Esta historia tan bella que encontré es de autoría de Sophie Kinsella. Se llama "¿Te acuerdas de mí?" En cuanto leí la historia quede súper conmovida, de ahí que quise adaptarla.

Los personajes en que se adaptan pertenecen a Masashi Kishimoto

Capítulo 3

Me han traído una taza de té bien cargado. Un remedio infalible contra la amnesia, claro.

No, espera. No seas tan sarcástica. Les agradezco esa taza. Al menos es algo a lo que agarrarse. Algo real.

Mientras la doctora Senju habla de pruebas neurológicas y tomografías computarizadas, yo me las arreglo para mantener la compostura. Voy asintiendo con mucha calma, como diciendo: «Sí, no hay problema. Estoy muy tranquila.» Pero por dentro no es así. Todo lo contrario: estoy muerta de miedo. La verdad me golpea una y otra vez en las entrañas, hasta que acabo mareada.

Cuando por fin suena su busca y tiene que irse, siento un inmenso alivio. Ya no aguantaba una palabra más, aunque no entendiera lo que me estaba diciendo. Doy un sorbo de té y me desplomo sobre la almohada. (Y si, retiro todo lo dicho sobre el té. Es lo mejor que he probado en mucho tiempo.)

Nami ha terminado su turno y la enfermera morena, Shizune, se ha quedado en la habitación y está escribiendo en mi historial.

—¿Cómo te encuentras?

—Rara, rara, rara —respondo, tratando de sonreír.

—No me sorprende. —Sonríe comprensiva—. Tómatelo con calma. Tu cerebro está intentando reiniciarse por su cuenta.

La observo mientras consulta su reloj y anota la hora.

—Cuando la gente sufre amnesia —me aventuro a preguntar—, usted sabe…¿acaba recobrando la memoria?

—Es lo habitual —dice con un gesto tranquilizador.

Cierro los ojos y me empeño en que mi mente retroceda. Con la esperanza de que pesque algo, de que se le enganche alguna cosa, aunque sea por casualidad.

Pero no hay nada, sólo oscuridad: la nada más absoluta.

—Háblame del 2017—digo, abriendo los ojos—. ¿Quién es ahora primer ministro? ¿Y el presidente de Estados Unidos?

—Pues Shinzo Abe —responde Shizune—. Y en Estados Unidos es el presidente Trump. Donald Trump

—Ah, ¿Un empresario?...Vaya… —Miro alrededor—. Y… ¿ya han resuelto el calentamiento global? ¿O curado el sida?

Shizune se encoge de hombros.

—Aún no.

Uno tendería a creer que habrían ocurrido más cosas en cuatro años. Que el mundo habría cambiado. El 2017 me está dejando poco impresionada, la verdad.

—¿Te apetece una revista mientras te preparo el desayuno? —pregunta Shizune. Yo asiento, sonriendo ante su intento de aliviar un poco la situación.

Sale de la habitación y regresa enseguida con un ejemplar de PINKI

En cuanto echo un vistazo a los titulares de la revista, me llevo un sobresalto.

—«Sepa los detalles del divorcio de Brad Pitt»… —leo con voz vacilante—. ¿Q-qué? ¿Otro divorcio?

—Ah, sí. —Shizune sigue mi mirada con indiferencia—. ¿No sabes que Angelina rompió con Brad Pitt?

-No tenía como saberlo, realmente.

-Oh...pues si, tienes razon. Lo siento, no me hago a la idea de que no recuerdes...bueno, los ultimos años.

-No te preocupes, yo también no me hago de la idea- Le respondo en animo de bromear. Lo consigo al ver que Shizune me sonríe mostrando sus dientes.

-Bueno, también ocurrió un terremoto de Fukushima hace como 1 año. No fue tan grave como el de 2011, pero aún así. Uhm, también sacaron una nueva entrega de Star Wars, no se si sigues esa saga.- Yo niego con la cabeza. Simplemente no se meda - También fallecieron algunas celebridades occidentales..ehm...Lo siento, creo que podría terminar llenándote la cabeza de información de sopetón.

—No hay problema, me gusta escuchar sobre lo que ha ocurrido en mi ausencia.-Ojeo la revista otra vez-Vaya…Entonces varias cosas cambiaron.

— Voy a buscar el desayuno. ¿Inglés, continental o cestilla de frutas? ¿O los tres?

—Umm… continental. Muchas gracias. —Miro un articulo en la revista, pero vuelvo a dejarla—. Un mo-momento… ¿Cestilla de frutas? ¿Han agregado cosas frescas en el servicio del hospital de Seguridad Social?

—Esto no es la Seguridad Social —sonríe—. Estás en el ala privada del hospital.

¿Privada? Pero si yo no puedo permitírmelo…Digo, mi padre tenía un negocio, pero de ahí a alcanzar tanto dinero…

—Te pondré un poco más de té. —Toma la tetera de porcelana y empieza a servirme.

—N-no ¡B-Basta! —exclamo aterrorizada. No quiero ni una gota más. Seguro que cuesta 50.000 yenes cada taza.

—¿Qué ocurre? —pregunta sorprendida.

—No puedo…y-yo…p-permitirme todo esto —digo avergonzada—. Pe-perdona, Shizune-san, pero no entiendo qué estoy haciendo en esta habitación de lujo. Deberían haberme llevado a un hospital público. Estoy dispuesta a trasladarme…

—Todo esto lo cubre tu seguro privado. No te preocupes.

—Ah… De acuerdo...

¿Tengo un seguro privado? Bueno, claro. Ahora, con 26, he sentado la cabeza.

La impresión se me concentra en la boca del estómago, como si acabara de enterarme. Soy una persona distinta. Ya no soy yo.

O sea, claro que soy yo. Pero una Hinata de 26 años, y a saber quién demonios es ésa. Examino mi mano, buscando alguna pista. Una persona que puede pagarse un seguro privado y hacerse una manicura tan espectacular…

Un momento. Lentamente, vuelvo la cabeza y me concentro en el reluciente bolso Louis Vuitton.

No. No es posible. Ese bolso de diseño de trillones de libras, más propio de una actriz, no será…

—¿Shizune-san? —Trago saliva y procuro sonar despreocupada—. ¿Tú crees…? O sea, este bolso… ¿es mío?

—Debería... Déjame ver…

Busca dentro del bolso, saca una billetera Louis Vuitton a juego y la abre.

—Sí, es tuyo. —Le da la vuelta a la billetera y me enseña una American Express platino con mi nombre impreso.

Mi cerebro sufre un cortocircuito al contemplar las letras en relieve. Esa tarjeta es mía.

Y el bolso.

—Pero este bolso debe costar, qué sé yo…—digo con voz ahogada.

—Ya. —Shizune suelta una risita—. Bueno, relájate. Es tuyo.

Acaricio sigilosamente el asa, casi sin atreverme a tocarla. No puedo creer que me pertenezca. ¿De dónde lo habré sacado? ¿Es que estoy ganando dinero a espuertas?

—¿O sea, que sufrí un accidente de coche? —Levanto la vista, de repente ansiosa por saberlo todo sobre mí: todo a la vez—. ¿Conducía yo? ¿Un Mercedes?

—Eso parece. —Percibe mi incredulidad—. ¿No tenías un Mercedes en 2014?

—¿Estás de broma? ¡Yo ni siquiera sé conducir!

¿Cuándo aprendí? ¿Cuándo empecé a poder permitirme bolsos de diseño y Mercedes descapotables?

—Mira en el bolso. A lo mejor su contenido te refresca la memoria.

—Buena idea.

Siento un aleteo en el estómago mientras lo abro. Del interior emana olor a cuero mezclado con un perfume desconocido. Meto la mano y lo primero que saco es una polvera Estée Lauder chapada en oro. Me apresuro a abrirla para echarme un vistazo.

—Te hiciste algunos cortes en la cara—me advierte Shizune—. No te alarmes, se te acabarán curando.

Cuando me miro a los ojos en el espejito siento un alivio repentino. Todavía soy yo, aunque tenga un gran rasguño en el párpado. Muevo el espejo para mirarme mejor y me estremezco al ver el vendaje de la cabeza. Lo inclino hacia abajo: ahí están mis labios, muy llenos y rosados, cosa rara, como si me hubiera pasado la noche de besuqueo y…

Ésos no son mis dientes.

Tan blancos. Tan deslumbrantes. Es la boca de una extraña.

—¿Pasa algo? —Shizune me arranca de mi confusión—. ¿Hyuga-san?

—Necesito un espejo, por favor —acierto a pedir—. Qui-quiero verme bien. ¿Tienes uno grande?

—Hay uno en el baño. —Se acerca a la cama—. Y no sería mala idea que empezaras a moverte. Yo te ayudo…

Me levanto con esfuerzo de la cama metálica. Las piernas me tiemblan, pero logro llegar hasta el baño tambaleándome.

—Escucha —me advierte Shizune antes de cerrar la puerta—, tienes cortes y varios morados, así que tu aspecto quizá te cause cierta impresión. ¿Estás lista?

—Sí. No importa.—Respiro hondo y me armo de valor.

Shizune cierra la puerta y de pronto me veo en el espejo de cuerpo entero que hay detrás. ¿Ésta… soy yo?

Me he quedado sin habla. Tengo las piernas como flanes. Me agarro del toallero mientras intento dominarme.

—Ya sé que las heridas tienen mal aspecto. —Shizune me sostiene por detrás—. Pero créeme, son superficiales.

Yo ni siquiera miro los cortes. Ni el vendaje, ni la grapa de la frente. Es lo que hay debajo lo que me tiene patidifusa.

—Yo… —Gesticulo ante mi reflejo—. Yo no soy así…

Cierro los ojos y visualizo mi antiguo yo, para asegurarme de que no me he vuelto loca. Pelo negro y liso, con un flequillo sencillo y con un largo por debajo de los hombros, y ojos blancos. Lápiz de ojos negro, pintalabios rosa del súper. En fin, el aspecto habitual de Hinata Hyuga.

Entonces vuelvo a abrir los ojos. Me devuelve la mirada una chica muy distinta. Una parte del pelo la tengo hecha una pena a causa del accidente, pero el resto es de un negro con tonos azulados, todo liso y lustroso, hasta la cintura. Mi flequillo tiene un aspecto donde hace una onda coqueta, hacia el lado derecho. Llevo impecablemente pintadas de rosa las uñas de los pies. Y tengo las piernas bronceadas, con un leve matiz miel, y mucho más delgadas que antes. Más musculosas.

—¿Qué ves diferente? —Shizune observa mi reflejo con curiosidad. Ella no ve la diferencia.

—¡To-todo! —Balbuceo—. Tengo un aire… flamante.

—¿Flamante? —repite riendo.

—Mi pelo, mis piernas, ¡mis dientes…! —No puedo quitar los ojos de esos dientes nacarados. Tienen que haberme costado un ojo de la cara.

—Son bonitos —asiente.

—No, no. —Sacudo la cabeza—. No lo entiendes. Yo…yo tengo los dientes más espantosos del mundo. Me llaman Dientotes.

—Vaya. —Arquea una ceja, divertida.

—He perdido montones de kilos… y tengo la cara distinta, no sé cómo narices… —Examino mis rasgos, tratando de averiguarlo. Cejas más finas y arregladas, labios más llenos… Los miro de cerca con una repentina sospecha. ¿Me habré hecho algo? ¿Me he convertido en una aficionada a los «retoques»?

Me aparto bruscamente del espejo; la cabeza me da vueltas.

—Calma —dice Shizune a mis espaldas—. Has sufrido un gran shock. Deberías ir paso a paso.

Sin hacerle caso, agarro el bolso Louis Vuitton y empiezo a sacar las cosas y examinarlas una a una, como si fuesen a revelarme un mensaje. Por el amor de Dios, ¡mira qué cosas! Un llavero Tiffany, unas gafas de sol Prada, un pintalabios Lancóme (no del super).

Y aquí tenemos una agendita Smythson verde claro. Dudo un segundo, me mentalizo y la abro.

Con un sobresalto, me tropiezo con mi letra: «Hyuga, Hinata. 2017», garabateado en la primera página. Tengo que haber sido yo la que escribió esas palabras y esbozó el dibujito de un girasol en una esquina. Pero no recuerdo haberlo hecho.

Sintiéndome como si me espiara a mí misma, empiezo a hojear las páginas. Hay anotaciones en todas: «Almuerzo, 12.30. Copas. Cita Gill. Material gráfico.» Todo con iniciales y abreviaturas. De aquí no puedo sacar gran cosa. Llego al final y se me escurre un montoncito de tarjetas. Recojo una y… me quedo petrificada.

Es una tarjeta de la empresa, Alfombras Ryotenbin, aunque con un nuevo logo, más moderno. Y el nombre que aparece impreso en gris marengo es:

Hyuga Hinata.

Directora de Suelos y Alfombras.

Me siento flotar.

—¿Hyuga-san? —se preocupa Nicole—. Estás muy pálida.

—Mira esto. —Le enseño la tarjeta, procurando controlarme—. Es mi tarjeta, pone «Directora». Lo cual quiere decir… jefa del departamento entero. ¿Cómo es posible? —Mi voz suena más temblorosa de lo que quisiera—. Sólo llevo un año en la empresa…

Con manos temblorosas, vuelvo a introducir la tarjeta entre las páginas de la agenda y sigo hurgando en el bolso. Tengo que encontrar el teléfono. He de llamar a mis amigas, a mi familia, a alguien que entienda qué demonios…

Lo tengo

Es un nuevo modelo extraplano que no reconozco, pero aun así sencillo de manejar.

No hay mensajes de voz, aunque sí uno de texto, todavía sin leer:

Llego tarde, te llamo en cuanto pueda.

T

¿Quién es T? Me devano los sesos, pero no se me ocurre un solo conocido cuyo nombre empiece por T. ¿Alguien nuevo del trabajo? Voy a los mensajes guardados. El primero también es de T: «Creo que no. T»

¿Será Ten-Ten? Puede que haya cambiado numero, pues no encuentro Ten-Ten en la agenda de contactos del celular.

Luego revisaré todos los mensajes. Ahora he de hablar con alguien capaz de explicarme qué ha pasado conmigo en los últimos cuatro años… Llamo a Ten-Ten con la tecla de marcación rápida y aguardo tamborileando con mis uñas de película.

«Hola, el numero al que has llamado no tiene buzón de voz. Por favor, deja tu mensaje.»

—Hola, Ten-Ten—digo en cuanto suena la señal—. S-soy Hinata. Escucha, ya sé que te sonará extraño, pero he tenido un accidente. Estoy en el hospital, necesito hablar contigo. Es importante. ¿Puedes llamarme?

Mientras cierro el teléfono, Shizune me reprende.

—No se pueden usar esos chismes aquí —dice—. Puedes utilizar un teléfono fijo. Te buscaré uno.

—Ah, l-lo siento.

Me dispongo a repasar los mensajes antiguos cuando llaman a la puerta y entra otra enfermera con un par de bolsas.

—Hola, soy Keiko.—Dice saludándome con una pequeña reverencia. Yo la imito-Aquí tienes tu ropa, Hyuga-san… —Deja una de las bolsas en la cama.

Saco unos tejanos oscuros y los examino. ¿Qué es esto? Demasiados altos de cintura y demasiado estrechos, casi como unas medias. Y además, ¿cómo te vas a poner unas botas por debajo de estos pantalones?

—Y aquí están tus joyas —añade, mostrándome una bolsa de plástico transparente—. Hubo que quitártelas para el escáner.

Todavía estupefacta, cojo la bolsa. Nunca he sido muy dada a llevar joyas. Como una cría frente a un regalo de cumpleaños, meto la mano y saco un enredo de piezas doradas.

Hay una pulsera de oro trabajado de aspecto carísimo, un collar a juego y un reloj.

—N-no puedo creerlo.

Paso los dedos con precaución por la pulsera; luego vuelvo a meter la mano en la bolsa y saco el collar de oro. Entre sus hebras hay un anillo enredado.

Después de maniobrar un rato, consigo desengancharlo.

Respiramos hondo. Las tres.

—¡Oh guau! —murmura Shizune.

Se trata de un anillo con un enorme diamante solitario. El tipo de anillo que ves en el escaparate de una joyería sobre un fondo de terciopelo azul marino y sin etiqueta (no vale la pena ni preguntar). Cuando consigo apartar de él la mirada, veo a Keiko tan fascinada como yo.

—¡Espera! —Exclama Shizune de repente—. Hay otra cosa. Pon la mano. —Keiko la mira e inclina la bolsa hacia mi, mientras da unos golpecitos.

Tras un instante me cae en la palma una alianza de oro.

Noto un zumbido en los oídos.

—¡Debes de estar casada! —dice Shizune alegremente.

No puede ser. Yo lo sabría, ¿no? Lo sentiría en mi interior, en el fondo de mi ser. Con amnesia o sin amnesia. Le doy vueltas al anillo con torpeza, sintiendo calor y frío al mismo tiempo.

—Claro que sí —asiente la otra enfermera—. Estás casada. ¿No lo recuerdas, querida?

Meneo la cabeza en silencio.

—¿No recuerdas tu boda? —Shizune parece consternada—. ¿Nada de tu marido tampoco?

—No. —Levanto la vista, muerta de miedo—. No…yo… ¿Me habré casado con Kiba?…

—¡Y yo qué sé! —Shizune suelta una risita, aunque se lleva una mano a la boca—. Perdona. Has puesto cara de pánico. ¿Tú sabes cómo se llama el marido? —le pregunta a la otra enfermera, que niega con la cabeza.

—No; lo siento. Estoy trabajando en la otra sala. Pero sé que hay un marido.

—Mira, tiene una inscripción —dice Shizune, quitándome el anillo—. «H.H. y O.T., tres de junio de dos mil quince.» Se acerca el segundo aniversario. —Me lo devuelve—¿Eres tú?

Respiro agitada. Es cierto. Está grabado en oro macizo.

—Yo soy H.H. —le digo—.Pero no tengo ni idea de quién es O.T.

Me pregunto cómo es que tuve marido. No puedo evitar que me llame la atención que siguiera siendo una Hyuga…Probablemente es de esos hombres que no te presionan porque cambies tu apellido por el de ellos.

Sin embargo, me entristece que no me suene para nada esas iniciales.

Quizás…el «T» del teléfono, comprendo de sopetón. Ese mensaje era de él. De mi esposo.

—Creo que necesito un poco de agua fresca…

Me voy al baño, tambaleante, y me echo agua por la cara. Apoyada en el lavamanos, observo mi rostro magullado, mi reflejo extraño y conocido a la vez. Creo que se me va a colgar el disco duro. ¿Me están gastando una broma monumental? ¿Sufro alucinaciones?

Tengo 26 años, unos dientes perfectos, un bolso Louis Vuitton, una tarjeta de «Directora»… y un marido.

¿Cómo demonios ha ocurrido?

Y tal como CotyCandy dijo, si, Hinata esta casada.

Me imagino que ya dedujeron quien es, no es muy dificil, y como podría dirigirse este curso de eventos.

Pero quiero que entiendan una cosa, que de hecho fue lo que me gusto de la historia original: en el libro hay una relacion amorosa, hay una pareja, pero ese no es el enfoque al 100%. Si bien es cierto habra HiNaru (me encanta como suena, como un nuevo nombre hehehehe), les sugiero que sigan leyendo, pues la historia se enfoca más en como alguien, de manera estremecedora, pierde un trozo de su vida y su camino en recuperarlo, si es que lo logra.

Ahora siguen los capis lentos, pero ya luego uuuh se viene lo bueno jovenees! :D

Gracias a todos por leer y si quieren dejen un review por aqui :)