Capítulo 3: Heridas
Definitivamente el capitán Levi estaba mostrando una parte de él completamente distinta a la que normalmente ofrecía. Después de haberse fundido en aquel tierno abrazo con ella, le había expuesto de una vez por todas sus planes: quedarse en esa casa hasta que Mikasa estuviera completamente recuperada. No solo a nivel emocional, por la muerte de Eren y Armin, sino también a nivel físico. Aunque había pasado algo más de una semana desde que aquel titán le había causado esas heridas, Levi estaba seguro de que estas no habían mejorado debido a la desgana de la chica. Por esa razón había traído consigo aquella caja con vendas, ungüentos y demás elementos médicos.
Levi planeaba volver a la muralla a por los otros muebles que tenía en mente comprar. Pensó que sería buena idea que la chica saliera de aquel valle, en el que había pasado todo su tiempo desde que se marchó de la enfermería de la legión. Por eso la animó a acompañarlo y subirse con él en el carro que había dejado en la puerta para reanudar su tarea. Mikasa no muy convencida, solo asintió, bajando la mirada. Ambos salieron por la puerta. Levi se subió fácilmente, cogiendo las riendas del caballo. Mikasa apoyó un pie en la carreta para coger impulso. Levi observó como el cuerpo de la chica se arqueaba disimuladamente por el abdomen ante tal esfuerzo. Ahí Levi corroboró su teoría. Las heridas de la chica todavía le suponían un problema. En cierta forma le hacía gracia como ella enmascaraba ese dolor que debía estar padeciendo con su habitual inexpresión. Al fin y al cabo, era una chica dura, no iba a oír salir de su boca ningún lamento.
Así, ambos se encaminaron hacía las murallas, en un viaje silencioso, pero agradable. Se dirigieron hacía los muros, donde unos cuantos mercaderes habían aprovechado para vender los muebles de las casas que habían sido abandonadas a causa de la liberación. Muchas personas habían dejado atrás su vida dentro de los muros para embarcarse en una nueva aventura en el exterior, partiendo de cero. Y los comerciantes tomaron ventaja de esa situación y vaciaron esas casas para vender todo lo que en su interior albergaban.
Llegaron cerca del mediodía, y el sol resplandecía en los más alto del cielo. Levi se bajó del carro y se acercó a uno de los puestos improvisados que un hombre, ya entrado en años, había conseguido montar justo a la entrada de la muralla. En ese mismo puesto era donde anteriormente había comprado los demás enseres. Mikasa observaba subida todavía en el carro. Vio como Levi señaló unos cuantos muebles más y acto seguido, un par de mozos los colocaron en la parte trasera de la carreta. Levi sacó de su bolsillo unas cuantas monedas y le pagó al hombre, que le tomó la mano y se mostró gozoso. Levi, sin el menor síntoma de satisfacción, le retiró la mano de forma trivial. Volvió a subirse junto a ella y tomó de nuevo las riendas.
—Te lo devolveré—fue todo lo que dijo Mikasa, que se sentía algo violenta al permitir que aquel hombre gastase su propio dinero en ella. Sin embargo, a él no le importaba invertir el poco dinero que le quedaba en la felicidad de Mikasa. A fin de cuentas, él había decidido dedicar su vida a ella por ahora.
Cuando regresaron a la casa, Mikasa se bajó del carro de forma brusca. Entonces, se llevó la mano al vientre, respondiendo al dolor que la herida le provocó al realizar aquel esfuerzo. Mikasa se percató de que Levi se había dado cuenta de este gesto y se recompuso, enderezándose de inmediato. No podía dejar que Levi supiese el estado de sus heridas, ya que se preocuparía por ella e intentaría curárselas. Y no quería ser una molestia para él.
Mikasa entró a la casa, dejando a Levi solo transportando las últimas compras: otra cama con un colchón y un escritorio con su silla. La chica notó que le dolían las heridas más que antes. Cuando bajó la vista se dio cuenta de que estaba sangrando, y su camisa se había tintado levemente de un rojo intenso. Parecía ser que, al bajarse del carro, se le habían vuelto a abrir sus heridas. Antes de que Levi entrara por la puerta, subió por las escaleras cuidadosamente. Entró al baño y allí se quitó la camisa. Debajo de esta habitualmente llevaba una camiseta interior de tirantes, la cual también retiró, empapada de sangre. Se observó en un pequeño espejo que había encima del lavabo. Era lo único que decoraba la pared de ese baño. Se vio reflejada en este, con las vendas del abdomen manchadas de sangre y más arriba, las vendas que normalmente cubrían sus pechos.
—Mikasa…—Levi había entrado al baño, siguiéndola por el raro comportamiento de esta. Allí, se la encontró cubierta de vendas, de espaldas a él. Aun así, podía ver aquel estropicio que adornaba su cuerpo reflejado en el espejo.
Mikasa no se sintió avergonzada porque el capitán la viera con tan poca ropa: había una extraña confianza entre ellos; sino por exponerse tan frágil ante él, repleta de sangre.
Levi avanzó hasta ella y le sujetó el brazo.
—Tengo que curarte eso—dijo de una forma autoritaria. No le importaba que Mikasa se opusiera a ello, lo iba a hacer quisiera o no. Levi bajó su mano que agarraba el brazo de Mikasa hasta la mano de esta y llevó a la chica hasta su dormitorio.
Levi sacó de un mueble, que él había colocado esa misma mañana, el botiquín con los utensilios médicos. Indicó a la muchacha que se acostase en la cama, y esta obedeció instantáneamente. Le dolía muchísimo, y aunque no le gustaba exponerse de esa forma tan vulnerable a nadie, sabía que necesitaba ser atendida inmediatamente.
Levi se sentó en el filo de la cama, pudiendo acceder al cuerpo de Mikasa, que ahora se encontraba tumbada boca arriba, con los brazos extendidos a los lados de su cuerpo. Antes de tocarla, Levi miró a Mikasa. Esperaba ver una expresión de desautorización en su rostro, la cual tenía pensado ignorar, pero no la encontró. En su lugar, Mikasa sostenía una mirada tranquila.
Entonces, Levi cuidadosamente quitó las vendas ensangrentadas del vientre de Mikasa, dejando únicamente las vendas que tapaban sus pechos. Levi se asustó ante aquella imagen: las heridas estaban mucho peor de lo que pensaba. Estas tenían un color que no era muy esperanzador, y el olor tampoco era buena señal. Observó que la herida se había abierto por uno de los extremos.
—Hay que coser—advirtió Levi, que volvió a mirar a Mikasa. En el rostro de esta no se observó miedo ni nerviosismo. Mikasa era una chica muy valiente. Había luchado contra los titanes en numerosas ocasiones, no iba a asustarse por un par de puntos de sutura.
Levi vació el botiquín sobre la cama, para tener una mejor visión de los utensilios de los que disponía. Cogió un par de gasas, que pasó por el abdomen de la chica suavemente para retirar la mayor cantidad de sangre posible. A continuación, vertió sobre la herida un líquido que ayudaría a desinfectarla. Aquello no fue muy placentero para Mikasa, que dejó ver por apenas unos segundos una mueca de dolor. Levi cogió la aguja y algo de hilo de seda.
—Esto va a doler—anunció Levi. Tenía que coserle la herida sin ninguna clase de anestesia, de la que normalmente se disponía en cualquier enfermería. Pero Mikasa era una chica orgullosa, ni siquiera cuando Levi clavó la aguja en su piel de porcelana se permitió soltar un quejido. Él intentaba ser todo lo cuidadoso que podía en ese momento, pero aquello no dejaba de ser doloroso.
Una vez que terminó de coser y vendarle el vientre de nuevo, puso todo de vuelta en el botiquín. Se disponía a levantarse de la cama, pero la voz de Mikasa hizo que siguiera en esa posición.
—Gracias—dijo la chica. Pero no fue un agradecimiento dulce y tierno. Ella no era así. Mikasa estaba muy seria—¿Por qué haces todo esto?
Levi se quedó unos segundos mirando fijamente la seria mirada de Mikasa. Entendía como tenía que estar sintiéndose en estos momentos. Tanto ella como él eran personas solitarias, personas capaces. Y el tener que depender de otra persona les suponía un problema. Pero él ya había tomado una decisión. Mikasa lo necesitaba, y él la ayudaría en todo lo que pudiera. Entonces se levantó de la cama y salió de la habitación. Mikasa se quedó tumbada en la cama, confundida. Nunca antes hubiera imaginado que el que antes había sido su capitán, ahora estuviese tomándose las molestias de hacer todo eso por ella.
Encerrada en sus pensamientos, Levi volvió a entrar por la puerta. Llevaba un vaso de agua en una mano; y en la otra algo que Mikasa no pudo llegar a distinguir.
—Debes tomarte esto—dijo Levi extendiéndole el vaso de agua y enseñándole lo que escondía en la otra mano: una pastilla—Te ayudará a dormir.
Levi sabía que, desde aquel incidente, Mikasa no había dormido como era debido, en consecuencia a los constantes pensamientos y recuerdos que no la dejaban en paz. Y ahora era de suma importancia para su recuperación que descansase el mayor tiempo posible. Por eso había buscado en su característica mochila de la legión unas pastillas para dormir que el de vez en cuando también usaba, sobretodo, cuando le venían a la mente esos recuerdos de los que una vez fueron sus amigos.
Mikasa aceptó la pastilla y se acomodó en la cama. Levi tomó una manta y tapó cuidadosamente a la chica. Mikasa ya notaba los párpados pesados por el efecto de la medicación, cuando Levi se acercó a ella, hasta que sus rostros quedaron muy cerca.
—Lo hago por ti—le susurró al oído, rozándole levemente la mejilla.
Mikasa ya estaba completamente dormida. Levi salió de la habitación y luego de la casa. Los muebles todavía se encontraban en la carreta, pero no se interesó por ellos en ese momento. Los colocaría más tarde. Se dirigió hacia la laguna, buscando algo de paz, donde se sentó en una roca cercana. Allí observando la luna y el reflejo que esta formaba en el agua, comenzó a recordar lo que había sentido al tocar la suave piel de aquella muchacha. Alzó un brazo en el aire, mirando así la mano con la que había acariciado el vientre de Mikasa cuando la curó. Cerró los ojos de pronto y rememoró de nuevo esas sensaciones. Era algo poco usual en él, dejarse llevar de esa forma. No podía negar que Mikasa era verdaderamente hermosa. Y su piel le había cautivado por completo. El contacto de sus pieles había sido electrizante. Al menos para él. Pero, ¿en qué estaba pensando? Él estaba allí con un propósito. Siempre la había admirado y respetado, y sabía que ese sentimiento era mutuo. Su relación siempre se había basado en eso. No tiraría por tierra todo eso por un delirio provocado tal vez por el cansancio. No obstante, no había existido mucho contacto físico entre ambos antes, y desde la primera vez que se abrazaron, parecía que sus cuerpos necesitasen cada vez más.
De alguna forma, sabía que esa relación poco a poco iba a hacerse más cercana. Y cuando eso pasase solo esperaba que ambos aceptasen las cosas tal y como sucedieran. Ahora era momento para que juntos, comenzaran a vivir de nuevo; por todos los años en los que sufrieron en silencio, por todos esos años en los que soportaron el peso de la humanidad a sus espaldas.
Notas: Parece que la historia poco a poco va avanzando. Espero que disfrutéis tanto de ella como yo disfruto escribiéndola. Ya sabéis que vuestros comentarios son bien recibidos. No dudéis ni un instante en compartir vuestra opinión, sea cual sea. Ya tengo unas cuantas ideas sobre como acabar el relato, pero todavía quiero aprovechar un poco más la trama.
Un abrazo,
MKiller
