28. Naciste para mí, Emma Swan
Margaret
Comienzos de mayo-Boston
Desde ayer la mansión está en agitación. Regina y Emma llegaron de Nueva York, así como David y Mary que habían vuelto de Cancún, en donde habían pasado alrededor de 10 días. Por el bronceado que ambos ostentaban, imagino que han aprovechado bien la estancia en la paradisiaca playa mexicana.
Dentro de poco todos nos marcharemos al rancho de James. Mañana tendrá lugar la boda y llegamos al acuerdo de ir la víspera para ayudar a Ruby, Zelena y Jefferson con los preparativos finales de la fiesta. A pesar de que la unión ha sido hecha a las prisas, creo que todo sucederá bien y supongo que la única situación inesperada será la revelación que pretendo hacer sobre Constance.
-Mamá, ¿vas conmigo o con David?- estoy frente al espejo cepillándome mi pelo, intentando dejarlo más ondulado cuando veo a Emma aparecer detrás de mí
-Con ninguno de los dos, mi amor- respondo, girándome para mirarla a la cara
Sus ojos verdes me miran de arriba abajo
-¡Estás muy guapa!- comenta, amable –Siempre me han gustado esos sarcillos- confiesa, refiriéndose a las argollas de perlas de Dior que llevo puestas.
-Lo sé…Cuando tenías ocho años, los cogiste "prestados"- sonrío recordando ese distante día
Ella se ruboriza un poco y dice
-Quería saber cómo me quedaban- explica –Pero tuve miedo de que me pillaras llevándolos, entonces los llevé a mi cuarto.
-Solo que David te vio con ellos y vino corriendo a delatarte- recuerdo-Todo sucedió tan rápido que no los eché de menos-admito, tocando uno de ellos y recordando que esa joya fue un regalo de James, el día que celebramos cinco años de casados –Aquel día, te castigué por tu manía de vestirte con mis cosas- prosigo y ella me muestra su sonrisa más tierna –Pero David no salió ileso, también lo castigué, pues no quería que continuar con aquel pésimo hábito de los cotilleos.
-Quedé tan avergonzada que pasé meses hasta tener el valor de entrar aquí de nuevo para admirar tus accesorios, tus vestidos, tus zapatos…- suspira –Mientras la mayoría de los niños imaginaban con vivir en una fantástica fabrica de chocolate, yo soñaba con vivir dentro del vestidor de mi madre- revela con aquellas maneras adorables de ella
Su declaración me emociona y la abrazo calurosamente
-Estoy tan orgullosa de ti, hija mía- proclamo, con el rostro apoyado en su hombro, permitiendo que una lágrima solitaria deslice por mi rostro -¡Siempre, siempre te he admirado!- enfatizo, volviendo a mirarla y acariciando sus mejillas –Solo que tenía miedo de confesarlo, porque en mi ignorancia, si actuaba así, te estaría incentivando hacia un comportamiento impropio- reconozco, mostrando los sentimientos contradictorios que la transexualidad de Emma había despertado en mí
-Mamá, no puedo negar que muchas actitudes tuyas me hirieron- admite, limpiando la lágrima de mi rostro-Pero le estoy eternamente agradecida a la vida, al tiempo y a todos los factores que han contribuido para que hayas llegado a verme como soy…No sabes lo significativo que es para mí escucharte llamándome Emma…hija…- también se emociona –Cuando comenzaste a tratarme así, tuve la certeza de que podría soportar y enfrentarme a cualquier adversidad que apareciera, porque ahora, además de tu amor, también tengo tu apoyo- completa y me besa cariñosamente la cabeza.
No me contengo y lloro quedamente al comienzo, pero se transforma en un llanto compungido
-Eh, ¿dónde está la mujer sobria a la que solía conocer?- bromea, cogiendo una toallita húmeda y enjugando delicadamente mis lágrimas.
¡Ella descubrió el amor!, pienso, intentando recomponerme
-Has dicho que no te vienes con ninguno de nosotros…¿Planeas ir en taxi?- retoma el asunto que la había traído
-No, mi amor, me voy a tomar la libertad de llevar a alguien y espero que no sea un problema para ti o para Regina- explico, sin entrar en detalles
Ella se queda seria y pregunta en un tono desconfiado
-¿Es un pretendiente…el tal CL?
Sonrío, segura de que había sido Jefferson quien le había contado lo de las flores y las tarjetas que Constance me enviaba.
Coloco las manos en su rostro
-¡No intentes adivinar, Emma Swan Bayern! Dentro de unas horas, cuando llegue al rancho, todos sabréis quién es esa persona y solo puedo adelantar que el secreto sobre "CL" acabará- contesto, divirtiéndome con su curiosidad
-Mamá, ¿crees seguro viajar con un hombre que no conocemos? ¿Y si pasa algo…?- rebate, dándome la impresión de que no solo está preocupada con mi seguridad, también parece celosa ante la posibilidad de que esté saliendo con alguien.
-Emma, además de que tu madre ya es una mujer bastante crecidita, la persona que me acompaña es alguien a quien conozco muy bien y con quien tengo una vieja amistad- afirmo y me sorprendo de que ella aún no haya entendido que la persona que me acompaña no es un hombre.
-No entiendo la razón de tanto misterio, pero si quieres guardar ese secreto hasta más tarde, todo bien- acepta, algo irritada, y su inocencia me asombra.
Aprieto sus mejillas y digo
-Si prometes no pensar más en eso hasta que llegue al rancho, mamá te dará estos sarcillos que tanto te gustan de regalo
Su expresión seria es sustituida por una de sorpresa
-Margaret Bayern, cuando tenía ocho años este tipo de estrategia habría tenido mucho efecto en mí- dice seria-¡Y es impresionante que, casi treinta años después, aún lo tenga!- finaliza, sonriendo como una niña pequeña
Vuelvo a abrazarla, sonriendo también, y nos quedamos así algunos minutos más. Pienso que nunca he tenido un momento tan relajado con mi hija. Suspiro, arropada por una mezcla de serenidad y alegría, recriminándome en silencio los años perdidos dificultando mi relación con Emma, actuando con intolerancia y tomando decisiones y actitudes que me privaron de disfrutar más de su compañía y de su personalidad tan adorables.
Regina
Mismo día
Cuando estuve en el rancho por primera vez, en diciembre, era otoño, una estación que considero especialmente hermosa, melancólica y nostálgica. Recuerdo que las hojas secas, predominantemente rojas y amarillas, yacían sobre el césped y los frutos maduros pedían de las ramas.
Ahora, las flores han eclosionado y colorean el suelo con sus variados matices, trayendo consigo el perfume y la alegría tan típicas de la estación actual, la primavera.
Estoy completamente enamorada de Emma y de las vidas que engendro en mi vientre y, muchas veces, me emociono, recordando los pequeños detalles que rodean nuestra relación. Creo que esos detalles, por más sencillos que puedan parecer, han contribuido a que estemos juntas. Y es hasta poético imaginar que conocí a mi prometida en una época del año en la que la vida se transforma. Una fase de transición no solo para la naturaleza, sino también para las emociones humanas. Y que vamos a casarnos justamente en primavera, un tiempo de belleza, alegría y florecimiento.
Una placentera brisa me atraviesa, agitando las ramas de los árboles y trayéndome al momento presente. El perfume que esta trae me es familiar…es un aroma cítrico que adoro: el aroma de mi amor.
Sonrío y cierro el libro abierto en mi regazo con la certeza de que ella está aquí cerca, espiándome.
-¡Déjate ver, Emma Swan!- las palabras salen de mis labios en mitad de una sonrisa y supongo que ella está de pie, detrás de mí
-¿Cómo sabías que estaba aquí? Me tome mucho esfuerzo en llegar sutilmente y poder admirarte en silencio-responde y siento sus manos agarrando la cuerda del columpio donde estoy sentada.
-Las personas enamoradas, al igual que los ciegos, pueden ver en la oscuridad- cito, no literalmente, un trozo de una canción de Chico Buarque
-Está bien saber que aunque huya por laberintos y trampillas siempre podrás encontrarme- replica, bromista, con otro trozo de la canción
-¿Y por qué huirías de mí?- pregunto, inclinando mi cabeza hacia atrás, queriendo verla
Ella se agacha un poco y acerca su rostro al mío
-Porque tengo una vaga idea de que, en breve, me culparás de tus estrías- dice besándome la cabeza –de las noches mal dormidas- prosigue besándome la punta de la nariz –Y hasta de la hinchazón de tus pies- añade, rozando sus labios en los míos
-¡Jamás haré eso, mi amor!- aseguro, devolviéndole el beso –Adoro el hecho de estar embarazada de nuestros hijos y, aunque algunos síntomas me dejen irritada, nunca voy a culparte, porque cualquier mareo o dolor será insignificante ante el hecho de que me has hecho una mujer completa- afirmo, volviendo a la posición que estaba antes, pues ya empezaba a marearme y dolerme el cuello por la postura.
Ella gira el columpio, para dejarme frente a ella. Se arrodilla en el césped y coloca las manos en mis muslos, mientras mira tiernamente mi vientre ya protuberante
-¿Ya te he dicho lo hermosa que te ves esperando a nuestros bebés?- pregunta, de una forma tan suave y cariñosa que mis ojos se humedecen.
-Emma, no seas mala…- pido con voz embargada –Ya estoy tremendamente sentimental a causa de las hormonas y tú hablando así, ¡solo puedes querer hacerme llorar!- me quejo, mordiéndome los labios
Rodea mi cintura con los brazos y me atrae más hacia ella, mientras nuestros ojos no se apartan los unos de los otros
-Estoy hablando en serio, Regina Mills. Estás irresistiblemente bella y sensual- exclama y una de sus manos recorre la extensión de mi espalda –Cuando pienso que en unas horas serás completamente mía…- susurra y me agarra por la nuca, besándome con pasión y dejándome sin aire y sin tino durante los segundos que nuestros labios permanecen pegados.
-¿Qué fue eso?- pregunto, jadeante, intentando recuperar la razón
-Eso fue una demostración de cómo tu embarazo me afecta- responde y en sus labios mojados surge una maliciosa sonrisa
-¡Naciste para mí, Emma Swan!- proclamo, extasiada –Pero vamos a dejar todo este fuego para nuestra noche de bodas- sugiero y noto que ella desvía la mirada, observando algo a los lejos
-Parece que un invitado más llega…- anuncia-Acabo de ver un Thunderbird azul pasando por la puerta principal
-¿Quién ha invitado a Thelma y Louise a nuestra boda?- bromeo, pues sé que ese clásico modelo de Ford fue uno de los protagonistas del famoso film de Ridley Scott.
-¿A qué viene la sorpresa? Recuerda que hemos invitado a todos los iconos del cine a nuestra boda- responde, divertida y nos levantamos, ella del suelo y yo del columpio, para ir a recibir a las dos feministas más ilustres del séptimo arte.
