30. Una de las cien cosas que amo de Emma Swan

Regina

Finales de mayo- Aun de luna de miel

Los coches comparten el espacio con los caminantes y los ciclistas que circulan por la Avenida Atlántica, por los alrededores del número 1702. Un poco más adelante, la calzada de piedras portuguesas cede el lugar a la blanca franja de arena, donde nativos y turistas se unen en un momento de esparcimiento, disfrutando de aguas cristalinas y del bello escenario de la famosa playa.

Desde la terraza privada de una suite en el ático asisto la vida cotidiana de esas personas, mientras observo algunos ícaros sobrevolando el hotel en sus ala-deltas, realizando el sueño del mitológico personaje griego.

Los versos de la canción, "y el atardecer, el sol poniente, deja siempre una nostalgia en la gente", hablan por mí, pues es así como siempre me siento al ver al astro rey despidiéndose de la maravillosa ciudad, haciéndome recordar que, en pocos días, tendremos que marcharnos, dejando atrás no solo la deslumbrante belleza de los paisajes brasileños, sino también los momentos de pura magia, felicidad y amor que Emma y yo hemos vivido aquí.

Toda esa atmosfera romántica me hace pensar en el día de nuestra boda, cuando Emma, encarnando el propio pecado, o mejor, el famoso personaje de Marlyn Monroe, intercambió votos de amor eterno con una Regina vestida como el personajes de Charles Chaplin en películas como Tiempos modernos, delante de una platea de invitados vestidos de personajes de cine.

Pasamos la noche de bodas en la antigua cabaña, donde nos besamos por primera vez. Entre sábanas cubiertas de pétalos rojos nos amamos y, en aquel instante, nuestros gemidos se mezclaron con los sonidos de la noche, volviéndose parte de la sinfonía bucólica del lugar.

Suspiro, extasiada, no solo por los recuerdos, sino también al ver que una rubia alta, con un vestido blanco con escote pronunciado y una pamela ancha se acerca, trayendo en sus ojos una expresión de ternura y en sus labios, una sonrisa traviesa.

-Nunca imaginé que diría esto, pero ante su devastadora belleza, el Cristo Redentor con los brazos abiertos sobre Guanabara se vuelve secundario- comienza galante- Si no estuviera casada, la invitaría a pasar la noche conmigo en mi suite- continúa, iniciando una fantasía que sé muy dónde acabará.

Desde que nuestra luna de miel comenzó, en una playa menos abarrotada, pero tan bonita como Copacabana, localizada en el nordeste del país, Emma y yo hemos descubierto que nos gusta fingir que no nos conocemos. Esas fantasías, a priori, eran bobas e inocentes, sin ningún matiz erótico, pero nos comenzó a gustar la broma y ahora ellas han adquirido un lado más picante.

Me muerdo el labio y sonrío

-Es una pena que también yo esté casada…- doy alas a la fantasía, enseñándole la delicada alianza de oro blanco y diamante en el anular izquierdo –Porque confieso que me ha encantado el piropo

-¿No considera equivocado que las convenciones nos impidan conocernos mejor?

-No sé si es equivocado o no, pero ¿usted no cree que es muy atrevido hacer ese tipo de insinuaciones a una mujer embarazada?- rebato, fingiendo cierta indignación

Se acerca más y se inclina, permitiendo que sus labios queden bien próximos a los míos

-Disculpe, pero considero su barriguita tan sexy- susurra, acariciando mi vientre con la palma de la mano -¿Vería muy pervertido si le confesara que las embarazadas son mi fetiche?

Muevo la cabeza hacia atrás, y alzo el mentón, para encararla

-¿Las embarazadas?- repito, enfatizando el plural, saliendo un poco del juego

Su semblante adquiere una expresión más guasona

-En realidad, quise decir que siento atracción por embarazadas de piel morena y sangre latina, que se llaman…- hace una pausa -¿Cómo es su nombre?- alza una ceja, haciéndose la sinvergüenza.

-No va a necesitar saber mi nombre, porque me he retrasado mucho aquí, y mi marido ya debe estar preocupado- asumo de nuevo el papel de esposa fiel y púdica, pues ya he podido comprobar que ese papel en particular atiza la libido de Emma.

Cuando me giro para entrar en el cuarto, ella me rodea con uno de los brazos, interrumpiendo mis movimientos y, con la mano libre, aparta mis cabellos negros que cubren mi nuca, rozando delicadamente los labios en mi cuello y provocándome un ligero temblor.

-¡Pero veinte minutos más no marcarán la diferencia para su marido!- murmura, ronca

-Algo me dice, que si me quedara, no serían solo veinte minutos- respondo, jadeante, frotándome en ella

-Tal vez sea porque usted no quiere que sean solo veinte minutos- afirma, girándome y prendiéndome en el círculo de sus brazos.

Me aparto un poco, aunque siga pegada a ella, y levanto las manos para enterrarlas en su cabello dorado, quitándole el sombrero, mientras mis dedos deslizan por la suavidad de sus mechones rubios.

-Por favor…estoy de luna de miel, soy una mujer recién casada y he prometido serle fiel a mi marido- continúo, en un murmullo bajo, con ojos virginales.

-Eres diabólica…- susurra, consciente de que ya he descubierto su punto flaco

-No…- le beso el hoyuelo de su mentón –Solo conozco muy bien a la mujer con quien me he casado- afirmo- Y adoro cuando ella me coge con delicadeza…con hambre…Porque eso es una de las cien cosas que amo en Emma Swan-Mills: la capacidad que ella tiene de ser absolutamente dulce e irresistiblemente salvaje cuando me hace el amor.

Emma reacciona a mi declaración apretándome aún más y buscando, impaciente, mis labios. Mientras nuestras lenguas traban un duelo mojado, suave y ardiente, las bocas se funden y se ajustan, buscando el encaje perfecto.

En un movimiento impetuoso, mi esposa me levanta en brazos y llego a oír su corazón latir con fuerza en el pecho, mientras me lleva hacia dentro. Creo que, en ese momento, la fantasía ha sido dejada de lado, y volvemos a ser solamente Emma y Regina, dos mujeres de luna de miel, sedientas para consumar el matrimonio una vez más.

-¡Me vuelves loca…me vuelves loca!- enfatiza, colocándome sobre la cama con absoluta delicadeza.

Su voz sale ronca y susurrada y sé que se está esforzado para no dejarse dominar por el deseo febril que la invade. Desde que mi vientre ha ganado un contorno protuberante, Emma, si eso es posible, se ha vuelto más cariñosa y cuidadosa, siempre con miedo de hacerme daño o a los bebés cuando hacemos el amor.

Tiernamente, me quita una de mis sandalias y besa el empeine. Solo suspiro. Hace lo mismo con el otro, pero no se contenta solo con aquel suave estímulo. Pronto, siento su boca cerrarse sobre los dedos, chupándolos desde la base hasta la punta, dejando resquicios de saliva en la piel y haciendo que yo suspire más alto, retorciéndome sobre las sábanas.

Emma sabe lo sensible que soy a las caricias en los pies y su boca sigue, implacable, tocando una de mis zonas erógenas

-Amor…eso es crueldad- murmuro, quejica, pero ella no parece escuchar mi "queja" y continúa con su dosis de ternura

-Quiero marcarte entera- afirma, gateando sobre mí, dejando un rastro de besos desde los tobillos hasta la parte interna de mis muslos –Quiero que sientas mis labios por todo tu cuerpo- continúa, levantando el vestido y dejando al descubierto las braguitas negras que este escondía –Te imagino atendiendo a un paciente y acordándote de mí, chupando tus dedos, mientras una sonrisa maliciosa se te escapa de los labios…

-Ay, por favor…- susurro, afectada no solo por su fértil imaginación, sino también por su respiración entrecortada chocando en una parte bastante sensible.

Sus dedos se entierran en la piel suave de mis muslos, impidiéndome que mueva las caderas

-¿Qué quieres, mi amor?- me atiza, hundiendo la nariz en las bragas y aspirando el aroma de mi deseo.

-Quiero que…que me chupes- jadeo, inquieta –Quiero recordar tu boca en cada parte de mi cuerpo- hago mías sus palabras y sus ojos brillan, lujuriosos, antes de atender mi pedido.

La noto recorrer de abajo arriba el tejido de las bragas y, al pasar por el punto más abultado, Emma enseña los dientes, mordiéndolo ligeramente y reacciono con gemidos profundos, intentando levantar las caderas para restregarme en sus labios.

Sin embargo, ella abandona lo que estaba haciendo y sube más el vestido, pasando a besarme la curva de mi barriga con devoción, como si tocara una pieza delicada, preciosa y tuviera recelo de que se rompiera. Después, rodea con su lengua mi ombligo y sigue hasta llegar a los pezones ya entumecidos, dejando el vestido recogido sobre mis pechos. Succiona uno de los pezones y grito, viéndola alternar de uno a otro, chupándolos hasta dejarlos tan hinchados que, sin soportarlo más, tiro de sus cabellos para besarla una vez más.

-¡Deja de torturarme, Emma Swan-Mills!- me quejo, soltándole los labios.

Ella sonríe y sus ojos se prenden a los míos. Por un momento, me veo reflejada en sus iris verdes, mientras sus mechones rubios nos envuelven, como una dorada cortina.

-No quiero torturarte…Quiero amarte, lenta y pausadamente, mi morena- declara y sella nuestras bocas una vez más, combinando los sabores, mientras se yergue, llevándome con ella.

Levanto los brazos para que me quite el vestido de una vez. Emma se levanta y va a hacer lo mismo con el de ella, pero me arrodillo en la cama y la agarro por las muñecas.

-No…quédate con el vestido-le pido y, percibiendo su expresión de curiosidad, digo -¡Yo también tengo mis fantasías!- admito y, antes de que pueda replicar, le subo la pieza hasta la altura de la cintura.

Me extasío al notar la turgencia de su libido. Me agacho y, sin darle tiempo a mi esposa para que reaccione, le bajo la ropa interior, deslizando mis labios por su erección, dándole suaves mordidas y succiones, escuchándola gemir bajito, hundiendo sus dedos en mis cabellos, buscando apoyarse mientras la empujo para dentro de mí.

-Regin…Ahhhh- mi nombre se confunde con un gemido, dejándome excitada ante la posibilidad de que se derrame en mi boca.

Felizmente, hemos llegado ya a un punto donde no hay más pudores…Nos amamos sin reservas, sin inhibiciones, sin recelos. En la cama, nos permitimos todo lo que nos da placer y ya hemos conseguido identificar y sentir lo que la otra quiere casi que telepáticamente. Siempre que hacemos el amor todo sucede con tanta naturalidad, entrega y, aún así, el sexo nunca parece igual.

-Voy a…- su gozo estalla en mis papilas, antes de que termine la frase, llenándome la boca del más puro néctar y la escucho gemir alto, fuerte, un sonido que repercute por toda la habitación, haciendo que me sienta inmensamente feliz por saber que soy la responsable de ese clamor de satisfacción.

Cuando sus ojos se encuentran con los míos, noto que la respiración de ella aún está irregular. Emma sonríe, se quita el vestido y vuelve a besarme, poniéndose de rodillas en la cama. Mientras sus manos vagan, atrevidas, por mis curvas, me siento embriagada por el contacto de nuestros labios y tomada por la ansiedad de ser, una vez más, devorada sobre ese lecho.

El beso es interrumpido y ella invierte las posiciones, sentándose sobre los calcañares y colocándome encima de sus muslos. Me muevo ondulante sobre su regazo, frotando nuestros sexos. Ahora que mi barriga está algo mayor, esa es una de las posiciones en las que más nos gusta hacerlo, porque me deja confortable y puedo sentirla toca pegada a mi cuerpo

-Fóllame- exijo, ronca, sintiendo de nuevo su rigidez debajo de mí.

Me levanta un poco y hace que su miembro se encaje en mi vagina. La oigo suspirar cuando me deslizo lentamente por su erección. Me muerde el hombro y llevo mis brazos hacia atrás, intentando abrazarla, mientras subo y bajo, provocando el roce de mi espalda con sus pechos.

Una de sus manos me agarra por la cintura, mientras la otra acaricia mi clítoris. Su boca ahora está ocupada, chupándome el lóbulo de la oreja. Ya estoy absolutamente mojada y siento a los bebés agitados, a causa de los movimientos frenéticos que hago encima de su otra madre.

Entonces, comienzo a temblar, a llorar, a sufrir…Sonriendo, entregándome a otro orgasmo que rompe y rasga todo mi cuerpo…Como una loca, una alucinada, me pierdo y me encuentro en los brazos de Emma, probando toda su gloria, la plenitud y la magia de sentirla latiendo dentro de mí, mientras me contraigo en torno a ella.

Con los últimos gemidos desvaneciéndose en el aire, caímos exhaustas y aún entrelazadas sobre la cama. Todavía siendo la placentera y excitante sensación de algunos espasmos recorriendo mi cuerpo, cuando la escucho hablar

-¿Sabes qué haremos esta noche?

-¿El qué?- pregunto, abriendo la palma de su mano para besarla

-¡Vamos a ver un concierto de Chico Buarque!- revela, olisqueando mi cuello

Me giro, quedando cara a cara con ella

-¿De verdad?- digo, sin poder creerlo –Si canta Valsa Brasileira, voy a gritar, llorar y quizás quiera subir al escenario a abrazarlo- continúo, pareciendo una fan histérica -¿Prometes quedarte a mi lado mientras paso por ese vejación, mi amor?- pregunto, de forma infantil, pero ya segura de cuál será su respuesta

-¿Sabes? Tu lado fanático es una de las cien cosas que amo de ti. Creo que eso responde a tu pregunta, ¿no, Regina Swan-Mills?- dice, guasona, acariciando mi rostro -¿Nuestros bebés están bien?- pregunta, dulcemente, colocando la mano sobre ellos.

-¡Ahora están más calmados!- afirmo, admirada con el don que el toque de Emma tiene para tranquilizarlos –Hablando de bebés, echo de menos a nuestros otros hijos…sobre todo a Jobim- cito el nombre del terrier que me regalo la víspera de nuestra boda-¿Tinker y Jefferson lo estarán cuidando bien?

-Estoy segura de que sí, cariño…Recuerda que tiene la compañía de una adulta responsable y de un niño lleno de energía- responde, burlándose del hermano

-Amor…- me anillo en sus brazos –El sol aún no se ha puesto del todo- comienzo, libidinosa -¿Por qué no aprovechamos…?- pero ella no me deja terminar la propuesta

Y antes de que la luna se refleje en el mar de la Bahía de Guanabara, dejando el paisaje carioca aún más hermoso e inspirador, Emma y yo saciamos, una vez más, las llamadas del cuerpo sobre una cama King size, en una suite del Copacabana Palace.