramente redondeada, las patillas de la ondulada cabellera chocolate se enroscaban sobre los pómulos, dándole un aspecto de alguna diosa que hubiera descendido a la tierra. Sonrió, y sus afilados incisivos estuvieron a la vista; no era intimidante, sino hermosa. Los pómulos, inclusive, remarcaban esa frágil y etérea, pero magnifica belleza.

El corazón comenzó a latirle con fuerza, un pumpumpum cada vez más rápido y errático. Estaba nervioso. Era raro, porque muchas veces había estado así, solo y de esa forma tan… ¿intima, quizá?, con ella. ¿Por qué ahora se sentía así?

La piedra roja del collar de su abuela, en su muñeca, brilló con tal fuerza que lo hizo erguirse de golpe, golpeándose con el borde superior del balcón. Winnie se inclinó un poco, aún sentada y miró con curiosidad el collar. Dennis se llevó la mano al pecho, ¿qué había dicho su abuelo sobre el collar?

«…Se ilumina cuando quien lo usa, ve algo que ama o amará…»

Se volteó a verla y se detuvo en seco, como si sus articulaciones hubieran sido reemplazadas en un instante por mármol sin tallar. Winnie se había acercado tanto por la curiosidad que quedó casi sobre su nuca, y al Dennis volverse, sus rostros habían quedado tan cerca que sus narices se rozaron por un instante.

Ninguno se apartó. Sólo estaban quietos. Un fugaz brillo rosa bailó en los ojos de ambos, y Dennis percibió («¡Bendita visión de vampiro!») el sonrojo intenso que estaba ocurriendo bajo el fino pelaje del rostro de Winnie; tanto que empezaba a tomarle las orejas. Dennis supuso estaba igual o peor. Intentó apartarse un poco, pero lo atrapó un descubrimiento muy bonito: en el azul de los ojos de Winnie, muy cerca de la pupila, habían unos puntitos dorados.

A su mente volvió un pensamiento que había tenido a los quince. Si le tocaba ser inmortal, su Zing también debería serlo para no terminar como su madre, que sabía el destino le deparaba, y aún así… ¿y si su Zing no lo fuera? Si no fuera una vampiresa.

«¿Y si no lo fuera? —pensó—. No. No lo es.»

Ambos, en un tácito acuerdo, tal vez consciente, tal vez no, se acercaron un poco.

No. No lo era.

El roce de la nariz de Winnie era, para su sorpresa, cálido, no frío como lo imaginaba. El pumpumpum empezó a sonar como un cover de batería por los nervios. Abrieron un poco los labios y un susurro sin sonido escapó de sus labios.

«No. No lo es.»

Se besaron. Los primeros diez segundos juró que murió. Clínicamente debería estar muerto. Su corazón latía como si tuviera una arritmia de música latina, luego se detuvo y luego volvió a latir. Sintió el cuerpo aflojarse como una gelatina, para después tener el valor, que quien sabe de dónde sacó, para seguir el beso.

Era ridículo, hermoso, fantástico y todos los adjetivos que pudiera pensar en su atrofiado cerebro que sólo se enfocaba en los labios de Winnie. Eran suaves, tanto que le parecían rogar que no parara; pasado los veinte segundos les tocó separarse por el preciado oxígeno, y los ojos de ambos, al verse, brillaron con un instinto casi animal.

Volvieron a besarse, esta vez con necesidad, como si el otro fuera algo que necesitaran para vivir. Más fuerte que el alcohol, más adictivo que las drogas, y más satisfactorio que la Splendangre. Le pasó los brazos por la espalda y cintura, pegándola más hacia él, mientras ella le llevaba los brazos al cuello y hacía lo mismo, con pequeños mordiscos en el labio que lo enloquecían. Y entre todo eso, había un baile de colores, rojo y blanco, su collar a modo de pulsera y el anillo que ella llevaba.

No quería saber qué era ese anillo, si brillaba de la misma manera, debería ser parecido, si no es que igual. Se separaron nuevamente y jadearon, agotados.

El silencio empezaba a hacer acto de presencia y Dennis no sabía cómo iniciar a hablar. De hecho, creía haber perdido la capacidad.

—¿Qué fue eso? —preguntó Winnie, con un jadeo.

—No sé —respondió Dennis, ronco—. Pero me gustó. —Se tocó el labio—. Te amo —soltó como quien habla del clima.

Winnie abrió mucho los ojos y pareció incendiarse bajo el pelaje. Ladeó la mirada y carraspeó.

—¿Cómo?

—Te amo —aseveró con el alma en esas palabras. Sí, ahora tenía sentido. No podía sentir todas aquellas emociones por ella, que se fortalecieron durante su vida entera, porque sí. Tenía que quererla, tenía que amarla con locura—. Te amo.

Se acercó un poco más a ella, sus piernas se rozaban de la cercanía y le puso, de nuevo, la mano en la cintura para acercarla. «Si me da un infarto, valdrá la pena.» Empezó a acercarse más a su rostro.

—Si no haces o dices algo más —le dijo—, te juro que te vuelvo a besar.

Y antes de que pudiera siquiera cumplirlo, vio el destello divertido de Winnie de nuevo, vio sus brazos tomarlo por el cuello, y fue consciente de cómo aquellos labios estampaban los suyos en otro beso.

Una vez terminaron, ambos se tumbaron en el suelo del balcón, lo poco que le faltaba por recostarse, y Dennis abrazaba a Winnie por la cintura con actitud protectora, como si sintiera que si la soltaba se desvanecería en neblina, ocultando su rostro en su hombro, mientras ella le volvía a hacer esas caricias en el cabello que tanto le gustaban.

Ahora, y sólo ahora, comprendía por qué Mavis le había dicho que cada quien tenía su Zing a su manera y le pasaba distinto. A él, por ejemplo, le pasó de una forma maravillosa. No tenía comparación.

El corazón se le estrujó un poco al pensar que, quizá en seiscientos años, ella muriese. La abrazó aún más, como un cachorro a su protector, y Winnie, percibiendo lo que lo aquejaba le levantó el rostro, le apartó unos mechones de la frente y reposó sus labios en ésta, con un pequeño beso.

Dennis se quedó perplejo por aquella acción. Más por el significado de la misma que por la acción en sí. Porque sabía con un beso en la frente le decía sin palabras que lo cuidaría, que se cuidarían, por toda la vida.

La imitó. Se separó un poco, se irguió y le besó la frente también; el mensaje era el mismo.

Después de todo, sí era por toda la vida. Porque era su Zing. Y por ella, por Winnie, haría lo imposible para estar a su lado siempre. Ya sea haciéndola inmortal, o considerando, si llegaba a portarla él, encontrar la manera de perder dicha inmortalidad.