19. Solo un poco de Emma Swan al final

Narrador

Flashback. 45 años atrás

La lluvia caía torrencialmente mojando todo el patio de la escuela. Una joven rubia de ojos castaño verdosos aguardaba impacientemente la llegada de su novia al campanario de la torre de la Iglesia que había en el recinto escolar.

Cuando se acercó al muro, vio a una persona, usando un chubasquero amarillo y subiendo las escaleras de la Iglesia. Sonrió y se quedó esperando a que llegara a la torre.

-¡Connie, pensé que habías desistido de venir a verme!- dijo Margaret y fue a abrazar a la otra rubia que llevaba los cabellos al estilo channel.

-Disculpa, Margaret, pero la madre superiora me dejó castigada después de la clase, porque encontró aquel libro de poemas eróticos de Bocage debajo de mi colchón- Constance explicó sonriendo

-Te dije que lo iba a encontrar y que lo pagarías. Por lo menos, el castigo fue corto- comenta, aliviada

-¡De corto nada! Voy a estar castigada durante dos semanas, todos los días, después de clase y la bruja encima va a llamar a mis padres para hablar con ellos sobre "mi comportamientos inmoral"- dice Connie, imitando la manera de hablar de la madre, mientras se sienta en el muro.

-No te pongas así, mi amor- comenzó Maggie, sentándose al lado de su novia y acariciando su mano –Eso es una tontería…-iba a seguir argumentando, pero Constance cogió su mano e interrumpió su discurso

-¡Aún no te he dicho todo! La bruja insinuó, sutilmente, que sabe algo sobre nosotras y me dijo que si no nos apartábamos, lo iba a revelar todo a nuestras familias- explicó, sin mirar hacia Margaret

-¡Qué absurdo! Siempre hemos tenido cuidado…Siempre nos hemos encontrado en sitios escondidos, sin hablar que apenas nos besamos o tocamos. Estoy segura de que no tiene ninguna prueba de nuestra relación. ¿Cómo puede contar nada?- dijo, algo preocupada

-Maggie, no seas ingenua…La madre sabe todo lo que pasa aquí dentro. Y además, ¿crees que ella no obligaría a una de las novicias a decirles a nuestros padres que nos ha visto durmiendo juntas, aunque jamás haya pasado?- replicó, gesticulando nerviosamente con las manos

-¿Y vas a permitir que te chantajee? ¿Vas a apartarte de mí?- dijo, en tono angustiado –¡Connie, no eres solo mi novia, eres también la única amiga que tengo! Las otras chicas me detestan porque soy media alemana. Me llaman nazi y asesina de judíos- soltó, ya llorando, recordando de las veces que había sido perseguida por las otras alumnas en el patio de la escuela o en el comedor.

Hasta la llegada de Constance al colegio interno, Margaret ya se había acostumbrado a comer sola. Además, también pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca, leyendo libros clásicos y viajando a otros mundos, en un intento de disminuir la soledad que sentía en aquella escuela.

Tras algunos instantes en silencio, mirando sus manos, Connie habló, pero aún sin valor para mirar a su joven novia

-Maggie, mi padre es general del ejército americano. Un héroe de guerra, lleno de condecoraciones…

-¿Y eso qué importa?- gritó, interrumpiendo el relato de la otra

Constance se acercó un poco más y le agarró de la mano

-Estoy intentando decir que, aunque la madre superiora no nos delate, nuestra relación no tiene futuro. Somos dos adolescentes de 15 años, hijas de familias conservadoras, y estudiamos en un colegio interno, donde debemos aprender a ser buenas esposas para nuestros futuros maridos…¿Creíste de verdad que nuestra relación iba a sobrevivir fuera de aquí?- preguntó, acariciando los largos cabellos dorados de Margaret

Los ojos castaño verdosos miraron a los de Constance

-¿Cómo puede alguien ser tan fría?- murmuró, llena de rabia

-Maggie, mi ángel, no soy fría, el mundo es quien es implacable con quien es diferente. Amo tus maneras soñadoras y románticas, pero el amor que sentimos la una por la otra no es respetado, ni entendido por la mayoría de las personas…Probablemente solo nos haríamos aún más daño si insistimos en esta locura. Es mejor que entiendas ahora cómo funciona la cosa que de aquí a dos años, cuando nos graduemos y cada una tome por su lado. Por lo menos, aún no tenemos tantos momentos para recordar y la separación será menos dolorosa- Connie terminó, aguantando las lágrimas, sin querer demostrar lo duro que estaba siendo para ella abandonar a aquella dulce muchacha, de quien se había enamorado casi instantáneamente en cuanto había llegado ahí.

Margaret le dio la espalda y se enjugó las lágrimas con el puño de la chaqueta con fuerza. Aquella fue la última vez que ellas hablaron. La futura madre de Emma intentó durante algunos días hablar con su ex para convencerla de retomar el noviazgo, sin embargo Connie siempre la esquivaba y se escondía de ella.

Semanas después, Maggie supo, escuchando los murmullos de algunas compañeras durante las clases, que Connie estaba saliendo con un muchacho de 18 años, hijo de un importante congresista americano y aquella noticia enterró cualquier esperanza que aún le quedaba en su partido corazón.

Llevando la contraria a lo que Constante había afirmado, Margaret sufrió durante años por ese amor mal resuelto. Los recuerdos del romance, aunque fueron pocos, aún eran dolorosos. Y las palabras duras de Connie la afectaron tanto que tuvieron el poder de moldear su personalidad, transformando a la joven romántica de esa época en una mujer austera y realista que se casó sin amor, segura de que las convenciones siempre son más fuertes que los sentimientos de las personas.

Fin del flashback

Margaret

Los empleados están ocupados haciendo la limpieza mensual en la mansión. Yo, por mi parte, estoy observando la fotografía de la familia que está en el hall de la entrada. Hasta hoy, nunca había pensado en cómo debe ser doloroso para Emma tener que ver siempre una foto de la época en que aún era Eric nada más entrar en casa.

No puedo sopesar cuánto mal he hecho ya a mi hija, a causa del miedo que se había alojado en mí desde que me di cuenta de que Eric era diferente a los hermanos. Tenía tanto pavor solo de imaginar cómo las personas podrían ser crueles con él que me ha costado entender que mi hijo ya era víctima de la perversión humana dentro de su propia casa. Maldades estas provocadas por mí misma.

-¡Sidney!- llamo a mi leal y servicial mayordomo

-¡Sí, señora!- él aparece a mi lado con un reflejo

-Quiero que esta fotografía sea retirada de aquí- pido-El cumpleaños de David y Emma se acerca y ya es hora de renovar la foto de familia- digo, recordando que necesito empezar a pensar en los preparativos para la fiesta de los gemelos.

Este año pienso hacer una cena más íntima, con pocos invitados.

-¿Puedo quitarla ahora?- él pregunta, señalando el gran marco

-¡Claro!- respondo, cogiendo un libro y yendo a sentarme en el sofá.

Cuando me estoy poniendo las gafas, suena el timbre y le digo a Sidney que no se preocupe, que yo misma iría a atender, dejándolo a él encargado de quitar la foto.

Mientras camino, aprovecho para arreglarme el cabello, recordando que tengo que ir a la peluquería, a retocarme el tono gris que adopté algunos años atrás.

Al abrir la puerta, tengo una especie de déjà vu y reconozco inmediatamente a la mujer rubia parada ahí. Alguien que, hacía algunos días, había decidido regresar a mi vida, después de años, como un fantasma indeseado.

-¡Hola, Maggie!- me saluda, quitándose las gafas de sol

-Perdone, ¿pero quién es usted?- finjo no reconocerla, sintiendo mi pulso más acelerado. Recuerdo que tuve la misma reacción al verla en el centro comercial, días atrás, cuando estaba de compras con Tinker.

Esboza una media sonrisa y dice

-Imaginé que no me reconocerías- comienza, pero por la manera que subrayó la última palabra, estoy segura de que está siendo irónica –Mi nombre es Constance Langdon, pero tú solías llamarme Connie, cuando estudiábamos juntas en el colegio católico de St. Louis- concluye, mordiendo la punta de la montura de sus gafas, de la misma manera que hacía con los bolígrafos.

-Hmmm, ya creo que recuerdo…en esa época, salías con el hijo del congresista Langdon y, dado el apellido que usas, debes haberte casado con él- aprovecho para pincharla, aunque me esfuerce por mantener una postura de indiferencia.

Ella suspira y comenta

-Sí, me casé con él. Mi marido se hizo diplomático y, durante años, hemos vivido en Inglaterra. Ha fallecido recientemente y he decidió volver a los Estados Unidos. Pero, ¿no me vas a invitar a pasar?- pregunta, seria

-Sí, aunque no sé qué te ha traído aquí, después de tantos años- intento no parecer grosera, pero el recuerdo de nuestra última conversación no me permite actuar de otra forma

Me aparto y la dejo entrar. Al pasar por mi lado, derrama su perfume por el aire y noto que es bien diferente al aroma cítrico que solía usar cuando era más joven.

-¡Siéntate, por favor!- digo, cuando ya estamos en la sala y ella se acomoda en un sofá, mientras yo me siento en el otro, más distante –Bien, ahora que estamos adecuadamente instaladas, me gustaría saber por qué te has molestado en buscar mi dirección- voy derecha al grano, mirándola con expresión dura

-¡Cuánta solemnidad! Estás muy diferente a la muchacha que conocí años atrás- observa, sin embargo no se inmuta ante mi actitud hostil

-Por si aún no te has dado cuenta, ya no soy una adolescente de quince años- rebato, irritándome cada más con esa visita

Vuelve a sonreír y dice

-¡Imposible no notar tu cambio, Maggie!- subrayando mi apodo –No me ha costado mucho trabajo encontrarte. El otro día estaba saliendo del Country Club y te vi en el aparcamiento acompañada de dos hermosas muchachas, una de ellas, por cierto, muy parecía a ti- prosigue, juntando las manos y mirándome fijamente –No tuve valor para abordarte en ese momento, días después, volví al club y tras conversar con uno de los trabajadores, y darle una propina el muchacho me reveló tu dirección.

-¡Pero qué ultraje…! Exijo saber quién es ese trabajador- suelto al enterarme de que mi privacidad había sido cambiada por unos míseros dólares –Tiene que ser severamente amonestado- continúo, rabiosa

-Lo lamento, pero no pretendo darte esa información- responde y parece estar divirtiéndose con mi enfado

-Entonces, ¿qué quieres?- pregunto, ya sin paciencia

-¿Está prohibido querer visitar a una vieja amiga?

-¡No! Pero, ¿desde cuándo somos viejas amigas? Si no me equivoco, dejamos de ser amigas aún estando en el colegio- replico, un tanto acida

-Sé que aún no me has perdonado por la decisión que tomé, pero hice aquello por nuestro bien, Margaret. ¿Acaso nunca entenderás que, en aquella época, no había la menor posibilidad de estar juntas? Aunque solo fuéramos amigas, correríamos el riesgo de ser separadas, pues la madre superiora nos iba a delatar a nuestros padres- argumenta, más seria –Date cuenta de que, hasta hoy, el amor entre dos mujeres aún no es comprendido, ni siquiera por aquellos que te dan palmaditas en tu espalda y fingen aceptarte- continúa y su semblante se entristece –Ya no estoy en edad de reprimir mis impulsos, Maggie, por eso he venido a buscarte. Fue extraño volver a verte después de tantos años…Sentí como si la vida estuviera dándome una nueva oportunidad para rescatar algo precioso de mi pasado y, ahora, que somos dos mujeres adultas e independientes, lo que nos separó ya no existe…Así que, pensé que podríamos, al menos, ser amigas- concluye, esbozando una ligera sonrisa

Me quedo callada, reflexionando sobre todo lo que Constance acaba de decir. No sé si la quiero de vuelta en mi vida. Nuestra historia terminó mal y me acarreó tan dolor y tristeza…¿Qué piensa ella? ¿Que solo con llamar a la puerta de alguien, después de casi medio siglo y tener una conversación leve y melodramática todo será olvidado?

-Sé exactamente lo que estás pensando y no pienses que para mí ha sido fácil venir a tu casa y tener esta conversación después de tanto tiempo. Pero cree que me sentiría peor si no lo hubiera hecho. Mi pecado en el pasado fue haberme callado y ser cobarde, no quería incurrir en el mismo error otra vez- confiesa, levantándose –Tienes el tiempo que quieras para pensar en lo que te acabo de decir y si deseas verme de nuevo solo tienes que llamarme a este número- dice, extendiéndome una tarjeta.

Como no hago amago de cogerla, ella sonríe y la deja encima de la mesa, cerca de un jarrón rojo. Me levanto también y la acompaño a la salida.

-Fue un placer volver a verte, Maggie, y espero sinceramente que esta no sea la última vez- dice, ya afuera, colocándose sus gafas negras.

-¡Qué tenga un buen día, señora Langdon!- respondo y prácticamente le cierro la puerta en las narices

Camino hasta la sala y cojo la tarjeta para romperla. Mi mirada resbala sobre ella y veo el número. Mis dedos dudan y no consigo romperla.

-¡Qué infierno!- blasfemo, ya subiendo las escaleras para ir a mi cuarto, maldiciendo al maldito trabajador que le dio mis señas a Constance Langdon.

Regina

Febrero- Nueva York

Aún estoy jadeando por el orgasmo que Emma acaba de darme

-¡Mi amor, voy a patentar esa lengua!- afirmo y ella levanta las sábanas, que aún cubrían su rostro entre mis piernas y apoya el mentón sobre mi vientre, mostrándome su sonrisa más pícara.

En ese momento, deberíamos estar viendo Mujer contra mujer, pero, tras la primera historia de la película, que además es muy triste, ya que una señora pierde al amor de su vida y comienza a sufrir las consecuencias de no ser vista como familia por los parientes de su fallecida compañera, nos entusiasmamos con las escenas de sexo entre Michelle Williams y Chloe Sevigny en la segunda trama, y ahora estoy aquí, aún contrayéndome y sudada a causa del descaro de mi novia.

-¡Tus pechos están más grandes!- comenta, paseando los dedos por ellos.

-¿Estás insinuando, sutilmente, que estoy más gorda?- replico, arqueando una ceja y riéndome de ella -¡Para mí están iguales! Además, tampoco eres tan atenta para darte cuenta de cuando el cuerpo de tu novia cambia un poquito- digo y Emma sube, distribuyendo besos por mi barriga y pechos

-No he insinuado que estés gorda, mi amor. Pero tus pechos sí están más grandes- insiste, besuqueando mi boca –Y yo ya conozco tu cuerpo como la palma de mi mano-garantiza, toda convencida –Sé, por ejemplo, que tienes cosquillas aquí…- comienza, deslizando los dedos por el lateral de mi torso, provocándome escalofríos ….que te gusta cuando te beso aquí…- prosigue, girándome mi rostro y acariciando con sus labios mi nuca -…y te excitas mucho cuando respiro, suspiro o murmullo cosas obscenas a tu oído- añade, colocando en práctica todo lo que dice y arrancándome gemidos de placer

-¡Amor…la tercera historia de la peli ya comenzó!- avisó, viendo a Degeneres y Sharon Stone conversando en la enorme pantalla de LED que hay en mi cuarto

-Dentro de un momento harán el amor al compás de Dido…¿Por qué no precalentamos el ambiente?- sugiere, después de mirar a la tele

Entonces, sin esperar por mi respuesta, se levanta y me coloca sobre sus muslos, haciendo que note su erección.

-Hummm, alguien está hoy muy suelta- exclamo, riendo y agarrando su rostro, atrayéndola hacia un beso mojado e indecente

El rozar de las lenguas en nuestras bocas acompaña el vaivén de mi cuerpo yendo al encuentro del suyo. Los pechos se tocan, aumentando la excitación y los gemidos se vuelven más agudos cuando el ritmo sensual de Thank you comienza en la película.

Ella me agarra por el trasero, atrayéndome más hacia ella y haciendo que su glande roce mi clítoris. Aún reteniéndome en esa posición, me agarra por el pelo con la otra mano, inclinándome levemente hacia atrás, mientras su boca se cierra sobe uno de mis pezones, presionándolo ligeramente, entumeciéndolo.

Sin más preliminares, me penetra de una única embestida y siento su miembro acomodándose dentro de mí, haciéndome gritar por el dolor y por el éxtasis que ese momento de invasión me provoca.

A medida que ella se inclina hacia arriba, estocándome de una forma más fuerte, pero no menos deliciosa, también me besa y mis gemidos de éxtasis se pierden dentro de su boca. Nuestros cuerpos deslizan, cada vez más mojados por el sudor y clavo las uñas en su nuca, sacándole bramidos de dolor.

Cuando siento la inminencia de otro orgasmo en el mismo día, ella me empuja contra el colchón, echándose sobre mí. Mis manos bajan hacia sus nalgas, apretándolas y alentándola a aumentar el ritmo de las estocadas.

Emma pierde el control y los murmullos de placer se mezclan, al mismo tiempo en que cada musculo de nuestros cuerpos sudados se contraen, evidenciando que ambas hemos llegado juntas al clímax de nuestra pasión.