Esta historia tan bella que encontré es de autoría de Sophie Kinsella. Se llama "¿Te acuerdas de mí?" En cuanto leí la historia quede súper conmovida, de ahí que quise adaptarla.

Los personajes en que se adaptan pertenecen a Masashi Kishimoto

Capítulo 1

¿Cuánto tiempo llevo despierta? ¿Ya es de día?

Me siento fatal. ¿Qué pasó anoche? La cabeza me duele un montón. Está bien, no volveré a beber. Nunca más.

Estoy tan mareada que no puedo ni pensar, no digamos ya…

Uf. ¿Cuánto llevo despierta?

Tengo la cabeza a punto de estallar y noto una especie de niebla. Me muero de sed. Ésta es la resaca más monstruosa de mi vida. No volveré a beber nunca más.

¿Eso es una voz?

No, tengo que dormir…

¿Cuánto llevo despierta? ¿Cinco minutos? ¿Media hora? No es fácil saberlo.

¿Qué día es hoy, por cierto?

Permanezco tendida e inmóvil. Siento un martilleo rítmico en la cabeza, una especie de taladradora gigantesca. Tengo la garganta seca, me duele todo. Noto como si mi piel fuese papel de lija.

¿Dónde estuve anoche? ¿Qué pasa con mi cerebro? Es como si hubiese descendido una niebla que lo cubre todo.

No volveré a beber. Debo de haber sufrido una intoxicación etílica o algo así. Me esfuerzo en recordar la noche anterior, pero lo único que me viene a la cabeza son tonterías. Recuerdos, imágenes del pasado que surgen al azar, una especie de iPod embarullado.

Unos girasoles balanceándose sobre un cielo azul…

Hanabi recién nacida, con el aspecto de una salchichita rosada, encima de una manta…

Una bandeja de patatas fritas en una mesa de madera, el calor del sol en la nuca, mi madre sentada enfrente con un sombrero blanco de tela, que luego se sacaba para acomodar su cabello y diciéndome: «Cómetelas, cariño»…

Aquella carrera de sacos en el colegio… Ay, Dios, ese recuerdo otra vez, no. Intento cerrarle el paso, pero es demasiado tarde, ya se ha colado… Tengo siete años y voy ganando con una ventaja kilométrica, pero me resulta tan incómodo estar ahí delante yo sola que me detengo y espero a mis compañeras. Ellas me dan alcance y entonces, en medio de la carrera, tropiezo y llego la última. Todavía siento la humillación, oigo las carcajadas, noto el polvo en la garganta y el sabor a banana…

Espera. Obligo a mi cerebro a estarse quieto un instante.

Bananas.

Entre la niebla, otro recuerdo brilla tenuemente. Hago un esfuerzo desesperado por recuperarlo, por darle alcance… Sí. Ya lo tengo. Cócteles de banana.

Estábamos en una disco tomando unos cócteles. Es lo único que recuerdo. Esos malditos cócteles de banana. ¿Qué demonios les habrán puesto?

Ni siquiera puedo abrir los párpados. Los noto pesados, como aquella vez que usé unas pestañas postizas con un pegamento barato y, al día siguiente, cuando entré dando tumbos en el baño, vi que tenía un ojo totalmente pegado y una cosa negra encima que parecía una araña muerta.

Con cautela, deslizo una mano hacia mi pecho y oigo un crujido de sábanas. No suenan como las de casa. Hay un extraño aroma a limón en el aire y llevo puesta una camiseta de algodón que no reconozco. ¿Dónde estoy?

No me habré acostado con alguien, ¿no?

¿Le fui infiel a Kiba? ¿Llevaré la camiseta talla extra de algún chico desconocido? ¿La habré tomado prestada para dormir después de una noche de sexo apasionado? ¿Por eso me siento magullada y dolorida? Me sonrojo a más no poder. No, no, no ¿Cómo es que no recuerdo mi primera vez? ¿Tan mala fue?

No, no he sido infiel en mi vida. Me habré quedado en casa de alguna de las chicas. Tal vez si me levanto y me doy una buena ducha… Abro los ojos con gran esfuerzo y me incorporo unos centímetros. ¿Qué demonios…?

Estoy en una habitación sumida en la penumbra, sobre una cama metálica. Hay un panel con botones a mi derecha. Un ramo de flores en la mesilla de noche. Tragando saliva mentalmente (en la boca no me queda), veo que en el brazo izquierdo tengo un gotero conectado a una bolsa de suero.

Esto es increíble. Estoy en un hospital.

¿Qué pasa aquí? ¿Qué ha pasado?

Trato de que mi cerebro recuerde, pero no es más que un gran globo vacío. Necesito una taza de café bien cargado. Me propongo escudriñar la habitación para vislumbrar alguna pista, pero mis ojos no están para pesquisas. No quieren información; sólo colirio y tres aspirinas. Débilmente, vuelvo a desplomarme sobre la almohada, cierro los ojos y aguardo un poco. Vamos. Tengo que recordar qué pasó. No es posible que estuviera tan borracha, ¿no?

Me aferró a mi único retazo de memoria como si fuera una isla en medio del océano. Cócteles de banana… cócteles de banana… Haz un esfuerzo… piensa…

Ahora me vienen algunos recuerdos. Poco a poco, a trozos. Nachos con queso. Esos horribles taburetes de la barra con todo el vinilo roto.

Habíamos salido con las chicas de la oficina. Esa disco tan apartada con el techo de neón rosa en… Donde sea. Yo estaba sola con mi cóctel, completamente deprimida.

¿Por qué me sentía tan fatal? ¿Qué había pasado?

Las bonificaciones. Claro. Una fría decepción muy conocida me oprime el estómago. Y Kiba, el Perro Mojado, no se presentó. Aunque eso no explica que esté en un hospital. Aprieto los párpados, contraigo los músculos de la cara para tratar de concentrarme.

Me recuerdo bailando, muy avergonzada, una canción popularen la zona de karaoke, las cuatro juntas, cogidas del brazo. Me acuerdo vagamente de haber salido dando tumbos en busca de un taxi.

Pero más allá de eso… nada. Vacío total.

Es extraño. Le mandaré un mensaje a Ten-Ten y le preguntaré qué pasó. Alargo la mano hacia la mesilla y entonces caigo en que no hay teléfono. Ni en la silla ni en la cómoda.

¿Y mi móvil? ¿Dónde están mis cosas?

Ay, Dios, ¿me atracaron? Tiene que ser eso. Algún adolescente encapuchado me dio en la cabeza, me fui al suelo y llamaron a una ambulancia…

Haciendo muecas de dolor, giro la cabeza a uno y otro lado, pero no veo ropa.

Y sigo sin tener ni idea de qué estoy haciendo aquí. Me noto la garganta seca, me muero por un vaso de jugo de naranja fresco. Y ahora que lo pienso, ¿dónde están los médicos y las enfermeras? ¿Acaso me estoy muriendo?

—¿Ho….ho-hola? —llamo débilmente. Mi voz suena como un rallador arrastrado por un suelo de madera. Aguardo un momento, pero todo continúa en silencio. Nadie puede oírme a través de esa puerta tan gruesa.

Entonces se me ocurre apretar un botón del panel. Elijo el que tiene la silueta de una persona y al cabo de unos instantes se abre la puerta. ¡Ha funcionado! Aparece una enfermera de pelo gris y uniforme azul oscuro. Me sonríe.

— ¡Hola, Hyuga-san! ¿Se encuentra bien?

—Umm, sí, gracias. Tengo sed. Y-y me duele la cabeza.

—Ahora le traeré un calmante. —Me da un vaso de agua y me ayuda a incorporarme—. Bébase esto.

—Gracias —le digo después de tragarme el agua—. E-entonces… supongo que esto es un hospital, ¿no?

-Si, estas en lo cierto, es un hospital. ¿No recuerdas cómo llegaste aquí?

—No —contesto meneando la cabeza—. Estoy un poco confusa.

—Es que te diste un buen golpe en la cabeza. ¿Te acuerdas de algún detalle del accidente?

Accidente… accidente… Y de pronto me viene todo de golpe, como en una ráfaga. Claro. La carrera detrás del taxi, el suelo mojado, el tipo con traje que lo tomo antes que yo, el resbalón con mis malditas botas de ocasión…

Vaya. Debo de haberme dado un buen porrazo en la cabeza. La miro y asiento, aun confundida con los hechos que recuerdo.

—Sí. Creo que sí —digo—. Más o menos. Y… ¿qué hora es?

—Las ocho de la noche.

¿Las ocho? ¿He estado inconsciente un día entero?

—Yo soy Nami. —Me quita el vaso de las manos—. Te han trasladado a esta habitación hace unas horas. Hemos mantenido ya varias conversaciones, ¿sabes?

—¿Ah, sí? —me sorprendo—. ¿Y qué dije?

—Te costaba hablar, pero no parabas de preguntar si una cosa era… ¿«espantosa»?—Frunce el entrecejo—. Algo de unas bananas, cócteles...No lo se.

Ay no. Ahora hablo de lo que bebo en las salidas con las chicas. Debí parecer una ebria.

—¿C-cocteles? —Finjo sorpresa—. No tengo ni idea.

—Bueno, ahora pareces coordinar perfectamente. —Nami me ahueca la almohada—. ¿Quieres que te traiga algo más?

—Me encantaría un zumo de naranja. Y no veo por aquí mi teléfono y mi bolso.

—Todas tus pertenencias deben de estar en custodia. Voy a comprobarlo. — La enfermera sale y me quedo contemplando la habitación silenciosa, todavía medio aturdida. Sólo he conseguido montar una esquinita del rompecabezas. Aún no sé en qué hospital estoy, ni cómo llegué aquí, ni si habrán avisado a mi familia. Y además, hay una sensación que no me abandona…

Recuerdo que tenía muchas ganas de volver a casa. Sí, exacto. No paraba de decir que debía llegar a casa, porque tenía que levantarme temprano al día siguiente. Porque…

Oh, no.

El funeral de papá. Era a las once. Lo cual significa…

¿Qué me lo he perdido?

Instintivamente trato de levantarme, pero empieza a darme vueltas la cabeza. Al final, me dejo caer otra vez a regañadientes. Si me lo he perdido, qué se le va a hacer. Se me llenan los ojos con lagrimas que intento detener.

No es que yo conociera demasiado a mi padre; él nunca fue muy abierto conmigo. Era más bien como un vigilante, dueño de la casa, donde todos buscábamos su aprobación. Y no era para menos, siempre buscaba tener un prestigio familiar intachable y lograr que el negocio se mantuviera bien. Fue por eso que empecé a trabajar en una empresa…para ayudarle con mi experiencia en el futuro... Para que viera que era alguien en quien confiarla.

Y bueno, tampoco fue una sorpresa tan tremenda su muerte. Le iban a hacer un gran bypass en el corazón y todo el mundo sabía que había un riesgo del cincuenta por ciento. Aun así, debería haber ido al funeral con mamá y Hanabi-chan. Al fin y al cabo, Hanabi sólo tiene doce años y es una niña muy tímida. Tengo una visión repentina de ella, sentada al lado de mamá en el crematorio, aferrada a su harapiento león de peluche azul y con un aspecto muy serio bajo ese flequillo de pony escocés. Todavía no está preparada para ver el féretro de papá, o por lo menos no sin que su hermana mayor la coja de la mano.

Mientras permanezco tendida, imaginándome los esfuerzos de mi hermana para comportarse con valentía, como una persona mayor, noto una lágrima en la mejilla. Hoy era el funeral de mi padre. Y yo aquí, en un hospital, con dolor de cabeza y una pierna rota. O algo parecido.

Y encima, mi novio me dio plantón anoche. De pronto soy consciente de que estoy sola.

¿No tendrían que estar aquí mis amigas y mi familia, todos muy preocupados alrededor de la cama, tomándome de la mano?

Bueno. Supongo que mamá habrá ido al funeral con ayuda de Neji y Hanabi. Y a Kiba…bueno, quizás quiso ir en algún punto. Pero Ten-Ten y las demás… ¿dónde se han metido?

Cuando pienso que todas fuimos a visitar a Sakura cuando le extirparon su muela del juicio. Prácticamente acampamos en el suelo de su habitación, le llevamos antibióticos y revistas. Y luego, cuando ya estaba curada, le pagamos una salida a comer.

Yo, en cambio, he estado inconsciente. Con un gotero y todo. Pero, como es evidente, a nadie le importa.

Otro grueso lagrimón se me desliza mejilla abajo, justo cuando se abre la puerta y entra Nami. Trae una bandeja y una bolsa de plástico. «Hyuga, Hinata», pone en un lado.

—¡Ay, querida! —Exclama al ver que me enjugo las lágrimas—. ¿Te duele? — Me tiende una pastilla y un vasito—. Esto te irá bien.

—Muchas gracias. —Me trago la píldora—. Pero no es por eso…Es — Abro las manos, impotente—. E-es..mi vida, e-en general.

—¡Nada de eso! —dice Nami, en plan tranquilizador—. Las cosas a veces pueden tener mal aspecto. Estoy segura… A ver, cuéntame, que es lo que tanto te agobia.

—M-mi supuesta carrera profesional no va a ninguna parte. Y-y, mi novio me dejó plantada a-anoche.- Parece que es el momento de sentirme descargar, porque no puedo parar.-En casa hay un escape en el fregadero y un-una agua marrón se filtra en la planta baja —añado, recordándolo con un escalofrío—. Los vecinos acabarán poniéndome una demanda. Apenas nos entendemos pues la mayoría aun aprende japonés y los administradores, coreano-japoneses casi nunca están. Y mi padre…el, p-pues, acaba de morir.

Se hace un silencio. Nami parece patidifusa.

—Bueno, todo eso suena… umm, un poco complicado —dice por fin—. Pero ya verás como las cosas mejoran pronto.

—Eso me decía mi amiga Ten-ten —Susurro. Me viene el recuerdo repentino de sus ojos marrones, brillantes en medio de la lluvia—. Y mire-mireme, he terminado en un hospital —Me señalo a mí misma, desalentada—. ¿Co-cómo quiere que mejore?

—Pues… no sé, querida. —Sus ojos se mueven inquietos, como buscando ayuda.

—Cada vez que pienso que todo es un asco…—Me sueno la nariz y suspiro—. ¿No sería fantástico que por una vez, aunque sólo fuera por una vez, se arreglara todo por arte de magia?

—La esperanza es lo último que se pierde, ¿no? —Me sonríe compasiva y extiende la mano para recoger el vasito.

Se lo doy y, al hacerlo, reparo de golpe en mis uñas. ¡Vaya! ¿Cómo es que…?

Mis uñas siempre han sido de una forma irregular, al cortarlas en días distintos, y las trato de esconder. Éstas, en cambio, son increíbles… Impecables, pintadas de rosa claro. Y muy largas. Parpadeo, incrédula, mientras intento comprender qué ha ocurrido. ¿Fuimos a una sesión de manicura de madrugada y lo he olvidado?

¿Me puse unas uñas postizas? Deben de tener una técnica revolucionaria porque no veo junturas ni nada.

—Por cierto, tu bolso está aquí dentro —añade Nami, dejando la bolsa en la cama—. Voy a buscarte ese zumo de naranja.

—Gracias. —Menos mal, porque creía que me lo habían robado.

Ya es algo haberlo recuperado. Con un poco de suerte, todavía tendré batería y podré mandar unos mensajitos… Nami se dirige hacia la puerta y yo meto la mano en la bolsa de plástico. Saco un elegante bolso Louis Vuitton con asas de piel de becerro, todo reluciente y con un aspecto carísimo.

Vaya, suspiro decepcionada. Éste no es mi bolso. Me han confundido con otra. Como si yo pudiese tener un bolso Louis Vuitton…

—P-perdone, pero este bolso no es mío —le digo a la enfermera. Pero la puerta ya se ha cerrado.

Observo tristemente el Louis Vuitton y me pregunto de quién será. De alguna chica rica del fondo del pasillo… Lo deposito en el suelo, me desplomo sobre la almohada y cierro los ojos.

Hola!

Primero que todo, quiero agradecer a quienes agregaron esta historia a sus favoritos. Ya voy en el primer capítulo recién y no puedo esperar sus comentarios para ver que creen que vendrá después, lo que les gusto, lo que no… En fin, todo aquello a lo que un escritor, y en mi caso, una simple adaptadora, puede enfrentar.

Si entre las lectoras hay alguien que leyó la novela de Kinsella, probablemente ahora o en un capítulo más empiece a notar las diferencias entre el personaje original, Lexi Smart, con Hinata Hyuga. En sí, quiero mantener la línea argumental fija, sin embargo algunas relaciones e historias de trasfondo cambiaran. Principalmente porque ante la personalidad de Hinata, y los personajes que se relacionan con ella en "Naruto", se me hace más adecuado.

Antes que lo olvide, Harajuku, el sector del que se habla en el capitulo anterior, es uno de los que se considera relativamente peligrosos en Japon. Principalmente la calle Takeshita, que se menciona es donde vive Sakura. En el libro, el taxi no las lleva por otra razón, pero quise agregar este detalle para contextualizar más que todo esto ocurre en Japón.

En fin, espero que les haya gustado este capítulo. Y para CotyCandy, ojala que te interese la línea que va a seguir la historia :)