31. Emma Swan Mills: la mujer de mi vida
Flashback
Eric/Emma- 12 años
"Llegando así, mil días antes de conocerte"
La niña de nueve años mira a la calle una vez más, con la esperanza de ver un Mercedes azul estacionar frente a la Biblioteca Pública de Boston. Después, suspira aburrida, infelizmente su padre no ha llegado a buscarla.
En su walkman suena "The lady in my life" y, aunque le gustaban las canciones de Michael Jackson, escuchar por tercera vez la misma cinta, con las mismas diez canciones del artista, ya la estaba irritando.
La pequeña resopla, dándole una patada a lo lejos a una pequeña piedra, viendo cómo rodaba calle abajo. Si al menos la biblioteca siguiera abierta, podría quedarse ahí, caminando por los pasillos, esperando a que el tiempo pasara. Pero, para su tristeza, era domingo, lo que significaba que al mediodía en punto las puertas de la institución cerraban, haciendo salir a los visitantes.
Ahora llevaba ya casi una hora esperando al padre y a excepción de unos estudiantes que esperaban el bus de una excursión y de un muchacho sentado en el último escalón, no había casi nadie allí.
Cansada de esperar sola, y harta de la banda sonora, la pequeña decide acercarse al muchacho que parecía muy concentrado dibujando algo en el cuaderno. Sus padres siempre le habían aconsejado no hablar ni aceptar ayuda de extraños, así como llevar siempre un silbato en la mochila y usarlo en cualquier situación de riesgo, pero algo en su interior le decía que aquel muchacho era inofensivo y que era mejor estar acompañada por él que solo en un sitio público, donde era tan vulnerable.
Al llegar más cerca de él, Regina estira el cuello y consigue ver el lápiz deslizándose por la hoja de papel, dando vida a un personaje que parecía ser una heroína moderna. El dibujo le recuerda mucho a los cómics de los X-men. La niña sonríe, pues siempre han sido sus cómics preferidos.
El muchacho se asusta al sentir a alguien acercarse soterradamente por atrás y gira el rostro, permitiendo que la pequeña lo vea por primera vez. Ella se da cuenta de que "él" tiene rasgos suaves, ojos verde azulados, algo melancólicos, cabellos ondulados y un poco largos.
Regina sonríe al haber sido pillada in fraganti, pero él no le sonríe. Pero aún así, la pequeña no se achanta.
-Hola- dice, amistosa, saludando con una mano
-Hola- responde Eric, tímido, volviendo a mirar a la hoja en sus manos, dando a entender que no está muy interesado en tener compañía o, al menos, no parece ser muy sociable.
El problema es que Regina es bastante curiosa y, ahora que había visto lo que estaba haciendo, no está dispuesta a ser ignorada.
-¿Qué estás dibujando?- pregunta, sin reparo
-Una historia en viñetas- responde, sucinto, sin girarse
-¿Te lo has inventado tú? ¿Cómo se llama?- pregunta, sin dar tiempo para las respuestas.
Eric suspira percibiendo que la niña no iba a dejarlo en paz. Le gustaba ir a la biblioteca porque ahí podía mantenerse distante de la curiosidad de los padres y de los hermanos, dando alas a la imaginación y creando su propio mundo, donde una muchacha combatía el crimen por las calles de Boston, trayendo la armonía y la justicia a una sociedad caótica. Pero, ahora, con la llegada de la pequeña fisgona, su tranquilidad estaba seriamente comprometida.
El muchacho mira alrededor. Antes, por estar tan concentrado en su historia, no se había dado cuenta de que, además de él y de la pequeña impertinente, solo había un grupo de estudiantes frente a la biblioteca.
-¿No eres muy pequeña para estar sola por ahí?- pregunta, preocupado -¿Dónde están tus padres?
-¡Tengo nueve años! Y tú, ¿cuántos tienes?- dice, empinando la nariz, como si fuera bastante capaz de cuidarse sola
Eric sonríe ante la actitud atrevida de la niña
-Tengo doce
-No eres mucho más grande que yo…y también estás solo- observa, desdeñosa
-¡No seas tonta! ¡Tú eres una niña y yo ya soy adolescente!- rebate, metiéndose con la pequeña
-¿Me vas a decir o no cómo se llama tu historia?- insiste, apoyando las manos en la cintura, irritada
Eric sonríe de lado, divirtiéndose con la irritación de la pequeña y notando que, a pesar de su tamaño, la niña ya era bastante autoritaria para la poca edad que tenía.
-¿Si te lo digo, me dejas en paz?
-Te dejo- promete, besando solemnemente los dedos cruzados, en señal de juramento.
El pequeño suspira y le muestra la portada de la historieta
Regina, entonces, ve escrito en la parte superior de la página "La muchacha de Boston". Pero eso no es lo único que la pequeña nota.
-¿Ella eres tú?- pregunta, señalando el dibujo hecho en la portada, percibiendo las semejanzas entre la heroína y el muchacho.
Rápidamente, Eric le da la vuelta a la hoja, cubriendo el dibujo
-¡Qué tontería…! ¡Es solo mi creación, no soy yo!- responde, nervioso, pues había pensando que la pequeña no uniría los puntos.
Eric se queda callado, sintiéndose extraño e inseguro. Aquella pequeña irritante había visto demasiado y descubierto una verdad que, hasta entonces, él guardaba tan bien y con la que aún no sabía lidiar.
Regina se da cuenta de que el pequeño se queda todavía más triste. Incomodada con su silencio, vuelve a hablar
-Dibujas muy bien. Creo que tu historia se parece a la de los X-men- comenta, sentándose cerca de él
Eric vuelve a sonreír. La inspiración principal para hacer su historia siempre fue la de los mutantes de Marvel, por eso la observación de la pequeña lo deja radiante.
-¿También te gustan los X-men?- pregunta, mirando de reojo a la pequeña
-¡Los adoro! Mi preferido es el Profesor Xavier- revela, entusiasmada
-A mí me gusta más Mística, porque puede asumir cualquier forma y ser quien quiera- explica Eric, animándose con la conversación
-Pero el Profesor Xavier es más guay, porque es el jefe- Regina insiste
Los dos prosiguen, cada uno defendiendo su personaje preferido e intentando explicar por qué uno es mejor que el otro. Mientras están en aquella entusiasmada disputa, el Sr. Mills estaciona frente a la biblioteca y toca la bocina, llamando la atención de la hija.
Regina, feliz porque finalmente había acabado la espera, dice adiós al muchacho y, sin esperar respuesta, se echa la mochila a la espalda, y corre hacia el coche. Al entrar en el vehículo, mira hacia las escaleras y se da cuenta de que el rubio volvía a su dibujo.
-Perdona por la tardanza, mi amor, pero tuve que ir a cambiar la rueda porque pinche a unas manzanas de aquí-explica el Sr. Mills, mirando para su princesita que permanece con la atención fija en el muchacho sentado en las escaleras –Ah, ¿has hecho un amiguito? ¿Quién es?- pregunta, atrayendo la atención de la pequeña
-No sé, papá- responde, encogiéndose de hombros –Pero él es de aquí- dice, viendo al padre girarse para arrancar
"Porque sé quién es la muchacha de Boston", piensa, sonriendo, mientras se recuesta en el asiento y se pone el cinto.
Como muchos recuerdos de nuestra infancia, ese se perdió en los meandros de la memoria, y tanto Regina como Emma jamás recordaron que una había llegado a la vida de la otra "muchos días antes de realmente conocerse"
Fin del flashback
Margaret
Julio-Boston
Desde hace dos meses siento que me falta una parte de mí. David se aisló de nosotros, se aisló de su padre y de sus hermanos cuando abandonó la fiesta de la boda de Emma y Regina. Desde aquel día, me manda telegramas con breves palabras, en los que se limita solo a informar su paradero.
Es un pequeño consuelo para mi alma atormentada por la añoranza y el desconocimiento de cuándo volveré a ver a mi hijo de nuevo. Se unió a Médicos sin Fronteras en el continente africano, cosa que me produjo una mezcla de sentimientos encontrados: sentí sorpresa, orgullo y recelos ante su actitud.
Me sorprendió que fuera capaz de un gesto tan altruista como ese, dispuesto a colocar las necesidades de los demás por delante de las suyas. Pero tengo miedo, porque existe mucha inestabilidad política y social en los países donde esa organización, generalmente, actúa.
A diferencia de los telegramas que normalmente me manda, hoy he recibido una carta, fechada hace diez días. Es verano y la mañana está cálida. Aun así, no puedo evitar que un escalofrío me recorra al recibir esa carta. Rezo para que solo sea un falso mal presagio, de esos que las madres super protectoras, como yo, suelen tener cuando reciben noticias de los hijos alejados.
Con dedos temblorosos, rasgo el lateral del sobre y sacó de dentro un papel doblado
"Mamá,
Te debe extrañar recibir esta carta, después de tantos telegramas. Tengo que justificar la opción por medios de comunicación tan pasados de moda con el hecho de que he decidido aislarme del único mundo que conocía. Comencé cortando todos los medios de comodidad que una persona como yo podía tener, los smartphones, portátiles, internet, en fin, cualquier facilidad que la tecnología nos aporta.
En estos meses he visto de muy cerca el hambre, la miseria, la desigualdad social y a personas muriendo de enfermedades que para nosotros ya ni existen. He visto bebés naciendo con mínimas expectativas de vida y aún con menos expectativas de una vida digna. Una realidad tan dura, que es cruel hasta incluso con las personas adultas. Una realidad donde no existen las condiciones más básicas para la supervivencia humana, donde faltan tantas cosas, pero sobra la desesperanza, el desamparo y el dolor. Aquí vivimos en un estado de eterna agonía.
Cualquiera que me haya conocido antes puede considerar extraña la forma en que me ha afectado toda esta situación, sobre todo tú, que sabes mejor que nadie lo individualista y lo poco empático que siempre he sido para con nadie. Yo mismo estoy sorprendido al descubrir que todavía hay algo que puede sensibilizarme.
Pero tengo que decir que la decisión de participar en un programa humanitario fue egoísta. Muchos vienen aquí porque quieren ayudar y para intentar hacer la diferencia en medio de este caos. Yo me uní a Médicos sin Fronteras porque no aguantaba más ver cómo la vida de todos estaba yendo perfectamente: ver a Emma y Jefferson casados, esperando hijos, mientras yo era abandonado por Mary.
Así que, decidí apartarme porque no soportaba convivir con vuestra felicidad. Me sentía un incomprendido, una víctima de la justicia. Solo cuando llegué aquí, me di cuenta de cómo sobreestimaba mis problemas. Pude tener la real noción de cuánto la intolerancia y el odio son nocivos, pues vivo en un país que está siempre al límite de una guerra civil que llevan arrastrando años.
Lo más triste es que estas personas batallan y se matan desde hace décadas, básicamente porque son incapaces de dividir el territorio con otras etnias diferentes. Prefieren ese escenario de eterna inestabilidad política, económica y social antes que intentar una aproximación que disminuya buena parte de la miseria que hoy hace que el setenta por ciento de la población viva bajo el umbral de la pobreza.
Infelizmente, en los últimos días, los conflictos han vuelto a comenzar, aumentando la tensión y el miedo entre la población. Edificios públicos, universidades y medios de comunicación han sido cerrados. Muchos ya han muerto o han sido detenidos. Millares de personas están dejando el país y cuando leas esta carta, probablemente ya estaré en Haití, hacia donde embarcaré en los próximos días.
Os echo mucho de menos, sin embargo no tengo previsto regresar a Estados Unidos, pues siento que finalmente he encontrado una utilidad para mi vida, una forma de redimirme por el pésimo hijo, hermano, novio y hombre que siempre he sido.
Espero que estés bien, mamá…Y le deseo lo mismo a Constance.
David
Lloro al leer la última frase. Es algo sencillo, simple. Pero es la primera vez que David menciona el nombre de Constance desde que la presente a la familia, como si quisiera demostrar la dimensión de su cambio. De algún modo, está más tolerante, más capaz de comprender que ella forma parte de mi vida, que Constance es mi compañera y que eso me hace mucho bien.
-Sabía que te encontraría aquí, entre las azucenas y las bromelias- mi novia me sorprende, abrazándome por detrás, mientras aún sostengo en mis manos la misiva de mi hijo -¿Qué tristeza es esa, mi amor? ¿Has recibido una mala noticia?- pregunta, cuando la miro con los ojos llorosos
-No es tristeza- comienzo, enjugando las lágrimas con el dorso de la mano –Es alegría. He recibido una carta de David que, a pesar de dejarme un poco preocupada, me hace percibir lo mucho que esta experiencia está transformando a mi hijo en una persona más humana, más madura- a medida que explico el tenor de la carta, la expresión de Constance muda de aprensiva a serena.
-Eso es realmente muy bueno- exclama, ayudando a secarme las lágrimas
-Incluso, ha deseado que tú estés bien- comento, admirando sus bellos trazos y viendo cómo los labios que tanto he besado se curvan en una sincera sonrisa.
-Saber que David está bien y que este alejamiento ha sido algo positivo en su vida, me hace sentir menos culpable de que él esté lejos de ti- revela –Tenía recelos de que David nunca me aceptara, lo que seguramente minaría tu relación con tu hijo- concluye
-No te sientas culpable por el alejamiento de David, Connie-pido-Al final, mi hijo se distanció de nosotros por su propia intolerancia. Por más que me duela no tenerlo aquí, cerca de mí, siempre he tenido consciencia de eso. Hasta Mary terminó su noviazgo con David porque no aguantó su comportamiento intransigente- digo y acaricio su rostro, confortándola.
-¿Vendría para nuestra boda?- pregunta en tono bromista, quebrando la melancolía del momento
Meneo la cabeza de un lado a otro, como si estuviera pensando en la hipótesis lanzada por ella
-¿Quién sabe?- digo, con una sonrisa, que Connie también imita.
Regina
Septiembre-Boston
Abro los ojos y la veo parada, de pie, al lado de la cama. Veo a mi diosa bávara con aquella sonrisa siempre tan reconfortante y bonita que le ilumina el rostro. Frente a Emma Swan, hasta una persona escéptica y atea, como yo, reflexiona sobre la posibilidad de la existencia de ángeles, porque no hay una definición mejor para la mujer mágica que ella es.
Mi esposa entrelaza una de sus manos a la mía, se curva un poco y acaricia mis cabellos con inmenso cariño. Como siempre, en sus ojos veo una mezcla de ternura y admiración.
-¿Cómo te encuentras, mi amor?
-Algo dolorida y con la impresión de que mis pechos van a estallar- replico, sin contener una sonrisa en los labios, aunque aún somnolienta -¿Dónde están nuestros bebés?- pregunto, al no verlos en el cuarto
-Están en el nido. Mamá y Connie están allí, babando en el cristal y haciendo lo que a los abuelos más les gusta hacer: admirando a los nietos- explica, divertida –Voy a pedir que los traigan-dice, inclinándose para apretar el botón colocado sobre la cama donde estoy
Enseguida, Greta, la enfermera, aparece en el cuarto
-¡La mamá despertó!- exclama, viendo que estoy despierta –Voy a buscar a la pareja de gemelos más hermosa del hospital- comenta, amable –Deben estar hambrientos- añade, sonriente, mientras sale.
Miro a Emma y le veo una expresión guasona en el rostro
-¿Qué ocurre?- me quedo curiosa
-¿Sabes lo que acabo de pensar? Que si Jefferson estuviera aquí, probablemente haría un comentario bien sarcástico. Diría que Greta solo ha dicho eso porque en este momento solo hay una pareja de gemelos en el hospital- explica, sin contener la risa
Reacciono de la misma manera que Emma, imaginando a mi cuñado diciendo algo parecido
-Hum…Pero, ¿acaso no piensas que nuestros bebés son realmente los más guapos del hospital?- refunfuño, poniendo morritos
Ella acaricia con los nudillos mis mejillas
-Claro que lo son, mi amor…A fin de cuentas, no podía ser de otra manera, porque tú eres la recién parida más linda no de este hospital, sino de todo el universo- su voz y su mirada trasbordan tanta sinceridad que hacen que me sienta la mujer más amada del mundo. Después se lleva mi mano a los labios, depositando un tierno beso en el dorso –Y espero que no hayan heredado solo tu belleza, sino también tu valor. Fue un momento único verte dando a luz, mi amor. Fuiste tan fuerte todo el tiempo…Tu rostro dejaba ver que era un dolor casi insoportable, pero me mirabas y sonreías. Te amé y de admiré aún más en ese momento, Regina- revela, dejándome, por un instante, sin palabras, a punto de llorar de emoción.
-Emma, tú eres la persona más valiente, más fuerte y más increíble que conozco. Cuando estoy a tu lado, tengo la certeza de que puedo realizar cualquier cosa, que puedo superar cualquier dolor, cualquier obstáculo, cualquier dificultad, porque me inspiras a ser así: una mujer que no desiste nunca y lleva siempre en los labios una hermosa sonrisa.
Me doy cuenta de que también ella se emociona, pero el momento de cariño es interrumpido por el regreso de Greta, que trae a nuestros gemelos. Uno de ellos está tranquilo, pero el otro se agita, llorando, probablemente con hambre.
La enfermera entrega el más calmado a Emma y coloca al otro en mis brazos. Este se lanza al pecho y hago una mueca cuando su boquita se cierra en mi sensible pezón, succionando sin demora.
Sonreímos ante esa actitud hambrienta, y Greta aprovecha para salir, discretamente, dejándonos de nuevo solas, solo que ahora en compañía de nuestros pequeños.
-¿Aún quieres que siga dándote dos regalos?- murmura, de repente, mirándome a mí y los bebés con ternura, haciéndome recordar la petición que le hice el día que comenzamos a salir en serio.
-¡Siempre!- afirmo, sin dudar- Sobre todo si son tan lindos, tiernos y preciosos como estos- digo, mirándola por un momento, para después mirar de un bebé al otro.
En ese instante, el bebé que está en sus brazos, levanta la manita, intentando agarrar los mechones dorados de la madre y veo la pulserita alrededor de su muñeca, donde está escrito: Noah, hijo de Emma y Regina Swan-Mills
Cuando miro para el bebé en mis brazos, que sigue mamando con ahínco, percibo otra pulserita y en ella está escrito: Rachel, hija de Emma y Regina Swan Mills
La reacción de mis labios es instantánea y llega deprisa a los ojos. Me siento bendecida, porque nunca pensé que alcanzaría este grado de felicidad, que nunca alcanzaría alto tan completo y mágico. Y sé, es más, tengo la certeza, que este sentimiento de unidad, de perfección solo lo habré de encontrar en Emma Swan, la mujer de mi vida
En otro fic, alguien me dijo que gemelos solo podían ser del mismo sexo, pero he estado investigando y no, puede haber gemelos de diferente sexo.
