23. Emma Swan: hija, hermana, novia, madre…¿y tía?

Regina

-¡Mi reino por tus pensamientos!- declaro, al percibir que mi novia está absorta, mirando fijamente hacia el techo.

Antes de que la fiesta terminara, subimos a nuestro cuarto y nos echamos, abrazadas, bajo el edredón. Permanecemos así, solo sintiendo el contacto de nuestras pieles desnudas y miradas apasionadas, hasta que Emma parece quedarse ajena y mirar al vacío.

Ella sonríe y se pone de lado, mirándome a los ojos, mientras se pone una mecha dorada tras las orejas

-Estaba pensando en nuestro bebé…en cómo su llegada cambiará nuestras vidas…y en las posibles dificultades que vamos a tener- suspira, haciendo una pausa –Por ejemplo, ¿ya has pensado en cómo reaccionará Cora? ¿O incluso Margaret que, a pesar de haber cambiado de un tiempo a esta parte, puede que no esté preparada para una noticia como esta?- confiesa sus temores

Me acero más a ella, recostándome sobre su cuerpo y pegando mi cabeza a la de ella

-Creo que no hay manera alguna de que Cora reaccione bien, pero no lo voy a tomar en cuenta porque ya hace mucho tiempo que decidí romper las ataduras que me prendían a mi madre. Los conflictos comenzaron todavía en mi adolescencia, cuando me incliné a estudiar psicología y me fui a una residencia de estudiante en Yale.

-No sabía que habías vivido en una residencia de estudiantes en Yale- ella me interrumpe, deslizando la mano bajo la sábana que nos cubre, acariciando mi trasero –Apuesto a que la montaste mucho, bebiendo y yendo a fiestas del pijama- afirma, apretando aún más mis nalgas, haciéndome sentir su miembro endurecido contra mí.

-Fui una estudiante normal, mi amor. Sí, frecuenté algunas fiestas donde rodaba de todo, pero también era una alumna disciplinada y seria- replico, guasona –Y, aunque parece que te excitas cuando piensas que he tenido un hipotético pasado turbulento, prefiero dejar que tu fértil imaginación actúe sola…- digo, agarrándola por las muñecas y perdiéndolas sobre la almohada, recibiendo como respuesta un gruñido frustrado porque interrumpí su travesura –Volviendo al asunto Cora, cuando terminé la carrera y empecé a trabajar, no tardé mucho tiempo en comprarme el apartamento, ya que una vez lejos de mi madre, no quería volver a vivir bajo el mismo techo que ella. El día que la invité a conocer mi futuro hogar, yo me sentía tan orgullosa de mis logros que tuve la tonta ilusión de que ella también se sentiría así al ver a su hija creciendo. Sin embargo, Cora se limitó a mirar con cara desdeñosa todo a su alrededor y preguntar hasta cuando pretendía vivir en aquel cubículo- digo, sintiendo aún una punzada de tristeza al recordar ese día.

Emma se suelta de mi agarre y me abraza cariñosamente, provocándome la misma sensación de protección y amor que experimento cada vez que me rodea con sus fuertes brazos.

-No voy a ir a buscarla para contarle mi embarazo, pues no preciso mendigar por una aprobación que, a fin de cuentas, sé que no tendré. Ya le di a Cora una última oportunidad de formar parte de mi vida el día que te llevé para presentarte como mi novia, pero ella ni siquiera se molestó en considerar la situación. Por tanto, si viene a cuestionarme sobre el asunto, sencillamente le diré que en una intensa noche de amor, algo mágico y sublime sucedió, quedé embarazada de mi novia- digo y, a pesar de mi tono guasón, mi lado más romántico y soñador me hace percibir lo poético y excepcional que es estar embarazada de una mujer.

-Amor, creo que existe una gran posibilidad de que tu madre crea en esa explicación siempre y cuando sea una gran fan de la ficción científica- responde y sus cejas arqueadas, además de su timbre de voz, denuncian la broma de su afirmación.

Sonrío y le devuelvo la ironía

-Es ese tipo de sarcasmo que salpimenta nuestra relación

Sus manos vuelven a agarrar mi trasero

-¿Sabes lo que también salpimenta nuestra relación?- me pregunta, maliciosa, mientras muerdo el labio inferior y digo que no con la cabeza, adorando la osadía de sus caricias –Tu libidinosa desnudez sobre mis sábanas- gime, invirtiendo las posiciones, reteniéndome entre su fuerte cuerpo y la blandura del colchón –Creo que ya es hora de que me des el tercer regalo de la noche, señorita Mills- afirma, ronca, rozando la punta de su miembro en mi clítoris, dejándome aún más excitada con ese estímulo.

-¡Me vuelves loca cuando me tocas así!- susurro junto a su oído, alzando las piernas y prendiéndola entre las mías, aprovechando para lamerle su lóbulo derecho –Sabes cómo darle placer a una mujer…incluso sin penetrarla- confieso, entre suspiros, sintiendo sus labios ascendiendo por mi cuello.

Emma gruñe al escuchar lo que he dicho y le arrebata a mi boca un beso mojado y hambriento, aplastando sus pechos contra los míos. Me ato a ella no solo con las piernas, sino también con brazos y manos, sintiendo nuestros cuerpos tan unidos que no sé dónde comienzo yo ni donde acaba mi novia.

En ese instante, estoy plena de deseo y felicidad, segura de que ese tercer regalo vendrá en forma de mucho placer.

Emma

Al día siguiente, me despierto escuchando el canturrear de los pájaros en los nidos que hay en los árboles plantados en el jardín de la mansión. Regina sigue aún dormida, echada de lado y la serenidad de su expresión la deja aún más bonita y encantadora. Mis ojos vagan por su cuerpo desnudo y se detienen en la mano izquierda que descansa sobre su vientre.

La notica de su embarazo me cogió completamente desprevenida, pero, aunque sé que esa noticia puede sorprender a nuestros familiares, quedo deslumbrada ante la posibilidad de que dentro de unos meses nuestro bebé estará en mis brazos, jugando con sus pequeños deditos y balbuceando cosas incomprensibles.

Coloco mi mano sobre la suya, emocionada, y beso suavemente su cabeza.

-¡Os amo!- susurro, en un tono casi inaudible, pues quiero que ella siga durmiendo mientras voy a prepararle una bandeja con el desayuno.

Bajo de la cama y me pongo mi pijama ajedrez de franela, salgo del dormitorio y cierro la puerta silenciosamente.

En el pasillo, me encuentro a Mary dejando furtivamente el cuarto de David, vistiendo unos vaqueros y una camisa blanca que sospecho pertenecen a él

-¡Buenos días, prima!- digo, sonriendo

-¡Buenos días, rubia!- me contesta, pasando la mano por sus despeinados cabellos -¿Qué noche, eh?- añade y no comprendo su último comentario -¡Las paredes son finas, Emma!- concluye, señalando hacia mi cuarto que queda al lado del de David.

Cuando vuelvo a mirarla, las dos nos echamos a reír y recuerdo que durante la madrugada también había escuchado unos ruidos extraños provenientes del dormitorio de mi hermano. Sin embargo, como Regina y yo estamos en pleno acto no le di más importancia.

-Imagino que hemos tenido la misma idea de ir a alimentarnos para recuperar las energías- comenta, mientras bajamos juntas las escaleras

-¿Olvidaste que nunca desayuno?

-¿Ni después de pasar toda la noche…?- hace un gesto con la mano cerrada, como si estuviera golpeando el aire

-¿Qué porquería de analogía es esa para el sexo, Mary?- la reprendo, imitando su gesto "golpear al vacío" –Pero, respondiendo a tu pregunta…- continúo, mientras ella se ríe de mi censura –Me quedaría tres días en la cama con Regina sin necesitar alimentarme para reponer energías, solo comiéndola a ella- digo, llena de malicia

-Vaya…Nunca pensé que fuera a escuchar a Emma Swan, a la persona más intelectual y seria del mundo, usando el término "comer" refiriéndose al sexo. Esto solo viene a confirmar mis sospechas de lo bien que te hace estar con Regina. Nunca te he visto tan ligera, tan suelta…- observa y por el tono de su voz, percibo que parece aliviada y alegre por verme feliz.

-Pues sí…Nada de Pretty Woman, la historia de Emma y Regina es el verdadero cuento de hadas moderno- respondo, entre broma y seriedad –Pero, ¿tú y David finalmente os habéis arreglado?- pregunto, curiosa

-Digamos que nos estamos conociendo mejor- replica, con aire de misterio –Ya sabes cómo es, convivir con David es misión imposible, pero como no creo en el amor a primera vista, he decidido darle una oportunidad. Sin embargo, le he dejado claro que nuestra relación solo tendrá futuro si se vuelve una persona mejor, más tolerante, menos agresiva…¡Quién sabe si no consigo transformar a ese sapo en un verdadero príncipe azul!- concluye, arqueando las cejas en una expresión guasona

En ese momento escuchamos un grito en lo alto de las escaleras

-¡VOY A SER PADRE!- grita Jefferson, asustándonos y haciendo que mi corazón palpite frenéticamente

-¿Qué ocurre? ¿Qué gritería es esa?- aparece mamá en la sala, mirándonos asustada a Mary y a mí.

-¡Vas a ser abuela!- responde mi hermano, señalando a mamá y bajando las escaleras deslizándose por el pasamanos.

Al llegar abajo, corre hasta donde estamos y levanta a Margaret, dando vueltas con ella por la sala, mientras mamá sonríe, besándolo en la cara.

-¡Qué bien, hijo…! ¡Felicidades! ¿Dónde está Tinker?- pregunta, cuando finalmente la suelta

-En el cuarto, de rodillas y llorando de felicidad, ya que había perdido las esperanzas de que la dejara embarazada- replica, bromista- Mary, Emma, ¿no vais a abrazarme?- pregunta, viéndonos paradas, solo observando la escena entre él y mamá.

Nos juntamos a los dos y nos damos un abrazo colectivo, felicitándolo por la buena nueva. Miro a mi madre que aparenta estar feliz y tranquila con la noticia. Aunque haya pensando en contarle el embarazo de Regina dentro de unos días, me invade una oleada de valor y sospecho que quizás ese sea el mejor momento para contarle la novedad, ya que, de cualquier forma, tiene un nieto en camino.

-Mamá, ¿puedo hablar contigo?- pregunto, cuando percibo que Mary y Jeff se apartan, abrazados, hacia la cocina, mientras mi hermano no deja de hablar de lo feliz y asustado que está ante la idea de ser padre.

-¡Claro, mi amor!- responde, cortando los tallos de algunas flores y colocándolos en un jarrón sobre la consola que hay en un lado de la sala

-¿Puede ser en la biblioteca?- pregunto, intentando no mostrar mi aprensión.

Ella me mira con curiosidad, pero acata mi pedido, siguiéndome hasta la estancia.

-Es mejor que nos sentemos- sugiero, acomodándome en el sofá blanco de dos plazas

Ella hace lo mismo

-¿Tienes algún problema, hija mía?- pregunta y siento un nudo en la garganta al escucharla llamarme así.

Cojo su mano y me quedo un momento contemplando sus uñas bien hechas, pintadas de azul. Cuando vuelvo a encararla, sus ojos están fijos en mí, esperando con evidente ansiedad lo que tengo que decir.

-¡Mamá…Regina está embarazada!- anuncio y esbozo una leve sonrisa, intentando disminuir el impacto de mi revelación.

Ella me mira como si hubiera entrado en estado catatónico. No sé si ha pasado un minuto desde que he soltado la noticia, pero debido a su completa mudez y falta de reacción, parece que hace una eternidad.

-¡Por favor, no me hieras de nuevo!- suplico, con voz embargada –Ya me había acostumbrado a la idea de que realmente estuvieras haciendo un esfuerzo por aceptarme como soy- admito, dejando caer las primeras lágrimas –Vi lo feliz que te pusiste con la noticia de que Jefferson va a ser padre…No sé por qué el hecho de que Regina y yo vamos a tener un bebé puede parecer tan diferente- intento argumentar, pero ya empiezo a desesperarme ante una posible negativa reacción de su parte.

-¡No es eso, cariño!- finalmente ella habla, disminuyendo un poco mi aflicción –Jefferson y Tinker están casados hace mucho años y era lo esperado, que en cualquier momento decidieran tener un hijo o que sucediera casualmente, sin planearlo- explica-Pero, tú y Regina estáis juntas hace pocos meses y no imaginaba que fuera a suceder esto tan rápido- aclara, sonriendo nerviosamente –Realmente he intentado entenderte y ya acepto quién eres más de lo que piensas- asegura apretando mi mano –Y puedes creer que nunca más pretendo herirte, porque tengo consciencia de cuánto mi incomprensión ya te ha hecho sufrir. Me arrepiento de cada uno de los momentos en que no supe ser una madre tolerante- afirma, comenzando a llorar también y, sin decir nada, me abraza, hundiendo su rostro en mi cuello, mientras me pide perdón.

Beso sus cabellos, apretándola en mis brazos y estoy tan conmovida que no consigo decir nada más. De todos los escenarios que imaginé cuando le contara la noticia, en ninguno de ellos terminábamos abrazándonos y llorando, después de tener, por primera vez, una verdadera y franca conversación entre madre e hija.

Margaret

Emma ha salido de la biblioteca hace algunos minutos, diciendo que iba a prepararle algo de desayunar a Regina, dejándome sola con mis pensamientos.

Al contrario de lo que ella pueda haber pensado en un primer momento, mi taciturna reacción al saber del embarazo de Regina no tuvo nada que ver con ningún prejuicio por mi parte. Y eso porque, con el entendimiento que tengo hoy, no existe ninguna razón para que no ame de la misma manera a esos dos bebés que van a llegar.

Lo que me había dejado turbada fue constatar que la relación entre Emma y Regina es lo suficientemente seria para que en breve mi hija deje esta casa y construya una vida y una familia fuera de aquí. No sé por qué, pero siempre tuve la certeza de que Emma sería mi compañía cando envejeciera.

Sonrío al percibir la ironía que existía en ese pensamiento mío: en el fondo, siempre vi en mi Eric a la mujer en que se transformó. Al final, esa es una actitud que se espera más de una hija, que cuide de los padres en la vejez.

Recuerdo que cuando James y yo llevábamos a los muchachos al rancho, David y Jefferson querían salir a cabalgar o bañarse en el riachuelo con el padre, mientras Eric se quedaba conmigo en casa, observándome cocinar, ayudándome a lavar la loza o sencillamente manteniendo la lana mientras hacía punto.

Siempre fue tan dulce y amable, mi ángel rubio, pienso, levantándome del sofá y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón. Siento la textura de un papel y recuerdo que aún no había leído la tarjeta que acompañaba el ramo de flores enviado por Constance hoy por la mañana

La saco del bolsillo, identificado su hermosa caligrafía

Margaret

Hoy he llegado a la conclusión de que mi abordaje (y me refiero a las "miles" de flores que te he enviado) ha sido un poco infantil.

Incluso me divierto escribiendo estas tarjetas que nunca son respondidas. Es como escribir un diario y dejar que tu mejor amiga lo lea. Pero, con cada respuesta que no llega, tengo más certeza de que todo esto acabará en nada.

Aprovechando el valor que la falta de contacto visual me da, debo confesar que al tomar la osada actitud de buscarte en tu casa, no estaba buscando reavivar la amistad y el compañerismo que tuvimos en el pasado.

Creo que muchas personas pasan por la vida sin saber lo que es amar a alguien y hay otras que defienden que es posible tener un amor en cada puerto. Pero yo formo parte del tercer grupo de personas, de aquellas que solo han tenido un amor en toda su vida. Y, aunque nunca lo vivan plenamente, consiguen guardarlo, a pesar de la distancia.

No pienses que mantuve, por todos estos años, la esperanza de volver a verte. Cuando nos despedimos hace cuarenta y cinco años, imaginé que era la última vez que nos veríamos. Mi vida siguió, pero aquel amor que juzgué como una locura adolescente siempre ha estado "ahí", impidiendo que amara a otras personas, incluso a mi marido, Patrick, a quien admiré mucho, sin embargo jamás consiguió hacer palpitar mi corazón de forma tan intensa a como lo sentí cuando te vi en aquel club.

Esa fuerte emoción que experimenté fue lo que me motivó a ir tras de ti, incluso teniendo asegurado tu rechazo. Ese sentimiento también fue el responsable de los innumerables ramos y tarjetas que te he enviado y con los cuales pretendía mostrarte mi arrepentimiento y derrumbar tus defensas para conmigo.

Pero hoy, me he dado cuenta de que, probablemente, tú ni las estás leyendo y posiblemente tiras las flores a la basura, lo que hace de esta última tarjeta una inutilidad. Aún así, he querido desahogarme, aunque sea en el papel, de todo lo que siento.

En fin, ya no voy a molestarte, ni a buscarte, pero no puedo prometer que no vaya a pensar en ti.

¡Espero que tengas una buena vida, mi amor!

C.L.

-¡Maldita Constance Langdon y su don para hacerme llorar!- murmuro, entre lágrimas, releyendo la última frase de la carta y pensando en qué buena vida podré tener, ahora que estoy segura de que me quedaré sola en esta enorme mansión.

Salgo de la biblioteca, enjugando las lágrimas, y subo apresuradamente las escaleras, rezando para no encontrar lo que voy a buscar en mi cuarto.