Aclaraciones: «Pensamientos». Voz de Cordelia dentro de la cabeza de Ayato. Quizá lo siguiente parezca confuso, pero todo quedará claro en el capítulo seis (... espero).


V. Ya no vas a estar triste

Sakamaki Ayato abrazó más sus rodillas, tenía hambre, pero Cordelia no le daría más alimento ni sangre.

Llevaba encerrado dos semanas en el sótano de la mansión, específicamente en una habitación con olor a podrido y que apenas era iluminada por unas cuantas velas.

Temblando, deseó que su madre al menos le hubiera dado una cobija, o bien, unos cuantos minutos para alcanzar a ponerse más suéteres (Eres un sangre pura, ¡deja de comportarte como un patético mortal!), vergonzoso, realmente vergonzoso, era un vampiro, pero no podía controlar las sacudidas de su cuerpo, con un comportamiento tan débil era claro el porqué Cordelia se hallaba tan enfurecida, el pelirrojo aún tenía grabada la mano de su mamá en la piel de uno de sus brazos, de tan fuerte que lo sujetó y arrastró para llevarlo hacia su castigo.

Un fracaso, Ayato lo fue durante seis meses, francamente le sorprendió que Cordelia aguantara tantos días su mediocridad.

«Pero es que "ella" ya no regreso». Pensó, cerró con fuerza los ojos y tragó el nudo en su garganta. No tenía caso llorar por Gabriel, que lo dejó solo aunque le prometió que nunca lo haría. Ayato estaba acostumbrado a aguantar sus lágrimas, porque solo los débiles lloraban, eso siempre se lo recalcaba su madre, y él que solo deseaba enorgullecerla, aprendió que si respiraba hondo y tarareaba un rato conseguía que su corazón dejara de molestar.

O al menos por pocos segundos lo hacía.

Tembló más. Se cuestionó qué hubiera ocurrido de aceptar la propuesta de Gabriel en su momento. «Quizá estaría en un lugar lejano, pero mejor, mucho mejor»; volvió a pasar sus manos por sus mejillas, limpió una y otra vez, pero su rostro no dejaba de ensuciarse, «maldición, maldición, maldición».

Él no debió apegarse, pero cuando no tienes nada a lo que aferrarte es tan fácil encajar los dedos en cualquier cosa, tan desesperado que las malas ideas toman calidez y se transforman en estrellas.

¿Pero esto a dónde lo llevo? A fallar (solo, tan solo que concentrarse y cumplir con sus responsabilidades fue imposible), y ahora ni siquiera era capaz de ver más a sus hermanos, los últimos tres meses Cordelia le prohibió todo tipo de contacto con los demás, así, su madre (la única que le recordaba que no era un fantasma el cual todos atravesaban) solo lo vería con decepción e irritación, abriría sus labios rojos solo para arrojar cuchillos directo a su pecho.

—Ayato.

«Esa voz».

Su corazón se estrujó y la oscuridad del cuarto se volvió más tenue.

—Espero te guste lo que te traje.

El mayor de los trillizos dejó de esconder su cabeza en sus rodillas cuando algo cayó sobre sus hombros: Una cobija.

Gabriel regresó.

No está solo, no está solo, ¡no está solo, ¿verdad?!

Incluso "ella" había traído un gran plato de comida y una bolsa de sangre, probablemente como disculpa; se aferró a la tela que amablemente Gabriel le ofreció, "ésta" estaba sentada a su lado y lo abrazaba, a él no le intereso lo sucia que se encontraba Gabriel.

Quizá, al igual que él, "ella" tenía su propia Cordelia, por eso se veía en mal estado.

Ayato no se enojó consigo mismo cuando su cara se manchó de nuevo, en su lugar compartió la cobija con Gabriel.

—Ya, ya, ya, no te preocupes, regrese por ti —lo consoló, una vez que Ayato terminó de comer y sus sollozos aumentar de volumen. Pasó una mano sobre el cabello del vampiro acariciando suavemente la cabeza de éste —. ¿Ya pensaste bien las cosas?, ¿dirás que sí?, ¿tomarás mi mano?

Ayato Sakamaki estaba mal, cansado de llorar y esperar que un día Cordelia realmente lo mirara, así que apoyándose en Gabriel, contestó:

—Acepto.

—Muy bien, dolerá un poco al principio, pero pasará rápido.

Gabriel lo abrazó brevemente y sucedió. "Ella" puso las manos en las mejillas de Ayato y besó sus labios. Para cuando se dio cuenta de lo que sucedió, era tarde, él ya había tragado sangre, una sangre con sabor extraño.

Todo su cuerpo tembló y ardió. Gritó, gritó tan fuerte que seguro su dolor resonó por toda la mansión; se retorció cuando sus huesos se rompieron y tomaron una nueva forma, cuando la piel que los cubría comenzó a caer y él se pintó en rojo.

En ningún momento Gabriel dejó de sostenerlo.

«Respirar, no puedo respirar, ¡no puedo!».

Fue levantado del suelo, y después, casi a punto de rendirse y que la oscuridad lo atrapara, fue lanzado.

Ayato se relajó, sintió su cuerpo más pesado, pero curiosamente también podía moverse de manera más ágil. Todo era azul, ese azul tocaba sus heridas y las sanaba. Dejó que ese color lo arrullara, al igual que la voz a la que tanto se encariño y parecía que la tuviera cantando justo en su oído.

Rio, era como estar en las nubes.

Sonriendo, Ayato sintió que por fin había encontrado su verdadera casa.


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