EL CASO DE LA UNICORNIO ROSA
2
Christine
Hawkguard lo llevó lejos de ahí, hasta donde las calles suben por las laderas de las montañas. La Torre Roja parecía contemplar con pasividad toda la escena; a Shining Armor siempre le pareció tenebrosa.
Bufa para espantar todos esos pensamientos. Ahora mismo es cuando necesitar ser el mejor.
—¡Ibassim! —grita Hawkguard, a un joven lobo gris que vende papas fritas en una esquina cercana.
El lobo se gira, y sonríe levemente. Shining jamás ha estado cerca de un depredador así, y ver sus colmillos lo intimida. Sin embargo, la mirada del lobo es muy tranquila, como si fueran un oasis de tranquilidad.
—Efendi, mi nombre es Ibrahim —responde él, sonriendo alegre, y Shining siente que a pesar de su alegría, esa sonrisa también es una amenaza— ¿Desea papas fritas o una cajetilla de Redwood?
—Sabes que no fumo cuando estoy de guardia —dice el pegaso—. Pero ya que nombraste los cigarrillos Redwood, necesito que uses tu cerebro de canino y me digas los nombres de todos los clientes a quienes les vendiste esta semana. No intentes pasarte de listo, y sé que te acuerdas de todos tus clientes, así que quiero nombres o te vas directo al calabozo.
El lobo llamado Ibrahim se ríe, como si estuviera acostumbrado a que el pegaso lo amenazara así.
—Los cigarrillos Redwood son la peor marca de cigarrillos, efendi —dice él—. La mayor parte del relleno es cartón de vertedero, por eso es que son tan baratos. Sólo dos fumadores en esta ciudad son lo suficientemente idiotas como para comprarlos: usted y...
—Te tomaste muy bien que te llamara idiota —dice Shining a su sargento.
—Tiene derecho a llamarme como quiera —dice el pegaso—. Siempre y cuando colabore.
Ambos están caminando por un sector de la ciudad en donde el unicornio jamás ha estado. Para él, Canterlot siempre fue una ciudad magnífica, donde cosas como la tristeza se esfumaban rápido. Siempre vio alegría y luz en la capital de Equestria.
Hawkguard lo había llevado a barrios ocultos en las zonas posteriores a Canterlot, ahí donde la montaña se empinaba o bajaba, y en donde se amontaban las razas inmigrantes: grifos, lobos, ciervos, gamos, corzos, venados, toros, yaks, búfalos y demás criaturas del Mundo Conocido, todos igual de lejos de sus países. El sargento lo había llevado ver lo que todos prefieren ignorar.
El Pasaje Hawkeye es una estrecha calle que sube serpenteando por entre altísimas construcciones de al menos tres pisos. Es difícil saber cuando comienza una propiedad y comienza la otra, pues todas están unidas y con las fachadas sin pintar; Shining sabe con casi total seguridad que son compartidas por varias familias. En los porticos de puertan tan estrechas como la calle, algunos grifos están echados, fumando o practicando con sus instrumentos musicales.
Los grifos fruncen el ceño cuando ven a los Guardias Reales, pero se relajan cuando reconocen a Hawkguard.
—Parece que te aprecian por aquí —dice Shining, contemplando con tristeza las condiciones en que sobreviven. La calle ni siquiera está pavimentada y no ha visto ninguna tienda de alimentos.
—Los inmigrantes sólo esperan cosas malas de las autoridades —responde Hawkguard—. Sobre todo los carnívoros, ellos sí que nos temen.
—¿Cómo te ganaste su confianza?
—Los comprendí —dice él, de un modo tan cortante que Shining no se atreve a seguir preguntando. Hawkguard llama con el casco a un adolescente grifo, de cabeza roja y el resto del cuerpo negro. El unicornio calcula que tendrá unos cinco años más que Twilight.
—¡Diga, señor Hawkguard! —saluda alegre el grifo, cargando en su espalda una pequeña y vieja guitarra.
—Harek, mi buen informante —dice el pegaso, lanzándole un paquete de galletas que él atrapa en el aire—. Quiero que me digas en dónde vive un tal doctor Stein.
Al oír ese nombre, el grifo arroja de regreso el paquete de galletas, visiblemente asustado, y de inmediato ambos Guardias Reales se alarman.
—Disculpe, señor Hawkguard, pero mejor manténgase lejos de ese tipo —responde asustado Harek.
—¿Es alguna clase de gánster o algo así? —pregunta el pegaso.
—No, es algo peor, creo que es un caníbal o algo así. Mi mamá me prohíbe acercarme a su corredor.
—¿Caníbal? —pregunta sorprendido Shining Armor.
—O médico, no sé cuál de las dos opciones es peor —dice Harek, riendo un poco, probablemente para espantar el miedo—. La cosa es que por su corredor es normal que a los grifos se les pierdan las patas o las alas.
—Un traficante de órganos —murmura Hawkguard—. Está bien, Harek, no tienes que guiarnos, sólo dinos que corredor es y te quedarás con tres paquetes de galletas.
El grifo lo mira, y Shining Armor siente en su interior la batalla entre el miedo que le despierta ese sujeto, y las ganas de comer galletas. Oye como el estómago de Harek gruñe, y eso lo entristece.
—¿Para qué lo buscan?
—Creemos que se robó a una potranca —dice Hawkguard, y los ojos del grifo se abren como platos.
—¡Odín! ¿Por qué no me lo dijo al principio! —grita alarmado— ¡Vengan, vengan!
Frenéticamente, el potro los guía por estrechos callejones, donde toda clase de inmundicias se mezclan con la nieve y forman una repugnante costra blanda, que Shining Armor debe pisar. Harek y Hawkguard la evitan volando. Arriba hay varias cuerdas en donde piezas de ropa se secan, en su camino hay manadas de perros vagos y gatos que salen corriendo al verlo. De vez en cuando, un grifo en situación de indigencia, medio cubierto por cartones, alza su cabeza para verlos pasar.
De pronto, Harek se detiene, después de pasar por un callejón particularmente desierto, y señala una construcción exactamente igual a las otras.
—El doctor Stein vive en el cuarto de la izquierda —responde el grifo.
—Ten, muchacho, te las ganaste —dice Hawkguard pasándole una bolsa repleta de paquetes de galletas. Los ojos del grifo brillan, y recibe la bolsa, pero duda en irse.
—¿Me va a avisar si salvan a la potranca?
—Claro que sí, pero ahora vete, vete derecho a tu casa —dice el pegaso, y el grifo parte volando de inmediato.
El pegaso cierra los ojos unos segundos. Shining sabe lo que significa: se mentaliza para el combate.
—Vamos, chico, abre la puerta.
Shining Armor hace brillar su cuerno, y con un silencioso hechizo, abre la puerta. Lentamente, ambos Guardias Reales entran. El lugar está oscuro, y todo es muy estrecho y bajo, como pensado para ahorrar en espacio, sin embargo, no se escucha ningún sonido.
Hay muebles viejos, una alfombra raída, y en una habitación a la izquierda, se puede ver luz. Un fuerte olor a tabaco golpea su nariz. Ambos se acercan, y Shining repite ese hechizo. Hawkguard, con extremo cuidado, empuja la puerta.
Logran ver a un grifo, de espaldas, vestido con una bata blanca. Logran ver que está inclinado, observando algo sobre una mesa, que ellos no pueden ver. Una lámpara, a un lado de la mesa, lo ilumina.
—Interesante —dice el grifo, sacando un escalpelo—. Muy interesante. Veamos qué puedo hacer contigo...
—¡Suelta el cuchillo, anormal! —grita Hawkguard pateando la puerta. El grifo se gira, pero un rayo mágico de Shining hace que el escalpelo caiga al piso.
—¿Anormal? —dice sorprendido el grifo. Es algo más delgado para lo normal en uno, y usa unas gafas, que centellan de modo tétrico al recibir la luz. Además, ven que tiene cicatrices en el rostro y el cuerpo, lo que lo hace parecer más monstruoso.
—No te hagas el inocente. Shining, espósalo y dale una paliza.
Shining levita las esposas y las coloca en el grifo, quien decide cooperar. Hawkguard se acerca a la mesa, para liberar a la potra. Pero se lleva una gran decepción.
—¿Un pavo? ¿Es alguna clase de broma? —dice el pegaso, contemplando un ave atada a la mesa—. Realmente estás loco.
—Oficial, la ley equestriana permite a las especies carnívoras adquirir aves y mamíferos pequeños para comer —dice con calma el grifo.
—¿Acaso es abogado? ¿Es usted Franken Stein o es sólo otro grifo idiota? —murmura molesto.
—Sí, soy Franken Stein —dice el grifo, soltando una bocanada de humo— ¿De qué se me acusa?
—No se haga el inocente, ya se lo dije. ¿En dónde tiene a la potra?
—¿Qué potra?
—La que usted secuestró en la Plaza de la Torre Roja y que tiene encerrada por aquí —dice comenzando a abrir las alacenas y cada puerta de aquel lugar. El Doctor Stein se ríe.
—Estuve en esa Plaza, pero no me robé a la potra.
—Sin embargo, salió huyendo, de un modo demasiado nervioso para alguien que no está haciendo nada.
El pegaso camina hacia el grifo, y de un calculado manotazo, hace volar el cigarrillo al piso, sin tocar el rostro del Doctor Stein, y lo apaga de un pisotón, sin dejar de mirarlo a los ojos. Shining se siente intimidado, pues jamás ha visto a su sargento así.
—Oficial, creo que eso era gratuito —dice el Doctor Stein, ya notablemente molesto.
—Pues yo creo que no, matasanos —murmura el pegaso—. Algo viste o sabes, o estabas haciendo algo que te hizo huir, volando como una gallina.
—¿De dónde saca que salí huyendo?
—¿Qué clase de fumador tira al piso un cigarrillo casi nuevo? —dice el pegaso—. Shining, haz uno de tus famosos escudos mágicos, no quiero que nadie oiga ni interrumpa.
—¿Q-qué vas a hacer? —pregunta asustado el unicornio.
—Obtendré respuestas —dice él, serio.
Recoge el escalpelo, mientras Shining genera un domo mágico que cubre la habiación. Hawkguard se acerca al grifo.
—Dígame, ¿En su país se cocinan los pavos con bisturí?
—¿Por qué me pregunta eso? ¿Es usted xenófobo?
—Soy el policía malo, así que sí —dice haciendo un corte que libera al pavo. El animal, nervioso, corre por todo el lugar.
—Oiga, iba a cenar eso —se queja el grifo.
—¿También cena a sus vecinos? —dice el pegaso—. En este país y en todo el Mundo Conocido está prohibido.
—¿Quién le comentó eso? —dice el grifo, en un tono que impedía saber si está nervioso o furioso.
—La Guardia Real espía los barrios de inmigrantes —dice él—. Tenemos suficientes sospechas sobre usted como para llevarlo a la comisaría un buen tiempo.
El Doctor Stein lo mira, y luego intenta llevarse su mano hacia la bata, cuando Hawkguard lo detiene con un gesto.
—¡Quieto ahí! —dice el pegaso.
—Sólo quiero sacar un cigarrillo...
—Va a fumar todo lo que quiera cuando nos vayamos. Así que comienza a hablar, canario, ¿Por qué saliste huyendo?
—¿Quiere saber por qué escapé? Porque sabía que cuando llegaran los Guardias Reales, yo sería el principal sospechoso.
—O tal vez escapó con la potra.
—Ya le dije que no la secuestré —dice el grifo—. Pero vi quien se la llevó.
Al decir eso, ambos Guardias Reales casi podían oír el agua goteando por un lavabo roto. Hawkguard se acerca al grifo.
—¿Lo vio? ¿Y prefirió esconderse?
—Bueno, no lo vi exactamente. Sólo vi que tenía la cola y la crin negra.
—¿Sólo eso? ¿Al menos vio su especie? —dice molesto Hawkguard.
—En el tumulto, no vi nada. Sólo a una potra siendo cargada por un poni de crin y cola negra, y miles de páginas volando alrededor.
—Que poético —se ríe el pegaso—. Y entonces salió corriendo, en vez de tratar de detenerlo.
—Lo perdí de vista.
—Es usted todo un héroe —dice el pegaso—. Voy a revisar este agujero. Shining, vigílalo, y al menor movimiento lo fríes de un hechizo.
—Sí..., sargento —dice confundido Shining Armor.
—Yo no conozco hechizos de ese nivel —le explica a Hawkguard, una vez salen.
—Lo sé, pero él no —responde el pegaso—. Bien, ese horrible grifo no tenía a la potra, pero sabemos que un poni, ya sea terrestre, pegaso o unicornio, de crin negra, se la llevó mientras volaban varias páginas al aire.
—Todo eso no nos lleva a mucho —dice el unicornio.
—Sobre todo porque en la Plaza no hay un desastre así —dice pensativo Hawkguard—. Algo no tiene sentido. Pero, en fin, una crin negra es poco común, podemos verlos así de lo más fácil.
Los dos Guardias Reales caminan por la calle sin nombre, y Shining no sabe cómo regresar al Pasaje Hawkeye. Espera que su sargento sí sepa, pero lo ve tan confundido como él.
—Ese Harek..., debí decirle que se quedara
—Yo puedo guiarlos —dice una voz femenina, y de inmediato se voltean, alertas. Ven a una hermosa unicornio rosa, de crin rubia y ojos verdes, caminar hacia ellos. La misma que les avisó del secuestro.
—¿Nos está siguiendo? —dice molesto Hawkguard.
—Quiero que esa potra esté bien —dice la unicornio—. Puedo ayudarlos.
—Tal vez puedas ayudarnos a salir de aquí, pero nada más —responde el pegaso—. Esto no es trabajo para civiles.
La unicornio suspira, llenando la distancia con vaho. A través del vapor, parece un ser sobrenatural, y Shining se sonroja cuando sus ojos se encuentran con los bellísimos ojos de la unicornio. Hawkguard parece notarlo, porque se ríe.
—Los ayudaré de todas formas —dice ella—. No vi quien se llevó a la potra, pero sé que puedo reconocer a todos los ponis que estaban ahí.
—¿Está segura? —dice el pegaso.
—Segurísima —dice ella, y le guiña un ojo a Shining, haciendo que se sonroje aún más. El pegaso se ríe.
—¿Cómo se llama usted? —se atreve a preguntar el unicornio.
—Pueden llamarme Christine —dice ella, y le sonríe. Shining Armor no podría sonrojarse más, y Hawkguard no puede parar de reír.
