22. ¡Felicidades, Emma Swan!
Regina
1 de marzo, en el avión de camino a Boston
Es gracioso cómo los ojos nos gastan malas pasadas o engañan a nuestra mente. Nunca se me pasó por la mente que Emma pudiera dejarme embarazada. Siempre he pensado en ella tan femenina, tan mujer que, solo ahora, tras cinco test de embarazo positivos, me he dado cuenta de que algunas veces hicimos el amor sin preservativo y yo tampoco me estaba tomando ningún anti conceptivo, y mucho menos me tomé la píldora del día después.
Estamos cerca de completar tres meses de noviazgo y, durante este tiempo, nunca hemos hablado de hijos. En fin, ¿quién habla de hijos al comienzo de un romance?
Sé que Emma no va a huir de sus responsabilidades, mucho menos montar un escándalo cuando le cuente la novedad. Solo tengo miedo de cómo va a procesar el hecho de ser la madre de un bebé, cuando, biológicamente, ella es el padre.
Suspiro y miro hacia el asiento de al lado, donde una muchachita rubia está concentrada, intentando formar el cubo de Rubick. Instintivamente, coloco mi mano sobre mi vientre, preguntándome, en silencio, si nuestro bebé será una niña y a quién se parecerá más, o si será una mezcla de las dos.
Vuelvo a mirar a la niña rubia y percibo que ahora ella también me observa. Sus ojos son atentos, verdes, muy parecidos a los de mi novia. Repentinamente, sonríe y noto que unos hermosos hoyuelos enmarcan su rostro, haciendo que se parezca más a Emma.
Definitivamente, estoy teniendo una visión de mi bebé en el futuro. Le sonrió también y me doy cuenta de que la idea de ser madre, aunque haya sido de forma no planeada, comienza a agradarme más de lo que me esperaba.
El piloto anuncia que en quince minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Boston y cierro los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento, repasando mentalmente la conversación que tendré con Emma hoy mismo.
Después de pasar por el desembarque, camino hacia la salida y la veo apoyada en su BMW amarillo: está tan atractiva con gafas oscuras y con una blusa de cuello alto roja con pantalones negros.
Ella sonríe al verme, mete las manos en los bolsillos de los pantalones y camina tranquilamente hacia mí. La contemplo de arriba abajo, admirando su metro ochenta de belleza, pensando en lo hermoso que será nuestro bebé.
-¡Hola, invitada de honor! ¡Ahora que has llegado, la fiesta puede comenzar!- bromea, abrazándome
-¡Pensaba que la fiesta solo comenzaría esta noche!- respondo, acurrucándome en sus calurosos brazos y apretando mi cuerpo al de ella
-¡No me refiero a la cena, sino a mi fiesta particular!- afirma, con una hermosa sonrisa
-Entonces, ¿cómo no sentimos a las treinta y seis?- le pregunto, guasona
-Un poquito más vieja, pero mucho más sexy- responde, de buen humor
-Hummm, y también mucho más creída- añado en el mismo tono
-Es verdad, me siento mucho mejor ahora que a los dieciocho cuando era una friki larguirucha con veinte mil grados de miopía- replica, exageradamente
-Apuesto a que incluso en aquella época ya tenías tu encanto- afirmo, poniéndome un poco de puntilla y besándola
-Pues yo estoy segura de que ni me mirarías, teniendo en cuenta tu heterosexualidad y tu gusto por los atletas cachas- dice, apretándome más contra su cuerpo
-¿Hasta cuándo sentirás celos de mi pasado?
-¡Es probable que aún lo recuerde en nuestras bodas de oro!- declara-¿Dónde está mi regalo?- pregunta, abruptamente, pareciendo una niña pequeña
Sonrío con su entusiasmo y respondo
-¡Calma, amor! ¿Recuerdas que teníamos un acuerdo en que siempre me darías dos regalos en diciembre?- afirma con la cabeza y me mira con ojos curiosos- Pues, también yo te traigo dos regalos: uno, estoy segura de que te va a encantar…y el otro, aún tengo dudas, pero espero que también te deje feliz- completo, con misterio.
-¡Cuánto suspense!- exclama, frunciendo el ceño y mirándome con expresión confusa
-Vas a controlar tu curiosidad y llevarme a la mansión, porque estoy cansada del viaje y querría dormir un poco antes de la cena- pido, melosa, frotando la punta de la nariz en su cuello
Ella suspira, huele mi cabello y murmura
-¡Tus deseos son órdenes, mi reina!- coge mi maleta en una mano, pasando la otra por mis hombros y caminamos juntas hasta el coche.
Durante todo el viaje hasta la casa, pido fuerzas y valor para saber identificar el momento idóneo para contarle todo a Emma.
El pincel resbala por mis pestañas y observo por el reflejo del espejo a Emma, aún en sujetador y bóxer blancos, revolviendo en el armario, buscando una ropa para esta noche.
Cuando saco el lápiz labial del estuche, ella me aborda
-Amor, tengo dudas sobre cuál de estos usar- comienza, enseñándome dos vestidos blancos -¿El ladylike o el péplum?-pregunta, enseñándome uno de cintura bien marcada y con falda de vuelo y otro de corte largo.
-Me encara el péplum, y estoy asombrada con tus conocimientos sobre vestidos. Ni yo, que adoro la moda, sabría decir el nombre correcto de esos modelos- confieso, admirada, volviendo a mirarme al espejo para pintarme los labios.
Mi novia me mira, sonriendo creídamente, y pregunta
-¿Sabrías decir el nombre del que llevas puesto?
-¡No, sabionda!- replico inmediatamente, cogiendo del neceser las joyas que Emma me regaló en Navidades
-¡Es un vestido cóctel!- aclara, ayudándome a colocarme el collar y besándome la base del cuello -¡Y estás hermosa con él!- añade, dulcemente, mirándome en el espejo
-Déjame adivinar…¿Todo estos conocimientos es porque saliste con alguna super modelo famosa?- pregunto, poniéndome de frente y jugueteando con algunos mechones dorados que se están soltando del moño
-No, siempre me encantó la moda y soy hermana de un diseñador- responde, perdiendo la oportunidad de provocarme con celos –Es mejor que acabe de vestirme, porque no queda bien que la cumpleañera baje a la fiesta en ropa interior- comenta, guasona
-Además, has olvidado que la novia de la cumpleañera tampoco permitiría que ella bajara así- enfatizo, ganándome como respuesta su divertida carcajada
Le ayudo a ponerse el vestido y a maquillarse. Cuando ya estamos listas, escuchamos dos golpes en la puerta
-Emma, he venido a buscaros porque Margaret ya está estresada y sabes cómo ella se empeña en que David y tú estéis abajo cuando comiencen a llegar los invitados- explica Jefferson, de pie en el umbral de la puerta, en cuanto Emma abre -¡Y no podemos echar a perder una tradición de treinta y seis años!-ironiza- ¡Dejad que os diga que estáis muy guapas!- expresa, derramando amabilidad -¡Quiero conduciros hasta la sala!- dice, ofreciéndole a la hermana un brazo y a mí el otro.
Nos miramos, sonriendo, y aceptamos el gesto caballeroso de mi cuñado. Cuando terminamos de bajar las escaleras, veo a David, en un traje negro, agarrando una copa de champán y conversando con el padre.
Desde que había llegado a la mansión, no lo había visto, y comento con Emma
-Creo que voy ahora a darle el regalo a David. ¿Quieres venir conmigo o es mejor que vaya sola, amor?- pregunto, pues noto que aún está recelosa cuando está cerca del hermano
-Es mejor que vayas sola. No quiero que el clima se enrarezca esta noche- comienza, mirándolo de soslayo –Es prudente que mantenga cierta distancia, a pesar de que se mostró amable cuando esta mañana le fui a llevar el regalo y de que de un tiempo a esta parte no hemos tenido más choques. Pero sé que aún debo pisar con pies de plomo en ese terreno- explica, sensata.
-Tienes razón. ¡Con David tenemos que andar con cautela!- concuerdo, apretando su mano y dándole un ligero piquito.
El Sr. Swan y mi ex se giran para mirarme, cuando se dan cuenta de que me estoy acercando.
-¡Regina, querida, cuánto tiempo!- James me saluda con su habitual simpatía -¡Estás linda como siempre!- expresa, abrazándome, mientras David solo nos observa, con una de las manos metidas en el bolsillo de los pantalones y agarrando la copa con la otra -¡Disculpadme, pero voy a felicitar a mi amada hija!- dice, dejándome sola con mi ex y caminando hacia Emma
La situación no podría ser más embarazosa, sin embargo, como uno de los dos tiene que hablar, decidió tomar la iniciativa y romper el hielo
-¡Felicidades, David!- digo, extendiendo la mano para saludarlo –Espero que te guste el regalo que te compré- digo, mientras él coge el paquete.
Mi ex coloca el paquete en una mesita cercana, junto con la copa de champán, y se gira hacia mí
-¡Claro que me va a gustar!- murmura, esbozando una sonrisa -¿No merezco un abrazo?- pregunta, abriendo los brazos
-¡Claro!- respondo, sintiéndome algo incómoda mientras lo abrazo
-¿Estás bien?- pregunta al separarnos
-Sí…¿Y tú?- contesto de forma evasiva, pues no creo que sea buen gusto, y mucho menos prudente, restregarle mi felicidad por la cara
-¡Tal vez no tan bien como vosotras!- afirma, enfatizando el pronombre en plural –Pero eso es una cuestión de tiempo…-añade, algo misterioso
Cuando aún estoy procesando su respuesta, llega otra invitada, usando un vestido rojo con un enorme escote y una abertura lateral en la pierna derecha, atrayendo la atención de todos, mientras corre a abrazar a Emma.
Se trata de Mary Nolan, la prima casquivana de mi novia. Percibo que no solo yo, sino David también, sentimos celos de la escena que acontece en mitad del salón. Incluso, la expresión de rabia reflejada en su mirada es idéntica a la que mostraba cuando me veía cerca de Emma, en la época en que salíamos.
Me despego de mi ex, que sigue con la mirada vidriada en las dos, y me acerco a ellas, dispuesta a poner punto y final a esa interminable salutación y evitar que David arme un escándalo, esta vez, no por mí, sino por Mary.
-¡Hola, Mary! No sabía que aún estabas en Boston-me entrometo en la conversación de ellas, enlazando mis dedos a los de Emma y poniéndome al lado de mi novia.
Sé que ya no hay nada entre ellas, sin embargo, además de ser por naturaleza celosa, mis hormonas están bastante agitadas por el embarazo, dejándome más agresiva de lo normal.
-¡No, querida! Estoy aquí desde diciembre. Le he dado un descanso a los viajes. Solo fui a Utah en enero a participar en el Sundance- explica, amable, refiriéndose al festival de cine.
A medida que el tiempo pasa, otras quince personas llegan, entre parientes y amigos de David y Emma. Tinker y Ruby se juntan a nosotras tres y nos quedamos charlando hasta que la cena fuera servida.
Tinker comenta que Margaret está recibiendo, casi diariamente, flores y tarjetas de CL, el "admirador secreto" del que Emma ya me había hablado.
-Lo más interesante es que, al contrario que las primeras veces, ahora ella está mandando poner las flores en los jarrones y distribuirlos por la mansión. Y uno de estos días, la pillé releyendo las tarjetas y sonriendo. Pero, cuando se dio cuenta de que la observaba, fingió y las guardó en un cajón con llave, en la biblioteca- la esposa de Jeff revela, en un susurro de confidencia.
-Emma, ¿qué te parece tener un nuevo padre?- pregunta Ruby, divertida
-Solo tengo un padre, se llama James Swan, y sus iniciales no tiene nada que ver con CL- responde mi novia, secamente
-¡Vaya, qué humor! ¿Eso es la crisis de los 36?- dice Ruby, en tono guasón, provocando risas en todos, menos en Emma que continúa seria
Desde la primera vez que me habló de CL, me di cuenta de que sentía celos de ese probable pretendiente de su madre. Nunca imaginé que mi novia fuera tan posesiva y no me sorprendería que quisiera colocar a nuestro hijo o hija en una burbuja.
Instantes después, nos sentamos a la mesa y quedo al lado de uno de los primos de Emma. Es muy simpático y comienza a charlar conmigo, mientras resisto la tentación de devorar yo sola todo el magnífico y suculento banquete preparado bajo las orientaciones de Sidney.
Si no empiezo a controlar mi gula, es posible que llegue al final de la gestación pesando unos cincuenta kilos más, pienso, al mismo tiempo que me meto porciones modestas en la boca.
Felizmente, la cena termina y me siento satisfecha por haber conseguido dominar a la fiera insaciable que controla mi apetito, comiendo apenas lo necesario.
Al regresar al salón, un súbito arranque de valor me invade y decido que ya es la hora de darle mis "regalos" a Emma.
-Mi amor, voy a buscar tus regalos- le digo, susurrando en su oído –Pero quiero que me esperes en el invernadero- pido, pues la mayoría de los invitados aún siguen en la mansión, bebiendo y conversando a nuestro alrededor.
-¡Pensé que este momento no iba a llegar!- admite, feliz -¡No dije nada porque no quería presionarte! Pero, por culpa de tu misterio, no he dejado de pensar en eso desde que salimos del aeropuerto- confiesa, ansiosa
-Entonces, mi niña pequeña, ve a esperarme al jardín que, en un momento, tu curiosidad será saciada- afirmo, mirándola intensamente e intentando controlar mis propios nervios.
Ella sonríe y, tras robarme un beso, camina hacia la puerta lateral que conduce al jardín. Subo las escaleras rápidamente, entro en nuestro cuarto y saco de la maleta el regalo y uno de los test de embarazo, que metí dentro de una cajita de cartón.
Cuando llego al jardín, ella está dentro del invernadero de vidrio, donde Margaret cultiva algunas flores y plantas.
-¿Lista?- pregunto, sintiéndome extrañamente calmada
-¡Sí!- responde, con las manos entrelazadas frente a la boca, demostrando ansiedad
Con dedos temblorosos, abre la pequeña caja y sus ojos brillan cuando descubre lo que hay dentro: una joya
-Te acordaste…- susurra, emocionada, dándose cuenta de que es el mismo anillo que vimos en el escaparate de una joyería en Nueva York, hace casi tres semanas, por el que ella quedó encantada
-Fui allí al día siguiente y lo compré. Desde entonces, estaba guardado bajo siete llaves para que no lo encontraras- digo, satisfecha ante su felicidad -¿Puedo ponértelo?-pregunto, mientras cojo el anillo y lo dejo deslizar por su dedo.
-¿Esto significa que ahora soy de verdad tu novia?- pregunta, con expresión dichosa
-En realidad, creo que eres más que eso…-respondo, pasándole el segundo regalo
Ella coge la caja, le quita la tapa y me mira, sonriendo
-¿Un test de embarazo es mi segundo regalo?- dice, frunciendo el ceño, cogiendo el palito en sus manos
-Sí, mi amor…- comienzo, volviéndome a sentir insegura –Eso significa que, con noventa y siete por ciento de fiabilidad, serás la madre de mi hijo- concluyo, más suelta
-¿Noventa y siete por ciento?- repite pareciendo no entender
-Es la probabilidad de que los cinco test que me he hecho esta mañana sean realmente correctos y de que yo, de hecho, esté embarazada…de ti
-¿Hablas en serio, Regina?- vuelve a preguntar, asustada
-Tengo un gran sentido del humor, pero no bromearía con esto- respondo, acercándome más a ella –Entiendo que para ti esta noticia es un shock, porque también me sentí así al descubrirlo. Ni sé si aún he procesado totalmente el hecho, pero ambas sabemos, aunque no hayamos pensando en su momento, que era posible- afirmo, cogiendo su mano -¿Recuerdas que algunas veces nos hemos acostado sin condón?- ella permanece callada y yo sigo hablando sin parar –Solo tendremos la certeza cuando me haga las pruebas de laboratorio, que es cien por cien seguro. Sin embargo, como tú misma has podido percibir, ha habido cambios en mi cuerpo, casi imperceptibles, pero que son indicios de embarazo. Mi apetito también es mayor y ahora tiene sentido…- hago una pausa para ordenar mis ideas en la cabeza –He estado pensando, desde que lo supe, en cómo reaccionarías…Si estabas preparada para esto…- prosigo, comenzando a llorar
-¡Calma, mi amor!- pide, interrumpiendo mi discurso y rodeándome con sus brazos. Con la punta de los dedos acaricia mi rostro, besándome alternativamente en los ojos y en los labios, hasta que me calmo –No voy a decir que no me haya sorprendido con todo lo que me acabas de contar. No esperaba esto y no sé decir si estoy preparada…Pero si tu embarazo se confirma, ambas descubriremos juntas cómo criar a ese bebé- enfatiza, en tono suave, acariciando delicadamente mi vientre.
-¡Te amo!- confieso, con voz estrangulada, intentando contener el llanto y mis sentimientos a flor de piel
Pega su cabeza a la mía y proclama
-¡Yo también te amo! Y de una cosa estoy segura: amaré a este bebé incondicionalmente, de la misma manera que amo a su madre
Sonrío, acurrucándome aún más en sus brazos, intentando "robarle" un poco de su calor corporal en esa fría noche de Boston
-¿Cuál de ellas?
-¡Sabes cuál!- susurra y me besa de una forma a la vez dulce y sensual, deslizando las manos por mi espalda y provocando un ola de calor por mi cuerpo.
Nos quedamos algunos minutos allí, sintiendo el aromo de las flores de Margaret y la suave brisa que la noche traía. Cuando estoy más calmada y tranquila, le cuento a Emma sobre la forma graciosa en la que descubrí la novedad. Ambas nos echamos a reír con la historia de Zelena y sus quince test de embarazo y de cómo mi hermana pretendía hacérselos todos hasta que diese negativo.
En ese momento recuerdo que solo le había dado las felicidades a ella por teléfono, antes de coger el avión. Así que, con la cabeza apoyada en su hombro, murmuro
-¡Felicidades, mi amor!
