EL CASO DE LA UNICORNIO ROSA


5

Los héroes

El interior de la Torre Roja es tan aterrador como puede imaginar.

Shining Armor solía asustarse fácilmente cuando era un potro. Las historias que contaban sus amigos hacía que su nuca se erizara: las criaturas ciegas de la oscuridad, los monstruos que se escondían en el bosque, la voz que nadie debía oír del Siwanante, los crueles tres ojos de los fortshem, las viscosas cobras de alquitrán, la inmensa criatura devoradora de carne que llamaban madhier, las miles de arácnidas patas de las Manadas Farén..., seres de espanto que solían atacarlo en sus pesadillas.

Todo cambió cuando su hermanita Twilight nació. Debía ser valiente por ella, y vaya que se esforzó por serlo. Desde ese día nunca tuvo miedo.

Pero ese sentimiento regresa a contemplar el pasillo sin luz de la Torre Roja. Cuando enciende su cuerno, pudo ver montones de polvo, restos viejos de madera putrefacta, muchísimas telas de araña, y una huesuda extremidad alejándose de la luz, arrastrándose por el suelo, una extremidad similar a la pata de un grifo, pero muchísimo más larga. Imposiblemente torcida. Sólo la ve por un segundo y siente el pánico golpear su rostro.

—Chico, no dejes que el miedo te paralice —dice Hawkguard, aparentemente impertérrito.

—Un Guardia Real no debe sentir miedo —dice él sintiéndose avergonzado.

—¡Puras mentiras! El miedo es el mejor sentimiento que puedes tener aquí, te da una velocidad inmensa —dice el pegaso comenzando a avanzar—. Un Guardia Real nunca debe dejar de moverse, chico, recuerda eso. Siempre en movimiento.

Shining contempla asombrado cómo el pegaso se adentra en la oscuridad. Siente mucho miedo, pero teme más el fracaso, la humillación, el deshonor. Suspirando, sigue a Hawkguard, iluminando el antiquísimo lugar.


—Deberíamos entrar —susurra Daring Do, contemplando la fachada de la Torre Roja. Su novio se asusta al oír eso.

—¿Estás loca? ¿Viste que tienen ballestas? —le dice Wandering Wing— ¿Qué podemos hacer nosotros? La Guardia Real se está haciendo cargo.

—Pero tardarán demasiado en llegar, y esos dos guardias no podrán solos —dice ella—. Podemos ayudar.

—Estoy de acuerdo con ella —dice Christine levantándose—. Shining Armor es muy fuerte, pero me necesita.

Habla con una seguridad y confianza que impresiona al pequeño grupo. Mientras ellos observan la Torre, Ibrahim rebusca en los restos de su carreta, y saca una bolsa con monedas y unos documentos que están arruinados por el agua. Maldice en voz baja.

—¿Esos son sus ahorros? —pregunta Harek, apareciendo a su lado tan súbitamente, que lo asusta.

—Sí, erkek Harek, son mis ahorros. Y estos papeles inservibles eran lo único que evitaba que me enviaran de regreso a Gaza.

—Lo entiendo, mi mamá nunca los consiguió —le explica el pequeño grifo—. Me dice que no le debo decir eso a nadie que no sea inmigrante.

—Tu mamá sabe lo que dice —responde el lobo—. Bueno, supongo que, si el Guardia unicornio explica lo que pasó, me darán documentos nuevos.

—Igual le aconsejo ir temprano —se ríe el pequeño grifo.

—¡Oye, tú! —grita Daring Do volando hacia él— ¿No fuiste a avisar a los Guardias Reales?

—No me creyeron —dice él—. Van a enviar un par de Guardias a revisar si lo que dije fue verdad.

—¿Ver por qué no confío en la Guardia Real? —murmura molesta Daring Do—. Debemos entrar nosotros.

—Dejen que entre yo —dice Ibrahim—. Ninguno de ustedes debe arriesgarse.

—Entraré, aunque usted no lo quiera —contesta Christine, con una seriedad muy poco común en alguien así de joven. El propio Ibrahim se sorprenden ante eso.

—A ver, déjenme ver si entiendo —dice Wandering Wing— ¿Dos inmigrantes, dos provincianos y una maga van a ayudar a dos Guardias Reales a salvar a una potra?

—Sí, es justamente lo que yo digo —dice Christine, relajando bastante su expresión, y se ríe.

—Es más, creo que todos deseamos eso —dice Daring Do, riéndose.

Harek golpea su puño contra su palma, Daring Do sonríe con mucha confianza. Wandering suspira con pesar. Está muy asustado, pero teme más quedarse solo afuera que entrar a la Torre Roja con ese grupo.

—Está bien, vamos a salvar a la potra —murmura él.


Tuvieron que subir una escalera que parecía sostenerse de milagro. Cualquier esplendor o gloria que tuviera la Torre Roja en sus mejores días, ya estaba carcomida por los siglos o cubierta bajo marañas de polvo. Shining duda que la luz mejore en algo su aspecto.

Pero lo peor no es eso, claro que no. Puede tolerar polvo, suciedad y telarañas.

Lo que no puede soportar es la certeza de que hay muchas criaturas ahí, rondándolos en la oscuridad. No son imaginaciones suyas: fugazmente logra ver extremidades totalmente ajenas a lo natural, ojos que lo acechan, y a veces, le parece ver el tenue brillo de un colmillo.

Al menos, las criaturas parecen temer a la luz. O quizás a ellos. El punto es que no los atacan, y eso en parte lo tranquiliza.

—Chico, está por comenzar lo bueno —dice Hawkguard—. Acércate, pues te daré el consejo más importante de toda tu carrera y tu vida.

Shining Armor se le acerca, con el corazón latiendo fuertemente en su pecho. No sabe qué podría decirle el pegaso, pues jamás lo ha visto hablar en ese tono. La expectación hace que olvide el lugar donde está, olvida todo el peligro que lo rodea.

—Cuando no sepas qué hacer —dice Hawkguard con solemnidad, colocando un casco en su hombro, y mirándolo a los ojos—. Haz lo que haría McHooves.

Lo primero que siente es confusión, pues no sabe si él está hablando en serio o es una broma. Entonces se molesta, pues no entiende por qué Hawkguard le da esos consejos tan estúpidos haciéndolos pasar por algo importante. Finalmente, se relajó: así es Hawkguard, el mejor Guardia Real. Fallen Arrow confía en él, todos los veteranos y oficiales hablaban muy bien de él, debía confiar en sus métodos.

Aunque, siendo francos, casi nunca lo entendía.

—Es muy importante que pienses en eso —le dice el pegaso.

—No lo olvidaré, Hawkguard —dice el unicornio con solemnidad.

El pegaso sonríe y le indica al joven unicornio que se quede en silencio. Lentamente, avanzan por la escalera. Oye murmullos, y ambos frenan de improviso cuando una pequeña criatura les cortó el paso. Dicha criatura era casi del tamaño de un dragón bebé, y sería capaz de montarlo con facilidad; es morada, se equilibra sobre dos piernas, y tiene dos brazos, cada mano y pie posee tres dedos. En el pecho tiene una mancha roja, y sus ojos sin párpados parecen diamantes blancos. Su cabeza es muy ancha, algo aplastada y tiene orejas puntiagudas, pero lo que aterra a Shining es su boca: casi tan ancha como la cabeza, con dientes afilados triangulares, como la boca de un tiburón.

Hawkguard se pone en guardia, y él se prepara para lanzarle un rayo. La criatura sonríe, y sus dientes y ojos se iluminan; su sonrisa es especialmente aterradora a causa de su dentadura. Pero no hace nada. Simplemente salta hacia atrás, ocultándose en las sombras.

Su sargento está tan perplejo como él. Por primera vez, él duda sobre seguir.

—Chico, si las cosas se ponen feas, teletranspórtate lejos de aquí —dice, mirándolo de un modo bastante serio.

—No voy a dejarte solo —dice él, sintiéndose indignado por la petición del pegaso. Él no es débil, ni es un cobarde. No va a huir.

—Shining, soy tu sargento, y esa es mi orden —dice tajante el pegaso.

—Por eso mismo no puedo dejarte aquí, eres mi sargento —reclama el unicornio— ¿Cómo podría llamarme Guardia Real si te abandono aquí?

—Dime, ¿Qué clase de Guardia Real no obedece las órdenes de su superior? —dice molesto Hawkguard.

—McHooves no abandona a nadie —responde Shining Armor.

Se hace silencio en el lugar. La criatura no regresa, y el pegaso parece meditar lo que acababa de decir el unicornio. Finalmente sonríe, y Shining Armor no sabe si eso es buena o mala señal. Con su sargento nada se sabía claramente.

—Estás aprendiendo —dice feliz—. Estás aprendiendo bien, Shining. Serás un gran Guardia Real.


—¡Entren! —dice Ibrahim abriendo la puerta de un golpe, para que su grupo pudiese pasar.

La oscuridad los abraza como una madre, y el lobo teme dar el primer paso. Es Christine quien pasa sin ningún rastro de miedo, y él decide seguirla para no quedar como un cobarde. Detrás de él, Daring Do prácticamente debe arrastrar al asustado Wandering Wing.

—Harek, no creo que sea bueno que entres —le dice el pegaso gris—. Puede ser peligroso para un menor de edad.

—Tú también eres menor de edad —le reclama el grifo. El pegaso se sonroja.

—Es cierto..., pero creo que puedes ayudarnos de otro modo —responde él.

—Pues tu dime como, pues veo que todos serán héroes, menos yo —pide molesto.

—Mira, no se trata de ser héroe, sino de hacer lo que tu novia te pide —dice él—. ve a tu villa y trae refuerzos, muchos refuerzos, de ser posible a los peores pandilleros de esa zona.

—¿Dices que, por ser inmigrante, mi barrio está lleno de pandillas violentas? —gruñe molesto el grifo—. Porque si hay pandilleros, pero no porque sea un barrio de inmigrantes.

—Jamás quise insinuar eso —dice avergonzado—. Bueno, trae los refuerzos que quieras.

El grifo asiente y sale volando, con una rapidez decente. Daring Do abraza a Wandering, y el pegaso se sonroja muchísimo por ese gesto.

—¿Y eso porque fue? —pregunta sonriendo, pues le gusta la cercanía de su novia.

—Te preocupaste por Harek —dice ella sonriéndole—. Y se te ocurrió una idea ingeniosa, si la Guardia Real no aparece, los grifos lo harán, son una comunidad muy unida.

—Al menos es lo que dice mi abuela —dice Wandering Wing—. Espero que esté en lo cierto.

—Lo estará —responde ella, dándole un beso en la mejilla.

El pegaso gris se sonroja, pero sonríe feliz, y se siente como un vencedor cuando comienza a subir las viejas escaleras.


En el siguiente piso, ven un resplandor amarillento, y deciden acercarse a investigar.

La madera del piso es gris, por el horrible pasar del tiempo, y hay prácticamente kilos de telarañas. No se escucha nada, no se ve nada salvo el resplandor dorado rebotando en una pared, y una sombra siniestra. A Shining Armor le habría gustado saber cuál fue el propósito de la Torre Roja cuando fue construida, pues la oscuridad impide ver algo mas que polvo o telarañas. Seguramente era una torre de magia, una de las tantas que abundan en Canterlot.

Pero pensar eso lo asusta. Teme que efectivamente haya un monstruo ahí.

—Azrael —murmura nervioso un semental, y Shining se apresura a memorizar el nombre—. No me gusta esto. Deberíamos detenernos.

—¿Cuándo ya estamos en una fase muy avanzada? —se ríe un poni—. Deberías ser más valiente.

Oyen los quejidos leves de una potra amordazada. Shining quiere correr, pero Hawkguard lo detiene alzando el casco. Comienza a acercarse lentamente, intentando usar la oscuridad como cobertura.

—Pero..., es sólo una potra —oye que reclama el primer semental.

—¿Quieres obtener el poder, Caballeron? —pregunta riendo aquel que fue nombrado como Azrael— ¿O quieres esconderte como una rata? El poder está allí afuera.

—Pero...

—Nada de peros —murmura el semental.

Shining Armor siente una ira que no había sentido antes, y está por lanzarse contra ellos, cuando Hawkguard lo detiene con su ala. Le hace un gesto para que no se moviera, y comienza a avanzar lentamente. Shining Armor se asusta, y duda sobre si debe seguirlo o no.

—Se acabó, muchachos —dice el pegaso, haciendo que los secuestradores se alarmen y avancen hacia él.

—¿Quién rayos eres tú? —pregunta el poni al que llamaron Caballeron, con una mezcla de miedo y odio.

—Soy un sargento de la Guardia Real, y liberarán a la potra si no quieren tener más problemas de los que ya tienen —dice con una tranquilidad imposible de sentir en un momento así—. La Guardia Real no tardará en rodear el edificio, así que es mejor que se entreguen.

—Hay un gran problema con su plan —dice el unicornio, y Shining puede sentir la magia acumulándose en su cuerno—. No tenemos la intención de rendirnos. Ahora..., podemos arreglar todo esto con unas monedas de oro.


—¿Qué rayos son esas criaturas? —pregunta asustado Wandering Wing, cuando los monstruos morados los comienzan a rodear. Pueden ver sus ojos sin párpados brillar en la oscuridad, y eso lo aterra más de lo que quiere admitir.

—Son duendes —dice Christine, totalmente calmada—. No se asusten, son totalmente inofensivos.

—¿Estás segura? —pregunta asustado el pegaso gris—. Esos dientes se ven muy ofensivos, y no me gusta que se rían tanto al vernos.

—Totalmente segura —dice Christine, y Wandering Wing nota que está algo molesta—. No los juzgues por ser feos, su corazón solo conoce la alegría, ellos nos están ayudando.

—Espera, no quería ofenderlos —dice avergonzados—. No digo que son feos, para nada. Disculpen si di a entender eso.

—Ya no importa —dice ella caminando hacia las escaleras.

—¿Cómo sabes lo que son? —pregunta intrigada Daring Do.

—De donde yo vengo, aprendimos a convivir con las criaturas mágicas —dice Christine, y da la impresión de que le avergüenza hablar del tema.

—¿De dónde viene usted? —pregunta Ibrahim, quien igual está extrañamente calmado.

—Vengo de una ciudad bastante alejada —responde ella—. No creo que la conozcan, realmente no lo creo.

—A ver, ponme a prueba —dice riendo Daring Do—. Soy la mejor en lo que se refiere a geografía.

—¿Conoces la ciudad de Sueñobscuro? —pregunta ella.

—Bueno..., esa ciudad es totalmente desconocida para mí —admite avergonzada la pegaso.

—Lo sabía, pero no te preocupes, me habría sorprendido mucho si la de verdad la conocieras, o al menos, escuchado su nombre.

Ellos comienzan a subir las escaleras, mientras, a su alrededor, los duendes se reúnen y parecen escoltarlos mientras bailan. Los movimientos son lentos, y no dejan de sonreír con sus filosos dientes brillando ante el resplandor del cuerno de Christine.

—Tengo que admitir que me ponen algo nervioso —dice Ibrahim.

—No deberías temerles —dice Christine, en un tono que bordea la tristeza—. Son criaturas alegres, tranquilas, que solo quieren comer miel y gemas. Por la noche, bailan en grandes círculos junto a las hadas y otros seres mágicos, en los claros del bosque Antiguamente compartían sus conocimientos con los ponis, pero los equinos no pudieron tolerarlos y los expulsaron al Bosque Everfree.

—¿Cómo sabes todo eso, Christine? —pregunta Daring Do, intrigada.

—Todo lo que sé, me lo contó mi madre cuando yo comencé a andar —explica la unicornio, adelantándose en la subida.


Shining jamás se había sentido tan nervioso en toda su vida. Hawkguard nunca antes había aceptado un soborno, pero el unicornio jamás había visto que le ofrecieran uno, por lo que no sabe cómo reaccionaría al verse tentado. Usando un hechizo de camuflaje, que refleja la luz sobre él para volverlo invisible, sale de donde está y avanza unos silenciosos pasos. Logra ver a su compañero, de espaldas, y frente a él, un poni terrestre de color marrón, ojos verde claro y crin negra, con una Cutie Mark en forma de cráneo dorado. Junto a él está un joven unicornio de crin cian oscuro, ojos púrpuras y una Cutie Mark en forma de sombrero de mago púrpura con estrellas doradas. El unicornio casi parece una yegua, y tiene una sonrisa de confianza que le eriza el pelaje de miedo al unicornio. Apenas resiste mirar.

—Olvídalo, amigo, y mejor búscate a otro tonto —dice entonces Hawkguard, sin dudar casi nada—. Esta ciudad está llena de ponis que creen en el bien, de inmigrantes y provincianos que sueñan con un futuro mejor para sus familias. Prefiero que me frían en aceite barato a traicionar la confianza que ellos ponen en mí. ¿Van a entregarse pacíficamente, o tendré que darles una paliza?

—Pésima elección, Guardia Real —murmura el unicornio, lanzándole un potente rayo mágico.

Shining Armor básicamente no lo piensa, sólo actúa, tal cual como lo haría McHooves. Genera un escudo protector sobre Hawkguard, pero para eso debe deshacer su camuflaje, y la sorpresa en los ojos de Caballeron y el unicornio Azrael.

—¡Chico! ¿Qué bigotes haces? —le grita Hawkguard, cuando ve a Shining galopar hacia los dos sospechosos.

—¡Lo que haría McHooves! —grita él, sin darse cuenta, y embiste a Azrael, quien aún no comprende del todo lo que está pasando. el unicornio azulado se golpea contra un altar blanco que parece de granito, y al parecer se desmaya. Shining ve que en el altar duerme la potra. Con mucho cuidado la levita y la coloca en su lomo, a su espalda, le parece oír a Hawkguard enfrentar a Caballeron, cuando la voz de Azrael resuena en varias carcajadas.

—Adorable, francamente muy adorable y a la vez patético —dice el unicornio, levantándose. Su sonrisa y su mirada por alguna razón aterran a Shining Armor.

—Queda arrestado por secuestro y agresión a un Guardia Real —dice el unicornio blanco—. Tiene derecho a permanecer en silencio...

—Conozco mis derechos —dice el unicornio—. Y el único derecho al que usted debería aspirar es a sobrevivir.

Siente algo reptar detrás de él, y rápidamente salta para ponerse a salvo de un golpe que un puño intenta descargar sobre él. La potra, Beauty Dream, no despierta, aunque está respirando y eso es lo único donde encuentra algo de alivio.

El puño que trató de golpearlo se mueve hacia atrás, como si fuera una serpiente, y detrás del altar emerge una gran silueta, masiva y de hocico alargado. Detrás de las sombras logra ver brillar una imposiblemente larga hilera de dientes, y siente un fuerte escalofrío. Mira hacia su sargento, deseando por que él sepa qué hacer, pero se congela al ver que Hawkguard está tan atónito y asustado como él.

—¡Ze zerstéieren! —grita Azrael, y está convencido de lo que sea que está diciendo es malo para ellos—. ¡Zerwéiet! ¡E Meedchen an zwee Kierzlech Garderen! ¡Ze zerstéieren, Ahuizotl!


—¿Qué fue eso? —pregunta asustado Wandering Wing.

—Se oyó como algo malo —dice alarmado Ibrahim—. Quisiera tener un garrote.

—No se preocupen, seguro no es algo muy grave —dice Daring Do tratando de relajarlos.

En eso, el piso se derrumba, y un altar blanco cae atravesando todos los niveles, mientras duendes, murciélagos y arañas tratan de escapar y ponerse a salvo. Para sorpresa de todos ellos, menos de Christine, toda clase de series extraños intentan ponerse a salvo, seres parecidos a lémures, pero con alas y albina piel de foca; criaturas de patas extremadamente alargadas y huesudas que recuerdan en parte a arañas, en parte a gatos y en parte a reptiles; figuras flexibles envueltas en túnicas rojas.

—¿Qué rayos? —grita asustado Wandering, abrazándose a Daring Do con mucha fuerza.

—Ojalá pudieras golpear a los secuestradores con esa potencia —dice riendo la pegaso mostaza—. Vamos, tenemos que ser héroes. O al menos, deja que yo lo sea.

—No teman, esas criaturas no nos dañaran —dice Christine, subiendo rápidamente— ¡Ustedes encárguense de los matones!

—¿Matones? —pregunta asustado Wandering.

Christine salta para esquivar una figura que cae rodando por la escalera, aquel poni terrestre llamado Caballeron, quien se levanta adolorido.

—Estúpida criatura, ¡Acá, sectarios!

—¡Déjenme a mí a ese idiota! —grita Daring Do, como si estuvieran en medio de un juego. Y obedeciendo a la orden de Caballeron, un grupo de ponis, envueltos en pesadas capuchas negras, bajan desde una escalera ubicada en el otro extremo del agujero. Se dividen en dos grupos para rodearlos, y atacar al aterrado Wandering y al decidido Ibrahim, quien recoge un trozo de madera viejo, sin clavos.

—Bien, erkek, yo ataco a los de este lado y tú a los de ese lado —le dice el lobo gris.

—¿Por qué no mejor tú los atacas a todos? —pregunta aterrado el pegaso gris, ocultándose detrás de él. Ibrahim suspira algo molesto, pero no lo insulta.

—Perfecto, erkek —dice el lobo—. Mire y aprenda.


La criatura de colores azulados hundió el altar de un solo golpe, haciendo que se precipite hacia abajo. Junto con su sargento, se ven obligados a retroceder y bajar corriendo, pero la magia de Azrael les bloquea el camino.

—¿No iban a arrestarme? —se burla el unicornio.

—¿Por qué bigotes tarda tanto la Unidad de Operaciones Especiales? —murmura Hawkguard.

—Ellos nunca vendrán —dice el unicornio maligno—. Están por su cuenta.

Shining trata de tomarlo desprevenido lanzándole un hechizo, pero el unicornio lo contiene, y quedan engarzados en un duelo mágico, con potentes ráfagas de energía saliendo de sus cuernos. Están bastante igualados y se mantienen cada uno a la mitad.

—¿Te crees un héroe, estúpido Guardia Real? —le dice el unicornio, riéndose.

—Cada Guardia Real es un héroe —le dice molesto Shining Armor—. Entréguese y tal vez tenga un atenuante en el juicio.

El unicornio se ríe de un modo atronador, una risa que de ninguna forma puede ser equina. Sus ojos parecen deformarse, y la mirada que le lanza es demasiado aterradora para él. Comienza a hablarle con una voz horrenda, que parece la suma de varias voces distintas.

¿Qué puede hacer un héroe contra todo el poder del Covenant? dice riendo el unicornio—. Toda Equestria no es nada comparada con nuestro poder. No eres nada.

El choque de rayos rápidamente se desbalancea, y la magia de Azrael lo golpea de lleno, lanzándolo contra la pared. Con tanta fuerza, que la atraviesa, y trata de levantarse cuando un nuevo hechizo del unicornio lo hace gritar de dolor.

Jamás tuviste oportunidad —dice riendo Azrael—. Ni. Siquiera. Una.

Con cada palabra, lanza otro rayo que lo tortura y le hace gritar de dolor, rompiendo parte de su armadura. Ya no le quedan fuerzas para levantarse, y desde ahí ve a Hawkguard tratando de atacar a Azrael. El unicornio lo detiene y lo lanza al agujero como si no fuera nada.

—¡Sargento! —grita Shining Armor.

Ahora ya todo acabó —dice Azrael, cargando un nuevo hechizo.

Shining le lanza varios rayos mágicos, pero estos se detienen cerca de él, protegido por un campo invisible de poder. No deja de cargar el hechizo, y eso desanima a Shining Armor. Cierra los ojos y piensa en su familia, en Christine..., y se desespera al pensar en ella.

Tiene tantas ganas de mirarla una vez más, de poder abrazarla, de darle un beso. Quizás incluso formalizar un noviazgo con ella, llevarla a casa. Seguro le caería bien a sus padres y a Twilight, quizás hasta se lleve bien con Cadence, la niñera de su hermanita. Por ella sintió varias veces lo que siente estando junto a Christine, pero nunca se atrevió a decirle nada. Christine no solo daba los primeros pasos, sino que parece saber justo lo que piensa.

—¿Qué esperas? —murmura Shining, intentando ocultar todo su temor— ¡Hazlo!

Como quieras, Guardia Real —dice lanzándole aquel demoledor hechizo.

Es un resplandor púrpura y azul que casi lo ciega. Shining suspira y cierra los ojos, al menos no decepcionaría a su sargento, caería de modo desafiante como McHooves. Sin rogarle nada a aquel malvado unicornio.

—¡Shining! —grita Christine, protegiéndolo con un domo de energía verdosa.

—¡Christine, no! —grita él, preocupado por aquella unicornio que ya siente como su novia— ¡Es demasiado fuerte!

—No voy a dejar que te torture así —dice ella caminando si temor—. Lo..., lo lamento mucho, Shining Armor.

—Esto no es de su incumbencia, mi Reina —dice Azrael, inexplicablemente regresando a hablar con su voz normal—. Por favor, aléjese.

—Ya es suficiente, hijo del Covenant —dice ella con una seriedad que impresiona a Shining—. No dejaré que sigas cometiendo estas fechorías.

—No tiene cómo impedirlo, mi Reina —dice el unicornio—. Vuelva al Everfree, vuelva con los suyos.

—¿Reina? —pregunta Shining confundido, mirando a Christine.

Ella lo mira a los ojos con una tristeza que parece infinita. Azrael se ríe, y le lanza un hechizo que ella no alcanza a bloquear, y que la cubre con un domo que parece de fuego azul. El Guardia Real siente el pánico recorrerlo completamente cuando la oye gritar.

—¡No, Christine!

—¡Mi Reina! ¿Por qué no nos deleita con su incomparable belleza? —dice Azrael, sonriendo con crueldad.

—¡Déjala en paz! —grita furioso Shining, planeando lanzar un hechizo, pero ve que a pesar de su dolor, Christine no deshace el domo.

—Veo que estás muy enamorado de ella, estúpido y miserable unicornio —se burla el malvado villano—. Pero creo que estás enamorado de una ilusión. Una criatura como ella es incapaz de amar, eso es todo lo contrario a lo que ella hace.

—¡Deja de insultar a Christine! —brama furioso Shining Armor.

—Ella ha estado insultándote a ti, Guardia Real —dice Azrael—. Ella te ha engañado todo este tiempo. Para empezar, ni siquiera te dio su nombre real.

—¿De qué estás hablando? —pregunta Shining, completamente confundido.

—Mi querida Reina, ¿Le dirá usted, o le diré yo?

Cállate, maldito —oye una voz deformada, proveniente del domo de fuego mágico.

Cuando se disipa, Shining logra ver algo que jamás esperaba ver en su vida. La suave y delicada piel de Christine comienza a volverse una dura cáscara, una cubierta quitinosa negra como la de un escarabajo, y su bellísimo rostro se deforma para presentar colmillos, ojos verdes de gato y un cuerno torcido, horadado como sus patas. Su abdomen se colora de verde, y surgen alas de insecto de su espalda, mientras se va haciendo más alta.

—Sea bienvenida, mi Reina Chrysalis —dice sonriendo el unicornio.

Ella mira a Shining Armor, la criatura que hace unos momentos era la bellísima Christine. Puede ver una lágrima recorrer su mejilla, y el unicornio está aterrado, no entiende qué pasa, no sabe cómo reaccionar.

Lo siento tanto, Shining —dice ella, con una tristeza infinita en su voz distorsionada.

Entonces, el Guardia Real se desmaya.


—¿Qué rayos es eso? —grita Wandering, aterrado al ver la inmensa mano azul al extremo de una cola larguísima.

—No lo sé —dice Ibrahim. Al pegaso gris le sorprendió en gran manera la manera en que el lobo golpeó a los sectarios, con una precisión que le hacen pensar que estuvo en el ejército, ya que posee un aire marcial que comparte con su hermano Gale Travel.

Daring Do, en tanto, se enfrenta a Caballeron. Ella logró esquivar sus golpes, y de paso, devolverle algunos, pero no ha obtenido una gran ventaja contra su enemigo. El terrestre la mira con odio.

—¡Abran los ojos, no son rivales para el poder del Covenant! —le grita el poni terrestre tratando de golpearla con sus cascos.

—No sé qué será el Covenant, pero no me asustan —dice confiada Daring Do, logrando golpearlo en el rostro.

Caballeron, ciego de furia, se lanza contra ella y la embiste, logrando golpearla en la nariz y empujándola contra un viejo atril que se desmorona sobre ella. La pegaso mostaza se levanta, sangrando de su nariz y tosiendo con fuerza.

Wandering la observa, ve su sangre, y algo se quiebra dentro de él. Mira a Caballeron con una furia que no es capaz de contener, y se lanza contra el poni terrestre, agitando con fuerza sus alas.

—¡Nadie toca a mi Darling! —grita él, logrando darle un golpe en la mandíbula, que lo hace retroceder un paso por el impulso, pero del que se recobra rápido.

Caballeron lo golpea en la espalda, haciendo que se golpee contra el suelo, y ahí le da varios golpes más, con la intención de evitar que se levante, y lo logra. El pegaso queda muy adolorido en el suelo, y está seguro de que acabará lleno de moretones.

—¡Wandering! —grita Daring Do al verlo así de herido.

Ibrahim ve, sorprendido, cómo la pegaso mostaza le da una fuerte paliza a Caballeron. Lo golpea con rabia, hace volar un diente, al parecer le rompe una pata, y para acabar, golpea su mandíbula con sus dos patas traseras. El poni terrestre vuela contra el techo, atravesándolo con la mitad de su cuerpo, y como un trapo, se escurre y cae aturdido al piso. Hace un leve movimiento, con la intención de levantarse, pero el piso cede y cae mientras grita. A Daring Do aquello no le interesa, pues vuela junto a Wandering.

—¡Oh, no, mira cómo te dejó ese maldito! —dice ella a su lado, apartando mechones de crin de su rostro.

—E-es menos doloroso de lo que se ve —dice el pegaso gris, sonriendo de un modo forzado para que ella no notara su dolor.

—Fuiste muy valiente, te amo —dice ella dándole un beso, y todo el dolor que siente en su cuerpo desaparece.

—¡Cuidado! —grita Ibrahim, intentando apartarlos del ataque de aquella monstruosa criatura, pero apenas lo logra, y los tres habrían salido volando por la ventana, de no ser por Hawkguard, quien vuela desde los pisos inferiores y los intercepta, ayudándolos a descender.

—Creo que eso terminó de romperme un ala —dice Wandering Wing, el doble de adolorido que antes.

—¿Qué bigotes es esa cosa? —murmura Hawkguard, con su armadura totalmente abollada por los golpes y la caída.

—Ustedes, débiles criaturas, pueden llamarme Ahuizotl —dice el gigantesco monstruo azulado.


Chrysalis comienza a sentirse agotada. Ha encerrado a Shining Armor y a Beauty Dream en dos domos protectores, para evitar que Azrael pudiera hacerles daño. Pero concentrándose en aquello, apenas puede pensar en hechizos o defensas para sí misma, y apenas puede bloquear la magia de aquel unicornio maligno, quien sonríe al verla así de tensa. El hecho de que lleva mucho tiempo sin alimentarse no le ayuda en nada.

—Tú eres horrenda —le dice el unicornio.

—Sólo déjalos ir —contesta ella, bloqueando sus rayos con dificultad creciente—. Sólo es un unicornio y una potra. ¿Qué interés tienen para ti?

—Me intriga más la importancia que tienen para ti —le dice Azrael— ¿Acaso amas a este débil y tonto unicornio? Puedes olvidarte de él, pues ya ha visto tu verdadero rostro. El poni es una criatura que ama la belleza, cosas hermosas desean. Pero tú..., tú eres horrible, ni siquiera las estrellas quieren brillar sobre tu rostro. Sí..., te gustan los astros, en ellos ves la belleza que te negaron a ti.

Aunque intenta ignorarlo, y en realidad no es lo más duro que le han dicho, sus palabras le generan algo que, si no es dolor, se le parece demasiado. Pues Shining Armor le hizo pensar que algunos ponis serían diferentes, y, sin embargo, notó el horror en sus ojos antes de desmayarse. Y eso contribuye a que no logre frenar los hechizos y varios rayos la impacten, haciéndola gritar de dolor, y sus horadadas patas se tambalean.

—N-no me importa —dice ella tratando de ignorar sus heridas—. Ya descubrí que estas criaturas tienen la solución al Gran Hambre que siente mi pueblo. No dejaré que les sigas haciendo daño.

—Ya veo, entonces de eso se trata, quieres proteger al ganado —dice riendo el unicornio—. Incluso vista con el corazón, eres horrible. Cuando miras al cielo, espantas a la luz, por eso te ocultas en las sombras, en otro rostro...

—Quiero protegerlos porque saben amar —dice ella, recordando el modo en que Ibrahim piensa en su familia, en el modo en que Daring Do y Wandering Wing se quieren, y el modo en que Shining Armor la miraba como Christine—. Saben amar, algo que tú y el Covenant, y casi todas las criaturas, han olvidado.

—Pues es inútil, mi triste Reina Chrysalis —dice Azrael—. Equestria es un país débil, la magia de Celestia nada puede contra el horror que vive más allá de las estrellas, el horror que duerme en Arkham, que pasea por las calles de Innsmouth, que acecha en un desván, en la casa de un Terrible Anciano, en un viejo libro que nadie se atreve a leer. Celestia nada sabe, ni nada puede.

—Celestia no sabrá nada, ni puede hacerles frente, pero yo sí puedo —dice ella, concentrándose en algo que está ocurriendo justo en el piso de abajo, Daring Do volando junto a un maltrecho Wandering, y puede sentir el amor que emanan.

Y siente que sus fuerzas aumentan. Casi tan alto como las lunas que giran en Júpiter, y que logra ver, hermosas y frágiles, desde su Colmena.


—¡Toma eso, feo! —grita Wandering, lanzándole un trozo de escombro a la criatura llamada Ahuizotl, con tan poca fuerza que no le hace ni un rasguño.

—¿Feo? —pregunta Hawkguard, esquivando potentes golpes— ¿Ese es tu mejor insulto?

—Oye, acaban de darme una paliza, y enfrentar monstruos no estaba en mi idea de salvar a una potra —dice él cojeando para intentar alejarse de los embates de la criatura llamada Ahuizotl. Daring Do logra darle con sus patas traseras en una pata, golpe que la criatura parece ni siquiera sentir. Ibragim lo golpea con todas sus fuerzas, usando escombros y trozos de viga que encuentra, pero aquellos elementos se rompen sin hacerle daño.

—¡Todos ustedes están por debajo de mí! —vocifera la criatura— ¡Ahora el Covenant me ha traído de vuelta, y cobraré el sacrificio que me ofrecieron, ya sea en sangre de unicornio, como en sangre de pegaso o de lobo!

—¿Y qué hay de los grifos? —grita alegre Harek, asomándose por la ventana mientras agita sus alas, y le arroja un platillo de batería al rostro.

La criatura llamada Ahuizotl lo recibe y grita con furia, para tratar de atacar al grifo, quien se aleja hacia atrás. Rompe la ventana con su cabeza para tratar de atraparlo con sus zarpas, pero Harek se le escurre, y al mirar hacia abajo logra ver, iluminados tenuemente por la luna, a una multitud de grifos, todos igualmente sucios, flacos y desaliñados, cargando piedras, instrumentos rotos y piezas de carretas.

—Vaya, que maravillosa criatura —dice Stein, destacándose entre la multitud por su bata blanca— ¡A darle! ¡A darle!


Su furia golpeó en la cima de la Torre Roja, como los asteroides que golpean Júpiter al amanecer.

El amor de provincia tenía una calidad que lo diferenciaba de otros malos amores, tan diferentes como lo es un vino de Trottingham de un aguardiente del Mirkwood. Tan puro como el aceite de oliva, y tan dulce como la carne de un durazno fresco.

Y la luz de Andrómeda y Sirio brillaron en sus pupilas, curvadas como las cimitarras de los lobos, y se descargaron contra Azrael, con la furia de las supernovas, de las estrellas cuando estallan. Quiso arrojarlo hacia lo más profundo del cielo estrellado, o lanzarlo a lo más hondo de los abismos, aquel abismo que él mismo había abierto para traer de regreso a la criatura llamada Ahuizotl. Y lo contemplo, escondido tras su magia púrpura, y sintió hacia él un desprecio que jamás creyó contemplar en su corazón.

Lo lanzó a lo más alto de su galaxia.

Azotó su frágil cuerpo contra los Pilares de la Creación, y luego lo lanzó contra la pupila del Ojo de Dios. El rojo Aldebarán, caminante parsimonioso del Norte más helado, lo vio pasar y lo cubrió con su abrasadora luz invernal. La Estrella Polar lo atrapó entre sus zarpas de oso y jugueteó con él como si no fuera más que un objeto curioso, el estambre entre las patas de un felino. Cada una de las lunas de Saturno lo golpeó en el rostro con la rabia de diez mil anillos que se rompen.

Y cuando fue lanzado contra la infinidad ardiente de Canis Majoris, gritó con el pánico de una potra, y entonces se percató de que nunca habían salido de la Torre Roja. Levantó con temor la vista hacia la Reina Chrysalis, y vio que sus ojos centelleaban como enanas blancas.

—¡D-detente, mi Reina! —grita él, sintiendo el miedo por primera vez en siglos— ¡El Covenant la recibiría como nuestra líder! ¡Sus changelings gobernarían sobre toda Equestria!

Ella grita, y como si la realidad se desgarrara en trozos de tela y papel, pudo contemplar la Ciudad Sin Estrellas, las góticas y no euclidianas torres negras de Sueñobscuro, coronadas por las criaturas con las que los ponis sueñan. Y a través de los ojos de una gárgola, siente como si saliera por un túnel en un tren, un paraíso: una hermosa extensión de perfectas y perfumadas rosas rojas, extendiéndose en paz por todos los puntos cardinales. Y al centro exacto, una estructura cuya cima se pierde en lo más alto de las nubes, una Torre Oscura...

Se cubre los ojos, incapaz de soportar lo que está observando.

—Salvaré a mi pueblo del Gran Hambre que nos azota, en Equestria está la clave —dice ella, avanzando con una calma total—. Y salvaré al universo del Covenant.

Lo eleva con magia, y, rompiendo el muro, lo arroja como un meteorito contra lo más profundo del Bosque Everfree.


Los débiles proyectiles que lanzan los grifos no bastan para dañar a la criatura llamada Ahuizotl, por lo que deciden volar a golpearlos ellos mismos. No le hacen daño, pero tienen el mismo efecto que un enjambre de moscas.

—¿Cómo vamos a detener a esa cosa? —pregunta Wandering Wing apoyándose en un polvoriento muro.

—Supongo que hay que pegarle más fuerte —dice Daring Do, riendo un poco para calmar a su novio.

En eso, Wandering Wing grita ya que siente que algo lo toma de la cola, y se gira aterrado para ver a un pequeño duende saltarín. El duende suelta su cola y señala hacia el agujero que dejó el altar al caer, apunta hacia allá con frenesí y salta de un pie a otro.

—¿Qué nos intentas decir? —le pregunta Ibrahim acercándose.

—¿Están seguros de que esas cosas no son malas? —pregunta asustado Wandering.

—No las juzgues por su apariencia, yo no hice eso contigo —dice Daring Do, acercándose al duende— ¿Qué pasa, amigo?

El duende corre hacia el borde, y hace unos gestos con sus manos que pueden interpretarse como una señal para subir. Y ven a las criaturas aladas, un enjambre entero de rostros alargado, colas como tentáculos, asquerosas alas membranosas salpicando fluido y pieles gomosas de foca; las ven aletear con esfuerzo, sacando sus lenguas bifurcadas para obtener aliento, cada uno sujetando con fuerza una cuerda, y logran subir arriba el altar blanco. Los horripilantes seres huesudos, repugnantes mezclas de araña, poni y lagarto, lo ayudan a subir sujetándolo y empujándolo hasta dejarlo adentro en el piso.

Multitud de pequeños duendes, risueños duendes, tristes duendes, corre a desatar a las otras criaturas, y unen las cuerdas para formar una sólida y larga cuerda, que atan alrededor del altar, y le facilitan un extremo a Daring Do.

—No entiendo que quieren hacer —dice Wandering Wing.

—Yo sí —dice Daring Do, adelantándose y sujeta la cuerda con sus cascos delanteros—. Necesito que sostengan la cola de ese tal Ahuizotl.

—Creo que entiendo cual es el plan —dice Hawkguard—. Ven, Ibrahim, sujetemos su horrible cola.

—Oigan, ¿Y qué hago yo? —pregunta Wandering.

—No sé, quédate con estas criaturas —dice Daring—. Quizás necesiten ayuda.

El pegaso gris contempla a un repulsivo ser que repta como una oruga por el borde, y se dobla prácticamente como papel, para luego aplastarse tal como lo haría un trozo de arcilla en los cascos de un potro, y Wandering agradece que el monstruo está cubierto por una manta roja, que le impide ver su cuerpo, aunque logra ver una repugnante hilera de pequeñas manos aceitosas, en hileras como las patas de un ciempiés. Aparta rápidamente la vista.

—Mejor te ayudaré a ti.

Ambos corren, y sujetan la monstruosa cola del engendro, esa criatura azulosa que se llama a sí mismo "Ahuizotl", y Daring Do intenta atar la cuerda en su escurridiza cola. Finalmente lo logra, pero la mano la atrapa con fuerza.

—¡Suéltame, feo! —grita ella asustada, mientras sus ojos se cruzan con los ojos de la monstruosa criatura.

—¿Qué intentas hacerme, insecto?

—¡Boten el altar! —grita ella, sosteniendo la mirada con desafío.

—¡No, no! —grita Wandering, volando para tratar de liberarla— ¡No lo boten aún!

—¡Miserables traidores! —vocifera Ahuizotl en un rugido infernal, pero en vez de mirar a los ponis y grifos, mira a los seres de espanto que se agolpan junto al agujero— ¿El Pueblo Mágico traiciona al Pueblo Mágico? ¡Son mis hermanos!

Intenta aplastar a Daring Do, pero Ibrahim y Hawkguard logran detener su puño con un gran esfuerzo. La criatura pronto se olvida de ellos y trata de correr hacia el altar, y las aterradas criaturas lo empujan: su peso hace que la cola, aun sosteniendo a Daring, sea arrastrada hacia allá, y él deba aferrarse a los débiles pilares que sostienen la estructura de la Torre. Los grifos cesan su ataque, y Wandering corre junto a Daring Do.

—¡Maldición, cortaré la cuerda! —grita él.

—¡Olvídalo! —le dice ella, forcejeando inútilmente— ¡Después será muy difícil detenerlo!

El pegaso gris mira con temor cómo los pilares comienzan a ceder, y empieza a pensar con velocidad en cómo salvar a su novia. Contempla a los seres que tanto asco le dan, y se fija en sus pieles aceitosas. Se le ocurre una idea.

—Puedo sacarte, pero será terriblemente asqueroso —dice él.

—No me importa, no creo que sea tan diferente a tocar a una rana —dice ella adivinando su plan.

Él corre, y aguantándose el asco, intenta sostener a uno de los monstruos voladores por la cola, pero ante su tacto, los pliegues de tejido se contraen, como un caracol, y la cola reduce su tamaño. Pero los engendros entienden lo que quiere hacer, y van a abrazar a Daring Do. Poco a poco, su fluido corporal le permite a ella escurrirse, y se alejan aterrados con ella, temiendo que esa mano los atrape.

La criatura llamada Ahuizotl rompe los pilares, pero logra asirse al borde del borde del agujero, ante las bandadas de seres horribles que escapan, y asoma su cabeza. Sus ojos vuelven a toparse con los de la pegaso mostaza.

—Voy a odiarte hasta que las estrellas mueran —murmura él.

—Puedo vivir con eso —responde Daring Do, con una sonrisa confiada, mientras el monstruo cae hasta las profundidades de la Torre Roja.


—Christine —oye una voz a sus espaldas.

Shining Armor ha despertado, y la mira con una extraña mezcla de sorpresa... y miedo. Ella no puede tolerar esa mirada, y considera volver a tomar la apariencia de unicornio, pero entiende que eso no cambiará la impresión que el unicornio tiene de ella.

—Christine es esto que ves ahora —dice ella, y no sabe qué tanto pudo oír el unicornio—. Yo..., no quería lastimarte.

—¿Qué eres? —pregunta él, mirándola a los ojos.

—Tranquilo, no volverás a verme —intenta ahogar inútilmente sus lágrimas—. Adiós, Shining.

Alza rápidamente el vuelo, y tratando de pasar lo más rápido que pueda, se arroja hacia el agujero, y desciende. Fugazmente ve a quienes por unas horas fueron sus amigos, el lobo Ibrahim, los pegasos Hawkguard, Wandering Wing y Daring Do. Y arriba, Shining Armor grita, le pide que suba. El unicornio que con toda seguridad amó.

"Gran Madre, ¿Por qué fuiste tan cruel con nosotros? ¿Por qué nos diste apariencias tan horribles? La luz se espanta al vernos, debemos escondernos en las sombras hasta que se marcha. ¿Por qué nos castigaste así?"

Baja aún más, donde su hermano Ahuizotl se recupera de su caída. Ambos comparten una triste mirada. Una vez, ambos soñaron con un mundo donde todos ellos, el Pueblo Mágico, los hijos de la Gran Madre, pudieran vivir sin tener que esconderse en edificios viejos y en bosques oscuros e impenetrables. Soñaron con vivir en los lugares que habían habitado hace siglos, cuando aún existían los gigantes. Soñaron con llenar Sueñobscuro, la Ciudad Sin Estrellas, con risas y alegría.

Y sin mediar palabra, ella lo transporta a través de un hechizo, lejos de ahí. Arriba, sus hermanos descienden para reunirse con ella, risueños duendes a lomos de los viscosos y lemúridos pixies, acompañados de los redcaps, envueltos en sus telas rojizas, y las huesudas Manadas Farén, que, aunque no tienen ocho patas, recuerdan poderosamente a las arañas. Se reúnen junto a ella trayendo consigo mantos de tristeza.

—La Torre Roja ya no será segura para nosotros —le pide un pixie, hablando con la misma voz que tiene la niebla—. Volvamos a Sueñobscuro.

Ella levanta la vista, y le parece ver rostros asomados por el borde. Deshace los domos que protegen a Shining Armor y a Beauty Dream, y no puede contener el llanto. Habría deseado mantener su mascarada, volver a colaborar con Hawkguard, beber el maravilloso café de Ibrahim y escuchar sobre sus esposas y sobre su hijo, ayudar al pequeño Harek en su búsqueda de cartones, observar con ternura el amor de Daring Do y de Wandering Wing. Volver a besar a Shining Armor y oír que la llamada "novia".

Conjura un hechizo para volver a Sueñobscuro con sus hermanos.

"Gran Madre, ¿Por qué nos hiciste esto? Ni siquiera las estrellas quieren brillar en Sueñosbcuro".


Cuando llegó la Guardia Real, los grifos se habían esfumado. También Ibrahim y Harek, y Daring Do se fue junto a Wandering Wing, de modo que solo quedaron Hawkguard y Shining Armor junto a sus prisioneros, y la pequeña Beauty Dream, que no tardó en despertar, confundida pero bien. Previamente, los grifos ayudaron a bajar y a atar a los sectarios, y Caballeron gritó aterrado cuando vio la luna centellear en los lentes de Stein. Parecía sentirse más a gusto en poder de los Guardias que de los grifos.

—No es justo que los demás se marcharan sin recibir crédito —dice molesto Hawkguard. Él y Shining están cubiertos por mantas de lona, sin sus armaduras, y les acaban de tratar sus contusiones—. Vaya, qué noche.

—Christine se ha marchado —dice Shining. Desde que bajaron, ha estado sumido en sus propios pensamientos, y Hawkguard puede entenderlo. La unicornio rosa había desaparecido sin dejar rastro.

—Es probable que vuelva —dice el veterano pegaso, con la intención de subir su ánimo—. Además, sonríe, salvaste a la potra.

—La salvó ella, y me dijo que no volvería —responde el unicornio, y decir eso le produce una profunda sensación de vacío. No quiere contarle a Hawkguard sobre la metamorfosis que vio en Christine, el cambio hacia aquella criatura tan parecida a un insecto.

Azrael la llamó "mi Reina".

—Tranquilo, quizás va a trabajar con Daring Do y Wandering Wing —dice el pegaso—. Ellos quieren ser arqueólogos, o investigadores paranormales o algo así. Espero que no lo hayan dicho por lo que pasó esta noche.

Se ríe un poco, creyendo que eso puede relajarlos a ambos. En realidad, han visto más cosas de las que querrían haber visto, y no podrían contárselas a nadie porque nadie las creería. Shining ni siquiera espera que Hawkguard crea lo que pasó con Christine.

—Lo único que lamento es que se marchó sin que pudiera decirle algo muy importante.

—¿Qué cosa le querías decir, Shining Armor? —pregunta su sargento.

El unicornio blanco levanta la vista. La Torre Roja humea por sus daños, por las aberturas hechas en la pelea, y multitud de Guardias la han rodean e investigan; posiblemente los seres que la habitaban jamás retornen, y eso lo llena de melancolía.

Contempla las estrellas y la luna. Los astros del cielo nocturno, oscuro como la piel real de Christine, parecen brillar con más fuerza, y él sonríe un poco al pensar que desean irradiar su luz sobre rostro de ella, la reina de su corazón. Mira a Hawkguard y responde:

—Quería decirle que, para mis ojos y mi corazón, ella es hermosa.

FIN