Discraimer: The Walking Dead así como sus personajes son propiedad de Robert Kirkman, solamente me pertenece esta historia y sus OC´s.

Isabel, Sofía, Susana, Gabriela y Sebastián son propiedad de mi amiga-colaboradora-socia Isadamu (Deviantart) Ella también me ayuda dándome algunas ideas para el fic como por ejemplo la escena de la pelea con Munch y la tortura de Isabel (yo sólo edite algunas partes de estas escenas para hacerlas más largas).

La canción que canta Isabel es Wait for it de Hamilton.

-Diálogos-

"Pensamientos"- (Pensamientos entre los diálogos)

Flashback/ Sueños

-Cambios de escena-

-Diálogos/ hablando en español-


Cap. 7: Desconfianza y torturas

Ya había pasado un día desde que habían llegado a su nuevo "hogar" y más que un refugio parecía una maldita prisión para nuestras dos protagonistas.

Eran las 09:35 a.m. y ambas chicas estaban ocupadas haciendo las tareas que les habían asignado. Hace unos minutos habían terminado de lavar y colgar la parte de ropa que les tocó y ahora estaban limpiando la enorme biblioteca. Internamente Evelyn anotaba en su lista venir a husmear un poco los libros cuando tuviera tiempo, claro que luego de ver como estaba Colmillo.

Durante el asqueroso desayuno que tuvieron que comer pudieron notar que todos los "refugiados" eran niños o personas jóvenes, los más grandes apenas tenían 25 años.

Otra cosa era que algunos tenían en sus orejas una clase de arete con números, similar a las etiquetas que se le suelen poner al ganado. Y los que tenían prohibido acercárseles y/o hablarles, algo que se les hizo demasiado sospechoso a las dos mayores del grupo de amigos.

Los militares sólo les habían dicho que en el refugio sólo se hablaba inglés y nada más, además de que apenas terminarán de comer, consultaran la pizarra y fueran a cumplir con las tareas asignadas.

Lo que nos lleva a la biblioteca, donde ambas chicas se encontraban sacando polvo de los libros mientras otras dos chicas hacían lo mismo con el estante de enfrente.

— ¡Achuuu! Maldición, tanto polvo me está dando alergia. —se quejó la pelinegra llena de polvo por todo su cuerpo.

—Tsk, ¿desde hace cuánto no limpian este lugar? —gruñó Isabel, igual de sucia que su amiga.

—Desde hace un mes. Casi nadie viene a la biblioteca así que casi siempre la limpiamos una vez al mes y sí es que los superiores se acuerdan de este lugar. —comentó una joven chica de 23 años, cabello liso y corto teñido de color violeta oscuro, poseía unos hermosos ojos grises. Su tez era blanca y usaba gafas. La joven se llamaba Erika y como todos los refugiados vestía con el uniforme.

— ¡¿Desde hace un mes?! Con razón este lugar está lleno de telarañas y polvo. No me sorprendería ver ratas y demás alimañas entre tanta mugre. —dijo Evelyn mirando disimuladamente un extremo del estante donde juraría a ver visto una larga cola pasar.

—Jeje, en eso tienes razón. —le dio la razón una joven de unos 21 años, tez morena, cabello afro de color marrón y ojos negros. Su nombre era Anahí y era la compañera de cuarto de la pelimorada.

— ¿Y ustedes desde hace cuánto están aquí? —preguntó Evelyn desinteresadamente. Claro que manteniendo siempre un tono de voz lo suficientemente bajo para que no la oyera algún militar o científico.

De alguna manera tanto ella como Isabel debían conseguir la mayor cantidad posible de información sobre el lugar y los que lo controlaban, y quien sabe tal vez estas dos muchachas pudieran serles de ayuda.

—Desde hace tres semanas. —respondió Anahí, mientras bajaba de la escalera y la movía hacia el siguiente sector del estante que estaba limpiando—. Yo soy de Venezuela.

—Yo soy de Chile. Llegamos en el mismo "cargamento", por decirlo de algún modo. —respondió la otra joven de forma amistosa. Hablando al igual que las otras en español, aprovechando que no habia ningún guardia o científico cerca.

—No parecen estar a gusto con estar aquí... —comentó Isabel detectando el ligero tono molesto con él que habían respondido las chicas.

—Ja, claro que no. ¿A quién en su sano juicio le gustaría estar en este lugar? Es como una prisión, ni siquiera te dejan salir fuera de las vallas —masculló molesta la joven de ojos negros.

—Han intentado escapar sin éxito. —afirmó Evelyn. Este lugar ya la estaba incomodando más de lo que ya estaba.

—Si. Y nos hemos ganado severos castigos por ello. —Soltó con amargura Erika—. No todos lo saben, pero los fines de semana y los viernes a la noche se hacen torneos o combates entre algunos refugiados, sobre todo con los "inestables" que son los chicos que llevan esos extraños aretes. Esas peleas se llevan a cabo en un salón enorme que está casi al fondo del pasillo derecho, es algo así como una arena de batalla. Allí los refugiados pelean contra otros refugiados en combates uno contra uno hasta que alguno de los oponentes muere, si no matas a tu oponente los soldados lo harán y recibirás una severa paliza y castigo por parte de los militares. Además de que a algunos, a veces en vez de pelear contra un humano lo hacen pelear con los animales salvajes que tienen almacenados en el otro sector. —agregó la joven en un susurro casi inaudible.

Las dos menores se miraron entre sí. Esto no pintaba para nada bien, las chicas decían la verdad, de eso no había duda, pues sus ojos y lenguaje corporal no metían.

— ¿Cuán lejos han llegado a escapar? —preguntó con cuidado Evelyn.

—Unos metros fuera de las vallas. Pero las viejas trampas que están ocultas alrededor de la base nos dificultaron mucho poder avanzar y ocultarnos en el bosque. Ni siquiera avanzamos cinco metros de la valla cuando nos rodearon. —masculló Anahí con furia e impotencia.

Luego de eso, las chicas continuaron trabajando y platicando de cosas tribales hasta que a las 11:00 a.m. pudieron por fin terminar de limpiar TODA la biblioteca ellas solas.


—Mooo, hasta que al fin terminamos. —comentó Evelyn, estirando un poco sus brazos.

Ambas chicas se encontraban caminando por el patio de la base camino a la huerta, donde debían cosechar los vegetales para el almuerzo.

—Hmp. —le respondió Isabel, demasiado cansada como para agregar algo más.

Ambas jóvenes iban mirando disimuladamente cada lugar de la base militar. Inspeccionando cada espacio, buscando la más mínima falla o agujero que les permitiera escapar. Pero no había puntos débiles. Y si los había estaban muy bien vigilados, esto se les hacía demasiado frustrante.

Con aburrimiento y cansancio llegaron finalmente a la huerta. Tomaron cada una, una cesta y comenzaron a recoger la lechuga, zanahorias, papas, etc.

No les llevó más de 15 minutos llenar sus canastas con los vegetales. No teniendo más ganas de perder el tiempo, y porque estaban ya exhaustas de tanto limpiar, decidieron ir directamente a llevar los vegetales a la cocina. Y así dar de una vez y por todas concluidas las tareas que les asignaron hoy.

—Vaya, vaya. ¿Pero que tenemos aquí? —un hombre afroamericano se interpuso en el camino de ambas amigas.

Bastardo. —soltó con furia contenida la pelinegra al ver al hombre que la había atacado por la espalda y que ahora tenía en su poder su preciado cuchillo.

—Enana, aquí sólo puedes hablar en inglés. ¿O acaso no escuchaste cuando el lunático de Munch les avisó en la cafetería? —Se burló el hombre mientras jugaba con el cuchillo que le pertenecía a la joven—. Oye, sí que tienes buen gusto en armas, ¿eh? Este cuchillo sí que es precioso y de muy buena calidad. Es una pena que ya no sea tuyo.

La joven apretó tan fuerte los dientes que estaba segura que en cualquier momento se le romperían. No soportaba ver a ese tipo jugar con su cuchillo enfrente suyo y divertirse a costa suya.

Ella sabía que si no se comportaba podría ganarse un castigo. Y más severo sería tal castigo si llevaba a atacar a un militar o cualquier trabajador de ese lugar. ¡Pero con un demonio!, las ganas de borrarle esa estúpida sonrisa de la cara a ese descerebrado de un puñetazo no se la iban.

— ¿Sabes? Ese apestoso animal que iba contigo sí que es exótico, pagarán una fortuna por él en el mercado negro. —Siguió provocando el hombre a la joven—. Su piel se vería muy bien como una alfombra o un abrigo, ¿no crees?

Eso fue todo. Esa fue la gota que derramó el vaso. Al demonio con los castigos, ella le iba dar la paliza de su vida a ese desgraciado aunque fuera lo último que hiciera.

La joven golpeó al hombre en el estómago con su cesta llena de vegetales, arrojándolos en el proceso; tomándolo desprevenido y dejándole sin aire unos segundos, que fueron aprovechados por la chica que empujándolo de los hombros, le dio un fuerte rodillazo en la cabeza.

El hombre completamente aturdido soltó el cuchillo de la chica y se sostuvo con fuerza la cabeza. No pensó que la chica lo atacará, la verdad no creyó que tuviera las agallas para desobedecer las órdenes sabiendo los castigos que le esperaban si ataca a un trabajador del lugar.

La pelinegra no desperdicio ni un segundo y tomó el cuchillo clavándoselo en un costado al hombre y deslizándolo hacia arriba hasta llegar al pectoral izquierdo, siendo detenida por el sujeto que tomó su mano y la golpeó en el estómago arrojándola unos metros lejos de él.

Isabel miraba estupefacta toda la situación sin poder creérselo. Refugiados y militares comenzaron a rodear a los oponentes. Mientras en el edificio principal los refugiados se aglomeraban en las ventanas del comedor que justo daban hacia la parte trasera del edificio donde se llevaba a cabo la pelea. Algunos miraban sorprendidos otros apoyaban a la joven que se había atrevido a hacer semejante osadía.

Los soldados que habían estado junto al afroamericano que ahora peleaba, el día que capturaron a la chica y al animal, sólo se reían ante la paliza que estaba recibiendo el gran hombre de una pequeña niña...

La muchacha aguantándose el dolor en su abdomen, se levantó y corrió hacía el hombre que estaba algo encorvado, quitándose el cuchillo de su pectoral.

De un salto la joven cerró sus piernas alrededor de la cabeza del sujeto y de un movimiento arrojó al tipo al suelo. Ella se soltó segundos antes que el tipo tocará el suelo y con rapidez buscó su cuchillo que el hombre había dejado caer, encontrándolo a un metro de la pierna derecha del tipo. Tomó el cuchillo y se sentó sobre el estómago del sujeto, dispuesta a terminar con su trabajo.

No alcanzó a enterrárselo en la cabeza, ya que unas manos tomaron sus codos tirándola para atrás y levantándola en el proceso.

El joven cabo Aaron había presenciado la pelea desde la cocina y viendo que nadie intervendría, salió corriendo de la cocina y atravesó todo el edificio en menos de un minuto hasta llegar a la huerta.

Antes de que la joven atravesará la cabeza de su compañero Nathan con el cuchillo, la tomó de los codos y la alejó.

Usó toda su fuerza para no soltarla. Y es que la joven no se quedaba quieta, intentando por todos los medios patearlo para poder liberarse.

El grandote bastante mal herido, se levantó del suelo y con su puño cerrado golpeó en la boca del estómago a la chica inmovilizada haciendo que ésta se doblará del dolor y escupiera bastante sangre. Evelyn intentaba por todos los medios coger algo del aire que se le había escapado por el golpe, aun siendo retenida por el joven rubio.

Nathan estuvo dispuesto a seguir golpeándola cuando varios militares se le echaron encima y lo sujetaron, alejándolo lo más lejos posible de la joven.

—¡Suéltenme! ¡A esa perra le voy a dar su merecido! —gritaba furioso el hombre intentando soltarse del agarre de sus compañeros.

— ¡¿Que rayos significa esto?! —se oyó el grito del Coronel Fischer, quien salió de su despacho junto al doctor Munch al escuchar tanto alboroto.

—Esa perra loca comenzó a atacarme sin ninguna razón. —Se excusó Nathan, aun siendo retenido fuertemente por sus compañeros.

—Es mentira, no le crea Coronel. Él se puso en medio del camino de las niñas y comenzó a provocar a la muchacha. —dijo Louis, captando la atención de todos los presentes. No es que estuviera del lado de la refugiada, al contrario él no estaba del lado de nadie. Pero no soportaba a Nathan y sabía que tendría un castigo (menor) por andar molestando y estorbando a los refugiados cuando estos están haciendo sus quehaceres. Es por ello que decidió, por esta vez, darle una mano a la chica.

Nathan miró a su compañero con odio, el muy maldito lo había delatado. Pero más le valía cuidarse la espalda, porque en el más mínimo descuido él le demostraría que no le convenía meterse en sus asuntos. "Sólo espera y veras Louis. De esta no te salva nadie" se dijo en su fuero interno el afroamericano mientras le enviaba una mirada a su compañero que prometía mucho dolor en un futuro cercano.

— ¿Y se puede saber porque nadie intervino antes? —dijo un hombre con voz suave, llegando a la escena. Era alto, de tez clara, ojos azules y cabello corto rubio. El hombre vestía con el uniforme militar característico del lugar, pero tenía algunas medallas que demostraban su rango de Mayor. Él era el Mayor James F. Ryan (Matt Damon) y contaba con 35 años de edad.

El silencio reino entre los presentes, nadie se atrevía a decir nada, sabiendo que el Mayor tenía toda la razón. Además, era mejor callar antes de que decir cualquier cosa para justificarse y terminar siendo castigados.

Mientras tanto, Munch se había quedado al margen de la situación, con total indiferencia. Dirigió su mirada al soldado que había participado en la pelea. El gran hombre presentaba una herida profunda que iba desde su costado izquierdo y subía hasta su pectoral izquierdo, unos centímetros más y el cuchillo seguro hubiera atravesado su corazón.

El científico le dio un último vistazo al militar malherido y lleno de tierra. Aparte de esa gran herida, sólo presentaba algunos moretones superficiales y pequeños rasguños provocados por las piedras que había en el suelo.

El soldado fácilmente superaba a la chica en altura y peso y sin embargo, era él más lastimado de los dos. Munch sonrió internamente con diversión, ante ese detalle.

Observó a la joven que aún intentaba que el aire entrará nuevamente a sus pulmones. En ningún momento el cabo Aaron la había soltado.

La muchacha tenía el labio inferior ligeramente roto, y moretones es sus brazos y mejilla derecha. Seguramente tendría más en su abdomen, el cual fue el más afectado al recibir los golpes. Aún tenía algo de sangre chorreando de sus labios, pero era muy poca. La chica de verdad que estaba un poco desnutrida y era pequeña para su edad pero su fuerza y habilidad eran interesantes sin mencionar su espíritu.

Una sonrisa siniestra se formó en los labios del científico de mayor rango de ese "refugio". La joven latina seguro sería un sujeto de prueba perfecto, pero antes debía pedir el expediente de la chica al doctor Robert. Esperaba que los resultados de los análisis de sangre de la chica ya estuvieran listos…

— ¡Suficiente! —alzó la voz Munch. Logrando que todos dejaran de murmurar y protestar contra los superiores para guardar silencio y prestarle atención—. Eres un imbécil Nathan, de eso no hay duda. No puedo creer que estorbaras a las refugiadas cuando están cumpliendo con sus tareas, sabiendo que tienes prohibido hacerlo. Ni que decir, de que te dejaste herir por una chiquilla mal alimentada y más pequeña que tú. Si no fuera por el cabo Aaron ya estarías muerto. —Munch dirigió su mirada fría y siniestra al gran hombre de los tatuajes, provocándole a éste un escalofrió que el científico notó y no hizo más que mirarlo con diversión y maldad—. Ve con Robert a que te suture esa herida antes de que mueras desangrado. Luego se te dará tu castigo.

Nathan a regañadientes cumplió con lo mandado y se dirigió a paso lento hacia el edificio principal, esperando poder escuchar de esta forma, cuál sería el castigo para la pelinegra.

—En cuanto a ti. Ayer se te dijo junto a los demás, las reglas del lugar y aun así desobedeciste y atacaste a un soldado, incluso intentaste matarlo. Y no me importa si él se lo buscó, tú no tenías por qué atacarlo. —el científico miró a la joven intentando infundirle temor, pero nada. La chica estaba tranquila ante sus frías palabras, hasta le sostenía la mirada con fiereza. El hombre se molestó por esta osadía de parte de la muchacha, más lo disimulo a la perfección—. Llévenla a la sala de castigos. —sentenció el hombre con un destello de malicia en sus ojos.

La joven forcejeó para evitar que la llevaran, consiguiendo que el Coronel Fischer perdiera la poca paciencia que tenía y la noqueara. Un par de soldados tomaron a la joven de los brazos y se la llevaron arrastrando hacia el interior del edificio principal.

Isabel quiso exigir que soltaran a su amiga, pero una mano tomó con fuerza su muñeca derecha evitando así que pudiera ir a auxiliar a la inconsciente pelinegra.

—Por favor, no hagas las cosas más difíciles. —Escuchó como Aaron susurraba en su oído, su aliento cálido chocando con su sensible piel hizo que ésta se erizara y el olor varonil del muchacho la estaba afectando—. Si intentas algo contra esos militares serás castigada y harás que el castigo sea peor para tu amiga. —Isabel incomoda por la cercanía del joven, volteó despacio su cuerpo para toparse de frente con los ojos celestes y preocupados del cabo. En ningún momento el joven dejó de sostener la muñeca de la castaña, temiendo que intentara hacer algo contra los militares que ya estaban llegando a la entrada del edificio.

Las personas que estaban ahí reunidas, al ver que la pelea finalizó decidieron dispersarse y volver a sus deberes, sin prestarles demasiada atención al par de jóvenes que hablaban en susurros. No deseaban ser también castigados por no estar en sus puestos o cumpliendo con sus obligaciones. Pronto sólo quedaron ambos jóvenes, parados en medio del huerto intercambiando miradas y hablando en susurros.

—No puedo quedarme sin hacer nada. Ese desgraciado fue quien empezó a molestarnos. —dijo con ira contenida la joven colombiana, levantando un poco su tono de voz.

—Lo sé y por eso será castigado. Pero entiende, ella trató de asesinarlo, debe ser castigada por tal atrevimiento. Te guste o no. —la voz del chico sonó firme y con demasiada seriedad.

Isabel apretó los puños y labios con fuerza e impotencia. No era justo. La castaña se quedó viendo con impotencia como su amiga desaparecía a lo lejos. Finalmente los soldados habían ingresado al edificio principal arrastrando a la joven inconsciente.

Furiosa Isabel se soltó del agarre del muchacho y tomó con fuerza su cesta, arrodillándose en el suelo para tomar los vegetales que la pelinegra había dejado caer, para colocarlos en su cesta y erguirse nuevamente. Pasó al lado del ojiceleste, ignorándolo olímpicamente y con paso rápido se dirigió hacia el edificio, siendo seguida de cerca por Aaron.

—Oye, no te lo tomes personal. Pero aquí hay reglas que todos debemos respetar. —intentó hacer entrar en razón a la joven, sin mucho éxito.

Isabel ni se molestó a girar a verlo, simplemente apresuró el paso, llegando por fin a la condenada puerta del edificio. Entró en éste y le cerró la puerta en las narices al pobre gringo.

Le importaba un comino lo que le tuviera que decir. No quería escuchar nada de la palabrería de ese soldado ni de ningún otro, sin importar cuan amable haya sido el chico con ellas desde que llegaron, no le iba a perdonar que hablara así de sus amigos.

—Espera. No te desquites conmigo. Tu amiga se lo buscó. — se defendió el joven cuando por fin le dio alcance a la joven refugiada. Qué pena que cometió un grave error al decir esas palabras.

Su comentario sólo hizo cabrear más a la joven de lo que ya estaba. Con furia y un peligroso tic en el ojo, la castaña frenó en medio del pasillo y giró sobre sus talones haciéndole frente al cabo, teniendo que levantar un poco su cabeza para ver al joven a los ojos.

—Escúchame bien. —Siseó peligrosamente la joven—. Tu no me conoces ni conoces a Evelyn como para que te pongas a juzgarla. No te voy a permitir que hables mal de mis amigos, que te quede claro. En ningún momento les pedimos que nos trajeran a este maldito lugar, en el cual nos tratan como prisioneros o sus putos sirvientes. —el tono de voz empleado por la chica era sombrío y amenazador pero bajo. Sus ojos irradiaban toda la ira y el desagrado que este lugar y sus trabajadores le producían—. Así que si no quieres que te golpee, deja de molestarme o intentar justificar a tus compañeros y superiores. ¡Y con un demonio, ya deja de seguirme!

El joven quedó en shock por unos segundos, parpadeando varias veces como si le costara procesar las palabras de la castaña. No esperaba que la muchacha reaccionara de esa forma. Le costó unos segundos más poder procesar todo lo dicho por la ojimarrón antes de poder hablar.

—Wow, que carácter. —Atinó a decir el rubio—. ¿Sabes?, te vez adorable cuando te enojas. —agregó haciendo que la chica bufara molesta, golpeándolo con uno de sus puños en el abdomen, logrando que el joven se doblara de dolor pero sin borrar la sonrisa juguetona de su bello rostro.

—A ver si ahora te parezco adorable. —murmuró molesta Isabel en el oído del joven, retirando su puño del abdomen del chico y dando media vuelta continuó con su camino hacia la cocina, evitando así que el muchacho notará el tenue sonrojo que se formó en sus mejillas por el cumplido.

— ¿Para qué te digo que no, si sí? —susurró Aaron con diversión mientras se erguía. Dejó escapar una pequeña risita ante la actitud de la castaña y sin importarle la amenaza ni el doloroso puñetazo que le había dado, la siguió hasta la cocina.


Frío…dolor…cansancio…dolor…Evelyn con pesadez abrió los ojos, parpadeando un par de veces para despabilarse. No podía ver nada, el cuarto donde se hallaba estaba completamente a oscuras. A penas se filtraba un poco de luz por debajo de la única puerta de la sala.

Ni se molestó en levantarse del suelo y comprobar si la puerta estaba con llave, porque era obvio que no la dejarían andar por ahí suelta y menos cuando cabía la posibilidad de que atacará a otro militar. Y no era como si fuera a salir y atacar al primer soldado que se le cruzará (a menos que fuera el desgraciado de los tatuajes), no estaba tan loca como para ir por ahí atacando a la gente sin ninguna razón.

Cerró los ojos y se concentró en percibir todo lo que la rodeara con sus otros sentidos. El olor a humedad, sangre y muerte le llegó a sus fosas nasales. Arrugó el ceño ante lo último, el olor a muerte era demasiado tenue, no estaba segura pero juraría que olía a caminantes, pero eso no era posible, se supone que estaban lejos de cualquiera de esas cosas.

"Tal vez haiga alguna rata muerta o algún pobre desgraciado fue asesinado por los 'queridos' trabajadores del lugar", sacudió la cabeza para alejar esas ideas descabelladas de su mente. Y siguió concentrándose en captar hasta el más mínimo ruido o aroma.

Pasaron unos cuantos minutos hasta que la joven por fin pudo percibir el sonido de pasos acercándose, a la vez que unos aromas conocidos se hacían cada vez más perceptibles. Esto logró que su cuerpo se tensara y de un brinco se levantara, ignorando las fuertes punzadas en su abdomen.

Dos minutos después, el sonido de una llave abriendo la puerta se hizo presente en el silencioso cuarto. La joven contuvo la respiración mientras veía como la puerta se abría y las luces se encendían.

—Yo que tú, no haría nada estúpido. —le advirtió Fischer a la muchacha enfrente de él. Ni siquiera se molestó en sacar su arma para defenderse, después de todo no venía solo.

Evelyn vio atenta a los militares ingresar en silencio al cuarto. Eran siete en total, contando al coronel que le había hablado.

—Rompiste las reglas al atacar a un militar e intentarlo matar. Se te impartirá un castigo por ello, el cual lo decidiré yo. —dicho esto el Coronel le dio una mirada a sus hombres y salió del cuarto de castigo, dejando a sus hombres golpear brutalmente a la pobre chica.

La argentina esquivó el primer golpe, incluso bloqueó un segundo que venía de atrás pero no pudo hacer nada con los siguientes. Los fornidos hombres comenzaron a golpearla, todos al mismo tiempo y la chica no estaba en las mejores condiciones para poder dar una buena pelea, primero porque aún estaba adolorida de la pelea anterior, segundo aún estaba convaleciente y tercero los seis hombres la tenían rodeada y aunque quisiera ella sólo podía hacerle frente a tres personas incluso cuatro pero ya seis…y más tratándose de hombres entrenados para matar se le hacía imposible. Para rematar en el cuarto no podían caber más de cinco personas.

Un golpe a su mejilla derecha hizo que perdiera el equilibrio y cayera al piso para luego ser pateada por los seis hombres. Como pudo se cubrió el rostro y la cabeza con sus brazos, mordiéndose los labios con fuerza para evitar gritar o llorar del dolor, no iba a darles el gusto de verla o escucharla sufrir. No, no mostraría debilidad ante esa gente.

No supo cuánto duro la brutal golpiza, calculó que la habían golpeado hasta más de una hora. No satisfechos con golpearla con sus puños y patadas, los hombres la atacaron con cuchillos, navajas y cualquier cosa que tuvieran a mano.

Poco a poco su cuerpo cedió al cansancio de trabajar todo el día y al dolor, dejando que la joven se sumiera nuevamente en la inconsciencia. Su cuerpo ya no pudo resistir más tiempo.


Pasos apresurados se escuchaban por el oscuro corredor derecho del edificio principal. La poca luz que daban los focos ubicados en los pasillos, iluminaban a dos sombras pasar con rapidez. Lo único que se podía escuchar en ese sector aparte de los apresurados pasos, eran las respiraciones aceleradas de las dueñas de ese par de sombras.

Eran las 19:58 p.m. y sólo tenían dos minutos para llegar a su habitación en el tercer piso. Maldecían el momento en que se pusieron a curiosear al final de ese sector. Debían de haber ido directamente a su habitación apenas y terminaron de cenar, pero en vez de eso fueron directo al fondo del pasillo derecho, evitando a toda costa a cualquier persona en el camino.

Habían presenciado la pelea entre la chica que conocieron esa mañana en la biblioteca y el soldado Nathan, no hace falta decir que estuvieron dándole ánimos desde ahí a la joven argentina. Pero cuando todo termino pudieron ver como los guardias se llevaban a la pelinegra hacia el fondo del dichoso pasillo, del cual tenían prohibido ingresar. Ellas ya sabían que el sector subterráneo estaba asignado para los castigos (lo habían comprobado de primera mano) luego un poco más abajo se ubicaban el laboratorio y las celdas, en este último sector las paredes eran tan gruesas que era imposible escuchar cualquier cosa proveniente de allí, en especial los gritos de las víctimas de los científicos.

Estuvieron como veinte minutos intentando abrir la condenada puerta del fondo del pasillo por la cual se accedía a los sectores subterráneos. No tuvieron ningún éxito, ellas querían sacar a la chica de allí, sabiendo que les iría muy mal si las descubrían, lamentablemente sus intentos fueron en vano. Y ahora se encontraban subiendo las escaleras a toda velocidad, llegando por fin a su bendita habitación.

Ambas mujeres se dieron una mirada de derrota mezclada con alivio y se lanzaron a sus camas, agotadas de tanta carrera. Mañana intentaría de nuevo ingresar al primer sector subterráneo y rescatar a la chica, luego seguramente huirían de este maldito infierno.


Un suave gemido de dolor escapó de los labios de la pobre joven, que poco a poco iba recuperando la conciencia. El cuerpo le dolía y ardía horrores, sentía partes de éste entumidas. Despacio levantó sus parpados y escaneó el lugar, un vidrio oscuro estaba ubicado en medio de la pared de enfrente, el cuarto estaba tenuemente iluminado por un foco que colgaba del techo.

Otro quejido de dolor escapó de sus labios al intentar respirar mejor, rogaba porque esos matones no le hubieran roto alguna costilla. Observó hacia arriba viendo como sus muñecas se encontraban sujetadas por un par de grilletes que a su vez estaban unidos a un par de cadenas que colgaban del techo.

Sin muchas ganas miró hacia abajo, debía estar colgando más o menos a un metro de distancia del piso. Prefirió olvidar que estaba colgando, y se concentró en inspeccionar lo poco que podía ver de su cuerpo, frunció el ceño al ver que estaba desnuda de la cintura para arriba, lo único que tenía puesto eran unos desgastados retazos de tela (los cuales había encontrado mientras hurgaba en la lavandería) que cubrían su pecho, y es que era lo único que tenía como ropa interior; ya que a los refugiados no se les permitía usar ropa interior ni nada parecido debajo de los uniformes, ella no estaba cómoda con esta regla por lo que cuando encontró estos retazos no dudo en tomarlos y vendarse el pecho mientras nadie la veía.

Hizo una mueca de desagrado al comprobar las heridas que presentaba su cuerpo. Estaba prácticamente llena de moretones y cortes, que agradecía a Dios sólo eran superficiales y los cuales estaban cicatrizando bastante rápido. Esperaba que nadie notara su regeneración o estaría en serios problemas. Agradecía que su cuerpo estuviera lleno de polvo y mugre, lo que hacía que sus heridas no fueran muy visibles a simple vista.

—Aah, maldición me duele todo. —Susurró la muchacha, dándole otro vistazo al cuarto. En una esquina había algo parecido a un bebedero para caballos, lleno hasta el tope de agua podrida.

El hedor del agua más la humedad del lugar y el olor a muerte (que era un poco más notorio) hicieron que la pelinegra arrugara la nariz, su olfato era muy sensible y sino fuera porque ya se había acostumbrado a tener que oler en todo momento el hedor de los caminantes, estaba segura de que ya habría devuelto el poco alimento que tenía su estómago.

Dejó de ver el agua podrida y pasó a ver la mesa de metal llena de diferentes herramientas, de lo que supuso, eran usadas para torturar/castigar. La mesa estaba ubicada detrás de ella por lo que le era difícil visualizar bien los objetos que estaban en ella… Apenas pudo ver un par de bisturís, diferentes tipos de cuchillos, un soplete y lo que parecía ser un látigo con filosas púas distribuidas por toda su superficie.

Prefirió dejar de intentar girar su cabeza lo más que pudiera hacia atrás para ver los objetos de tortura, porque tuvo la sensación de que en cualquier momento se iba a torcer el cuello de tanto forzarlo hacia esa dirección. No pudo ver si el cuarto contaba con algo más ya que la luz proveniente del foco apenas e iluminaba el centro del cuarto.

Las cadenas empezaron a sonar al intentar la joven soltarse, girando en todas las direcciones sus muñecas con la esperanza de poder zafarse aunque fuera un poco de los grilletes. Consiguiendo solamente lastimar sus muñecas.

Chasqueó la lengua con molestia. Era inútil sólo estaba gastando las pocas fuerzas que tenía y lastimándose más de lo que ya estaba.

El ligero sonido de zapatos caminando despacio captó su atención, se estaban acercando de forma condenadamente lenta. Tenía los nervios a flor de piel y el aroma familiar de perfume varonil fino logró que su cuerpo se tensara por completo. Si no se equivocaba, ese perfume lo usaba el coronel nazi del que no recordaba su nombre…

Sacudió la cabeza y se obligó a mantener la calma, le costó unos minutos tranquilizarse y mentalizarse para lo que estaba por venir.

"No les dejes ver lo que sientes, no permitas que vean tu miedo. Jamás muestres debilidad ante el enemigo. Si gritas, lloras o demuestras cualquier otro signo de sufrimiento sólo conseguirás satisfacer al enemigo con tu sufrimiento" se repetía una y otra vez mentalmente la chica mientras su rostro permanecía serio a la espera de su verdugo.

Los pasos comenzaron a escucharse con más claridad a medida que se acercaban. El sonido de una llave girar seguido de un clic cortó el sepulcral silencio que reinaba en ese sector.

Segundos después un hombre con el cabello rubio peinado hacia atrás ingresó con una tranquilidad desesperante y en silencio, como saboreando la tensión y ansiedad de su víctima.

Con calma caminó alrededor de la joven examinándola. La muchacha ni se inmutó por el escrutinio del hombre, al contrario se mantuvo serena y atenta a cualquier movimiento por parte del militar.

Fischer finalmente terminó de dar la vuelta alrededor de su víctima y se detuvo enfrente de ésta.

—Estas hecha un asco. — dictaminó con desagrado y un deje de diversión en su voz.

La morocha optó por ignorar las palabras del hombre, dedicándose a mantenerse inmutable. Los pequeños rasguños que tenía su cuerpo habían desaparecido sin dejar ninguna marca y agradecía que estuviera lo suficientemente sucia para que el militar allí presente no se hubiera dado cuenta de cómo un último rasguño se terminaba de cerrar, desapareciendo sin dejar ninguna cicatriz.

—Debo admitir que admiro el espíritu que tienes. Es una verdadera pena que tenga que destruirlo. —musitó con malicia el coronel mientras se dirigía hacia la mesa y observaba los objetos de tortura ahí puestos. Se le hacía difícil elegir con cual empezar, todos eran tan buenas opciones.

—Es sorprendente como alguien tan pequeña como tú, casi mata a un soldado entrenado para matar y que la supera en tamaño, peso y experiencia. Sin embargo, el que lo tomaras con la guardia baja, te ayudó mucho. —Comentó Fischer, finalmente eligiendo el látigo para comenzar la tortura—. El imbécil de Nathan está en estos momentos cumpliendo con su castigo, ¿te interesa saber cuál es? —preguntó el coronel viendo de reojo a la chica. Ella seguía inmutable aunque muy en el fondo quería saber que le sucedió al fortachón—. Nathan fue azotado y obligado a que se arrancara un dedo. Él tuvo que curarse solo, porque el doctor Chris sólo debía suturarle la gran herida que tú le hiciste. —esperó ver una reacción por parte de la joven pero no encontró nada, la muchacha seguía igual de seria que cuando él ingresó, pero en sus ojos se podía ver un ligero destello de felicidad mezclado con desagrado.

—Durante la Segunda Guerra Mundial a las prisioneras se les ponía una mujer a cargo de sus torturas y déjame decirte que las mujeres nazis eran unas sádicas de primera. Algunas dejaban morir de hambre a los recién nacidos de las prisioneras, a otras les encantaba azotar a sus víctimas o humillarlas en público, dejándolas pasar frío y hambre, con poca ropa en la intemperie, bajo la lluvia, por días. —Explicaba como si nada el alemán, mientras tomaba el látigo y se colocaba bien, detrás de la morocha que escuchaba con desagrado la información que el sujeto le brindaba.

—Veamos cuanto duras sin gritar. Te torturare de tal forma que rogaras por que acabe. —Musitó con voz monótona pero con una sonrisa sádica Fischer.

La pelinegra no pudo evitar soltar un quejido ahogado al recibir el primer latigazo en su espalda desnuda.

Mordió sus labios con fuerza hasta hacerlos sangrar para evitar gritar o llorar al recibir los siguientes latigazos. "Se fuerte, no demuestres debilidad ante él", se repetía una y otra vez.

Tres…siete…doce latigazos iba recibiendo sin quejarse, ni una sola lágrima derramó a pesar de que ganas no le faltaban. En cada latigazo podía sentir como las púas del látigo se clavaban en su piel y desprendían pequeñísimos pedazos de ésta al retirarlos con brusquedad de su espalda. ¡Con un condenado demonio!, la estaba despellejando de a poco. "Desgraciado" sus labios tenían ligeros cortes de tanto morderlos.

Tomó aire e intentó concentrarse en otra cosa para ignorar los latigazos, tarea difícil considerando el ardor y dolor que sentía en su espalda.

No fue hasta el vigésimo latigazo que el coronel se detuvo al comprobar que no conseguiría nada de esta manera. Admiró su trabajo, sintiéndose satisfecho al ver los surcos largos y profundos que presentaba la espalda ensangrentada de la joven. Gruesos caminos de sangre escurrían de las heridas y bajaban hasta el suelo.

Fischer dejó el látigo completamente ensangrentado y con pequeñísimos pedazos de piel en algunas de sus púas, en la mesa y tomó un bidón de alcohol.

—Tienes agallas, mocosa. Veamos si ahora puedes resistir sin quejarte—. Dicho esto vació el bidón de alcohol en la espalda de la joven, quien soltó un alarido de dolor al sentir como el líquido le quemaba las heridas.

—Deberías estar agradecida, te desinfecte las heridas. —dijo con burla el hombre mientras tomaba la manguera que se encontraba en una de las esquinas del cuarto donde no habia iluminación y abrió la llave del agua a presión. Le sacó toda la mugre y alcohol que tenía la joven encima en dos minutos para luego con tranquilidad cerrar el grifo.

La pobre chica estaba empapada de pies a cabeza y sangre comenzaba a salir nuevamente de sus heridas.

El coronel volvió a elegir una nueva herramienta de tortura, esta vez escogiendo el soplete. Lo prendió y lentamente se puso a quemar las heridas para cauterizarlas y así evitar que su víctima muriera desangrada.

—¡Maldito hijo de puta! —gritó a todo pulmón al sentir como quemaba su piel y el olor a carne quemada le llegaba a sus fosas nasales, mareándola y causándole nauseas. Más se obligó a no derramar ni una sola lágrima ni volver a gritar.

30 tortuosos minutos fueron los que tuvo que soportar la joven hasta que el hombre terminó de cauterizar sus heridas. De milagro no se desmayó, pero no sabía cuánto más podría aguantar. Hace dos horas que la estaba torturando y apenas estaba comenzando.

Respiró hondo y se concentró en pensar en otras cosas, ir a su "mundo feliz". Pensó en los días en que dormía en su cama con el sonido de las gotas de lluvia caer como fondo. En como todos los días se esforzaba por mejorar en sus técnicas de dibujo y se la pasaba con los auriculares puestos escuchando música. Pensó en sus amigas, en las hermanas Souza y como las conoció.

Pensó en todo el mes que las cuatro tuvieron que sobrevivir al apocalipsis, en como ayudaron a Colmillo y éste con el tiempo les tomó confianza; en las risas que compartían las cuatro las noches que no podían dormir y la pasaban contándose anécdotas o historias de terror, las cuales conseguían que al final todas gritaran al sentir el más mínimo ruido o sombra creyendo que eran los monstruos o asesinos de esas historias, para luego reírse de ellas mismas ante tal locura y pasar el resto de la noche bromeando hasta que se quedaban dormidas.

Su cuerpo se sacudió al recibir la primera descarga, la cual se hacía más dolorosa al estar su cuerpo aun mojado.

La chica no dijo nada, ni su expresión tranquila cambio. No, no valía la pena demostrar su sufrimiento a un monstruo como él. Por milésimas de segundo sus ojos se cerraban con fuerza por el dolor, pero enseguida volvía a tener su rostro inexpresivo.

Se preguntaba como estarían Colmillo e Isabel. ¿Estarían bien? ¿Les habrían hecho algo? Conociendo a la castaña se metería en más de un problema para venir a rescatarla, no la culpaba ella haría lo mismo si estuviera en su lugar.

Era de sorprender como en tan sólo un mes se habían vuelto tan cercanas al punto que no necesitaban de palabras para comunicarse, bastaba con una mirada o una expresión corporal para hacerlo. Sí hasta ya sabían más o menos lo que la otra pensaba o como reaccionaria ante tal situación.

Una pequeña sonrisa de nostalgia surco sus labios al recordar nuevamente los días en que las cuatro sobrevivían en la selva. Como olvidar la vez en que nadaban en la cascada y una cría de anaconda pasó nadando entre medio de ellas, dando como resultado que las hermanas gritaran y se subieran a unas piedras que habia en el río e Isabel se alejara mientras ella tomaba la serpiente de la cabeza y se la acercaba a las tres chicas que le gritaban miles de maldiciones para que alejara al animal de ellas. Ese día fue sin dudas muy divertido, mientras ella molestaba a las chicas con el pobre animal, Colmillo las miraba con curiosidad desde la orilla del río.

No supo en que momento el alemán se cansó de electrocutarla y comenzó a cortarla con los bisturís y demás cuchillos. ¿Y cómo notarlo?, sí su mente se desconectó de su cuerpo. Ya no sentía el dolor, tal vez porque su cuerpo se acostumbró a las torturas o tal vez porque estaba demasiado ocupada recordando. Fuera como fuese ya no importaba, el cansancio tanto mental como físico sumado a la pérdida de sangre le estaban cobrando factura. De a poco su vista se nubló y se dejó llevar por la inconsciencia.

Fischer dejó de cortar a la joven al ver que ésta había quedado inconsciente. Chasqueó la lengua con molestia y liberó las lastimadas muñecas de la chica de los grilletes haciendo que el cuerpo se desplomara en cuestión de segundos en el piso.

Con desagrado pasó por encima de ella, apagó la luz y salió del cuarto sin importarle dejar tirada a la chica malherida y desangrándose.

Cerró con llave y sacó un pañuelo de uno de sus bolsillos para limpiarse las manos llenas de sangre. Sus zapatos hacían eco al chocar con el piso, el oscuro pasillo era frío y lleno de humedad.

Consultó su reloj de mano, las 01:45 a.m., había estado todo el día torturando a la chica y las horas se le pasaron volando.

Por fin llegó a la puerta, que horas antes las dos refugiadas intentaron abrir, y con un simple código de números la abrió, saliendo de una buena vez del sector semi-subterráneo.

Con tranquilidad caminó hasta la puerta de entrada del edificio y salió a la fresca noche. Sin muchas ganas se dirigió a la oficina de Munch, no tenía muchas ganas de hablar con ese lunático pero tenía que entregarle su informe.


Presente. Jueves 4 de agosto, 05:40 a.m.

La castaña caminaba de aquí para allá en su pequeña habitación, hacía tres días que no sabía nada de Evelyn y eso la estaba preocupando demasiado. No quería creer que la hubieran matado, pero con estas personas era difícil no creer en esa posibilidad.

Intentó buscarla o conseguir algo sobre su estado con Aaron, pero el muchacho no quiso decirle nada y eso sólo hacía que se cabreara más y su preocupación aumentara.

Luego de que se llevaran a su amiga, ella se dirigió a la cocina donde Erika y Anahí le informaron que sucedía con los refugiados que desobedecían las reglas y como se los castigaban dependiendo del grado de falta que hubieran cometido. Y desde entonces no había podido dormir tranquila ni dejar de preocuparse por la pelinegra.

Tiró de su cabello con desesperación, estaba HARTA. No le importaba qué, ella interrogaría a los mandamás de este lugar para conseguir la información que necesitaba, aun si eso significaba ser castigada o algo peor.

Se terminó de colocar la chaqueta del uniforme y salió de su habitación rumbo al comedor donde estaba segura que estaría alguno de los militares o científicos de alto rango.

Bajó los escalones de dos en dos y caminó con paso rápido hacia la cafetería ignorando a Erika y Anahí que venían del segundo piso.

Con la respiración agitada se detuvo en la entrada de la cafetería y pasó su mirada por todo el lugar. Todavía era temprano por lo que el desayuno aún no estaba servido, sin embargo unos pocos niños se hallaban conversando en voz baja en algunas mesas y al fondo en el sector "VIP" estaban desayunando el doctor Chris, Aaron, Jack, Jason, James y Munch. No lo dudó y se dirigió a hablar con este último.

Pero no alcanzó a poner un pie dentro de la cafetería cuando Sofía salió de la nada y la arrastró del brazo para que fuera a esperar el desayuno con ella y el resto de sus amigos. Isabel a regañadientes aceptó y se sentó entre medio de Susana y Sofía.

—Buenos días Isabel. —Saludó Gabriela a la recién llegada.

—Hey ¿qué tal Isa? ¿Dónde te has metido? Que no se te ha visto últimamente. —dijo a modo de saludo Sebastián, quien tenía la boca repleta de comida.

—Nos enteramos de la pelea de Evelyn contra uno de los soldados. ¿Está bien? —se preocupó Susana.

—Tsk, es lo que he intentado averiguar en estos tres días. —contestó de mala gana Isabel, aun sabiendo que sus amigos no tenían la culpa y no debía descargar su frustración con ellos.

La castaña no volvió a hablar ni prestar atención a lo que sus amigos animadamente charlaban, en vez de eso se puso a observar con enfado la mesa donde estaban desayunando lo más cómodos los militares y científicos, desayuno que cabe decir no era nada parecido a la porquería que le daban a ellos y al resto de refugiados. Los "superiores" se alimentaban con comida DECENTE: café, hotcakes, huevos revueltos con tocino y demás delicias…

Munch notó su mirada y observó con desinterés hacia su dirección. Los dientes de Isabel crujieron de lo fuerte que los apretaba, mientras le sostenía la mirada llena de furia al científico. Éste simplemente la ignoró y terminó de desayunar, juntó todos sus expedientes y se levantó de la mesa con elegancia.

Era ahora o nunca, de un salto Isabel se levantó de su asiento y se acercó al hombre ignorando a sus amigas que intentaron detenerla, más ella se libró con rapidez de sus agarres.

— ¿Dónde está? —exigió saber la castaña, haciendo referencia al paradero de su amiga argentina.

El hombre la miró como si fuera una mugrosa cucaracha y siguió su camino hacia la salida. Pero la joven no se rindió y siguió insistiendo hasta pararse en la puerta de la cafetería impidiéndole al científico poder salir.

Munch apretó con fuerza los expedientes que llevaba en sus manos, hartó del constante atrevimiento de la mocosa enfrente de él.

—Si te refieres a la insolente de tu amiguita, puedes estar segura de que no la veras en un largo tiempo. —masculló con sorna el hombre.

La castaña sintió como por un momento su sangre se congeló, ¿Qué rayos habían hecho con su amiga? ¿Qué diantres tenían planeado hacer con la pelinegra? Su cuerpo comenzó a temblar no sólo por el miedo a perder a su amiga sino también por la ira que esto mismo le causaba.

— ¿Q-qu-qué le hizo? —mentalmente se odió por titubear frente a ese tipo.

Mientras tanto, todos los allí presente observaban la escena algunos con preocupación y otros como ciertos soldados (Jack y Jason) con diversión.

Sofía se levantó de su asiento y fue a calmar a su amiga antes de que se metiera en serios problemas.

—Isa cálmate, de esta forma no conseguirás nada. Evelyn estará bien, tú la conoces mejor que nadie y sabes lo fuerte que puede ser. — le susurró al oído suplicándole que se calmara. Con algo de temor dirigió su mirada al científico y con todo el valor que reunió le dirigió la palabra—. Lamento mucho las molestias, señor Munch. Le aseguró que no volverá a pasar.

Isabel meditó las palabras de la rubia, analizando los pros y los contras de lo que pasaría si hacia enojar al científico canoso. La rubia tenía razón, de esta forma sólo metería a los demás, si no es que también a Evelyn, en más problemas sin mencionar en los que se metería ella misma. Con un chasquido de lengua, finalmente acató el pedido de su amiga y con una última mirada de desprecio hacia el hombre, siguió a Sofía a la mesa.

Al pasar al lado del oji verde, éste la tomó del brazo con fuerza deteniendo así su andar.

—Es mejor que le hagas caso a la niña. No vuelvas a meterte en donde no te llaman si no quieres que a tu amiguita le pase algo peor o que tus amigos paguen las consecuencias. —amenazó con voz venenosa Munch, con un tono de voz lo suficientemente alto para que sólo la castaña lo oyera.

La joven por unos segundos dejó de respirar, su pulso se congeló al procesar dichas palabras. Sofía al no sentir los pasos de su amiga detrás de ella, miró hacia atrás con preocupación, viendo con horror como la castaña se abalanzaba sobre el hombre de avanzada edad.

La ojimarrón cegada por la furia se dio la vuelta y tomó de los hombros al viejo para luego propinarle un fuerte cabezazo, haciendo que el científico aturdido perdiera el equilibrio y cayera al piso con un hilo de sangre brotando de su frente, mismo hilo que Isabel presentaba en su cabeza.

La castaña abrió los ojos a más no poder al comprender lo que había hecho, vio con temor al científico que estaba rojo de furia.

— ¡Guardias, llévensela inmediatamente a la celda de castigos! ¡AHORA! —Ordenó colérico mientras se levantaba y golpeaba el rostro de la chica.

Todos miraron horrorizados como diez militares inmovilizaban a la chica y le ataban las manos, mientras Isabel hacia lo posible por soltarse, viendo como sus amigos intentaban evitar que se la llevaran, terminando Sebastián con un notable moretón en la mejilla derecha, Susana con un golpe en el estómago y las otras dos sosteniendo a los heridos.

Isabel se enfadó más al ver a sus amigos heridos e intentó atacar a los soldados, más todo terminó cuando Munch le propinó un golpe seco en el estómago, logrando que la castaña se desmayara.

Minutos después la joven era llevada a la misma celda donde días antes había estado Evelyn.


Ayer. 15:30 p.m. – Enfermería.

El doctor Chris curaba con mucha delicadeza y cuidado su maltratada espalda. Sentía como suavemente el amable hombre afroamericano untaba una fresca pomada en sus heridas, masajeando suavemente. Casi podía imaginar que estaba en la casa del árbol, sentada en su colchón mientras escuchaba los suaves regaños de una preocupada Karen, quien trataba las heridas con delicadeza que ella misma se había hecho mientras cazaba o huía de los caminantes.

Como extrañaba estar con sus amigas, le dolía tanto no saber cómo o donde estaban las hermanas Souza. "Si hubiera tenido más cuidado o directamente no hubiera entrado en la ciudad no hubiera sido herida por ese maldito caminante y no me hubiera enfermado y ahora no estaríamos aquí, estaríamos siguiendo buscándolas en las selvas de Brasil y quizá estaríamos las cuatro, cinco contando a Colmillo, juntos sobreviviendo al apocalipsis zombie. Como una familia" se reprochó mentalmente, mientras una pequeña lágrima traicionera salía de su ojo izquierdo perdiéndose en su mentón y cabello.

Se quedó sentada en la camilla con la vista clavada al piso, dejando que el médico vendara su espalda. Aunque esto le daba igual, después de todo esas heridas profundas se terminarían de cerrar en unos dos días, tal vez menos, mientras que las superficiales o de muy poca profundidad tardarían a lo mucho unas horas más, además la mayoría ya habían cicatrizado y desaparecido sin dejar marca.

Observó de reojo al hombre rubio, que se encontraba sentado a unos metros de ella en una silla de espera. Sin querer, su mente voló a lo sucedido hace unas horas atrás…

FLASHBACK

La joven de 19 años observó la oscuridad del cuarto, tapándose sus oídos con fuerza. Llevaba horas sin comer ni dormir, encerrada allí sola con la única compañía de la eterna oscuridad y de esa maldita música de porquería, que en cualquier momento la haría arrancarse las orejas.

Sus heridas habían cicatrizado y ya casi habían desaparecido por completo de su piel. Caso contrario eran las profundas heridas presentes en su espalda y abdomen que iban desde su ombligo hasta la mitad de sus muslos (parte interior y exterior) unos centímetros debajo de sus glúteos.

No tenía ganas de nada la verdad. No podía llorar, ni gritar, ni siquiera levantarse. Nah, ¿para qué hacerlo? Si no tenía ni fuerzas para levantarse, las pocas que tenía las guardaba para cuando fuera necesario. Ni se molestaron en darle agua o una mísera miga de pan y la pérdida de sangre no ayudaba mucho a su estado.

Le dolía todo el cuerpo y la cabeza le palpitaba tanto que en cualquier momento le iba a estallar. Y esa maldita música a todo volumen estaba lastimando sus sensibles oídos.

Después de desmayarse, la dejaron ahí encerrada. No estuvo ni veinte minutos inconsciente cuando esa maldita música comenzó a sonar a todo volumen y la despertó.

Tenía unas profundas ojeras y su estómago gruñía exigiendo algo de alimento. Soltó un suspiro de cansancio y se recostó contra la fría pared, gruñendo por lo bajo al sentir dolor en sus heridas abiertas al hacer contacto con la pared.

El olor a muerte era cada vez más notorio, fuera de eso no podía detectar ningún aroma que proviniera de algún ser vivo.

Cerró los ojos y se puso a divagar.

El sonido de pasos acercándose la alertó de que pronto tendría visitas. Despacio se levantó del suelo, usando la pared como apoyo. Lentamente se acercó a la mesa llena de objetos y tomó con firmeza lo que supuso era un cuchillo de carnicero por la forma, ya que le era imposible ver.

Ayudada por la oscuridad se ocultó detrás de la puerta y esperó hasta que escuchó como los pasos se detenían justo en la puerta y segundos después la llave abría la cerradura.

La luz se encendió iluminando parcialmente al recién llegado y cegando por unos instantes a la joven refugiada. Nathan se tensó y tomó su 9mm. al no ver a la chica por ningún lado.

Evelyn parpadeó un par de veces acostumbrándose a la luz, contuvo la respiración y esperó a que el hombre ingresará un poco más a la habitación.

Nathan dio un paso adelante, se disponía a mirar detrás de la puerta cuando un borrón negro se le vino encima. Segundos después una mano con sólo cuatro dedos y la pistola caían al piso.

El hombre soltó un grito de dolor que retumbó por todo el sector semi-subterráneo, al ver como su mano derecha, con la que sostenía el arma, era cercenada por un cuchillo.

La pelinegra no se quedó quieta y acuchilló una de las rodillas del moreno, haciendo que éste perdiera el equilibrio. Retiró el cuchillo de un tirón y con las pocas fuerzas que tenía salió del cuarto. Asegurándose de cerrar con llave.

Se apoyó contra la puerta unos minutos para descansar mientras escuchaba de fondo los alaridos de dolor del afroamericano, que se estaba desangrando.

Respiró hondo y obligó a sus piernas a moverse. Apoyándose de la pared caminó lo más rápido que pudo. Estaba mareada y débil pero no tenía más opción que intentar huir.

Caminó por unos 5 minutos por el largo pasillo mal iluminado. No sabía hacia donde ir ni donde carajos estaba, el olor a humedad y el constante mareo no la dejaban pensar con claridad y captar mejor los aromas o algún sonido para guiarse.

Bien sabía ella que era cuestión de tan sólo minutos antes de que alguien oyera los gritos del soldado y vinieran a por ella.

— ¡Con un demonio! ¡Eres un imbécil, mira lo que has hecho! —oyó el grito del alemán retumbar por todo el sector. Ya habían llegado a la escena del crimen—. ¡Ustedes busquen a la chica y tráiganla con vida! No debe de haber ido muy lejos.

Escuchó claramente como los latidos de su corazón se aceleraban y por un momento sintió miedo. Como pudo se movió de su lugar y caminó con pasos torpes pero rápidos por el pasillo, buscando con desesperación donde ocultarse. A lo lejos podía escuchar como varias personas se acercaban rápidamente hacia su dirección.

La desesperación la invadió, no quería volver allí, no deseaba que nuevamente la atraparan. Pero sabía a la perfección que eso pasaría, en dos minutos como máximo le darían alcance y ella no podría hacer nada para escapar o defenderse, no estaba en las condiciones ni de dar una buena pelea.

Y tal como lo predijo, tres soldados la acorralaron. Reconoció a Aaron y al soldado que la había "defendido" cuando Nathan la acusó de atacarlo; el otro pellirrojo de ojos verdes no sabía quién era.

—Bien, ¿quieres que esto sea por las buenas o por las malas? —preguntó de forma cortante Jason.

Evelyn observó la situación y su estado. Lo mejor sería entregarse por la paz, después de todo no tenía oportunidad de escapar o pelear y sólo sería peor para ella.

—Dame el cuchillo, por favor. —pidió Aaron, extendiendo su mano.

Por unos segundos se quedó observando los ojos del joven y luego su mano. Despacio le entregó el mango del cuchillo al muchacho.

—Gracias. —susurró Aaron. Colocó el cuchillo en su cinturón y con cuidado tomó el brazo de la chica, a sabiendas que no haría nada en su contra.

—Sí que eres un hueso duro de roer, niña. —halagó Louis luego de unos minutos caminando en silencio. Iban a paso normal hacia la celda de castigos, siendo Aaron quien caminaba un poco más lento debido a que la joven apenas y podía mantenerse de pie y él debía ayudarla a caminar —. Esta vez sí que dejaste herido de muerte a Nathan. Eres mi ídola. —bromeó mirando de reojo a la refugiada.

La argentina ni se molestó en responderle, pero si le dedicó una mirada de total indiferencia. Ciertamente lo que dijeran o pensaran estos tipos le daba igual.

—No creo que te castiguen demasiado por esto. Nathan tuvo la culpa de ingresar a la celda sin la autorización de los superiores. —comentó con voz neutra Jason, aun sabiendo que la joven los estaba ignorando.

—Tu amiga ha estado muy preocupada por ti, todos los días pregunta por ti. —le susurró al oído en español Aaron. Evelyn lo miró unos segundos sin dejar de caminar—. No te preocupes, ella está bien. —respondió a la pregunta muda de la pelinegra.

Gracias. —susurró con voz casi inaudible la morena.

El chico se sorprendió de que le agradeciera. Sinceramente no esperaba que le hablara. Sin querer se le formó una pequeña sonrisa en los labios, con razón eran amigas, las dos eran muy parecidas en la forma de actuar y en la personalidad.

El coronel los esperaba en la puerta de la celda, su mirada era de total aburrimiento y molestia. Se hizo a un lado para que el joven cabo ingresara con la refugiada y luego entró él.

—Coronel, antes de que decida algo, quiero informarle que la joven actuó en defensa propia. —mintió Louis, mirando a los ojos de su superior.

El alemán observó a su subordinado con atención. ¿Desde cuándo Louis abogaba por un refugiado? A ese hombre le era indiferente tanto compañeros como refugiados, aunque si lo analizaba con cuidado Louis y Nathan no se llevaban para nada bien, si pudieran se matarían uno al otro. Por lo que si le daban a elegir entre defender a Nathan o a un refugiado. Para el nazi fue más que obvia la razón por la que ahora estaba ayudando a la joven refugiada. Pero bueno, ¿qué más daba?, después de todo el afroamericano tuvo la culpa de lo que le ocurrió, no pensaba castigar a la joven por atacar a uno de sus soldados, para nada, la castigaría por haber intentado escapar y por pura diversión, además necesitaba eliminar un poco de su estrés.

— ¿Eso es cierto? —cuestionó a la joven, ya sabiendo cual sería la respuesta. Recibió un asentimiento por parte de la chica, que pese a estar cansada y débil le sostuvo la mirada sin titubear—. Te creo. Pero eso no justifica que te hayas escapado. Aaron déjala por ahí y retírense.

Los tres acataron la orden sin chistar y se retiraron, dejando solos al coronel y a la muchacha.

Fischer tomó del cabello a la joven, apenas y la puerta se cerró y con brusquedad la arrastró hasta el bebedero lleno de agua podrida, sumergiendo la cabeza de la chica en ésta.

—Nathan casi muere desangrado y es posible que tal vez no lleguen a salvarlo. Felicidades. —dijo el hombre con fingida felicidad, sacando la cabeza de la chica a la superficie.

Evelyn tomó una bocanada de todo el aire que pudo, antes de ser sumergida otra vez en el agua. Cerró la boca y sus ojos y forcejeó para que la soltara sin ningún resultado.

Estuvo cinco minutos con la cabeza bajo el agua hasta que el tipo se dignó a sacarla. Con desesperación inhaló el preciado oxigeno que sus pulmones pedían a gritos y nuevamente fue sumergida bajo el agua.

Así estuvo durante veinte minutos más, su cabeza era sumergida en el agua podrida y luego sacada para que tomará aire por unos miserables segundos.

Luego de eso llegaron las amenazas y tortura psicológicas que no tuvieron efecto alguno en ella. Como esto no funcionó el hombre comenzó a golpearla y cortarla por el resto del día.

— ¡Es suficiente, Coronel! La chica ya tuvo suficiente castigo. — dijo el Mayor James entrando a la celda y deteniendo con fuerza la mano del coronel, el cual estaba a punto de acuchillar el pecho de la malherida joven que colgaba del techo.

—Como digas, después de todo, esto ya me aburrió y tengo asuntos muchos más importantes que atender. —masculló molesto el hombre para luego soltarse con brusquedad del agarre del Mayor, acomodar con elegancia su cabello y ropa y salir de la celda con el paso tranquilo y altanero que lo caracterizaba.

James siguió con la mirada a su superior hasta que se perdió en la oscuridad del pasillo. Su mirada se suavizó al ver a la joven que apenas y podía mantenerse consciente. Con cuidado soltó las muñecas de la chica de los grilletes.

Antes de que la chica cayera al suelo logró sostenerla entre sus brazos. Con mucha delicadeza se agachó y sentó a la chica en el suelo, dejando que ella se recostara en su pecho.

Se sacó la chaqueta y cubrió a la joven con ella para que entrará en calor. Le dio lastima el estado de la chica, parecía más una muñeca rota que una joven. Con delicadeza la cargó y la llevó hasta la enfermería.

Evelyn sólo se dejó hacer, estaba tan cansada que no quería luchar, además el hombre que la estaba cargando no parecía mala persona, al contrario su aura era cálida como su mirada paternal. Decidió relajarse por una vez en la vida y dejar que la cuidaran.

Fin FLASHBACK

—Bien, con eso he terminado con las heridas de tu espalda. Ahora debo tratarte las de los glúteos y muslos, como también las de tu abdomen. —la voz amable del doctor Chris la sacó de sus pensamientos. Se lo quedó mirando por unos segundos, procesando la información. Al final asistió a lo pedido y se recostó boca arriba en la camilla pero sólo lo dejó tratar las heridas de su abdomen nada más.

El hombre soltó un suspiro de resignación ante la respuesta muda de la chica y se dedicó a tratar las finas pero profundas heridas de la joven.

La muchacha giró su cabeza hacia la izquierda y como era de suponer el Mayor James Ryan no se había movido de la silla de espera con la que contaba la enfermería desde que la trajo aquí.

El rubio notó su mirada y le sonrió amablemente.

—Me llamo James F. Ryan, y ya conoces a mi amigo el doctor Chris. —Comenzó diciendo el ojiazul señalado con un gesto de cabeza a su amigo afroamericano—. ¿Cuál es tu nombre?

La chica se lo pensó unos minutos antes de responder. Por esta vez confiaría en estos dos hombres, por esta vez.

—Evelyn. —susurró lo suficientemente alto para que ambos la escucharan.

—Bonito nombre. —comentó Chris terminando de vendar el abdomen de la joven.

—Gracias. —musitó la morocha, sentándose nuevamente en la camilla. Por unos instantes titubeó pero finalmente preguntó con timidez—. ¿Cuánto tiempo estuve encerrada?

—Has estado encerrada desde ayer y ahora son las 15:45 de la tarde, tu castigo duró casi dos días. —le informó el moreno, recibiendo como respuesta una mueca de fastidio por parte de la menor.

— ¿Por qué me ayudaste? —Evelyn miró con detenimiento los ojos del Mayor, analizando cada mueca o movimiento corporal que éste hiciera, intentando averiguar sus intenciones.

La pregunta tomó por sorpresa a ambos militares, se miraron entre sí para luego dirigir sus miradas hacia la joven que los observaba con mucha atención, esperando pacientemente la respuesta.

—Porque ya habías tenido suficiente castigo. Sólo debían dejarte un día allí como mucho, no más tiempo ni mucho menos en ese estado. —respondió el hombre, a medida que iba hablando su ceño se fruncía cada vez más. Para ser sinceros él no estaba de acuerdo con los métodos utilizados para castigar a los refugiados—. Tengo un hijo unos años menor que tú y de cierta forma me recuerdas a él, no podía dejar que siguieran torturándote así sin hacer nada para evitarlo. No me agrada la idea de que torturen a alguien tan joven e indefenso y menos de esa manera.

La cara neutra de la joven no cambio en absoluto durante la explicación, pero en sus ojos se podía ver un muy pequeñito destello de curiosidad.

— ¿Qué hicieron con Colmillo Blanco? —Se atrevió a preguntar luego de unos segundos en silencio, dejando de lado la explicación dada por el Mayor—. El gran lobo blanco que me acompañaba. — aclaró al ver los rostros confundidos de los hombres.

—Oh, él…Como ya debes saber está en el sector de animales. —al ver que la joven asentía, decidió continuar—. No te preocupes, se encuentra sano y salvo. Aunque ya ha intentado atacar a varios soldados (ya veo de donde lo sacó). —pensó el hombre de hermosos ojos zafiros, tanto el lobo como su compañera tenían una personalidad similar.

Una pequeña sonrisa se formó por unos segundos en los labios de Evelyn antes de desaparecer tan rápido como vino, al escuchar que no era la única que no se daba por vencida de huir de este lugar. Y conociendo a Colmillo no dejaría que nadie siquiera se le acercase.

Se levantó de la camilla en completo silencio, dando por finalizada la conversación o interrogación dependiendo desde donde se lo mirase, y se acostó en otra que estaba un poco más lejos, al fondo del consultorio y corrió la cortina para que nadie la viera ni la molestara. Quería algo de tranquilidad y pensar bien las cosas, había mucho que analizar y planear.


Presente. Celda de castigo – Sector semi-subterráneo. 07:00 a.m.

El incesante y molesto goteó de una tubería hizo que abriera sus ojos. Parpadeó varias veces para poder ver con más claridad.

Se encontraba colgando de unas cadenas que se conectaban al techo, sus brazos estaban estirados de izquierda a derecha, haciéndole doler sus entumidas extremidades.

El cuarto estaba tenuemente iluminado por un foco. Lo poco que podía ver era el gran vidrio oscuro que tenía la pared de enfrente, algo parecido a un bebedero de caballo lleno de agua podrida (supuso por el hedor) y una mesa de metal ubicada detrás de ella llena de diferentes artefactos de tortura.

Un tenue olor conocido invadió sus fosas nasales. Era una mezcla de jazmines y sangre, el aroma que identificaba a Evelyn, ella siempre olía a jazmines y bosque.

Su cuerpo se tensó y tembló de ira. Aquí habían tenido todo el tiempo a su amiga, torturándola. Sacudió las cadenas con fuerza intentando en vano liberarse.

¿Qué rayos habían hecho con Evelyn? ¿Dónde estaba ahora su alocada amiga? ¿La habrían matado? No, no podía ser cierto. Ella debía estar viva, tal vez encerrada en otra celda, pero viva.

—Ya era hora de que despertaras, parasito. —escupió con veneno Munch, saliendo desde las sombras del lugar.

— ¡Tu!, maldito. —Isabel lo fulminó con la mirada y nuevamente intentó librarse de las cadenas que la apresaban y la mantenían colgando.

—Es una pena que no haya estado aquí para contemplar como el coronel Fischer torturaba a tu amiga hasta la inconsciencia. —se mofó el canoso científico —. Lamentablemente tu amiga es demasiado testaruda y el coronel apenas y pudo sacarle un grito de dolor. —Agregó con desinterés observando con diversión la expresión furiosa de la muchacha—. La pregunta es ¿tu aguantaras como ella o sucumbirás al dolor?

— ¿Dónde está ella? — exigió saber mirando al hombre con desprecio.

—Por ahí, no es asunto tuyo. Y hablando de asuntos, tú me vas a pagar la humillación y vergüenza que me hiciste pasar en la cafetería frente a mis subordinados y los refugiados. —su tono de voz cambio drásticamente y dejo de tener esa personalidad burlona. Munch miró con ira a su víctima mientras una sonrisa siniestra y psicópata se formaba en sus labios—. Te torturare de tal forma que hare que grites clemencia.

—Adelante, no te tengo miedo. —desafió Isabel al hombre con el rostro serio y una mirada llena de determinación. Ella no mostraría debilidad, claro que no. Si Evelyn pudo, ella también lo haría. Ambas habían tenido que pasar por muchas cosas para seguir con vida, sin quejarse ni lamentarse y no empezarían a hacerlo ahora, claro que no. Tanto ella como Evelyn eran sobrevivientes, mujeres de fuerte voluntad y ningún intento de científico las destruiría, por supuesto que no. Habían tenido que enfrentarse y combatir caminantes y personas peores que él para seguir con vida.

—Eso ya lo veremos. —masculló con cólera el hombre mientras golpeaba a la desnuda joven sin parar.

Como dijo, la castaña no soltó en ningún momento un gemido de dolor o alguna lágrima. Al contrario, miraba al hombre con desprecio y desafío.

El hombre no dejó de usar el desnudo cuerpo de la refugiada como saco de boxeo hasta que se hartó de no poder lograr que la castaña mostrara algo de sufrimiento.

De un movimiento liberó los brazos adormecidos de su víctima, haciendo que la chica se estampara contra el suelo, y la comenzó a patear brutalmente en el estómago, impidiendo a toda costa que la joven se protegiera o defendiera de los golpes.

Isabel apenas y podía coger algo de aire para sus pulmones. Luego de treinta minutos golpeándola y burlándose de ella el desgraciado logró hacerla vomitar sangre.

—Jajjaaj, ¿dónde está esa altanería ahora, eh? Te ves patética ahí tirada, eres una insignificante bacteria la cual gustoso me encargare de erradicar. —se burló el hombre mirando con placer como la joven se agarraba con fuerza el abdomen completamente morado de los golpes y vomitaba sangre sin parar.

La castaña lentamente se limpió la sangre que quedó en sus labios y trató de normalizar su respiración. Cada vez que respiraba un dolor punzante se sentía en su golpeado abdomen.

Intentó levantarse, fallando estrepitosamente en el intento, consiguiendo que el científico aumentara sus burlas. Apretó los puños con impotencia hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos, por un momento se sintió tan avergonzada por su estado y por demostrar debilidad. Tenía ganas de llorar, el desgraciado tenía toda la razón, se veía condenadamente patética en ese estado.

Cerró con fuerza sus ojos y los volvió a abrir con determinación, no se dejaría humillar tan fácilmente. ¡Oh, por supuesto que no! Miró al lunático riéndose de ella, su mirada era de puro odio y furia, se vengaría de él, tal vez no hoy, tal vez no mañana pero le haría pagar por esto y por todo lo que le hicieron a Evelyn.

—Tu mirada no me gusta para nada, cucaracha. —tomó del cabello a la joven y la obligó a que lo viera a la cara. Isabel como respuesta le escupió.

Munch estrelló la cabeza de la chica contra el piso logrando que la joven dejara escapar un pequeño quejido por el dolor del impacto.

—Condenada mocosa. ¡¿Cómo te atreves a escupirme?! Te enseñare a respetar a tus superiores. —soltó furioso Munch mientras sacaba un pañuelo de uno de sus bolsillos y se limpiaba con desagrado la sangre que la chica le había escupido en su rostro.

Sin la menor delicadeza el hombre tomó a la joven de los brazos y la volvió a encadenar, dejándola colgando nuevamente con los brazos dolorosamente extendidos.

Caminó con pasos fuertes hasta la mesa llena de objetos y tomó un fino cable de acero. Sin pronunciar palabra alguna comenzó a azotar a la chica con dicho material.

Isabel se mordió con fuerza la lengua para no gritar, el fino cable se clavaba profundamente en su piel. Contuvo la respiración por unos segundos y se quedó mirando el vidrio oscuro de la pared intentando ignorar a toda costa los fuertes latigazos.

Cincuenta azotes fueron los que recibió la joven colombiana en total. Su espalda estaba completamente ensangrentada, con finas pero profundas heridas recorriendo su delicada piel.

Respiró hondo y contó hasta diez, intentando con todas sus fuerzas ignorar el fuerte escozor que sentía en su espalda, el olor a su propia sangre mezclado con el olor a humedad y el del agua podrida le estaban produciendo nauseas.

—Jjjajaajaj, eso te enseñara a respetar a tus mayores. —se burló como desquiciado Munch. Dejó el cable ensangrentado en la mesa y abrió la puerta del cuarto permitiendo que cinco soldados ingresaran a la habitación—. Y esto te enseñara a no meterte en donde no te llaman. —dicho esto los soldados tomaron varios cuchillos quirúrgicos y comenzaron a clavárselos una y otra vez en todo el cuerpo de la joven, mientras él se deleitaba con la escena y los gritos de la joven.

Isabel grito hasta que se quedó casi sin voz mientras la apuñalaban una y otra vez sin piedad. Esto continúo durante veinte eternos minutos.


10:37 a.m. – Edificio principal

Los gritos desgarradores se escuchaban por todo el edificio, haciendo que los refugiados sintieran escalofríos y pena por la chica.

Evelyn abrió los ojos sobresaltada al oír los gritos desgarradores y se levantó de la camilla.

Sin importar el dolor de sus heridas, aun no del todo cicatrizadas, caminó con pasos torpes hacia la puerta aprovechando que el doctor estaba ocupado con algunos expedientes, y ayudada por las paredes caminó por el pasillo dispuesta a sacar a su amiga del sector semi-subterráneo, del cual provenían los gritos y el tenue olor a sangre.

"Esa fue la voz de Isabel, estoy segura. Malditos desgraciados"—pensó con ira la pelinegra. Cuando encontrara al malnacido que se atrevió a tocar un solo cabello de su castaña amiga le haría lamentar haber nacido.

— ¡Evelyn, detente! —Chris finalmente pudo darle alcance a la chica que iba directo al final del pasillo donde estaba la puerta que llevaba a los otros sectores.

—Están lastimando a mi amiga. Y no me importa lo que diga voy a entrar como sea y sacarla de ahí. —aseveró intentando soltarse del agarre del exmilitar.

—Por favor, no estás en condiciones, vuelve a la enfermería. Si vas ahora te castigaran de nuevo y es posible que mueras. —explicó el hombre con voz firme.

— ¡No me quedare de brazos cruzados, escuchando como sufre Isabel! —exclamó furiosa la joven.

—Lo siento. —susurró Chris antes de sacar una jeringa de su chaqueta y en un rápido movimiento clavársela en el cuello a la chica.

Evelyn no tuvo tiempo para reaccionar y sintió como el líquido ingresaba a su organismo, haciéndola perder la conciencia en pocos segundos.

Chris con pesar tomó a la joven en sus brazos y la llevó nuevamente a la enfermería, mientras de fondo se escuchaban los gritos desgarradores de Isabel que poco a poco iban perdiendo intensidad hasta ya no escucharse más.


—Excelente trabajo, muchachos. Ya pueden retirarse. —habló Munch saliendo de la oscuridad del cuarto, aplaudiendo suavemente las manos y caminando hacia la ensangrentada chica.

Los militares sacaron de un tirón los cuchillos que quedaban en el cuerpo de la chica y los dejaron arriba de la mesa para enseguida retirarse del lugar.

Munch tomó una barra de hierro bastante grande y con una sonrisa psicópata en su rostro comenzó a insertar la barra en el pecho de la chica.

Isabel soltó un alarido de dolor y se sacudió intentando soltarse o defenderse. Pequeñas lágrimas de dolor escapaban de sus ojos.

— ¡Suficiente! —gritó Aaron entrando con rapidez a la habitación y deteniendo el brazo del científico, evitando asi que matara a la castaña.

—No te metas en esto muchacho. Recuerda que soy tu superior. —advirtió viendo al joven con rencor y asco.

—Es suficiente. Ya aprendió su lección. —respondió el rubio mirando al mayor con ira contenida, recibiendo como respuesta que su superior se enfadara por su atrevimiento—. ¿O acaso desea que el presidente y el resto de mundo, se enteré de lo que están haciendo con las personas en este lugar?

Munch tembló de ira y de un movimiento sacó la barra del cuerpo de la joven, que gracias al cielo sólo había sido perforado superficialmente.

— ¡Insolente! ¿Cómo te atreves a amenazarme? —rugió el hombre saliendo indignado del cuarto sabiendo que el joven era capaz de denunciarlo ante los altos mandos—. Ni creas que esto se quedara asi soldado. Si no quieres lamentarlo sígueme, tenemos cosas de que hablar con los demás superiores. —agregó desde la puerta mirando por encima del hombro al chico antes de salir de la habitación.

Aaron soltó a Isabel de las cadenas que la apresaban y la depositó con delicadeza en el suelo. Tomó una simple toalla de mano que había en la mesa y cubrió con ella (lo que pudo) el desnudo y maltratado cuerpo de la joven ahora inconsciente.

—En cuanto pueda vendré a verte. —le susurró el joven sabiendo que ella ya no podía escucharlo, y salió del cuarto, apagando las luces, detrás del científico.


Paz, que maravillosa sensación. Inhaló el aire puro que se respiraba en el ambiente y despacio abrió sus pardos ojos observando con felicidad el hermoso prado lleno de coloridas y aromáticas flores. Sonrió al sentir como la fresca brisa de verano alborotaba sus largos cabellos marrones.

¿Qué esperas? ¡Apresúrate Isa! — una joven unos años mayor que la castaña, agitaba su mano desde la cima de una colina llamando la atención de su pequeña hermana.

¿H-he-hermana? — balbuceó la joven mirando con asombró a su hermana mayor. Un sentimiento cálido se formó en su interior al ver de nuevo con vida a su querida hermana mayor. Lágrimas de felicidad comenzaron a salir de sus ojos sin poder evitarlo.

Se secó sus ojos intentando normalizar su estado y corrió con todas sus fuerzas hasta alcanzar a su hermana y darle un fuerte abrazo, haciendo que ambas cayeran encima de las flores que decoraban el suelo.

¡Estas viva! N-no s-sa-b-bes cuan…to-o te he echado de menos. —lloraba la menor apretando el abrazo por miedo a que en cualquier momento su hermana desapareciera.

¿De qué hablas, Isa? Claro que estoy viva, ¿por qué no lo estaría?— habló con un poco de humor la joven mujer correspondiendo el abrazo de la menor—. Corazón ¿Por qué lloras? —su voz sonó dulce y cargada de preocupación. Con delicadeza limpió las lágrimas que recorrían el rostro de su adorada hermana.

Es que… El hospital explotó y todos ustedes murieron, y y-yo hui antes de que sucediera la explosión porque discutí con Nicole y-y luego me quede sola y me fui a Brasil y-y-y-y luego el apocalipsis zombie empezó y-y…— Isabel explicaba todo con tanta rapidez que su hermana la observaba sin poder comprender nada de lo que decía.

Jjajajaaj ¿de qué hablas, Isa? ¿Explosión? ¿Apocalipsis zombie? Jaajjaj, oye otra vez estuviste comiendo demasiada azúcar ¿eh?—su suave risa hacía sentir mejor a Isabel, que se deleitaba escuchando la voz de su hermana una vez más…

Olvídalo. Eso ya no tiene importancia. —susurró la menor ocultando su rostro en el pecho de la mayor y aspirando el delicioso aroma a flores que su hermana mayor utilizaba como perfume. Tal vez todo lo que vivió fue producto de su imaginación y jamás pasó, jamás explotó el hospital, jamás fue a Brasil, no conoció a Evelyn y las hermanas Souza, nunca estalló el apocalipsis zombie, todo lo que pasó fue producto de un sueño, un terrible sueño.

"Pero se sintió tan real".

Isabel abrió los ojos asustada al ya no sentir a su hermana. El paisaje había cambiado y ahora sólo se veía oscuridad.

Un olor podrido inundó sus fosas nasales provocándole nauseas. La castaña cubrió su sensible nariz con sus manos, he intentó visualizar algo entre tanta oscuridad.

Un gruñido le alertó que no estaba sola, pronto otros gruñidos comenzaron a escucharse.

Se aterró al sentir como varias manos tomaban con fuerza sus piernas y la jalaban hacia abajo. Miró hacia el suelo, ¡como lamentó haberlo hecho!, su corazón se detuvo unos segundos al ver que estaba parada encima de un mar hecho de zombies que la arrastraban hacia abajo.

¡NO! ¡Ayuda! ¡Por favor que alguien me ayude!— gritaba con desesperación, luchando por evitar que la sumergieran.

¡Ayud… —la joven finalmente cayó en el interior de ese mar y los zombies comenzaron a arrancarle pedazos de carne de forma violenta y grotesca.

Isabel abrió los ojos asustada, sudando a mares. Miró con miedo hacia todos lados, dándose cuenta que seguía encerrada en la celda de castigos, las luces estaban apagadas pero aún podía ver el contorno de la mesa de metal gracias a la tenue luz que se filtraba por debajo de la puerta.

—Sólo fue un sueño. —susurró para sí. Con dolor y lentitud se arrastró hasta la pared más cercana y se recostó en ésta. Tomó la toalla que cubría apenas su cintura y se la acomodó mejor para tapar su intimidad, más eso no evito que siguiera sintiendo frío.

Tomó su cabello y colocó dos gruesos mechones de tal manera que cubrieran sus pechos, ya que la toalla era demasiado corta y sólo le servía para tapar sus caderas y glúteos.

Se miró el cuerpo notando que sus heridas estaban mal curadas pero al menos ya no sangraban. Lo malo era que su cuerpo le dolía horrores y apenas tenía fuerzas para moverse sin mencionar el frío que le calaba hasta los huesos.

—Y al final, no conseguí saber nada sobre el paradero de Evelyn, excepto que tal vez estuvo un tiempo encerrada aquí. —murmuró con desilusión la castaña mirando la infinita oscuridad del lugar.

El silencio nuevamente se hizo presente, sólo cortado por la respiración de la chica.

Una suave melodía se hizo presente en la mente de la castaña que suavemente comenzó a tararear. Cerró sus ojos y poco a poco se dejó llevar por sus recuerdos y sensaciones que le producía la canción, haciendo que comenzara a cantar en voz alta sin darse cuenta.

Mi abuelo era un predicador de fuego y azufre

Predicador, predicador, predicador

Pero hay cosas que los himnos y

Sermones no te pueden enseñar.

Enseñar, enseñar, enseñar

Mi madre era un genio

Genio

Mi padre imponía respeto

Respeto, respeto

Cuando murieron no me dejaron instrucciones,

Sólo un legado que proteger.

Su voz viajó a través de los ductos de ventilación hasta llegar a cada sector del gran edificio (menos el subterráneo).

La muerte no discrimina

Entre pecadores y santos.

Toma, y toma, y toma…

Y aun asi seguimos viviendo

Nos levantamos, y caemos,

Y quebramos,

Y cometemos nuestros errores.

Y si hay una razón por la cual sigo viva

Cuando todos los que me aman han muerto.

Estoy dispuesta a esperar por ella

Estoy dispuesta a esperar por ella

En ese momento todos los refugiados, o por lo menos la mayoría, se encontraban cenando tranquilamente en la cafetería.

¡Esperar por ella!

¡Esperar por ella!

¡Esperar por ella!
¡Esperar por ella!

Soy lo único en la vida que puedo controlar.

Esperar por ella
Esperar por ella
Esperar por ella

Esperar por ella

Soy inimitable,

Soy una original.

Esperar por ella
Esperar por ella
Esperar por ella
Esperar por ella.

No me voy a quedar atrás o a llegar tarde.

Esperar por ella
Esperar por ella
Esperar por ella
Esperar por ella.

La voz llegó tenue y sin embargo se escuchaba a la perfección debido a que los murmullos habían cesado y el silencio se formó. Todos estaban atentos para escuchar mejor no sólo la voz sino también la letra de tan bella canción.

No estoy quieta,

Estoy al acecho.

Esperar
Esperar
Esperar.

Evelyn se enfrenta a una interminable subida cuesta arriba

Subida
Subida
Subida

Ella tiene algo que probar
Ella no tiene nada que perder

Perder
Perder
Perder
Perder

El paso de Evelyn es persistente
Ella no pierde nada de tiempo

Tiempo
Tiempo
Tiempo

¿Cómo sería estar en sus zapatos?

Evelyn no vacila
No exhibe ninguna restricción

Ella toma, y toma, y toma…

Y ella sigue ganando de todas formas.
Cambia el juego.

Juega y aumenta las apuestas.

Y si hay una razón

Por la cual ella parece prosperar

Cuando tan pocos han sobrevivido,

Entonces, maldita sea

Estoy dispuesta a esperar por ella.

Estoy dispuesta a esperar por ella.

Esperar por...

Al llegar al coro, los amigos de Isabel comenzaron a cantar siendo seguidos en poco tiempo por los demás refugiados y algún que otro soldado.

La vida no discrimina
entre pecadores y santos.

Toma, y toma, y toma…

Nos levantamos…

y nos caemos.

Fischer observaba todo con total indiferencia e ignorando por completo la "rebeldía" de los refugiados y algunos de sus subordinados, continuó cenando con suma tranquilidad, disfrutando de tan delicioso manjar.

Caso contrario era Munch, el científico apretaba con fuerza sus cubiertos, presión que aumentó al escuchar como no sólo sus conejillos de indias cantaban sino que también se les unieron sus soldados, SUS SOLDADOS. Esto era indignante. De un movimiento se levantó de su silla y con la cara roja de rabia les gritó:

— ¡SILENCIO! ¡Es una orden! ¡Si no quieren terminar como la chica les sugiero que se callen! —Pero nadie le prestó atención…

Y si hay una razón

Por la cual sigo viva

Cuando tantos han muerto…

— ¡CALLENSEN! ¡Es suficiente, ya me hartaron! ¡Soldados llévense a todos los refugiados a sus habitaciones! Y como castigo por su rebeldía mañana no desayunaran ni almorzaran. En cuanto a los desgraciados que se atrevieron a cometer insubordinación, tendrán que limpiar todo el sector subterráneo, sobre todo las celdas, hasta dejarlo reluciente sin mencionar que se encargaran de deshacerse de todos los "deshechos". Además deberán ordenar y contar todos los suministros y no se les dará desayuno el día de mañana. A ver si con esto aprenden a no ponerse en mi contra. —finalizó Munch observando a los soldados que se atrevieron a cantar y luego a todos los refugiados que pese a estar siendo arrastrados hacia sus habitaciones no dejaban de cantar.


Entonces estoy dispuesta a…

Esperar por ella...

Esperar por ella...
Esperar por ella...

Esperar por ella...

Esperar por ella...
Esperar por ella...
Esperar por ella...
Esperar por ella...

Esperar…

Finalizó Isabel aun teniendo los ojos cerrados.

— ¡Bravo!, hermosa canción. —Aaron aplaudía suavemente recargado en el marco de la puerta, mientras miraba con una sonrisa divertida a la joven que era iluminada por la tenue luz de los focos del oscuro pasillo.

Isabel se sobresaltó al notar que ya no estaba sola. Con temor observó al joven y se arrastró rápidamente hacia atrás hasta pegarse a un rincón de la celda, intentando en vano fundirse con la pared. Con sus temblorosos brazos envolvió sus rodillas que estaban pegadas a su pecho, intentando proteger y cubrir su desnudo y malherido cuerpo.

El joven soltó una pequeña risita por la actitud de la salvaje chica y con lentitud se acercó a ella, cubriéndola con una manta.

La joven se tensó ante la cercanía del muchacho, pero su cuerpo se relajó al sentir como la suave y cálida manta lo cubría. Se arropó con la manta y acomodó mejor la toalla que tenía amarrada a sus caderas. Internamente agradeció ya no estar pasando frío ni vergüenza al no poder cubrir su desnudez con algo de ropa decente.

—Tranquila, no te haré daño. —le susurró Aaron con una mirada tierna y preocupada—. Ven, te llevare a la enfermería.

Con eso dicho, tomó a la chica en sus brazos y se la llevó fuera de la celda. La castaña se dejó hacer, estaba demasiado cansada como para siquiera intentar oponer resistencia.

El silencio se hizo presente durante todo el trayecto. El rubio caminaba con paso normal por los oscuros pasillos del sector, mirando de vez en cuando a la joven que cargaba en sus brazos.

—Ahora que lo pienso. Tú sabes mi nombre pero yo no sé el tuyo. —comentó el cabo, abriendo la pesada puerta que dividía ese sector de la planta baja del edificio.

Isabel lo miró de reojo, dudando entre decirle su nombre o simplemente ignorarlo. Pero pensándolo mejor, el joven había hecho mucho por ella y Evelyn desde que llegaron, sin pedir nada a cambio, y ahora arriesgó su pellejo para salvarla de ser asesinada por el científico psicópata. Lo menos que podía hacer era decirle su nombre…

—Isabel. —murmuró entre dientes mirando hacia otro lado con el ceño levemente fruncido.

El ojiceleste sonrió con satisfacción ante su pequeña victoria, más prefirió guardar silencio para no tentar su suerte, además ya casi llegaban a la enfermería.

La castaña chasqueó la lengua al mirar disimuladamente la sonrisa victoriosa que el joven inútilmente trataba de ocultar.

Dos minutos después ambos se encontraban en la enfermería siendo recibidos por un muy preocupado doctor Chris.

—Doc., por favor atiéndala. —pidió el joven colocando a la castaña encima de la camilla.

"Esto es ya ir muy lejos. Estas chicas de milagro están vivas"—pensó con impotencia el moreno mientras rápidamente buscaba vendas y desinfectante, mirando de reojo hacia la cortina que tapaba la camilla donde una joven pelinegra seguía durmiendo bajo los efectos del sedante.

Tomó las cosas necesarias de uno de los estantes superiores, para tratar a la joven y se dirigió hacia ella.

—Primero trataré la herida de tu pecho y las de tu espalda que son las más profundas. —le informó a la joven, quien asistió y abrió un poco la manta para que el hombre tratara la herida que la barra de hierro perforó superficialmente.

Debes en cuando hacia ligeras muecas de dolor debido al ardor del medicamento con el cual trataban su herida.

El hambre, la pérdida de sangre sumada al desagradable olor a medicamentos que se respiraba en ese lugar la estaban abrumando demasiado, como odiaba cualquier cosa que se relacionara con hospitales...

"Maldito sentido del olfato desarrollado"—maldijo en su fuero interno arrugando, como ya era costumbre en ella, el entrecejo con molestia.

En unos minutos el hombre terminó de tratar esa herida y suturarla para enseguida pedirle que se recostara boca abajo, cosa que ella hizo sin chistar mirando en silencio hacia una camilla que tenía la cortina corrida. ¿Quién estaría descansando allí?

"Tal vez alguien se enfermó por comer la porquería que nos dan de alimento o se sobre esforzó demasiado cumpliendo sus tareas"—dedujo la chica restándole importancia al asunto ya que no podía oler nada más que el fuerte olor a medicamentos, ni siquiera podía detectar el suave aroma de su amiga pelinegra.

—Iré por algo de comida a la cafetería. —informó Aaron sabiendo que la chica estaría segura en la enfermería al cuidado del doctor Robert y que seguramente estaría hambrienta y sedienta.

Isabel sólo lo ignoró y cerró los ojos. Aunque por dentro se estaba muriendo de hambre y esperaba que el joven le convidara algo de alimento.

Un incómodo silencio se formó luego que el cabo se retiró más la joven prefería ignorar todo a su alrededor y pensar en cómo escapar de allí. A sus amigos parecía no importarles o no se daban cuenta de que prácticamente eran prisioneros de estos tipos que experimentaban y torturaban a la mayoría de los refugiados. Solamente ella y Evelyn además de las dos mujeres que conocieron en la biblioteca, querían escapar a toda costa de este lugar.

Aquí había algo que no le cuadraba de todo. En todo el tiempo que estuvieron en este refugio no habían visto a ningún caminante aproximarse o rondar por el vallado, ni siquiera había sentido su olor cuando salían al patio. Y es extraño, porque con todo el movimiento y ruido que hacían en ese lugar ninguno de esos seres se había aproximado a husmear... Ni siquiera los autos que constantemente salían al exterior llegaban con sangre o algún resto de cadáver, ni que decir de los soldados o científicos que salían al exterior fuera de la protección de las vallas sin llevar nada para protegerse de ser atacados por algún muerto viviente. ¿Es que acaso no había caminantes aquí? ¿De verdad era una zona segura? ¿O es que aún no había llegado el virus a este país? Eran tantas preguntas la que rodeaban en su mente y no tenía forma de contestarlas. Preguntarle a Aaron o al doctor Robert no era una opción, una porque podrían empezar a tenerla bajo vigilancia o encerrarla en alguna celda y otra porque sabía que no le iban a responder o a decir la verdad de lo que estaba sucediendo.

Tan metida estaba en sus pensamientos que no notó cuando el doctor terminaba de atender sus heridas y comenzaba a vendarle toda la espalda hasta sus caderas. Ni tampoco cuando el joven de ojos celestes ingresaba a la habitación con una bandeja llena: con un vaso de jugo de naranja, un plato con arroz y queso y un poco de pan.

El aroma a comida captó enseguida la atención de Isabel, mientras su estómago soltó un gruñido exigiendo comida. No pudo evitar sonrojarse de la vergüenza cuando ambos hombres se la quedaron viendo con diversión, ella prefirió ahorrarse más vergüenza y tomó rápidamente el plato de arroz con queso rallado y tomó una muy buena porción con el tenedor para llevárselo directo a su boca. Se controló para comer bien y no como un animal que no ha comido en meses, el arroz estaba algo frío e insípido pero eso era mejor que nada, además estaba tan hambrienta que le podían poner una lombriz entre el arroz y ella se la comería igual.

Ignoró por completo a los otros dos individuos que estaban en la enfermería y continuó comiendo, lamentablemente la comida se acabó demasiado rápido para su gusto.

No fue hasta que dejó la bandeja en una pequeña mesa de noche que notó como su espalda, brazos y muslos estaban completamente vendados. "Vaya, estaba tan hambrienta que ni siquiera note en que momento el doc. terminó de tratar mis heridas" —pensó la joven mientras se acostaba de nuevo en la camilla y se cubría con la manta dispuesta a dormir un poco.

—Es mejor que por esta noche te quedes descansando aquí, mañana tal vez puedas volver a tu habitación. —le dijo el médico antes de girarse he ir a lavar y colocar cada elemento usado en su lugar.

Isabel vio como el joven cabo se retiraba, aburrida observó el lugar llamándole la atención un cuarto al fondo de la enfermería, la puerta de dicha habitación estaba entreabierta por lo que pudo ver que contaba con una cama y un estante. Sólo eso pudo ver pero seguramente esa habitación fuera un poco más grande porque al parecer ese cuarto era propiedad del doctor Chris.

Sus ojos le comenzaron a doler, sin querer se tensó. Ese dolor sólo significaba que necesitaba cuanto antes tomar sus vitaminas, de lo contrario la cosa se pondría fea.

Se recostó de costado mirando hacia la pared dándole la espalda al médico, al mirar su reflejo en los azulejos de la pared se alarmó al ver como sus ojos comenzaban a inyectarse de sangre, los cerró inmediatamente y fingió dormir. En cuanto el médico se durmiera iría a su habitación a tomar las vitaminas y volvería lo más rápido posible a la enfermería para no levantar sospechas. No quería que nadie a parte de Evelyn supiera su secreto, y si alguien veía sus ojos en ese estado empezarían a interrogarla y lo que menos quería ahora era tener que lidiar otra vez con los científicos o militares de este condenado lugar.


Un par de guardias recorrían los desolados y oscuros pasillos del edificio controlando que nadie estuviera fuera de su habitación. Pronto se alejaron de las escaleras para perderse en la oscuridad del pasillo que iba con dirección a la cafetería. Momento que aprovechó Isabel para salir detrás de unas macetas y correr escaleras arriba.

"Nunca hay tantos militares haciendo las guardias nocturnas, ¿porque justo hoy tiene que haber tantos?"—se quejaba la joven mientras sostenía con fuerza la manta que cubría su desnudez.

Al visualizar su cuarto aceleró y entró rápidamente antes de que alguien la viera. Tomó aire y miró su litera aún tendida al igual que la de Evelyn, por un momento sus ojos perdieron su brillo pero enseguida sacudió su cabeza para olvidar ese tema y sacó de debajo de su almohada un frasco, tomando un par de pastillas de éste y tragándoselas.

Dejó soltar un suspiro de alivio y colocó todo en su lugar asegurándose de esconder bien sus píldoras. Ahora sólo tenía que esperar a que las píldoras hicieran efecto para que su cuerpo volviera a la normalidad y luego volvería a la enfermería.

Se sentó en su cama e intentó recordar si tenía algo de ropa oculta en algún lugar, pero no pudo recordar nada. Comenzó a hurgar en la pequeña mesita de luz con la esperanza de que Evelyn haya ocultado algo de ropa, más no encontró nada.

Frustrada miró el reloj que descansaba en la mesita de noche, eran las 02:40 de la madrugada, más le convenía volver a la enfermería. Sabiendo que no encontraría nada con que vestirse ajustó mejor la toalla que llevaba en sus caderas y acomodó mejor la manta que la tapaba para luego despacio, abrir la puerta y asomarse asegurándose de que no hubiera ningún guardia cerca. Camino despejado. Salió de su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido para enseguida salir corriendo hacia las escaleras para bajar a la planta baja.

Bajó de dos en dos los escalones y por poco cae al llegar al último pero logró equilibrarse y correr hacia la enfermería. Suspiró al llegar a la camilla y ver que el doctor aún seguía dormido. Se acostó e intentó conciliar el sueño. Mañana seguro sería un largo día. Y cuánta razón tenía.


Era un nuevo día para los habitantes y trabajadores del refugio y como era de suponer la mayoría de los refugiados se encontraban terminando de desayunar mientras otros ya estaban cumpliendo con sus primeras tareas del día.

Munch se encontraba caminando con enfado hacia el edificio principal. Ya le habían informado que su víctima no se encontraba encerrada en la celda y que estaba descansando en la enfermería. Otra vez ese mocoso se había atrevido a desobedecerlo, le dijo específicamente que podía tratar las heridas de la chica pero que no podía sacarla de la celda de castigo hasta el día siguiente, es decir hoy. Pero como era de suponer el mocoso rubio ni caso le hizo.

En un instante cruzó el patio e ingresó al edificio principal cerrando la puerta de un portazo. En menos de dos minutos ya estaba dentro de la enfermería.

—Señor Munch. Buenos días, ¿a qué debo su visita? —cuestionó el moreno ya sabiendo la razón.

—Me han dicho que la mocosa pasó la noche aquí en vez de hacerlo en la celda de castigo. ¿Dónde está? Debe ir a cumplir con sus quehaceres. —Soltó sin ni siquiera corresponder el saludo e inspeccionando todo el lugar en busca de la castaña.

—Ella no está en condiciones de trabajar ahora. Debe descansar y esperar a que sus heridas se curen. —refutó el médico molesto por la presencia del mayor.

— ¿Que te hace pensar que me importa tu opinión? —Chris apretó los dientes con fuerza y estuvo a punto de contestarle cuando la joven castaña salió del baño vestida con la misma toalla y manta del día anterior.

—Así que aquí estas mocosa. —No espero más y caminó hasta la chica y con fuerza tomó su brazo. Pero la joven al tomarla desprevenida dio un paso en falso y sin querer piso el pie del científico.

—Imbécil. —gritó Munch para luego arrastrar a la joven hacia la salida. Estaba hoy de muy mal humor y con alguien tendría que desahogarse, es una pena que ese alguien sería la castaña.

—Espere, no puede hacer eso —salió en su defensa el moreno interponiéndose en el camino del canoso.

—Quítate de mi camino, si no quieres que tu hija sufra las consecuencias. Recuerda que conozco tus debilidades.- sonrió victorioso al ver como el exmilitar se hacía a un lado con impotencia y una mirada de odio.


Evelyn abrió los ojos con pereza ante el alboroto que estaba ocurriendo. Lo primero que notó fue el techo blanco y el olor inconfundible de medicamentos. No le sorprendía estar de nuevo en la enfermería.

Se incorporó con lentitud hasta sentarse en la cama y hacer memoria. Hasta donde recordaba había estado recostada en una de las camillas de la enfermería cuando escuchó los gritos de Isabel y luego fue a investigar pero el doctor Chris le dio alcance, comenzaron a discutir y en algún momento el doc. le inyectó un sedante, luego todo se volvió negro.

Una ligera fragancia a cerezos llegó a su nariz. Se quedó unos segundos intentando recordar de donde conocía ese aroma que se le hacía tan familiar.

—Es el perfume de Isa. —susurró al tiempo que salía de la camilla y corría, algo torpe, hacia la puerta esquivando al doctor Chris cuando quiso detenerla.

No lo dudó y corrió por el pasillo hasta salir al exterior. Respiró agitada mirando hacia todos lados buscando a la castaña. A unos metros más adelante de ella se encontraban en el suelo Sofía llorando siendo abrazada por una igual llorosa Susana y unos metros más adelante de éstas se podía ver un gran tumulto de gente alrededor de algo.

Corrió los metros que la separaban de las menores y se colocó a su altura.

—Chicas ¿qué sucede? ¿Han visto a Isabel? —preguntó angustiada.

—Isa e-esta... —pero un grito proveniente del círculo de personas interrumpió lo que ambas menores estaban por decir.

La pelinegra reconoció enseguida la voz y preocupada se abrió paso entre la gente hasta llegar al centro para ver con horror como Isabel estaba inclinada en una pose bastante incomoda a un poste con las manos amarradas a él con únicamente una toalla cubriendo sus caderas y con el torso completamente vendado mientras el científico Munch le daba latigazos en la espalda.

— ¡Ya basta! ¡Déjala en paz maldito infeliz! —Estalló llena de rabia la joven atrapando en el aire el látigo, lastimándose por lo mismo la palma de la mano al frenar el material.

—No te metas en esto, niña insolente. —contestó con indiferencia el hombre liberando de un movimiento la punta del látigo que la joven sostenía.

Los refugiados contuvieron la respiración al ver con horror como la joven se quedaba en su lugar protegiendo a la castaña con su cuerpo mientras el científico levantaba nuevamente el látigo dispuesto a golpear a ambas jóvenes con él.

—Ya basta, Munch. Si vuelve a intentar lastimar a una de estas chicas lo reportare con los altos mandos. —Advirtió el Mayor James, deteniendo con fuerza el brazo del científico.

El hombre mayor le dio una mirada de odio al militar y apretó los dientes con fuerza. Esta era la segunda vez que se metían en sus asuntos y es más este soldadito se atrevió a contradecirlo delante de todos los refugiados y parte del personal.

—Bien. —Escupió como veneno—. Pero la chica se quedará allí amarrada por tres días sin comer ni beber. ¿Entendido? No quiero ver a nadie acercarse a ella durante todo ese tiempo, no me importa si es militar o refugiado, igualmente será severamente castigado. —Con eso dicho se soltó del agarre del rubio y se fue indignado hacia su oficina.

Evelyn le agradeció con la mirada y se volteó a comprobar las heridas de Isabel. Por suerte llegó a tiempo y sólo había recibido un sólo latigazo en la espalda pero aun así necesitaba atención médica o se le infectaría la herida.

— ¡El espectáculo terminó, vuelvan todos a sus puestos y continúen con sus trabajos! —ordenó con voz autoritaria el Mayor viendo de forma amenazante a todos los que rodeaban a la joven. Las personas allí reunidas acataron la orden sin chistar temerosas de recibir un castigo ellas también.

—Iré por Chris tu quédate con ella. —La morocha asistió a lo dicho por el hombre. No tenía que pedírselo, ella no pensaba moverse del lado de Isabel por nada del mundo.

—Evelyn, ya era hora de que te dignaras a aparecer. —soltó la castaña.

—A mí también me alegra verte, exhibicionista. —ironizó la joven frunciendo el ceño.

—Mira quien lo dice, la que está con el torso desnudo sólo cubriendo sus pechos con una desgastada tela. —Contraatacó la menor mirando que su amiga sólo vestía la parte inferior del uniforme y unos ensangrentados retazos de tela en sus pechos y vendas.

— ¿Así es como agradeces que te salve el pellejo? ¿Que acaso no puedes estar sin meterte en problemas? Me voy unos días y mira cómo te encuentro, no puedo dejarte sola ni cinco minutos. —Respondió la mayor sonrojada por el comentario de su amiga.

— ¿Y de que quien crees que lo aprendí? Eres una mala influencia. —Bromeó la joven.

— ¡Oye! —ambas rieron por su infantil pelea, aún en esta situación ellas se ponían a bromear como si nada. Pero bueno así eran ellas.

Evelyn se quitó las vendas que tenía en su abdomen y con ellas limpió lo más que pudo la nueva herida que Isabel tenía en la espalda. Para su suerte, sus heridas habían cicatrizado pero por alguna razón no habían desaparecido y habían dejado finas cicatrices en su espalda y abdomen inferior que por la cercanía la castaña pudo notar.

—Esos malditos. —dijo apretando los dientes furiosa Isabel.

—Ya olvidado Isa. No importa, ahora sólo debemos concentrarnos en escapar de este sitio. —murmuró tranquila la mayor sabiendo cual era la razón de la repentina molestia de su amiga. La castaña estaba por replicar pero se calló al ver al Mayor y al médico del lugar acercándose a ellas.

—Yo me encargo ahora, no te preocupes. —le dijo el moreno a la argentina para luego dedicarse rápidamente a tratar la herida de la castaña.

James se sacó la chaqueta militar y la colocó encima de los hombros de la joven pelinegra para que cubriera su torso, el cual estaba cubierto únicamente por los retazos de tela en sus pechos.

—Gracias. —susurró la joven regalándole una pequeña sonrisa al militar.

Mientras esperaba que el doctor Chris terminara de tratar la herida de su amiga, Evelyn se puso a recorrer el lugar con su mirada, a lo lejos divisó a Susana y Sofía trabajando en la huerta sin dejar de mirar hacia su dirección con preocupación. Se notaba a leguas que ambas niñas querían acercarse y ver cómo estaba Isabel, pero no podían acercárseles ni mucho menos liberarla, sintió pena por ellas.

Miró con disimulo a su amiga, notando que el moreno ya casi terminaba de tratar la herida de ésta. Suspiró y observó el cielo despejado, sólo con una que otra nube surcándolo. Sintió envidia de las nubes, ellas podían ir a donde quisieran sin que nadie se lo impidiera, eran libres algo que tanto a ella como a Isabel le habían quitado, su libertad, pero si de algo estaba segura es que la recuperarían a toda costa. "Mejor morir luchando que hacerlo suplicando" —fue su pensamiento antes de mirar hacia donde se encontraba un pequeño edificio, un poco apartado de los demás, allí se guardan los animales que los militares captaran. Su mirada se ensombreció y por un momento se dejó invadir por la tristeza.

Con todo lo que había pasado no tuvo tiempo de ver como estaría Colmillo Blanco. Más les convenía a esos lunáticos no haberle hecho nada a su fiel compañero.

En cuanto liberaran a Isabel iría a verlo y de ser posible lo sacaría de allí. Pero bien sabía ella que primero, debían encontrar una forma de escapar de aquí, buscar una abertura, un fallo en la seguridad, porque este intento de fortaleza debía tener puntos débiles, algún error. Y ellas a toda costa lo encontrarían y planearían como huir. Mientras más rápido lo hallaran mejor, porque ya no sabía cuánto más podrían mantenerse con vida en este lugar.

—Evelyn será mejor que vuelvas a tus quehaceres. Te llevare tu chaqueta del uniforme a tu habitación espérame allí, cuando te termines de vestir te vas a la cafetería a ver que tareas te tocan hoy. —Le dijo el Mayor, ella asistió de forma automática sin prestarle demasiada atención—. Es mejor que no te acerques mucho aquí hasta que se cumpla el plazo del castigo, de lo contrario todo será peor para ti y para ella. ¿Entendido? —agregó no como una sugerencia sino como una orden.

—Tsk, de acuerdo. —Respondió la morocha, aunque por dentro sus pensamientos eran muy diferentes, "ni crean que la dejare sola, en cuanto se descuiden vendré a verla".

El Mayor junto con el médico, se retiraron a cumplir con sus deberes dejando solas a ambas jóvenes.

—Esta noche vendré a verte en cuanto todos se duerman y hagan el cambio de guardia. —le susurró a la castaña, al recibir un asentimiento por parte de ésta, la mayor se retiró con paso tranquilo hacia el edificio principal, inspeccionando todo el patio durante el camino. El lugar donde estaba su amiga amarrada estaba algo apartado, por lo que sólo podría ser vista apenas por una de las torres de vigilancia, la cual iluminaba ese lugar cada cierto tiempo con un reflector, si no se equivocaba cada cinco minutos se movía el reflector para iluminar otro sector y así sucesivamente.


Georgia-E.E.U.U. - lunes 8 de agosto – 10:00 a.m. – 30 días para la expansión del virus en E.E.U.U. y el resto del mundo.

Los pájaros cantaban con alegría en el bosque mientras iban y venían por las ramas de los frondosos árboles, un chasquido apenas se escuchó entre tanto alboroto producido por las aves. El dueño de dicho chasquido caminaba tranquilamente con una ballesta colgada en su hombro derecho mientras cargaba su botín de cacería: un gran y jugoso venado.

Sus ojos azules se entrecerraron con molestia al recibir los rayos solares directamente, luego de que por fin salió del espeso bosque al "patio" de la cabaña que compartía con el idiota de su hermano.

Siguió caminando hasta el "garaje" o mejor dicho un pequeño cuarto o taller que se hallaba unos metros alejado de la cabaña. Sin pensarlo mucho, depositó su presa en la mesa que se encontraba debajo del cobertizo del intento de taller.

Movió su cuello hasta hacerlo tronar y colgó su ballesta en un clavo que se hallaba a un lado de la puerta. Agarró su cuchillo de cazador y comenzó a limpiar lo que sería el almuerzo del día de hoy y muy posible la carne que comerían los siguientes días.

La puerta de la cabaña se abrió dejando salir a una sensual mujer de cabello rojo y brillantes ojos verdes, la mujer de unos 25 años de edad lucía bastante desarreglada y vestía un traje demasiado revelador. La pelirroja parpadeó varias veces hasta acostumbrarse a los fuertes rayos de sol, calzó su bolso de piel en su hombro y paseó su vista por el lugar desinteresadamente, como odiaba estar en la naturaleza, pero aquí vivía uno de sus mejores clientes, le pagaba bien y la hacía disfrutar asi que no tenía mucho de que quejarse.

Su mirada se detuvo en el atractivo cazador que se encontraba trabajando en el cobertizo del viejo "taller", se deleitó escaneando de arriba a abajo con su mirada al hombre. Con una sonrisa coqueta caminó contoneando sus caderas hasta ponerse al frente de la mesa, pero el rubio ni se molestó en levantar la mirada de lo que estaba haciendo.

—Buenos días, emmm… guapo. — Se maldijo internamente por olvidarse de nuevo del nombre del hermanito de Merle. Ahora había quedado como una total idiota frente a ese jugoso bombón que hace tanto quería comerse.

El cazador la miró de reojo y rodó los ojos al escuchar su intento de coqueteo, y él que tenía esperanzas de que la mujer ya se hubiera ido para cuando él volviera de cazar. Ya era la quinta vez que la veía y más de dos veces su hermano los había presentado ¿qué tan difícil era acordarse de su nombre? ¿Acaso tanto teñirse el cabello le había derretido las neuronas a esta mujer?; claro que luego de presentarlos Merle se la llevaba a la cama o a cualquier lugar donde se pudieran echar un buen polvo, cuando eso pasaba él simplemente prefería ignorarlos e irse a otro lado o a trabajar en el taller. No lo malentiendan él debes en cuando tenía alguna que otra aventura, pero muy pocas veces, la mayoría sucedían cuando estaba demasiado borracho o cuando quería descargar algo de estrés, contrario a su hermano mayor que cada vez que podía se acostaba con cuanta prostituta se le cruzara, por ejemplo la mujer que estaba en estos momentos comiéndoselo con la mirada.

Arrugó su nariz con desagrado, ni se molestó en disimular la molestia que le producía oler el horrible perfume que usaba la mujer, daba asco. No sabía cómo rayos Merle podía aguantarlo, aunque tal vez lo aguantara porque para ese momento estaba demasiado drogado o borracho que ni cuenta se daba. Ahora que lo pensaba le había dicho al viejo Tom que hoy iría a arreglarle su viejo Falcón.

—Con un demonio. —maldijo entre dientes, tanto él como Merle debían de estar en lo del viejo a las 11 de la mañana y a juzgar por la posición del sol debían ser las diez y media pasada, ya se les hacía tarde. Chasqueó la lengua con enfado y dejó de cortar al venado.

—Oye cariño, ¿Qué te parece si tú y yo nos conocemos mejor? —Susurró con sensualidad la pelirroja en el oído del hombre, mientras apretaba el brazo izquierdo de él con sus generosos atributos—. No tendrás que pagarme nada, esta será por mi cuenta ¿qué me dices? ¿Aceptas? —Agregó apretando más el agarre. Como ansiaba acostarse por una maldita vez en su vida con el menor de los Dixon, ese hombre la traía como loca desde que lo conoció, pero por más que lo intentaba él siempre la rechazaba o simplemente la ignoraba. Ella era atractiva y con un cuerpo de infarto que cualquier hombre mataría por poseer. ¿Por qué este cazador no caía a sus pies como los demás? ¿Es que acaso era gay?

—Piérdete. —mascullo malhumorado, soltándose con brusquedad del agarre de la fastidiosa mujer, la cual frunció el ceño ante su respuesta.

—Jajjaaj ¿Qué pasa Darylina? ¿Estás en tus días? — Merle observaba con diversión la escena desde el marco de la puerta de la cabaña.

—Hasta que te levantas, tuve que ir yo a cazar el almuerzo porque tú estabas cogiéndote a ésta. —le gritó como respuesta, ya bastante fastidiado de la situación.

—Suenas como mujer celosa. —desestimó el mayor mientras se ajustaba el cinturón del pantalón.

— ¡Ya cállate! Y mueve tú trasero que tenemos trabajo que hacer. El viejo Tom nos espera en su casa a las 11 y ya casi es la hora. —dicho esto cargó sus herramientas y se marchó en su camioneta a toda velocidad hacia la casa de su mejor cliente.

—Pero que humor. —se mofó el mayor de los Dixon, terminándose de vestir con una camisa.

—Merle, ¿me llevas a casa? —la pelirroja se le acercó con claras intenciones de seducirlo.

—Lo siento cariño, pero no soy tu chofer y ese truquito tuyo no sirve conmigo, ya obtuve lo que quería así que empieza a mover esas hermosas piernas y camina hasta la ciudad. Pero gracias por la fantástica noche eh, cuando quieras lo repetimos. —le guiño un ojo divertido y montó su moto siguiendo el camino que tomó su hermano.

— ¡Eres un maldito cabrón Dixon! —le gritó la pelirroja. Ni modo hoy le tocaría caminar, con suerte llegaría al pueblo al atardecer, si se ponía a caminar ahora.


Las gotas de lluvia golpeaban una y otra vez el ventanal con el que contaba la enfermería del refugio, una joven pelinegra las miraba deslizarse por el cristal hasta que se perdían al llegar al marco. El día estaba horrible y los ánimos de la mayoría de los habitantes del lugar no estaban mejor.

La joven observaba como a lo lejos las copas de los árboles se mecían levemente por la fresca brisa, más su mirada lucía algo apagada, su mente estaba perdida en sus pensamientos o mejor dicho en sus recuerdos.

Apenas hace media hora habían liberado a Isabel y ahora la castaña se hallaba recibiendo un chequeo por parte del doctor del lugar, mientras todos sus amigos estaban alrededor de ella, excepto Evelyn que se hallaba un poco más alejada, apoyada en el ventanal dándole la espalda a los demás.

Durante los días que estuvo la colombiana atada, ella se las había arreglado para llevarle comida y agua sin ser descubierta, además de hacerle compañía por un rato. La primera noche le resultó algo difícil evitar a los guardias, pero lo había conseguido, al llegar al patio tuvo la suerte de que Aaron fuera quien esa noche le tocara hacer guardia en la vieja torre que daba hacia el sector donde se hallaba Isabel. Así que este era el enamorado de su castaña amiga, la cual por alguna razón no le hacía caso, como se divertiría molestando a estos dos, claro cuando todo se mejorara, fue lo primero que pensó al reconocerlo, se tomó unos instantes esa noche para verlo mejor, notando que el joven debía tener su misma edad y estaba en buena forma, lo cual no era extraño considerado cuál era su trabajo.

Aunque al principio estuvo dudando entre confiar en él o no, al final optó por darle el beneficio de la duda al chico. Entre los dos se las arreglaron para llevarle comida, agua y hacerle compañía a Isabel, pese a que esta no le gustaba estar a solas con el militar, así estuvieron turnándose ambos jóvenes hasta que el castigo de la castaña acabo.

Ahora ese problema se había solucionado y la castaña aparte de estar algo insolada y entumecida, estaba bien. Ya sin nada que acaparara su preocupación y mente, la argentina no tenía nada que la distrajera de pensar en su amigo canino ni en sus desaparecidas amigas. Su mirada cada vez se hundía más en la nostalgia, pero ella se empeñaba en que nadie lo notara, el problema era que Isabel la conocía bien y sabía cómo descifrarla sin ningún problema, por ello ahora se encontraba dándole la espalda para que la castaña no se diera cuenta de su estado ya bastante había tenido que soportar estar atada a ese poste todos estos días como para que ahora ella le sumara sus problemas. Por lo mismo agradecía el fuerte olor a medicamentos que se respiraba en el lugar y el hecho de que Isa aun no supiera usar bien su desarrollado sentido del olfato, de lo contrario ya hubiera detectado sus emociones.

Pero ella bien sabía que no podía engañarse a sí misma, de que le servía aparentar ser fuerte cuando por dentro añoraba estar recostada en el lomo de Colmillo y dejar salir sus penas, añoraba estar con las hermanas Souza hablando de cualquier cosa o pasear por la selva; como odiaba estar aquí encerrada siendo una maldita prisionera de unos lunáticos cuando en estos momentos podría estar corriendo junto a Colmillo por la inmensa selva de Río disfrutando de la brisa veraniega, o lo que era aún más importante podría estar buscando a sus amigas, porque ella aun no perdía las esperanzas de volverlas a ver con vida, aunque muy en el fondo sabía que era muy posible que no las hallara como ella deseaba. Pero estando tan lejos de Brasil y sin saber cómo volver, esas esperanzas iban menguando y el correr de los días no ayudaba para nada.

"No sé cómo, pero de un modo u otro iré a ver a Colmillo, necesito saber que está bien, que no he perdido a otro ser querido —pensaba con desesperación y un nudo en la garganta—. Aun no sé cómo, pero de alguna manera escaparemos de este lugar, no pienso esperar a que alguno de mis amigos pierdan la vida por culpa de estos tipos" —su mirada había cambiado por una de pura determinación mientras observaba a lo lejos como una bandada de pájaros surcaban el cielo gris. Apretó con fuerza sus puños dispuesta a hacer lo necesario por proteger lo poco que le quedaba.

Esta acción no pasó desapercibida para Isabel que de reojo miraba a su callada amiga. A su lado estaban todos sus amigos e incluso Aaron, le preguntaban mil cosas, que si estaba bien, que si le dolía algo y la verdad ya la estaban comenzando a molestar con tanto parloteo, pero bien sabía que ellos no lo hacían con mala intención, sólo estaban preocupados por ella. Sin embargo, al estar contestando las constantes preguntas de sus amigos no había tenido tiempo de hablar con Evelyn desde que la liberaron y sabía que algo debía de estar molestando a la pelinegra para estar tan callada, incluso más de lo usual.

No tenía que ser una genio para saber que era lo que pasaba por la mente de la mayor, porque ella misma deseaba estar lejos de aquí. Además, sabía que la chica extrañaba al gran lobo blanco que siempre le hacía compañía, sin contar que aún no encontraban a las hermanas Souza, pero siendo sinceros las posibilidades de volverlas a ver eran escasas. Pero si de algo estaba segura es que tanto ella como Evelyn harán hasta lo imposible por escapar de este lugar, porque viendo como estaban las cosas si seguían aquí más tiempo, alguna de ellas perdería la vida…

La cuenta regresiva comienza…

Continuara…


Hola que tal? Ya casi dos meses sin actualizar mis fics, pero en mi defensa diré que las clases comenzaron y estoy al tope de tareas y trabajos sin mencionar los exámenes que no he tenido el tiempo que quisiera para dedicarme a mis hobbies: dibujar y ¿escribir? En compensación por esta larga espera les traigo aquí un cap. Mucho más largo que los anteriores. El final no me convenció mucho pero ya no tengo ganas de reeditarlo otra vez y ya es muy tarde. Tengo sueño T-T

Para la tortura de Evelyn tuve que investigar bastante sobre los nazis y como actuaban con sus prisioneros (quede algo traumada con algunas de sus torturas y como asesinaban a los pobres prisioneros)

James F. Ryan (Matt Damon) aquí su personalidad será la misma que en la película Un zoológico en casa, incluso tendrá los mismos hijos que en esta película, su look será el mismo sólo que aquí tendrá el cabello corto y será militar así como el mejor amigo del doctor Chris (Will Smith).

Muchas gracias a josselinearreola por darle una oportunidad a esta ¿alocada? historia ^-^

Cualquier sugerencia, comentario o crítica constructiva son más que bienvenidas. Sólo faltan unos cuatro o cinco capítulos más para que esta parte del refugio termine y empiece la parte donde saldrá el grupo principal de la serie. HURRA, estoy ansiosa por escribir de ellos *w*