4. Un agradable paseo con Emma Swan

Regina

David y yo acabamos de llegar a la mansión de Margaret Bayern. No veo la hora de reencontrarme con Emma, pues habíamos pasado los últimos días cambiándonos mensajes y descubriendo nuevas cosas en común.

Acordamos, incluso, dar un paseo turístico por Boston, ciudad que ambas apreciábamos.

A priori, David no reaccionó muy bien cuando le hablé sobre mi amistad con su hermana y que estábamos interactuando bastante virtualmente.

Y cuando le comenté acerca del paseo que haríamos juntas, casi le da un infarto. Sin embargo, le recordé la amenaza que le hice la última vez que estuvimos aquí y él, aunque contrariado, decidió ser más razonable y dijo que durante nuestro paseo, aprovecharía para ver un partido de los Boston Celtics con el padre.

Como la vez anterior, somos recibidos por Margaret, siempre elegantísima en sus impecables trajes.

Tras los corteses saludos, no me contengo y le pregunto

-¿Dónde está Emma?- intentando no demostrar mucho mi ansiedad.

Noto que tanto Margaret como mi novio se ponen incómodos con mi repentina pregunta. Supongo que por motivos diferentes: él por celos y ella por haber llamado a su "Eric" de Emma.

Tras un tiempo en silencio, ella carraspea un poco, recobrando su pose altiva y responde secamente

-Eric está en su estudio, trabajando- me informa

Me doy cuenta de que la actitud de preguntar por Emma nada más llegar había sonado un tanto precipitada, así que decido conversar con ellos un poco más.

Mientras hablábamos sobre asuntos triviales, observo a Jefferson y Tinker entrando en la sala donde estábamos y les sonrío a ambos, pues, incluso habiendo tenido poca interacción con ellos la última vez, sentí que forman una pareja muy simpática y enamorada.

Con la esperanza de que Emma también se junte a nosotros, me quedo charlando con la pareja, al mismo tiempo en que David dialoga con la madre sobre la posibilidad de abrir una clínica en Boston, algo que llevaba planeando desde hacía un tiempo.

En medio de la conversación con Jefferson y Tinker, miro, como no quiere la cosa, hacia la puerta de la sola donde estábamos, deseando que se abriera y una rubia alta y bonita nos brindase con su encantadora presencia.

Al lanzar una de mis miradas esperanzadoras hacia la puerta, veo que se abre e imagino que mi deseo de ver a Emma será finalmente realizado. Sin embargo, quien aparece es el mayordomo, el sr. Glass, que se dirige, algo nervioso, a la dueña de la casa.

-Señora, "E" se ha herido y está sangrando un poco. Me ha pedido que no le diga nada, pero, he quedado preocupado y creí mejor hacerlo- explica y deduzco que "E" puede ser Emma, aunque no tengo idea de por qué él la llama así

La expresión de Margaret cambia radicalmente, adquiriendo una expresión de terror.

-Ya le he dicho a Eric que deje de manejar objetos cortantes para evitar esos accidentes, ya que tiene un tipo de sangre raro- dice, angustiada –Menos mal que David está aquí para donar, si fuera necesario- añade, un poco más relajada, mirando a mi novio.

A pesar de quedarme también algo aprensiva, pues aún no había visto a Emma, estaba segura de que el caso no llegaría al extremo de donación de sangre, por eso compruebo cómo Margaret es una madre dedicada y protectora.

Vamos todos en busca de la "accidentada" que, según el sr. Glass, había ido al cuarto a curarse.

La matriarca de la familia abre la puerta del dormitorio sin llamar, entrando en la habitación como un huracán, seguida por todos nosotros.

Mira por todo el cuarto y, al no ver a su "Eric" en ningún lado, indaga gritando.

-Hijo mío, ¿dónde estás?- en tono preocupado

-¡Calma, mamá! Estoy en el baño- escuchamos la voz de Emma desde detrás de una puerta lateral, que enseguida es abierta

Cuando sale del aseo, lleva una falda y solo un sujetador en la parte superior, dejando a la vista su definido abdomen.

Mira a su alrededor, y se da cuenta de que su madre no es la única ocupante del cuarto en ese momento. Su mirada se encuentra con la mía y noto el rubor reflejarse en su rostro.

Rápidamente coge una blusa que está sobre la cama, y se cubre sus grandes y bonitos pechos.

-Mamá, ¿era necesario haber preocupado a todo el mundo solo por un corte?- dice irritada –¡Por eso le dije a Sidney que no te dijera nada!- concluye, dedicándole a Margaret una mirada de censura

-¡Hizo bien!¡Podrías haberte desangrado! ¿Dónde está la blusa que llevabas antes? Tiene que estar toda ensangrentada si necesitaste cambiártela- subraya, casi sin respirar, acercándose a la hija, sin importarle sus protestas -¡Enséñame el corte!- ordena, autoritaria

Emma levanta el brazo, exhibiendo una perforación relativamente profunda, pero que no justifica tanto pánico por parte de su progenitora.

Al darme cuenta de que no corre peligro, comienzo a divertirme aún más con la situación, sobre todo cuando Margaret se dirige a mi novio y le pregunta

-David, ¿trajiste tu material quirúrgico? Porque creo que tu hermano necesita puntos- finaliza, afligida

David, que lleva un tiempo con el ceño fruncido, se acerca a las dos y comprueba el brazo de la hermana

-¡No es para tanto, mamá!- dice visiblemente irritado porque Margaret está demostrando tanta preocupación con el bienestar de Emma.

-¡Una sencilla cura resuelve el problema!- añade, encarando a la madre y tengo la impresión de que David no solo siente celos de la hermana conmigo.

Tras hacerle la cura, contrariado, pues es obligado por la madre a realizar la sutura, bajamos a la sala de estar y Emma, que vuelve a actuar conmigo con naturalidad después de haberse sentido avergonzada por haberla visto sin la blusa, conversa conmigo.

Aprovecho para saciar mi curiosidad.

-Emma, ¿por qué el sr. Glass te llama "E"?

Ella me dedica una sonrisa linda, mostrándome sus perfectos y blancos dientes y responde

-Sidney me trata así a causa de un acuerdo que hicimos para que esté bien conmigo y con mi madre. Ella jamás admitiría que su mayordomo me llamara Emma y yo no soportaría que alguien, aparte de ella, me llamara Eric. Así que, le sugerí que me llamara así, agradando o no desagradando ni a griegos ni a troyanos- aclara, risueña

-¡Esa, realmente, fue una salida brillante!- digo, fascinada por su manera chistosa

Al percibir que estamos conversando animadamente, Jefferson se acerca a nosotras y le pregunta a Emma

-¿Eh, hermanita? ¿Ya estás recuperada de tu "profundo corte" o aún tendremos que contar con la buena voluntad de David para una trasfusión de sangre?- finaliza, bromista, dándole un golpecito en el brazo lastimado.

-¡Jefferson, ve a darle la lata a otra persona!- responde, sonriente, claramente divirtiéndose con la broma del hermano

Él le saca la lengua y, acto seguido, se gira hacia mí

-Regina, percibo que estás cada vez más animada en formar parte de esta familia de locos- dice, guasón y, después de una pausa, añade –En serio…espero que la ñoñería de Margaret no te haya asustado mucho y ya te aviso que si pretendes darle nietos, te prepares para ver escenas como esa diariamente- avisa, en un tono falsamente severo.

Le sonrío y digo

-Jefferson, salgo con tu hermano apenas hace tres meses. La boda aún no está en mis planes, mucho menos hijos

-¡Qué pena, cuñadita! Ya estaba imaginando cómo diseñaría tu vestido de boda, pues adoro crear modelos para mujeres con tu tipo- profiere simpático

Me quedo curiosa con ese comentario y pregunto

-¿Eres diseñador? David no mencionó tu profesión- digo, admirada

-¡Muy típico de David no decir que tiene un hermano estilista!- enfatiza, irritado.

En ese instante, Tinker viene a llamarlo para vestirse, ya que se van a ir al cine.

Cuando me quedo sola con Emma de nuevo, recuerdo que tengo dos cosas para ella en mi equipaje: el disco que me prestó y un regalo que le compré.

Subimos hasta el cuarto que comparto con mi novio y Emma está eufórica, preguntando en todo momento qué le había llevado, pareciendo una niña pequeña.

Al entregarle el paquete, sus ojos brillan y parece aún más encantadora.

-¡Regina, cuánta amabilidad de tu parte! No sé qué decir- añade, emocionada al ver que le había comprado una colección de música brasileña

-Me dejaste tan fascinada por esta música que fui a una tienda especializada para adquirir nuevos álbumes que pudieran ampliar mis conocimientos en ese campo. Y no podría salir sin traerle un regalo a la persona que me enseñó esta música tan rica y apasionante- digo, admirando la belleza de sus ojos verdes llorosos.

Aún está mirándome con expresión tierna y, sin que lo esperase, me abraza.

Siento el delicioso perfume de su cabello invadir mi nariz y su respiración jadeante en mi cuello me provoca una escalofrío por toda la columna. Pero antes de poder devolverle el abrazo, se separa, dejándome confusa.

-Perdóname, creo que me entusiasmé demasiado con el regalo- dice, avergonzada, sin mirarme a la cara.

Me acerco a ella, coloco mi mano en su rostro y cuando su mirada se cruza con la mía, beso su mejilla suave y lentamente, cogiéndola por sorpresa.

-¡No tienes que pedir disculpas! Somos amigas y es natural tener demostraciones de cariño entre nosotras- afirmo, arrebatada por la vulnerabilidad de su mirada –Y ahora, señorita Swan, sugiero que vaya a arreglarse, pues yo iré a hacer lo mismo, ya que alguien me prometió un paseo cultural esta tarde- añado, bromista, haciéndola sonreír y ella se encamina hacia su cuarto para atender mi pedido.


Comenzamos el paseo por la parte norte de la zona histórica de Boston, llamada North End. Emma me lleva hasta una calle donde se sitúan unas coloridas casas, demostrando un gran conocimiento sobre la arquitectura de esas pintorescas construcciones.

Me quedé maravillada con los detalles de las edificaciones y recordé mi juventud, cuando paseaba por las calles de Boston y pasaba horas admirando la fachada de los edificios.

Tras ese paseo, decidimos almorzar en Little Italy, aún en North End. Optamos por el restaurante Saraceno y me habría encantado degustar la pasta, pues me gusta mucho la comida italiana, sin embargo, como pretendíamos hacer el paseo andando, escogimos una comida más ligera.

Mientras comemos, ella me habla de los próximos locales a los que pretende llevarme, aumentando mis expectativas y ansiedad.

Al terminar de comer, Emma nos condujo al Jardín Público de la ciudad, estacionando en un área privada, pues haremos el paseo por el césped a pie.

Vemos unas ardillas paseando por el césped, y algunas más osadas, corren alrededor de nosotras, divirtiéndonos.

Observo los pedales en el lago y un deseo pueril me domina. La cojo de la mano, eufórica, y sentencio

-¡Adoro los pedales y la señorita está obligada a dar una vuelta en uno conmigo!

Ella sonríe

-¡A sus órdenes, Majestad!- asiente, haciendo una reverencia

Cuando nos acercamos a la orilla del lago, donde unos de los Swan Boats está parado, ella paga al hombre, sube y me extiende la mano, como una perfecta "caballera", ayudándome a subir.

En medio de risas alegres y grititos de felicidad, la mayoría emitidos por mí, el bote, con forma de cisne, desliza suavemente por el agua, mientras pienso que el clima no podría ser más romántico.

-Hacía años que no subía en un pedal. Creo que desde que era una niña- dice, de repente

-Y debes estar pensando que soy muy infantil por tanta euforia- replico, soltando las manos de la barra de hierro y llevándomela a los ojos, fingiendo timidez.

-¡De ninguna manera! Pero no deberías soltarte de la barra de protección. No quiero que nuestro paseo termine contigo cayendo en esa agua helada- dice, devolviendo una de mis manos a la barra y sonriendo dulcemente.

-Gracias por cuidar de mí, señorita Swan. ¡Debo estar pareciendo más boba aún!- digo, guasona

-Y yo una abuela de setenta años, cuidando de la nietita traviesa- rebate en el mismo tono

La miro de arriba abajo y sigo con la broma

-¡Para ser una abuela de setenta años, estás muy bien conservada!

-¡Oh, gracias! Pero no sé si eso es exactamente un elogio- remata y ambas nos echamos a reír.

Al acabar el paseo en el lago, nos encaminamos de nuevo al coche, para continuar hacia el Museo de Bellas Artes, próxima parada en nuestra visita.

El Museo es muy amplio y abriga un gran acervo de obras de arte, de todas las épocas y oriunda de todos los continentes. Sabemos que es imposible contemplar todas las piezas en el corto tiempo del que disponemos. Sin embargo, como las dos ya habíamos estado en el museo antes, aunque fuera hacía mucho tiempo, como era mi caso, solo estábamos interesadas en las novedades, sobre todo en aquellas relativas al arte contemporáneo, del que somos grandes entusiastas.

Pasamos más de dos horas andando por las salas, deteniéndonos en las obras más interesantes y esbozando nuestras impresiones sobre las pinturas y esculturas que vemos por el recinto.

Salimos extasiadas y pretendemos usar el ticket que nos regalaron en la entrada para volver en un plazo de diez días, con la intención de continuar la visita de las alas que faltaban.

Ya son cerca de las seis cuando Emma estaciona frente a la Biblioteca Pública de Boston, nuestra última parada.

Soy una enamorada por el acervo literario de la biblioteca desde la adolescencia y aunque está siendo reformada, su estructura, felizmente, ha cambiado muy poco.

Cuando estamos entrando, Emma, una vez más, me deja fascinada con sus conocimientos sobre la arquitectura del edificio, resaltando su importancia histórica para la ciudad.

-Tienes que ver la colección sobre la vida de Juana de Arco que hay aquí- dice entusiasmada –Hubo una época de mi adolescencia que venía todos los fines de semana a la biblioteca a estudiar esos volúmenes- añade, nostálgica

-Ella es mi segunda figura histórica favorita- revelo, algo enigmática

-¿Y quién es la primera?- pregunta con los ojos brillando de curiosidad

-¡Mary Quant! Y antes de que me acuses de frivolidad, debo recordarte la importancia de la minifalda en la liberación femenina- enfatizo, entusiasmada

Ella me dedica su linda sonrisa

-Calma, me has robado el placer de rotularte como pija- dice, poniendo una cara de decepción –Nunca había pensado en ello, pero tienes razón. De una forma diferente, Mary Quant es una figura histórica ilustre-resalta, seria

-Imagino que tu preferida es La Pucelle d'Orleans- menciono el sobrenombre de la heroína francesa que luchó en la Guerra de los Cien años entre Francia e Inglaterra –Ahora, dime por qué- pido

-¡Por motivos tan feministas como los tuyos!- afirma-Supongo lo revolucionario que debió ser una mujer luchando en el ejército francés, aunque llevara ropas masculinas. Si hoy aún es un escándalo, imagino en aquella época-subraya elocuente, y tengo la certeza de que, en ese instante, Emma se está refiriendo a ella misma.

Mientras charlamos, veo a una mujer desconocida acercándose, sonriendo.

-¿Emma?- dice al llegar más cerca de nosotras

Mi amiga se gira y responde

-Hola, Belle, ¿cuánto tiempo? ¿Aún trabajas aquí?- inquiere, dándole un beso en la mejilla y recuerdo que David comentó que la ex de Emma tenía ese nombre.

-Sí, no salió muy bien mi viaje a Phoenix- añade

-Lo siento mucho, estabas tan entusiasmada con ese cambio de aires- la rubia dice, en un tono seco y, en ese momento, parece darse cuenta de que no nos había presentado- Belle, esta es Regina Mills, la novia de David- quedo un poco molesta por no presentarme como su amiga –Regina, esta es Belle French, una vieja amiga-concluye, y percibo que a la otra tampoco le gustó la forma de ser presentada.

Nos dimos la mano y sonreímos de forma educada.

A medida que charlábamos, observo que Belle apenas desvía la mirada de Emma y puedo asegurar que aún nutre sentimientos por la rubia.

Esa constatación me deja confusa, porque aún no entiendo el motivo de su separación, e incómoda, pues la manera en la que contempla a Emma de alguna forma me irrita.

Felizmente, Belle tiene que regresar al trabajo y nosotras dos también tenemos que volver a la mansión, ya que se está haciendo tarde.

Cuando estamos en la pequeña escalera exterior de la biblioteca, comienzo a saltar los escalones, como si estuviera jugando a la rayuela. La broma es extremadamente infantil, pero estoy tan feliz por la tarde maravillosa que he pasado al lado de Emma que no me importan las miradas de censura de la gente a nuestro alrededor.

Ella, que está a algunos escalones debajo de mí, al verme hacer esa travesura, avisa

-Creo que es mejor que no hagas eso con esos zapatos

-No te preocupes, siempre jugaba así cuando venía aquí en mi adolescencia- aseguro, confiada y convencida.

-¡Está bien! Sin embargo, creo que a los doce años no usabas tacones-replica, ya al final de las escaleras.

Y antes de poder contestar, piso en falso el penúltimo escalón y no caigo al suelo porque ella me agarra con firmeza.

Siento sus brazos alrededor de mi cintura, sustentándome, y su respiración pesada sobre mis párpados.

Al alzar la mirada, lo primero que veo son sus rosados labios entreabiertos y humedezco los míos con la lengua, instintivamente.

Cuando nuestros ojos se encuentran, noto lo que parece ser una mezcla de temor y deseo reflejados en sus iris verdes y su respiración se hace más jadeante.

Cierro los ojos, entrecerrando la boca, en una súplica silenciosa y dándole permiso para que ella haga lo que yo no tengo valor de hacer. Es cuando escucho su voz.

-¡Te dije que no actuaras como una niña con esos tacones!- murmura, ronca, soltándome delicadamente.

Aunque no quería, quedo decepcionada con el rumbo que toma para acabar con ese momento incómodo entre nosotras.

Carraspeo, recuperando la compostura y respondo

-¡Veo que la abuela Swan volvió!

Sonreímos juntas a causa del comentario, y después de agradecerle por haberme salvado y evitado que me hiciera daño, caminamos hasta el BMW amarillo, conversando como si nada, de hecho, hubiera ocurrido.

Al parar frente a la mansión, le agradezco

-Muchas gracias por el paseo divertido e instructivo y por la agradable compañía- exclamo, sonriéndole francamente

-¡El placer ha sido mío! No todos los días una bella morena acepta salir conmigo y, al final, se tira en mis brazos- dice, graciosa

Entramos en casa aún conversando y cuando me estoy poniendo el pelo detrás de la oreja, divertida con algo que Emma me cuenta sobre su infancia, David me abraza todo satisfecho, porque los Celtics habían ganado, y noto que está algo borracho.

Cuando me besa lentamente, sin poder hacer nada para rechazar el contacto, percibo que Emma se retira taciturna, caminando hacia el comedor.

Durante la cena no consigo charlar más con ella, pues mi novio me monopoliza todo el tiempo y, tras cenar, sale arrastrándome hacia el cuarto, alegando que me había extrañado mucho el tiempo que habíamos estado separados el uno del otro.

Comienza a desvestirse y quitarme también la ropa a mí y, aunque no tenía muchos ánimos para follar, acabo cediendo a sus embestidas y, durante todo el acto, extrañamente mis pensamientos se dispersan y vuelvo al momento en que estuve en los brazos de Emma, cuando casi nos besamos.

Pensando en ella, en sus labios y en su vigoroso cuerpo, tengo mi primero orgasmo con David en tres meses de relación.