Esta historia tan bella que encontré es de autoría de Sophie Kinsella. Se llama "¿Te acuerdas de mí?" En cuanto leí la historia quede súper conmovida, de ahí que quise adaptarla.

Los personajes en que se adaptan pertenecen a Masashi Kishimoto

Capítulo 4

Tadao. Takeshi. Toshio.

Ha pasado una hora y continúo en estado de shock. No paro de mirar con incredulidad el anillo de boda que reposa a mi lado, sobre la cajonera. Yo, Hinata Hyuga, tengo un marido. No me siento lo bastante vieja para tener marido.

Tetsuya. Toru. Touya.

He registrado a fondo el Louis Vuitton. He repasado la agenda, página por página. He mirado todos los números grabados en el móvil. Pero aún no he descubierto a quién corresponde esa T. Cualquiera diría que habría de acordarme al menos del nombre de mi marido. Que lo tendría grabado a fuego en mi mente.

Cuando se abre la puerta me pongo en guardia, creyendo que es él. Pero es Neji otra vez, que llega más tranquilo.

—¿Sabes? Estos guardias de aparcamiento no tienen corazón. Me hicieron todo un interrogatorio para saber a quien venía a visitar.

Sonrío ante su humor, mucho más liviano.

Se acerca a la camilla y se sienta al lado, dejando en el respaldo de la silla su chaqueta.

-Y bien, Hinata-imoto. ¿Qué te han dicho? – Pregunta decidido.

Suelto un leve suspiro. Debo conversarlo con alguien

—Nii-san, tengo amnesia. —Lo observo—. He perdido la memoria. Recuerdo quien soy pero...perdí un trozo entero de mi vida.

—¿Qué?

Nuestras miradas se cruzan sólo un instante, porque yo la aparto enseguida. Mirar a los ojos no es mi fuerte, nunca lo ha sido. Lo cual le fastidiaba mucho cuando eramos niños, le hacía creer que con eso mentía; ahora ya lo ve como una de mis características. O al menos eso espero.

—Lo siento mucho—empieza—. Cuanto… ¿Cuánto te ha afectado? ¿Te lo han dicho?

Respiro hondo, procuro no perder la calma

—.He perdido cuatro años de mi vida…No sé nada de mí en 2017.

-Imoto-san...seguro esto tiene tratamiento, imagino que te darán uno.

-Eso espero...Pero mientras tanto me siento impaciente. No siento que pertenezco aquí. No tengo el mismo aspecto, mis cosas son distintas y, encima, me he encontrado estos anillos… Necesito saber una cosa… —Me tiembla la voz de pavor—. ¿Es ci-cierto que estoy casada?

—Así es—Parece preocupado por mi forma de preguntarlo—. Otsutsuki-san viene enseguida…Quizás quedes más tranquila al verlo y no lo sé, puedas empezar a recordar.

Toma mi mano y sonríe para tranquilizarme. Le entrego una pequeña sonrisa de vuelta, y recuerdo una gran duda que tenía en mi mente.

—Otsutsuki… Nii-san, ¿Cuál es el nombre de mi marido?

—Se llama Toneri.

Le doy vueltas al nombre, a ver qué pasa. «Mi marido es Otsutsuki Toneri. Mi querido esposo Toneri» No me dice nada. Ni frío ni caliente. «Te quiero, Toneri.» «Con este anillo te desposo y con mi cuerpo me entrego, Toneri.»

Espero a ver si se produce alguna reacción en mi cuerpo. Debería reaccionar ¿no? Mis células amorosas tendrían que despertar todas a una. Pero me siento totalmente en blanco.

—Tenía una reunión muy importante esta mañana —prosigue Neji, con su semblante algo oscurecido—. Pero ha estado aquí contigo día y noche.

—¿Cómo… cómo es?

—¿Físicamente? —Pregunta- Pues tiene cabello blanco, es alto y bastante pulcro en su vestir.

—¿Y es…? —Me detengo. No quiero preguntar si es atractivo. Sería muy superficial de mi parte.

Nos quedamos callados y me descubro echándole una ojeada a la vestimenta de mi primo. Todavía lleva la misma ropa de cuando trabajaba con mi padre. Pero ya no tiene su pelo largo y tomado en una coleta baja.

No es que yo le hable de estas cosas. Nosotros no tenemos realmente charlas del buen vestir. Sin embargo, si solemos tenerla en otras cosas. Una vez, cuando rompí con mi primer novio en la secundaria, intenté hacerle unas confidencias. El se compadeció y me abrazó. Ni siquiera tuvo que prestar mucha atención a los detalles. Vio mi cara roja y con lágrimas, asi que lo sentí poniéndose a la defensiva, preparado para cualquier noticia.

Es el nivel de confianza que tengo con Ten-Ten. Creo que se habrían llevado muy bien si no fuera porque él se la pasaba de la universidad al trabajo, del trabajo a la casa y de nuevo a la universidad.

—Y dime, ¿Te han tratado bien? No dudo que deberían tenerte a gusto.

—Bueno…no sé qué andaba ha-haciendo la semana pasada, ni el año pasado… ni tampoco quién es mi marido. —Digo mientras veo sus manos y hago círculos en ellas—. Pe-pero al menos recuerdo que aquí me han tratado bien.

Neji sonríe, compartiendo mis ganas de hacer humor.

—Claro. Desde luego —dice con aire tranquilo—. No es por menos que estas en el ala privada de este lugar.

Rio con él, aun confundida por el hecho de estar en este lugar del hospital.

—Oye, Neji-niisan ¿Y a qué se dedica? —Vuelvo al asunto de mi supuesto marido. Todavía no puedo creer que sea una persona real.

— ¿Quién? ¿Otsutsuki-san?

—Sí.

—Vende propiedades —dice, mirando por un rato mi anillo en la mesita al lado de la cama—. Y es bastante bueno, debo decir.

Me he casado con un agente inmobiliario. Pero ¿cómo? ¿Por qué?

— ¿Vivimos en mi piso?

— ¿Tu piso? —Me mira, confundido—. Imoto-san—Dice con cariño- Hace mucho que vendiste tu piso. Ahora tienes tu hogar conyugal.

— ¿Qu-que lo vendí? Pero… si me lo acabo de comprar.

Me encanta mi piso. Está en Shinjuku, por el sector coreano de Okubo. La renta era barata y es minúsculo, pero muy acogedor. Tiene los marcos de las ventanas pintados de azul (los pinté yo misma), un mullido sofá de terciopelo, montones de cojines coloridos por todas partes y bombillitas de fantasía alrededor del espejo. Ten-Ten y Sakura me ayudaron a mudarme hace dos meses y entre las tres pintamos el baño de color plateado.

Pues ahora resulta que todo eso ha desaparecido. Vivo en mi hogar conyugal. Con mi marido.

Por rnillonésima vez, examino la alianza y el anillo con su diamante. ¿Cómo habrá estado la ceremonia? ¿Habrá podido ir mamá a verla? ¿Habría ido con la ilusión de verme casada? Y papá…

Papá. El funeral de papá.

Una garra me estruja el estómago.

—Nii-san —digo con cautela—. Siento haberme perdido el funeral de papá. ¿Fue…? Ya me entiendes, ¿todo bien?

—No te lo perdiste, Imoto-san —Me habla con una porción de ternura y tristeza—. Tú también estabas allí.

—Ah. —Le miro, desconcertada—. Ya, claro. Lo que pasa es…es que no me acuerdo.

De pronto siento que ya no puedo más y doy un suspiro antes de arrellanarme sobre las almohadas. No me acuerdo de mi propia boda ni del funeral de mi padre. Dos de los acontecimientos más importantes de mi vida, y es como si me los hubiese perdido.

—¿Cómo fue? —pregunto.

—Todo salió bien, como suelen salir las cosas…

Se le ve inquieto, como siempre que sale papá a colación.

-¿Pudo...tu sabes, ir mi madre?

-Pues si, estuvo un rato, en el velorio.-Me contestó- Estuvo bien, pudo lidiar con el duelo mejor de lo que esperabamos.

-Y ella...sigue...viva ¿verdad?

-Así es, imoto-san. - Se queda con aire de duda un segundo y luego me mira. - Quizás te haga bien verla y ponerse al día.

-Puede que vaya, pero luego de dejar de verme así, la verdad.

Se queda un silencio entre nosotros...como es que no puedo recordar el funeral. No hace ningún click mi mente ni nada.

-El funeral...nii-san, fue en donde padre deseaba..¿No? En los antiguos terrenos Hyuga del cementerio

-Si, pudimos cumplir eso al menos.

—¿Había mucha gente?

Ahora se le dibuja una mueca de dolor en la cara.

—No hablemos de eso. Fue hace años. —Se pone de pie, como para librarse de mis preguntas—. ¿Has almorzado, imoto-san? No he tenido tiempo de tomar nada, sólo un poquito de huevo con una tostada. Voy a ver si consigo algo para los dos.

Camina mira hacia la puerta y me mira.

-Y…y haz el favor de comer bien, Hinata-imoto —añade—. No sé si será muy saludable tu obsesión con los carbohidratos.

¿Nada de carbohidratos? ¿Así es como he conseguido este tipito? Deslizo la mirada por estas piernas asombrosas, sin un gramo de grasa. No parecen saber qué es una patata frita.

—He cambiado bastante, ¿no? —No puedo dejar de decirlo con timidez—. El pelo… los dientes…

—Sí, supongo que estás distinta. —Me echa una ojeada—. Pero ha sido…gradual. No tardaré —dice recogiendo su chaqueta—. Hanabi-chan debe de estar por venir.

—¿Hanabi-chan está aquí? —Se me levanta el ánimo al pensar en mi hermanita pequeña, con su chaleco rosa de lana, sus vaqueros con flores bordadas y esas zapatillas tan lindas que se encienden cuando se pone a jugar.

—Ha ido a comprar unos chocolates abajo —dice mientras abre la puerta—. Le encanta el Kit Kat de menta.

Nei se va y me quedo mirando la puerta cerrada.

Este 2017 es otro mundo, la verdad.

Hanabi es una pequeña tímida, por lo que recuerdo. No tanto como yo de niña…pero dado que mis padres tuvieron que separarse después de que ella naciera, ha sido criada por mí, mis tíos y Neji, más que nada.

No sé qué ocurrió exactamente en esa separación. Asumo que fue por el desorden de personalidad de mi madre. Tuvo que ser internada, siendo visitada por mis abuelos y el mayor tiempo que pasa con nosotras ha sido en vacaciones. La pasamos bien, pero a veces me preguntaba cómo sería ella sin los medicamentos.

Por otro lado, lo único que sé es que mientras crecía no vi mucho a mi padre. Se la pasaba en el trabajo día y noche para costear los gastos de la clínica, como también de la familia y sus inversiones. Quizás fue el estrés de su trabajo, las 12 horas al día que pasaba en su oficina, las preocupaciones, los regaños…en fin, todo un malestar empresarial pudo ser lo que hizo fallar su organismo…No lo sé.

La habitación se ha quedado muy tranquila. Me sirvo un vaso de agua y lo bebo despacio. Tengo una especie de nebulosa en la cabeza, como si fuera el escenario de un campo de batalla tras el bombardeo. Me siento como una forense que va recogiendo hebras microscópicas para reconstruir el cuadro completo.

Se oye un golpe ligero en la puerta y levanto la vista.

—¿Sí? ¡Adelante!

—Hola Hinata.

Se asoma una chica de unos dieciséis años, alta y delgaducha. Lleva unos pantalones caídos, con la barriga al aire, y un piercing en el ombligo; tiene el pelo castaño oscuro en punta con mechas azules y como seis capas de rímel que decoran sus ojos verdes.

No tengo ni idea de quién es.

Ella hace una mueca nada más verme.

—Todavía tienes la cara hecha polvo.

—Ah —murmuro, desconcertada.

Me observa entornando los ojos.

—Hinata… soy yo. Me reconoces, ¿no?

—¡Claro! —Pongo cara de disculpa—. Mira, lo siento, pero he sufrido un accidente y tengo ciertos problemillas de memoria. Quiero decir, seguro que nos hemos visto…

—¿Hinata? —Incrédula, casi dolida—. ¡Soy yo! ¡Hanabi!

Estoy sin habla.

Hanabi se ha convertido en una adolescente altísima de estilo descarado. Casi una adulta, vaya. Mientras deambula por la habitación toqueteándolo todo, sigo hipnotizada por su estatura, por la seguridad que rezuma.

—¿Hay algo de comer? Me muero de hambre. —Tiene la voz dulce y algo ronca de siempre, pero mejor modulada. Más enrollada, más espabilada.

—Neji ha ido a buscarme algo para almorzar. Podemos compartirlo, si quieres.

—Genial. —Se sienta en una silla y pone las piernas (larguísimas) sobre uno de los brazos, lo que me permite apreciar sus botines de ante gris con tacones afiladísimos: una pasada—. Así que no te acuerdas de nada. Genial.

—N-no tiene nada de genial... Es horrible. Me acuerdo de todo hasta el día antes del funeral de nuestro padre… Luego no hay más que niebla. Tampoco recuerdo mis primeros días en el hospital. Es como si me hubiese despertado anoche por primera vez.

—¿O sea, que no recuerdas mis otras visitas?

—No. Sólo me acuerdo de cuando tenías doce años. Con tu cola de caballo y tus aparatos dentales. Y esos pasadores rosas, que comprábamos juntas.

—Aggg, no me lo recuerdes. —Hace el gesto de vomitar—.

-A propósito, tus ojos...

-Ah, ¿El color? Uso unas lentillas que me hacen ver muy guapa. No me opere los ojos ni nada- Dice mientras se saca una de ellas y veo su color natural. Blancos, como los míos, pero algo más oscuros. Se parecen a los de mi madre, que son grises.

-Ah...ya veo.- Le contesto mientras que se pone las lentillas de vuelta.

-Entonces… a ver si lo entiendo bien. Los últimos cuatro años los tienes en blanco total.

—Como un gran agujero negro. E incluso antes de eso lo tengo todo medio borroso. Según parece, estoy casada. —Suelto una risita nerviosa—. No t-tenía ni idea. ¿Tú fuiste dama de honor o algo así?

—Sí —dice distraída—. Fue genial. Oye, Hinata, no me gusta sacar el tema justamente cuando te sientes fatal y demás, pero…

Se retuerce un mechón, con aire incómodo.

—¿Qué? Dime.

—Es sólo que me debes 10.000 yenes —Se encoge de hombros, como disculpándose—. Me los pediste la semana pasada cuando se te estropeó la tarjeta y me dijiste que me los devolverías. Supongo que no te acordarás…

—Ah —digo, boquiabierta—. Cl-claro, sírvete tú misma. —Le señalo el bolso Louis Vuitton—. Aunque… no sé si habrá dinero ahí.

—Seguro que sí —dice ella, abriendo la cremallera rápidamente con una sonrisita—. Gracias.

Se mete los billetes en el bolsillo y vuelve a poner las piernas encima del brazo de la silla. Juguetea con su colección de pulseras. Levanta la vista de sopetón.

—Un momento. ¿Supongo que sabes…?

—¿Qué?

Me mira incrédula.

—Nadie te lo ha contado, ¿no?

—¿E-el qué?

—Rayos. Imagino que quieren informarte poco a poco. Pero vaya… —Menea la cabeza y se mordisquea las uñas—. A mí me parece que deberías saberlo cuanto antes.

—¿Saber qué? —Siento un espasmo de alarma—. ¿Qué, Hanabi-chan?

Durante un momento parece debatirse. Finalmente se pone de pie.

—Espera. —Sale de la habitación. La puerta vuelve a abrirse enseguida y aparece con un bebé. Aparenta un año más o menos. Lleva unos pantaloncitos con peto y un vaso de zumo en la mano, y me dirige una sonrisa radiante.

—Es Mitsuki—dice con expresión dulce—. Tu hijita.

Las miro petrificada, muerta de terror. ¿Qué está diciendo?

—Supongo que no la recuerdas. —Hanabi le acaricia el pelo con cariño—. La adoptaste en Vietnam hace seis meses. Toda una aventura, por cierto. Tuviste que sacarla de contrabando en tu mochila. ¡Por poco te meten en el lío!

¿Qué adopté un bebé?

Estoy helada. No puedo ser mamá. No estoy preparada. No sé nada de bebés.

—¡Dile hola a tu niña! —Me lo acerca a la cama, taconeando con sus botines—. Te llama mó-má.

¿Mó-má?

—Hola, Mitsuki-chan—digo con voz ahogada—. Soy mó-má. —Trato de adoptar un tono maternal—. ¡Ven con mó-má!

Levanto la vista y veo que a Hanabi le tiemblan los labios y se le escapa una carcajada.

—¿Qué pasa? —La miro con suspicacia.

—Lo he visto antes en el pasillo —farfulla entre risas—. Y no he podido resistirlo. ¡Tendrías que ver la cara que has puesto!

Fuera se oyen gritos y llantos amortiguados.

—¿No me digas que son los padres? … ¡D-devuélvelo ahora mismo!

Me desplomo sobre la almohada con un alivio inenarrable y el corazón a cien. Menos mal, joder. No tengo ningún hijo.

No consigo sobreponerme. Hanabi era dulce e inocente. Solía mirar Barbie Bella Durmiente una y otra vez, diciendo "Hinata-neechan, ponla otra vez". ¿Qué demonios le ha pasado?

—Por poco me da un ataque —la reprendo cuando vuelve con una lata de Coca-Cola light.—. Si hubiese muerto, habría sido por tu culpa.

—Necesitas espabilarte un poco —replica tan campante—. Podrían engañarte como si nada, sobre cualquier cosa. —Saca una barra de chicle y empieza a desenvolverla. Luego se echa hacia delante—. Oye, Hinata —dice en voz baja—, ¿de verdad tienes amnesia o estás fingiendo? No se lo diré a nadie.

—¿Para qué iba a fingir?

—Quizá querías librarte de alguna cosa. Como de una cita en el dentista.

—N-no, claro que no, Hanabi-chan.

—Vale. Lo que tú digas. —Se encoge de hombros y me ofrece un chicle.

—No, gracias. —Me rodeo las rodillas con los brazos, con un temor repentino. Hanabi tiene razón. La gente podría aprovecharse de mí. Tengo muchas cosas que aprender y ni siquiera sé por dónde empezar.

Comencemos por lo más obvio.

—Bueno… —Intento sonar despreocupada—. ¿Cómo es mi marido? ¿Qué… aspecto tiene?

—Es cierto —Hanabi pone los ojos como platos—. ¡Claro! ¡No tienes ni idea de cómo es!

—Neji-niisan dice que es pulcro. —Hago lo posible para disimular mis temores.

—Es encantador —asiente, muy seria—. Tiene un gran sentido del humor. Y lo van a operar de la joroba.

-¿Q-que has dicho?

—¡Hinata! ¡Él se sentiría muy dolido si te viera con esa cara! —Parece consternada—. Estamos en 2017, ya no discriminamos a nadie por su aspecto. Y Toneri es un tipo dulce y encantador. No tiene la culpa de que se le dañase la espalda de niño. Y ha conseguido tantas cosas… Es un caso impresionante

Me arde la cara de vergüenza. Quizá sea cierto. No debería mostrar estos prejuicios. Además, sea cual sea su aspecto, seguro que tuve mis motivos para elegirlo, ¿no?

—Pero… ¿puede andar?—pregunto, nerviosa.

—Caminó por primera vez el día de la boda —dice con una mirada evocadora—. Se levantó de la silla de ruedas para pronunciar sus votos. A todo el mundo se le caían las lágrimas. El cura apenas podía hablar…

Se le escapa la risa otra vez.

—¡Hanabi-chan!—exclamo—. ¡P-Para de bromear!

—Perdona. —Le ha entrado la risa tonta—. Es un juego superdivertido.

—¡No es ningún juego! —Me tiro del pelo sin acordarme de mis heridas y hago una mueca de dolor—. E-es mi vida…. No sé quién es mi marido, ni cómo lo conocí, ni nada.

—Esta bien, esta bien. —Ahora parece ablandarse—. Lo que ocurrió fue que te pusiste a hablar con un viejo vagabundo en la calle. Y resultó que se llamaba Toneri…

—¡Basta!

—¡Está bien, no te pongas así! —Levanta las manos—. ¿Quieres saberlo de verdad?

La miro y asiento con mi cabeza.

—Bien. Lo conociste en un programa de la tele.

—Hanabi-chan, por favor para de bromear —le digo cerrando mis ojos.

—¡De verdad! Ahora no te tomo el pelo. Fuiste a ese reality que se llama Ambición, donde la gente quiere triunfar en los negocios. Él era uno de los jurados y tú una concursante. No llegaste muy lejos en el programa, pero conociste a Toneri y los dos tuvieron buena onda desde el principio.

Se hace un silencio. Estoy esperando su carcajada y el final de esta historia tan graciosa, pero ella se limita a echarle un trago a su lata de Coca-Cola.

—¿Participé en un reality? —pregunto, todavía escéptica.

—Fue muuuuuuuy genial. Todos mis amigos lo miraron. Y votamos todos por ti. ¡Tendrías que haber ganado!

La observo con atención, pero su expresión es del todo seria. ¿Me dice la verdad? ¿Salí en la tele?

—¿Por qué…Por qué fui a un programa como ése?

—¿Para ser la jefa tal vez? -Hanabi se encoge de hombros—. No sé. Para progresar. Ahí fue cuando te arreglaste los dientes y el pelo. Para salir guapa en la tele.

—Pero y-yo no soy ambiciosa. O no tan ambiciosa…

—¿Me tomas el pelo? —Abre los ojos de par en par—. ¡Eres la mujer más ambiciosa del mundo! En cuanto tu jefe dimitió, fuiste por su puesto. Todos los peces gordos de tu empresa te vieron en la tele y se encantaron contigo. Por eso te dieron el cargo.

Mi mente me trae el recuerdo de las tarjetas que hay en mi agenda. «Hyuga, Hinata - Directora.»

—Eres la directora más joven que han tenido. Fue genial cuando te nombraron —añade—. Salimos todos a celebrarlo y nos invitaste a champán. —Estira el chicle que tiene en la boca hasta convertirlo en un hilo—. ¿No recuerdas nada?

—Nada de nada.

Se abre la puerta y aparece mi primo con una bandeja que contiene un plato tapado, una mousse de chocolate y un vaso de agua.

—Aquí tienes —dice—. Te he traído lasaña.

-Gracias, nii-san.

—A propósito…Otsutsuki-san ahora mismo viene subiendo. Le he pedido que te diera unos minutos para prepararte.

¿Cómo que unos minutos? Me hacen falta muchos, todo esto va demasiado deprisa. Aún no estoy preparada para afrontar mis 26 años. No digamos ya para conocer a mi marido.

—Nii-san creo que no puedo —le digo muerta de pánico—. No m-me siento capaz todavía. Quizá mañana, cuando esté un poco más centrada.

—¡Hinata, vaya cobarde! —protesta Hanabi—. No puedes cerrarle la puerta en las narices a tu marido. ¡Ha venido desde su oficina corriendo para verte!

—¡Pero no lo conozco! No sabré qué decir o …o qué hacer…

—Quizá se te dispare la memoria al verlo —dice Hanabi, tomando el mousse y quitando la tapa—. Quizá lo mirarás y dirás: «¡Toneri, amor mío! ¡Ahora lo recuerdo todo!»

—No bromees con eso, Hanabi —le espeta Neji—. Y esa mousse es de Hinata-imoto.

—Pero ella no toma carbohidratos. ¿También has olvidado las cosas, NII-SAN? —Puedo notar tensión entre ellos. ¿Qué ocurre ahora?

-Yo c-creo que podría comer un poco.

—Tú ya no comes chocolate. Nunca. ¿Verdad, nii-san? ¡Ni siquiera comiste del pastel de boda por las calorías!

Ha de ser una tomadura de pelo. Yo no habría dejado el chocolate ni en un millón de años.

Estoy a punto de decirle que todo debe ser una broma de ella cuando suenan golpes en la puerta.

—¿Se puede?

—Oh no. —Los miro a los dos, enloquecida—. ¿E-es él? ¿Tan pronto?

—¡Un momentito, Toneri! —grita Hanabi a través de la puerta. Y me susurra—: ¡Arréglate un poco! ¡Cualquiera diría que te han arrastrado por un zarzal!

—No la agobies, Hanabi. La sacaron a rastras de un montón de chatarra, ¿recuerdas?

De todas formas, intento arreglarme el pelo desordenado que tengo por causa de la almohada. No creo que pueda hacer mucho en todo caso.

—Ya está. —Digo, muy nerviosa.

—¿Abro la puerta? —pregunta Hanabi.

—¡N-no! Espera… un segundo.

Se me revuelve el estómago de pavor. No puedo enfrentarme a un extraño que se supone es mi marido. Es algo demasiado raro.

Mientras mi hermana se dirige hacia la puerta, yo me aferró a las sábanas con fuerza

—¿Y-y si lo odio? ¿Y si no hay química entre nosotros? —Ahora miro solo a Neji, quiero evitar la puerta—. Quiero decir, ¿acaso espera que vu-vuelva y viva con él?

—No pasara nada, siempre podrás estar en casa con nosotros mientras te recuperes —dice mi primo, con ojos comprensivos—. En serio, Hinata-imoto. No debes preocuparte.

—Si no mencionas su peluquín. O su pasado nazi.

—¡Hanabi! —Neji exclama molesto.

Hanabi abre la puerta finalmente

Hay una pausa insoportable. Luego se abre la puerta del todo y, tras un enorme ramo de flores, entra en la habitación el hombre más impresionante que he visto en mi vida.

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Bueno, ese fue el cuarto capitulo de esta historia.

A pesar de los poquitos reviews, agradezco mucho el cariño que me dan, especialmente CotyCandy y Eris, que han sido las ultimas que me dejaron un mensajito (aunque no se porque solo el de Eris no se ve en la web, pero si me llego al correo el aviso...ay que raro :c )

Lo que les puedo aclarar es que efectivamente el esposo de Hinata es Toneri (creo que se dieron cuenta ya al leer el capitulo xd) peeeeeeeeeeeeero el personaje original de la historia, que es Eric, no es alguien particularmente malo, abusador o agresivo, por lo que tampoco pretendo cambiar eso para que se parezca más al Toneri que muchas veces se plantean en los fanfics. No digo que sean abominables y que no deberían leerlos ni nada, solo que personalmente creo que no debes crear a un personaje como un monstruo para que simplemente no agrade.

En mi opinión, Toneri es alguien muy terco y muy llevado a sus ideas, como se ve en la pelicula, y al tener un grado de poder no duda en usar la fuerza para ejecutar sus planes. Si bien es cierto su fin era destruir la tierra (que claro seria matar a inocentes), en su mente los shinobis eran personas que ya estaban marchitas y que por el bien del todo debían morir. Extremo, si, pero es asi que actua alguien que ve el mundo de blanco y negro.

Dicho eso, espero que sigan leyendo este fic, que, como adaptación, le tengo harto aprecio :3

un abrazo a todos y todas, y nos vemos para el proximo capitulo! :D