Capítulo 2: Visita inesperada

¿Qué había sido de aquel sueño? ¿Qué quedaba de aquella ambición suya por ver el océano? Ya nada importaba. Ya no tenía con quien compartir esos momentos. Su vida volvía a no tener sentido. Solo que esta vez no aparecería nadie para ponerle una bufanda alrededor del cuello. Era triste. Pero aun así seguía creyendo que había vivido una buena vida. Una vida dolorosa, y llena de crueldad; pero a la vez una vida hermosa. En su recuerdo quedarían aquellos días donde permanecieron unidos, y protegiéndose entre los tres sin pedir nada a cambio. Aquellas largas charlas sobre el exterior, las discusiones que tenía con Eren acerca de la sobreprotección del mismo, el duro entrenamiento por el que pasaron juntos…

Si esta pérdida hubiera ocurrido en otras circunstancias, ella seguiría luchando, por Eren y por Armin. Pero ahora que esa lucha había concluido, no tenía razones para continuar viviendo. Sabía perfectamente que si Eren hubiese muerto mucho antes, ella hubiera dado hasta su último aliento combatiendo a los titanes junto con la legión de reconocimiento. Todo lo que hubiese sido necesario para cumplir con la venganza de Eren. Sin embargo, eso ya quedaba muy lejos. No sería soldado nunca más. Los titanes habían desaparecido. Ahora no era la mujer más fuerte de la humanidad. Ahora solo era una chica débil y solitaria.

Debía reconocer que cuando Hanji entró en la enfermería y le anunció que ahora eran "héroes de guerra", estuvo a punto de levantarse y golpear a la cuatro-ojos. ¿Qué pasaba con todos los reclutas que habían muerto en combate? ¿Qué pasaba con Eren o Armin? ¿Ellos no eran héroes también? No merecía más reconocimiento que cualquiera de ellos. Había estado en esa maldita cama durante días, sin poder moverse. Lo último que quería era recibir visita. Y menos de esa mujer. Ella había ideado junto con Erwin el "asalto final", o así lo llamaban. Esos dos tenían planeado usar a Eren y a los demás reclutas a su antojo. La odiaba. Y encima le vino con eso de que la recompensaban con una casa. Nada podrá compensar el dolor que estaba destinada a sufrir por el resto de su existencia, nada podría sustituir la mirada sincera de Armin, o la sonrisa ambiciosa de Eren. Estaban locos si pensaban que iba a aceptar aquella clase de limosna. O eso pensó entonces. No obstante, una pregunta se había formulado en su mente: ¿Dónde viviría a partir de ahora? Antes de verse en esta situación, ella junto con sus compañeros se alojaban en el castillo que hacía de hogar para la legión de reconocimiento. Ahora no estaba muy segura de lo que pasaría con ese castillo, pero era obvio que ya no serviría como cuartel para nadie. La legión había desaparecido para siempre.

Por esa razón, Mikasa decidió aceptar la ofrenda después de mucho tiempo de meditación. Necesitaba un lugar donde nadie la molestase durante el resto de su vida, donde pudiera malgastar lo que le quedaba de ella; esa sería su particular penitencia. Al fin y al cabo, ya no le quedaba ningún amigo, y la presencia de otras personas le irritaban muchísimo. Allí conseguiría que todos la olvidaran y la dejasen en paz, no quería la compasión de nadie, y mucho menos el agradecimiento de desconocidos por haber luchado para liberarles.

Y allí se encontraba ahora, en aquella casa perdida en mitad de ningún sitio. A oscuras en la silenciosa noche. La casa le recordaba mucho a lo que ella llamaba hogar cuando era niña, a aquella casa en las montañas donde vivió junto a sus padres hasta que estos fueron asesinados. Incluso tenía un pequeño jardín colmado de flores en la parte trasera. A la izquierda, un bello lago adornaba el paisaje. La luna se reflejaba todas las noches en ella, creando una visión de ensueño. Más atrás solo se veía campo. Estaba completamente aislada en un lugar al exterior del muro. Rodeada por montañas, la casa estaba en un llano que no tenía ninguna señal de haber sido anteriormente transitado por los titanes. El aire puro que se respiraba allí no tenía nada que ver con el viciado aire que apenas podía inhalar dentro de las murallas. Mikasa se preguntaba sobre el origen de esa casa. No entendía muy bien si la habían construido con el fin de dársela a ella, o simplemente se la encontraron luego de la liberación y aprovecharon para entregársela a aquellas personas que ellos llamaban "héroes de guerra", solo para mantenerles ocupados, para que no supusieran ningún problema para el nuevo régimen. La primera opción parecía poco probable, debido en parte al poco tiempo que habrían tenido para construirla, y en parte por el estado del interior de la vivienda.

Cuando la policía militar la había acompañado hasta el lugar descrito, se habían ido inmediatamente, dejándola sola en aquel extraño sitio. Utilizó la llave que le habían entregado anteriormente para abrir la puerta de la enladrillada casa. Era una casa bonita por fuera, mas no pudo imaginar en qué estado se encontraba por dentro: la casa estaba completamente vacía, con telarañas por todas partes. Aquello parecía una pocilga. Exploró la casa, descubriendo en la planta baja una cocina abierta a una especie de sala de estar y una habitación pequeña escondida detrás de las escaleras. En la planta de arriba dos habitaciones de tamaño mediano y una pequeña azotea. Eso era todo. Sin embargo, ella viviría sola, no necesitaba mucho más que eso.

Desde que llegó a esa casa, no había tenido las suficientes ganas como para limpiarla, o amueblarla. Solo había pasado los días tumbada en la habitación con una vieja manta que se trajo consigo. No había comido durante tres días. Se sentía enferma. Ni siquiera se había curado las heridas que todavía poseía en el vientre, como tanto insistió la enfermera cuando la dejó marcharse.

Ahora en la noche, ni siquiera podía dormir pensando en todo lo que había pasado los últimos días. Por su cabeza había pasado la idea de suicidio. Pero, ¿qué hubieran pensado Eren y Armin respecto a eso? Hubieran pensado que era una cobarde. Ella no iba a rendirse. Aun así, no sabía en que invertir su tiempo, es decir, ya no tenía ningún propósito. Ni siquiera tenía nadie con quien hablar sobre estos temas. El único compañero que le quedaba de su generación era Jean. No tenía una muy buena relación con él. Eren siempre le insistía en que el chico estaba enamorado de ella, pero ella lo ignoraba. Tenía otras preocupaciones más importantes que esa, como por ejemplo no morir durante alguna misión, o proteger a Eren y a Armin a cualquier precio. No había espacio en su vida para nadie más. Sin embargo, ahora la cosa era diferente. Ya no había nada ni nadie que ocupase su tiempo, ni su vida. No sabía que había sido del tal Jean después de la batalla, y no estaba segura de que le interesase mucho el paradero del chico. Siempre había sido un incordio para Eren, y entonces también para ella. No obstante, recordó la misión en la que la salvó de un policía militar que intentó dispararle una vez, hacía ya mucho tiempo. Después de todo, puede que no fuese tan mal chico.

Mientras seguía con sus pensamientos sobre Jean, que no sabía muy bien como habían empezado, un ruido en la planta de abajo interrumpió toda reflexión existente. Eran las dos de la madrugada, no había ni una luz en aquella casa, todo estaba parcialmente a oscuras. La luz de la luna era la única que iluminaba ciertos puntos de la casa. ¿Qué podría ser ese ruido? Pensó que tal vez podría ser algún animal merodeando por los alrededores. Mikasa, sin ninguna prisa, se levantó del suelo. Cogió una de las cuchillas que utilizaba anteriormente para matar titanes. Se las había quedado ilegalmente, la legión las requisó todas, por su propia seguridad. Con la cuchilla en la mano, bajó sin hacer ruido por las escaleras. Apenas podía vislumbrar nada. Debería haber conseguido alguna vela o candil para ese tipo de ocasiones. Sigilosamente fue hasta la sala de estar, extendiendo la cuchilla, adoptando una pose más defensiva.

De pronto, una voz hizo que la chica se girase inmediatamente, moviendo el brazo que sostenía la cuchilla, logrando así que esta se quedase justo por encima del hombro del sujeto que había entrado a su casa de improvisto, rozándole el cuello, esperando un movimiento de este para cortárselo si era necesario.

—Maldita sea, Ackerman, ¿así es como tratas a tus invitados?

Lentamente bajó la cuchilla. De alguna forma sabía que ese hombre no era una amenaza para ella.

—¿Qué hace aquí?—Mikasa no entendía porque él había entrado a su casa de esa forma. La luz de la luna entraba por la ventana. Observó cristales sobre el suelo. Levi había roto la ventana para entrar dentro de la casa. Ese hombre estaba loco.

—Esto está hecho un asco—fue lo único que dijo el sargento Levi, mientras sacaba su mochila, una antigua mochila de la legión de reconocimiento, unas cuantas velas, que con ayuda de una cerilla fue encendiendo y colocando en lugares estratégicos de la casa.

Una vez que podían verse completamente las caras, el sargento observó detenidamente a la chica. Esta estaba muy demacrada. Había perdido tono muscular, se veía extremadamente delgada, su pelo estaba hecho un desastre, y sus ojeras tampoco ayudaban mucho. Se fijó en la ropa que llevaba: una camisa blanca manchada y roída, y unos pantalones marrones muy parecidos a los que habitualmente usaba en la legión. ¿Pero cuantos días llevaba con la misma ropa? Estaba claro que la chica necesitaba ayuda.

—Estás horrible—Levi no daba crédito al estado en el que había vivido la chica esos últimos días. Debería haber llegado muchísimo antes. Entonces el hombre volvió a meter la mano en su mochila de cuero, para sacar unos cuantos utensilios de limpieza. Mikasa no podía creer lo que estaba sucediendo. El capitán se había colado en su casa a las dos de la madrugada para… ¿limpiarla? Y encima le había dicho que estaba horrible.

El capitán comenzó a retirar las telarañas de los rincones, a limpiar las paredes a mano y retirar toda la porquería del suelo. Quitó los cristales del suelo, con cuidado de no cortarse. Mikasa sin dejar ver ninguna clase de emoción en su rostro, volvió a subir las escaleras, dejó la cuchilla apontocada en la pared del pasillo y entró a su habitación cerrándola a su paso. Se tumbó en el suelo y se tapó con la manta hasta la cabeza. ¿Qué quería ahora ese hombre? Tenía claro que cuando llegase la mañana, y la luz del sol estuviera de vuelta, lo echaría de su casa. No tenía ganas de ver a nadie. Quería estar sola recordando lo que fue y nunca será. Si por ella fuese, seguiría el resto de su vida debajo de esa manta, con sus pensamientos, sin la necesidad de hacer algo más. Ahora debía dedicar su vida a recordarlos y nada más. No se suicidaría, no podía ser así de cobarde, pero esperar allí lentamente a la muerte no se veía tan mal después de todo. Cerraba los ojos con mucha fuerza para intentar dormir de una vez por todas, pero eso no iba a ser posible. Necesitaba descansar de una maldita vez. La cabeza le dolía, y la visita del sargento solo era otra preocupación más para ella. Había invadido su intimidad. Había entrado a esa casa que se suponía que iba a ser únicamente pisada por ella.

Aunque después de todo, quizás lo único que necesitaba era la compañía de alguien. Temía volverse loca, y a ese paso, ese sería su final. Sí, considerándolo mejor puede que hablar con alguien fuese bueno. Y él era el único que podía comprenderla y escucharla sin mirarla de la forma en que todos la miraban ahora, compadeciéndose de ella. Así que cuando llegase la mañana hablaría con él, y después le pediría que se fuera. Al fin y al cabo, él era el único que justo después de aquello le había conseguido aliviar un poco ese gran dolor. Todavía tenía en el bolsillo de la camisa aquellos trozos de tela que les había arrancado de los uniformes. Allí, junto a su pecho, estarían por siempre.

El sol resplandecía en el cielo. Un nuevo día había comenzado. Mikasa había conseguido dormir esa noche. Había descansado por fin. Sentir la presencia de Levi en la planta de abajo le había hecho sentirse segura. No sabía por qué, pero a su lado se sentía más tranquila, como si justo cuando se veían, instantáneamente compartiesen el peso de las espaldas del otro.

Bajó decidida por las escaleras, y lo único que encontró fue la casa reluciente. No había rastro de él. Parece que se había ahorrado el pedirle que se marchara de la casa. Sin embargo, había admitido necesitar hablar con él. Mikasa paseo por toda la planta baja. Estaba impecable. Sabía que el sargento se caracterizaba por su obsesión con la limpieza, pero esto sobrepasaba el límite. Iba a ser verdad que solo había ido hasta allí para limpiarle la casa. Salió para ver si estaba allí, en el jardín, pero nada. Entonces se acercó al lago, descubriendo que definitivamente se había marchado. Se arrodilló y metió las manos en el lago. Se lavó la cara y cuando miró su reflejo, comprendió porque el sargento pensaba que estaba horrible. Sintió pena de sí misma. Decidió entonces ir de nuevo a la casa para asearse como era debido. Allí, pasó bastante tiempo en la ducha y se puso el único cambio de ropa que había traído consigo.

Cuando estuvo completamente limpia, fue hacía la cocina, pero descubrió que no había nada para comer. Ella no se había preocupado de conseguir nada para llenar su estómago en los últimos días. Por eso salió de nuevo al lago. Allí había algunos árboles frutales. Arrancó un par de frutos de aquellos árboles colmados. Se sentó en una roca y comió tranquilamente.

Fue entonces cuando observó a lo lejos, en el pequeño camino que había entre dos montañas, un hombre conduciendo un carro, tirado por un caballo. Se levantó de su asiento y se acercó al camino para comprobar de quien se trataba. No podía ser otro que Levi.

Levi paró el carro cuando estuvo justo al lado de la muchacha.

—Veo que por fin te has aseado. Ayúdame a entrar esto—Mikasa observó atenta lo que el carro estaba transportando. Se trataba de una mesa de madera con un par de sillas, una cama, con su colchón, una mesita de noche y un armario de pequeño tamaño. Levi se bajó del carro de un salto. Se subió a la parte trasera del mismo y empezó a cargar el mobiliario. Mikasa, obedeciéndole, le ayudó a transportar hasta la casa todos los muebles. Eran ambos muy fuertes, aquello era una tarea fácil para los dos.

Cuando todo estuvo colocado Levi sacó de su mochila unas cuantas prendas de ropa, y algo de carne. También sacó una especie de botiquín con medicamentos. La chica observó cómo iba colocando cada una de las cosas. Cuando todo estuvo en orden, el hombre se secó el sudor de su frente. Llevaba toda la noche trabajando, estaba agotado.

—G-gracias—Mikasa debía agradecerle. Si no hubiese llegado a tiempo, tal vez se hubiera vuelto loca, sin comer ni dormir, en ese estado de dejadez en el que se había sumido después de aquel trágico día. Él solo pudo observarla expectante.

Levi había ido a esa casa con un propósito. Él debía ayudarla a salir de ese estado en el que se encontraba después de la muerte de sus amigos. No importaba lo que tuviera que hacer para conseguirlo.

Entre ambos se creó un silencio, que bien podría haber sido incómodo, pero no lo fue. Sabían que ambos eran personas de pocas palabras. Mikasa se sentó en una de las sillas que había traído Levi. Él la siguió, y se sentó justo al lado de ella, alrededor de la mesa.

—No deberías haber…—pero Mikasa fue interrumpida por él. A ella no le gustaba esa clase cosas. Ella siempre había sido la que no necesitaba ayuda, y ahora, en estas circunstancias… se sentía extraño.

—Mikasa—nunca la había llamado por su nombre. Era raro. Él siempre había sido su superior, y ella su subordinada. El nombre resonó en toda la casa—A partir de ahora estaré a tu lado.

Mikasa no sabía muy bien cómo interpretar eso. Sin embargo, esas palabras fueron suficientes para que sus ojos comenzaran a derramar lágrimas lentamente. Ella era una chica muy fría, que no mostraba sus sentimientos. Pero con él era diferente. Algo la hacía ser completamente sincera con él, y viceversa.

Levi la abrazó delicadamente. Cuando estaban juntos, esa coraza de inexpresión y frialdad desaparecía en ambos, haciéndoles actuar de aquella manera tan franca, tan natural. Quizás era el destino, que había conseguido unir a dos personas rotas, para arreglarse mutuamente.


Notas: Espero que os guste como va transcurriendo la historia. Cada vez que leo los comentarios, lo hago con una ilusión desmedida. Me alegra mucho que hayáis disfrutado del primer capítulo. Esta es la primera vez que escribo una historia y la publico aquí, así que posiblemente peque de novata en muchos aspectos. Así que os ruego que tengáis paciencia conmigo, porque poco a poco iré puliendo esos defectos que todavía cometo a la hora de escribir.

Un abrazo,

MKiller