Reminiscencias en lavanda
—Kouichi nos envidiará cuando se entere de esto —comentó Izumi con una sonrisa divertida.
Sus ojos eran brillantes bajo la luz dorada y Hikari sintió que las esquinas de su boca dibujaban una curva. Había mucha gente en los pasillos, que era usual, pero tenía la sensación que el movimiento era lento en lugar de constante y las olas en el mar de personas se alejaban en lugar de ahogarlas. Quizá era una ilusión pero Hikari siempre había sabido percibir su sitio en el espacio.
Izumi parecía ajena a todo, dedicándose a absorber los detalles que no conocía.
—¿Le gustan los templos? —preguntó.
Izumi le dio una sonrisa divertida. —Es arquitecto. Ahora está viajando con su hermano pero a él le encantan todas estas cosas… y las historias.
Hikari hizo un gesto la cabeza, en suave entendimiento. El Templo de la Ley Floreciente era el más venerado en Japón, declarado patrimonio de la humanidad y un tesoro nacional gracias a lo que representaba. Una porción del pasado.
—Algún día te lo presentaré porque creo que se llevaría muy bien contigo y con Takeru.
No era casualidad que ellos hubiesen elegido ese templo para visitar en la tradición del amanecer del año. Hikari había llegado allí gracias a sus abuelos paternos cuando era niña y la memoria se le había grabado a fuego, dejando huellas hasta en los bordes de la infancia. Le gustaba la historia que respiraba entre los muros.
—¿Dónde está Takuya? —preguntó Takeru. Izumi sintió una punzada de envidia cuando vio la sonrisa que le dirigía a Hikari y la suavidad de la sonrisa en la respuesta de ella. Siempre que los veía juntos se sentía absorbida por esa atmosfera llena de calidez y luz y…
Sí, ella los envidiaba un poco.
—Se quedó haciendo sus plegarias, me parece —respondió Hikari. Izumi dirigió una mirada hacia atrás pero sus ojos no alcanzaron a la persona que querían, extraviándose en la pequeña multitud.
—Debemos quemar los amuletos del año pasado —recordó Takeru, la sonrisa en su rostro se tornó de niño—. Quiero llevarle uno nuevo a Sora y a mi hermano.
—Taichi me pidió uno para Mimi —dijo Hikari. Llevaba el gesto cariñoso que siempre afloraba en ella cuando se trataba de su hermano mayor.
Izumi se sintió tentada a sonreír aunque ella no sabía quién era Mimi y apenas conocía a Taichi. Pero eran nombres que pertenecían a la galaxia de Hikari.
Ella le había hablado de sus amigos cercanos, especialmente en las horas libres compartidas en la escuela a la que Izumi había llegado de casualidad, pero no habían podido coincidir en una reunión. No había pensado nunca en terminar dando clases, en realidad no, pero fue aún más sorprendente ver, en el patio de la escuela a Takuya Kanbara dirigiendo el club de fútbol, el día que llegó.
Siempre había creído que Takuya se llevaría el mundo por delante. Pero era sorprendente y agradable verlo con los niños, tan confiable y seguro.
—¿Vendrá Mimi para Japón este año?
—Sí. Mamá está ansiosa —aseguró Hikari, riendo—. Quiere algunas recetas que Mimi le prometió. Mejor adelantate, Takeru. Izumi y yo esperaremos a Takuya.
—No creo…
—Es un lugar grande —le recordó Takeru—. Hikari me hace venir cada año así que conozco el camino de memoria pero ustedes, novatos, se pueden perder.
—No te traigo cada año.
Izumi levantó una ceja, pero las comisuras de sus labios la contradecían.
—¿Novatos?
—Es un lugar grande —Hikari se reía plácidamente, sus ojos resplandecían—. No seas así, Takeru.
Takeru se fue riéndose de ellas.
—¿Cuál es la historia?
Izumi fingió que no sabía de lo que estaba hablando.
—¿Qué?
—Takuya y tú —Hikari no se dejó engañar fácilmente, rara vez era fácil sortearla cuando se decidía a algo—. Ustedes… ustedes. Hay algo entre ustedes, ¿sabes? En la forma en la que él te mira. Y en la forma en la que evitas mirarlo.
—No evito mirarlo. Hablo con él todo el tiempo —declaró. Porque era cierto. Los últimos meses se habían centrado tanto en su tiempo con Takuya, el renovado espacio entre ellos, la reconexión, que ella empezaba a pensar que su relación había dejado de pender de un hilo.
—Pero evitas mirarlo —insistió Hikari, apacible en su terquedad—. O es como si lo miraras a través de un cristal, ¿sabes?
Le sucedía, ocasionalmente, con ella. Su amiga era demasiado perceptiva para su propio bien y a veces Izumi se encontraba maravillada entre las palabras y conceptos que se perdían en la traducción.
—¿Un cristal?
—Sí, ya sabes, cuando ves a través del cristal las cosas no se ven del mismo modo. ¿Prefieres una pared de agua?
—Hikari…
—No es de mi incumbencia, lo sé —murmuró y era una disculpa que pintó hasta sus mejillas—. Es solo… ¿Takeru y yo? Siempre miré a Takeru a través de un cristal. Él siempre fue mi mejor amigo, el pequeño Takeru, como un hermanito. Y un día… un día lo vi y ya no había ningún cristal.
—¿Qué pasó con el cristal?
—Se rompió. O se disolvió… El cristal no es lo importante. Es la forma en la que Takeru me miraba.
Izumi sabía a lo que se refería ella.
No había forma de que no lo supiera. Porque había visto la luz que brillaba en los ojos de Takeru cuando se trataba de Hikari, un espejismo del sol en un cielo despejado. Era una mirada que llevaba su nombre, tan ineludible como la gravedad.
Era lo que Izumi había tenido una vez. Y lo perdió.
—Una vez le rompí el corazón —dijo, y era una confesión.
—No eres la misma persona que antes —respondió Hikari—. Y él tampoco. Pero quizá sí la forma en la que te mira. Solo hay una forma de saberlo.
—¿Cuál?
Hikari le tomó las manos, antes de señalar algún punto en la lejanía.
—Míralo.
Y lo hizo. No encontró ningún cristal.
N/A: ¡Y feliz Año Nuevo!
Muchas gracias por leer.
