8. El placer de estar con Emma Swan

Regina

Nuestros labios aún están unidos en un beso insaciable y húmedo. Mi lengua, osada, busca la de ella mientras las respiraciones se hacen cada vez más irregulares. Emma me pone en el suelo y, lentamente, la empujo hacia el sofá, haciéndola sentar en el mismo.

Yo estaba aquí en lo mío y tú fuiste a aparecer

Derramando estrellas sobre mi soledad

Yo sé, no quería ni de lejos conocer

A alguien para ilusionar de nuevo a mi corazón

Me coloco con las piernas abiertas sobre sus muslos, sintiendo sus manos subir y bajar por mi espalda. Apoyo las mías en su rostro, atrayendo su boca hacía mí, aprovechando para agarrar su labio inferior con mis dientes.

Su olor, su piel y su sabor instigan mi deseo y recuerdo del día en que me acosté con David pensando en ella. Sin embargo, probarla en la realidad es mil veces mejor que en mis fantasías.

Podría engañarme imaginando que mi falta de timidez es provocada por el alcohol, sin embargo tengo consciencia de que soy una mujer naturalmente desinhibida en momentos como este, sobre todo cuando la lujuria me domina, como sucede ahora.

Deslizo mis dedos por debajo de su chaqueta y jadeo al sentir la textura de su piel. Bajo la prenda por sus hombros y brazos, experimentando la firmeza de sus músculos. Nuestras bocas solo se separan cuando jadeamos de deseo o necesitamos respirar.

Mis manos encuentran la parte baja de su blusa blanca y comienzo a subirla, ansiosa por ver sus bonitos pechos solo cubiertos por el sujetador y contemplar su torso desnudo.

-Calma…¿No crees…que estamos yendo demasiado…rápido, Regina?- pregunta suspirando, al mismo tiempo que agarra mis manos y yo deposito besos en su cuello.

No podrías surgir ahora

Ni deberías mirarme así

Alguna cosa dice que debería marcharme

Y otra dice que te quiero solo para mí

-¿Sinceramente? ¡No!- respondo, incisiva, librándome de su agarre –Necesito sentirte físicamente como ya lo he imaginado algunas veces- digo, sincera, y continúo por donde había parado, subiendo la blusa y exponiendo su barriga.

Pone aquella hermosa sonrisa que siempre me derrite y le sonrío de vuelta. Ahora, ella ya sabe que hace algún tiempo que puebla mi imaginación. Entre besos y sonrisas, consigo, finalmente, quitarle la vestimenta.

Sus pechos son perfectos, simétricos, apretados y no resisto la tentación de tocarlos por debajo del tejido de algodón que los cubre parcialmente.

Emma echa la cabeza hacia atrás, entregándose a mis caricias y dejo al descubierto uno de los pezones, paso mis labios por él, sintiendo su suavidad a la vez que acaricio el otro bajo la lencería.

Ella enrosca los dedos en mi cabello y alza mi mentón, haciéndome soltar el pezón que estaba agarrando, captura mi boca en otro beso arrebatador.

-¡Vamos a mi cuarto!- decreto, enlazando su cuello y ella, sorprendentemente, se levanta y me ato a su cadera, "abrazándola" con mis piernas.

Cuando me doy cuenta, ya estamos en mi dormitorio y la única luz que ilumina el ambiente es la de la luna, entrando por las puertas de cristal que conducen al pequeño balcón que hay en la habitación.

Emma me conduce hasta el borde de la cama y me deja en el suelo. Pasa sus manos por mis muslos, subiendo el vestido que llevo y alzo los brazos para ayudarla a librarse de él, experimentando un escalofrío en cada parte de mi cuerpo que sus dedos tocan.

Percibo que su respiración se altera, cuando constata que solo llevo unas braguitas de encaje negro debajo del vestido.

La abrazo, encajando mi cuerpo al de ella, viendo cómo mis rígidos pezones tocan su caliente piel.

Encuentro la cremallera lateral de su falda y la bajo, notando cuando la prenda cae encima de nuestros pies. Ella usa unos bóxer femeninos blancos y su excitación es tan visible como palpable.

No contengo el impulso y paso la mano de forma desvergonzada por la zona, percibiendo su rigidez al tacto.

Jadea en respuesta y me atrae hacia ella, dejándome aún más excitada cuando sus labios saborean mi boca y descienden hasta mi cuello, marcando la piel con un rastro mojado, provocando que todo mi vello se erice.

Ella gira, se sienta sobre las sábanas de seda que cubren el lecho, tira de mí y hace que yo quede de nuevo encima de sus piernas.

Su lengua suave, cálida y húmeda juguetea con uno de mis pezones, mientras toca el otro pecho con sus largos y habilidosos dedos.

Es inevitable no sentir su erección en el vértice de mis muslos, y la magia que su boca y manos hacen por mi cuerpo me está dejando cada vez más atontada.

Su toque es al mismo tiempo tierno y caliente y me siento totalmente acariciada por él.

Mete una de sus manos en mis bragas, y comienza a masajear mi clítoris endurecido y, como respuesta, me enredo en sus cabellos, gimiendo, mientras espasmos de placer recorren mi cuerpo aun sin llegarme a penetrar.

Sus dedos, por fin, me invaden y comienzo a mover mis caderas, disfrutando de sus uñas clavadas en la piel de mi trasero.

Muerdo el lóbulo de su oreja, reprimiendo los gritos de éxtasis, chocando mi vientre contra su abdomen, escuchándola susurrar bajo junto a mi oído

-¡No sabes cuánto he deseado tenerte así!

Su declaración me excita aún más y un fuego abrasador se difunde por mí, concentrándose en mi entrepierna.

La beso, gruñendo en sus labios, chupando su lengua, entregándome a un violento y envolvente orgasmo, que domina todos mis sentidos, gritando su nombre.

Solo me doy cuenta de que ya estoy echada sobre el blando colchón cuando siento la tela de las bragas descendiendo por mis piernas.

Emma rehace todo el recorrido de la prenda, besándome desde los tobillos hasta la cara interna de los muslos.

Lame mi clítoris, chupando los resquicios del extraordinario gozo que acabo de experimentar y arqueo la pelvis, buscando el contacto de sus labios en mi vagina.

Ella me saborea como un catador degustando un raro vino.

Tiro de sus mechones dorados, pues quiero sentir mi gusto en su boca y vuelvo a besarla, rodeándola con mis piernas, notando que sigue llevando sus bóxer, mientras su excitación es más que evidente.

Deslizo los dedos por su espalda, acariciándola, y los paso por debajo del tejido, bajando la prenda, palpando los músculos torneados de sus culo.

Agarra mis muñecas y se sienta, medio arrodillada, entre mis muslos.

-¡Mírame!- me pide, con voz ronca

Yo estaba aquí pensando en todo menos en ti

Y creí tan gracioso haber prestado atención

En tu distraída intención de entenderme

Como si ya supieras la llave de mi prisión

Mis ojos se encuentran con los suyos. Su mirada ardiente también denota la inseguridad y vulnerabilidad y no quiero echar a perder este momento que sé que aún es tan delicado para ella.

Solo siento cuando su miembro finalmente toca el mío, ya que estoy hipnotizada por sus ojos esmeraldas. Ella, sin embargo, no me penetra.

En realidad, el glande roza mi hinchado nervio y Emma se apoya con las manos colocadas al lado de mi torso, restregando su miembro en el mío, sin jamás penetrarme.

La abrazo, encarándola de modo que su respiración se vuelve arrítmica cuando vuelvo a enlazarla por las caderas.

Aumenta el ritmo, acariciando mi clítoris con su erecto miembro, haciéndome experimentar una sensación diferente a todo lo ya vivido, algo extremadamente erótico.

Su cuerpo se tensa y no tarda mucho en derramar sobre mi vientre un líquido caliente y viscoso, estremeciéndose de placer sobre mí, demostrando que había alcanzado el clímax.

Soy envuelta por sus cabellos rubios cuando se echa con cuidado, empujándome contra el colchón, emitiendo un fuerte gemido mientras sigue friccionando su sexo en el mío.

Nuestros jadeos se confunden y araño su espalda con las uñas al ser alcanzada por el segundo orgasmo de esa noche, en un espacio tan corto de tiempo.

El sudor salado que moja ambos cuerpos se desliza hacia las bocas y nuestras pieles disfrutan de un contacto tan íntimo como si fuéramos dos páginas de un mismo libro.

Estamos aún echadas, intentando calmar los latidos frenéticos de los corazones y recuperar el aliento.

Emma rueda suavemente hacia un lado y ya siento la falta de su peso sobre mi cuerpo. Cambio de posición también, quedando cara a cara con ella, y aprovecho para apartar unos mechones mojados de su rostro.

Ella me sonríe, en medio de un bostezo y pego la punta de mi nariz a la de ella

-¡No te duermas!-suplico, intentando vencer el cansancio que también me domina, pues me encantaría ver amanecer a su lado.

Cuando sus párpados se cierran, insisto

-Por favor, no te duermas- sacudo ligeramente su hombro.

-¡No estoy durmiendo! Estoy segura que tú serás la Bella Durmiente antes que yo- responde, guasona –Pero no te preocupes, mañana te despierto con un beso-añade, somnolienta

Sonreímos al mismo tiempo, pero el sueño nos vence casi inmediatamente.

Pero yo no podría huir ahora

Ni deberías intentarlo

Algo me dice que me marche

Y algo me dice que te quiero para mí

Ni sé si quiero pensar en nada más. Nada…

Me despierto sintiendo una esencia cítrica peculiar e inconfundible invadiendo mi olfato. Cuando abro los ojos, me encuentro a un ángel rubio durmiendo serenamente a mi lado, con los labios entreabiertos. Y escucho el ruido de coches y personas característico de una mañana de domingo en Nueva York.

Rodeo con los dedos las curvas de su cuerpo desnudo, sin tocarla, pues no quiero despertarla aún. Mis ojos contemplan cada centímetro de su piel que había quedado oculta por la parcial oscuridad de la noche anterior.

Observo que tiene unas adorables pecas en el cuello y en los hombros, además de una marca en forma de huella en la parte superior izquierda de su abdomen.

Su cuerpo está moldeado, como el de una deportista profesional, probablemente fruto de años de ejercicio, ya que Emma era triatleta, una modalidad que combina natación, ciclismo y carrera, o sea, el que lo hace necesita tener mucha resistencia y un vigor físico envidiable.

Al visualizar, por primera vez, su cuerpo enteramente desnudo, pienso que tengo mi propia Diosa Hermafrodita, y suspiro extasiada ante su magnífica belleza.

La cubro con la sábana hasta la cintura, pues sé lo vergonzosa que es y nuestra intimidad aún está siendo construida.

Me acerco lentamente, y deposito un cálido beso en sus suaves labios, pasando mi lengua sobre ellos y la veo pestañear, abriendo los ojos lentamente.

-Hummm…Por lo visto, le ha tocado a la Bella Durmiente despertar con un beso a la princesa- ronroneo, en tono apasionado

-Estamos en un cuento de hadas de Neil Gaiman, así que no hay problema si los hechos son alterados- rebate, con buen humor y adoro cómo Emma siempre me sorprende con su vasto conocimiento sobre cultura general

-Entonces, ¿dormiste bien, mi princesa?- pregunto, jugando con sus rizos

Coge mi mano, me besa los nudillos y responde

-¡Sí, mi bella! Mejor, imposible- afirma, galante

-Sé que no comes nada antes de mediodía, así que no me opongo a que pasemos el resto de la mañana aquí, en la cama- sugiero, pues de hecho a su lado no siento necesidad de nada más

-Creo que es una idea perfecta- hace una pequeña pausa –Pero…Regina, quería preguntarte una cosa y espero que no te lo tomes a mal- añade, seria

Algo en su tono me hace tener la certeza de que sé exactamente sobre qué me va a preguntar, sin embargo contesto calmada

-Pregunta lo que quieras. Creo que en esta situación no hay espacio para melindres- concluyo

-Podría darle millones de vueltas para preguntarte esto, pero como no hay espacio para melindres, tampoco lo hay para rodeos. Lo que pasó entre nosotras, anoche, fue una de las cosas más bonitas que me ha pasado en la vida. Ya no es secreto que estoy enamorada y pude percibir que mis sentimientos son correspondidos, sin embargo no eres una mujer libre y jamás tuve la intención de interponerme entre mi hermano y tú- se calla un momento y apoya la cabeza en su mano, para después finalizar- Así que, ¿qué pretendes hacer, Regina?

-Nunca tuve la pretensión de colocarte en una situación así. No sería nada justo contigo y, a pesar de que David no es, en la mayoría de las veces, una persona agradable, tampoco sería justo con él- digo, categórica y prosigo –Creo que jamás he estado enamorada de tu hermano. Cuando lo conocí, me mostró que era una persona interesante, amable y acabó cautivándome de alguna manera. Sin embargo, con el pasar del tiempo, pude notar que David tiene serios problemas de cambios de humor, sobre todo después de haberte conocido y haber visto la manera grosera en que te trata- hago una pequeña pausa, viendo su triste expresión –Me enamoré de ti y por eso voy a romper con él en cuanto regrese de viaje. Mi relación con tu hermano no tendría futuro- sentenció, enfática y su semblante se suaviza ante mi último comentario.

-Estoy segura de que me amará mucho más después de esto- destaca en un tono tragicómico

-Infelizmente, eso es algo a lo que tendremos que enfrentarnos. Porque, por más que, a priori, no le diga el verdadero motivo de nuestra ruptura, tarde o temprano se tendrá que enterar- respondo, sonriendo para aliviar la tensión.

-No te preocupes, ya estoy acostumbrada a las adversidades, y, por más que yo, asombrosamente lo quiera, no voy a desistir de mi felicidad por él- declara

La beso, pues no me resisto a esos labios suaves tan suculentos. Cuando nos apartamos, ella vuelve a hablar

-Hay algo que nunca te he preguntado, y me intriga, especialmente ahora. ¿Tú ya habías…estado con mujeres…antes?- pregunta, vacilante

Sonrío debido a sus recientes descubiertas maneras curiosas y ante su pregunta "llena de dedos"

-No, señorita Swan. Ayer fue la primera vez que me acosté con una mujer. Sencillamente porque nunca me he sentido lo suficientemente atraída por ninguna otra- aclaro-Sin embargo, que sepas que siempre he estado abierta a enamorarme de personas, no de géneros, pues me considero una mujer resuelta- concluyo firme

-Hummm… Eres una mujer única, Regina Mills- responde, acariciando mi rostro –Le agradezco al destino por haberte traído a mí. Aunque "Cupido" no haya sido muy amistoso- afirma, divertida y me imagino a David con alas, tirando flechas hacia nosotras con cara de pocos amigos.

Esa visión también me provoca una débil sonrisa y nos quedamos algunos minutos más en la cama sencillamente disfrutando de la mutua compañía.


Después de tomar una ducha y vestirnos, voy a la cocina a preparar un sándwich de pavo, con queso light, ensalada y salsa agridulce para las dos, además de jugo de piña con hortelana, pues tenemos que comer algo rápido, ya que Emma tiene que irse dentro de poco.

Cuando terminamos de comer y estamos en el pasillo del loft, ella me abraza por detrás y me besa la nuca, cogiéndome desprevenida, provocándome un escalofrío en mi espina.

Aún con la nariz enterrada en mis cabellos, pregunta

-¿Qué hay detrás de esta puerta, Regina? Pues no recuerdo que ayer me enseñaras esta habitación- afirma, curiosa, señalando la puerta de la biblioteca - ¿No me digas que aquí guardas los cadáveres? ¡Sabía que tenías que tener algún defecto escondido, señorita Mills!- añade, bromista y me giro hacia ella, agarrando su rostro entre mis manos

-¡Qué ofensa grave, Emma Swan! Voy a abrirte la puerta y verás que aquí solo está guardado El tesoro de Rackham, el terrible- rebato en el mismo tono usado por ella

Se queda incrédula y entro en la estancia. Voy hasta uno de los estantes y retiro Le trésor de Rackham, le Rouge, enseñándoselo

-¡Veo que la señorita no conoce el trabajo de Hergé! ¡Finalmente, algo que Emma Swan no conoce!- apunto, riéndome de ella

-Muy maduro por tu parte. No sabía que estábamos en una competición sobre quién tiene más conocimientos acerca de la cultura popular- rebate, irónica

En una actitud bastante infantil, le saco la lengua y le digo

-No tengo culpa si fuiste una niña que solo leía cuentos de hadas y te perdiste las mágicas aventuras de Tintin y su inseparable perro Milú-respondo provocativa –Como imagino que tu francés es fluido, voy a prestarte este libro para que no pases más vergüenza cuando el tema Tintin salga en una de las elegantes cenas de la mansión Bayern- digo, sarcástica

Ella sonríe y pasea su mirada por la biblioteca hasta detenerse en un retrato que está colgado al lado de uno de los estantes.

-Bonita foto, ¿dónde la conseguiste?-pregunta, con una expresión intrigada

-Fui a una exposición de esa fotógrafa, hace un tiempo, pues me encanta la fotografía. Y un amigo mío tenía un amigo que la conocía y fui presentada a ella durante el evento en la galería-explico, curiosa por su interés –Conversamos bastante y ella acabó regalándome esa foto, cuando mencioné que la consideraba la Ansel Adams con faldas- concluyo mi relato

-Interesante…¿Cuál es el nombre de la artista?- pregunta

-Mary Nolan. ¿la conoces?

Me sonríe y responde

-¡Sabía que ese paisaje me era familiar! Creo que esa foto fue sacada hace algunos años en Tara, la hacienda de mi tía, Eva Swan-Nolan, hermana de mi padre- aclara –Mary es mi prima- añade, divirtiéndose ante mi asombro.

-¡Vaya! ¡Estoy pasmada! Tu familia está llena de artistas, cada uno a su modo, en sus profesiones- digo, admirada –Por lo visto desde siempre he estado rodeada de Swan. Seguro que dentro de poco descubro que tu hermano Jefferson fue el diseñador del vestido de novia de mi hermana- digo, sonriéndole

-Hablando de hermanas, sé muy poco de tu familia-enfatiza, abrazando mi cintura –Pero la saga del clan Mills quedará para otro momento, ya es tarde y tengo que irme- dice, rozando sus labios entreabiertos en los míos, y aprovecho para deslizar los dedos entre sus finas madejas rubias, besándola con voracidad y sintiendo nuestras lenguas encontrándose dentro de las bocas.

Me despido de ella frente al edificio, dejando claro que ya la echo de menos y suspiro al ver su BMW amarillo girando la esquina.

Entro en el apartamento, imaginando la difícil conversación que esa noche tendré con David.