24. Aquel momento en que Emma Swan me lleva al ginecólogo

Flashback

Eric/Emma Swan a los ocho años

Frente a los padres y los hermanos, Eric admiraba, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta roja forrada, la fila de muñecas, de diversos tamaños, expuesta en el escaparate.

David y Jefferson empujaban a Margaret y James, respectivamente, dentro de la tienda, pidiendo con euforia todos los juguetes que veían: desde el escaléxtric hasta los monopatines.

Una de las vendedoras, rubia, alta y con el cabello recogido en un moño perfecto, advirtiendo que el muchacho no apartaba la mirada de las Barbies y de los accesorios que acompañaban a las muñecas, se acercó a él y le dijo

-Vaya, qué niño tan guapo tenemos aquí…- comenzó con voz afectada, apoyando las manos en las rodillas y agachándose un poco para quedar casi a su altura –Pero creo que estás en la sección equivocada, muchachito. Los juguetes para niños quedan allí- dijo, señalando el lado contrario de la tienda.

-Lo sé- respondió Eric, aún mirando el escaparate –Pero me gustan más las muñecas- añadió con aire inocente

Ella entonces se levantó, entrecerrando los ojos, y cruzándose de brazos, se llevó un dedo a los labios. La mujer comenzó a mirarlo de manera extraña como si estuviera analizando el comportamiento del pequeño.

Debido a la poca edad, Eric era incapaz de comprender que, en aquel momento, estaba siendo juzgado por algo sobre lo que aún no tenía consciencia.

-¿No prefieres un G. I. Joe?- insistía la vendedora –Mira, tu hermano está jugando con uno- dijo, cogiéndole el mentón y girándole la cara, algo bruscamente, hacia donde estaba David.

Margaret, que hasta ese momento parecía ajena a uno de sus primogénitos, al darse cuanto de la actitud grosera de la vendedora, se acercó a ellos

-¿Qué está pasando aquí?- cuestionó, apoyando las manos en el hombro del hijo en una actitud protectora y encarando con hostilidad a la otra mujer.

-¡Nada! Solo estaba intentando mostrarle a su hijo que sería más interesante para él jugar con G. I. Joe en lugar de con Barbies- dijo, enfatizando el adjetivo, mientras esbozaba una falsa sonrisa

-¡Ah, sí! ¿Y puedo saber a usted qué le importa eso?- inquirió, poniendo una mueca irritada

-Solo pensé que…

-¡Pues no piense!- interrumpió la explicación de la otra -¡Quién tiene que pensar sobre la educación de mi hijo soy yo!- dijo contundentemente

-¡Claro, disculpe!- la vendedora replicó, elevando el mentón y dándose la vuelta para ir a atender a otros clientes, dejando a madre e hijo solos.

Margaret pasó la mano por el pelo del pequeño y él la miró, ansioso

-Mamá, ¿puedo llevarme la muñeca?- pidió con sus ojos brillando por la expectativa

Ella se agachó, poniéndose a su altura

-Mi amor, ¿no hemos hablado sobre eso ya? ¿Recuerdas que tu padre y yo te prometimos regalarte una bicicleta cuando cumplieras ocho años?

El muchacho hace una señal afirmativa con la cabeza, bajando los ojos

-¿Qué prefieres: la bicicleta…o esta muñeca?- preguntó, algo recelosa, a pesar de estar casi segura de cuál sería la elección del hijo, pues tener una bicicleta era un sueño que tenía desde los cuatro años.

El rubito lanzó una última mirada hacia la Barbie, sin entender por qué no podía llevarse los dos y, aunque intentara optar por la muñeca, algo en el tono de voz de su madre le decía que ella estaría más contenta con la primera sugerencia. Miró a sus hermanos que estaban agarrados a los juguetes de "niños" que ya habían escogido y volvió a mirar a Margaret

-La bicicleta…- susurró, recibiendo como respuesta una gran sonrisa, un abrazo afectuoso y un beso en la mejilla, denunciando que su madre se había puesto feliz con su elección, lo que para el dulce y dedicado Eric era muy importante.

Margaret se levantó exultante, y se dirigió a la sección de las bicicletas como si fuera a escoger una para ella misma, dejando al pequeño Eric algo atrás.

James, que había asistido todo sin manifestarse, cogió cariñosamente la mano del hijo y le dijo bajito

-La muñeca será el regalo de papá. Pero no le vamos a decir nada a mamá de momento- dijo, guiñándole un ojo al muchacho en un secreto paterno.

El rubio sonrió, satisfecho, pensando que jamás olvidaría su octavo cumpleaños.

Fin del flashback

Margaret

Ya hace 15 minutos que el taxi me ha dejado frente a un edifico de estilo gótico, en Back Bay, uno de los barrios más ricos de Boston. Acabé encontrando lo que no quería encontrar en mi cuarto: la tarjeta con el teléfono y dirección de Constance. Ahora, estoy bastante cerca de ella, pero sin valor para llamar a su puerta.

Miro hacia las ventanas, intentando adivinar cuál es su apartamento. Por el número 203, supongo que sea el primero de la derecha. Me echo la bronca por no haber traído flores, ya que estoy a punto de hacerle una visita sorpresa a una mujer que lleva meses mandándome ramos. Sin embargo, ya es tarde, pues si me voy de aquí, seguramente no tendré el valor de regresar.

-Es mejor que entres, Margaret- me digo a mí misma –Pues estás protagonizando una escena que si para una adolescente ya es cursi, para una mujer de sesenta años es ridícula- me hago una autocrítica, mientras los tacones de mis Jimmy Choo resuenan en el hall de entrada.

Aviso al portero que voy a visitar a Constance Langdon en el apartamento 203 y él, providencialmente, me confunde con una de sus amigas, que parece que tiene "entrada libre" al edificio.

Incluso habiendo regresado recientemente a la ciudad, por lo visto Constance ya ha conquistado una gama de amistades íntimas, pienso de repente incómoda.

Rápidamente llego a la puerta de su apartamento y toco el timbre, para después llevarme la mano al cuello y rascarlo, ya que siempre que estoy muy nerviosa, una especie de prurito surge en esa zona de mi cuerpo.

Segundos después, la puerta se abre y una Constance con expresión confusa aparece, llevando puesto un vestido negro con manga corta y falda con algo de vuelo

-Margaret…¡qué sorpresa!- exclama

-¿Me invitas a entrar?- pregunto, intentando disimular una seguridad que aún no tengo

-¡Claro!- responde, dándome paso, pero todavía con la expresión estupefacta, como si yo fuera la última persona que esperaba ver allí -¡Siéntate, por favor!- pide, señalando un sofá de cuero blanco puesto sobre una alfombra negra -¿Quieres beber algo?- pregunta, repentinamente

-Generalmente no bebo, pero aceptaría un wisky…solo- afirmo y ella sonríe, de camino a preparar la bebida.

-En ese caso, me prepararé otro para mí- dice, y está bien saber que no soy la única con los nervios a flor de piel en este apartamento –Aunque me ha encantado verte, para ser sincera, es lo último que esperaba hoy- afirma, ratificando mi impresión.

-Has dicho hoy…¿esperabas mi visita en algún otro día?- cuestiono, un poco irónica

-¡No! Solo fue una expresión…No esperaba que me buscaras- replica, dándome el vaso y nuestros dedos se tocan, causándome un ligero escalofrío

-¿Qué pretendías mandándome tantas flores y tarjetas?- pregunto, antes de beber un poco del amargo líquido, adoptando una postura fingida

Ella, que aún está de pie, sonríe y mira hacia abajo, girando el vaso en la mano

-¿Las leíste?- pregunta, mirándome intensamente

-Sí…algunas- digo una media verdad, las había leído todas

-Entonces me asombra el hecho de que aún me preguntes cuáles eran mis intenciones-contesta, pasándose una mano por la nuca, mientras que con la otra se llevaba el vaso a la boca

No tengo manera de rebatir esa última afirmación, pues he entrado en un agujero sin salida, ya que sé muy bien cuáles eran sus intenciones y que estas son las que me han traído aquí. De esa forma, me limito a encararla y, durante unos minutos interminables, nos quedamos mirándonos en silencio, mientras siento la tensión creciendo dentro de mí.

-Margaret, llevo meses esperando una visita tuya o una llamada y precisamente cuando me estaba convenciendo de que eso no sucedería, apareces e insistes en fingir que no tienes nada que decirme- ella quiebra el silencio, sonando muy tranquila –Sé que no saldrías de Beacon Hill solo para tomar una copa de whisky solo. ¿No crees que ya es hora de acabar con este juego del gato y el ratón?- sugiere, frunciendo el ceño en una expresión seria

-Tienes razón. No he venido solo a tomar un vaso de whisky…He venido para saber por qué no te quedaste en Europa o, ya que has decidido regresar a Boston, por qué no pensantes que dejarme en paz era una buena idea- suelto, dejando el vaso aún medio lleno en la mesita de centro -¿Por qué todo esto…por qué tantas flores y tarjetas? ¿Por qué traer de nuevo a la superficie algo que tú misma quisiste encerrar años atrás?- prosigo con mis preguntas, levantándome y alzando el tono de voz, apuntándola con el dedo -¿Tienes ideas de cuán dolorosa fue para mí aquella separación? Mi vida puede haber seguido hacia delante, pero aquel sentimiento mal resuelto destruyó mis sueños, transformándome en un mujer amargada, dura, intransigente…y que, sin darse cuenta, pasó mucho tiempo volcando sus frustraciones en quién no se lo merecía- digo, con la voz estrangulada, recordando a Emma inmediatamente –¡Entonces, Constance Langdon, he venido para decirte que no puedo perdonarte ni quiero hacerlo!- afirmo, intentando parecer fría, aunque estaba haciendo un enorme esfuerzo para no dejar caer las primeras lágrimas.

Durante todo mi discurso, ella permaneció callada, agarrando el vaso de whisky en la mano y mirándome como si me viera por vez primera.

Cuando se da cuenta de que ya no diré nada más, habla

-Tienes todo el derecho a no perdonarme, Margaret, porque me ves como un verdugo en esta historia, pero no comprendes que también fui una víctima. Mi actitud pareció cobarde, sin embargo quería protegerte. ¿Preferías ser separada de mí a la fuerza? ¿Crees que así tu vida hubiera sido diferente o menos traumática? ¡Porque esa era la alternativa en aquella época!- destaca, poniendo el vaso en la mesita al lado del sofá y echándose a llorar –No pienses que para mí fue fácil dejarte un día y al siguiente estar saliendo con Patrick. Al principio, lo odiaba, y cuando él me besana o me abrazaba, cerraba los ojos y pensaba en ti para soportar aquellas caricias…Sin embargo, después, él se mostró tan paciente y cariñoso que, poco a poco, aprendí a admirarlo, a respetarlo y, obviamente, acabé siento afecto por él, pero amor…- hace una pausa, desviando la mirada -¡solo he sentido por ti!- confiesa, en un murmullo, sentándose en el sofá y llevándose las manos a la cara, cayendo en un compulsivo llanto.

Al verla así, tan frágil, recuerdo cuando teníamos quince años y éramos dos extrañas en el aquel colegio conservador y riguroso, cuando solo contábamos la una con la otra. Recuerdo las confidencias en la biblioteca, los besos robados en el campanario de la Iglesia…En ese momento, siento unas ganas inmensas de consolarla y disminuir su sensación de desamparo.

Llevada por ese impulso, me siento a su lado y alzo la mano para acariciar sus cortos cabellos, suaves y aún tan rubios.

Poco a poco, sus sollozos se espacian y ella retira las manos de su rostro, mirándome con los ojos hinchados y rojos, aún húmedos a causa de las lágrimas

-Perdóname…-pide en tono de súplica

En su semblante veo tanto sufrimiento y remordimiento que, sin dudar, me acerco más y la beso. El contacto de nuestros labios es tan casto que parece que estamos reviviendo uno de los besos que nos dábamos en la adolescencia.

Sin embargo, segundos después, uno de sus brazos se cierra en mi cintura, mientras sus dedos presionan mi cuello y no tarda mucho para que sienta su lengua invadiendo mi boca. Intento apartarme, empujarla por los hombros, pero su atrevimiento me instiga, volviendo a encender una llama que pensé que estaba apagada para siempre y, en vez de seguir luchando, me rindo al deseo, entregándome al ardor de ese acto.

El beso es interrumpido cuando el aire se hace necesario, pero solo se separan nuestros labios, pues permanecemos con las cabezas pegadas y respirando con dificultad.

-¡Voy a ser abuela!- digo y ella me mira con expresión seria, analizando mis palabras.

No obstante, enseguida comienza a reírse, como si yo hubiera dicho la mayor de las tonterías. El sonido de su risa es tan reconfortante que acabo contagiándome y junto a ella, sonrío ampliamente, como no hacía desde hace tiempo.

Regina

3 de marzo- todavía en Boston

-Realmente, es un milagro que estés embarazada, Regina- la Dra. Montgomery comenta, observando la pantalla de su portátil –Teniendo en cuenta que tú padeces de ovarios poliquísticos y que Emma toma andrógenos desde la adolescencia…-continúa, mirándonos por encima de sus gafas de vista -¡Este bebé es casi fruto de la magia!- concluye, bromista, haciéndonos sonreír.

-Pero, ¿su embarazo es de riesgo?- pregunta Emma, mostrándose preocupada

-Por lo síntomas que Regina ha dicho tener, creo que no. De cualquier forma, vamos a hacer la ecografía para estar seguras de que todo está bien con vuestro bebé- explica, en un tono reconfortante

Al día siguiente de contarle a Emma lo del embarazo, ella puso en marcha sus contactos para conseguir cita con la Dra. Addison Montgomery, una de las mejores ginecólogas de Boston, y me garantizó que no me dejaría volver a Nueva York antes de saber cómo está el bebé.

Sinceramente, me está encantando ser mimada por ella las veinticuatro horas del día, por eso mismo, llamé a mi secretaría y le pedí que cancelase todas mis consultas marcadas para esa semana, ya que pretendo solo volver con mis pacientes la semana que viene.

Cuando ya estoy echada en la camilla, recuerdo que tengo que resolver una duda

-Doctora, en cuanto al sexo, ¿hay alguna restricción?

-¡Regina!- Emma me reprende, con los ojos como platos

La doctora mira a mi tímida novia y sonríe

-Emma, no hay ningún problema, esa duda de Regina es muy normal- aclara y se gira hacia mí esparciendo el gel en mi vientre-No hay ninguna restricción en el sexo, a menos que te sientas incómoda o que haya algún sangrado. En esos casos, te sugiero que evites la penetración y vengas a verme inmediatamente para que podamos descubrir la causa- explica, ya deslizando el ultrasonido por mi barriga –Pero no os preocupéis, porque generalmente el saco amniótico y los músculos del útero protegen al bebé y, lo máximo que podría ocurrir, es que se agite cuando la mamá alcance el orgasmo, a causa del aumento de los latidos – dice, guiñándome un ojo, en un gesto de complicidad.

Me quedo satisfecha con sus explicaciones y cuando miro a Emma, que estaba agarrando una de mis manos, sus mejillas estaban bastante enrojecidas.

-Estás de casi once semanas…Generalmente mucha gente se queda embarazada a finales de diciembre por las fiestas, bebidas, el entusiasmo de la llegada de un año nuevo…-prosigue, en tono divertido, mirando la pantalla del equipo, mientras "escanea" mi útero.

Tras un tiempo, en que todas nos quedamos observando atentamente el monitor, la Dra. Montgomery vuelve a hablar.

-¿Recordáis que hace un momento dije que este bebé es una especie de milagro?- asentimos –Pues bien, es un milagro doble, porque estoy viendo dos corazoncitos- dice, señalando una zona especifica de la pantalla

Emma aprieta mi mano con más fuerza, mientras nos inclinamos hacia el equipo, mirando fijamente el punto que la doctora nos señala

-Ya podéis empezar a llorar, seréis madres de gemelos.


Como es normal, cuando hay antecedentes en la familia, es más probable que se dé un embarazo de gemelos. Lo de milagro que dice la doctora es porque las mujeres trans cuando toman hormonas sufren efectos como afinación de la voz, le crecen los pechos, y también se reduce drásticamente la producción de espermatozoides, de ahí que muchas mujeres congelen el semen antes de empezar el tratamiento por si en un futuro desean tener hijos.