La historia que leeran no es de mi autoría, es de Sophie Kinsella. Yo solo la he adaptado, con personajes que tampoco son mios. Estos pertenecen a Masashi Kishimot

Capítulo 6

Tiene que ser el karma.

Debo de haber sido increíblemente buena en una vida anterior. Habré rescatado niños de un incendio o entregado mi vida a los leprosos o inventado la rueda. Es la única explicación que se me ocurre a que me haya tocado esta vida de ensueño.

Aquí estoy, en dirección al barrio Minato con mi apuesto marido a bordo de su Mercedes descapotable.

Digo «volando» pero, en realidad, vamos a cuarenta por hora. Toneri se muestra muy solícito y no para de decir que comprende lo difícil que debe de resultarme volver a subir a un coche. A mí me da lástima decirle la verdad. O sea, que estoy muy bien. No recuerdo el accidente. Es como una historia que me hubieran contado de otra persona. El tipo de historia ante la que asientes con educación, mientras dices: «Sí, qué espanto», aunque en realidad ya has dejado de escuchar hace rato.

Yo no paro de echarme miradas incrédulas a mí misma. Llevo unos tejanos p dos tallas más pequeños de los que solía usar. Y un top Miu Miu, que es una de esas marcas que hasta ahora sólo conocía por las revistas.

Toneri me ha traído una bolsa llena de cosas para que eligiera y era todo tan bello y carisimo que apenas me atrevía a tocarlo, no digamos ya a ponérmelo.

En el asiento trasero van todos los ramos y regalos que tenía en la habitación, incluida una cesta gigantesca de fruta tropical que me enviaron de Alfombras Ryotenbin. Había una tarjeta de una tal Rin diciéndome que me enviaría las actas de la última reunión de la directiva, para que las leyera en un rato libre, y que esperaba que me encontrase mejor. Y luego firmaba: «Rin Nohara, ayudante de Hinata Hyuga.»

O sea, que ahora tengo mi propia ayudante. Y asisto a las reuniones de dirección. Me cuesta creerlo.

Los cortes y morados han mejorado mucho y ya me han quitado la grapa de la cabeza. Tengo el pelo recién lavado y la dentadura tan impecable como una actriz de cine. No puedo parar de sonreír ante cada superficie brillante que se me pone delante. No puedo parar de sonreír. En general.

Quizá fui Juana de Arco en una vida anterior y me torturaron hasta la muerte.

O fui ese chico del Titanic. Sí. Me ahogué en un mar gélido y cruel, no conseguí nunca a Kate Winslet, y ésta es ahora mi recompensa. Lo que está claro es que a nadie le regalan una vida perfecta sin un buen motivo. Eso no ocurre nunca, sencillamente.

—¿Todo bien, cariño? —Toneri pone un momento la mano sobre la mía. El viento le alborota el pelo ondulado y el sol reluce en sus carísimas gafas de sol. Tiene todo el aspecto del tipo que la gente de Mercedes querría que condujera siempre sus coches

—Sí —le devuelvo la sonrisa—. Me siento de fábula.

Soy Cenicienta.

No, mejor que Cenicienta, porque ella sólo consiguió al príncipe, ¿no? Yo soy Cenicienta con una dentadura de película y un trabajo genial.

Toneri señala a la izquierda.

—Ya llegamos. —Se mete por una entrada con dos pilares majestuosos, pasa de largo frente a un portero metido en una garita y detiene el coche en una plaza del aparcamiento—. Ven a ver nuestra casa.

Ya se sabe que algunas cosas, después de tanta propaganda, son una completa decepción cuando por fin las consigues. Como cuando ahorras durante meses para ir a un restaurante carísimo y te encuentras con unos camareros muy estirados, por no decir bordes, con unas mesitas minúsculas y un pudín lleno de adornos con un sabor revenido.

Bueno, pues con mi nueva casa ocurre exactamente lo contrario. Es muchísimo mejor de lo que imaginaba. Deambulo sobrecogida por su interior. Es enorme, luminosa, un kilométrico sofá crema en forma de L y una barra de granito negro para las bebidas que es lo más sofisticado que he visto en mi vida. La ducha es una habitación entera revestida de mármol donde cabrían fácilmente cinco personas.

—¿Recuerdas algo? —pregunta Toneri, detrás mío y observándome atentamente—. ¿No se te remueve nada por dentro?

—No. Pero esto es impresionante.

Tendríamos que montar unas fiestas increíbles en este sitio. Ya me imagino a Ten-Ten, Ino y Sakura acodadas en la barra, con tragos de tequila a porrillo y la música atronando desde los altavoces.

Me detengo un momento junto al sofá y paso la mano por su tela suntuosa. Es tan impecable y mullida que no creo que me atreva a sentarme aquí. Quizá tendré que simularlo y quedarme suspendida a unos centímetros. Un ejercicio buenísimo para los glúteos.

—Este sofá… es increíble —digo—. Pero…Esto te debe de haber costado un montón ¿N-no?.

Toneri asiente.

—Un millón y medio de yenes, aproximadamente.

¡Madre mía! Retiro la mano como si me quemara. ¿Cómo es posible que un sofá cueste tanto? ¿Está relleno de caviar o qué? Nota mental: no se te ocurra beber vino tinto ni comer pizza encima, ni acercarte demasiado a esa pasada de sofá.

—Me encanta este… eh… aplique. —Señalo una pieza de metal ondulada.

—Es un radiador —me dice Toneri con una sonrisa.

—Ah, entiendo —respondo, confusa—. Yo creía q-que el radiador era aquello. —Me refiero a un anticuado radiador de hierro que han pintado de negro y colgado de la pared.

—Eso es una obra de arte —me corrige Toneri—. Es de Hector James-John. Desintegración en cascada.

Me acerco, ladeo la cabeza y lo examino junto a Toneri con una mirada que, espero, parezca inteligente y «entendida».

Desintegración en cascada. Un radiador negro. Vacío total, ni idea.

—Es tan… estructural —aventuro.

—Tuvimos suerte de conseguirlo —dice Toneri, asintiendo—. Solemos invertir en alguna pieza de arte no figurativo cada ocho meses. Hay espacio de sobras en el loft. Y tiene que ver también con la cartera de valores —añade encogiéndose de hombros, como si la cosa estuviera muy clara.

—¡Claro! Yo también habría dicho que ese aspecto… que la cartera… sería… desde luego… —Me aclaro la garganta y doy media vuelta, sonrojada.

Cierra el pico, Hinata. No tienes ni idea de arte moderno ni de carteras ni de lo que significa ser rico. Y se te nota a la legua.

Me alejo del radiador artístico y examino una pantalla gigante que ocupa casi toda la pared opuesta. Hay otra pantalla en el otro extremo, junto a la mesa, y también he visto una en el dormitorio. A Toneri le gusta la tele, por lo visto.

—¿Qué te apetece? —me dice—. Prueba esto. —Coge un mando a distancia y apunta a la pantalla. De repente veo un incendio enorme que lo devora todo y chisporrotea ante mis narices.

—¡Oh, vaya!

—O esto —dice, y la pantalla muestra un pez de brillantes colores tropicales deslizándose entre una fronda de algas—. Es lo último en tecnología de pantallas domésticas —me explica con orgullo—. Es arte, entretenimiento, comunicación. Puedes enviar un e-mail desde aquí, o escuchar música, leer libros… Tengo miles de obras literarias cargadas en el sistema. Incluso puedes tener una mascota virtual.

—¿U-una mascota? ¿Cómo es eso?—No puedo quitar los ojos de la pantalla, tan deslumbrada me he quedado.

—Tenemos una cada uno —añade con una sonrisa—. Ésta es la mía, Titán. — Acciona el mando y en la pantalla aparece una enorme araña rayada, que se pasea por una caja de cristal.

—¡AAH! —Retrocedo asqueada. Tenía un amigo de la infancia, Shino, que era entusiasta de los insectos. A mí no me causaba asco pero en particular nunca me han entusiasmado las arañas. Y ésta debe de medir tres metros de altura. Se le ven los pelitos de las patas repulsivas. ¡Se le ve la cara!—. ¿P-podrías apagarlo, por favor?

—¿Qué sucede? —Me mira sorprendido—. Te la enseñé la primera vez que viniste aquí y entonces te pareció adorable.

Genial. Era nuestra primera cita, dije que me gustaba por pura educación y ahora he de aguantarme.

—¿S-sabes qué…qué pasa? —le digo, tratando de no mirar a ese bicharraco—. A lo mejor el golpe me ha… hecho desarrollar… una fobia a las arañas. —Hago lo posible para sonar muy enterada sobre la materia, como si se lo hubiera oído al médico.

—Tal vez. —Eric frunce el entrecejo y parece a punto de ponerle objeciones a mi teoría.

—¿Yo también tengo mascota? —pregunto para distraerlo—. ¿Q-qué es?

—Ahí está —dice accionando el mando—. Se llama Miko. —Y aparece en la pantalla un gatito blanco y mullido. Doy un gritito de alegría.

—¡Es muy bonito! —Miro cómo juega con un ovillo, que va dando tumbos a cada empujón—. ¿Acaso crece? ¿Será un gato grande?

—No. —Toneri me sonríe—. Seguirá siendo un gatito. Toda tu vida, si quieres. Tienen una capacidad vital de cien mil años.

—Ah, vale —murmuro tras una pausa. Menuda extravagancia, por favor. Un gatito virtual de cien mil años.

Suena el teléfono de Toneri. Él responde y luego acciona el mando y vuelve a poner en la pantalla el pez tropical.

—Cielo, ha llegado mi chófer. Ya te he dicho que tengo que pasarme un momento por la oficina. Pero Shion viene de camino y te hará compañía. Y si necesitas algo entretanto, me llamas. O puedes enviarme un e-mail a través del sistema. —Me da un cacharro rectangular blanco con una pantallita—. Éste es tu mando. Controla la calefacción, el aire acondicionado, la luz, las puertas, los postigos… Es un edificio inteligente. Aunque, en principio, no deberías necesitarlo. Está todo programado.

—¿Tenemos una casa con mando a distancia? —No puedo caber en mi sorpresa.

—¡Es parte del estilo loft! —Vuelve a hacerme aquel gesto con las dos manos en paralelo y yo asiento, procurando no demostrar lo abrumada que estoy.

Lo observo mientras se pone la chaqueta.

—¿Y Shion-san… de donde la conozco exactamente?

—Es la esposa de Taruho Fujita, mi socio. Ustedes dos siempre se la pasan bien.

—¿Sale conmigo y con las chicas de la oficina? ¿Salimos todas juntas?

—¿Con quién?

No parece saber de qué hablo. Quizá es de esos tipos que no están al tanto de la vida social de su esposa.

—No importa —añado rápidamente—. Y-ya lo averiguaré.

—Chiyo también vendrá luego. Nuestra ama de llaves. Ella te ayudará a resolver cualquier problema. —Se acerca, vacila y me coge la mano con lentitud.

Tiene la piel suave e inmaculada incluso de tan cerca, y percibo la maravillosa fragancia a sándalo de su loción de afeitado.

—Gracias, Toneri. —Le aprieto la mano—. Te lo agradezco de veras.

—Bienvenida de nuevo, Hinata —dice. Pero, con cierta brusquedad, retira la mano, va hacia la puerta y desaparece.

Me quedo sola.

Sola en mi hogar conyugal.

Mientras examino otra vez todo el espacio gigantesco que me rodea (ahora me fijo en la mesita de café de metacrilato, las sillas de cuero, los libros de arte…), me doy cuenta que apenas hay indicios de mí misma. Ni tazas de cerámica de color chillón ni luces de fantasía ni pilas de libros de bolsillo.

Pero…Seguramente queríamos empezar de nuevo y elegirlo todo entre los dos. Y lo más probable es que recibiéramos en nuestra boda montones de regalos increíbles. Esos floreros de cristal azul de la repisa de la chimenea tienen toda la pinta de costar una fortuna.

Deambulo lentamente hacia los enormes ventanales y escudriño la calle, que se extiende a mis pies. No me llega ningún sonido ni corriente de aire ni nada. Observo a un hombre con un paquete que se mete en un taxi y a una mujer que forcejea con la correa de su perro. Saco mi móvil y empiezo a escribirle un mensaje a Ten-Ten. Ahora estoy segura que su teléfono celular no ha cambiado de numero, como pensé en un principio al confundirlo con el de Toneri.

Tengo que hablar con ella como sea. Le diré que se pase por aquí más tarde, nos acurrucaremos las dos en el sofá y me pondrá al corriente de mi vida, empezando por mi esposo. No puedo reprimir una sonrisa mientras aprieto los botones.

Hola, estoy otra vez en casa, ¡llámame! Me muero por verte.

Besos. Hinata.

Mando el mismo texto a Sakura e Ino. Luego guardo el teléfono y giro sobre mí misma mientras el parquet reluciente rechina bajo mis talones. He procurado adoptar un aire despreocupado delante de Toneri, pero ahora que estoy sola siento un acceso de euforia recorriéndolo todo. Nunca pensé que llegaría a vivir en un sitio como éste. Nunca.

Una risa repentina me sube a los labios, burbujeante. Es que es una locura. Yo… ¡en este sitio!

Doy otra vuelta y empiezo a girar con los brazos extendidos, riéndome como una loca. Yo, Hinata Hyuga, viviendo en este palacio de control remoto, ¡el último grito, vamos!

¿Cómo habría sonado Hinata Otsutsuki?

Este pensamiento me provoca una risita. Por no saber, ni siquiera sabía mi nombre cuando desperté. ¿Y si hubiera sido un apellido extraño? ¿Qué habría hecho entonces?

Me lo imagino «Lo siento, Toneri-kun, pareces un chico estupendo, pero por nada del mundo yo me casar…»

¡Catacrac!

El ruido de cristales interrumpe mis pensamientos. Paro de dar vueltas, aterrorizada.

Sin darme cuenta, le he dado con la mano a un leopardo de cristal que saltaba por el aire en un expositor de la pared. Ahora yace en el suelo partido en dos.

Acabo de romper un adorno de valor incalculable y sólo llevo tres minutos sola.

Mierda.

Me agacho y examino el trozo más grande, el de la cola. Le ha quedado un borde dentado muy feo y hay varias astillas de cristal por el suelo. Esto no tiene arreglo.

Enloquezco de pánico. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Y si valía un millón y medio de yenes como el sofá? ¿Y si es un preciado recuerdo de familia? ¿En qué estaría yo pensando, dando vueltas como una tonta?

Con mucho cuidado, recojo primero un trozo y luego el otro. Tengo que barrer las astillas y entonces…

Me interrumpe un pitido electrónico y doy un respingo. La pantalla gigante del otro lado se ha puesto azul y tiene un mensaje en mayúsculas verdes.

«Hola Hinata - ¿Cómo te va?»

¡Oh no! ¡Me descubrió haciendo payasadas!

Del susto, me pongo de pie y meto los dos trozos del leopardo debajo de un cojín del sofá.

—Hola —le digo a la pantalla azul, con el corazón desbocado—. Ha sido sin querer, un accidente…

Silencio. La pantalla no se mueve ni reacciona.

—¿T-Toneri?

Nada.

Bueno, quizá no pueda verme, a fín de cuentas.

Debe de estar tecleando desde el coche. Me acerco de puntillas a la pantalla y descubro un teclado adosado a la pared. Al lado hay un diminuto ratón plateado.

Hago clic en respuesta y tecleo despacio: «Bien, gracias.»

Podría dejar la cosa ahí. Y encontrar el modo de arreglar el leopardo… o de reemplazarlo…

No, venga. No puedo empezar mi nuevo matrimonio ocultándole secretos a mi marido. He de ser valiente y confesar mi culpa. «Roto leopardo de cristal sin querer —tecleo—. Siento mucho. Confío no sea irremplazable.»

Pulso enviar y empiezo a pasearme arriba y abajo mientras espero la respuesta, diciéndome a mí misma que no debo preocuparme. Quiero decir, tampoco sé con seguridad si es de incalculable valor. Quizá lo ganamos en una rifa. Quizá era mío y Toneri siempre lo encontró espantoso. ¿Cómo voy a saberlo?

Me desplomo en una silla, abrumada por lo poco que sé de mi propia vida. Si hubiera sabido que iba a darme un ataque de amnesia, me habría escrito una nota a mí misma.

Me habría dejado unas cuantas pistas. «Cuidado con el leopardo de cristal, vale una fortuna. Posdata: Te gustan las arañas.»

Otro pitido en la pantalla. Contengo la respiración y levanto la vista.

«¡Claro que no es irremplazable! No te preocupes.»

Siento un alivio brutal. No hay problema.

«¡Gracias! —tecleo sonriendo—. No romperé nada más. Lo prometo»

No puedo creer que haya reaccionado de una manera tan exagerada. No puedo creer que haya escondido los trozos debajo de un cojín. ¿Acaso tengo cinco años? Ésta es mi casa. Soy una mujer hecha y derecha. Una mujer casada. Y he de empezar a comportarme como tal. Todavía sonriendo, levanto el cojín… y me quedo petrificada.

Demonios.

Los cristales han desgarrado el sofá. Habré pillado la tela al meter con tanta prisa los trozos bajo el cojín. Y ahora la lujosa superficie crema está toda rasgada.

El sofá de un millón y medio de yenes.

Levanto la vista instintivamente hacia la pantalla pero desvío la mirada, muerta de miedo. No puedo decirle a Toneri que además he arruinado el sofá. No puedo.

Está bien. Lo que haré es… no decírselo hoy. Lo dejaré para un momento mejor. Aturdida, arreglo los cojines otra vez para cubrir el estropicio. Ya está. Como nuevo.

La gente no mira debajo de los cojines, ¿no?

Cojo los trozos del leopardo y me voy a la cocina, toda reluciente con sus armarios lacados de gris y sus suelos de goma. Encuentro un rollo de papel de cocina, envuelvo el leopardo, consigo localizar el cubo tras una serie de puertas aerodinámicas y tiro los trozos. Vale. Ya está. No voy a destrozar nada más.

Suena un timbre por todo el apartamento y me incorporo, más animada. Debe de ser Shion, mi nueva mejor amiga. Tengo muchas ganas de conocerla.

Shion resulta incluso más flacucha de lo que parecía en el DVD de la boda. Va con unos pantalones negros pirata, un jersey de pico de cachemir rosa y unas grandiosas gafas de sol de Chanel montadas sobre su pelo rubio. En cuanto abro la puerta, da un gritito y deja caer la bolsa de Jo Malone que lleva en la mano.

—¡Ay no, Hinata-chan! —exclama consternada—. Mira tu pobre cara.

—¡Estoy bien! —digo para tranquilizarla—. Tendrías que haberme visto hace seis días. Llevaba una grapa de plástico en la cabeza.

—Pobrecita. ¡Qué pesadilla! —Recoge la bolsa y me besa en ambas mejillas—. Habría venido antes, pero sabes bien lo que tuve que esperar para conseguir esa reserva en el Cheriton Spa.

—Pasa. —Le indico la cocina con un gesto—. ¿Quieres un café?

—Encanto… —Me mira perpleja—. Yo no tomo café. El doctor Nagato me lo prohibió, ya lo sabes.

—Ah, ya. —Hago una pausa—. La cuestión es… que no me acuerdo. Y-yo tengo amnesia, Shion-san.

Shion me mira de un modo educado e inexpresivo. ¿Lo sabrá ya? ¿Se lo habrá dicho Toneri?

—No recuerdo n-nada de los últimos tres años. —Segundo intento—. Me golpeé la cabeza y se me ha borrado todo de la memoria.

—No lo puedo creer. —Se lleva las manos a la boca—. Toneri no paraba de hablar de amnesia y de que no ibas a reconocerme. ¡Pensaba que era una broma!

Me dan ganas de reírme de su expresión horrorizada.

—Pues no lo era. Para mí… discúlpame, pero eres una extraña.

—¿Una extraña? —Parece herida.

—T-Toneri también —me apresuro a añadir—. Me desperté y no sabía quién era. Todavía no lo sé, en realidad.

Se hace un breve silencio mientras Shion procesa esta información. Finalmente, abre los ojos como platos, hincha las mejillas y se muerde el labio.

— ¡Es una pesadilla!

—No reconozco este lugar —digo abriendo los brazos—. Mi propia casa. Ni sé cómo es mi vida. Si pudieras echarme una mano o… contarme algunas cosas…

—Por supuesto. Vamos a sentarnos. —Entra en la cocina, deja la bolsa de Jo Malone encima del mármol y se sienta frente a una mesa ultramoderna de acero. Yo la imito mientras me pregunto si fui yo misma o fue Eric quien eligió esta mesa, o si la elegimos entre los dos.

Levanto la vista y me encuentro con sus ojos fijos en mí. Sonríe, pero veo que está alucinando.

—Ya lo sé —digo—. Es una situación extraña.

—¿Es permanente?

—Al parecer podría recobrar la memoria, pero nadie lo sabe con certeza. Ni cuándo. Ni hasta qué punto.

—Y aparte de eso, ¿te encuentras bien?

—Estoy bien, salvo que tengo una mano algo más lenta. —Alzo la mano izquierda—. He de hacer unos ejercicios. —Flexiono la mano tal como me ha enseñado a hacer el fisioterapeuta y Shion me observa con horrorizada fascinación. Como si se le fueran a salir los ojos de las órbitas.

—Qué pesadilla —susurra.

—El problema es que no sé nada de mi vida desde el 2013. Tengo un gran agujero negro. Los médicos dicen que debo hablar con mis amigos y tratar de hacerme una idea general, y que tal vez así se desencadenará algún recuerdo.

—Claro. Déjame que te ponga al día. ¿Qué quieres saber? —pregunta, echándose hacia delante.

—Bueno. —Medito un instante—. ¿Cómo nos conocimos?

—Fue hace unos dos años y medio. —Parece concentrarse—. En una fiesta. Toneri me dijo: «Ésta es Hinata» Y yo dije: «Hola.» ¡Así fue como nos conocimos! —concluye con una sonrisa radiante.

—Ya. —Me encojo de hombros, como disculpándome—. N-No lo recuerdo.

—Fue en casa de Misao Hatsumoto. Ya sabes, la que era azafata de vuelo y conoció a Atsushi en un viaje a Nueva York. Todo el mundo dice que fue por él en cuanto vio su American Express negra… —Su voz se va apagando, como si sólo ahora empezara a darse cuenta de la enormidad de la situación—. Entonces… ¿no recuerdas ningún cotilleo?

—La verdad es q-que no.

—¡Dios mío! —Suelta un resoplido—. Tengo que ponerte al corriente de muchísimas cosas. ¿Por dónde empiezo? Vamos a ver. Estoy yo —saca un bolígrafo del bolso y empieza a escribir— y mi marido Taruho, y la mala pécora de su ex, Misato. Espera a que te hable de ella y verás lo que es bueno. Y también están Susume y Naoko…

—¿Salimos alguna vez con mis otras amigas? —la interrumpo—. ¿Con Ten-Ten y Sakura? ¿O Ino tal vez? ¿Las conoces?

—Sakura, Sakura —Se da unos golpecitos en los dientes con el bolígrafo arruga el entrecejo, pensativa—. ¿Esa mitad francesa encantadora del gimnasio?

—No, Sakura: mi amiga del trabajo. Y Ten-Ten. Debo de haberte hablado de ellas, seguro. Hemos sido amigas toda la vida… Salimos cada viernes…

Shion me mira imperturbable.

—La verdad, encanto, es que nunca me has hablado de ellas. Por lo que sé, tú no te relacionas con la gente del trabajo.

—P-Pero si es lo más divertido. Ir a las discotecas, bien emperifolladas, y ponernos ciegas de cócteles…

Shion se echa a reír.

—Hinata-chan, yo nunca te he visto tomarte un cóctel. Tú y Toneri estáis completamente metidos en el rollo del vino.

—¿Del vino? …No puede ser. Yo lo único que sé del vino es que me atonta.

—Pareces un poco confusa —dice, inquieta—. Te he bombardeado con demasiada información. Olvidemos por ahora los cotilleos. —Aparta el papel donde ha ido escribiendo una serie de nombres y, al lado de cada uno, «encanto» o «mala pécora»—. ¿Qué te apetece hacer?

—Hagamos lo que solemos hacer cuando estamos juntas.

—¡De acuerdo! —Reflexiona un instante y se le ilumina la cara—. Deberíamos ir al gimnasio.

—El gimnasio —repito, procurando mostrar entusiasmo—. Claro… ¿Voy mucho al gimnasio?

—Cielo, ¡eres una adicta! Corres una hora cada día a las seis de la mañana.

¿A las seis? Yo no corro a ninguna hora. Te acaban doliendo las piernas y, además, se te bambolean todo el rato los pechos. Principalmente los míos, que siempre han sido algo…voluminosos en comparación con mis amigas. Una vez participé en una carrera benéfica con Ten-Ten e Ino; era sólo un kilómetro y por poco me muero. Aunque al menos quedé mejor que Ino, porque ella a los dos minutos dejó de correr y siguió caminando el resto del circuito mientras se fumaba un cigarrillo. Para colmo, tuvo una trifulca con los organizadores y le prohibieron volver a participar en futuras campañas contra el cáncer.

—Pero no te apures. Hoy haremos una sesión suavecita —me dice para tranquilizarme—. Un masaje, por ejemplo, o una deliciosa clase de estiramientos. ¡Coge tu ropa deportiva y vamos!

—Bien—Me levanto enérgicamente y camino dos pasos, pero me detengo—. Verás, me resulta un poquito embarazoso… pero el caso es que no sé dónde está mi ropa. Los armarios de nuestro dormitorio están llenos de trajes de Toneri. No he visto nada mío.

Shion parece del todo pasmada.

—¿Que no sabes dónde está tu ropa? —De repente se le saltan las lágrimas de sus grandes ojos lilas y empieza a abanicarse con una mano—. Perdona—dice tragando saliva—. Pero me estoy dando cuenta ahora de lo espeluznante que ha de resultarte todo esto. ¡Que se te haya olvidado incluso tu guardarropa! —Respira hondo para serenarse y me aprieta la mano—. Ven conmigo, cariño. Yo te lo enseño.

Bueno…No podía encontrar mi ropa porque no está en un armario, sino en una habitación aparte, tras una puerta disimulada con un espejo. Y el motivo de que se necesite una habitación aparte es la cantidad inaudita de cosas que tengo.

Sólo de mirar esos percheros me mareo. Nunca había visto tal cantidad de ropa. Quiero decir, fuera de una tienda. Blusas blancas almidonadas, pantalones negros de corte impecable, vestidos en todos los matices desde el beige al marrón. Vestidos de gasa de noche y algunos kimonos muy elegantes y finos. Medias enrolladas en un cajón especial. Braguitas de seda dobladas con etiqueta de Victoria Secret. No hay nada que no parezca nuevo e inmaculado.

Ni tejanos holgados, ni yukatas para los festivales, ni camisetas desaliñadas, ni viejos pijamas a los que has tomado cariño.

Paso la mano por una hilera de chaquetas, todas prácticamente idénticas salvo por los botones. No puedo creer que me haya gastado tanto dinero en ropa y que toda sea en distintas versiones del beige.

—¿Qué me dices? —Shion me mira con ojos chispeantes.

—E-es alucinante

—Kimiko tiene un ojo increíble —apunta—. Es tu asistente de compras.

—¿T-tengo una asistente de compras?

—Sólo para las piezas principales de la temporada. —Saca un vestido azul marino con tirantes espagueti y unos volantitos diminutos—. Mira, éste es el vestido que llevabas cuando nos conocimos. Recuerdo que pensé: «Ah, es la chica por la que Toneri está colado.» ¡Fue la comidilla de la fiesta! Y permíteme que te lo diga, Hinata-chan: un montón de chicas se llevaron un buen disgusto cuando se casaron… —Alarga la mano hacia un vestido largo negro—. Éste es el que llevaste en mi velada de misterio criminal. —Me lo pega al cuerpo—. Con una estola de piel y unas perlas… ¿no te acuerdas?

—No mucho.

—¿Y qué me dices de este Catherine Walker? De éste tienes que acordarte… O de tu Roland Mouret… —Va sacando un vestido tras otro, pero ninguno me resulta remotamente conocido. Llega a una funda de color claro y se detiene con un gritito— . ¡Tu vestido de boda! —Muy despacio, casi con veneración, abre la cremallera y saca el sedoso vestido blanco de tubo que vi en el DVD—. ¿No te vienen todos los recuerdos de golpe?

Miro el vestido y hago un esfuerzo para que mi memoria responda… pero nada.

—Oh, no. —Se lleva de pronto una mano a la boca—. ¡Tú y Toneri deberían renovar sus votos! Yo me encargaré de organizarlo. Podríamos montar una fiesta de estilo tradicional sintoista y tú llevarías un kimono…

—Q-quizá —la interrumpo—. Es pronto aún. Ya lo pensaré.

—Umm. —Shion parece defraudada mientras guarda otra vez el vestido de boda. Luego se le enciende una bombilla—. Prueba con los zapatos. Tienes que acordarte de tus zapatos.

Me lleva al otro lado de la habitación y abre de par en par el armario. Yo me quedo turulata ante semejante muestrario de calzado. Todos ordenados, la mayoría de tacón alto. ¿Qué narices hago yo con zapatos de tacón?

—E-es increíble —digo, volviéndome hacia ella—. Yo ni siquiera sé andar con tacones.

—Claro que sabes —replica desconcertada—. Por supuesto.

Meneo la cabeza.

—Qué va. Nunca he podido llevar tacones. Me caigo, me acabo torciendo el tobillo. Camino como una idiota. –Rio nerviosa ante el recuerdo.

—Cariño. —Me mira con los ojos como platos—. Tú te pasas la vida con tacones. Llevabas éstos la última vez que salimos a almorzar —dice mientras saca un par de zapatos negros con tacones de aguja de diez centímetros. El tipo de zapatos que yo ni siquiera miro en un escaparate.

Las suelas están rozadas; la etiqueta de dentro se ha borrado. Alguien los ha usado.

¿Yo?

—¡Póntelos! —me anima Shion.

Me quito los mocasines y, con cautela, introduzco los pies en los zapatos de tacón. Casi al momento, doy un traspié y tengo que agarrarme a ella.

—¿Lo ves? No sé mantener el equilibrio.

—Hinata-chan, tú sabes andar perfectamente con estos zapatos —me repite con firmeza—. Yo te he visto.

—No puedo. —Hago ademán de quitármelos, pero Shion me aprieta el brazo.

—¡No! No te rindas tan fácilmente, cariño. Lo tienes dentro, estoy segura. Sólo tienes que… liberarlo.

Intento dar otro paso y el tobillo se me dobla como plastilina.

—Fatal —exclamo frustrada—. N-no estoy hecha para esto.

—Claro que sí. ¡Prueba otra vez! Busca el punto de apoyo. —Habla como si me estuviera entrenando para los juegos olímpicos—. ¡Tú puedes, Hinata-chan!

Me tambaleo hasta el otro lado de la habitación y me agarro de una cortina.

—Nunca podré —me desespero.

—Claro que sí. No pienses. Distráete. ¡Ya sé! Cantaremos una canción. Recordando los días de primaveraVenga, Hinata-chan, ¡canta!

Le hago caso a regañadientes. Espero que Toneri no tenga una cámara de seguridad enfocándonos.

—Y ahora camina —continúa, dándome un suave empujón—. Venga.

Recordando los días de primavera, en esta noche solitariaaaaa—Tratando de concentrarme en la canción, doy un paso adelante. Y luego otro. Y otro.

¡Dios del cielo! Me está saliendo. ¡Sé andar con tacones!

—¿Lo ves? —exclama ella, triunfal—. ¡Te lo he dicho! Tú eres una chica con tacones.

Llego al otro lado de la habitación, giro con toda confianza y regreso otra vez, con una sonrisa de júbilo. ¡Me siento como una modelo en la pasarela!

—¡Ya sé hacerlo! ¡Es fácil!

—Ajá… —Alza la mano y chocamos las palmas. Luego abre un cajón, me elige ropa de deporte y lo mete todo en una bolsa grande—. En marcha.

Vamos en el coche de Shion. Es un Range Rover lujoso, con las iniciales de su nombre en la matrícula y el asiento trasero lleno de bolsas de diseño tiradas de cualquier manera.

—¿Y tú a qué te dedicas? —le pregunto mientras serpentea entre dos carriles.

—Hago un montón de trabajo voluntario —contesta muy seria.

—Ya veo —Me siento un poquito avergonzada. A mí Shion no me pega demasiado como trabajadora voluntaria, pero eso sólo demuestra que estoy llena de prejuicios—. ¿De qué tipo?

—Planificación de eventos, sobre todo.

—¿Para alguna organización benéfica?

—No, sobre todo para amigos. Ya sabes: si necesitan que les eche una mano con las flores o los regalitos de una fiesta, o lo que sea… —dice, mientras le dirige una sonrisa encantadora al conductor de un camión—. Por favor, déjeme pasar, señor conductor… ¡Gracias! —Se mete en el otro carril y le lanza un beso por el retrovisor—. Hago algunas cosillas también para la empresa —añade—.Toneri es un encanto y siempre me mete en la organización de almuerzos y cosas así. ¡Mierda, ahí hay obras! —Esquiva a un grupo de coches que tocan la bocina enfurecidos y sube el volumen de la radio.

—O sea, que Toneri te cae bien. —Lo digo como quien no quiere la cosa, aunque me muero por saber lo que piensa.

—Es el marido perfecto. Absolutamente perfecto. —Se detiene en un paso cebra—. El mío es un monstruo.

—¿De veras?

—Bueno, en realidad yo también lo soy. —Se vuelve hacia mí y me mira muy seria con sus ojos lilas—. Los dos somos muy volubles. Es una relación de amor y odio con todas las de la ley. ¡Ya llegamos!

Sale zumbando otra vez, se mete en un parking diminuto, para junto a un Porsche y apaga el motor.

—Tú ahora no te preocupes —dice mientras me conduce hacia una doble puerta de vidrio—. Ya sé que esto te resultará difícil, pero yo me encargo de hablar… ¡Hola!

Se abre paso muy decidida hasta una elegante recepción con asientos de cuero curtido y una fuente con guijarros.

—¿Cómo están, señoras…? —La recepcionista levanta la vista y se queda boquiabierta—. ¡Hyuga-san! ¡Pobrecilla! Nos enteramos de su accidente. ¿Ya se encuentra bien?

—Muy bien, gracias. —Esbozo una sonrisa—. Muchas gracias por las flores.

—La pobre Hinata-chan sufre amnesia —explica Shion—. No se acuerda de este sitio. No se acuerda de nada. —Echa un vistazo alrededor, como buscando algo para ilustrarlo—. O sea que no se acuerda de esa puerta… ni de esa planta —añade señalando un helecho frondoso.

—¡Pero cómo!

—Ya. —Asiente con aire solemne—. Una auténtica pesadilla. —Se vuelve hacia mí—. ¿No te trae esto recuerdos, Hinata-chan?

—Eh… no mucho.

Todo el mundo me mira emocionado. Tengo la sensación de formar parte del Circo Amnesia.

—Venga —prosigue Shion, tomándome del brazo—. Vamos a cambiarnos. Quizá te acuerdes cuando te pongas el equipo.

Los vestuarios son los más majestuosos que he visto en mi vida, todo en madera y mosaico, con una música ambiental agradable. Me encierro en un cubículo y empiezo a ponerme las mallas y el body.

Para mi sorpresa y horror, advierto que el body termina en tanga. No puedo ponerme esto, me digo. Mi trasero se me verá enorme.

Pero al parecer no tengo otra cosa, de modo que me lo pongo de mala gana y salgo del cubículo, tapándome los ojos. Esto puede ser un verdadero horror. Cuento hasta cinco y me obligo a echar una miradita.

Pues, la verdad, no estoy tan mal. Retiro las manos del todo y me contemplo a mí misma. Se me ve alta y delgada… distinta. Doblo un brazo, a ver qué pasa, y me sale un bíceps que nunca había visto. Lo miro estupefacta como si fuese un alien.

—Bueno, bueno. —Shion se me acerca con una malla y un top—. Por aquí. — Me guía hasta una sala muy espaciosa, donde ya hay un montón de mujeres acicaladas tendidas sobre esterillas de yoga.

—Perdón por el retraso —dice muy seria, mirando alrededor—. Pero es que Hinata-chan sufre amnesia. No se acuerda de nada. De ninguna de vosotras.

Da la sensación de que está disfrutando.

—Ho-hola. —Saludo tímidamente con la mano.

—Me enteré de tu accidente, Hinata-san —dice la profesora mientras se acerca con una sonrisa compasiva. Es una mujer delgada con el pelo rubio muy cortito y unos auriculares—. Tómatelo con calma por hoy. Siéntate donde quieras. Vamos a empezar trabajando en la esterilla.

—Si. Gracias.

—Estamos procurando estimular su memoria —interviene Shion—. O sea que vosotras actuad todas con normalidad.

Mientras las demás alzan los brazos, busco una esterilla y me siento. La gimnasia nunca ha sido mi fuerte, lo confieso. Trataré de hacerlo lo mejor posible. Estiro las piernas e intento tocarme la punta de los pies, aunque sé muy bien…

¡Anda! Me he tocado la punta de los pies. Es más: incluso puedo apoyar la frente en las rodillas… ¿Qué ha ocurrido aquí?

Todavía incrédula, intento el siguiente ejercicio. ¡Y también me sale! ¡Me he vuelto flexible! Mi cuerpo adopta cada posición como si lo recordase todo, aunque yo no lo recuerde.

—Y ahora, sólo para las que se vean capaces —dice la profesora—, la posición de danza avanzada…

Con precaución, empiezo a tirar de mi tobillo… ¡Obedece! Y me pongo… la pierna sobre la cabeza. ¡Como una contorsionista! Me dan ganas de gritar: «¡Mirenme, chicas!»

—No te fuerces, Hinata-san. —La profesora me mira alarmada—. Será mejor que te lo tomes con calma. Vamos a saltarnos esta semana el spagat con las piernas abiertas.

¿Yo… haciendo un spagat? Ni hablar. Eso ya es demasiado.

En los vestuarios, una vez terminada la clase, estoy eufórica. Me siento frente al espejo para secarme el pelo y miro cómo va pasando de un negro húmedo a un negro resplandeciente.

—Aún no puedo creerlo —le repito a Shion—. Yo siempre he sido muy patosa para estas cosas.

—Tienes una capacidad innata, cielo —dice, embadurnándose de crema hidratante—. Eres la mejor de la clase.

Yo apago el secador, me paso los dedos por el pelo y estudio mi reflejo. Por millonésima vez, los ojos se me van directamente hacia esa dentadura de anuncio y esos labios tan llenos… Mi boca no tenía este aspecto en 2013, eso seguro.

—Shion-san —digo, bajando la voz—. ¿Puedo hacerte una pregunta muy personal?

—Claro, pero dime Shion nada más. Ya sabes—susurra.

—Eh…si, bueno ¿Yo me he hecho alguna cosa? ¿En la cara? ¿Botox? ¿O…? —Bajo aún más la voz; no puedo creer que esté haciendo esta pregunta—. ¿O algo de cirugía?

—¡Cielo! —Se lleva un dedo a los labios, escandalizada—. ¡Chist!

—Pero…

—Chisssst… ¡Naturalmente que no! Todo, lo que se dice todo, es cien por cien natural —dice guiñándome un ojo. ¿Qué significa ese guiño?

—Shion, tienes que contármelo…

Me quedo con la palabra en la boca, distraída de repente por lo que veo en el espejo. Sin pensarlo siquiera, he sacado horquillas del bote que tengo delante, me he ido recogiendo el pelo como una sonámbula y, en menos de treinta segundos, me he hecho un moño perfecto.

«¿Cómo demonios lo he hecho?»

Mientras me miro las manos como si no fuesen mías, siento una especie de histeria. ¿Qué más sabré hacer? ¿Desactivar una bomba? ¿Desnucar con el canto de la mano?

—¿Qué te pasa? —me pregunta Shion.

—Acabo de recogerme el pelo. —Señalo el espejo—. Mira. ¿No es increíble? No había hecho esto en mi vida.

—Claro que sí. Siempre lo llevas así cuando vas a la oficina.

—Yo no lo recuerdo. Es… como si Superwoman se hubiera apoderado de mí. O algo así. Sé andar con tacones, sé hacerme un moño en el pelo y un spagat en el suelo con las piernas abiertas… Me siento como la mujer perfecta, pero no soy yo

—¡Eres tú, cielo! —Shion me aprieta el brazo—. Y será mejor que te acostumbres.

Almorzamos en un establecimiento de zumos y charlamos con un par de chicas que parecen conocerme. Luego Shion me lleva a casa. Mientras subimos en el ascensor, me siento repentinamente exhausta.

—¡Bueno! —dice al entrar en el apartamento—. ¿Quieres que echemos otro vistazo a tu ropa? ¿A los trajes de baño?

—La verdad es que estoy agotada —le digo, disculpándome—. ¿Te importa si me voy a descansar un rato?

—Claro que no. —Me da una palmadita—. Me quedaré por si necesitas algo.

—No te preocupes. Estoy bien y luego vendrá Toneri. De verdad. Gracias, Shion-san. Has sido muy amable.—La verdad es que no puedo evitar la formalidad y hasta le hago una pequeña reverencia.

—¡Querida, no exageres! —Me da un abrazo y recoge su bolso—. Te llamaré. ¡Cuídate!

Está a punto de salir cuando se me ocurre algo.

—¡Shion-san! —la llamo—. ¿Tú sabes…qué le preparo a Toneri para cenar?

Ella me mira atónita. Supongo que es una pregunta un poco rara, así de sopetón.

—Es que se me ha ocurrido que tú sabrías lo que le gusta —le digo riendo, medio incómoda.

—Cariño… —Pestañea—. Tú no haces la cena. Es Chiyo quien la hace, tu ama de llaves. Debe de estar de compras ahora. Luego vendrá, hará la cena, preparará las camas…

—Ah, vale. ¡Claro! —Asiento rápidamente, como si ya lo supiera.

Vaya. Yo nunca he tenido una sirvienta, no digamos un ama de llaves en plan hotel de cinco estrellas.

—Bueno, pues me voy a la cama. Hasta luego.

Shion me lanza un beso y cierra la puerta. Luego me voy a mi habitación, pintada en tono crema y recubierta de lujosa madera oscura. La cama, tapizada de ante, es enorme.

Toneri ha insistido en que me quede el dormitorio principal, lo cual es muy amable de su parte. A decir verdad, la habitación de invitados es bastante suntuosa también. De hecho, creo que tiene su propio Jacuzzi.

Me quito los zapatos de una patada, me deslizo bajo la funda nórdica y siento un gran relajo en el acto. Ésta es la cama más cómoda que he probado en mi vida. Me remuevo un poco, deleitándome con la suavidad de las sábanas y el tacto mullido de las almohadas.

Mmmm… qué placer. Voy a cerrar los ojos y echar un pequeño…

Me despierta una luz tenue y un tintineo de vajilla.

—¿Querida? —dice una voz detrás de la puerta—. ¿Ya estás despierta?

Me incorporo con dificultad, restregándome los ojos.

—Eh…hola.

Se abre la puerta y entra Toneri con una bandeja y una bolsa.

—Has dormido durante horas. Te traigo algo para cenar. —Se acerca, coloca la bandeja en la cama y enciende la lamparilla—. Sopa de pollo thai.

—Me encanta la sopa tailandesa ¡Gracias!

Toneri sonríe y me alcanza una cuchara.

—Shion me ha dicho que han ido al gimnasio.

—Sí, ha sido genial. —Tomo una cucharada; la sopa es deliciosa y estoy muerta de hambre—. ¿Podrías traerme un poquito de pan?

—¿Pan? —dice, frunciendo el entrecejo—. Nunca compramos pan, cariño. Los dos seguimos una dieta sin carbohidratos.

Rayos. Me había olvidado de ese detallito.

—No pasa nada. —Le sonrío y tomo otra cucharada. Creo que me adaptaré. Todo controlado.

—Lo cual me lleva a este pequeño regalito —prosigue Toneri—. Bueno, dos regalitos. Éste es el primero…

Mete la mano en la bolsa y saca un cuaderno plastificado de espiral, que me entrega tras unas cuantas florituras en el aire. La portada es una fotografía en color de los dos con nuestros vestidos de boda. El título reza:

Toneri y Hinata: Manual Conyugal.

—El médico nos propuso que escribiéramos todos los detalles de nuestra vida juntos, ¿te acuerdas? —Parece orgulloso—. Pues yo he preparado este librito para ti. La respuesta a cualquier pregunta que te hagas sobre nuestro matrimonio y nuestra vida en común debería estar aquí.

Paso la primera página y leo un encabezamiento:

H y T : Un matrimonio mejor para un mundo mejor.

—¿Tenemos un lema?

—Se me acaba de ocurrir. —Se encoge de hombros con modestia—. ¿Qué te parece?

—Fantástico —Ojeo el cuaderno. Entre el texto aparecen intercalados titulares, fotografías e incluso esquemas hechos a mano. Hay apartados dedicados a las vacaciones, a la familia, a la colada, a los fines de semana…

—He organizado las entradas en orden alfabético —me explica—. Y he añadido un índice. Creo que te resultará fácil de utilizar.

Paso las páginas hasta el final y le echo un vistazo al índice.

Laca - ver Tocador

Lechuga, pp. 5,23

Lenguas, p. 24

¿«Lenguas»? Busco rápidamente la página 24.

—No lo leas ahora. —Toneri me cierra suavemente el cuaderno—. Necesitas comer y dormir.

Miraré «Lenguas» más tarde. Cuando se haya ido.

Termino la sopa y me vuelvo a echar con un suspiro.

—Muchas gracias, Toneri. Me ha venido de fábula.

—No es ninguna molestia, querida. —Me retira la bandeja y la pone sobre la mesita. Repara en mis zapatos, que he dejado tirados por el suelo de cualquier manera—. Hinata—dice con una sonrisa—, los zapatos van en el vestidor.

—Ah, p-perdón.

—No pasa nada. Hay mucho que aprender. —Se acerca a la cama y se lleva la mano al bolsillo—. Y éste es el otro regalito…

Saca un pequeño joyero de cuero y siento un hormigueo de incredulidad. Mi marido me da un regalo en el estuche más elegante que he tenido en las manos… Igual que en las películas.

—Quiero que tengas algo que recuerdes que yo te he regalado —dice con una sonrisa triste, y señala el joyero—. Ábrelo.

Levanto la tapa y me encuentro un diamante resplandeciente ensartado en una cadena de oro.

—¿Te gusta?

—Es… alucinante —balbuceo. No quepo en mi estupor—. Me encanta ¡Muchas gracias!

Alarga una mano y me acaricia el pelo.

—Me alegro de que estés en casa, Hinata.

—Y yo me alegro de estar en casa —respondo con fervor.

Lo digo casi de verdad. Quizá no pueda afirmar que me siento del todo en casa. Pero sí me siento como en un hotel de cinco estrellas, lo cual es incluso mejor. Él, con una expresión tierna, juguetea con un mechón de mi pelo.

—Toneri —empiezo con timidez—. Cuando nos conocimos, ¿qué viste en mí? ¿Por qué te enamoraste de mí?

Una sonrisa nostálgica cruza su rostro.

—Me enamoré de ti, Hinata, porque eres dinámica, porque eres eficiente. Porque ambicionas el éxito, como yo. La gente dice que somos duros, pero no es verdad. Somos profundamente competitivos, eso sí.

—Uhm…Entiendo —digo tras una pausa.

A decir verdad, yo nunca me he considerado tan competitiva. Pero quizá sí lo soy en 2017.

—Y me enamoré de tu preciosa boca. —Me toca suavemente el labio superior—. De tus largas piernas. Y de la manera que tienes de balancear el maletín.

Ha dicho "preciosa".

Lo escucho sumida en un trance. Me gustaría que siguiera eternamente. Nadie me había hablado así.

Nunca.

—Ahora tengo que dejarte. —Me da un beso en la frente y recoge la bandeja—. Que duermas bien. Nos vemos por la mañana.

—Hasta mañana —murmuro—. Buenas noches, Toneri… Y gracias.

Cierra la puerta y me deja sola con mi collar, mi manual conyugal y una sensación de euforia. Tengo un marido de ensueño. E incluso mejor. Me ha traído a la cama una sopa thai, me ha regalado un diamante y me ha dicho que me considera preciosa.

Debo de haber sido Gandhi. Por lo menos, para alcanzar una vida así.

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Aqui esta el capitulo 6! :D

Seguimos descubriendo que ha sido de Hinata en este tiempo, y al parecer ha sido una mujer exitosa, en muchos ambitos.

Ahora, a los reviews:

Para Project Akamura, perdona no contestar tu review, recien lo note cuando había subido el capitulo 5. Gracias por el apoyo a la adaptación, a mi también me encanta el naruhina y a veces lo puedo visualizar en historias que no tienen nada que ver con naruto. De ahi que nació la adaptación.

Para mello, gracias por tu review :) Sobre tu consulta, si es que no lo notaste, mencione en el capitulo 4 (creo), que de haber pareja amorosa y desarrollo de ello, habrá más adelante. Pero por lo mismo lo apunte en ese capitulo, esta historia mas alla de un romance, es de el descubrimiento propio, de quienes somos, quienes creemos que queremos ser y como aceptamos las decisiones que tomamos. Yo adoro el Naruhina, pero no puedo llegar y poner a naruto porque si, en ese sentido, seguiré como la autora original situo a ese personaje. De todas maneras, entiendo porque te nace la confusión.

Para CotyCandy, muchas gracias por seguir a este fic. A mi también me gusta imaginar a Hanabi así, siempre la ponen como la hermanita menor perfecta que haria todo por su hermana mayor, lo que esta bien, pero que habria ocurrido en otras circunstancias? hay que sabeeeer.

Un detalle por si no lo saben: un spagat es otra forma de llamar al ejercicio del split, que es estirar las piernas en direcciones opuestas pero derechas.

Saludos a las y los seguidoras/es de este fanfic.

Nos vemos!