EL CASO DE LA UNICORNIO ROJA
4
El secuestrador
La noche se cierra sobre ellos, y Shining Armor revisa en el reloj del carro la hora. Apenas son las nueve y cuarto, y en la calle aún hay bastantes ponis que marchan cargados de bolsas. Sin embargo, comienza a sentir algo de frío, y un vaho tibio sale de su interior cada vez que respira. Christine, al parecer igualmente con frío, se abraza a él, y el unicornio ya ha perdido la cuenta de todas las veces que se ha sonrojado ese día.
—¿Hacia dónde vamos, Hawkguard? —pregunta Shining Armor.
—Vamos de regreso a la Plaza de la Torre Roja —informa el pegaso, confundiendo a ambos.
—¿Por qué? —se atreve a preguntar Christine.
—El grifo dijo que el secuestrador encubrió su huida lanzando hojas al aire, y el pegaso dijo que vio hojas de diario, pero el lugar estaba totalmente limpio. Hay mucho que no cuadra, y sé quién tendrá algunas respuestas.
—Yo vi a varios ponis leyendo diarios —dice Christine, acomodándose en el carro de patrulla.
—¿Cuántos tenían crines negras? —pregunta el pegaso.
—Tres —contestó ella, con notable tristeza.
Hawkguard bufa mientras reflexiona. Las pistas están muy dispersas, pero tiene la sensación de que todo está demasiado cerca. Alza la vista hacia la Torre Roja, como pidiéndole consejos, pero la antigua construcción permanece en silencio.
Silencio.
No es normal el silencio en Canterlot y menos con el Día de los Corazones Cálidos tan cerca. Debería haber luces por toda la ciudad, grupos de ponis cantando villancicos, ponis yendo de un lado a otro a visitar a sus amigos. Ni siquiera son las diez.
Pero la Torre Roja es así. A su alrededor impera el silencio, como si solo permitiera el bullicio en la plaza que lleva su nombre, la favorita de Hawkguard. Todas las otras plazas son muy comunes, están destinadas a ponis que sólo quieren divertirse. Pero no la Plaza de la Torre Roja, esa no. pertenecía al silencio. A los pensadores, a los soñadores, a los artistas, a las almas atormentadas, a las almas que deseaban reencontrarse con el pasado.
Él, antes de ser Guardia Real, quería ser un escritor de novelas policiales. Pero sus padres le vieron un gran futuro en el Ejército, y lo colocaron dentro de los Regimientos de auxiliares, en el Decimoséptimo Regimiento, conocido como los Plumeros. Ahí lo vieron apto para entrar a la Guardia Real. Así vigiló las calles de Canterlot por largos años, incluso fue compañero del actual Capitán General, Fallen Arrow.
Y no se arrepentía de nada. Sólo de las cosas que le habían obligado a hacer, como participar en la intervención en el Doab. Ahí vio el sufrimiento de tantas criaturas, tuvo que contemplar el fuego y la desesperación. pero hizo grandes amigos, como un joven pegaso llamado Gale Travel Wing, muy parecido a Wandering Wing; y el poderoso Applewood, que hace años lo había invitado a una fiesta, en homenaje al nacimiento de su sobrina, Applejack. Desgraciadamente no había podido ir.
Se había perdido demasiadas cosas, y tener hijos era una de esas cosas. Siempre había querido uno, pero los médicos ya habían dicho que su esposa no podría concebir. Ambos habían sufrido mucho por eso, y hace poco habían iniciado los trámites para adoptar un bebé.
No es padre, pero lo será, y la potra desaparecida no puede desaparecer de sus pensamientos. Está seguro de que no descansaría hasta hallarla.
—Voy a comprar unos litros de café —dice él, contemplando la plaza. Ve a Ibrahim, el lobo gris, sirviendo café a una pareja de ponis que él reconoce. Wandering Wing y Daring Do. Ve también a un pequeño grifo cargando un carrito lleno de papeles y cartones. Es Harek.
Camina hacia al lobo, y se gira de reojo para ver cómo se llevan Shining Armor y Christine. La bella unicornio toma el casco del Guardia Real, y él se sonroja mucho. Hawkguard se ríe, Shining Armor le recuerda mucho a él en su juventud.
—¡Señor Hawkguard! —saluda alegre el lobo— ¿Desea café o alguna otra cosa?
—Oiga —dice molesta Daring Do— ¿Nos está siguiendo? ¿Busca una excusa para arrestarme? ¡Sólo estoy tomando café!
—Darling, por favor —susurra Wandering nervioso, tocando su hombro.
—Wandering —susurra ella girándose, y añade con una voz mucho más baja—. No me digas "Darling" frente a este zoquete.
—El señor Hawkguard es de lo más elegante —dice riendo Harek, dejando con cuidado una taza de leche con chocolate a un lado del piso.
—No vengo a arrestar a nadie —dice riendo el pegaso—. Ibrahim, dame un termo lleno de café, voy a tener una noche llena de actividad. Hey, Harek, ¿No deberías ir a tu casa? Es tarde.
—Trabajo juntando reciclables —dice él de buen humor—. Mi mamá dice que debo hacer algo para ganar dinero, este es mi trabajo nocturno. Todos mis amigos lo hacen.
Hawkguard asiente, con cierta tristeza. Cuando era un potro, solía trabajar en la granja de sus padres, y era muy hábil reparando las carretas de sus padres. En la ciudad, le dolía mucho ver a pequeños como Hawkguard trabajando cuando deberían estar en su casa, jugando o perdiendo el tiempo. Nada alegraba al Guardia Real más que ver a los demás, sean de la especie que sean, perdiendo el tiempo en la plaza.
—Ibrahim, dale un paquete de galletas a todos, yo invito —dice Hawkguard, provocando que tanto Harek como Wandering celebren con alegría.
—¿Va en serio? —dice Daring, sujetando con cuidado su café para recibir el paquete de galletas con chispas de chocolate que el alegre lobo le extiende.
—Oh, muy en serio, señorita dice el Guardia Real mientras mira de reojo a Shinign Armor y a Christine. Ella le cuenta una anécdota al joven unicornio, y él se ríe de lo que sea que ella esté contando. Sonríe.
—El señor Hawkguard es muy generoso si uno lo ayuda —dice riendo Harek, y al oír ese nombre, Wandering Wing escupe el sorbo de café que estaba tomando, sobre Ibrahim. El lobo de inmediato intenta secarse.
—¡¿Usted es Hawkguard?! —grita él, haciendo que Daring Do se ría.
—Vamos, Wandering, ni cuando te besé por primera vez, te asombraste así —dice riendo Daring, haciendo que su novio se sonroje y bastante.
—L-lo siento, señor Ibrahim —dice Wandering, sonrojado por el comentario de Daring Do—. Lo que pasa es que mi hermano mayor peleó en el Doab, bajo el comando del sargento Hawkguard...
—¿Tu hermano es Gale Travel Wing, cabo del quinto escuadrón, novena compañía, primer batallón del Decimoctavo Regimiento, los Centinelas? —pregunta el Guardia Real, haciendo que el joven pegaso se asombre.
—S-sí —dice sorprendido— ¿Se acuerda de él?
—Cómo no acordarme —dice riendo—. Como dos mil soldados estaban en el Doab, y sólo él y Applewood sabían tocar algo de música. Cuando lo veas, dile que le mando saludos.
—Que pequeño es el mundo —dice riendo Ibrahim.
Shining Armor, Christine, Hawkguard, Ibrahim, Harek, Daring Do y Wandering Wing están sentados en una de la banca. En realidad, sólo Shining Armor, Daring Do, Wandering y Christine están sentados. Harek está sentado en el suelo, a la izquierda de ellos, junto a su carrito lleno de papeles. A la derecha, están Hawkguard e Ibrahim, ambos de pie. Todos están comiendo galletas con chispas de chocolate.
—Puedo ayudarle en lo que sea —dice el lobo—. Yo tengo un hijo en Gaza, al que apenas he visto. Puedo imaginar el terror que está sintiendo esa madre.
—Señor Ibrahim, ¿Por qué vino a Equestria? —pregunta Harek, limpiándose los restos de leche con chocolate de su rostro—. Mi familia vino escapando de una plaga.
—Yo quiero darle un futuro a mi familia —dice él—. En Gaza, la vida es demasiado dura.
—En Equestria, tu hijo seguramente tendrá que recoger cartones como Harek —dice Hawkguard, sumido en un estado de reflexión que Shining conoce, pues lo ha visto antes así.
—Es mejor eso, a que tenga que quitar las flechas de las paredes de su casa —dice el lobo. Recordar a su familia hace que las lágrimas vayan a su rostro, y trata de ahogar el dolor con un trago de café.
—Oiga, ¿Qué tiene de malo recoger cartón? —pregunta confundido Harek.
—Nada, no hay nada de malo —dice Wandering—. Mi Abuela siempre decir que sólo hay que tener vergüenza para robar y mentir.
—Tu Abuela me cae super bien —dice alegre Daring Do.
—A mi ustedes me están cayendo muy bien —dice Christine, sonriéndole—. No pensaba que este día iba a conocer a amigos tan agradables.
Harek aplaude feliz ante lo que dice la unicornio. Ella tiene el rostro lleno de migajas, pues come como si fuera la primera vez que las prueba. Lejos de molestarle, eso enternece a Shining Armor, como si verla sucia, sentada junto a tan pintoresco grupo, pusiera toda su belleza sobrenatural en un ambiente terreno. Como si eso le recordara que es una yegua unicornio y no una divinidad en la tierra.
—Oye, me di cuenta de que la potra desaparecida tiene tus mismos colores —dice Daring Do. Christine se limpia el rostro.
—Entre los unicornios eso es muy común —explica Christine, y Hawkguard tiene que darle la razón. En Equestria, el amarillo y el rosa son colores extremadamente normales.
—Unicornios..., oye, Harek, ¿hallaste algún diario en esta plaza?
—Varios, señor Hawkguard, aunque algún idiota hizo un total desastre con el suyo.
Aquello hace que no solo Hawkguard, sino que también Shining Armor, Christine y Daring Do lo miren con atención. El grifo se siente intimidado con todas las miradas que recibe. Y bebe lo que queda en su taza para calmarse.
—No te asustes, Harek, dime cómo estaba ese desastre —pregunta Hawkguard, abandonado su sopor reflexivo para pasar al estado de actividad que Shining tan bien conoce.
—Bueno, estaba descompaginado, bastante arrugado y roto —responde el grifo.
—El secuestrado tiene un cómplice, seguramente unicornio —dice Harek, levantándose—. Claro, ya lo veo todo. El secuestrador es un poni terrestre. Uno que tomó a la pequeña, y cuando la madre gritó de pánico, usó una tormenta de páginas para huir. Su cómplice limpió el papel, antes de que llegáramos, quien sabe, tal vez él encubrió su escape. Tal vez, el secuestrador nos estuvo siguiendo todo este tiempo.
—Oye, más despacio, cerebrito —dice Daring Do, perdiéndose en el razonamiento del pegaso.
—¿De donde sacas que el secuestrador es terrestre? —pregunta Shining Armor.
—Usa la cabeza, chico —dice el pegaso—. Si fuera como yo o estos amables jóvenes, habría dejado una notoria estela de color al despegar, si hubiera volado rápido. De haber volado lento, todos habrían notado al pegaso llevándose a una niña, y ni unos fuegos artificiales lo hubiesen cubierto. Podría habérsela llevado a pie, pero sus alas habrían sufrido mucho con el movimiento de la potra, y habría perdido varias plumas.
—El viento pudo haberse llevado las plumas —dice Daring Do.
—O el cómplice pudo esconder las plumas —dice Ibrahim.
—Es posible, pero no tanto si consideras que es doloroso perder las plumas, y para nosotros es un instinto primario extenderlas cuando nos atacan. Habría sido muy notorio de todas formas.
Shining asiente, aunque no le convence mucho la explicación de Hawkguard. Para comprobar lo que dice el Guardia Real, Daring Do, sorpresivamente, le arranca una pequeña pluma a Wandering, haciendo que él grite. Ella y Harek se ríen.
—¡Daring! —dice él sobándose su ala.
—Lo siento, amor —dice ella riendo—. Quería comprobarlo.
El pegaso gris la mira con molestia, y ella le roba un beso. Wandering se sonroja bastante, y todo el dolor desaparece. Christine sonríe y mira a Shining, guiñándole un ojo. El unicornio se sonroja aun más que el joven pegaso.
—E-entiendo, pero ¿Por qué dices que era un terrestre con un cómplice unicornio? —pregunta Shining Armor—. Podría ser solo un unicornio.
—Bien pensado, chico, yo igual lo razonaba, hasta que Relentless me recordó que los unicornios son extremadamente delicados y rechazan el trabajo físico.
—¿A que te refieres? —pregunta Shining algo ofendido por lo que dice de los unicornios.
—Mira, chico, abre este paquete de galletas —dice el pegaso, pasándole sus galletas que no había abierto.
Los demás observan con atención cómo funciona el razonamiento de Hawkguard. Ven cómo Shining Armor levita el paquete de galletas, y usando la misma y sencilla telequinesis, lo abre. Luego mira a Hawkguard, preguntándose qué quería demostrar con eso.
—Los unicornios siempre usan su magia para levantar y manejar cosas —explica el pegaso—. Es su instinto primario. Un unicornio nunca usaría sus cascos para llevarse a una potra, usaría su magia, y todo ese brillo llama bastante la atención.
—Vaya, creo que tiene razón —dice Christine riendo un poco—. Sí que conoce a los ponis que protege, pero ¿Por qué dice que tal vez nos siguen?
—No se volteen, pero oculto tras ese árbol hay un poni —dice el pegaso en voz baja.
—Yo no veo a nadie —responde Harek, girándose como lo hicieron prácticamente todos. Hawkguard se golpea el rostro.
—¡Alto en nombre de Celestia! —grita el pegaso, apuntando hacia un árbol solitario. Al principio no pasa nada, pero luego escucha algo que lo alerta— ¡Todos cúbranse!
Asustados, se parapetan detrás de la banca, y Shining Armor invoca un campo de fuerza que los cubre a ellos y a Hawkguard. Una saeta rebota en el campo de fuerza y se dirige hacia la carreta de Ibrahim. Golpea la freidora, el aceite ardiendo salpica y se enciende con el fuego, comenzando a quemar la carreta. El lobo grita de pánico al ver todas sus cosas ardiendo, llevándose sus zarpas a la cabeza.
—¡Mi carreta! ¡Yo vivo ahí! —grita él, y como todos lo miran, se siente muy avergonzado—. Claro, sólo hasta que mejore mi situación..., ¡Ay, mi cafetera! ¡Aún la estaba pagando!
—¡Shining, abre el campo de fuerza y apaga el fuego! —ordena Hawkguard extendiendo sus alas.
—¡Pero puede lanzar otra flecha! —grita el unicornio, asustado.
—Los ponis somos pésimos arqueros, deja que me encargue —explica rápidamente el pegaso.
Shining Armor deshace su escudo, y lanza un chorro de agua desde su cuerno. Pero se excede con su potencia, y no solo apaga el fuego, sino que destroza la carreta. Ibrahim mira incrédulo los restos de su vehículo, vivienda y puesto de trabajo, y mira a Shining con ira.
El unicornio está demasiado avergonzado como para decir algo.
Hawkguard sigue al tirador, que echa a correr. Un poni terrestre, tal como sospechaba, usando una capucha que en realidad no oculta su Cutie Mark: un cráneo dorado. Ve que carga una ballesta, mejor aún para él. Esas armas son aún más lentas para recargar.
Entonces ve que un rayo mágico vuela hacia él, y por instinto cierra los ojos. Como no siente nada, los abre. Ve que un domo mágico lo cubre, protegiéndolo de varios rayos que rebotan ahí. Un domo de color verdoso brillante.
Christine corre hacia allá, con su cuerno brillando con un aura verdosa, la misma que el domo. En cuanto llega junto a él, lo deshace.
—¡Vi a un unicornio! —le dice ella— ¡Entraron a la Torre Roja!
Rápidamente, el grupo se reúne junto a él, y para sorpresa de todos, la Torre ilumina sus paredes, para verse tal cual se ve durante el día. Shining Armor, Christine, Hawkguard, Ibrahim, Harek, Daring Do y Wandering Wing, todos ellos contemplan asombrados cómo cada ventana de la Torre se ilumina con una luz naranja, y les parece oír, desde lo más alto, casi ya en el chapitel, el eco siniestro de una risa.
—Harek, ve a la comisaría a avisar que necesitamos refuerzos —dice Hawkguard, haciendo tronar sus cascos—. Shining, vamos a entrar. Ustedes quédense aquí.
—Yo puedo serles útil —dice seria Christine.
—Y yo también, soy muy buena peleando —dice Daring Do.
—No —dice Hawkguard con una severidad que hace que a todos se les erice el pelaje—. A partir de ahora, es un asunto estrictamente de la Guardia Real. Tienen absolutamente prohibido entrar.
—Pero... —comienza a decir Ibrahim, y una mirada del pegaso lo silencia.
Shining Armor traga de un modo bastante sonoro. No le inspira nada de valentía entrar a la Torre roja, y trata de alejar de su mente todos los cuentos que se tejen sobre ella: como la supuesta existencia de un monstruo horrendo en el chapitel, con alas de murciélago y que le temía a la luz; o la de un ser horrendo con cuernos que atacaba a quienes se atrevían a mirar por las ventanas. Está por caminar, junto a su sargento, cuando siente un casco en su hombro.
—Christine —dice él al voltearse y ser sorprendido por los bellos ojos de la unicornio.
Sin mediar más palabras, como en medio de una guerra, ella le da un beso, bastante apasionado, y también con un aire de desolación que lo hizo más intenso aún. Cuando finalmente lo suelta, ante la sonrisa de Hawkguard y la risa de Daring Do, él está muy rojo.
—Espero que eso te dé ánimos —dice ella sonriéndole—. Sé que eres un héroe, Shining Armor. Ve y rescata a esa potra.
—Lo haré, Christine —dice él, y sonríe un poco cuando ella le guiña un ojo.
Se siente inmenso, poderoso, como uno de los héroes de la más antigua Antigüedad, la época de los Ochos Reinos. Se siente como en una de las épicas historias que un unicornio llamado Merlín cuenta en la Plaza de la Luna, todos los días de la semana. Se siente incluso como el Detective McHooves de sus libros. Camina sin ningún miedo o duda hasta su sargento, quien está de un humor inmejorable.
—Los besos son lo mejor para darte valor —se ríe el sargento—. Me alegra que hayas encontrado una novia.
—Ya tendré tiempo para estar con ella —dice Shining Armor, con una seguridad que Hawkguard nunca había visto, y eso lo alegra—. Vamos a rescatar a Beauty Dream.
